HOMILÍAS

Viernes Feria de Navidad
El deseo de Dios
En nuestro nombre, los leproso del mundo, el leproso del evangelio pregunta: ¿cuál es la voluntad de Dios? ¿Qué quiere Dios de esta carne deshecha, de este cuerpo llagado? El enfermo hace una súplica breve, simple, directa que cambia el curso de su vida: "Señor, si quieres, puedes curarme". Apela al deseo de Dios, a su voluntad. Y recibe la respuesta: "Quiero. Queda limpio". Dios quiere sanar. Y Cristo nos pide participar del deseo, de la voluntad de Dios que realiza milagros. Personas llenas de Dios han logran hacer las mismas cosas que Jesús, a lo largo de la historia. Se encuentras con enfermos, desesperados, drogadictos, prostitutas… Los tocan con un gesto de afecto, una sonrisa, y muchos de ellos se curan literalmente de su mal. Tomar el Evangelio en serio tiene un poder que cambia la vida.
Tanto Jesús como el leproso son trasgresores de la ley. El leproso viola la ley porque entra en el poblado y se acerca a Jesús. Jesús también viola la ley porque se acerca al leproso y lo toca. La ley no da vida. La ley margina al leproso, lo relega. Es lo que quizás hacemos nosotros en nuestras comunidades, en nuestras políticas, en nuestras iglesias. Sin embargo, Jesús toca el mal, toca al excluido. Va más allá del límite señalado por la Ley y hace de este encuentro un lugar de comunión. Y no es que el Señor sea un trasgresor sistemático de la Ley. Le pide al leproso sanado que no divulgue el milagro, que solamente lo cuente a los sacerdotes para que den testimonio de su curación, como pedía la ley.
Cristo no aprovecha la situación para ser admirado. No quiere hacerse publicidad con el sufrimiento de la gente. Se retira a lugares solitarios para orar, fuera de la luz de los reflectores. Pide silencio y hace silencio; pero, paradójicamente, su fama crece: "Y su fama se extendía más y más. Las muchedumbres acudían a oírlo y a ser curados de sus enfermedades". El espacio del silencio, de la soledad y de la oración son expansivos y muy fecundos.
Hay situaciones que nos empujan a cerrarnos, a aislarnos quizás porque nos sentimos "quemados". Después de un evento dramático, terminamos identificándonos con nuestro dolor: somos los separados, los huérfanos, los que estamos en una relación difícil, los viudos. Como el leproso, a quien se le niega su dignidad humana y se obliga a vivir sólo y separado de la sociedad, perdemos nuestra identidad. Pero no somos eso. Somos algo más.
Si seguimos a Cristo, nacemos como mujeres/hombres nuevos. Él nace en nosotros y nosotros renacemos en él, con nuestras heridas, nuestros defectos, nuestros errores, nuestros pecados. En la vida nueva a la que nos llama Cristo no todo tiene que ir bien, ser perfecto. Lo importante es caminar detrás de él.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 5, 12-16
Estando Jesús en un poblado, llegó un leproso, y al ver a Jesús, se postró rostro en tierra, diciendo: «Señor, si quieres, puedes curarme». Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero. Queda limpio» Y al momento desapareció la lepra. Entonces Jesús le ordenó que no lo dijera a nadie y añadió: «Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que Moisés prescribió. Eso les servirá de testimonio». Y su fama se extendía más y más. Las muchedumbres acudían a oírlo y a ser curados de sus enfermedades. Pero Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar.
Jueves Feria de Navidad
La victoria sobre el mundo
San Juan expresa una verdad en términos que acostumbramos utilizar en el deporte, en la política, en el mundo militar: "Nuestra fe es la que nos ha dado la victoria sobre el mundo". ¿Cuál es esa victoria sobre el mundo? Es la victoria sobre un mundo que piensa que el amor es la cima inalcanzable, una meta siempre lejana. Juan afirma: "Amamos a Dios, porque él nos amó primero". El amor de Dios se ha acercado a nosotros, ha dado el primer paso y nos enseña a darlo.
El amor de Dios se ha acercado en Jesús de Nazaret. En el evangelio de hoy, Jesús vuelve al pueblo en el que había crecido. Ahora es más maduro, ha cambiado, se ha vuelto famoso. En el río Jordán fue bautizado por Juan Bautista y recibió una nueva efusión del Espíritu de Dios. Probablemente ahora ve las cosas que conoció en los primeros años de su vida con ojos diferentes. En la sinagoga del pueblo, Jesús lee un texto del profeta Isaías. "Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él". Parecen más atentos a la persona que lee que a la palabra proclamada. Son curiosos. Conocen bien a ese joven que ha vuelto a casa. ¿Qué tiene de nuevo?
El texto que Jesús lee habla del Espíritu del Señor, de la presencia de Dios en la tierra y en nosotros, y de sus efectos. Jesús es capaz de reconocer al Espíritu. Se da cuenta de que actúa en él. Cristo no actúa siguiendo simplemente las dinámicas humanas, dejándose condicionar por sus límites, por los cambios de humor vinculados a las cosas que suceden en la vida cotidiana. Abrazando al Espíritu y dejándolo actuar, ha devuelto la vista a los ciegos, ha dado la libertad a los prisioneros y llevado a los pobres la alegre noticia. Es consciente de ello. Esta conciencia es pura gracia.
Cuando leemos el texto del profeta Isaías, también nosotros podemos decir: "Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura". También en nosotros actúa el Espíritu. Si hemos hecho el bien es porque el Espíritu vive en nosotros y se manifiesta. Hay que reconocerlo, dar gracias, vivir esta gracia y dejar que su presencia liberadora se manifieste con mayor libertad. Hay que vivir con la conciencia de que, a través de nosotros, Dios puede tocar los corazones de los demás.
Cuando muchos de nosotros fuimos al catecismo, aprendimos de memoria la respuesta a la pregunta: "¿para qué fin fue creado el hombre?". Fuimos creados "para amar y servir a Dios en esta vida, y después verlo y gozarlo en la otra". Pero el Evangelio nos ha dicho que es Dios quien primero nos ama y nos sirve; que ya podemos verlo y gozarlo en esta vida. Dios se hace hombre por nosotros y para nosotros, para salvarnos, sanarnos, liberarnos, divinizarnos. Cuando tomamos consciencia de esta verdad nos sentimos emocionados.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 4, 14-22a
En aquel tiempo, con la fuerza del Espíritu, Jesús volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región.
Fue también a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: "El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor".
Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: «Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».
Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios.
Miércoles Feria de Navidad
Con el viento en contra
San Juan afronta en la primera lectura el tema del miedo y su antídoto: "En el amor no hay temor. Al contrario, el amor perfecto excluye el temor".
El tema del miedo es abordado también por el evangelio. Después de despedir a la muchedumbre, Jesús obliga a los discípulos a cruzar el lago y se retira al monte solo. ¿Por qué? Era necesario distanciarse del milagro de la multiplicación de los panes que podía ser mal interpretado, como si Dios hubiera decidido convertirse en un repartidor de comida y de providencia instantánea. Era necesario que los discípulos tomaran distancia de la multitud, tal vez porque los exponía al riesgo del orgullo y la vanagloria por lo que había sucedido. Y, mientras cruzan el lago, se enfrenan a la tempestad.
Es fácil que ante las noticias y situaciones alarmante como las que abundan hoy, toda nuestra atención se centre en ellas y el agobio que nos producen. Y ahí vamos, remando con todos estos agobios. Podemos sentirnos solos en medio del mar inestable, con el viento en contra y la noche cada vez más profunda que nubla la vista y hace que el corazón se turbe y la mente se entorpezca. Creyendo en las mentiras que abundan por todas partes, ya no vemos a Dios, vemos sólo oscuridad y podemos remar durante horas sin ir a ninguna parte. Terminamos por cansarnos. Llega un momento en que nos entra el miedo.
La noche es tan densa que no vemos al Señor. Nos preguntamos por qué nos ha dejado solos y cómo podemos seguir adelante sin él, sin dejarnos tragar por el miedo. Jesús es distante, está en oración. Pero la oración no lo aísla. Observa a sus discípulos. Y, al verlos con tantas dificultades, los alcanza. Pero la mirada de los discípulos está nublada. Les parece ver un fantasma. Los discípulos están bloqueados por una mirada retorcida sobre sí mismos. No han entendido a su Maestro, no han acogido la fragilidad de sí mismos, se les dificulta dejarse amar.
El antídoto al temor, dice san Juan, es el amor; y, según el evangelio, es la presencia de Jesús en la barca. Sin embargo, es difícil adquirir esa mirada capaz de reconocer a Jesús en la oscuridad de nuestra vida. Es necesario recorrer un camino de conversión interior para obtener la luz y atravesar la noche con una mirada nueva y verdadera sobre lo que sucede en el mundo, sobre el alcance real de la tempestad. Pero tenemos que empezar por una mirada nueva sobre nosotros mismos, sobre nuestras relaciones con los demás, sobre la relación con Dios. Entonces podemos contemplar, en las dificultades de la vida, la epifanía, la manifestación del Señor que viene a salvarnos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 6, 45-52
Después de la multiplicación de los panes, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se dirigieran a Betsaida, mientras él despedía a la gente. Después de despedirlos, se retiró al monte a orar.
Entrada la noche, la barca estaba en medio del lago y Jesús, solo, en tierra. Viendo los trabajos con que avanzaban, pues el viento les era contrario, se dirigió a ellos caminando sobre el agua, poco antes del amanecer, y parecía que iba a pasar de largo. Al verlo andar sobre el agua, ellos creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban espantados.
Pero él les habló enseguida y les dijo: «¡Ánimo! Soy yo; no teman». Subió a la barca con ellos y se calmó el viento. Todos estaban llenos de espanto y es que no habían entendido el episodio de los panes, pues tenían la mente embotada.
Martes Feria de Navidad
¿Qué puedo hacer por ti?
Una numerosa multitud, cansada de escuchar a escribas y rabinos que no hacían más que repetir doctrinas y de sacerdotes que organizaban sólo ritos vacíos que no afectaban en absoluto la vida, escucha fascinada a Jesús. Las horas pasan y de pronto los discípulos de Jesús se dan cuenta de que la gente que lo escucha no ha comido. Entonces Jesús invita a sus discípulos a que ellos les den de comer. Obviamente, Jesús podría haber alimentado a la multitud de diferentes maneras, por ejemplo, convirtiendo las piedras en panes; pero quiere partir de los discípulos, de lo que ellos tienen. El Señor lo hace para darles una lección.
Sabemos bien que el problema de nuestro mundo no es la escasez de pan, sino la pobreza de compasión que impulsa a compartir, a hacer de lo que tenemos un sacramento de comunión. El relato no sólo quiere hablar de estómagos llenos, sino sobre todo de vidas llenas.
Vivimos en una sociedad hambrienta no sólo de pan material, sino también de sentido, de relaciones humanas auténticas, de paz interior. Ante tantas necesidades mucha veces nos sentimos impotentes y quizás no tenemos el valor de reconocerlo porque tenemos miedo de no estar a la altura. Sin embargo, Jesús toma lo poco que hay y lo transforma en abundancia. ¿No es eso lo que buscamos también nosotros?
En la Navidad, Dios se hizo pequeño y fue acostado en un pesebre. Es muy significativo. Recordemos que el pesebre es el recipiente donde comen los animales. Jesús es el "pan partido" para la vida del mundo. Esto nos dice que no es necesario tener mucho para dar. Vivimos realmente cuando aceptamos que lo poco que tenemos puede ser dado, porque Dios lo llena de sentido. En el mundo de la gracia sólo somos ricos de lo que hemos dado.
La multiplicación de los panes nos recuerda que no necesitamos ser superhéroes para hacer la diferencia. Hay que empezar con lo que somos y tenemos. No esperemos a tenerlo todo. Comencemos con ese poco, porque el milagro no es nuestro, sino de quien multiplica lo que damos.
La compasión no se reduce a ver a una persona necesitada y decirle: "lo siento". Ese "lo siento" se tiene que convertir en "¿qué puedo hacer para ayudarte?". A veces basta un simple gesto: ofrecer nuestro tiempo, una palabra de consuelo, o incluso estar presente. La compasión cambia no sólo a quien la recibe, sino también a quien la da. Nos hace más humanos y más cercanos a Dios. Cada vez que elegimos ser compasivos, llevamos su amor al mundo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 6, 34-44
En aquel tiempo, al desembarcar Jesús, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando, y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.
Cuando ya atardecía, se acercaron sus discípulos y le dijeron: «Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Despide a la gente para que vayan por los caseríos y poblados del contorno y compren algo de comer». Él les replicó: «Denles ustedes de comer». Ellos le dijeron: «¿Acaso vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?» Él les preguntó: «¿Cuántos panes tienen? Vayan a ver». Cuando lo averiguaron, le dijeron: «Cinco panes y dos pescados».
Entonces ordenó Jesús que la gente se sentara en grupos sobre la hierba verde y se acomodaron en grupos de cien y de cincuenta. Tomando los cinco panes y los dos pescados, Jesús alzó los ojos al cielo, bendijo a Dios, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran; lo mismo hizo con los dos pescados. Comieron todos hasta saciarse, y con las sobras de pan y de pescado que recogieron llenaron doce canastos. Los que comieron fueron cinco mil hombres.
Lunes Feria de Navidad
El momento oportuno
¿Cómo reaccionamos ante una adversidad, un peligro inminente, una desgracia? Lo normal es huir, buscar refugio, encerrarse en uno mismo, darse tiempo para recuperar el aliento y retomar el hilo. No es así para Jesús. Jesús comienza su ministerio lejos de la zona de confort, lejos de los conocidos, de los devotos, de los fieles. Comienza en las fronteras, esas tierras hostiles y aparentemente impermeables a toda forma de anuncio.
El relato del evangelio de hoy presenta el inicio de la misión pública de Jesús en Galilea, considerada tierra de frontera, expuesta a la contaminación de los extranjeros que habitan en las naciones vecinas. Empieza a actuar cuando el Bautista es arrestado y silenciado, cuando parece que la arrogancia de los poderosos prevalece. Sus destinatarios son aquellos que no son tomados en cuenta. Anuncia el Reino allí donde nadie lo espera ni lo desea. Dios siembra su vida en la tierra llena de espinas y piedras, seca y árida del mundo. Va un lugar del que nosotros huiríamos. Lo que nosotros despreciamos, él lo transforma.
Comienza a predicar: "Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos". Estamos ante el mensaje central del evangelio, un mensaje simple y esencial: conviértanse, es decir, hagan espacio a Dios que viene a salvar. Conviértanse significa: ¡pongan atención! Miren hacia la luz, porque la luz ya está aquí. Dios está aquí, en las calles de Cafarnaúm, para curar la tristeza y el desamor del mundo. Desde un cierto punto de vista, todas las calles del mundo son Cafarnaúm.
A la palabra "conviértanse" Jesús añade algo nuevo: el reino ya está cerca, el cielo está cerca; está aquí, no más allá de las estrellas. El reino de Dios es este mundo como Dios lo sueña; es una fuerza que penetra la trama secreta de la historia, que circula por las cosas, que no se detiene, que empuja hacia arriba, como la levadura, como la semilla.
Dios ha venido. Para el poeta italiano David María Turoldo es una "fuerza de cohesión de los átomos, fuerza de atracción de las galaxias". Santo Tomás de Aquino decía que "el amor es pasión de unirse al amado", pasión de cercanía, pasión de comunión de Dios con la humanidad, del hombre con la mujer, de la madre hacia el hijo, del amigo hacia el amigo, de las estrellas con las otras estrellas.
Puede ser que pensemos: aún no es el momento correcto, porque los tiempos son oscuros y confusos. Si esperamos el tiempo correcto, tendremos que esperar hasta después del fin del mundo. Hay que actuar en el tiempo en que nos encontramos ahora porque "ya está cerca el Reino de los cielos".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 4, 12-17. 23-25
Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, y dejando el pueblo de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaúm, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí, para que así se cumpliera lo que había anunciado el profeta Isaías: Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos; el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.
Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: "Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos". Y andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia.
Su fama se extendió por toda Siria y le llevaban a todos los aquejados por diversas enfermedades y dolencias, a los poseídos, epilépticos y paralíticos, y él los curaba. Lo seguían grandes muchedumbres venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania.
La Epifanía del Señor
Caminar en la oscuridad
El evangelio narra una búsqueda —la búsqueda de Dios— como un viaje, al ritmo de una caravana, al paso de una pequeña comunidad. Los Magos caminan juntos, atentos a las estrellas y atentos el uno al otro. El camino de los Magos está lleno de errores: pierden la estrella, encuentran una gran ciudad en lugar de una pequeña aldea, preguntan por el niño a un asesino que lo quiere matar, buscan un palacio. Pero tienen la paciencia para rectificar el camino y volver a empezar.
Los Magos siguen una estrella. Esto indica que caminan en la noche, es decir, en un contexto de incertidumbre y oscuridad. La búsqueda afronta necesariamente momentos de oscuridad. Todavía no saben qué van a encontrar y dónde lo van a encontrar. La historia de los magos es sorprendentemente actual. Vivimos tiempos de incertidumbre y oscuridad. En estos tiempos difíciles, los Reyes Magos nos invitan a no permanecer indiferentes ni inmóviles, paralizados por el miedo. El evangelio nos anima, nos consuela y nos guía. Nos dice que cuando hay oscuridad, también hay una estrella que nos guía. Lo decisivo es encontrarla. Isaías invita: "Levanta los ojos y mira alrededor… Entonces verás esto radiante de alegría; tu corazón se alegrará".
El regalo más valioso que los Magos llevan al Niño no es el oro, el incienso y la mirra: es su propio viaje, son los meses gastados en la búsqueda, es ese ir detrás de un deseo más fuerte que los desiertos y fatigas. Y es que buscan algo que les importa mucho, algo muy grande, tan grande que los hace salir de su tierra. El mismo hecho de buscar anima su corazón y le da alegría.
En último término, los magos, más que ser guiados por ideales o intereses, son atraídos por un amor muy grande, por una luz que está por encima de las luces de la razón. Buscan el Infinito y, para su sorpresa, lo encuentran donde menos pensaban encontrarlo. Jerusalén era una ciudad maravillosa donde estaba el majestuoso Templo. Sin embargo, la estrella no brilla sobre Jerusalén ni sobre el Templo. El Infinito puede estar donde menos lo esperamos, puede estar en un simple detalle. Por ejemplo, millones de personas hemos visto caer una manzana. Newton, sin embargo, fue el que se preguntó por qué cayó la manzana. La curiosidad es una de las características de un corazón que anhela y busca razones para latir cada vez más fuerte.
También nosotros tenemos el deseo de algo más grande de lo que somos y tenemos, algo que dé un profundo sentido a nuestras vidas. Los Magos tenían una estrella, nosotros quizás sólo tenemos muchas luces borrosas que nos distraen y nos impiden ver la estrella. La pregunta es: ¿qué estrellas seguimos? ¿Qué estamos buscando? ¿También buscamos el Infinito que está ante nosotros?
El evangelio concluye con estas palabras: "No volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino". Los Magos regresan a su tierra por otro camino. Le dieron la espalda a Herodes. Esto es muy significativo: quien experimenta a Dios tan sencillamente y a la vez tan profundamente no puede volver a recorrer el mismo camino. El regreso a casa, no va a ser igual. Los Magos ya no podrán vivir como si el viaje a Belén hubiera sido una viaje turística. El camino y el encuentro con el Dios hecho hombre los ha cambiado.
Ponerse en camino es el mensaje de los Magos de Oriente. Es un camino del corazón, del alma, de la mente, de los ojos, de los pies, de las manos. Toda nuestra persona está en camino, impulsada por el deseo de encontrar a su Dios y adorarlo, y con nuestros sueños salvados de todos los Herodes de la historia.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 2, 1-12
Jesús nació en Belén de Judá, en tiempos del rey Herodes. Unos magos de Oriente llegaron entonces a Jerusalén y preguntaron: "¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo". Al enterarse de esto, el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él. Convocó entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: "En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en manera alguna la menor entre las ciudades ilustres de Judá, pues de ti saldrá un jefe, que será el pastor de mi pueblo, Israel". Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que se les había aparecido la estrella y los mandó a Belén, diciéndoles: "Vayan a averiguar cuidadosamente qué hay de ese niño, y cuando lo encuentren, avísenme para que yo también vaya a adorarlo".
Después de oír al rey, los magos se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño. Al ver de nuevo la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
San Basilio y san Gregorio Nacianceno
"¿Quién eres tú?"
El apóstol Juan, en la primera lectura, insiste en "permanecer en Cristo". Este "permanecer" no es pasividad ni inmovilidad, sino fidelidad, como la fidelidad de Dios que canta el salmo responsorial. Es como una lámpara encendida en la noche: no hace ruido, no confunde, pero permite ver el camino, ayuda a no dejarse engañar, a permanecer en la verdad.
En el Evangelio, esta verdad toma rostro y voz en la discreta figura de Juan el Bautista. Interrogado con insistencia sobre su identidad, "¿quién eres tú?", Juan rechaza todo aquello que pueda apartar la mirada de Aquel que viene. Es sólo una voz que prepara, que indica, que se hace a un lado. Para responder, parte de sí mismo, pero asociado a Cristo: "Yo soy la voz que grita en el desierto: 'Enderecen el camino del Señor'". Sin embargo, en esta humildad resplandece su grandeza. Mientras más pequeño se hacía, más grande aparecía, más grande lo hacía Dios.
Vivimos inmersos en una sociedad competitiva. También sucede en la Iglesia. Corremos el riesgo de medir la fecundidad por resultados, números, consensos, aplausos. Pero Juan nos recuerda que la verdadera grandeza está en descentrarse del ego para centrarse en Dios. Pidamos la gracia de encontrar nuestro lugar.
Para lograr esto, hay que responde a la pregunta "¿quién eres tú?" con toda sinceridad. No temamos responder quiénes somos, porque sólo nuestro verdadero "yo" se puede encontrar con el verdadero Dios. Estando en profunda oración, san Francisco de Asís preguntó a Dios: "Quién eres tú y quien soy yo". Y entonces experimentó, como nunca antes, la grandeza de Dios y su propia pequeñez y fragilidad. Descubrió que ante Dios era como un "gusano vilísimo". Reconocer esta verdad no lo acomplejó ni le bajó la autoestima. Era un gusanito, pero amado por Dios, en las manos de Dios. Si queremos descubrir y acoger al Dios de Jesús, debemos ante todo ser honestos con nosotros mismos.
Además de responder a la pregunta sobre quién soy hay que responde también a la pregunta quién es Cristo. Puede ser un desconocido: "En medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen". El Mesías está presente, pero no es reconocido. No se impone, no exige atención. Está en medio, como una luz que espera ojos capaces de verla. Es fácil ignorar a Dios cuando se hace presente discretamente hasta el punto de no ser reconocido ni acogido.
Pidamos a san Basilio y san Gregorio Nacianceno, grandes amigos y compañeros de camino, a quienes recordamos hoy, que nos ayuden a permanecer en Cristo y a reconocer la presencia discreta de Dios como ellos supieron hacerlo de manera admirable.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 1, 19-28
Este es el testimonio que dio Juan el Bautista, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle: "¿Quién eres tú?". Él reconoció y no negó quién era. Él afirmó: "Yo no soy el Mesías". De nuevo le preguntaron: "¿Quién eres, pues? ¿Eres Elías?" Él les respondió: "No lo soy". «¿Eres el profeta?» Respondió: "No". Le dijeron: "Entonces dinos quién eres, para poder llevar una respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?" Juan les contestó: "Yo soy la voz que grita en el desierto: 'Enderecen el camino del Señor', como anunció el profeta Isaías".
Los enviados, que pertenecían a la secta de los fariseos, le preguntaron: "Entonces ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?" Juan les respondió: "Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias".
Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba.
Santa María, Madre de Dios
Bajo la mirada de Dios
Cuando cambiamos de año, volvemos la vista atrás, a lo vivido, y miramos hacia adelante, hacia lo que nos espera. Casi espontáneamente nos volvemos reflexivos. Como creyentes, en nuestra reflexión no falta la mirada de fe que alarga el horizontes y nos permite ver lo que no pueden ver los ojos del cuerpo y los ojos de la razón.
Lo primero que encontramos en las lecturas de hoy es una bendición, la bendición de Moisés sobre el pueblo. Su bendición es el fruto de su propio camino de transfiguración ante el rostro del Dios. "El Señor haga resplandecer su rostro sobre ti… te mire con benevolencia". El primer deseo del año nuevo es permanecer en el resplandor del rostro del Altísimo y bajo su mirada misericordiosa. No vivir condicionados sólo por el propio rostro, sino marcados por el Rostro de Dios. Esto será el resultado de un camino progresivo en el cual nos olvidamos de nosotros mismo, de nuestro propio rostro, para dejar espacio al Rostro del Otro, hasta asumirlo como nuestro.
La fiesta de la Madre de Dios, al inicio de un nuevo año civil, nos propone convertirnos en guardianes libres y creativos del rostro de Dios con la esperanza de poder acceder a un año realmente nuevo, porque es vivido como nuevas criaturas. Ya "no como siervos, sino como hijo y heredero por voluntad de Dios", como dice la segunda lectura.
El evangelio de la fiesta de hoy nos sugiere que debemos vivir con la paciencia de una madre que espera a su hijo. María sabe que en ella hay una vida, pero todavía no conoce su rostro. Sólo puede guardar, custodiar, esa vida: "María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón". Consumimos tiempo, cosas, acontecimientos, pero también hay que custodiarlos de manera responsable. Estamos llamados a cuidar las cosas —nuestras esperanzas y alegrías, nuestras fatigas y agobios…— y dejar que vayan madurando para que revelen lo que realmente son.
El corazón es la parte más profunda de nosotros, el espacio de la oración y del encuentro con Dios. María medita lo que le sucede en su corazón, recoge lo que surge en la realidad y escucha la voz de Dios. La palabra "meditar" viene del latín y tiene varios significados: "reflexionar", "contemplar", "curar", "cuidar", "medir". Sugiere la idea de cuidado mental, de dirigir la atención hacia adentro para "medir" el pensamiento, algo parecido a un médico que cuida y cura el cuerpo.
La meditación no es solo un ejercicio mental abstracto, sino cuidar la mente, "medir" los pensamientos para encontrar equilibrio y sanación, "permanecer en el centro" de uno mismo. No necesariamente debemos tener todas las piezas y quizás tampoco es posible tenerlas; pero juntando esos fragmentos que la vida nos ofrece, podemos entender más o menos lo que el Señor nos está diciendo y hacia dónde está conduciendo nuestra vida.
Tenemos un nuevo año por delante. Tal vez creemos que es sólo el fruto de una cronología en la que todo pasa y escapa inexorablemente a nuestro alcance. El misterio de la Encarnación nos dice que el paso del tiempo no solo devora todo, sino que es más bien el cauce en el cual Dios redime todas las cosas.
Iniciemos, pues, el año con la certeza de que Dios nos mira, nos bendice y camina con nosotros.
Que nos les falte la alegría y la esperanza a lo largo del año. Feliz año nuevo
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 2, 16-21
Los pastores fueron a toda prisa hacia Belén y encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre.
Después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño y cuantos los oían, quedaban maravillados. María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón.
Los pastores se volvieron a sus campos, alabando y glorificando a Dios por todo cuanto habían visto y oído, según lo que se les había anunciado.
Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el nombre de Jesús, aquel mismo que había dicho el ángel, antes de que el niño fuera concebido.
Lunes día V octava de Navidad
El amor es luminoso
Las lecturas de hoy nos ofrecen claves de acceso para entrar en el sentido de la Navidad. La primera lectura dice: "La prueba de que conocemos a Dios, es que cumplimos sus mandamientos". Nos recuerda que conocer a Dios es una experiencia luminosa. Quien dice conocerlo, camina en la luz; y esta luz se reconoce por el amor, un amor que toma forma en los gestos concretos: "Quien afirma que está en la luz y odia a su hermano, está todavía en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz".
En el salmo responsorial, el salmista invita a la alegría. Es como si, después de escuchar la llamada al amor, la creación se uniera al canto gozoso. Todos los pueblos, la tierra y los cielos se regocijan. Es una alegría profunda, arraigada en la certeza de que Dios no permanece lejos. Es una Presencia que restablece el orden, que da sentido a la vida, que pone en pie al que está caído.
En el Evangelio, esta luz toma un rostro concreto. Jesús es llevado al templo. Simeón, un anciano que no tiene un rol en la institución, un hombre de esperanza, un enamorado de Dios, ve lo que otros no ven. Reconoce en aquel niño la luz que buscaba frecuentando el templo, y que finalmente la encuentra en aquel niño. La luz que Juan anuncia y que el salmo canta, ahora está ahí, ante los ojos que saben reconocerla.
Simeón abraza al niño. Es la vejez del mundo que abraza la eterna juventud de Dios y acepta que la luz no elimine el dolor. Le dice a María, su madre: "Y a ti, una espada te atravesará el alma". La salvación pasa también a través del dolor; porque este niño viene a "arruinar" nuestros pequeños o grandes ídolos, nuestro mundo de máscaras y mentiras.
Estamos acostumbrados a pensar que Dios nos abraza y nos sostiene. Y esto es cierto. Sin embargo, Simeón nos muestra que no sólo Dios nos sostiene en sus brazos, sino que Él se entrega a nuestros brazos. No solo cuida de nosotros, sino que también pide cuidarlo a Él, cuidar ese pedazo de Dios que hay en nosotros. Esta es una de las novedades de la Navidad: Dios se hace necesitado de nosotros. Abracemos con los brazos de nuestra alma al Verbo hecho carne.
En estos días miramos a nuestro alrededor y vemos que la Navidad enciende luces de colores que adornan las casas, las calles, las plazas invitando a la alegría y a la esperanza. Es realmente bello. Pero con nuestros gestos de amor, pequeños y sinceros, ¿no ofreceríamos más alegría y esperanza que esas luces? Si, como espejos, reflejamos la luz del que es la Luz, e inundados por su Amor lo compartimos con gestos de solidaridad, ternura, paciencia, hospitalidad nuestra vida podrá ofrecer la alegría de la Navidad a quienes nos rodean.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 2, 22-35
Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones.
Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús, para cumplir con lo prescrito por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
"Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos, luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel".
El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: "Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma".
La Sagrada Familia
¿Institución anticuada?
En las lectura que escuchamos hay cosas que parecen venir de un mundo diferente al nuestro. Y así es efectivamente. San Pablo afirma: "Mujeres, respeten la autoridad de sus maridos". El texto original dice: "sean sumisas". Era normal en el contexto de aquel tiempo que las esposas estuvieran sujetas a los varones de la casa. Siempre había sido así. Pablo es simplemente portavoz de la sociedad en la que nació y creció.
Sin embargo, luego da un salto. Se hace portavoz del Espíritu de Dios. Su experiencia de Cristo le abre una perspectiva nueva. Inmediatamente después, añade una frase que lo cambia todo: "Maridos, amen a sus esposas". Las esposas existen para ser amadas y amar. En la mentalidad del tiempo, las esposas eran para tener hijos y educar a la prole. En el mundo judío, los padres arreglaban los matrimonios cuando los futuros esposos eran aún niños. Pablo introduce una novedad: une el matrimonio al amor.
El evangelio, en cambio, es muy actual. Habla de infanticidios, de miedo, de huida, de refugiados, de migrantes ilegales. Jesús, María y José fueron inmigrantes ilegales. Mateo no habla de familias felices reunidas alrededor del árbol de Navidad. Habla de supervivencia, de lucha contra los obstáculos de cada día. La vida es camino; a veces, supervivencia; en ciertos momentos, huida. Pero el evangelio también habla de cómo Dios habita esta cotidianidad conflictiva y la transfigura.
Vivimos en un tiempo que puede abrumarnos. Las presiones externas, las rivalidades en el trabajo y en la familia, la confusión general sobre los roles puede desorientarnos. En este escenario, ¿cómo proteger lo que más amamos? La historia de la Sagrada Familia ofrece un modelo para afrontar las dificultades de hoy.
El mundo está lleno de "Herodes". El rey Herodes es más que un hombre: es el espíritu atemporal de la envidia y del poder que, aún hoy, trata de destruir lo nuevo y puro en el mundo. Se manifiesta en todas partes y hace estragos. Está en los líderes poderosos y arrogantes; pero también está en las luchas de poder en los lugares de trabajo, en las familias, incluso en la Iglesia. Si el mundo está lleno de estos "Herodes", ¿cómo defendernos?
La fiesta de hoy nos sugiere una manera: la fortaleza de la familia. Ciertamente la vida familiar no es fácil. Compartir la vida con otra persona y criar hijos es muy difícil. Además de la belleza del amor, hay que emprender un camino de liberación del propio yo, compartir espacios, dejar a un lado a veces las propias exigencias para hacer lugar al otro. Alguien nos recuerda todos los días que no podemos pensar sólo en nosotros mismos. La otra persona puede cambiar, puede enfermarse, puede abandonar. La presencia de los hijos hace aún más exigente la vida familiar, porque se trata de asumir la responsabilidad de la vida de otros que son más frágiles y necesitan ser cuidados. La vida familiar pasa inevitablemente por conflictos. ¿Cómo asumir esta difícil tarea?
El Evangelio nos describe a José como un hombre que sueña y, como cultiva la vida interior, es capaz de comprender los sueños que revelan la voluntad de Dios, que sabe leer la realidad, percibir los peligros y actuar con decisión. La vida familiar exige lucidez y valentía para reconocer los peligros del mundo, superar el egocentrismo y cultivar la vida interior.
Aunque parezca una institución anticuada, la familia contiene la sabiduría de la naturaleza que quizás conoce mejor que nosotros lo que necesitamos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 2, 13-15. 19-23
Después de que los magos partieron de Belén, el ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allá hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo".
José se levantó y esa misma noche tomó al niño y a su madre y partió para Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi hijo.
Después de muerto Herodes, el ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, toma al niño y a su madre y regresa a la tierra de Israel, porque ya murieron los que intentaban quitarle la vida al niño".
Se levantó José, tomó al niño y a su madre y regresó a tierra de Israel. Pero, habiendo oído decir que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre, Herodes, tuvo miedo de ir allá, y advertido en sueños, se retiró a Galilea y se fue a vivir en una población llamada Nazaret. Así se cumplió lo que habían dicho los profetas: Se le llamará nazareno.
San Esteban, protomártir
La Navidad tiene sangre
Según los datos más recientes de la organización cristiana internacional Open Doors (Puertas Abiertas), alrededor de 380 millones de cristianos en el mundo viven en situaciones de persecución. Comunidades enteras obligadas a esconderse, iglesias destruidas, familias rotas. Pensemos en las matanzas frecuentes en Nigeria o las persecuciones en otras regiones de África, Oriente Medio y Asia. Cristianos asesinados no porque sean violentos, no porque estén armados, sino simplemente porque son cristianos.
Un día después de la Navidad, la liturgia nos pone delante de la sangre de san Esteban. Parece una bofetada, un contraste demasiado fuerte. Esteban es el primer eslabón de una cadena que atraviesa los siglos y continúa hasta hoy. Su martirio nos recuerda que la Navidad que hemos llenado de azúcar también tiene sangre. Nos recuerda que Cristo no es el don de un solo día de alegría, sino la encarnación en la historia del amor de Dios. Si Cristo nace en nosotros, algo tiene que morir. El martirio no es sólo morir asesinados: es aceptar que el Evangelio no es un nacimiento para admirar, sino una vida para arriesgar y entregar.
El martirio de Esteban nos recuerda con crudeza que en el mundo en el que ha nacido el Hijo de Dios existen las fuerzas del mal y puede ser hostil. Los ángeles cantan, los pastores adoran, pero también se organizan fuerzas siniestras que quieren silenciar la Palabra que nos habla, nos llama, nos cura y nos salva.
El martirio de Esteban es un reflejo de la Pasión de Cristo. Sin embargo, el recuerdo de este reflejo no pretende empañar el misterio de la Navidad ni oscurecer su luz. Al contrario, nos recuerda el sentido profundo de este nacimiento. San Gregorio Nacianceno, profundizando en el misterio de la Navidad, señala que Jesús nació con el propósito expreso de morir para salvar a la humanidad: "Si alguno pregunta por el misterio se sentirá llevado a afirmar más bien, que no fue su muerte una consecuencia de su nacimiento, sino que él nació para poder morir". Jesús ha nacido para comunicarnos la vida y el amor de Dios. Y este amor es la luz que ilumina la noche de la humanidad.
La muerte de Esteban le quita el velo al rostro de la muerte. Antes de morir, vio el cielo abierto y a Jesús a la derecha del Padre. Si somos aquellos a los que les asusta la oscuridad de la muerte y los llena de tristeza, Esteban nos dice que en esos momentos se nos abren los cielos y podemos ver a Jesús. Dondequiera que surjan dificultades y sufrimientos —en el trabajo, en las relaciones humanas, en la familia— pidamos al Señor que podamos mantener la mirada fija en Jesucristo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 10, 17-22
Jesús dijo a sus apóstoles: "Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los enjuicien, no se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque, en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.
El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre, a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin se salvará".
La Natividad del Señor
El abrazo de Dios
Los expertos dicen que el nuevo "orden" mundial es un desorden caracterizado por la incertidumbre. El nacimiento de Cristo trae un nuevo orden en el mundo. En aquella noche santa, el sentido de las cosas tomó una nueva dirección: de Dios hacia el hombre, de arriba hacia abajo, del cielo hacia la tierra, de una ciudad hacia una cueva, del templo a un campo de pastores.
Mientras los ejércitos de Roma, el imperio del momento, mantienen la paz con la espada, en el engranaje de la historia cae un granito de arena, solo un niño, pero es suficiente para cambiar la dirección de la historia, y trasladar la capital del mundo de la orgullosa ciudad de Roma al pueblecito de Belén. La nueva historia —la historia del Dios hecho hombre— no parte del poderoso que oprime al débil, sino del débil. La historia empieza a girar en sentido contrario. Se nutre ahora de la periferia del mundo y de la pequeñez.
Dios entra en el mundo desde abajo para que nadie sea excluido de su abrazo sanador. La Navidad es el abrazo de Dios. En el abrazo, abrazamos y al mismo tiempo somos abrazados. Dios toma cuerpo para abrazarnos y sigue tomando cuerpo en nosotros para abrazar y ser abrazado. Es un abrazo que fortalece y consuela.
Para abrazarnos, Dios se ha puesto en nuestro mismo nivel. El amor pleno se da entre iguales. Entre un superior y un inferior, puede haber respeto, admiración, veneración, incluso adoración, pero no amor pleno. Por eso, en la Navidad celebramos que Dios se hizo hombre. Cristo nos dice que ya no somos sus siervos, sino sus amigos, sus hermanos. Incluso se presenta como el novio.
La Navidad es una declaración de amor de Dios. Y como para amar tenemos que ser libres, su amor puede ser rechazado. Dios ha asumido el mayor riesgo del amor: la libertad, y por tanto la posibilidad de ser rechazado. El regalo más grande de Navidad no es algo que está envuelto en papel: es el amor de Dios. Cuando lo acogemos, poco a poco descubrimos que estamos cambiando, que muchos miedos se disuelven, que ya no nos sentimos solos, que nunca hemos estado solos.
En esto días preparamos regalos, cenas, posadas... Para recibir a Jesús también hay que prepararse. Nacimos porque fuimos esperados por nuestros padres. Dios nace si lo esperamos. Se obstina en nacer, independientemente de nuestra respuesta. Se obstina en nacer porque confía en nosotros. Confía en que la tierra herida se convierta en tierra sanada. Ve la pisca de luz que está en cada uno de nosotros. Parte de aquí, de nuestras pequeña auroras personales.
En la poesía "Anoche cuando dormía", el poeta español Antonio Machado expresa la esperanza de una renovación espiritual, la superación de la amargura, la sanación interior, la alegría.
"Anoche cuando dormía, / Soñé ¡bendita ilusión! / Que una fontana fluía, / Dentro de mi corazón. / Anoche cuando dormía / Soñé ¡bendita ilusión! / Que un sol radiante lucía / Dentro de mi corazón. / Anoche cuando dormía / Soñé ¡bendita ilusión! / Que una colmena tenía / Dentro de mi corazón. / Anoche cuando dormía / Soñé ¡bendita ilusión! / Que era Dios al que tenía / Dentro de mi corazón.
Que el sueño de Machado sea nuestro sueño en esta Nochebuena.
Martes Feria mayor de Adviento
El nombre
El profeta Malaquías anuncia, en la primera lectura, un Dios que viene y llega como "fuego de fundición, como la lejía de los lavanderos". Son imágenes fuertes. Dios refina lo valioso, no lo destruye; lo purifica, no lo apaga. Su paso no es cómodo; pero es necesario, porque solo un corazón purificado puede volver a ser ofrenda agradable. Dios es fuerte y poderosos, pero no fuerza la entrada. Pide espacio. Hay que abrirle la puerta del corazón, dejarse liberar, reconciliar para celebrar la Navidad, que está ya a la vuelta de la esquina, con un corazón purificado.
Preparando el Nacimiento de Cristo, el evangelio de hoy narra el momento en el cual se pone el nombre al hijo de Zacarías e Isabel, el precursor. El nombre es importante en la Biblia. Para la tradición judía más pura, dar un nombre significa trazar una ruta, definir un carácter, dar un destino, un significado. Isabel se niega a darle a su hijo el nombre de un antepasado, de un pariente, una tradición considerada obligatoria. No, insiste Isabel, su nombre será el que Dios le dio cuando un ángel visitó a Zacarías para anunciarle el nacimiento de su hijo. El Señor había dicho que el nombre del niño sería Juan. El nombre del niño es fruto de la obediencia a la Palabra de Dios.
En la discusión que se armó para poner el nombre al niño se esconde un problema que se puede dar en las familia, pero quizás también en las relaciones humanas. Con frecuencia queremos que los demás sean lo que esperamos de ellos. Sin embargo, el amor verdadero respeta la diversidad del otro y le permite manifestarse en su originalidad. Un buen padre y una buena madre no pueden cargar sus sueños sobre los hombros de sus hijos, sino estar dispuestos a renunciar a ellos para que los sueños de sus hijos se hagan realidad. La defensa del nombre "Juan" es la defensa de la diversidad de este niño que tiene el derecho a ser él mismo.
Tal vez el Evangelio nos invita reflexionar en el nombre, a elegir bien el nombre que damos a nuestros hijos, y a preguntarnos qué nos quiere decir Dios a través del nombre que nuestros padres han elegido para nosotros. Me llamo Benjamín porque soy el último hijo, el más pequeño. Benjamín fue el último de los hijos de Jacob. En hebreo, el significado de mi nombre es "hijo de la mano derecha". La mano derecha es símbolo de fuerza y de favor. Se interpreta también como "el hijo más querido y consentido". Y la verdad, me siento muy consentido y amado por Dios y por el Pueblo de Dios al que sirvo. Por eso, le doy gracias a Dios.
En la víspera de la Navidad, la Palabra de Dios nos invita a no temer el paso del Señor en nuestra vida. Si aceptamos dejarnos purificar, si abrimos las puertas del corazón, entonces también nuestra vida se convierte en bendición.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 1, 57-66
Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo. Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había manifestado tan grande misericordia, se regocijaron con ella.
A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías, como su padre; pero la madre se opuso, diciéndoles: "No. Su nombre será Juan". Ellos le decían: "Pero si ninguno de tus parientes se llama así".
Entonces le preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara el niño. Él pidió una tablilla y escribió: "Juan es su nombre". Todos se quedaron extrañados. En ese momento a Zacarías se le soltó la lengua, recobró el habla y empezó a bendecir a Dios.
Un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos, y en toda la región montañosa de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de ello se preguntaban impresionados: "¿Qué va a ser de este niño?" Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él.
Lunes Feria mayor de Adviento
Cantos de fiesta
¿Qué pasa cuando una mujer se entera de que está embarazada? Solamente una madre podrá responde esta pegunta que los varones nunca podremos responder.
Saber que dentro de uno está una vida que apenas ha comenzado a existir es quizás una de las experiencias más grandes de un ser humano. En el cuerpo todavía no se ve nada y, sin embargo, todo cambia. Junto con la nueva vida que crece en el vientre, crecen sueños, imágenes, expectativas. La futura madre ya se imagina el rostro de su hijo, su voz, su futuro. Es una alegría que no nace de lo que se ve, sino de algo que se siente, que ya está presente y es esperado.
En el Evangelio de hoy se narra el encuentro de María con su prima Isabel. Ambas están embarazadas. María lo ha sabido hace poco; Isabel ya está en el sexto mes. María lleva en su vientre a Jesús, y por eso canta. Estalla en un canto de alegría. En el Magnificat María expresa la alegría no sólo por saber que está embarazada, sino sobre todo porque sabe que Dios ha entrado en su vida.
La primera lectura habla de otra madre agradecida. Ana, que era estéril, camina hacia el templo llevando en sus brazos al hijo tan esperado. No retiene para sí el don recibido: lo devuelve a Dios. Aquel niño, Samuel, es el signo concreto de una oración escuchada, pero también de una fe que no se cierra en lo que tiene. Ana sabe que lo nacido de la gracia no puede ser retenido, sino devuelto con gratitud. En su gesto no hay pérdida, sino plenitud: ofrecer es el modo más verdadero de cuidar.
En el templo, Ana levanta su voz y canta. El canto de Ana, que escuchamos en el salmo responsorial, es un canto parecido al canto de María. Proclama la grandeza de un Dios que eleva a los humildes y humilla a los soberbios. Es un canto que nace de la experiencia. Dios mira el corazón herido, escucha el grito oculto, transforma la esterilidad en fecundidad. La alegría de Ana nace de la experiencia de un Dios que entra en la historia y trasforma desde dentro.
También nosotros tenemos motivos para cantar, porque Dios ha puesto su mirada en nosotros. Ciertamente, no llevamos a Jesús en el vientre como María, pero lo llevamos en nuestro interior, en la vida, en la fe, en el encuentro con Él. El Magnificat recuerda que la verdadera alegría nace cuando descubrimos que Dios ha decidido venir a nuestro encuentro. Y entonces, como María y Ana, también nosotros podemos cantar nuestro propio canto festivo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 1, 46-56
María dijo: "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede.
Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada. Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre".
María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.
IV Domingo de Adviento
La mirada interior
Probablemente ustedes conocen esa sensación de frustración, ese sentimiento de desconcierto que se experimenta cuando nuestros planes son repentinamente alterados por un evento imprevisto y perdemos el control de nuestra vida. En la historia narrada en el evangelio de hoy encontramos lecciones para saber navegar en estos momentos de desconcierto. Se trata del sueño de José. Es una lección para nuestros desafíos cotidianos. Pongamos atención a dos verdades que esta historia nos revela y pueden cambiar la forma en que vemos la vida.
La primera verdad. Nuestra vida se desarrolla en dos niveles: lo que vemos y lo que no vemos. Cada acontecimiento de nuestra existencia se puede leer en estos dos niveles distintos. El primero es el nivel superficial. Es el nivel sobre el que se mueve José al principio, cuando se encuentra frente a un hecho que desafía lo acordado con María: la mujer que ama lleva en su seno una vida que no es suya. Desde este nivel superficial, tratamos de solucionar el problema con nuestros propios recursos, con nuestra razón.
Sin embargo, detenerse en esta lectura de los acontecimientos es ignorar una segunda y más decisiva dimensión de la realidad. Es ese "algo más", ese plus, que la fe y la vida espiritual nos revelan: el plan de Dios, la semilla que ha puesto en la realidad. El sueño de José es el signo de esta mirada interior, capaz de ir más allá de las apariencias. Cuando vemos sólo la superficie de las cosas, perdemos el significado profundo. Cuando aprendemos a ver esa semilla divina escondida en la realidad, la vida cambia.
En una entrevista a Manuel Castells, el sociólogo español más citado del mundo, reclama la necesidad de una mayor espiritualidad en tiempos de crisis profunda: "Yo personalmente creo que es fundamental en este momento reclamar el papel de la religión y la espiritualidad como contrapeso a un mundo que se autodestruye". Delante de un mundo que se autodestruye lentamente se necesitan "fuerzas que nazcan de dentro de nosotros para el autocontrol, más que para el control externo". En este contexto, la famosa cantante española Rosalía recoge, en su último álbum titulado Lux, la sed de Dios y de espiritualidad.
La segunda verdad. La historia de José revela que Dios nos necesita para realizar su obra en el mundo. Dios necesitaba de José y nos necesita a todos. Desde aquí percibimos otra perspectiva de la esperanza. No somos nosotros quienes esperamos a Dios: es Dios quien, cada día, espera que recibamos su amor y lo dejemos circular. El acto paterno fundamental de José, según el evangelio, es poner al niño "el nombre de Jesús" ("Dios salva"), reconocer su identidad, declarar al mundo: Este niño es el Salvador.
Cada uno de nosotros tenemos esa vocación paterna de "poner un nombre", afirmando el valor del otro. Es una tarea urgente que se debe hacer especialmente con los que están creciendo. Decir a los niños y jóvenes de hoy que están llamados a la salvación, que son una obra de Dios, que no nacieron por casualidad. La esencia de la vocación paterna es cuidar y nutrir la obra de Dios dondequiera que la encontremos.
Concluyendo. San José nos enseña que nuestro propósito esencial en la vida no está solamente en la realización de nuestros planes, sino en la capacidad de mirar más allá de la superficie de los acontecimientos, reconocer un plan más grande y aceptar nuestro papel dentro de él. Así es como un contratiempo deja de ser un obstáculo y se convierte en el comienzo de una nueva historia. Aceptar esta invitación significa convertirnos en protagonistas, junto con Cristo, de la historia de la salvación.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 1, 18-24
Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto.
Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: "José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados".
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros.
Cuando José despertó de aquel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a su esposa.

III Viernes de Adviento
Rumor de ángeles
En las lecturas de este día hay dos relatos de anunciaciones imposible. La primera anunciación está dirigida a una mujer que era estéril y no había tenido hijos", pero es llamada por Dios a ser la madre de Sansón, uno de los grandes jueces del pueblo de Israel. La gracia ofrecida a esta mujer parece asociada a la observancia de algunas prescripciones: "De ahora en adelante, no bebas vino ni bebida fermentada, no comas nada impuro". En realidad, lo que se le pide no es un precio a pagar para poder obtener la gracia de un embarazo imprevisto, sino una preparación para recibir la gracia. El fruto de la visita del ángel es el nacimiento de Sansón.
La segunda anunciación, la que viene en el Evangelio, tiene lugar en el templo y está dirigida a un anciano sacerdote, esposo de una mujer ya resignada a la idea de poder ser, al mismo tiempo, llena de Dios y vacía de hijos. A pesar de su lealtad a Dios, Zacarías e Isabel no pueden tener hijos.
La reacción de Zacarías al anuncio del ángel debería ser de alegría, pero reacciona con incredulidad: "¿Cómo podré estar seguro de esto? Porque yo ya soy viejo y mi mujer también es de edad avanzada". Zacarías se queda mudo, sin palabras. Lo entendemos perfectamente. Hay cosas en la vida que nos dejan sin palabras, pero hay otras que nos las devuelven. Cuando tenga al hijo ansiado en sus brazos, Zacarías volverá a hablar. Esos nueve meses de silencio serán útiles —quizás necesarios— para despertar en Zacarías el asombro hacia el don capaz de sanar la ilusión de querer estar seguro en todo y poder recibir lo que Dios nos ha dado: "¿Cómo podré estar seguro de esto?".
Quizás también nosotros, como Manoa y su esposa, y como Zacarías e Isabel, ya no esperamos mucho de la vida. Sin embargo, cada mañana es una invitación a la esperanza, nos dice que todavía hay algo que tenemos que seguir esperando. Dejar de esperar es un poco como morir. Es Dios quien devuelve la esperanza a todos, incluso a un anciano como Zacarías. Sólo se trata de entender cómo actúa y quiere ser recibido.
Tal vez sea necesario entrar, como Zacarías, en el silencio para reflexionar sobre nosotros mismos y entrar en ese secreto que nos habita tan profundamente. En estos días de preparación para la Navidad, busquemos tiempo para la contemplación silenciosa y poder escuchar los susurros angelicales que nos invitan a hacer cada vez más espacio a la gracia de Dios. En la figura del ángel no hay que imaginar nada extraordinario. Lo que caracteriza a los ángeles es la ligereza de sus pasos y su discreción. No quieren atraer la atención sobre sí mismos batiendo las alas. Y desaparecen tan pronto como su misión de anunciar y apoyar la esperanza se ha cumplido.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 1, 5-25
Hubo en tiempo de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una descendiente de Aarón, llamada Isabel. Ambos eran justos a los ojos de Dios, pues vivían irreprochablemente, cumpliendo los mandamientos y disposiciones del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos, de avanzada edad.
Un día en que le correspondía a su grupo desempeñar ante Dios los oficios sacerdotales, le tocó a Zacarías, según la costumbre de los sacerdotes, entrar al santuario del Señor para ofrecer el incienso, mientras todo el pueblo estaba afuera, en oración, a la hora de la incensación.
Se le apareció entonces un ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se sobresaltó y un gran temor se apoderó de él. Pero el ángel le dijo: "No temas, Zacarías, porque tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu mujer, te dará un hijo, a quien le pondrás el nombre de Juan. Tú te llenarás de alegría y regocijo, y otros muchos se alegrarán también de su nacimiento, pues él será grande a los ojos del Señor; no beberá vino ni licor y estará lleno del Espíritu Santo, ya desde el seno de su madre. Convertirá a muchos israelitas al Señor; irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia sus hijos, dar a los rebeldes la cordura de los justos y prepararle así al Señor un pueblo dispuesto a recibirlo".
Pero Zacarías replicó: "¿Cómo podré estar seguro de esto? Porque yo ya soy viejo y mi mujer también es de edad avanzada". El ángel le contestó: "Yo soy Gabriel, el que asiste delante de Dios. He sido enviado para hablar contigo y darte esta buena noticia. Ahora tú quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que todo esto suceda, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo".
Mientras tanto, el pueblo estaba aguardando a Zacarías y se extrañaba de que tardara tanto en el santuario. Al salir no pudo hablar y en esto conocieron que había tenido una visión en el santuario. Entonces trató de hacerse entender por señas y permaneció mudo. Al terminar los días de su ministerio, volvió a su casa. Poco después concibió Isabel, su mujer, y durante cinco meses no se dejó ver, pues decía: "Esto es obra del Señor. Por fin se dignó quitar el oprobio que pesaba sobre mí".
III Jueves de Adviento
Al final brilla la luz
Recordemos que después de la anunciación a María viene la anunciación a José. La anunciación a José es para anunciarle que el niño que está en el vientre de María es el Mesías esperado. Es precisamente lo que nos narra el evangelio de hoy.
José se enfrenta a un conflicto interior. Tiene que tomar una decisión difícil. María está embarazada y sabe que el niño no es suyo. Se ve obligado a enfrentar la pesadilla del futuro. ¿Qué debe hacer? En la oscuridad de la noche física y emocional tiene un sueño luminoso. En el sueño, la palabra del ángel ilumina su oscuridad: "No dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo". No temas acoger, no temas confiar, no temas dejar espacio a Dios. En el sueño caen los mecanismo de defensa de José y la palabra de Dios le permite ampliar el horizonte, no limitarlo al yo herido, sino a la novedad inaudita que Dios le anuncia. Cuando alguien se deja guiar por Dios, a pesar de la oscuridad, al final brilla la luz.
Hay un antes y un después del sueño de José. María está embarazada antes y después del sueño. La realidad no cambia. El que cambia es José. Cambia su manera de leer lo que le está pasando a María. Cambia la perspectiva. José abre su corazón. Ya no es el hombre desconcertado, traicionado y desafortunado que encuentra a su mujer embarazada de un niño que no es suyo. Es el hombre afortunado que Dios ha elegido para ser padre de su Hijo. La realidad es la misma, pero ahora tiene otro significado.
Puede suceder que, si cambiamos el punto de vista, lo que antes nos parecía motivo de tristeza puede convertirse en motivo de alegría. No porque todo se resuelve, sino porque cambia la mirada. A veces Dios no nos quita el peso, pero nos enseña a llevarlo de manera diferente. Y así es como, sin cambiar la realidad, puede comenzar algo nuevo.
Comentando el evangelio de este día, el Papa Benedicto XVI escribió: "Se nos muestra una vez más un rasgo esencial de la figura de san José: su finura para percibir lo divino y su capacidad de discernimiento. Sólo a una persona íntimamente atenta a lo divino, dotada de una peculiar sensibilidad por Dios y sus senderos, le puede llegar el mensaje de Dios de esta manera. Y la capacidad de discernimiento era necesaria para reconocer si se trataba sólo de un sueño o si verdaderamente había venido el mensajero de Dios y le había hablado". Que Dios nos conceda la capacidad de discernimiento que tenía José para no dejarnos llevar por sueños que pueden ser muy bellos, pero al final de cuentas son vanos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 1, 18-24
Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto.
Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: "José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados".
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros.
Cuando José despertó de aquel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a su esposa.
III Miércoles de Adviento
Raíces
El tiempo de Adviento es el tiempo de las genealogías; porque la genealogía estudia y explora las raíces de cada uno de nosotros. La larga espera del Mesías se hace sorprendentemente concreta. Mateo se preocupa por anclar el nacimiento de Jesús en los innumerables nacimientos de sus antepasados. Entre otras cosas, quiere enseñarnos que el futuro no llega si no se ponen raíces. El futuro está arraigado, tiene raíces, no es simplemente un sueño ni una utopía.
Hemos escuchado solamente una lista de nombres, muchos de ellos desconocidos. Para los pueblos que aman las genealogías, el nombre guarda la vida, y la memoria de los nombres impide que la existencia se deslice en el vacío. Leyendo entre líneas nos damos cuenta de que entre los antepasados de Jesús hay reyes y plebeyos, hombres ilustres y mediocres, santos y pecadores, aciertos luminosas y caídas dolorosas. Nada se borra. Todo se asume. Dios no elige una línea pura y sin sombras, sino una historia real, atravesada por el pecado y la gracia. La promesa de Dios se encarna también en vidas mediocres, tambaleantes. La Promesa es la protagonista, no la conducta moral de los instrumento. Ese camino llegará a su plenitud en el "sí" de María. Jesús es el Santo, el que hace santas todas las cosas. Insertados en Jesús, podemos caminar hacia la santidad, partiendo de nuestras raíces.
La inclusión de algunas mujeres en la genealogía, en un mundo donde sólo contaban los hombres, ha causado estupor desde la antigüedad. Recordemos el poco valor de las mujeres en la rígida sociedad machista del Antiguo Testamento. Dios, en cambio, las hace protagonistas de la historia. Entre ellas hay mujeres extranjeras y una prostituta. Infringen la Ley, pero son parte de la Promesa, hasta la cumbre del camino que es María, la mujer nueva abierta al Espíritu del Señor.
Las genealogía nos quieren decir también que Jesús es verdadero hombre. El gran misterio de nuestra salvación pasa por un Dios que se hace hombre en Jesús, y que es precedido por una larga serie de generaciones de hombres y mujeres. Una vez más, Dios sorprende, sale de nuestros esquemas. Es un Dios grande, inmenso, que en Jesús se hace pequeño.
Esta Palabra nos llega hoy a nosotros, que también llevamos sobre los hombros una historia hecha de luces y sombras. Acercándonos a la Navidad, aprendemos a releer nuestra historia con la misma mirada de Dios: una mirada que no elimina, sino que redime; que no acelera, sino que espera; que no promete ilusiones, sino una presencia. La Promesa de Dios se cumple, y sigue cumpliéndose, también en nosotros.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 1, 1-17
Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos; Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara; Fares a Esrom, Esrom a Aram, Aram a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró de Rajab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, Obed a Jesé, y Jesé al rey David.
David engendró de la mujer de Urías a Salomón, Salomón a Roboam, Roboam a Abiá, Abiá a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Joram, Joram a Ozías, Ozías a Joatam, Joatam a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías a Manasés, Manasés a Amón, Amón a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos durante el destierro en Babilonia.
Después del destierro en Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquim, Eliaquim a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
De modo que el total de generaciones, desde Abraham hasta David, es de catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, es de catorce, y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, es de catorce.
III Martes de Adviento
El corazón dividido
El profeta Sofonías levanta la voz sobre una ciudad rebelde, incapaz de escuchar: "¡Ay de la ciudad rebelde y contaminada, de la ciudad potente y opresora! No ha escuchado la voz, ni ha aceptado la corrección". No es una palabra de condena definitiva. Dentro de este escenario difícil, Dios abre un espacio nuevo. Promete un pueblo purificado, pobre y confiado, capaz de buscar refugio en su nombre: "Este resto de Israel confiará en el nombre del Señor". No es una multitud poderosa, sino un resto humilde. Aquí es donde el Señor elige morar. Para que Dios actúe es suficiente un pequeño grupo de personas.
Continuando con el tema, Jesús cuenta la parábola de los dos hijos, uno que dice "sí" pero no hace nada, y otro que dice "no", pero luego se pone en movimiento. Es una actitud muy humana. En los dos hijos veo representado mi corazón dividido y mi deseo de un corazón unificado. Jesús no alaba la rebelión, sino la conversión. No condena el rechazo inicial, si abre a un paso nuevo. El Reino de Dios no se mide por las declaraciones correctas, sino por las realizaciones concretas.
Es lo que sucedió con los pecadores públicos y las prostitutas. Jesús no quiere decir que para acoger la gracia de su venida es necesario bajar la guardia desde el punto de vista moral. Las prostitutas y los publicanos son propuestos como modelo a seguir porque se han adelantado en el camino del Reino de Dios, porque han escuchado seriamente la invitación a la conversión. Así es como se prepara la Navidad: con un "sí" que se convierte en vida.
Prostitutas y pecadores públicos han sentido vergüenza por sus errores y han emprendido un serio camino de conversión que les abrió las puertas que estaban cerradas para ellos. La vergüenza de reconocer los pecados puede jugar un papel importante en la conversión. Dios no busca persona perfectas, sino personas que quieran cambiar. El pueblo humilde de Sofonías y el hijo que al final va a la viña caminan en la misma dirección. Es la dirección de la vida que se entrega, incluso después de una resistencia, incluso después de un error. No importa dónde empezamos, sino la dirección en la que decidimos ir.
Quizás nos hemos cansado de la Navidad, de tanta retórica y tanta azúcar que le hemos puesto y la hace empalagosa. Quizás cansa tener que organizar comidas y cenas o comprar regalos. Seamos como el segundo hijo de la parábola que al final hizo la voluntad de su padre. El Dios que viene a habitar entre nosotros nos dirá cuál es el sentido verdadero y profundo de lo que sucede.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 21, 28-32
Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: "¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: 'Hijo, ve a trabajar hoy en la viña'. Él le contestó: 'Ya voy, señor', pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este le respondió: 'No quiero ir', pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?" Ellos le respondieron: "El segundo".
Entonces Jesús les dijo: "Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él".
III Lunes de Adviento
La autoridad de Jesús
Siempre han existido —y existen— devotos piadosos que piensan que han sido designados por Dios para ser su abogado. Se creen los dueños de la religión. Tratan de poner en dificultades a ese carpintero que, sin haber asistido a una de las prestigiosas escuelas rabínicas, sin pertenecer a una de las familias de la aristocracia o sacerdotal, la hace de maestro y profeta, y es seguido por una multitud. Han visto las obras que Jesús ha realizado; pero, en vez de dejarse interpelar por ellas, se escandalizan. Le piden patente de autoridad, títulos de estudio, grados académicos: "¿Con qué derecho haces todas estas cosas? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?".
Es una pregunta que surge del miedo a perder el control, no del deseo de comprender. Sienten que Jesús ha invadido su campo de acción, que la suya es una injerencia indebida e intolerable. El Señor no les responde directamente. Contesta a su pregunta con otra pregunta. Remite a Juan el Bautista, a su misión, a su origen. Este remitir a Juan está cargado de significado, revela una verdad: la autoridad de Jesús no necesita ser defendida, porque no viene de los hombres sino de Dios y se reconoce por los frutos. Cristo habla libremente de Dios, porque vive en él. Habla con autoridad del Infinito porque es parte de él. Es la autoridad de quien ama, de quien sirve, de quien hace el bien incluso cuando nadie le aplaude.
Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo tienen un velo en los ojos, pero el problema está en el corazón. Para ver bien no basta con que el velo caiga de los ojos si el corazón permanece en la oscuridad. Cuando el corazón se ilumina, entonces también los ojos se abren. Podemos ver como Dios ve. Así es como vio Balaam, el vidente del que nos ha hablado la primera lectura: "Oráculo de Balaam, hijo de Beor, palabra del varón de ojos penetrantes, oráculo del que escucha la palabra de Dios y conoce la ciencia del Altísimo".
Balaam ve a lo lejos una estrella que se levanta. Es la estrella que anuncia al Mesías y que los Magos podrán contemplar en Navidad. Para verla, es necesario que esta estrella se levante en el corazón y, luego, arriesgarse a ir tras ella. Los Magos podrán admirarla porque, a diferencia de Herodes, en lugar de preocuparse por defender su poder viven la vida como un don.
Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo pueden ser nuestras viejas maneras de razonar y de actuar. Jesús quizás trae conmoción y podemos pensar que altera nuestras vidas, nuestras relaciones humanas. Y es bueno que nos desestabilice: es una señal de que estamos vivos y queremos cambiar.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 21, 23-27
En aquellos días, mientras Jesús enseñaba en el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo y le preguntaron: "¿Con qué derecho haces todas estas cosas? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?". Jesús les respondió: "Yo también les voy a hacer una pregunta, y si me la responden, les diré con qué autoridad hago lo que hago: ¿De dónde venía el bautismo de Juan, del cielo o de la tierra?".
Ellos pensaron para sus adentros: "Si decimos que del cielo, él nos va a decir: 'Entonces, ¿por qué no le creyeron?' Si decimos que de los hombres, se nos va a echar encima el pueblo, porque todos tienen a Juan por un profeta". Entonces respondieron: "No lo sabemos". Jesús les replicó: "Pues tampoco yo les digo con qué autoridad hago lo que hago".
III Domingo de Adviento
Prisioneros de nuestras certezas
Probablemente hemos pensado que, para merecer el amor, el éxito o la atención de Dios, primero debemos corregir todas nuestras imperfecciones. Parece que es un sentimiento muy común. Sin embargo, el Evangelio cuestiona este modo de pensar. Juan el Bautista, a quien Jesús definido como "el más grande entre los nacidos de mujer", tuvo que cambiar su manera de pensar.
Imaginamos la escena. Juan el Bautista, el austero profeta que anunciaba el juicio inminente, está en prisión. Oye hablar de las obras de Jesús y envía a sus discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el que debe venir o debemos esperar a otro?". En prisión, a Juan le asalta la duda Y no la oculta. La grandeza de Juan no es disminuida por su duda. Las dudas no destruyen la fe, sino la prueban y la hacen más fuerte, porque empujan a profundizar en el conocimiento de Cristo.
¿Por qué Juan dudó de que Jesús fuera el Mesías que él mismo había anunciado? Porque él, como el pueblo judío, esperaba un Mesías que pusiera las cosas en su lugar con la fuerza bruta. Y no era así. Juan está en la cárcel y morirá en la cárcel. Jesús no es el Mesías que había imaginado. Incluso el más grande entre los nacidos de mujer, duda. La fe tiene que ser probada. Es probada cuando Dios se presenta de modo inesperado, cuando su salvación es diferente de la que esperábamos, cuando su misericordia es más grande que su justicia.
La respuesta de Jesús es paradójica: "Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio". Jesús invita a Juan a reconocer los signos del Mesías que él no imaginaba. La acción de Dios se manifiesta en los cuerpos enfermos que se levantan, cuando se devuelve la dignidad a las personas, cuando la vida puede florecer de nuevo. Jesús no vino por los sanos, sino por los enfermos. Y nosotros somos los enfermos, con nuestra cojera existencial que nos hace sufrir; con nuestra ceguera espiritual que nos impide ver la esperanza, con nuestras lepras que nos hace incapaces de estar con los demás, con aquellas zonas del alma que parecen muertos. Ahí es donde llega el Mesías.
Luego, Jesús comenta: "Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí". Podemos sentirnos defraudados por Cristo. A Juan no lo sacó de la cárcel. Las enfermedades continúan, los pobres son cada vez más pobres, las guerras cobran miles de víctimas, los arrogantes siguen dominando la tierra. El incrédulo que está en nosotros piensa desilusionado: hemos orado mucho y no ha venido la paz. Sin embargo, la llama de paz está encendida en nuestros corazones, pero no la vemos. El mundo está enfermo, pero su enfermedad no es incurable. Es un enfermo confiado a nuestros cuidados; puede ser sanado con los pequeños milagros de cada día. Ciertamente Juan no salió de la cárcel en la cual lo había encerrado Herodes; pero sí salió de la cárcel de sus ideas, concretamente de la idea que tenía del Mesías. En cambio, Jesús fue rechazado y asesinado por quienes estaban encerrados, prisioneros, en sus certezas religiosas y no quisieron cambiar.
El Evangelio transforma la forma en que nos vemos a nosotros mismo y a los demás. Cambia la manera como vemos nuestras debilidades y nuestra fe. Contrariamente a lo que podemos pensar, Dios no busca nuestra perfección y nuestras certezas para amarnos. Nuestras dudas, debilidades y pecados son el lugar privilegiado donde su salvación puede llegar y actuar.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 11, 2-11
Juan se encontraba en la cárcel, y habiendo oído hablar de las obras de Cristo, le mandó preguntar por medio de dos discípulos: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?"
Jesús les respondió: "Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí".
Cuando se fueron los discípulos, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan: "¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? No. Pues entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un hombre lujosamente vestido? No, ya que los que visten con lujo habitan en los palacios. ¿A qué fueron, pues? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se los aseguro; y a uno que es todavía más que profeta. Porque de él está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero para que vaya delante de ti y te prepare el camino. Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él".
Santa María de Guadalupe
La gracia del camino
Desde niños aprendemos que hay una misteriosa y potente fuerza que moviliza a millones de mexicanos, ricos y pobres, sabios e ignorantes, hombres y mujeres. La fiesta de santa María de Guadalupe nos une también a millones de católicos que la veneran en todo el mundo. Al celebrar esta fiesta sentimos, hasta en la piel, que somos parte de algo mucho más grande y misterioso que nuestra pequeña individualidad.
Con santa María de Guadalupe entramos, sobre todo, en el mundo de Dios. Este es precisamente el secreto de María: nos trae a Dios y nos lleva a Dios. Nos da a su hijo Jesús como ningún otra persona puede entregarlo: porque ella es su madre, la madre del Dios hecho hombre, "la madre del verdadero Dios por quien se vive", como le dijo la Virgen a Juan Diego.
Contemplando a María podemos preguntarnos con Isabel, como nos dice el evangelio: "¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme?". Este día celebramos que María nos sólo vino a vernos hace vario siglos, sino que sigue viniendo, que nos sigue visitando.
El saludo de María a Isabel despierta la alegría: "Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno". En su saludo vibra una secreta alegría, una alegría que tiene un rostro y un nombre: Jesús. Una alegría que María no se dio a sí misma, sino a la cual hizo espacio, ofreciendo su vida, su vientre, un espacio protegido para que la alegría de la salvación creciera en ella. El saludo de María hizo que el niño que Isabel llevaba en su vientre saltara, bailara, y que es capaz de hacer bailar a la humanidad sacudiéndola del letargo para que se prepare al encuentro con aquel que viene a nuestro encuentro. Es un saludo que llena del Espíritu Santo.
En la primera lectura María aparece como Aquella que tiene "la gracia del camino". Nuestra Señora de Guadalupe nos impulsa a ponernos en camino; a caminar con fe, en la fe. Las peregrinaciones —que tanto abundan en estas fiestas guadalupanas— simbolizan precisamente esto: que somos "peregrinos y extranjeros" en este mundo; las peregrinaciones encarnan el deseo de transformar nuestras vidas y comunidades. Puede ser que causen problemas de tráfico y molestias, pero siempre nos recuerdan lo que somos.
El camino es, a veces, empinado, pero conduce a la cima. Puede ser agradable o estar lleno de dificultades: inseguridad y violencia, crisis económicas, políticas, sociales, morales, religiosas. Los relatos de las apariciones de la Virgen de Guadalupe nos dicen que María se puso en camino hacia estas tierras justamente en una crisis de grandes proporciones. Los indios habían sido derrotados en su propio suelo, dominados por extranjeros, abandonados por sus dioses. Entonces María visita este país para consolar, ayudar, servir. Y sigue presente en nuestras crisis.
El amor a María de Guadalupe no tiene que quedar en un sentimentalismo estéril: tiene que ayudarnos a madurar la fe. La fe es algo vivo, crece. Si no madura, si no crece, se atrofia; si no madura, se vuelve mediocre.
En el Nican Mopohua, el libro que narra las apariciones de la Guadalupana, María dice que no es sólo viene a visitarnos. Pide que le hagamos una casa y dice para qué quiere quedarse en esa casa: "Quiero escuchar aquí sus lamentos y aliviar y curar sus desgracias, dolores y sufrimientos". Contémosle nuestros lamentos, pero también permitamos que entre a nuestro corazón el gozo santo que nos ofrece.
Lucas 1, 39-48
En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno.
Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: "¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor".
Entonces dijo María: "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava".
II Jueves de Adviento
Elogio a la pequeñez
Jesús dedica a Juan Bautista un elogio: "No ha surgido entre los hombres nadie mayor que Juan". El elogio de Jesús a Juan Bautista puede tener la finalidad de poner en crisis los criterios con los que acostumbramos medir o evaluar las cosas y las personas, sobre todo las cosas de Dios. Estos parámetros corren el riesgo de ser demasiado estrechos para soportar la comparación con la dinámica evangélica.
En efecto, Juan no realizó milagros, no fundó escuelas, no buscó seguidores, no tuvo poder. Su grandeza no está en lo que hace, sino en lo que renuncia a ser. El Bautista es grande porque acepta ser pequeño; es grande porque no ocupa el centro; es grande porque remite a Otro y no a sí mismo. La grandeza espiritual comienza donde cesa la necesidad de aparecer. Ahora que estamos preparándonos para recibir al Señor que viene, debemos estar dispuestos a abandonar el hábito de clasificar cosas y personas según nuestro criterios y asumir los criterios de Dios.
El elogio de Jesús reafirma un misterio que ya susurraba el profeta Isaías al corazón de Israel, en la primera lectura: "No temas, gusanito de Jacob". Esto no quiere decir que Dios necesita hacernos sentir pequeños para poder darnos la grandeza de su bendición. Se trata de una advertencia para no olvidar que ante la mirada de Dios el más pequeño puede ser el más grande, porque su eterna compasión nos mide no partiendo de nuestra presunta grandeza, sino partiendo de nuestro anhelo de vida y de salvación.
Jesús también dice que "el Reino de los celos exige esfuerzo". Si leemos lo que dice Jesús junto con lo que decía la primera lectura: "te he convertido en rastrillo nuevo de dientes dobles", podemos decir que somos como campesinos que labran el campo para depositar en la tierra las semillas de la cosecha futura. Preparar la tierra es un trabajo duro que no consiste en acariciar la tierra, sino en aplicar un esfuerzo para que la tierra se abra y pueda recibir la semilla. Cada día tenemos que labrar la tierra de nuestro corazón y por eso tenemos que hacer un esfuerzo para que la tierra se abra y pueda recibir la semilla de la Palabra de Dios. El reino de Dios es un don. Pero también tenemos que hacer nuestra parte. Si no la hacemos, existe el riesgo de desperdiciar la gracia de Dios.
Y para hacer este trabajo el Señor se acerca y nos toma de la mano. Dice la primera lectura: "Yo, el Señor, te tengo asido por la diestra y yo mismo soy el que te ayuda. No temas". Es una imagen simple y poderosa: Dios camina a nuestro lado. No se limita a indicar el camino: lo recorre con nosotros. Y cuando el corazón se agita por el miedo, cuando nos sentimos pequeños e indefensos, esta mano es nuestra fuerza y nuestra grandeza.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 11, 11-15
Jesús dijo a la gente: "Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él.
Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los celos exige esfuerzo, y los esforzados lo conquistarán. Porque todos los profetas y la ley profetizaron, hasta Juan; y si quieren creerlo, él es Elías, el que habría de venir. El que tenga oídos que oiga".
II Miércoles de Adviento
Descansar en él
El tiempo de Adviento nos va llevando a la Navidad. Para muchos, la Navidad puede ser triste. Por ejemplo, en el mundo hay personas que no tienen la posibilidad de pasar la Navidad en familia. La pasarán solos. No saben qué hacer sino irse a dormir o unirse a algún conocido que vive la misma situación. Sienten que su soledad se agudiza en estos tiempos. Para todo, la vida, a veces, es una lucha. Nos pone a prueba, nos hiere, nos deja marcas profundas en el corazón, desilusiones, injusticias que hay que soportar, incertidumbres y preocupaciones por el futuro
Las lecturas de hoy están hechas para quienes llevan pesos invisibles, para quienes sienten la fatiga de la vida. El profeta Isaías se dirige a un pueblo cansado y decepcionado. Su intención es animarlo. Y les habla de Dios. Habla ciertamente de Dios, pero, en último término habla también de nosotros. En primer lugar, afirma: "Él no se cansa ni se fatiga y su inteligencia es insondable". Dios no se cansa como nosotros; su fuerza no se agota. Y precisamente porque no se cansa, puede dar fuerza a quien está cansado. Por eso, el profeta dice luego: "Él da vigor al fatigado y al que no tiene fuerzas, energía". El Señor es una fuente de vida que no se agota: quien bebe de ella vuelve a vivir.
Pero hay que aproximarse a esa Fuente. Por eso, Jesús dice: "Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga". En las palabras de Jesús el cielo se hace cercano. No dice: "Vengan cuando estén bien". Hay que ir a él tal como estemos y nos sintamos. Con el peso que llevamos sobre las espaldas, con las noches que no nos dejan dormir, con los miedos que no encuentran nombre. Su yugo no aplasta, libera. Con su yugo aprendemos a caminar junto a Él —precisamente para eso es el yugo que se pone a los bueyes— dejando que el ritmo de su Amor regule nuestro paso. En él encontramos descanso.
La palabra descanso tiene muchos matices. Cuando se muere alguien que ha sufrido mucho, acostumbramos decir: ¡Ya descansó! Y es cierto. Pero el descanso del que habla Jesús es algo más. Dios no nos ha creado simplemente para que no suframos, sino para ser felices. ¿Y dónde nos encontramos más felices? Cuando estamos cerca de las personas que amamos. El niño es feliz cuando está en los brazos de su madre, el amigo en compañía de sus amigos, el esposo con su esposa. Jesús no tiene ni riquezas ni lujos. ¿Qué puede ofrecernos? Su persona: "Vengan a mí".
El cristianismo a veces se ha convertido en un yugo pesado, un montón de obligaciones, normas, leyes, regulaciones. Y siempre con la amenaza de la condenación eterna en caso de no cumplirlas todas. Esta religión no es un alivio; al contrario, oprime, produce angustia. No es la religión de Jesús. En Jesús encontramos alivio y descanso.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 11, 28-30
Jesús dijo: "Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera".
San Juan Diego
"Consuelen a mi pueblo"
Un soplo de consuelo atraviesa la liturgia de hoy. Las palabras del profeta Isaías nos llegan como un bálsamo: "Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice nuestro Dios". Este Dios que consuela, Isaías lo describe con dos imágenes que se funden en una sola: el Todopoderoso que viene con poder es el pastor que lleva en sus brazos a los corderos. Es la ternura que salva. No es la fuerza que domina, sino que protege.
Este estilo de Dios se revela también en el Evangelio: un pastor que no se resigna a perder ni una sola de sus ovejas. El consuelo que el profeta anuncia es el mismo que Jesús realiza: la alegría de quien puede volver a casa en los hombros de su Pastor. Jesús lleva a cabo la antigua promesa de Isaías. No espera que la oveja vuelva: él va a buscarla. Respeta su libertad, pero hace todo lo posible para encontrarla.
Nosotros somo esa oveja; no porque seamos grandes pecadores, sino porque podemos ser espiritualmente mediocres, pasivos, resignados, fatalistas. Quizá las vicisitudes de la vida nos alejan de nosotros mismos y de los demás. Y esto resulta especialmente paradójico cuando se acerca la Navidad, que ha pasado de ser la fiesta de la presencia de Dios para los pobres y perdidos (o sea para nosotros) a la celebración de los buenos sentimientos y lazos familiares que casi nunca nos satisfacen, despertando desconcierto y dolor.
Sin embargo, a los ojos de Dios, nadie está realmente perdido. Quizá nos hemos extraviado, pero no perdido. Alguien nos busca, porque nos ama. Y si nos dejamos encontrar, si nos dejamos amar, entonces el extravío no se convierte en pérdida. Cuando en el Padrenuestro decimos: "Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo" recordamos que esta voluntad no tiene nada que ver con la prepotencia o la arbitrariedad del Padre Dios, sino con su deseo de buscarnos y encontrarnos.
El extravío de los demás tiene que llevarnos también a reflexionar sobre nuestras actitudes que quizás han provocado ese extravío y tal vez nos hemos limitado a condenarlos. Este no es el tiempo de la condena, sino de la misericordia.
Que san Juan Diego, a quien hoy recordamos, nos ayude a dejarnos encontrar y consolar. Recordemos que hubo un momento en el cual él no quería encontrarse con la Virgen porque estaba preocupado por la enfermedad mortal de su tío. Pero la Virgen le salió al encuentro, lo tranquilizó y lo consoló diciéndole que su tío ya estaba curado. En santa María de Guadalupe Juan Diego encontró el consuelo de Dios anunciado por el profeta Isaías y realizado por Cristo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 18, 12-14
Jesús dijo a sus discípulos: "¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿acaso no deja las noventa y nueve en los montes, y se va a buscar a la que se le perdió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se le perdieron. De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda uno solo de estos pequeños".
La Inmaculada Concepción
La planta no pisada por la serpiente
La Virgen María como inmaculada concepción, es decir, como aquella mujer a la cual Dios preparó de manera especial para ser la madre de Jesús, preservándola del pecado original, es muy querida por nosotros los franciscanos.
Mientras una gran parte de la teología erudita se oponía a reconocer esta verdad, la piedad popular se fue pronunciando a favor de ella. La espiritualidad franciscana, muy cercana de la piedad popular, hizo profesión de fe en la Inmaculada. Algunas ramas de la Orden Franciscana adoptaron el color azul en el hábito para significar su entrega a la Inmaculada. Muchos de los primeros misioneros que vinieron a América Latina usaban este hábito. Fue el beato franciscano Juan Duns Escoto quien preparó el camino para la definición dogmática. Dicen que su inspiración le vino una vez que pasaba enfrente de una estatua de la Virgen y le dijo: "Virgen santa, dame las palabras apropiadas para hablar de ti".
¿Qué verdad se encuentra escondida en este dogma? La Escritura nos acompaña en este descubrimiento. En la liturgia de la palabra de hoy encontramos dos mujeres, dos mensajeros, dos palabras, dos respuestas. En el jardín del Edén, una serpiente susurra a la mujer mentiras envueltas en medias verdades; en Nazaret, un ángel anuncia una verdad que parece imposible. En el Edén, la serpiente le dice a Eva "serán como dioses" y Eva toma el fruto prohibido. En Nazaret, el ángel le dice a María "llena de gracia" y le anuncia que será la madre del hijo de Dios, y ella se entrega totalmente al Señor.
María inmaculada realiza los sueños y anhelos que nunca alcanzamos a realizar en su totalidad. ¿Cuáles son esos anhelos que Dios ha cumplido en María? La Inmaculada Concepción responde al anhelo humano del paraíso perdido y recuperado. Dice un teólogo franciscano: "María es la planta no pisada por la serpiente, el paraíso concretado en el tiempo histórico, la primavera cuyas flores y frutos no conocerán jamás el peligro de la contaminación y la podredumbre". Efectivamente, la Virgen es el fruto sin veneno, el lugar donde el Espíritu planta su tienda. En María se inicia una nueva era. Es la "nueva mujer (Eva)" de la nueva creación, abierta y disponible al Espíritu. Si Eva se ocultó de Dios, María vive de cara a Él, totalmente a su disposición: "Cúmplase en mí lo que me has dicho".
Ser inmaculada no quiere decir estar blindada contra las tentaciones, las dificultades, las debilidades, las fragilidades humanas. Cristo las tuvo. Dice la Carta a los Hebreos que aprendió a obedecer la voluntad de Dios sufriendo. Tampoco a María, la sin pecado, la llena de gracia, se le dio todo hecho. La gracia de Dios previene y socorre, pero no evita las dificultades y tentaciones.
El dogma de la Inmaculada Concepción tiene dos aspectos. Por una parte, María fue in/maculada, es decir, concebida sin mancha, sin pecado. Pero el corazón de esta verdad no está tanto en el pecado, en no tener pecado, sino en la gracia: la Virgen es la llena de gracia. Si Dios la preservó del pecado fue para llenarla de su gracia. Cuando centramos el dogma en la gracia lo estamos centrando en Dios.
Ahora bien, la Virgen es inmaculada no solamente en su concepción, sino en toda su vida. Por eso, san Maximiliano Kolbe pensaba que el nombre propio de María es precisamente este: "Inmaculada". El ser inmaculada pertenece, por así decirlo, a la esencia de la Virgen. Decía san Maximiliano: "Solamente ella tiene el derecho de ese nombre y, por tanto, es verdaderamente el nombre que la define de manera esencial".
En fin, el dogma de la Inmaculada nos dice que no fue solamente el "alma" de María la que fue preservada del pecado: toda su persona, cuerpo y alma, fue penetrada y animada por la gracia. Esto tiene consecuencias para entender y valorar el cuerpo humano, concretamente el cuerpo de la mujer. El cuerpo de María animado por el Espíritu divino es proclamado bienaventurado. En él ha hecho Dios maravillas. En la carne y en la persona de una mujer puede toda la humanidad ver su vocación y su destino llevados a buen término.
Hoy contemplamos a María inmaculada. Pero no basta contemplarla a ella. También hay que contemplarnos en esta luz radiante. Ella ilumina nuestro ser y nuestro camino. ¿Qué dice de nosotros la Inmaculada Concepción? Lo diré con palabras de uno de los más grandes teólogos del siglo XX, Karl Rahner. Este teólogo alemán pone atención al significado que tiene para nosotros el dogma. Transcribo algunas líneas: "Este dogma significa que el inicio de todo ser espiritual es algo importante y que este inicio viene de Dios; que Dios rodea la vida del hombre de amor redentor, que Dios rodea esta vida humana de fidelidad amorosa; que Dios nos ha hecho también templo santo suyo; también en nosotros habita el Dios trino; nosotros también somos los ungidos, los santificados, los llenos de la luz y la vida de Dios. También a nosotros, con un principio parecido, nos ha lanzado Dios a la vida, a fin de que llevemos la luz de la fe y la llama del amor a través de este mundo de tinieblas hasta aquella meta, a la cual pertenecemos todos, que es la Presencia de su luz eterna en su eternidad; que la invitación de Dios resuena en nuestra propia realidad".
Los invito a dar gracias a Dios por las maravillas que ha hecho en María.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
II Domingo de Adviento
El cambio es urgente
Uno de los grande personajes del tiempo de Adviento es Juan Bautista. El evangelio de hoy es todo suyo. Debió ser sacerdote, como su padre. Sin embargo, se dio cuenta de la urgencia de un cambio. Quiere comenzar de nuevo. Sale de la élite religiosa y del templo. Abandona una religión anquilosada, abandona ritos, animales sacrificados, sangre derramada, humo de incienso. Se va al desierto. Opta por una vida esencial. Se viste con una túnica de pelo de camello, se alimenta de saltamontes y miel silvestre. No es folclore, sino autenticidad encarnada. Su vida, antes que sus palabras, se convierte en un mensaje.
Juan no habla, grita. En el desierto geográfico y existencial alza la voz porque es tiempo de despertar las conciencias. Detrás de su dureza se esconden verdades profundamente liberadoras sobre la fe y la vida, capaces de invertir nuestra forma de vivir la religión y la espiritualidad. Advierte que ya no hay lugar para los aplazamientos. Es hora de volver a lo esencial. A la verdad desnuda.
El Bautista anuncia que no hay que escalar una montaña para llegar a Dios; porque no somos nosotros los que nos acercamos a Dios: es Él quien se acerca a nosotros. El Adviento, por lo tanto, no celebra nuestro intento de alcanzar a Dios, sino la sorprendente noticia de que es Él quien nos busca, se hace cercano, toma la iniciativa para salvarnos.
Su palabra hiere. No distingue entre nobles y plebeyos, poder religioso o civil. Denuncia los excesos del rey Herodes. Por esto será silenciado. A las élites religiosas de la época, les dirige palabras durísimas: "raza de víboras". Parece un insulto, pero revela una verdad profunda. Estas élites pecaban de exceso de control. Querían organizar la acción de Dios y encuadrarla en su visión y sus ritos. La paradoja es que, a veces, quien se cree más cercano a Dios es quien lo rechaza, porque ese Dios no se ajusta a sus expectativas. Ser demasiado religioso puede ser un peligro.
La imagen del hacha puesta en la raíz de los árboles, lista para cortar los árboles que no den fruto, es una imagen clásica asociado a Juan Bautista. A primera vista, parece una amenaza aterradora. En cambio, el Evangelio la presenta como una "buena noticia". ¿Por qué? Porque cortar lo que no da fruto es una liberación; es la oportunidad de ser finalmente despojado de todo lo que es inútil, pesado y estéril en nuestra vida. No es un castigo, sino una poda salvadora. Por eso, dejemos que el Señor, a través de la vida, corte lo que debe ser cortado, para poder crecer más sanos y fuertes.
El discurso de Juan concluye con la imagen de la paja separada del trigo y echada al fuego. La paja representa todo lo que es transitorio, sin sabor de eternidad.
Juan Bautista invita al cambio. El cambio es parte de la vida y, en algunos casos, oponerse al cambio significa morir. Ahora bien, cambiar no es fácil. El cambio puede fascinarnos, pero también suscita en nosotros miedo y malestar. El primer paso es aceptar la posibilidad de cambiar y reconocer lo que hay que cambiar. Es famosa la expresión del psiquiatra y psicólogo suizo Carl Jung: "Aquello a lo que opones resistencia permanece; lo que aceptas, en cambio, te transforma". Podemos pasar la vida defendiéndonos en lugar de recorrer el camino de la trasformación.
Adviento es tiempo de esperanza. Y la verdadera esperanza está abierta a las sorpresas.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 3, 1-12
Comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea, diciendo: "Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos está cerca". Juan es aquel de quien el profeta Isaías hablaba, cuando dijo: Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos.
Juan usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre. Acudían a oírlo los habitantes de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región cercana al Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el río.
Al ver que muchos fariseos y saduceos iban a que los bautizara, les dijo: "Raza de víboras, ¿quién les ha dicho que podrán escapar al castigo que les aguarda? Hagan ver con obras su arrepentimiento y no se hagan ilusiones pensando que tienen por padre a Abraham, porque yo les aseguro que hasta de estas piedras puede Dios sacar hijos de Abraham. Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto, será cortado y arrojado al fuego.
Yo los bautizo con agua, en señal de que ustedes se han arrepentido; pero el que viene después de mí, es más fuerte que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego. Él tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue".
I Viernes de Adviento
El desierto florecerá
La esperanza que arde en el corazón del profeta Isaías es tan actual que podemos hacerla nuestra en este tiempo de Adviento, aunque hayan pasado más de dos mil años: "Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor y los pobres se gozarán en el Santo de Israel; porque ya no habrá opresores y los altaneros habrán sido exterminados". Ayer como hoy, la historia parece estar en manos de los arrogantes y poderosos, de aquellos que, sin escrúpulos, viven ignorando y aplastando a los últimos. ¿Cómo no desear que Dios cambie este estado de cosas?
El profeta insiste. Pinta escenas que parecen imposibles: el desierto está a punto de convertirse en un vergel, los sordos oirá, los ciegos verán. Isaías quiere decirnos que el Señor está preparando ya, aquí y ahora, el mañana.
Sin embargo, el sueño de Isaías contiene una desagradable precisión de tiempo: el Señor tiene que esperar antes de cumplir sus promesas. Sus proyectos son maravillosos. Sin embargo, no se cumplen de inmediato. Inmersos en una cultura donde todo debe ser rápido, puntual y perfecto, experimentamos dificultad para comprender por qué el Señor no actúa inmediata y eficazmente allí donde hay una injusticia, un mal, el sufrimiento de los débiles. Nos cuesta entender cómo es posible que esperar tenga que ver con Dios, con su fuerza y con su sabiduría.
El evangelio nos da una luz. Dos ciegos le gritan a Jesús: "Hijo de David, compadécete de nosotros". Gritan fuerte, con insistencia. Pero Jesús no se detiene, no interviene como otras veces. Parece que no les hace caso. Cuando entra en una casa, los ciegos se acercan a él. Entonces el Señor les pregunta. "¿Creen que puedo hacerlo?". Es como si dijera: "Yo puedo abrir la puerta para entrar, pero tú tienes que darme la llave". Esa llave es la fe. Sin la fe el milagro no se realiza, la gracia no penetra, la luz no pasa. Podemos gritar, llamar, suplicar todo lo que queramos, pero sin la llave correcta la puerta no se abre. Con la llave de la fe, en cambio, los ciegos —puede ser una ceguera espiritual, como la que quizás tenemos nosotros— empiezan a ver. Con la fe, los ciegos abrieron espacio al poder de Dios: "Que se haga en ustedes conforme a su fe".
El evangelio nos invita a dejar que el Señor ilumine nuestras zonas oscuras, las que no contamos, las que nos avergonzamos de mostrar, las que fingimos no tener. Dios nos introduce en un proceso de maduración interior, de iluminación, para tener una mirada más amplia.
Hoy la Palabra nos entrega una certeza: donde entra Dios, la vida cambia. El desierto florece, los ojos se abren. Caminemos con confianza porque la luz no está lejos, está en la puerta de nuestro corazón.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 9, 27-31
Cuando Jesús salía de Cafarnaúm, lo siguieron dos ciegos, que gritaban: "¡Hijo de David, compadécete de nosotros!". Al entrar Jesús en la casa, se le acercaron los ciegos y Jesús les preguntó: "¿Creen que puedo hacerlo?". Ellos le contestaron: "Sí, Señor". Entonces les tocó los ojos, diciendo: "Que se haga en ustedes conforme a su fe". Y se les abrieron los ojos. Jesús les advirtió severamente: "Que nadie lo sepa". Pero ellos, al salir, divulgaron su fama por toda la región.
I Jueves de Adviento
Sobre roca
Las lecturas de la liturgia de hoy hablan de una ciudad segura, una puerta que se abre, una casa que resiste la tempestad. Son imágenes cotidianas, que hablan al corazón antes que a la mente.
El profeta Isaías habla de una ciudad diferente a todas las demás. No está rodeada de muros de piedra, sino de muros de salvación. Es una ciudad en la que reina la confianza. Esta ciudad es la imagen de una persona donde brilla Dios.
El salmo responsorial pide que se abran "las puertas del templo" de la ciudad. Y cuando se ha entrado al templo se hace una oración: "Te damos gracias, Señor, porque eres bueno". Es una oración que nace de quien ha llorado, esperado, luchado... y luego vio abrirse una puerta donde parecía que solo había un muro. El salmo es como una mano apoyada sobre nuestro hombro cuando el corazón tiembla.
En el evangelio, Jesús toma la palabra para decirnos: "No todo el que me diga '¡Señor, Señor!', entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre". La fe no es una fórmula que nos aprendemos de memoria para repetirla en las misas de los domingos, sino una casa que tenemos que construir, día tras día, elección tras elección. Los cimientos de una casa no se ven, están bajo tierra. Sin embargo, si no fuera por ellos la casa se derrumbaría. Si los cimientos son la Palabra de Dios, el cristiano es, fundamentalmente, el oyente de la Palabra. La primera condición es saber escuchar a Dios. Si bien es cierto que los cimientos no se ven, se manifiestan en la manera como vivimos, en las decisiones que tomamos.
Todos construimos algo: una familia, un sueño, una reputación, una fe. Lo que hace la diferencia no es el estilo, ni la grandeza de la casa: son los cimientos. Algunos construyen sobre la arena de las emociones y los sentimientos que van y vienen; otros sobre la roca de la escucha y la puesta en práctica de la Palabras de Dios.
Para los fariseos la voluntad de Dios era la justificación de todas las tragedias, de enfermedades y dolores. Para Jesús, la voluntad de Dios es que todo se salven. Es un hecho que en la aventura de construir la casa de la vida no siempre acertamos a cumplir la voluntad del Padre del cielo. Pero es consolador saber que su voluntad es también mirarnos amorosamente cuando nos damos cuenta de que nos hemos equivocado, que nuestras elecciones no han sido las mejores. Esto también es parte de la tarea de construir sobre la roca de la Palabra de Dios. Y cuando venga la lluvia —porque vendrá—, cuando soplen los vientos —porque soplarán— la casa seguirá en pie, no porque sea perfecta, sino porque está fundamentada sobre la roca del Amor de Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 7, 21. 24-27
Jesús dijo a sus discípulos: "No todo el que me diga '¡Señor, Señor!', entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente".
San Francisco Javier
"¿Cuántos panes tienen?"
La primera lectura pinta una escena luminosa: "El Señor preparará sobre este monte un festín con platillos suculentos para todos los pueblos; un banquete con vinos exquisitos, y manjares sustanciosos". Dios mismo prepara una mesa festiva para todos los pueblos. Y no se limita a saciar con platillos suculentos y vinos exquisitos, también "destruirá la muerte para siempre y enjugará las lágrimas de todos los rostros". No se trata de un cuento de hadas. El Señor imagina la humanidad como una gran familia que participa en un banquete donde el dolor y la muerte ya no existen.
El Evangelio nos lleva a otro monte. En torno a Jesús se reúne una multitud herida: "tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros enfermos". Es una humanidad enferma, cansada, hambrienta de pan y sedienta de sentido. Jesús se detiene. La mira y actúa. No espiritualiza el hambre. No aplaza para mañana lo que puede dar hoy. En Dios hay sobreabundancia de amor.
El monte de la primera lectura y la multitud del Evangelio cuentan la misma historia: Dios no invita sólo al cielo futuro, sino que prepara aquí una mesa festiva. No promete una presencia abstracta, sino un cuidado concreto. No sólo habla de salvación de almas, salvación del pecado y salvación más allá de la historia. También realiza la salvación en el presente: cura los cuerpos y alimenta a los hambrientos.
Cristo satisface el hambre de la multitud. Y no lo hace solo. Involucra a los discípulos: "¿Cuántos panes tienen?". Nos sigue haciendo la misma pregunta. Con frecuencia, la comida es desperdiciada. En los países opulentos, todos los días terminan en la basura toneladas de comida. El pan representa la vida, el don de Dios y el trabajo humano. Cuando el pan pierde su valor, también la vida pierde su sacralidad, y el corazón se endurece. Cada vez que dejamos de malgastar, que compartimos, que damos gracias, el milagro de la multiplicación de los panes se renueva. Y nuestra vida —como esos panes bendecidos por Jesús— se convierte en alimento para los que están a nuestro lado.
Hoy recordamos a san Francisco Javier, un hombre que se hizo pan de Dios para los demás. Fue un gran misionero, miembro del grupo inicial de la Compañía de Jesús y estrecho colaborador de su fundador, san Ignacio de Loyola. Destacó por sus misiones en el Oriente asiático y en el Japón. Evangelizaba compartiendo la alegría que Cristo le había regalado. Abundan los testimonios de sus compañeros sobre la alegría de Francisco Javier. Su alegría era como un bálsamo que aliviaba las penas y enjugaba las lágrimas de los que le rodeaban, sobre todo, en los momentos difíciles.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 15, 29-37
Llegó Jesús a la orilla del mar de Galilea, subió al monte y se sentó. Acudió a él mucha gente, que llevaba consigo tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros enfermos. Los tendieron a sus pies y él los curó. La gente se llenó de admiración, al ver que los lisiados estaban curados, que los ciegos veían, que los mudos hablaban y los tullidos caminaban; por lo que glorificaron al Dios de Israel.
Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da lástima esta gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque pueden desmayarse en el camino".
Los discípulos le preguntaron: "¿Dónde vamos a conseguir, en este lugar despoblado, panes suficientes para saciar a tal muchedumbre?". Jesús les preguntó: "¿Cuántos panes tienen?". Ellos contestaron: "Siete, y unos cuantos pescados".
Después de ordenar a la gente que se sentara en el suelo, Jesús tomó los siete panes y los pescados, y habiendo dado gracias a Dios, los partió y los fue entregando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y llenaron siete canastos con los pedazos que habían sobrado.
I Martes de Adviento
La alegría nace come un retoño
Isaías habla de un retoño que brota de un tronco aparentemente muerto. Es un signo pequeño, frágil, pero capaz de cambiar el destino del mundo. De una raíz oculta, casi olvidada, nace el Rey de la paz. No viene con la fuerza de las armas, sino con la fuerza del Espíritu. Su venida no es semejante a un terremoto, que todo invierte y transforma en un instante. Se asemeja más a la tenacidad de un retoño, que lentamente emerge del tronco, luego se expande silenciosamente y finalmente se convierte en fruta madura y sabrosa.
Alrededor de este retoño, el profeta ve algo que parece imposible: "Habitará el lobo con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos". No es sólo un sueño poético: es el anuncio de un mundo reconciliado, del paraíso encontrado, de la promesa de un futuro en el que ya no viven unos contra otros, sino en armonía. Es el sueño de Dios en el cual la comunión es posible a todos los niveles y en todas las circunstancias. El profeta Isaías nos ayuda a no dejar de soñar, desear y esperar
Este sueño se convierte en oración en el salmo responsorial: "Florecerá en sus días la justicia y reinará la paz, era tras era. De mar a mar se extenderá su reino y de un extremo al otro de la tierra". Es un reino donde el pobre tiene voz, donde el miserable no es invisible, donde la paz es el pan de cada día. El salmista canta a un Rey que salva caminando con los últimos, que no gobierna con temor, sino con misericordia.
En este panorama, aparece Jesús en el evangelio de hoy, con una oración que desborda alegría y gratitud: "Te doy gracias, Padre...". Jesús se regocija como un niño. Es capaz de ver la belleza oculta, reconocer el don que tiene delante: "Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven". Antes de pronunciarse con la boca, la alabanza es una actitud del corazón, un modo de ver la realidad, de vislumbrar la presencia de Dios. Es la forma de oración más bella. No pretende obtener algo. La alabanza nos educa para mirar la historia con esperanza, seguros de que Dios no se olvida de nosotros ni de sus promesas.
Este día, la Palabra nos entrega una promesa, una oración y una alegría: el brote que crece, el Rey que salva, el Señor que se regocija. Y nos invita a creer que en nosotros puede nacer algo nuevo si dejamos a Dios ser Dios en nosotros y nosotros nos alegramos de ser sus hijas e hijos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 10, 21-24
En aquella misma hora Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: "¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".
Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: "Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron".
I Lunes de Adviento
La Palabra pacificadora
El profeta Isaías nos muestra un monte que atrae y reúne. La gente sube llevando sus preguntas y heridas, sueños y cansancio. En lo alto del monte encuentran seguridad y protección: "La gloria del Señor será toldo y tienda contra el calor del día, abrigo y resguardo contra el temporal y la lluvia".
Esta experiencia se expresa en el canto del salmo responsorial: "¡Qué alegría sentí, cuando me dijeron: "Vayamos a la casa del Señor"!". No es la alegría ruidosa de quien se divierte, sino la alegría profunda de quien encuentra casa. El monte Sión y la ciudad de Jerusalén —construida sobre él— se convierten en el símbolo del lugar de nuestra propia alma donde se respira unidad y desde el cual el corazón se mantiene unido a los demás. Es la paz que no borra el cansancio: lo transfigura; es la paz que nace cuando dejamos de defendernos y aprendemos a confiar.
En el Evangelio ya no estamos en el monte, sino en el camino, en la entrada a la ciudad de Cafarnaúm. Un oficial romano, un pagano, se acerca tímido pero decidido a Jesús, y le pide algo. No pide algo para sí mismo, sino para su criado. Lleva su amor silencioso y una confianza desarmante: "Señor, con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano". No pide signos, ni pruebas. Cree que una sola palabra de Jesús atraviesa distancias, muros y cura. La fe del oficial romano no hace ruido, pero mueve el corazón de Cristo.
Jesús se asombra de la fe de un pagano, como para decirnos que Dios no se deja encerrar en los límites que le trazamos nosotros; que su luz se filtra también en las ventanas que no habíamos considerado; que la mesa del Reino es más grande que nuestras medidas: "Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos". El Reino se llena de rostros inesperados, de historias que nunca pensamos encontrar.
Isaías nos muestra a dónde ir, el Salmo responsorial nos dice con qué corazón caminar y el evangelio nos presenta a quién encontraremos en el camino: un Dios que no pide pasaportes, sino confianza; un Dios que entra donde encuentra una herida abierta a la esperanza; un Dios que se deja tocar por quienes creen en sus palabras más que en sus propias fuerzas. La liturgia nos invita a subir al monte, cantar cantos de alegría y hacer nuestra la oración del oficial romano. Entonces oiremos, en el silencio de la fe, una palabra que sana. Esa palabra que el oficial romano pedía, la recibimos en la Eucaristía. Es la Palabra hecha carne, que se nos da como pan de vida. No hace falta que Dios hable, porque se expresa en el silencio del Cuerpo de Cristo levantado ante nuestros ojos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 8, 5-11
Al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano y le dijo: "Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico y sufre mucho". Él le contestó: "Voy a curarlo".
Pero el oficial le replicó: "Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; cuando le digo a uno: '¡Ve!', él va; al otro: '¡Ven!', y viene; a mi criado: '¡Haz esto!', y lo hace".
Al oír aquellas palabras, se admiró Jesús y dijo a los que lo seguían: "Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande. Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos".
I Domingo de Adviento
De cara al futuro
Estamos inmersos en el presente, absortos en nuestras rutinas y preocupaciones inmediatas. Pocas veces pensamos en el futuro. ¿Y si la clave para vivir un presente lleno de significado no estuviera tanto en el aquí y ahora, sino en lo que nos espera? Precisamente, el tiempo de Adviento, con el cual iniciamos un nuevo año litúrgico, nos pone cara a cara, aquí y ahora, con el futuro de la historia: la nuestra, la de la humanidad, la de toda la creación.
La manera como concebimos el futuro determina la calidad y el sentido del presente. El analista político mexicano Carlos Bravo Regidor, que va a presentar su libro "Mar de dudas'" en la FIL de Guadalajara, dijo en una entrevista: "El futuro era un lugar de promesa y hoy es un lugar de miedo". Ante esta incertidumbre, continúa, surge "la tiranía de la inmediatez, el debate incurre en excesos o simplificaciones que empobrecen el intercambio, e incluso el lenguaje". Cree que una de las preguntas más importantes en la actualidad es: ¿Cómo recuperar el futuro?
El Adviento y el evangelio de hoy nos sitúan ante la venida del Señor que vendrá a "juzgar a vivos y muertos". La consciencia de esta inexorable rendición de cuentas inspira seriedad y valor a las opciones que hacemos en el presente. Jesús ofrece varias imágenes para profundizar en esta verdad. Habla de la gente en los tiempos de Noé: "comía, bebía, se casaba, engendraba hijos". Son actividades normales, pero en aquella gente era síntoma de ceguera espiritual. Esa sociedad era la culminación de una progresiva degeneración moral y de una violencia cada vez mayor. El diluvio no fue un castigo divino, sino la consecuencia de sus actos y la necesaria purificación del mal que había corrompido todo.
Vivir sólo para satisfacer las necesidades inmediatas —comer, beber y satisfacer los apetitos— sin escuchar el mensaje contenido en la construcción de un arca que anunciaba un desastre inminente, era el nivel de la vida animal. Es el signo de una existencia inconsciente, vivida sin percibir la seriedad de la vida. Nuestra cultura del consumo nos hace peligrosamente semejantes a ellos: empeñados en sobrevivir mientras el mundo a nuestro alrededor manifiesta los signos de una profunda crisis moral y espiritual.
La imagen de los dos hombres y de las dos mujeres trabajando, y "uno será tomado y otro dejado" es fuerte. No se trata de una selección arbitraria. Los acontecimientos críticos de la vida nos obligan a revelar quiénes somos realmente. Una crisis revela quién está preparado para crecer y quién permanece inmóvil. Ante una crisis, algunos se derrumban existencialmente, mientras que otros se vuelven más maduros y auténticos. La prueba revela nuestro carácter. La crisis, en palabras del evangelio, muestra quién está listo para partir y quién, en cambio, se queda donde está, incapaz de dejarse transformar por la vida.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill dijo a los británicos: "La época de los aplazamientos, de las medidas a medias, de los trucos engañosos y consoladores, de los retrasos debe considerarse cerrada. Ahora comienza el período de las acciones que producen consecuencias". Aunque él tomó algunas decisiones que resultaron equivocadas —como nos sucede a nosotros—, su determinación fue crucial para la victoria aliada. El Papa León, dijo en su viaje a Turquía, que vivimos "la tercera guerra mundial a pedazos". Más que nunca tenemos que ser conscientes de que no es tiempo de tomar medidas a medias. Nuestro futuro está en juego.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 24, 37-44
Jesús dijo a sus discípulos: "Así como sucedió en tiempos de Noé, así también sucederá cuando venga el Hijo' del hombre. Antes del diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se llevó a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada.
Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor. Tengan por cierto que si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre".
XXXIV Viernes Tiempo Ordinario
Brotes de primavera
En la primera lectura, el mar se agita como un corazón intranquilo: se levantan grandes olas, vientos contrarios chocan, del caos emergen bestias horribles y arrogantes que parecen invencibles. Son las diversas formas del poder mundano. La escena del libro de Daniel es la imagen del mundo cuando se deja guiar sólo por el poder, el miedo, el deseo de dominio.
Sin embargo, sobre este mar embravecido, Daniel levanta la mirada y ve los cielos abrirse. Se colocan tronos y un Anciano con "un vestido blanco como la nieve y cabellos blancos como lana" se sienta. La historia no está guiada por el azar. En todo tiempo el cielo permanece vigilante. Luego aparece "alguien semejante a un Hijo de hombre". No viene con armas, sino con la dignidad del hombre auténtico. Recibe un Reino que no tendrá fin. Es como si Dios dijera: la última palabra es un Rostro, el rostro de Jesucristo, el hijo de Dios y el Hijo del hombre.
Jesús, en el Evangelio, nos lleva delante de una higuera que florece. Sus tiernas hojas anuncian que el verano está cerca, aunque el aire todavía está frío. El Señor nos invita a leer los signos de los tiempos, y no para hacer cálculos, sino para custodiar la esperanza. Nos invita a reconocer el sentido de la vida mirando la manera como la naturaleza manifiesta su obstinada capacidad de volver a renacer. Cada invierno lleva el útero escondido de la primavera. Los brotes que anuncian la primavera, dentro de un invierno que aún no ha terminado, están al alcance de nuestra mirada. Nos invitan a recuperar y aceptar nuestra absoluta dependencia del Creador, que dispone los tiempos y las formas para llevar la creación hacia una plenitud. Se trata de reconocer nuestros límites para vivir el presente libres de la ansiedad por el rendimiento y la programación, tranquilos como árboles que esperan los perfumes de la primavera.
Pero eso no es todo. Luego viene la promesa que nos sostiene cuando todo tiembla: "Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse". Las palabras de Jesús son como rocas en un río embravecido: no detienen el agua, pero nos permiten atravesarla sin ser arrollados.
La Palabra de Dios nos llama a vivir en esta tierra, en ocasiones convulsionada y amenazadora, con el corazón anclado en el cielo. Nos invita a no apagar el miedo con el ruido, sino con la confianza en el Hijo del hombre, a no esperar el fin con angustia, sino con el aroma de la esperanza. En esta fidelidad silenciosa, el cielo ya comienza a florecer sobre la tierra.
No es fácil leer los signos de nuestra la historia, entender su significado. Sin el discernimiento del Espíritu lo signos son leídos por nuestras heridas, nuestros miedos, nuestras expectativas, que nos dan una visión distorsionada de la historia.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 21, 29-33
Jesús propuso a sus discípulos esta comparación: "Fíjense en la higuera y en los demás árboles. Cuando ven que empiezan a dar fruto, saben que ya está cerca el verano. Así también, cuando vean que suceden las cosas que les he dicho, sepan que el Reino de Dios está cerca.
Yo les aseguro que antes de que esta generación muera, todo esto se cumplirá. Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse".
XXXIV Jueves Tiempo Ordinario
Levanten la cabeza
Por momentos, parece que el mundo se está desmoronando. Las guerras no cesan, la violencia crece, los pobres aumentan, la gente parece más enojada, más sola, más asustada. También la fe, en muchas personas, parece apagarse lentamente, como una vela que lucha contra el viento. Es fácil dejarse llevar por el desaliento y preguntarse: Pero, ¿dónde está Dios en todo esto? ¿Por qué no interviene?".
La Palabra de Dios nos lleva hoy a días difíciles, noches oscuras y cielos cargados de nubarrones, no para asustarnos sino para enseñarnos a permanecer fieles y a no dejar de esperar.
La primera lectura nos habla de un hombre arrojado al foso de los leones. Daniel entra al foso no como un héroe intrépido, sino como un creyente. No tiene armas, ni escudos, ni defensas. Lleva sólo una cosa: su confianza plena en Dios. Y en esa noche poblada de rugidos de leones y miedo, Daniel no deja de confiar. Allí donde todo parece perdido, Dios abre un camino: los leones se callan, la muerte es desarmada, la noche ya no tiene la última palabra.
El salmo responsorial es un fragmento del canto de los jóvenes que fueron arrojados a un horno encendido. De las llamas no se levanta un grito de desesperación: se alza un canto. Un canto que bendice a Dios en la prueba, un canto que atraviesa el dolor con confianza. No esperan a que pase la prueba para alabar: alaban en la prueba.
En el Evangelio, Jesús nos habla de ciudades destruidas, de señales en el cielo, de catástrofe, de tragedias. Pero en medio todo esto nos ofrece una clave de esperanza: "Levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación". No es un anuncio del fin, sino del principio de un mundo nuevo. Jesús nos enseña a no fijar la mirada en las ruinas, sino en la promesa; a no confundir el colapso de lo pasajero con el fin de lo que realmente cuenta. El mundo puede hundirse, pero la esperanza no se derrumba. El cielo puede oscurecerse, pero Dios no deja de brillar.
Daniel en el foso de los leones, los jóvenes en el horno y los discípulos ante las convulsiones de la historia están empujados a tomar una opción: confiar o ceder al pánico, alabar o quejarse, levantar la mirada o permanecer encorvados en el temor. Hay una fidelidad silenciosa que Dios admira: aquella que ora cuando nadie ve, que alaba cuando el corazón tiembla, que espera cuando todo se derrumba. Ahí es donde Dios pasa. Y allí es donde salva. Quien camina con Dios no camina hacia la destrucción, sino hacia una liberación que ya comienza ahora, en el corazón.
El mundo necesita estas luces, nos necesita. No podemos cambiar todo, pero podemos cambiar algo: nuestra forma de vivir, de creer, de ver, de amar.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 21, 20-28
Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando vean a Jerusalén sitiada por un ejército, sepan que se aproxima su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en la ciudad, que se alejen de ella; los que estén en el campo, que no vuelvan a la ciudad; porque esos días serán de castigo para que se cumpla todo lo que está escrito.
¡Pobres de las que estén embarazadas y de las que estén criando en aquellos días! Porque vendrá una gran calamidad sobre el país y el castigo de Dios se descargará contra este pueblo. Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumpla el plazo que Dios les ha señalado.
Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad. Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación".
XXXIV Miércoles Tiempo Ordinario
Invitación a la confianza
En la primera lectura, entramos en el salón del banquete del rey Baltasar: un lugar lleno de ruidos, vino, copas de oro, arrogancia y diversión. Y justo allí, mientras el rey y sus mil invitados se embriagan, una misteriosa mano escribe en la pared. No es una voz ruidosa, no es un trueno: sólo una escritura silenciosa, como si Dios trazara una frontera invisible entre la gloria que pasa y la verdad que permanece.
Daniel, el sabio que no se deja comprar, es llamado para interpretar esas misteriosas palabras. Habla con calma, como quien ve más allá de la superficie. Recuerda que la vida no pertenece a los poderosos, sino a Aquel que sostiene el aliento de toda creatura. Con una sencillez desarmante, Daniel muestra que la verdadera sabiduría consiste en estar de pie ante la verdad, incluso cuando todo a su alrededor parece celebrar otra cosa.
En el Evangelio encontramos algo semejante. Jesús prepara a sus discípulos. Habla de persecuciones, traiciones, juicios. No es ciertamente excitante la perspectiva que Cristo ofrece a sus discípulos Sin embargo, cuando vemos la vida con realismo notamos que el escenario presentado por Cristo no es tan distante de lo que vivimos diariamente; porqué nuestra historia está marcada por la violencia y puede asumir diversas formas; riñas familiares, asaltos, robos, extorciones, difamaciones, violencia de género…
A veces, la ansiedad ante estas situaciones nace de querer tener todo bajo control. Jesús nos invita una actitud diferente que nos puede liberar de la ansiedad: "Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes". No es una invitación a la pasividad sino a la confianza; no habla de eliminar la prueba, sino de la garantía de su Presencia en medio de la prueba.
Otras veces el miedo y la angustia nacen cuando pensamos estar solos y tener que cargar el mundo sobre nuestros hombros. Entonces, la vida pesa demasiado. Pero cuando recordamos que el Señor está con nosotros y que no todo depende de nosotros, podemos respirar, volver a la calma. El Señor no promete una vida sin dificultades. Más bien nos asegura que nos dará las herramientas para afrontarlas: palabras, fuerza, sabiduría. Lo que nos pide es confianza, actuar con amor y dejar el resto en sus manos, sabiendo que en nuestras luchas estamos en sus manos.
En el fondo, la escena del banquete de Baltasar y el anuncio de Jesús a los discípulos contienen los mismos elementos. En las dos escenas, el mundo parece tener en sus manos el poder; en las dos escenas interviene Dios de manera inesperada: unas palabras misteriosas en la pared, unas palabras en la boca de los discípulos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 21, 12-19
Jesús dijo a sus discípulos: "Los perseguirán y los apresarán, los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernantes por causa mía. Con esto ustedes darán testimonio de mí.
Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.
Los traicionarán hasta sus padres y hermanos, sus parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes, y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida".
XXXIV Martes Tiempo Ordinario
Bienvenidos los atardeceres
Nos atraen más las formas externas de las cosas que su significado y su realidad profunda. No es de extrañar. Las formas externas tienen el poder de seducir y fascinar los sentidos en un instante. En cambio, para llegar al sentido de las cosas, son necesarias la reflexión, la oración, la búsqueda, la paciencia, sobre todo cuando las cosas muestran no solo sus luces sino también sus sombras.
De esto nos ha hablado el evangelio de hoy. Hay una gran diferencia entre la mirada de Jesús y la de algunos que estaban en el templo: "Como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: 'Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido'". Jesús no es insensible al valor de este lugar religioso, que también había sido importante para su formación humana y religiosa. Sin embargo, su inminente pasión, muerte y resurrección lo empuja a no fijar la mirada en el rostro más exterior de la fe de Israel, sino en la gran transformación que su sacrificio está a punto de imprimir en la historia. Por eso, añade palabras de seguridad frente al miedo de perder los puntos de referencia adquiridos: "Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin".
Todo lo que hacemos tiende hacia un ocaso. Nada escapa a la inevitable caducidad. Estamos llamados a darles la bienvenida a muchos atardeceres, a medirnos con el final de tantas realidades hermosas a las que quizás tenemos el corazón demasiado atado. Sin embargo, todas las cosas que amamos o nos fascinan son estatuas con pies de hierro y barro, como la estatua del sueño de Nabucodonosor, de la que hablaba la primera lectura, que Daniel logra interpretar: "Tú la estabas mirando, cuando de pronto una piedra que se desprendió del monte, sin intervención de mano alguna, vino a chocar con los pies de hierro y barro de la estatua y los hizo pedazos. Entonces todo se hizo añicos: el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro; todo quedó como el polvo que se desprende cuando se trilla el grano en el verano y el viento se lo lleva sin dejar rastro".
El final de las obras de nuestras manos, que tal vez construimos con mucho sacrificio y esfuerzo, y a las que estamos unidos y encariñados, son momentos dolorosas; pero, hay que construirlas porque son necesarias para que los designios de Dios se cumplan en esta vida. La palabra de Dios nos invita a no temer los atardeceres, ni los pies de barro sobre los cuales descansan nuestras obras porque en Dios nada bueno, verdadero, bello que la vida nos ha dado se perderá. Sólo será transformado en la obra eterna de Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 21, 5-11
Como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: "Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido".
Entonces le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?"
Él les respondió: "Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: 'Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado'. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin".
Luego les dijo: "Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles".
XXXIV Lunes Tiempo Ordinario
Enriquecer con la pobreza
Una escena simple e inolvidable. No es una historia ficticia: es real. Mientras la gente caminaba de prisa sin mirar a su alrededor, un menesteroso estaba sentado en la banqueta con un pedazo de pizza que alguien le había regalado. Iba a empezar a comérselo cuando, de pronto, se pone a su lado otro vagabundo hambriento. El hombre lo mira. Luego, sin decir una palabra, parte el pedazo de pizza en dos y le da la mitad al otro. No tiene mucho, pero lo poco que tiene lo comparte con sencillez.
Aquel hombre anónimo que compartió la poca comida que tenía se parece a la viuda del evangelio de hoy. En el Templo de Jerusalén, abarrotado de feligreses, donde los ricos hacen ruido con sus ofrendas, ella no llama la atención. Echa en las alcancías dos moneditas que no hacen ruido cuando caen. Pero Jesús escucha un sonido que no hace ruido: el don total, la confianza sin reservas, la fe que no se apoya en lo que se posee, sino en Aquel que todo lo sostiene. La viuda invita a vivir nuestra fe como una ofrenda diaria, sencilla y sincera. No son la grandeza de las obras ni el ruido de las palabras lo que revela nuestra fe, sino el don humilde que nace del amor. Así es como nuestra vida se convierte en luz. La ofrenda verdadera no deja la cartera más ligera, sino el corazón más libre. Cuando entregamos lo más valioso que tenemos, entendemos cuánto nos importa realmente algo o alguien.
Los jóvenes de los que habla la primera lectura siguen la misma lógica de la viuda. Nabucodonosor, después haber arrasado Jerusalén y saqueado el Templo, había ordenado que seleccionaran de entre los israelitas de la nobleza, algunos jóvenes para que sirvieran en su corte. Los jóvenes fueron arrancados de su tierra y conducidos a un ambiente extraño, donde pretendían modelarlos según criterios diferentes a su fe. Sin embargo, conservan un núcleo incandescente: la fidelidad a Dios, simple y silenciosa como un pequeño fuego ardiendo en el corazón. Dejan que el Señor sea su fuerza y su sabiduría.
Una frase de la primera lectura nos pone frente al misterio de la sabiduría oculta que guía la historia de aquellos que quieren permanecer fieles: "Dios le concedió a Daniel hallar favor y gracia ante el jefe de los oficiales". En el libro de Daniel es la simpatía del jefe hacia Daniel y sus compañeros; en el Evangelio es la admiración de Jesús por el gesto de la pobre viuda. Lo que impresiona a Cristo es ver cómo esta mujer enriquece el templo con su pobreza y aumenta su esplendor no con ofrendas votivas sino con su ofrenda total.
El mensaje de hoy es simple y profundo: lo que realmente cuenta es lo que ofrecemos desde el corazón y lo que permanece estable en la prueba.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 21, 1-4
Levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en las alcancías del templo. Vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos moneditas, y dijo: "Yo les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos. Porque éstos dan a Dios de lo que les sobra; pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir".
Jesucristo Rey del Universo
El Rey crucificado
Cuando pensamos en un rey, la imagen que nos viene a la cabeza es la de poder, dominio, lujo, glamour. Para no albergar ideas equivocadas sobre Cristo rey, el evangelio presenta una imagen completamente opuesta: un rey en una cruz, insultado, ridiculizado, impotente y derrotado, con una corona de espinas sobre la cabeza. La suya es una realeza que no se manifiesta en el poder, sino en el momento del dolor y de la debilidad. Es el Hijo que no quería sufrir, pero que se abandonó confiadamente en su Padre. Es el Dios que navega en el mismo río de lágrimas en el que navegamos nosotros: "¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio?".
Al final de su vida, Jesús no se encuentra al lado los poderosos, sino en medio de pecadores. Se hizo tan cercano a los pecadores, que murió en medio de ellos. Los malhechores que están a su lado representan a toda la humanidad: los que lo rechazan y los que lo acogen. Los dos criminales le hablan a Jesús. Es el contraste entre dos maneras de hacer oración. El primer malhechor expresa la petición instintiva de quien sufre: "Sácame de este sufrimiento". Es la oración que busca una vía de escape al dolor. Es la que muy probablemente hacemos nosotros, la que hizo Jesús en Getsemaní. Invoca a un dios omnipotente: "Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros".
El segundo malhechor, en cambio, no pide que lo quiten de la cruz, sino llegar al Reino: "Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí". No es sólo una oración diferente; es un cambio de perspectiva. Cuando aceptamos a Cristo como Rey, nuestra atención se desplaza de las circunstancias inmediatas al destino final. El objetivo ya no es huir de la cruz, sino pedir a Jesús llegar a la meta, lo único realmente importante. Jesús está derrotado, pero ve más allá de la cruz, ve la victoria. Por eso le dice al criminal: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". La salvación es siempre posible, incluso cuando nos parece que ya no hay salida.
El criminal que obtiene la salvación no es un hombre bueno; al contrario, es un criminal que reconoce la justicia de su propia condena, como él mismo admite: "Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos". Su salvación no es fruto de sus obras, que él mismo juzga dignas de castigo, sino de su fe en Cristo: "Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí". La salvación no comienza con nuestra perfección, sino con este humilde reconocimiento. Reconocer que el Crucificado es el Señor, es un acto de fe que lleva a la transformación y a la salvación.
Jesús es un rey que levanta al caído y devuelve la dignidad a quien la ha perdido en el camino; que se inclina sobre el polvo y levanta a los débiles, a los frágiles, a los excluidos. Es un rey que libera de las cadenas de las culpas, vuelve a poner en pie a los paralíticos que no pueden moverse porque están atrapados por miedos, fracasos, sentimientos de culpa.
Tenemos necesidad de un salvador. ¿En dónde lo buscamos? ¿En dónde lo encontramos? Los cristianos caminamos teniendo los ojos, la mente y el corazón no en el dios creado a nuestra imagen, a la medida de nuestros deseos, sino en el Dios crucificado que como dice san Pablo, es "escándalo para los judíos y locura para los paganos. Mas para los que han sido llamados, sean judíos o griegos, Cristo es la fuerza de Dios y la sabiduría de Dios". No hay otra manera de salvar nuestra vida. En un mundo fascinado por los poderosos, hemos escogido a un rey cuyo Reino tiene como fronteras sólo el amor y la luz, que es todopoderoso en su amor.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 23, 35-43
Cuando Jesús estaba ya crucificado, las autoridades le hacían muecas, diciendo: "A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido".
También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: "Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo" Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: "Este es el rey de los judíos".
Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: "Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros". Pero el otro le reclamaba, indignado: "¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho". Y le decía a Jesús: "Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí". Jesús le respondió: "Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso".
La Presentación de la Virgen María
"Vengo a vivir en medio de ti"
Hoy celebramos la memoria de la Presentación de la Virgen María en el Templo.
El fragmento del libro del profeta Zacarías, que escuchamos en la primera lectura, se abre con unas palabras que son como un viento suave que penetra en el corazón: "Canta de gozo y regocíjate, Jerusalén, pues vengo a vivir en medio de ti, dice el Señor". El Dios que anuncia el profeta es un Dios en camino hacia nosotros, un Dios que elige poner su morada en nuestras fragilidades cotidianas. Es como si dijera: "Hazme un lugar. No quiero estar fuera de tu vida".
Como salmo responsorial, la liturgia nos ha ofrecido el Canto de María, el Cántico del Magníficat. María responde a la venida del Señor con el lenguaje de la alabanza y la gratitud. Canta porque ha experimentado que Dios levanta a los humildes, seca las lágrimas, hace fecundo lo que parecía estéril. Sus palabras son un eco amplificado de la proclamación de Zacarías: en donde Dios habita, algo florece. El mundo no cambia de repente, pero cambia la mirada. Y de esa mirada nacen la fuerza, la esperanza, el valor. El corazón que deja entrar a Dios se convierte en un lugar donde la vida vuelve a respirar.
Dentro de este clima festivo creado por la primera lectura y el salmo responsorial, le dicen a Jesús en el evangelio: "Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos, y quieren hablar contigo". Pero Él, con una calma que no hiere, que ensancha el horizonte, responde: "Todo el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre". Aquí la promesa de Zacarías y el canto de María encuentran su cumplimiento: Dios no sólo vive con nosotros, sino que nos invita a formar parte de su familia.
Cristo no rechaza los lazos familiares: los transfigura. Es como si dijera: "¿Quieres ser parte de mi familia, de mi casa? Deja que la Palabra tome forma en ti. Haz espacio a Dios como María le hizo espacio en sí misma". En el relato del evangelio, María no está ausente: es la primera que hizo la voluntad del Padre. Nosotros estamos llamados a seguir su estilo: un vientre que acoge, un corazón que custodia, una vida que se deja modelar.
Resumiendo. Zacarías anuncia: Dios viene a habitar en medio de nosotros. María responde: Dios transforma mi vida. Jesús concluye: Quien acoge la voluntad del Padre se convierte en casa de Dios, forma parte de mi familia. Y todo esto no se cumple con gestos heroicos, sino con la sencilla disponibilidad de quien cada día abre una ventana: un acto de bondad, una escucha paciente, una oración susurrada, un paso hacia el perdón. Cada vez que elegimos el bien, la Palabra toma forma en nosotros como vida nueva. Y nos convertimos, sin darnos cuenta, en la Jerusalén gozosa que acoge al Señor, en el canto agradecido de María, en la familia que Jesús reconoce como suya.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 12, 46-50
Jesús estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus parientes se acercaron y trataban de hablar con él. Alguien le dijo entonces a Jesús: "Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos, y quieren hablar contigo".
Pero él respondió al que se lo decía: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?" Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: "Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre".
XXXIII Jueves Tiempo Ordinario
Lo que conduce a la paz
Jerusalén no entendió lo que la llevaba a la paz. Y tampoco el mundo violento en el que vivimos lo entiende. La paz entre los pueblos es hija de la paz del corazón de cada uno de sus miembros. ¿Qué nos lleva a la paz del corazón? Las lecturas de hoy nos invitan a dejar que Dios nos diga lo que produce paz en nosotros.
La primera lectura presenta a un pueblo bajo presión, casi arrastrado hacia compromisos que traicionarían su misma identidad. Está desgarrado entre dos opciones. Por una parte, la seductora invitación a adaptarse, a "ser como los demás"; por otra parte, la firmeza de quienes, aun temblando en su interior, deciden permanecer fieles. Es una imagen potente la del pequeño grupo de Macabeos que abandona sus casas y sube a las montañas, como quien busca aire puro cuando todo se hace sofocante. Su decisión nos dice: hay momentos en los cuales la fidelidad cuesta. Sin embargo, es precisamente esa fidelidad la que nos protege, la que nos salva de la ilusión de una paz aparente.
El Salmo responsorial llama a la verdad interior. No es el rito, no es la apariencia religiosa la que da fuerza; es el corazón que escucha, que acoge, que responde: "Mejor ofrece a Dios tu gratitud y cumple tus promesas al Altísimo". Es como un susurro que redimensiona todo. La verdadera fuerza no está en el ruido de las batallas, sino en la sinceridad del corazón, en la capacidad de dirigirse a Dios no por obligación, sino por amor. Es como para recordarnos que la fidelidad de los macabeos no es heroísmo vacío, sino que nace de un corazón arraigado en Dios. Sin este corazón, toda resistencia sería sólo obstinación; con este corazón, en cambio, se convierte en adoración viva, en verdad.
En el evangelio, Jesús se acerca a Jerusalén y llora. No juzga desde lo alto: llora. Sus lágrimas son una imagen muy poderosa, quizás la más intensa de las tres lecturas. Las lágrimas de Cristo caen como rocío sobre una ciudad que no reconoce la paz cuando pasa junto a ella. Es la misma dinámica de los Macabeos, pero vista desde otra perspectiva: cuando se rechaza lo que da vida, cuando no se escucha la voz que llama a la verdad, se construye un futuro frágil, destinado a derrumbarse.
Las tres lecturas son un solo movimiento: la elección valiente de los Macabeos, el salmo que invita a la sinceridad y la mirada de Jesús que, con amor herido, muestra lo que sucede cuando se pierde el camino de la paz. La fidelidad de los Macabeos, la verdad del Salmo y las lágrimas de Jesús nos dicen que la paz no nace del control, ni de la apariencia, sino del retorno del corazón a Dios, de una elección renovada cada día, a menudo silenciosa, a veces sufrida, pero siempre fecunda. Es una paz que no se compra: se acoge. Es un don que se revela a quien permanece interiormente despierto, a quien se atreve a creer que la fidelidad a Dios es todavía posible y liberadora.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 19, 41-44
Cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella y exclamó: "¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz! Pero eso está oculto a tus ojos. Ya vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te atacarán por todas partes y te arrasarán. Matarán a todos tus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no aprovechaste la oportunidad que Dios te daba".
XXXIII Martes Tiempo Ordinario
Escándalo
Zaqueo quiere ver a Jesús. Algo lo empuja a verlo. Su vida parecía plena; sin embargo, le faltaba algo. Quizás ni siquiera sabía expresar bien esa necesidad, pero intuía que Jesús podía darle una respuesta. Por eso, con un gesto casi infantil, sube a un árbol para no perder la oportunidad de verlo pasar. Zaqueo, el hombre rico y poderoso que parecía dominar todo, hace el ridículo para ver a Jesús. En su bajeza moral, siente la necesidad de buscar otra mirada, la de Cristo. Aún no lo conoce, pero espera a alguien que lo libere, que lo haga salir del fango en la que se encuentra sumido.
Jesús no se limita a saludarlo. Lo llama por su nombre y le dice. "Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa". Lo más seguro es que Zaqueo no se hubiera atrevido a invitar a Jesús a su casa. Las palabras de Jesús son una declaración de amistad. Zaqueo buscaba a Jesús porque era un mendigo de amor. Jesús buscaba a Zaqueo para hacerlo rico de lo que le faltaba. Baja del árbol, se expone, recibe a Jesús en su casa y en su vida. No se pregunta: ¿Soy capaz? ¿Mi casa estará en orden?
La vida de Zaqueo cambia: de ser un hombre replegado sobre sí mismo, se convierte en hombre abierto a los demás y alegre. Bajó del árbol para poder recibir a Jesús en su casa. No es fácil bajar de nuestro pedestal, de nuestro orgullo. Queremos estar siempre arriba, por encima de los demás.
Al entrar en la casa de Zaqueo, Jesús también se expone a la incomprensión y a las críticas. Para los santurrones es alguien que aprueba el comportamiento de un pecador o que busca obtener alguna ventaja económica. Pero Jesús va a la casa de Zaqueo, aunque esto crea escándalo. La misericordia sigue siendo un escándalo para muchos porque entra justo donde el sentido común dice que el amor no debería estar: en la miseria. La misericordia no siempre hace milagros. No es una técnica infalible sino una posibilidad inesperada que se nos ofrece.
El amor de Cristo nos precede; su mirada se adelanta a nuestra necesidad. Sabe ver más allá de las apariencias, más allá del pecado, más allá del fracaso o de la indignidad. Ve la dignidad del hijo de Dios que todos tenemos, tal vez oscurecida por el pecado, pero siempre presente. Jesús y Zaqueo nos enseñan que nunca está todo perdido. Siempre podemos dar espacio al deseo de recomenzar, de reiniciar, de convertirnos. El Señor está cerca de nosotros incluso cuando estamos y nos sentimos perdidos y alejados de él.
Al recibir a Cristo, Zaqueo, el hombre de baja estatura física y moral, crece en generosidad: "Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 19, 1-10
Jesús entró en Jericó, y al ir atravesando la ciudad, sucedió que un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de conocer a Jesús, pero la gente se lo impedía, porque Zaqueo era de baja estatura. Entonces corrió y se subió a un árbol para verlo cuando pasara por ahí. Al llegar a ese lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: "Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa".
Él bajó enseguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, comenzaron todos a murmurar diciendo: "Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador".
Zaqueo, poniéndose de pie, dijo a Jesús: "Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más". Jesús le dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido".
Santa Isabel de Hungría
En busca de luz
La primera lectura narra un tiempo oscuro en la vida del pueblo de Israel. El perverso rey pagano Antíoco Epifanes "ordenó que todos sus súbditos formaran un solo pueblo y abandonaran su legislación particular". Además, se "echaban al fuego los libros de la ley que encontraban". En la historia, no pocas veces y en muchas partes, incluso en la Iglesia católica, se han quemado libros por órdenes de la autoridad y se ha tratado de imponen un pensamiento único, intentando suprimir la riqueza y la alegría de la diversidad.
Cuando se oscurece el camino de la vida somos como ciegos. Intentamos sobrevivir mendigando afecto, compresión, quizás luz.
El ciego del evangelio desea encontrar a Alguien que pueda devolverle lo que la vida le ha quitado. Cuando se entera por los demás de que Jesús está cerca, anhela encontrarse con él. Es tan fuerte su deseo que grita, y aunque lo regañan y lo quieren callar sigue gritando, incluso grita más fuerte: "¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!". El ciego manifiesta su deseo delante de Cristo: "¿Qué quieres que haga por ti? Él le contestó: "Señor, que vea". Jesús le dijo: "Recobra la vista; tu fe te ha curado". Jesús le devuelve no sólo la vista, sino también le muestra una dirección, un camino: "El ciego recobró la vista y lo siguió".
El grito del ciego es la oración que nace del corazón. No siempre cambia inmediatamente las circunstancias externas, pero cambia a la persona que ora. Hombres y mujeres, en momentos de oscuridad y desesperación, han encontrado en la oración del corazón una luz nueva. El angustiado ha encontrado paz; el oprimido por la culpa ha recibido misericordia; el desesperado ha encontrado esperanza. La oración del corazón abre los ojos para reconocer la presencia de Dios incluso en los problemas.
Las lecturas de la misa de hoy nos invitan a encontrar la luz cuando las sombras se hacen más densas. Ambas convergen en un punto: Dios sigue iluminando, sigue dando valor a quien lo busca con un corazón sincero. Hay que gritarle a Dios nuestro deseo, nuestro deseo de plenitud, nuestro dolor; quitar las máscaras que usamos y dejar que surja el grito profundo, íntimo que tal vez nos desgarra.
Hoy recordamos a santa Isabel de Hungría, hija del rey Andrés II de Hungría y esposa de Luis IV de Turingia. Isabel ha sido una luz en el camino. Tuvo tres hijos y enviudó joven. Conoció a los franciscanos y se enamoró del camino trazado por san Francisco. Su vida austera, de caridad y de renuncia, contrastaba notablemente con el lujo y la frivolidad de la corte. Se dedicó a la oración y a las obras de caridad. Abrazó voluntariamente la pobreza y fundó un hospital en el que servía personalmente a los enfermos. Santa Isabel es la santa patrona de la Orden Franciscana Seglar, fundada por san Francisco de Asís.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 18, 35-43
Cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado a un lado del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello, y le explicaron que era Jesús el nazareno, que iba de camino. Entonces él comenzó a gritar: "¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!" Los que iban adelante lo regañaban para que se callara, pero él se puso a gritar más fuerte: "¡Hijo de David, ten compasión de mí!"
Entonces Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: "¿Qué quieres que haga por ti?" Él le contestó: "Señor, que vea". Jesús le dijo: "Recobra la vista; tu fe te ha curado".
Enseguida el ciego recobró la vista y lo siguió, bendiciendo a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.
XXXIII Domingo Tiempo Ordinario
Salvación en la tribulación
Basta navegar por las noticias para sentirse abrumado. Parece que el apocalipsis está a la vuelta de la esquina. El evangelio de hoy —que habla precisamente de este tema— presenta una perspectiva actual y liberadora. Nos invita a dejar de buscar respuestas fáciles y encontrar el significado profundo de los desafíos que nos asustan. Nos ofrece perspectivas para transformar nuestra manera de estar en el mundo y ver el mundo.
Cuando escuchamos "no quedará piedra sobre piedra", pensamos en un cataclismo futuro. Pero el final no es simplemente algo que sucederá algún día: es algo que sucede todos los días. La caducidad es una característica de todas las épocas y de todo lo que vemos. Tarde o temprano todo, terminará. Entender esto no es motivo de desesperación, sino de liberación. Nos recuerda que nuestra meta no está aquí, en las cosas que construimos e idolatramos. Estamos de viaje. Por eso, la meta está más adelante. Esta conciencia nos libera del apego al presente y nos permite vivir "ligeros de equipaje".
El evangelio habla de "guerras, terremotos, hambrunas, epidemias". Podemos interpretar estas palabras como señales de que todo está a punto de derrumbarse. Cristo nos dice que "no es el fin". Si en estos eventos dramáticos optamos por él, no son el preludio de la destrucción, sino el camino de la salvación. Y no es una optimismo ingenuo. Está arraigado en la confianza de que incluso en el caos, se está realizando algo grande y maravilloso.
La expresión "ni un cabello de su cabeza perecerá" indica que nada de nosotros es insignificante para un Dios que nos ha creado y nos ama. No nacimos para la comodidad, sino para el amor. Si el propósito de nuestra vida fuera la comodidad y el placer entonces las tribulaciones y el dolor serían un error en el sistema. No tendrían ningún sentido. Pero si hemos nacido para el amor, entonces la perspectiva cambia. ¿Cómo lo sabemos? La prueba es la cruz de Cristo, la manifestación más clara, plena y contundente del amor de Dios. En ella, las pruebas adquieren un significado profundo: un matrimonio no se hace auténtico sin tribulaciones, una amistad no se hace verdadera sin perdón, un joven no llega a ser adulto sin pasar por una crisis de madurez.
En un mundo lleno de incertidumbre, la tentación es buscar soluciones fáciles, líderes, ideologías o espiritualidades que prometen un crecimiento sin esfuerzo, una vida sin cruz. Cristo nos advierte: estos atajos son trampas, ilusiones peligrosas. En el momento de la verdadera prueba, nos dejarán solos y sin herramientas para afrontarla. La fe auténtica no elimina la dificultad: nos da la fuerza para atravesarla. Buscar a Dios sin la cruz corre el riesgo de encontrar una cruz sin Dios.
La última perspectiva del evangelio abre a la esperanza. El dolor del mundo, las crisis personales y colectivas, no son la última palabra. Son como dolores de parto. Ciertamente son dolores intensos, reales, pero están destinadon a dar a luz una vida nueva. El sufrimiento es un paso, un proceso de transformación necesario para llegar a algo más grande y hermoso.
En resumen, el evangelio no propone una vida cómoda, sino algo mucho más valioso: una vida auténtica, bella y con un sentido profundo precisamente porque no es fácil. Nos prepara para vivir con elegancia y nobleza, rechazando las soluciones fáciles. Nos permite dejar de temer el fin del mundo para construir un significado que resista cualquier sacudida.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 21, 5-19
Como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: "Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido".
Entonces le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?" Él les respondió: "Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: 'Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado'. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin".
Luego les dijo: "Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles.
Pero antes de todo esto los perseguirán a ustedes y los apresarán; los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Con esto darán testimonio de mí.
Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.
Los traicionarán hasta sus propios padres, hermanos, parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida".
XXXII Viernes Tiempo Ordinario
La hora de la verdad
La Palabra de Dios nos invita, una vez más, a indagar el sentido oculto de las cosas, a reconocer en el mundo que nos rodea la presencia discreta de Dios, como decía el novelista francés Bernanos, a "descubrir la carga de revelación de lo cotidiano, la epifanía de Dios escondida en cada instante".
La primera lectura invita a descubrir al Creador en la creación. ¿Qué hay de más bello y de más santo que dejarnos fascinar por la belleza del universo? Sin embargo, la Sabiduría nos advierte sobre el peligro de detenernos, de quedarnos en la belleza de las creaturas, y no ir la Fuente de la Belleza. La belleza de las creaturas es un camino para llegar a la Belleza del Creador. Por eso me digo a mí mismo y a ustedes: contempla hoy la creación con ojos nuevos. Todo lo creado te invita a encontrar a su Creador. Para darse cuenta de esto es necesario detenerse y luego arrodillarse. El sabio no es quien más sabe, sino quien reconoce a Dios en todo y le da las gracias
En el evangelio, Jesús también invita a abrir los ojos, a estar vigilantes. Se da cuenta que, como en los días de Noé y de Lot, hombres y mujeres vivían ocupados en lo suyo, inmersos en la rutina cotidiana, sin saber que la historia estaba a punto de cambiar. Estaban absortos en satisfacer las necesidades biológicas, sociales, laborales, afectivas, olvidando las necesidades espirituales. No veían más allá. La rutina les adormecía el alma.
Nos puede pasar a nosotros. Todos los días comemos, bebemos, trabajamos y hay personas que contraen matrimonio. Comer, beber, trabajar, casarse no es malo. El peligro es vivir como si esto fuera eterno, como si el tiempo no tuviera fin. Podemos vivir tan absortos en las cosas y situaciones de este mundo hasta llegar a olvidar para qué fuimos creados, a lo que estamos destinados. Envueltos en la rutina cotidiana, nos apagamos día tras día, mes tras mes, año tras año. Sin referencia a lo eterno, todo se vuelve efímero y vacío.
Esto preocupa a Jesús. Por eso recuerda la muerte, no para despertar miedo, sino la vigilancia, para no dejarnos llevar por la indiferencia, para recordarnos que la vida es algo único y precioso. El diluvio hoy no es el agua que cubre la tierra, sino la indiferencia que cubre los corazones. El sano recuerdo de la muerte hace que cada instante de la vida sea irrepetible, que las ofensas sean perdonadas más fácilmente. Ante la posibilidad de la muerte ¿cuántos aún tendríamos el valor de mantenernos aferrados a cuestiones banales?
Cristo nos llama a prepararnos para encontrarnos con él. Viene ahí donde estamos, preparados o descuidados, tristes o alegres, optimistas o resignados. Viene en el día a día y vendrá en plenitud al final de nuestra vida terrena. Y viene a salvarnos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 17, 26-37
En aquellos días, Jesús dijo a sus discípulos: "Lo que sucedió en el tiempo de Noé también sucederá en el tiempo del Hijo del hombre: comían y bebían, se casaban hombres y mujeres, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces vino el diluvio y los hizo perecer a todos.
Lo mismo sucedió en el tiempo de Lot: comían y bebían, compraban y vendían, sembraban y construían, pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. Pues lo mismo sucederá el día en que el Hijo del hombre se manifieste. Aquel día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en la casa, que no baje a recogerlas; y el que esté en el campo, que no mire hacia atrás. Acuérdense de la mujer de Lot. Quien intente conservar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará.
Yo les digo: aquella noche habrá dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro abandonado; habrá dos mujeres moliendo juntas: una será tomada y la otra abandonada".
Entonces, los discípulos le dijeron: "¿Dónde sucederá eso, Señor?" Y él les respondió: "Donde hay un cadáver, se juntan los buitres".
XXXII Jueves Tiempo Ordinario
"Está entre ustedes"
Cuando sentimos el vacío y el desconcierto por situaciones personales o sociales buscamos una esperanza que dé sentido a lo que estamos viviendo. Podemos llenar estos vacíos con esperanzas igualmente vacías, vanas. No faltan aquellos que presentan soluciones fáciles y rápida. Tampoco faltan quienes piden una intervención inmediata de Dios. Al parecer, esto es lo que querían los fariseos. Le preguntan a Jesús: "¿Cuándo llegará el Reino de Dios?". Esperaban que la manifestación divina estuviera acompañada de destellos de grandeza y del restablecimiento de glorias pasadas.
La respuesta del Señor los decepciona, pero para nosotros es un gran consuelo. La cuestión, según Jesús, no es el cuándo llegará sino el cómo, concretamente cómo vivir la dureza del tiempo, las situaciones de incertidumbre como las que estamos viviendo. Cristo nos invita a no refugiarnos en la nostalgia del pasado, ni a mirar horizontes lejanos que proyectan más la sombra del miedo que la luz de la esperanza. Nos invita a mirar el presente y a mirar dentro de nosotros: "No se podrá decir: 'Está aquí' o 'Está allá', porque el Reino de Dios ya está entre ustedes".
El reino de Dios está aquí y ahora, impregna nuestra cotidianidad. El problema es que las cosas familiares y cercanas generalmente no llaman la atención. Están allí, pero parecen invisibles, sin importancia; sin embargo, son esenciales y nos damos cuenta de su importancias sobre todo cuando faltan. Como dice el dicho: "Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido". Saber que el reino de Dios es parte de nuestra cotidianidad nos invita a volver la mirada a lo familiar y cercano.
El fragmento del libro de la Sabiduría, que escuchamos en la primera lectura, abre las puertas al misterio de Dios: "La sabiduría es un espíritu inteligente, santo, único y múltiple, sutil, ágil y penetrante, lúcido e invulnerable, amante del bien, agudo y libre, bienhechor, amigo del hombre…". El Espíritu es un río de vida que fluye silencioso, como el aliento que anima todas las cosas. En este Espíritu, cada fragmento del mundo encuentra orden, dirección y se dirige a una plenitud. Es la presencia de Dios que sostiene la creación, incluso cuando nuestra mirada se pierde.
La Sabiduría no es una idea abstracta, sino una compañía fiel en el camino de la vida. Es la Palabra que ilumina el camino, que consuela en los momentos oscuros, que recuerda que cada paso —incluso el más incierto— tiene sentido si es guiado por la luz del Señor. El cambio ya está en marcha y comienza en nuestro corazón. No se trata de comprender todo, sino de dejarse guiar por Aquel que lo comprende todo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 17, 20-25
Los fariseos le preguntaron a Jesús: "¿Cuándo llegará el Reino de Dios?". Jesús les respondió: "El Reino de Dios no llega aparatosamente. No se podrá decir: 'Está aquí' o 'Está allá', porque el Reino de Dios ya está entre ustedes".
Les dijo entonces a sus discípulos: "Llegará un tiempo en que ustedes desearán disfrutar siquiera un solo día de la presencia del Hijo del hombre y no podrán. Entonces les dirán: 'Está aquí' o 'Está allá', pero no vayan corriendo a ver, pues así como el fulgor del relámpago brilla de un extremo a otro del cielo, así será la venida del Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser rechazado por los hombres de esta generación".
XXXII Miércoles Tiempo Ordinario
La vida es gracia
La anotación geográfica del evangelista san Lucas, "Jesús pasó entre Samaria y Galilea", no es simplemente un detalle geográfico. La región fronteriza entre Galilea y Samaria simboliza paso; pero también encuentro, un lugar donde caen las distancias entre lo puro y lo impuro, entre el cercano y el extranjero. En esa tierra marginada, Jesús se deja encontrar.
Diez leprosos le salen al encuentro y le piden que tenga compasión de ellos. Lo hacen a una sola voz. El dolor y la enfermedad los han unido y hermanado. Es consolador saber que una situación difícil tiene, a veces, consecuencias que no podemos imaginar. Una desgracia puede ponernos al lado compañeros y amigos que tal vez nunca hubiéramos conocido.
Jesús mira a los leprosos, y con mirada comienza la curación. No hace gestos extraordinarios. Simplemente les dice: "Vayan a presentarse a los sacerdotes. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra". La curación tiene lugar en el camino, en la obediencia a la Palabra de Cristo. Así es la fe: crece cuando la usamos, cuando confiamos, incluso cuando el signo aún no se manifiesta.
Solamente uno regresó a dar gracias. Cuando nuestra oración se desvincula de cualquier necesidad para desbordarse en gestos de gratitud libres y espontáneos, nuestra fe comienza a afianzarse en la roca de la fidelidad de Dios y no en la arena frágil de nuestras necesidades. Entonces pasamos de la curación a la salvación: "Levántate y vete. Tu fe te ha salvado".
¿Acaso Jesús insinúa que los otro nueve leprosos no tienen fe? Los diez leprosos se pusieron en camino, demostrando que tenían fe en Jesús, en lo que les decía. No esperaron a verse curados para presentarse a los sacerdotes. Confiaron en la palabra de Jesús. Recordemos que no eran los sacerdotes quienes daban la curación, sino sólo la constatan.
Lo que hace la diferencia es la gratitud. El samaritano regresa alabando a Dios y agradeciendo a Jesús. Dar gracias, incluso por las pequeñas cosas, transforma. Abre a la confianza, al compartir y a la alegría. Es la expresión más pura de la fe, ya que nos ayuda a ver todo como un don. Vivimos en una época que fácilmente olvida el don; el individualismo y la lógica del mérito nos hacen creer que todo depende de nosotros; por el contrario, la gratitud nos recuerda que la vida es gracia. Ser agradecidos nos libera de la obsesión de poseer y nos abre a la alegría del compartir. Cambia nuestra mirada sobre el mundo. La gracia produce gratitud, la gratitud alimenta la fe y la fe nos devuelve a Dios, Fuente de todo bien.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 17, 11-19
Cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: "¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!" Al verlos, Jesús les dijo: "Vayan a presentarse a los sacerdotes".
Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.
Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ese era un samaritano. Entonces dijo Jesús: "¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?" Después le dijo al samaritano: "Levántate y vete. Tu fe te ha salvado".
XXXII Martes Tiempo Ordinario
La alegría se servir
Jesús usa una comparación muy dura para comunicar un mensaje importante: el siervo que trabaja todo el día y que cuando regresa a casa no es para descansar sino para seguir trabajando. En tiempos de Jesús existía en Israel la esclavitud, aunque más moderada que en el imperio romano. El siervo, como se entendía en el tiempo de Jesús, ya no existe en nuestras sociedades, pero sí existen muchas personas, sobre todo mujeres, que trabajan todo el día y cuando regresan a casa siguen trabajando, sirviendo a su esposo y a sus hijos.
La parábola parece decir que se puede servir de dos maneras: la primera es por interés, y en este caso, nuestro corazón se modela sobre la obtención de una ganancia; la segunda manera consiste en servir como el sirviente que hace sólo lo que se le pide, que no busca un beneficio a cambio, algo así como el relato de Tony de Mello donde el discípulo le pregunta al maestro por qué canta el pájaro. El pájaro no canta porque tenga una afirmación que hacer. Canta porque tiene un canto que expresar. El discípulo de Cristo sirve simplemente porque su misión es servir. Así se siente realizado.
El servidor por excelencia es Jesús. Sirve con un amor gratuito e incondicional. Confía en su Padre y lo único que desea es hacer la voluntad del Padre. Y esto lo llena de alegría. Necesitamos que nuestro corazón sea moldeado según el corazón de Cristo para ser simplemente presencia del Señor en el mundo, traducir el amor recibido en gestos concretos.
Cuando hacemos las cosas en función de la recompensa que obtenemos, corremos el riesgo de perdernos en cálculos económicos, donde no hay grandes pérdidas, pero tampoco una auténtica alegría. Si empezamos a hacer las cosas sin esperar nada, tendremos una paz profunda y una libertad interior. Se respira un aire de Evangelio allí donde lo que se hace se hace por la alegría de hacerlo, lejos de la pretensión reconocimiento.
Esto no significa que no tengamos valor. Estamos hecho, como recuerda la primera lectura, a imagen y semejanza de Dios. Desde esta verdad hacemos las cosas. Por eso es precioso lo que hacemos. Sólo sirviendo sin protagonismo podemos comprender lo que dice la primera lectura: "Los que confían en el Señor comprenderán la verdad y los que son fieles a su amor permanecerán a su lado, porque Dios ama a sus elegidos y cuida de ellos".
Etty Hillesum decía: "No es lo que hacemos lo que cuenta en la vida, sino lo que se llega a ser a través de lo que hacemos". A través de lo que hacemos podemos llegar simplemente a ser alabados y reconocidos o podemos llegar a ser ciudadanos del reino de Dios, el reino de la gratuidad, de la alegría, de la libertad, de la paz.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 17, 7-10
Jesús dijo a sus apóstoles: "¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: 'Entra enseguida y ponte a comer'? ¿No le dirá más bien: 'Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú'?
¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?
Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: 'No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer' ".
XXXII Lunes Tiempo Ordinario
La vida como espacio sagrado
En el relato del evangelio de hoy todo es desproporcionado, exagerado, ilógico, al límite de lo real y posible: imágenes, números, efectos.
Es desproporcionado lo que se debe hacer con quien escandaliza: arrojarlo al mar con una piedra de molino sujeta al cuello donde se ahogará a causa del peso de esa piedra, sin posibilidad de salvación. Es exagerada la cifra del perdón: setenta veces siete, en la simbología bíblica es el número que indica el infinito. Es desproporcionado el efecto de una fe tan pequeña como una semilla de mostaza: un árbol frondoso es arrancado de raíz y plantado en el mar.
Nuestra reacción ante tales imágenes "increíbles" es la misma de los apóstoles: asombro, impotencia, incredulidad. Por eso le decimos al Señor: "Auméntanos la fe". Aumenta en nosotros la fe, porque es demasiado grande y pesada nuestra inconsciencia hacia los "pequeños" que esperan de nosotros cuidado y pan para el camino, mientras nosotros sólo les ofrecemos piedras de tropiezo y heridas.
Auméntanos la fe, porque nuestro corazón es ciego frente a la fragilidad del hermano y de la hermana; olvida con demasiada facilidad su propia fragilidad y permanece tan esclavo del juicio condenatorio que es incapaz de liberarse y liberar del yugo del rencor, del resentimiento, del miedo.
Auméntanos la fe, porque es demasiado débil y frágil nuestra confianza en tu Palabra, que nos pide solamente vigilar nuestro corazón: "Tengan, pues, cuidado".
Desde la primera lectura entendemos que la fe es sabiduría. La sabiduría nos da la capacidad para no poner a prueba a Dios cuando las situaciones que afrontamos no se ajustan a nuestras expectativas: "Él se deja hallar por los que no dudan de él y se manifiesta a los que en él confían". Siempre está la tentación de buscar en Dios una seguridad que nos preserve de los riesgos y de los imprevistos de la vida, en lugar de permanecer abiertos y disponibles al misterio de su voluntad que, continuamente, invita a la confianza y a la esperanza.
Dice la primera lectura: "El espíritu del Señor llena toda la tierra, le da consistencia al universo". El Espíritu es capaz de llenar los huecos de las nunca fáciles relaciones interpersonales, los huecos que la vida crea en nuestra fragilidad. Es capaz de llenar estos huecos cuando dejamos que nos inspire y nos guíe.
La Sabiduría de Dios no está lejos de nosotros, no está encerrada en los cielos. Ella penetra todo, como un viento que pasa a través de todas las cosas y las vivifica. Dios conoce los secretos del corazón y no hay lugar donde su Espíritu no llegue. Por eso la vida entera se puede convertir en un espacio sagrado: cada gesto, cada palabra, cada silencio puede ser habitado por la presencia de Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 17, 1-6
Jesús dijo a sus discípulos: "No es posible evitar que existan ocasiones de pecado, pero ¡ay de aquel que las provoca! Más le valdría ser arrojado al mar con una piedra de molino sujeta al cuello, que ser ocasión de pecado para la gente sencilla. Tengan, pues, cuidado.
Si tu hermano te ofende, trata de corregirlo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si te ofende siete veces al día, y siete veces viene a ti para decirte que se arrepiente, perdónalo".
Los apóstoles dijeron entonces al Señor: "Auméntanos la fe". El Señor les contestó: "Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a ese árbol frondoso: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', y los obedecería".
Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán
Templos de Dios para siempre
Si les pregunto cuál es la iglesia más importante de Roma, muy probablemente dirán que la majestuosa Basílica de San Pedro. Es una respuesta comprensible; pero, en realidad, la iglesia más importante es la basílica de san Juan de Letrán, la catedral del Papa. Fue la primera gran iglesia construida en Roma, en el siglo IV, y desde entonces se considera el centro espiritual de la Iglesia católica.
Esta verdad no es solo una curiosidad histórica. Esta basílica es el símbolo de la unidad de la Iglesia. Por eso, la fiesta de la dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán es la fiesta de la catolicidad de la Iglesia, de la riqueza de la diversidad y la belleza de la unidad en torno a Pedro, el rudo pescador llamado por Jesús a ser roca que custodia las palabras del Maestro.
El evangelio que se nos propone en esta fiesta es el relato donde Jesús expulsa a los vendedores y cambistas del templo. Quizás pensamos que los expulsa porque hacían algo malo. Sin embargo, los cambistas y vendedores de animales realizaban una función importante; estaban al servicio del culto. Era necesario comprar los animales para ofrecer en sacrificio y cambiar las monedas romanas, que llevaban la imagen del emperador, y por lo tanto eran impuras. Incluso María y José ofrecieron dos palomas cuando fueron al Templo.
El problema no era la presencia de vendedores y cambistas, sino la degradación del templo; no la degradación estructural —el Templo era grande y majestuoso— sino espiritual. El culto se había convertido en una compraventa de mercancías y de gracias. El Templo no era ya lugar donde se manifestaba la bondad del Señor, sino un espacio de poder donde eran más importantes las apariencias que la verdad y la sencillez. Siempre está la tentación de permitir que las cosas secundarias se impongan, obstruyendo el flujo de lo esencial.
"Bajo el vestido, nada" es el título de una película italiana ambientada en el mundo de la moda de la ciudad de Milán. A través de una historia de sospechas y asesinatos, denuncia un mundo de apariencias deslumbrantes que esconden negocios sucios y maldades. La película describe bien no solo la moda, sino también nuestra sociedad de hoy, las relaciones interpersonales y quizás nuestro modo de ser Iglesia. Hoy se impone la "dictadura de la imagen", en donde lo que cuenta es lucir bien, cuidar el físico y la forma de presentarse, más que la verdad de lo que somos.
Jesús realiza la purificación del Templo, aunque el relato no usa esta palabra. Y la purificación no es evento aislado, sino un estado constante de purificación. No es sólo quitar la suciedad; es, sobre todo, mantener nuestra alma libre para que de ella pueda brotar el agua viva y sanadora de la que hablaba la primera lectura.
Cristo no se dirige ahora a los vendedores del templo, sino a nosotros porque somos la casa del Padre. Puede ser una casa atiborrada de ovejas y bueyes, de palomas y dinero donde no hay espacio para el Señor. Dios quiere hacer en nosotros su casa, su morada. Si lo aceptamos, entonces nuestra alma será un cielo pequeño. No quedará piedra sobre piedra de nuestros templos ya sean pequeños o majestuosos, pero nosotros permaneceremos templos de Dios para siempre.
El evangelio de hoy nos invita a buscar lo esencial más allá de las apariencias, a no convertir nuestro corazón en un mercado, sino en un templo del cual brota una Fuente de agua viva.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 2, 13-22
Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas. Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas; y a los que vendían palomas les dijo: "Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre".
En ese momento, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: El celo de tu casa me devora.
Después intervinieron los judíos para preguntarle: "¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?" Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré". Replicaron los judíos: "Cuarenta y seis años se ha llevado la construcción del templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?"
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho.
XXXI Viernes Tiempo Ordinario
La astuta sabiduría
Hemos escuchado, una vez más, la parábola del administrador deshonesto que nos deja perplejos, que rompe nuestra manera lineal de pensar. Jesús nos provoca con un lenguaje desconcertante.
El administrador ha malgastado un dinero que no es suyo. Y, contra nuestras expectativas, es alabado. Ciertamente Jesús no alaba la deshonestidad. Más bien quiere que estemos atento a los signos de bien que emergen incluso en contextos imperfectos, incluso entre los deshonestos. El Evangelio no es un texto de moral; aunque por desgracia, a lo largo de la historia a veces se ha reducido a una serie de obligaciones morales. Pero el objetivo del Evangelio es más amplio: quiere abrirnos a una vida más plena.
¿Por qué el amo de la parábola no se detiene en su pérdida, sino alaba al administrador? El administrador es realista. No se justifica, no busca excusas, no busca a los que lo han denunciado, no echa la culpa a otros por el resultado de su administración. Se da cuenta de que será despedido. Entonces, reconociendo sus límites ("no tengo la fuerza para labrar la tierra, me avergüenza pedir limosna"), usa sus habilidades para crear una alternativa. Aprovechando el tiempo que le da su amo para prepararse a rendir cuentas, se dedica a moldear su futuro, a darse una esperanza. Y, justamente, nosotros estamos en ese tiempo de preparación para rendir cuentas.
El administrador se muestra capaz de manejar su vida sin dejarse paralizar por las inevitables desgracias que surgen en el camino. Se concentra en hacer amigos. Esta manera de actuar es la que alaba Jesús. Nos impulsa a pensar, a encontrar soluciones, siguiendo las indicaciones del Evangelio. Esto exige asumir responsabilidades, no desalentarse y no evadir los problemas. Nos pide usar el dinero y todo lo que somos para entrar ya desde ahora en el Reino de Dios.
El relato termina con estas palabras: "Los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz". La astucia de los hijos de este mundo es una lección para los hijos de la luz. ¡Cuántas energías invertimos cada día para resolver problemas materiales, para equilibrar las cuentas, para organizar nuestra vida laboral y familiar! Usamos ingenio, planificación, estrategia... pero cuando se trata de relaciones profundas o de nuestra vida espiritual o de nuestra amistad con Dios, a menudo lo dejamos para "cuando tenga tiempo".
El sueño de no pocos creyentes es no tener nada que ver con las cosas de este mundo para poder dedicarse a las cosas de Dios. Las cosas de este mundo, de hecho, terminan ensuciándonos... y no sólo las manos. Sin embargo, Cristo afirma que la manera como nos ocupamos de las cosas de este mundo, es un criterio para gozar de las cosas del cielo. En la manera como administramos las cosas del mundo se juega nuestra pertenencia al reino de Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 16, 1-8
Jesús dijo a sus discípulos: "Había una vez un hombre rico que tenía un administrador, el cual fue acusado ante él de haberle malgastado sus bienes. Lo llamó y le dijo: '¿Es cierto lo que me han dicho de ti? Dame cuenta de tu trabajo, porque en adelante ya no serás administrador'. Entonces el administrador se puso a pensar: '¿Qué voy a hacer ahora que me quitan el trabajo? No tengo fuerzas para trabajar la tierra y me da vergüenza pedir limosna. Ya sé lo que voy a hacer, para tener a alguien que me reciba en su casa, cuando me despidan'.
Entonces fue llamando uno por uno a los deudores de su amo. Al primero le preguntó: '¿Cuánto le debes a mi amo?' El hombre respondió: 'Cien barriles de aceite'. El administrador le dijo: 'Toma tu recibo, date prisa y haz otro por cincuenta'. Luego preguntó al siguiente: Y tú, ¿cuánto debes?' Este respondió: 'Cien sacos de trigo'. El administrador le dijo: 'Toma tu recibo y haz otro por ochenta'.
El amo tuvo que reconocer que su mal administrador había procedido con habilidad. Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz".
XXXI Jueves Tiempo Ordinario
Somos del Señor
San Pablo invita a reflexionar: "¿Por qué juzgas mal a tu hermano? ¿Por qué lo desprecias?". Es también lo que Jesús intenta hacer con los que se escandalizan por su actitud ante los pecadores. Cristo crea un espacio abierto, un espacio de libertad, de acogida y de compartir para los que se sienten lejanos. Para responder al escándalo, cuenta dos parábolas famosas, la oveja perdida y la moneda perdida. ¿Una oveja o una moneda son más valiosas que una persona humana?
Es difícil que entiendan el amor y la alegría quienes no experimentan amor y alegría. Quienes no tiene amor y alegría sólo tienen una lista de reglas y el dedo apuntando a los demás. No se trata de negar la Ley, sino de comprender que se trata de personas, rostros, historias. Se puede idolatrar tanto una regla hasta hacerla inhumana.
San Pablo también recuerda nuestra pertenencia al Señor y la unión profunda con él: "Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor". En cualquier situación en la que estemos, somos del Señor. La posibilidad de permanecer unidos a Dios no está únicamente en los momentos en los que tenemos la impresión de llevar una vida buena y coherente. También pertenecemos a Dios y estamos unidos a Él cuando entramos en las zonas oscuras, en aquellos momentos en los que nos parece que no pertenecemos al Señor.
Jesús debió haber intuido esta duda cuando contó las dos parábolas. A través de la imagen del hombre que deja noventa y nueve ovejas para buscar a la que se le perdió, y de la mujer que revuelve la casa en medio de la noche para recuperar la moneda perdida, confirma lo que dice Pablo: somos del Señor, y nos introduce en una perspectiva que resulta difícil de imaginar y creer cuando nos falta la mirada del corazón que intuye lo que significa amar a alguien hasta el punto de estar dispuestos a dejarlo todo por él. La última nota de las parábolas es la misma: la alegría que envuelve el cielo y la tierra.
A los seres humanos nos une la fragilidad, la vulnerabilidad, pero queremos esconderlas o alejarlas de nosotros. Sin embargo, lo que escondemos, alejamos, condenamos es la ocasión por la cual el Señor viene a buscarnos. Somos la oveja y la moneda perdidas que Cristo busca. ¿Nos dejaremos buscar? ¿Nos dejaremos alcanzar? No es la oveja perdida la que encuentra al pastor, ni la moneda perdida la que encuentra a la mujer: son encontradas. Si lo entendemos, en lugar de huir correremos hacia el Señor.
Necesitamos ver las cosas y las personas como Cristo las ve. Sin la mirada de Dios nuestra vida se pierde fácilmente. Nos falta lo más importante: su amor y su alegría; no el amor y la alegría que vienen y se van, sino aquel amor y aquella alegría que nadie nos puede quitar.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 15, 1-10
S acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: "Este recibe a los pecadores y come con ellos".
Jesús les dijo entonces esta parábola: "¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: 'Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido'. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse.
¿Y qué mujer hay, que si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende luego una lámpara y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: 'Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido'. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepiente".
XXXI Miércoles Tiempo Ordinario
Una cuestión de amor
Jesús observa que "una gran muchedumbre caminaba con él". Entonces se vuelve a sus discípulos y les dice cuáles son la condiciones para seguirlo. El seguimiento de Cristo no consiste en una serie de reglas morales que se deben observar para complacer a Dios: "Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo". Son exigencias radicales.
Cuando meditamos en ellas quizá descubrimos que somos incapaces de vivir así. Pero no olvidemos que sólo el Señor puede hacer posible lo que nos pide. Es por su gracia que podemos amarlo verdaderamente; es por su gracia que podemos seguirlo. La fe nos recuera que Dios siempre capacita a quienes les pide algo. Es la fe en Él y no en nuestras fuerzas lo que hace la diferencia. Desde esta perspectiva, cada cosa y cada persona encuentran su lugar y su valor.
Si seguimos meditando entendemos que Jesús ciertamente nos pide una opción radical, pero no es una opción contra la familia o nuestra felicidad. Lo que el Maestro quiere es que nos preguntemos qué lugar ocupa él en nuestra vida. Poner a Cristo en el centro es garantía para salvaguardar cualquier otro amor. Optando por Jesús aprendemos un modo nuevo de vivir las relaciones interpersonales y familiares, aprendemos un camino diferente para alcanzar la felicidad. Si llegamos a amar a Dios "con todo el corazón", los más beneficiados serán las personas a las que amamos. En la Biblia, todo el corazón no quiere decir exclusividad, sino la totalidad del corazón, un corazón unificado.
A continuación, Jesús pone dos ejemplos: el que quiere construir una torre y el rey que enfrenta a otro rey con un ejército más numeroso que el suyo. La vida del discípulos es como la obra de un arquitecto visionario que calcula para proyectar y realizar una obra que sea útil y bella o como una guerra en la que ciertamente no faltan las derrotas. Podemos perder una batalla, pero no la guerra. Lo más probable es que al rey no le faltan momentos de duda y al arquitecto errores de cálculo. Por eso es importante tener una brújula segura que nos permita encontrar la orientación correcta. Esta brújula nos la ofrece san Pablo en la primera lectura: "No tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo".
Cristo nos llama a construir la gran torre de la caridad y a hacerle la guerra a todo lo que se opone a la dinámica del amor. Seguir a Cristo tiene que ver con el amor, amar intensamente con un corazón libre y luminoso que vivifica, sabiendo que es él, el Maestro del amor, la fuente de nuestra vida.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 14, 25-33
Caminaba con Jesús una gran muchedumbre y él, volviéndose a sus discípulos, les dijo: "Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: 'Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar'.
¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz.
Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo".
XXXI Martes Tiempo Ordinario
Invitados a la alegría
Escribiendo a su querida comunidad de Roma, el apóstol Pablo afirma, con cierta emoción, la diversidad de dones: "Tenemos dones diferentes, según la gracia concedida a cada uno. El que tenga el don de profecía, que lo ejerza de acuerdo con la fe; el que tenga el don del servicio, que se dedique a servir; el que enseña, que se consagre a enseñar; el que exhorta, que se entregue a exhortar. El que da, hágalo con sencillez; el que preside, presida con solicitud; el que atiende a los necesitados, hágalo con alegría".
Estamos llamados a tomar conciencia de la diversidad de dones y de nuestros propios dones, y compartirlos mutuamente para crecer juntos. Esto implica el compromiso y la pasión de integrar no solo los diversos dones, sino también las formas diferentes de estar en el mundo, para que en nuestras comunidades se pueda vivir una comunión cada vez más generosa y amplia en la que no sólo haya lugar para todos, sino también la posibilidad de reconocer la contribución de cada uno a la riqueza de la comunidad.
Jesús invita a la fiesta del reino de Dios. Hay diversidad de dones, pero el llamado a la fiesta es común. En la fiesta se comparten los dones, se comparte la presencia, la alegría, la comida. Dios nos ha pensado y nos ha creado para la alegría. Es la alegría de estar con Él para recibir de Él lo más bello que podemos imaginar. Nos ha invitado para gozar el placer de estar juntos y para compartir con nosotros su tiempo, su mesa, su alegría.
Se trata de una invitación, no de una imposición. No se puede compartir la alegría por imposición. Dios no impone, atrae. No quiere en su fiesta a gente que esté ahí por obligación. Delante de esta invitación está la posibilidad de aceptarla o rechazarla. La aceptamos cuando nos damos cuenta de que la invitación es lo que siempre hemos deseado y esperado. La rechazamos cuando no sabemos priorizar, cuando no sabemos distinguir lo que es realmente importante. Cuando no entendemos cuáles son nuestras prioridades corremos el riesgo de perdernos en cosas, quizás importantes, pero no esenciales, de vivir sin centrarnos en lo que realmente da sentido a la vida.
A pesar de nuestro rechazo, Dios sigue invitándonos. No se rinde. Se preocupa por nuestra felicidad más que nosotros. En su corazón hay lugar para todos, incluso para aquellos que creen que no están a la altura, que no son dignos. Hay un lugar incluso para los rechazados, para aquellos que juzgamos indignos.
El amor de Dios no se merece, se acoge. Y quien lo acoge, encuentra paz y la alegría.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 14, 15-24
Uno de los que estaban sentados a la mesa con Jesús le dijo: "Dichoso aquel que participe en el banquete del Reino de Dios".
Entonces Jesús le dijo: "Un hombre preparó un gran banquete y convidó a muchas personas. Cuando llegó la hora del banquete, mandó un criado suyo a avisarles a los invitados que vinieran, porque ya todo estaba listo. Pero todos, sin excepción, comenzaron a disculparse. Uno le dijo: 'Compré un terreno y necesito ir a verlo; te ruego que me disculpes'. Otro le dijo: 'Compré cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me disculpes'. Y otro más le dijo: 'Acabo de casarme y por eso no puedo ir'.
Volvió el criado y le contó todo al amo. Entonces el Señor se enojó y le dijo al criado: 'Sal corriendo a las plazas y a las calles de la ciudad y trae a mi casa a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos'. Cuando regresó el criado, le dijo: 'Señor, hice lo que me ordenaste, y todavía hay lugar'. Entonces el amo respondió: 'Sal a los caminos y a las veredas; insísteles a todos para que vengan y se llene mi casa. Yo les aseguro que ninguno de los primeros invitados participará de mi banquete' ".
San Martín de Porres
La alegría de dar
Aunque Dios nos ha dado a conocer "sus secretos", el Misterio es tan grande que no se aclara nunca del todo. En la primera lectura, san Pablo afirma que la desobediencia del pueblo de Israel fue, paradójicamente, la ocasión, el motivo, para incluir a nuevos "elegidos" dentro del plan de salvación.
La exclusión de Israel, aunque providencial, no es definitiva. También él alcanzara misericordia: "Así como ustedes antes eran rebeldes contra Dios y ahora han alcanzado su misericordia con ocasión de la rebeldía de los judíos, en la misma forma, los judíos, que ahora son los rebeldes y que fueron la ocasión de que ustedes alcanzaran la misericordia de Dios, también ellos la alcanzarán". El deseo de salvación de Dios para todos no se detiene. La rebeldía se convierte es una ocasión para que Dios manifieste su misericordia.
Las desconcertantes palabras de Jesús en el evangelio de hoy confirman esta desconcertante libertad con la que el Altísimo dirige su proyecto de salvación para todos: "Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque puede ser que ellos te inviten a su vez, y con eso quedarías recompensado". No es una exhortación a excluir a los amigos y familiares de nuestra mesa. Es una invitación a ampliar cada vez más nuestro corazón para incluir a todos: "Invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos". Ir más allá de los instintos y del oportunismo que a menudo son la única brújula que orienta nuestros pasos.
El hábito de vivir según la lógica de la recompensa nos hace olvidar lo bello que es ofrecer lo que somos y lo que tenemos desde lo profundo del corazón, sin esperar nada a cambio, sólo para saborear la alegría de dar. Pasar de la economía de mercado a la economía de la gracia puede hacer de este mundo un verdadero paraíso.
Jesús, al final de esta breve parábola, anuncia una felicidad reservada a quien se atreve a salir de la esclavitud del oportunismo y entrar en el espacio de la gratuidad: "Así serás dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos". La vida es alegre cuando somos libres para dar. Cuando damos sin esperar recibir nada a cambio es cuando, paradójicamente, recibimos una gran alegría.
De esto, san Martín de Porres, el santo que hoy recordamos, es un bello ejemplo. Su vida estuvo entregada al servicio, la sencillez y un amor desbordante y universal. A pesar de que algunos lo despreciaban por ser mulato, los testigo de su vida concuerdan en que siempre estaba contento y risueño, aunque lo insultaran. Uno de ellos dijo que "tenía siempre el rostro alegre y el corazón pacífico y sereno, dando a entender que en su alma moraba la gracia del Espíritu Santo y ésta guiaba sus acciones".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 14, 12-14
Jesús dijo al jefe de los fariseos que lo había invitado a comer: "Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque puede ser que ellos te inviten a su vez, y con eso quedarías recompensado.
Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y así serás dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos".
Los fieles difuntos
Nos esperan
El recuerdo de nuestros queridos difuntos es a menudo un momento ensombrecido por la tristeza. El dolor por su ausencia, el pensamiento de no poder abrazarlos más, es una experiencia profunda, un sentimiento que nos une en el recuerdo. Sin embargo, precisamente en este día, la fe cristiana nos invita a iluminar el corazón con un gran consuelo. Existe una perspectiva diferente, una buena noticia capaz de transformar el peso del pasado en un paso hacia el futuro: La muerte no es el final de la vida, sino el comienzo de un nuevo capítulo.
El instinto nos lleva a pensar en nuestros difuntos como personas que están detrás de nosotros, sepultadas en el pasado y en la memoria. La fe cristiana invierte esta imagen: los difuntos no están en nuestro pasado, detrás de nosotros, sino delante de nosotros, en nuestro futuro. Han dado un salto adelante. En esta visión, la muerte deja de ser un muro infranqueable y se convierte en una puerta que se cruza para alcanzar la meta, para alcanzar el objetivo último de la existencia: la plenitud de la vida.
Este cambio de perspectiva transforma la experiencia de pérdida. En lugar de mirar hacia atrás con nostalgia y dolor, estamos invitados a mirar hacia adelante con esperanza. No hemos perdido a alguien en el camino, más bien tenemos a alguien que nos espera en la línea de meta. El recuerdo se convierte en espera, y la separación se transforma en la promesa de un reencuentro. La conmemoración de los fieles difuntos no es una celebración triste, sino la proclamación gozosa de la fe en la resurrección.
Si la esperanza en la vida eterna se basara en nosotros mismos, estaríamos perdido. La experiencia diaria nos muestra lo frágiles y vulnerables que somos. Nuestra vida puede romperse en un instante. ¿Cómo podemos superar el límite definitivo de la muerte? Sin embargo, la esperanza cristiana no se basa en nosotros, sino en el Otro, en nuestra experiencia del Dios de la Vida. Nuestra confianza no está en nuestras capacidades o méritos, sino en el poder de Dios. Su fuerza, no la nuestra, es la garantía de la resurrección.
Dios nos ha creado y no apuesta a perder. Su plan es un plan de éxito, fundamentado en su misma naturaleza de Padre. La paternidad de Dios no es un título abstracto, sino la capacidad de darnos vida y hacernos vivir. No nos ha llamado a la existencia para vernos fracasar, sino para llevarla a su cumplimiento. Este amor omnipotente tiene, paradójicamente, un límite: nuestra libertad. Dios no impone, propone. Ante su oferta de vida eterna, podemos decir "sí" o "no". Sin esta posibilidad de elección, no existiría el amor. Comprender esto disuelve la desesperación ante la muerte. No somos creaturas destinadas a la nada, sino hijos amados por un Padre que nos lleva en sus manos y no deja caer lo que le importa, lo que es suyo[BM1] .
Recordar a los difuntos puede convertirse en una fiesta. Si, como hemos dicho, nuestros seres queridos nos esperan, si nuestra esperanza está basada en la omnipotencia de Dios, si Él nos ha lanzado a la vida, tenemos un mirador maravillosos para mirar el final de la vida terrena. Desde este mirador podemos levantar la mirada del dolor del presente para fijarla en la promesa del futuro. Si la muerte no es un muro que detiene la vida, sino la puerta hacia la consumación, ¿cómo cambia hoy la forma en que vivimos y el recuerdo de quien hemos amado?
Si hemos entendido bien, cuidaremos nuestra vida y la vida de los demás porque, como nos ha recordado la segunda lectura: "Estamos seguros de haber pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 6, 51-58
Jesús dijo a los judíos: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida".
Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?" Jesús les dijo: "Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él.
Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan, vivirá para siempre".
XXX Viernes Tiempo Ordinario
Más allá de lo legislado
La pregunta que Jesús dirige a los escribas y fariseos sobre si está permitido curar en sábado, pone al descubierto el carácter parcial y relativo de la ley, capaz de establecer límites para contener el mal, pero incapaz de alentar la práctica del bien y las exigencias del amor. Y esto último es lo más importante. De hecho, para contrarrestar el mal hay que hacer todo el bien que podamos.
Necesitamos entrar gradualmente, de la mano de Cristo, en su lógica de gratuidad, expresada en gestos, palabras y silencios que se realizan no porque se deban hacer, sino simplemente porque queremos hacerlo. Tal es el gesto de atención y curación que Jesús ofrece al hombre que sufre: "Tocó con la mano al enfermo, lo curó y le dijo que se fuera". El Señor realiza este gesto con gran naturalidad. Invita a pensar a quienes siguen enredados en las mallas de lo lícito y lo ilícito. Si una vida está en peligro, si hay alguien que sufre, no podemos escondernos detrás de las reglas. La conversión que busca en los escribas y fariseos —y en nosotros— comienza con el cambio en la manera de pensar.
Cristo nos sitúa ante la vida de un ser humano y la vida de un buey o un burro, y nos pregunta: ¿qué valor damos a estas vidas cuando "caen en el pozo"? "Si a alguno de ustedes se le cae en un pozo su burro o su buey, ¿no lo saca enseguida, aunque sea sábado?". La ley sabática había sido dada para que el pueblo no olvidara ser humano. Es una contradicción que en nombre de una ley que sirve para recordarnos que somos humanos, seamos tan inhumanos que no nos demos cuenta del dolor de alguien. Para Jesús, el corazón de la ley es "el cuidado", "la curación", "restaurar la vida". Ser discípulos de Cristo implica permitir que el Espíritu nos lleve, cuando sea necesario, más allá de lo legislado para hacer de nuestra vida un don y una entrega, sin quedarnos atrapados en la obsesión de evitar el mal y no hacer el bien.
El Evangelio es un camino de humanización y de divinización. Jesús nos da la posibilidad de participar en la vida divina. Ser humano significa recuperar la imagen y semejanza de Dios impresa en nosotros. Cuando dejamos de ser humanos contradecimos esa imagen de Dios. Por eso el Evangelio es una llamada a no perder nuestra humanidad, especialmente cuando la perdemos en nombre de la religión.
Cristo nos invita a mirar dentro de nosotros y descubrir una ley que está más allá de toda ley: la compasión que nos acerca, nos hace humanos, creativos, similares a Dios que siempre que ve a sus hijos "caídos en el pozo" quiere sacarlos. Santa María Mazzarello, cofundadora, junto a Don Bosco, del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, decía: "Hagan con libertad todo lo que demanda la caridad".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 14, 1-6
Un sábado, Jesús fue a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos, y éstos estaban espiándolo. Había allí, frente a él, un enfermo de hidropesía, y Jesús, dirigiéndose a los escribas y fariseos, les preguntó: "¿Está permitido curar en sábado o no?".
Ellos se quedaron callados. Entonces Jesús tocó con la mano al enfermo, lo curó y le dijo que se fuera. Y dirigiéndose a ellos les preguntó: "Si a alguno de ustedes se le cae en un pozo su burro o su buey, ¿no lo saca enseguida, aunque sea sábado?" Y ellos no supieron qué contestarle.
XXX Jueves Tiempo Ordinario
El amor materno de Dios
San Pablo hace, en la primera lectura, una pregunta crucial para un cristiano: "¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo?". La pregunta es una oportunidad para verificar cuáles son nuestros sentimientos en la relación que llevamos con el Señor. La pregunta pide una respuesta personal.
Escapar del amor es uno de los misterios más difíciles de entender, tanto que parece no sólo extraño sino también antinatural. Jesús se detiene ante Jerusalén, llora y exclama: "¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas, pero tú no has querido!". Misterio insondable del corazón humano, que no acepta ser protegido como un pollito y prefiere reñir en el gallinero. Jerusalén ya no es una madre que cuida a sus hijos, sino los asesina; ya no es un nido seguro, sino una ciudad confusa plasmada en la imagen de una camada de pollitos que gritan y pelean unos contra otros desesperados, como si pudieran salvarse solos, como si la gallina no existiera.
La imagen que Jesús ofrece de sí mismo —la de una gallina que reúne a sus polluelos— es muy bella y conmovedora. Es la imagen de la ternura divina, que no deja de proteger. El amor materno de Dios es tan fuerte que lo hace débil y tan grande que nos parece una necedad. La decisión de Jesús no está inspirada por el miedo, sino por un amor fiel hasta el final: "Vayan a decirle a ese zorro que… no conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén". Jesús no se deja paralizar por "el zorro", por el miedo, la amenaza. Unidos a Cristo podemos hacer a un lado el temor a los "zorros" de este mundo y continuar nuestro camino.
La respuesta de Pablo a la pregunta sobre quién podrá apartarnos del amor de Cristo es inspiradora. El apóstol responde desde su propia experiencia. Como él lo dice, su vida ha estado atravesada por tribulaciones, angustias, persecuciones, hambre, toda clase de peligros. Sin embargo, nada ha sido capaz de apartarlo del amor de Cristo. El amor de Dios no es un sentimiento pasajero. Es una presencia inquebrantable, más fuerte que la muerte, más estable que toda certeza humana.
Como Pablo, podemos transformar el sufrimiento viviendo en comunión con Cristo crucificado que nos lleva a la gloria de la resurrección. El amor transfigura la prueba. La vida en Cristo es un continuo confiar —incluso en la oscuridad— en ese amor que no traiciona. Todo puede derrumbarse, pero el amor de Dios permanece.
Ojalá que como san Pablo, podamos decir de todo corazón: "Nada podrá apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 13, 31-35
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le dijeron: "Vete de aquí, porque Herodes quiere matarte".
Él les contestó: "Vayan a decirle a ese zorro
que seguiré expulsando demonios y haciendo curaciones hoy y mañana, y que al
tercer día terminaré mi obra. Sin embargo, hoy, mañana y pasado mañana tengo
que seguir mi camino, porque no conviene que un profeta muera fuera de
Jerusalén.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas y apedreas a los profetas que Dios te envía!
¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus
pollitos bajo las alas, pero tú no has querido!
Así pues, la casa de ustedes quedará abandonada. Yo les digo que no me volverán a ver hasta el día en que digan: '¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!'."
XXX Miércoles Tiempo Ordinario
Salvados
San Pablo narra, en la primera lectura, su experiencia de oración: "El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras". Orar es un algo simple, casi elemental. Es el balbuceo de los niños pequeños que levantan al cielo la esperanza que anida en su corazón. Por supuesto, es agotador perseverar.
Pero la verdadera dificultad de la oración es entender cuáles son las cosas que debemos pedir y las preguntas que debemos hacer. No son aquellas cosas y preguntas con los que tratamos de tranquilizarnos, cultivando la ilusión de que las tormentas de la vida no forman parte de nuestro destino. Por el contrario, Pablo está convencido de que no existen situaciones en las cuales Dios esté ausente: "Ya sabemos que todo contribuye para bien de los que aman a Dios". Todo contribuye a nuestro bien. Lo único que se nos pide es amar a Dios. Nuestra vida está en sus manos. El Señor construye continuamente caminos de salvación.
Por eso es inútil hacernos preguntas con las cuales damos voz al miedo, como la pregunta que alguien le hizo a Jesús: "Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?". La pregunta pone de manifiesto la facilidad con que nos aferramos a las costumbres religiosas y a la lógica de mérito, en lugar de abandonarnos confiadamente en las manos del Señor.
El deseo de Dios es salvarnos. Dios anhela nuestra salvación. Lo atestigua el Espíritu que ora en nosotros. Hay que escuchar los "gemidos del Espíritu" que grita en nosotros con más fuerza que todos los miedo. Cuando lo escuchamos empezamos a entender que el amor de Dios ha decidido escribir nuestro nombre en el registro de los salvados y que la salvación no es sólo una promesa futura sino una realidad que toca nuestro presente, una experiencia que abarca toda la vida, que habla al corazón de cada día.
Cuando escuchamos al Espíritu de Dios también abandonamos la idea de que podemos salvarnos con nuestro esfuerzo. Es imposible que nosotros nos salvemos. Somos salvador por el amor gratuito del Padre. En realidad, ya hemos sido salvados. Nos han sido dadas "las arras del Espíritu" para saborear ya la salvación futura. Lo que tenemos que hacer es permanecer en la salvación.
Delante de nosotros hay muchas puertas. Cristo nos invita a entrar por "la puerta angosta" que conduce a la salvación, la puerta del amor auténtico, del amor que no rehúye el sacrificio, del amor que nos hace crecer, del amor que nos hace felices, del amor de Cristo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 13, 22-30
Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos, mientras se encaminaba a Jerusalén. Alguien le preguntó: "Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?" Jesús le respondió: "Esfuércense por entrar por la puerta, que es angosta, pues yo les aseguro que muchos tratarán de entrar y no podrán. Cuando el dueño de la casa se levante de la mesa y cierre la puerta, ustedes se quedarán afuera y se pondrán a tocar la puerta, diciendo: 'Señor, ábrenos'. Pero él les responderá: 'No sé quiénes son ustedes'. Entonces le dirán con insistencia: 'Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas'. Pero él replicará: 'Yo les aseguro que no sé quiénes son ustedes. Apártense de mí, todos ustedes los que hacen el mal'. Entonces llorarán ustedes y se desesperarán, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes se vean echados fuera. Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios. Pues los que ahora son los últimos, serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos".
Santos Simón y Judas, apóstoles
Signos de esperanza y consuelo
Jesús sube al monte a orar. Necesita tiempo para estar con él mismo y con su Padre. Cuando baje del monte a la mañana siguiente, elegirá los doce colaboradores más inmediatos que lo acompañarán en los años siguientes y vivirán en estrecha relación con él.
En los momentos complejos, antes de una decisión importante, se necesita tiempo para entender a dónde queremos ir y que decisiones tomar. En el frenesí de nuestros días, a menudo nos olvidamos de detenernos. Sin embargo, es precisamente ese detenerse lo que nos permite volver a estar en contacto con nosotros mismos, con lo que realmente deseamos, y elegir de manera consciente. Está en juego la calidad de nuestra vida.
En la oración nos miramos con los ojos del Padre del cielo. Y cuando nos sabemos amados podemos elegir el camino que lleva a la vida. A veces pensamos que orar es perder tiempo, huir de la realidad. En realidad, quien ora no pierde tiempo, lo transforma; quien ora no huye de la realidad, entra en ella con una mirada nueva para transformarla.
Hoy recordamos a dos de los apóstoles que Jesús eligió, Simón y Judas. Además de estar un poco opacados por los homónimos más conocidos del círculo de los Doce (Simón Pedro y Judas Iscariote), no tenemos muchas noticias sobre ellos. Estos dos apóstoles están como en la periferia del colegio apostólico. Sus nombres aparecen al final de la lista, solamente antes de Judas el traidor. Quizás porque son apóstoles de segunda fila son tan populares en algunas regiones del mundo.
Simón era apodado "Zelote". Había pertenecido a un grupo político judío radical que buscaba la independencia de Israel del dominio romano. Zelote quiere decir "celoso", indica un tipo ardiente y apasionado. Cuando conoció a Cristo, Simón trasformó su fervor político en fervor y compromiso espiritual.
Su compañero Judas Tadeo escribió una breve carta. A través de ella podemos conocer el corazón de este apóstol. Estaba acostumbrado a estar en segundo plano, pero sabía poner siempre en primer plano la salvación de Dios. Es un santo muy popular en varias partes del mundo. Se le considera el patrono de las causas difíciles y desesperadas. Acuden a él muchos que buscan su intercesión ante problemas que parecen imposibles de resolver, como conseguir empleo, superar enfermedades o problemas personales graves. Se le considera un amigo en tiempos de necesidad, un símbolo de esperanza y consuelo para los más necesitados y desesperados, ofreciendo una camino para encontrar soluciones.
Pidamos a los santos Simón y Judas que nos ayuden a aprender a estar serenamente en nuestro lugar de discípulos, acogiendo el don de no ser ni los primeros ni los últimos, pero sabiendo, como dice la primera lectura, que somos "conciudadanos de los santos y pertenecemos a la familia de Dios".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 6, 12-19
Por aquellos días, Jesús se retiró al monte a orar y se pasó la noche en oración con Dios.
Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, eligió a doce de entre ellos y les dio el nombre de apóstoles. Eran Simón, a quien llamó Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y Juan; Felipe y Bartolomé; Mateo y Tomás; Santiago, el hijo de Alfeo, y Simón, llamado el Fanático; Judas, el hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que fue el traidor.
Al bajar del monte con sus discípulos y sus apóstoles, se detuvo en un llano. Allí se encontraba mucha gente, que había venido tanto de Judea y Jerusalén, como de la costa de Tiro y de Sidón. Habían venido a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; y los que eran atormentados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarlo, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.
XXX Lunes Tiempo Ordinario
Escuchar el gemido silencioso
Estaba encorvada desde hacía dieciocho años. Así describe san Lucas a la mujer. No se trata sólo de una enfermedad física, sino de una condición existencial. Su espalda doblada hacia el suelo es la imagen de quien no puede mirar hacia arriba, de quien está oprimido, aplastado por un peso que no puede levantar. Una condición dura que, sin embargo, no la disuadía de ir a la sinagoga, no la distraía de participar en la oración y el culto.
Jesús percibe el gemido silencioso en aquel cuerpo enfermo. Su compasión le permite ignorar las circunstancias legales que impedían realizar cualquier actividad laboral en sábado. Y la sana.
Hasta aquí, estaríamos ante un relato que nos anima a no resignarnos nunca, a esperar la liberación. Lucas, sin embargo, quiere transmitir algo más. Hace entrar en escena al jefe de la sinagoga, un hombre que en la jerarquía religiosa ocupaba un lugar preeminente, que podía presumir su piedad y el cuidado del decoro del culto religioso. Este hombre se indigna por la liberación de la mujer. Representa la tendencia a replegarnos sobre nuestra piedad y la belleza de la liturgia. El riesgo al que está expuesta la práctica religiosa es prestar más atención al error que al dolor, llegar a ser más sensibles a las imperfecciones que al sufrimiento. Cuando esto sucede, perdemos la capacidad de reconocer el bien que se manifiesta en la vida cotidiana y nos limitamos a denunciar las violaciones a las reglas.
La liberación de la mujer encorvada también nos invita a ver las cosas desde otra perspectiva. Estamos acostumbrados a pensar que nosotros buscamos a Dios. Saber que es Dios el que nos busca, es algo que nos desconcierta. Podemos decir que la oración comienza con Dios que se dirige a nosotros. Podemos perder la capacidad de orar, de desear, de esperar; pero Dios siempre viene a buscarnos allí donde estamos. En la primera lectura san Pablo dice: "No han recibido ustedes un espíritu de esclavos, que los haga temer de nuevo, sino un espíritu de hijos, en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios". Nunca debemos olvidar que la oración no es en primer lugar una obra nuestra, sino obra del Espíritu que ora en nosotros y nos impulsa a decirle a Dios: "Padre".
Desde las palabras de san Pablo, podemos ver que la reacción indignada del jefe de la sinagoga está guiada por el mismo "espíritu de esclavos" que mantenía a la mujer encorvada. Solo si nos dejamos guiar por el Espíritu de Dios podemos dejar de ser esclavos de nuestros prejuicios y mirar a las personas como las mira Cristo. En la mirada de Cristo veremos que cada persona que está a nuestro alrededor tiene su propio dolor, su propio vacío y su hambre. Cada una es una palabra que Dios ha pronunciado llamándola a la existencia.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 13, 10-17
Un sábado, estaba Jesús enseñando en una sinagoga. Había ahí una mujer que llevaba dieciocho años enferma por causa de un espíritu malo. Estaba encorvada y no podía enderezarse. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: "Mujer, quedas libre de tu enfermedad". Le impuso las manos y, al instante, la mujer se enderezó y empezó a alabar a Dios.
Pero
el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiera hecho una curación en
sábado, le dijo a la gente: "Hay seis días de la semana en que se puede
trabajar; vengan, pues, durante esos días a que los curen y no en el sábado".
Entonces el Señor dijo: "¡Hipócritas!" ¿Acaso no desata cada uno de ustedes su
buey o su burro del pesebre para llevarlo a abrevar, aunque sea sábado? Y a
esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo atada durante dieciocho años, ¿no
era bueno desatarla de esa atadura, aun en día de sábado?". Cuando Jesús dijo
esto, sus enemigos quedaron en vergüenza; en cambio, la gente se alegraba de
todas las maravillas que él hacía.
XXX Domingo Tiempo Ordinario
Navegando entre dos riveras
Si queremos saber cómo somos, pongamos atención a nuestra manera de orar. La forma en que oramos dice mucho de nosotros.
El fariseo de la parábola era devoto y buen ciudadano. Pagaba puntualmente los diezmos, incluso más de lo estipulado por la ley, y ayunaba el doble de lo ordenado. El publicano, en cambio, era un transgresor público de la ley. Era una personas corrupta, injusta y sumamente antipática. Podemos imaginar el shock de los oyentes de Jesús: el hombre despreciado y corrupto es escuchado por Dios; el hombre piadoso y respetado es ignorado. ¿Por qué?
El fariseo ora cerca del altar. Comienza bien la oración, dando gracias; pero luego se equivoca en todo. Se la pasa levantando un monumento a sí mismo. Desprecia a los demás: "yo no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros". Yo soy mucho mejor. En el centro está su ego: "yo soy, yo hago". Cuando ponemos el yo en el centro, ninguna relación funciona. Ni en la pareja, ni con los hijos, ni en comunidad, y mucho menos con Dios. El fariseo no quiere cambiar. Él está bien. Los demás son los que están equivocados.
El publicano ora lejos del altar. Sin embargo, Dios está cerca de él. Está avergonzado. No levanta la mirada. No habla mucho. Simplemente se golpea el pecho y dice: "Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador". Con esas palabras manifiesta todo lo que no dice: "Soy una persona mala, pero me gustaría ser diferente. Ten piedad y ayúdame". La oración lo trasformó. Regresó a su casa perdonado porque se abrió a Dios como una ventana se abre al sol, como la vela de un barco se deja llevar por el viento. Dios irrumpe y entra cuando se rompen las defensas del "yo".
Probablemente no nos sentimos tan descaradamente justos como el fariseo, pero tampoco tan terriblemente pecadores como el publicano. Estamos en medio. En este océano abierto entre dos riberas opuestas navegamos como podemos; a veces empujados hacia una orilla, a veces hacia la otra.
Quizás la presunción de ser justos nos habita. No somos como los que cometen feminicidios, como los que roban, como los que contaminan, como los que están demasiado obsesionados con el dinero, como los que rechazan a los migrantes… en pocas palabras, no somos como los demás. En nuestro interior nos decimos que, si todos fueran como nosotros, no habría guerras, disminuiría el odio, habría más justicia. Creemos que nuestra manera de ver a Dios es la correcta. Defendemos nuestra propia espiritualidad. Nos mantenemos en la creencia de estar del lado justo y despreciamos a quien no piensa como nosotros. Tal vez no somos tan exagerados como el fariseo de la parábola, pero vivimos en la mediocridad espiritual, en la apariencia, en lo políticamente correcto. Esto se convierte en un obstáculo para avanzar.
No creo que esto sea siempre una maldad. Al parecer, es casi inevitable en un mundo competitivo buscar un lugar seguro. Pero sería bueno encontrar el valor de decirnos —al menos a nosotros mismos— que lo que hacemos no lo hacemos porque somos muy buenos, sino por nuestro miedo a estar solos o por nuestro narcisismo.
Pero a veces sucede que las apariencias se derrumban, que un acontecimiento, un error, pone al descubierto lo que realmente somos. Duele. Pero es el paso a la verdadera libertad. Si en ese derrumbe experimentamos al Dios infinitamente misericordioso, sin duda agradeceremos haber descubierto nuestras miserias.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 18, 9-14
Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás: "Dos hombres subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: 'Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias'. El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: 'Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador'. Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido".
San Rafael Guízar y Valencia
El buen pastor
La relación entre el pastor y sus ovejas está hecha de confianza y confidencias. Crece día a día. El conocimiento es mutuo. Cuanto más conocemos a Cristo, más fácil nos resulta reconocerlo en la vida cotidiana, escucharlo.
Es un hecho que no se puede amar sin conocer. El conocimiento que caracteriza la relación Jesús no es un puro ejercicio de la mente que piensa, sino una experiencia del corazón. Cristo siente con nosotros, sueña con nosotros, colabora con nosotros, se dona a nosotros. Nos conoce. Conoce nuestros miedos y deseos, nuestros impulsos y nuestras pobrezas. Nos ama y da su vida por nosotros. Nos acompaña y sabe cuándo darnos una sacudida, cuando es necesario desacelerar el ritmo o detenerse para recuperar las fuerzas. Nos acompaña en los momentos fatigosos y en los momentos maravillosos. Y cuando nos perdemos sale a buscarnos.
También nos invita a discernir si nuestros pastores son "asalariados". Hay pastores que son más bien mercenarios. El mercenario está vestido como pastor, pero no lo es, porque se limita a desempeñar un papel sin involucrarse realmente con el rebaño. No se siente parte del rebaño. Está por encima del rebaño. Es simplemente un funcionario de "cosas sagradas", ritos, doctrinas y leyes religiosas. No le importa el destino de las ovejas. Está con las ovejas solo por su propio interés. Las ovejas son el objeto de su comercio. Le interesa sacar provecho de las ovejas. Precisamente por eso, cuando llegan las dificultades, el asalariado huye, porque sólo le importa salvar su vida. No está dispuesto al sacrificio.
¿Nos dejamos guiar por el buen pastor o preferimos seguir a los mercenarios, a la lógica del poder y de la apariencia? ¿La Palabra de Jesús es realmente una brújula que orienta nuestras decisiones y nuestros deberes?
Hoy celebramos en México a san Rafael Guízar y Valencia. Perseguido a muerte, vivió durante varios años sin domicilio fijo, pasando toda clase de privaciones y peligros. Para poder atender a sus ovejas, se disfrazaba de músico, de médico homeópata, de vendedor de baratijas. De esta manera podía acercarse a los enfermos, consolarlos, administrarles los sacramentos, asistir a los moribundos.
Sin embargo, acosado por sus enemigos, tuvo que huir de México. Estuvo en el sur de Estados Unidos, Guatemala, Nicaragua, Colombia y Cuba donde fue un misionero incasable. Cuando regresó a México como obispo de Veracruz, visitó el vasto territorio de la diócesis, evangelizando, administrado el sacramento de la reconciliación, ayudando a los necesitados. Murió en la pobreza aquejado por muchos males, pero colmado de riquezas espirituales. Su pueblo le lloró. Los pobres le decían: "¡No te vayas padrecito!". San Rafael Guízar y Valencia fue un pastor según el corazón de Cristo el Buen Pastor.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 10, 11-16
Jesús dijo a los fariseos: "Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. En cambio, el asalariado, el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; el lobo se arroja sobre ellas y las dispersa, porque a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Yo doy la vida por mis ovejas. Tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor".
XXIX Jueves Tiempo Ordinario
"He venido a traer fuego"
El evangelio revela la pasión que arde en corazón de Cristo. Su palabra es incandescente. No tiene nada que ver con la mediocridad que caracteriza nuestras jornadas: "He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!". Es un fuego que destruye el mal, que purifica, que ilumina y calienta el alma. Es el fuego del Espíritu Santo, el fuego del amor, de la verdad. Es el fuego que transforma la vida, quema la indiferencia, separa la luz de las sombras, el bien del mal, la vida de la muerte. Es el amor de Dios que arde sin consumirse y enciende la pasión por vivir.
Pero nosotros, con frecuencia, preferimos una fe tibia, tranquila, que no perturba. Una fe que no cambia nada. ¿Hay fuego en mi fe? ¿Hay pasión y deseo? ¿O todo está apagado, rutinario, sin vida? Jesús nos repite: "¡Cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!". En el fondo, nuestro corazón también lo desea, porque una vida plena es la única que vale la pena vivir.
El fuego del que habla Cristo es el misterio del amor, el sufrimiento y la gloria en el que ya estamos inmersos. Tenemos miedo al dolor y nos aterra afrontarlo porque nos falta el sentido para vivirlo y la esperanza que nos permite atravesarlo. Por eso usamos todos los medios para alejar el sufrimiento y ocultar la muerte. Pero Jesús no retrocede. Va a su encuentro consciente de que ha recibido la misión de traer el fuego a la tierra. El bautismo al que se refiere no es un rito sino su inmersión en la humanidad sumida en la oscuridad, el odio, la violencia, la muerte, privada de la vida verdadera.
Jesús experimentó angustia ante el dolor y la muerte, pero los afrontó consciente de haber recibido la misión de hacer que arda el fuego del amor de Dios en el corazón humano. El fuego de Jesús distingue, divide, separa el verdadero del falso amor. En la cruz se revela el verdadero amor. La cruz revela que, cuando todo termina, el amor de Dios queda para siempre.
De aquí brota la verdadera paz, muy diferente de la paz impuesta por la fuerza y el chantaje. Cristo es nuestra paz porque en la cruz nos ha reconciliado con el Padre. Por eso, los cristianos no somos jueces de paz que arreglan conflictos, sino pacificadores que toman su cruz y caminan detrás de Jesús.
Hace algunos días, el Papa León se encontró con el presidente italiano Sergio Mattarella. El presidente dijo: "Quisiera reafirmar que la paz verdadera, duradera, reside en el alma de los pueblos. De lo contrario, bajo las cenizas del fin de la violencia brota el rencor, listo para estallar de nuevo en la primera ocasión que pueda ser explotado, para darse cuenta entonces que el final de la violencia se transforma, por desgracia, en un paréntesis entre dos explosiones".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 12, 49-53
Jesús dijo a sus discípulos: "He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y cómo me angustio mientras llega! ¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra".
XXIX Miércoles Tiempo Ordinario
Estar preparados
El Señor Jesús compara su venida con la de un ladrón que, en medio de la noche, se introduce en la casa para robar: "Si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa". Inquieta la imagen de Cristo como un ladrón que llega en la noche. Sé bien que Dios no es ladrón de vida. Sólo pensarlo me parece una blasfemia.
Con esta imagen Cristo quiere recordarnos el final de nuestra vida. Sus palabras pueden causar más ansiedad que alegría. Sin embargo, Jesús no quieren asustar, sino despertar. El fin de nuestra vida llega como un ladrón. Y los ladrones juegan mucho con el efecto sorpresa. No avisan cuándo llegarán. Si bien no podemos predecir su llegada, podemos prepararnos para cuando lleguen.
Ciertamente vendrá. Es más, ya viene, a la hora que no imaginamos, es decir, ahora mismo, y nos sorprende allí donde no lo esperábamos, en el abrazo de un amigo, en un niño que nace, en una iluminación repentina, en una alegría que nos atrapa y no sabemos por qué. Es un ladrón muy extraño. Viene no para robar la vida, sino para intensificarla.
Vendrá al final de nuestra vida. Cuando somos conscientes de lo que significa el final de la vida, viene la alegría. Como escribió el pastor protestante Dietrich Bonhoeffer, considerado mártir de la fe: "Puede ser que mañana sea el último día: entonces, no antes, interrumpimos gustosamente el trabajo para un futuro mejor". Lo mejor viene cuando viene el último día. De hecho, antes de que los nazis lo asesinaran dijo: "Este es el fin; para mí el principio de la vida".
Las palabras de Cristo son una invitación a la responsabilidad, a valorar nuestra vida, a tomarla en serio. Cada momento puede ser el último momento de la vida. Y si es así entonces debemos evitar lo que nos distrae de vivir bien, elegir cosas que valgan la pena, relativizar tantas cuestiones que a veces no son más que ídolos que bloquean nuestro camino.
Si supiéramos que este podría ser el último día de nuestra vida sin duda pondríamos los rostros de las personas antes de las cosas por hacer. Llamaríamos a quien amamos, no pospondríamos un abrazo, haríamos las paces con las personas con las cuales hemos peleado.
Cristo invita a la fidelidad y la prudencia. La fidelidad y la prudencia consisten en mantener la conciencia de que esta vida es un don, no una posesión. Recordar que tenemos que morir nos hace vivir en la dimensión correcta. Estar despiertos significa reconocer que cada momento es precioso, cada encuentro puede convertirse en una ocasión de gracia.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 12, 39-48
Jesús dijo a sus discípulos: "Fíjense en esto: Si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. Pues también ustedes estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre". Entonces Pedro le preguntó a Jesús: "¿Dices esta parábola sólo por nosotros o por todos?" El Señor le respondió: "Supongan que un administrador, puesto por su amo al frente de la servidumbre con el encargo de repartirles a su tiempo los alimentos, se porta con fidelidad y prudencia. Dichoso ese siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo con su deber. Yo les aseguro que lo pondrá al frente de todo lo que tiene. Pero si ese siervo piensa: 'Mi amo tardará en llegar' y empieza a maltratar a los otros siervos y siervas, a comer, a beber y a embriagarse, el día menos pensado y a la hora más inesperada, llegará su amo y lo castigará severamente y le hará correr la misma suerte de los desleales. El siervo que conociendo la voluntad de su amo, no haya preparado ni hecho lo que debía, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, haya hecho algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le da, se le exigirá mucho; y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más".
XXIX Martes Tiempo Ordinario
La espera gozosa
Las esperas a veces son odiosas, agotadoras, nos consumen y nos desgastan, especialmente cuando tienen que responder dudas o preguntas pendientes en nuestro corazón. Las esperas pueden ser incluso estresantes, porque acaban las reservas de paciencia con las que logramos salir adelante y afrontar los imprevistos de la vida. Sin embargo, Jesús usa la metáfora de personas que esperan para describir la actitud que sus discípulos deben asumir: "Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque".
En realidad, el verdadero problema de la espera no es su tardanza, sino la forma en que la vivimos. Por ejemplo, el libro del Génesis narra que cuando Labán pide a Jacob que espere y trabaje para él siete años antes de casarse con Raquel, esos días "le parecieron pocos. Tanto era su amor por ella". La espera es penosa y pesada cuando no está llena de bellos recuerdos de lo vivido y de esperanza por lo que aún podemos vivir.
Por desgracia, puede ser que nuestros días fluyen llenos de compromisos, pero vacíos de deseo. Nos mantenemos ocupados y dispersos en muchas cosas, pero con el corazón apagado, como si nada realmente bella pudiera suceder. Si recordáramos quién es Dios y quiénes somos nosotros para Él, cuántos signos de su amor hemos recibido, tal vez los momentos de espera podrían convertirse en nuestros aliados y no en molestos paréntesis en la carrera hacia la felicidad.
Asombra el señor de la parábola que vuelve de la fiesta de bodas, a la cual los criados no han sido invitados, y se muestra muy contento porque lo están esperando en la noche. Su alegría es tan grande que lo impulsa a organizar una fiesta para ellos en la que se muestra, sorpresivamente, como un sirviente más entre amigos sirvientes. En la intimidad de su casa continua la fiesta. ¿Quién podría dormir en una noche como esta?
La parábola nos invita a redescubrir nuestra identidad de criados que tienen como señor a uno que nos sienta en su mesa y nos sirve para compartir con nosotros su alegría. Esta novedad cambia la vida. La parábola nos permite comprender mejor el mensaje que nos transmite el apóstol Pablo en la primera lectura: "Pues si por el delito de un solo hombre todos fueron castigados con la muerte, por el don de un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos la abundancia de la vida y la gracia de Dios".
Que estemos alerta para reconocer en el silencio de la noche el paso de un Dios que viene a invitarnos a su fiesta, a servirnos y salvarnos. Lo mejor está aún por venir.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 12, 35-38
Jesús dijo a sus discípulos: "Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos".
XXIX Lunes Tiempo Ordinario
Lo que permanece
El evangelio narra una situación —por desgracia muy frecuente— que se presenta cuando hay que repartir la herencia de un difunto. Casi sin saberlo, uno se encuentra peleando, discutiendo agriamente con las personas que antes eran queridas y cercanas. De repente nos encontramos apegados al dinero y a los bienes de este mundo de una manera exagerada. Generalmente, la riqueza material lleva a dividir más que compartir. El Señor Jesús aprovecha la ocasión para advertirnos de ese ídolo seductor: "La vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea".
La enseñanza es clara: lo que somos no depende de lo que tenemos. Por lo tanto, no debemos obsesionarnos por estar verificado si nuestra riqueza está creciendo. Tenemos que defendernos del deseo enfermizo de tener cada vez más de lo que puede mantener y alegrar nuestra vida para no caer en la ridícula situación de aquel hombre que después de tantos esfuerzos por acumular cada vez más, descubre que se ha esforzado en vano: "¡Insensato! Esta misma noche vas a morir". Cristo lo llama "insensato" porque no hizo bien las cuentas. Ciertamente contó muy bien la magnitud de sus riquezas, pero no midió bien la caducidad del tiempo y el destino final de esos bienes. Pensó en una felicidad pasajera y se olvidó de la eterna. En realidad, este hombre ya estaba muerto. Las palabras que le dirige el Señor no son un castigo, sino la constatación de una verdad.
Jesús no es clasista ni condena la riqueza fruto del trabajo honesto; pero advierte: la riqueza es engañosa porque promete lo que realmente no puede dar. Cristo nos orienta a los bienes duraderos, aquellos que no solo nos sostienen y alegran, sino que permanecen para siempre. Es la experiencia de Abraham que el apóstol Pablo asume como ejemplo de quien ha tenido la sabiduría de acumular lo que vale ante Dios: "Ante la firme promesa de Dios no dudó ni tuvo desconfianza, antes bien su fe se fortaleció y dio con ello gloria a Dios, convencido de que él es poderoso para cumplir lo que promete".
Tal vez los pleitos y las preocupaciones inútiles encuentran terreno fértil cuando perdemos el recuerdo y la conciencia de las promesas de Dios, aunque su cumplimiento no coincide siempre con nuestras previsiones. Cuando creemos en las promesas de Dios podemos valor las cosas, las fugaces y las eternas. Recordar que nuestro nombre está escrito en las páginas del plan divino es principio de sabiduría y raíz de verdadera libertad.
Pidámosle al Señor que la obsesión por acumular no nos impida contemplar y saborear la vida. Como decía Epicuro, filósofo de la Grecia antigua, ante la obsesión por acumular posesiones: "No lo que tenemos sino lo que saboreamos constituye nuestra abundancia".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 12, 13-21
Hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: "Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia". Pero Jesús le contestó: "Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?"
Y dirigiéndose a la multitud, dijo: "Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea". Después les propuso esta parábola: "Un hombre rico tuvo una gran cosecha y se puso a pensar: '¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida'. Pero Dios le dijo: '¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?' Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios".
XXIX Domingo Tiempo Ordinario
Orar y luchar
Moisés ora con las manos levantadas hacia lo alto mientras Josué lucha. Es una bella imagen de la oración. Rezar y luchar. No podemos separar la oración de la vida. Hay que luchar confiando en Dios. Pero Moisés empieza a flaquear. No puede soportar la fatiga de rezar. Por eso, algunos le ayudan a no bajar las manos. También nosotros necesitamos dónde apoyar nuestra oración. Puede ser las lecturas de hoy, la experiencia de otros, el apoyo de la comunidad que nos acompaña.
Jesús sabe que podemos cansarnos cuando oramos. Por eso, cuenta la historia de la viuda pobre frente a un juez corrupto al que iba con frecuencia a pedirle justicia: "¡Hazme justicia contra mi adversario!". Aunque no obtenía respuesta, no se cansaba de pedir. Pedir sin sentirse escuchado, cansa. Pero no hay que preguntarnos por el retraso del sol, sino esperar la aurora. Llegará puntualmente: "Yo les digo que les hará justicia".
En la Biblia, "justicia" no es un concepto legal. Se refiere a la relación correcta con Dios y, como consecuencia, con nosotros mismos y con los demás. Tenemos derecho a una vida bella, noble, grande, no mediocre. Pensemos en tantos jóvenes —y no tan jóvenes— que tienen derecho a una vida más plena, pero viven pegados a una pantalla, desperdiciando su potencial.
La viuda del evangelio revela que la oración no es un grito al vacío. Es, más bien, como el primer llanto de una historia que nace. La viuda es también imagen de la comunidad a la cual san Lucas dirige su evangelio. La comunidad está atravesando la prueba. Es el tiempo de la persecución, quizás también el tiempo de la desilusión. Su oración parece no ser escuchada. Tiene miedo de estar sola, como una viuda.
En el tiempo de la prueba, la imagen de Dios corre el riesgo de desfigurarse. Dios se percibe como un juez sin piedad que no responde a las demandas. Sin embargo, el tiempo de la prueba puede convertirse en el tiempo en que surge, desde el fondo del corazón, el deseo de aquello que realmente vale la pena. En el tiempo del silencio se realiza una purificación y una trasformación.
Queremos ser escuchados. Nos concentramos en esto. Pero Jesús nos cambia la atención. Hace una pregunta inquietante: "Cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra?". No es una pregunta retórica: sacude nuestras certezas y cuestiona la idea de que la fe, una vez adquirida, es una posesión permanente. Como es algo vivo, la fe tiene que crecer, madurar. Necesita ser alimentada.
La historia de la viuda, no es sólo una invitación a la tenacidad: revela el estilo de vida cristiana. "Cuando venga el Hijo del hombre…". Cristo viene una y otra vez. Ser conscientes de estas venidas transforma nuestra percepción de lo cotidiano. Los días no son una simple sucesión de compromisos, sino el lugar donde nuestra fe es interrogada y puesta a prueba. Cuando una dificultad o un sufrimiento nos visita, Dios nos pregunta si confiamos en Él. Cuando encontramos a alguien que necesita nuestra ayuda, es la presencia del Señor que nos interroga.
La oración perseverante evita que las dificultades y las decepciones nos hagan perder el camino. La vida en Cristo es una batalla contra el mal que trata de entrar en el corazón. La pregunta de Jesús va dirigida a nosotros: ¿Encontrará una fe capaz de dar vida nueva en el polvo del que estamos hechos? Ojalá respondamos con nuestra vida, con nuestro deseo: sí, Señor, si hoy vienes, encontrarás la fe arder en nuestro corazón.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 18, 1-8
Para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola: "En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: 'Hazme justicia contra mi adversario'.
Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: 'Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando'."
Dicho esto, Jesús comentó: "Si así pensaba el juez injusto, ¿creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra?"
XXVIII Viernes Tiempo Ordinario
Salir a la luz
Aunque no es del todo exacta la versión de que en la Biblia la invitación a no tener miedo aparece trescientas sesenta y cinco veces, una para cada día del año, expresa una verdad: el signo de una relación profunda con Dios es la capacidad para cruzar, cada día, las aguas de la vida, no pocas veces turbulentas, con una confianza profunda.
Esta confianza se funda en la conciencia de ser objeto de un cuidado y de una bondad que nos precede y nos acompaña siempre, hasta decir que "todos los cabellos de su cabeza están contados" y que valemos "mucho más que todos los pajarillos". Sentimos un gran impacto cuando somos conscientes de lo valiosos que somos a los ojos de Dios. Cuida cada detalle, cada célula de nuestro cuerpo.
Sin embargo, los pájaros siguen cayendo, niños inocentes muriendo. Pero ahí está el Padre del cielo para dar una vida nueva. Cristo nos invita a la confianza, pero a una confianza consciente, no ingenua. Nos exhorta a cultivar un temor basado en la vigilancia: "Les voy a decir a quién han de temer: Teman a aquel que, después de darles muerte, los puede arrojar al lugar de castigo". Es una invitación al temor de Dios. No es temor a Dios, sino temor de Dios. No le tememos a Dios, sino tememos alejarnos de Él. El temor de Dios está en la raíz del amor. La experiencia lo dice. Quien ama, siente temor de apartarse del amado o disgustarlo.
El desafío es ser libres. Y para esto hay que superar el miedo. Este fue el camino, largo y a veces difícil, de Abraham, de quien nos ha hablado la primera lectura. Si leemos su historia, nos daremos cuenta que por encima de todo —incluso de la descendencia tan largamente esperada— Abraham fue cada vez más libre y, por eso mismo, cada vez más verdadero consigo mismo y con los demás. La larga espera a la que el Señor lo sometió fue una manera de ayudarlo a tomar conciencia, cada vez con mayor claridad, de lo que realmente deseaba y había en su corazón. Su camino es también el nuestro.
El evangelio nos invita a sacar "a la luz" lo que llevamos escondido: "Lo que ustedes hayan dicho en la oscuridad, se dirá a plena luz". Si nos escondemos, seremos descubiertos; si aceptamos salir a la luz estaremos cubiertos por el manto de la misericordia divina.
La hipocresía nos hace daña. Quien usa una máscara corre el riesgo de olvidar quién es realmente y vive con el miedo de que alguien lo descubra, le quite la máscara y se manifiesten los vacío que llevamos. Pero en el fondo de nosotros mismos no sólo hay vacíos. También hay belleza y bondad. Aprendamos a ser auténticos, a limpiar el corazón, a reconciliar el interior con el exterior, lo que pensamos con lo que decimos. Entonces, nos alegraremos de que el Señor nos diga: "amigos míos".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 12, 1-7
La multitud rodeaba a Jesús en tan gran número, que se atropellaban unos a otros. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos:
"Cuídense de la levadura de los fariseos, es decir, de la hipocresía. Porque no hay nada oculto que no llegue a descubrirse, ni nada secreto que no llegue a conocerse. Por eso, todo lo que ustedes hayan dicho en la oscuridad, se dirá a plena luz, y lo que hayan dicho en voz baja y en privado, se proclamará desde las azoteas.
Yo les digo a ustedes, amigos míos: No teman a aquellos que matan el cuerpo y después ya no pueden hacer nada más. Les voy a decir a quién han de temer: Teman a aquel que, después de darles muerte, los puede arrojar al lugar de castigo. Se lo repito: A él sí tienen que temerlo.
¿No se venden cinco pajarillos por dos monedas? Sin embargo, ni de uno solo de ellos se olvida Dios; y por lo que a ustedes toca, todos los cabellos de su cabeza están contados. No teman, pues, porque ustedes valen mucho más que todos los pajarillos".
XXVII Jueves Tiempo Ordinario
Justificados gratuitamente
Jesús reprende a los fariseos y doctores de la Ley —los expertos en Dios y su Palabra—por un comportamiento doblemente incorrecto: no ser realmente conocedores de Dios, es decir, cultivar la intimidad con el Señor, y también por ser un obstáculo para cuantos quieren emprender el camino de fe y llegar a Dios. Es lamentable que la autoridad religiosa, en lugar de conducir a las personas al conocimiento y a la experiencia transformadora del Dios de amor, termina alejándolas o incluso impidiéndoles el acceso a Él. La fe es una puerta abierta, no un muro cerrado.
Ante esta verdad, habría que verificar si los que ahora son los expertos en las cosas de Dios, realmente nos llevan a Él, a una relación vivía y directa con y Él, no simplemente a practicar ritos, cumplir leyes, aprender una doctrina. Este ritualismo y moralismo, tan difundido en nuestra sociedad e incluso en la Iglesia, se convierte además en el pretexto para hacer juicios venenosos a los demás.
San Pablo tiene una propuesta liberadora y luminosa para afrontar esta situación: abandonar la idea de que el cumplimiento de ritos y leyes nos garantiza la felicidad, y creer en lo que Dios hacer por nosotros: "Como todos pecaron, todos están privados de la presencia salvadora de Dios; pero todos son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención llevada a cabo por medio de Cristo Jesús".
El apóstol insiste con fuerza. Lucha contra las formas tan frecuentes de búsqueda de méritos que crean fácilmente ansiedad por el rendimiento y llevan a la frustración. Estamos ante una religión opresora. La gracia la recibimos, como lo dice Pablo, gratuitamente a través de Cristo el Señor y en virtud de su sangre. Nos llega gratuitamente, pero el Señor ha pagado un precio muy alto. Jesús lamenta que quienes tienen el encargo de servir a los demás y encaminarlos a Dios, hayan convertido el servicio en un poder y en lugar de encaminar a los demás a Dios los encaminan a sí mismos.
Los fariseos y doctores de la ley de todos los tiempos no se dejan tocar por el mensaje de Cristo. Se sienten ofendidos. Y este sentimiento les cierra los oídos. Es una reacción normal. Pero hay que ir más allá, escuchar de manera diferente palabras como las de hoy.
Jesús dice verdades y lanza críticas constructivas. Acoger o rechazar sus palabras revela en qué punto estamos. Es probable que no nos hayamos sentido aludidos por las palabras de Cristo o también que nos hayamos sentido ofendidos. Si en la luz de Dios descubrimos que hemos reaccionado así, vayamos más allá de la indiferencia o del sentimiento de ofensa para que estas palabras exigentes lleguen al corazón y den fruto en nosotros.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 11, 47-54
Jesús dijo a los fariseos y doctores de la ley: "¡Ay de ustedes, que les construyen sepulcros a los profetas que los padres de ustedes asesinaron! Con eso dan a entender que están de acuerdo con lo que sus padres hicieron, pues ellos los mataron y ustedes les construyen el sepulcro.
Por eso dijo la sabiduría de Dios: Yo les mandaré profetas y apóstoles, y los matarán y los perseguirán, para que así se le pida cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas que ha sido derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que fue asesinado entre el atrio y el altar.
Sí, se lo repito: a esta generación se le pedirán cuentas.
¡Ay de ustedes, doctores de la ley, porque han guardado la llave de la puerta del saber! Ustedes no han entrado, y a los que iban a entrar les han cerrado el paso".
Luego que Jesús salió de allí, los escribas y fariseos comenzaron a acosarlo terriblemente con muchas preguntas y a ponerle trampas para ver si podían acusarlo con alguna de sus propias palabras.
Santa Teresa de Jesús
Más allá del ego
Jesús derriba a los fariseos del pedestal denunciando su conducta equivocada: "¡Ay de ustedes!". El "ay" de Jesús recuerda el "ay" de las bienaventuranzas. Es lo opuesto al "dichosos". Es el lamento de Cristo cuando ve a un hombre, a una mujer fracasar en su vocación a la bienaventuranza. Es como si nos dijera: "Reaccionen. Han perdido el camino de la felicidad. Están fallando en lo más importantes de la vida: el amor y la justicia": "Pagan diezmos hasta de la hierbabuena, de la ruda y de todas las verduras, pero se olvidan de la justicia y del amor de Dios". ¿De qué sirve cumplir las reglas y luego no darse cuenta del que está a nuestro lado? ¿De qué sirve practicar una justicia que deja fuera el amor?
Pero quizás estamos demasiado ocupados buscando los puestos de honor y el aplauso de los demás, pensando que en esto consiste el sentido de la vida, que esto resuelve el anhelo más profundo del corazón. Quien vive así, está muerto interiormente. Lo peor es que ni siquiera se da cuenta. Está bonito por fuera, pero por dentro está podrido: "Son como esos sepulcros que no se ven, sobre los cuales pasa la gente sin darse cuenta". Y por si esto fuera poco, hacemos sentir culpables a los demás. Pensamos quitarnos nuestras culpas cargándolas a los demás: "¡Ay de ustedes también, doctores de la ley, porque abruman a la gente con cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni con la punta del dedo!". Jesús pronuncia estas duras palabras para salvarnos del fariseo que hay en nosotros.
A propósito de esto, santa Teresa de Jesús, la santa que hoy recordamos, escribió: "Encontré a Dios el día en que me perdí de vista", es decir, cuando fue más allá de su ego. Fue una mujer que no se quedó en casa, dedicada a los trabajos domésticos. Ciertamente entró en un monasterio de clausura, pero no se quedó quieta y callada. Su reforma de las monjas carmelitas tuvo tal trascendencia que alcanzó a la rama masculina de la Orden.
El tiempo que en que Teresa vivó no era nada fácil. La Santa Inquisición no dejaba de buscar herejes para juzgarlos y, si era posible, condenarlos. Pero esto no detuvo a Teresa. Intrépida, valiente, decidida, no se dejó asustar ni siquiera por el nuncio apostólico Felipe Sega, que se distinguió por su férrea oposición a la reforma del Carmelo emprendida por la santa, y dijo de ella: "desobediente y contumaz, que a título de devoción inventaba malas doctrinas, andando fuera de la clausura contra el orden del concilio tridentino y prelados, enseñando como maestra contra lo que San Pablo enseñó, mandando que las mujeres no enseñasen". Sin embargo, el Papa Pablo VI la declaró doctora de la Iglesia, es decir, maestra insigne. Santa Teresa es una maestra espiritual que comunica "lo que el Señor me ha dado por experiencia". Para ella, la oración contemplativa consiste en "encerrarse en el cielo pequeño de nuestra alma —donde está el que hizo el cielo y la tierra— y acostumbrarse a no mirar ni estar donde halla cosa que le distraiga".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 10,27
Jesús dijo: "¡Ay de ustedes, fariseos, porque pagan diezmos hasta de la hierbabuena, de la ruda y de todas las verduras, pero se olvidan de la justicia y del amor de Dios! Esto debían practicar sin descuidar aquello. ¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar los lugares de honor en las sinagogas y que les hagan reverencias en las plazas! ¡Ay de ustedes, porque son como esos sepulcros que no se ven, sobre los cuales pasa la gente sin darse cuenta!".
Entonces tomó la palabra un doctor de la ley y le dijo: "Maestro, al hablar así, nos insultas también a nosotros". Entonces Jesús le respondió: "¡Ay de ustedes también, doctores de la ley, porque abruman a la gente con cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni con la punta del dedo!".
XXVIII Martes Tiempo Ordinario
Autenticidad
Jesús se preocupa por las personas. No pone atención a las etiquetas que les ponemos. Lo que le importa es llegar a las personas donde están. Por eso, acepta la invitación a comer tanto de pecadores como de fariseos.
Contestando al fariseo que lo invitó a comer y se asombra de su libertad frente a las prescripciones de la Ley, Jesús le dice: "Ustedes, los fariseos, limpian el exterior del vaso y del plato; en cambio, el interior de ustedes está lleno de robos y maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso el que hizo lo exterior no hizo también lo interior?".
El reproche de Cristo es un duro golpe también para nosotros cuando nos preocupamos sólo por parecer bellas personas, sin preocuparnos también por serlo. El Señor ataca frontalmente la presunción de contentarse con una hermosa fachada para exhibir, sin tener en cuenta las tinieblas y el mal que llevamos en el corazón. Esta actitud venenosa nos impulsa a invertir mucha energía para ordenar, limpiar y mostrar nuestro aspecto exterior. Es un mal muy extendido creer que, en el escenario de la vida, es necesario hacer siempre una bella figura para seducir y conquistar la mirada de los demás.
Sin embargo, existe un camino mejor para ser agradables a Dios y estar contentos con lo que somos: no desear ser encantadores, sino compartir con los demás lo que tenemos y somos, lo bello y también lo feo que llevamos dentro. Entonces sí que somos brillantes: "Den más bien limosna de lo que tienen y todo lo de ustedes quedará limpio". El amor nos hace salir de nosotros mismos. Si nos centramos en nuestro ego, en nuestro rendimiento, en lo buenos que deberíamos ser, entonces seguiremos puliendo la máscara, pero sin tocar lo esencial, lo que realmente importa.
Quizás muchos problemas que tenemos se resolverían si tomamos más en serio nuestra vida interior. Podríamos superar miedos, inseguridades, egoísmos, heridas que nacen del culto al ego, aceptando lo que somos y viviéndolo de cara a Dios. Gandhi decía: "Descubre quién eres y no tengas miedo de serlo".
En la relación con Dios, ofrecerle lo que no tenemos nos permite recibir de Él, porque nos hacemos conscientes de una carencia. En la relación con los demás —que prolonga la relación con Dios— ofrecer lo que tenemos a quien no tiene (y no sólo lo material) es un acto de amor que puede sacudir una vida sin sabor. Permitir al Amor existir y hacer a través de nosotros, incluso en nuestra imperfección, nos libera de la tentación de ser fariseos y de vestir, en cambio, nuestro mejor traje: el traje humano.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 11, 37-41
En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer. Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. El fariseo se extrañó de que Jesús no hubiera cumplido con la ceremonia de lavarse las manos antes de comer. Pero el Señor le dijo: "Ustedes, los fariseos, limpian el exterior del vaso y del plato; en cambio, el interior de ustedes está lleno de robos y maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso el que hizo lo exterior no hizo también lo interior? Den más bien limosna de lo que tienen y todo lo de ustedes quedará limpio".
XXVIII Lunes Tiempo Ordinario
Tenemos lo necesario
Jesús denuncia una actitud que corremos el riesgo de asumir cuando nos involucramos demasiado con la multitud, hasta perdernos en sus pretensiones. Se trata de una forma de ser muy difundida en este tiempo: un incesante anhelo de novedades y signos espectaculares. Cuando esta actitud la llevamos a la fe pensamos que los signos espectaculares y las novedades son indispensables para cambiar. Las palabras de Cristo son duras: "La gente de este tiempo es una gente perversa. Pide una señal, pero no se le dará otra señal que la de Jonás". La dureza de las palabras del Señor no debe ser entendida como una falta de sensibilidad a nuestra necesidad de tener una guía y alguna seguridad. La maldad de la que habla Jesús está en no reconocer lo que ya tenemos.
Si la negativa de Jesús a dar signos adicionales a los muchos signos que ya ha realizado es desconcertante, desconcierta aún más lo que hace para provocar hasta el fondo a las multitudes que se apiñan alrededor de él: "Cuando sea juzgada la gente de este tiempo, los hombres de Nínive se levantarán el día del juicio para condenarla, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás".
Recordando a Jonás, el profeta apático, cuya predicación fue, sin embargo, capaz de convertir a toda una ciudad pagana, Jesús quiere desenmascarar las coartadas con las que intentamos posponer para mañana lo que ya es posible vivir hoy. La maldad del corazón está en no ser capaces de ver la incesante providencia del Padre del cielo. La mística francesa M. Delbrêl, escribe: "Nosotros, gente de la calle, creemos con todas nuestras fuerzas que este camino, que este mundo donde Dios nos ha puesto es para nosotros el lugar de nuestra santidad. Creemos que no nos falta nada de lo necesario. Porque si esto nos faltara, Dios ya nos lo habría dado".
Para ayudarnos a entender que no se necesitan fuegos artificiales para cambiar la orientación de nuestra vida, san Pablo, en la primera lectura, revela otro modo de entender y vivir la fe: "Yo, Pablo, siervo de Cristo Jesús, he sido llamado por Dios para ser apóstol y elegido por él para proclamar su Evangelio".
Después de descubrirse "amado por Dios", el apóstol comienza a percibir su vida de otra manera. Ya no necesita signos. Le basta ser "siervo de Cristo Jesús". Si entramos en la memoria de nuestra vida —con sus luces y sus sombras— podemos contar siempre un evangelio, una buena noticia; no tanto la buena noticia de que todos nuestros deseos y proyectos se han cumplido, sino que el designio de Dios no deja de realizarse.
El Papa Francisco dijo una vez: "En el gran designio de Dios cada detalle es importante, el mío y el tuyo, el pequeño y humilde testimonio oculto de quien vive con sencillez su fe en la cotidianidad de las relaciones familiares, de trabajo, de amistad".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 11, 29-32
La multitud se apiñaba alrededor de Jesús y éste comenzó a decirles: "La gente de este tiempo es una gente perversa. Pide una señal, pero no se le dará otra señal que la de Jonás. Pues así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para la gente de este tiempo.
Cuando sean juzgados los hombres de este tiempo, la reina del sur se levantará el día del juicio para condenarlos, porque ella vino desde los últimos rincones de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.
Cuando sea juzgada la gente de este tiempo, los hombres de Nínive se levantarán el día del juicio para condenarla, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás".
XXVIII Domingo Tiempo Ordinario
No poner límites al amor
Hoy se habla mucho de levantar muros, de arsenales bélicos, de sistemas de seguridad frente al sentimiento de inseguridad y la necesidad de ponerse a salvo. Es lo que ocurría también en tiempo de Jesús. Ante un peligro o inseguridad se levantaban barreras, incluso religiosas, que al final resultaban más temibles que las barreras físicas. La lepra era una de las enfermedades más temidas por la sociedad. Bastaba una pequeña marca en la piel que hiciera sospechar la existencia de la enfermedad para que quien la mostrara, fuera expulsado de la convivencia social. Y para elevar aún más la barrera de protección, se acusaba al enfermo de ser un maldito, un impuro ante Dios. Quien estaba enfermo de lepra estaba condenado a la pobreza extrema y era excluido de los lugares habitados.
Jesús se encuentra con un grupo de leprosos que hablan con una sola voz, como si fuera una sola persona. El dolor los une. Se entienden, comparten miedos y esperanzas. Los leprosos no se acercan a Jesús. Le gritan desde lejos: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros". Cuando el Señor los ve y escucha su grito, les dice: "Vayan a presentarse a los sacerdotes". No hace ningún gesto milagroso. Simplemente los pone en camino. Los envía a los sacerdotes. Los sacerdotes era la autoridad que certificaba la curación de un leproso y el leproso podía ir con ellos sólo después de ser curado. Pero Jesús les pide que vayan cuando todavía están enfermos.
Y ellos se ponen en camino. Aunque todavía no lo sepan, aunque aún no lo vean, ya están sanando. La vida empieza a sanar cuando se tiene el valor de partir, de caminar según la palabra de Jesús. Lentamente, poco a poco, con cada paso viene la curación. La curación sucede a lo largo del camino, en el lento avance de los días, en ser fieles incluso cuando no se ve nada. Y sucedió el milagro: "Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra". En el camino sanan.
Una vez más, Jesús propone a un samaritano, un hereje, como modelo de fe que salva. Es el único a quien le dice: "Tu fe te ha salvado". El hereje ve más allá de la curación de la piel. Sanó su piel, pero lo más importante fue que también sanó su corazón. Por eso vuelve a Cristo. Cuando le había pedido compasión lo había hecho desde lejos. Ahora rompe la distancia. Se acerca a él, se postra a sus pies y le da las gracias. No fue con los sacerdotes porque comprendió que la salvación no viene de normas y leyes, sino de la relación personal con Cristo. Vuelve a la raíz, a la fuente de la salvación y se sumerge en ella. Busca al Dador de la curación. No sólo está curado sino salvado. La salud del cuerpo no es lo más importante, sino la salvación. San Francisco de Asís y santa Clara tenían muchas enfermedades y, a pesar eso, su vida era plena.
Hace unos días el Papa León XIV nos entregó su primera exhortación apostólica, Dilexit te ("Te he amado"), sobre el amor a los pobres (aclara que la pobreza no es sólo material sino también moral y espiritual). En la parte final de la exhortación vienen unas palabras que desafían a un mundo y una Iglesia llenos de miedos, que levantan barreras: "El amor cristiano supera cualquier barrera, acerca a los lejanos, reúne a los extraños, familiariza a los enemigos, atraviesa abismos humanamente insuperables, penetra en los rincones más ocultos de la sociedad. Por su naturaleza, el amor cristiano es profético, hace milagros, no tiene límites: es para lo imposible. El amor es ante todo un modo de concebir la vida, un modo de vivirla. Pues bien, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar, es la Iglesia que el mundo necesita hoy".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 17, 11-19
Cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó
entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al
encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le
decían: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros".
Al verlos, Jesús les dijo: "Vayan a presentarse a los sacerdotes". Mientras
iban de camino, quedaron limpios de la lepra. Uno de ellos, al ver que estaba
curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y
le dio las gracias. Ese era un samaritano. Entonces dijo Jesús: "¿No eran diez
los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie,
fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?" Después le dijo
al samaritano: "Levántate y vete. Tu fe te ha salvado".
XXVII Viernes Tiempo Ordinario
El más Fuerte
Cuando Jesús expulsó a un demonio, desencadenó una desconcertante reacción en los que deberían haberse alegrado, puesto que eran hombres piadosos: "Este expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios". Sin embargo, los fariseos en lugar de ver la verdad de lo ocurrido, pretenden remodelar la realidad a partir de una idea equivocada: Jesús es un aliado del demonio. Dicen esto porque Cristo pone en entredicho las estructuras de poder que ya no tienen nada de religioso ni de humano. La verdad no les importa, lo que les importa es salvaguardar sus intereses que Jesús cuestiona.
Los fariseos usan como "armas" la mentira, la calumnia y la difamación contra quien está comprometido en la lucha para liberar al hombre y la mujer del dominio del demonio y del mal. Pero Jesús desenmascara sus mentiras, "les quita las armas en que confiaban". Con argumentos sólidos desbarata el intento de compararlo con un demonio. Su acción está en las antípodas de la acción de Belcebú. Él no busca dispersar y contraponer, sino unir.
La lucha contra el mal y contra el demonio es una constante en la vida de Jesús y en nuestra vida. No entender esta verdad es peligroso. Hay que evitar dos exageraciones opuestas. Por una parte, hay quienes niegan la existencia del mal y del demonio como realidades externas al ser humano, reduciendo todo a dinamismos psicológicos o determinismos controlables, anulando así la obra redentora de Cristo. Por otra parte, hay quienes atribuyen todo al demonio, anulando así la libertad y la responsabilidad del hombre.
El evangelio nos ofrece una guía para nuestro camino espiritual. Por una parte, el demonio, el adversario, existe y actúa, quiere alejarnos del amor de Dios, envenenar nuestra vida, tomar el control. Sin embargo, cuando Alguien más fuerte que él toma posesión de la casa de nuestra vida, ya no hay por qué temer. Dejemos que el más fuerte, el Señor Jesús, habite en nuestros pensamientos y nuestro corazón. Y no nos obsesionemos con la perfección, porque una casa limpia y ordenada, atrae la atención del maligno. Es mucho más realista soportar algún defecto y pecado que parecer perfectos y colapsar estrepitosamente.
Las palabras del profeta Joel que escuchamos en la primera lectura siguen siendo actuales. El pueblo ha abandonado a su Dios. Está sumido en el mal y ha contaminado a la tierra con el mal. Los campos están desiertos, la tierra gime. El silencio grita. El día del Señor se acerca, no como castigo, sino como llamada a detenerse, a dejar caer las máscaras, a volver a lo esencial, a despertar del letargo, para volver al Señor con corazón sincero.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 11, 15-26
Cuando Jesús expulsó a un demonio, algunos dijeron: "Este expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios". Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa. Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: "Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Satanás. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios por el poder de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama. Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo, y al no hallarlo, dice: 'Volveré a mi casa, de donde salí'. Y al llegar, la encuentra barrida y arreglada. Entonces va por otros siete espíritus peores que él y vienen a instalarse allí, y así la situación final de aquel hombre resulta peor que la de antes".
XXVVII Jueves Tiempo Ordinario
Atrevidos y molestos
Una de las dificultades que se nos presenta cuando intentamos perseverar en el camino de la fe es expresada de manera lúcida por el profeta Malaquías: "¿Qué hemos ganado con guardar sus mandamientos o con hacer penitencia ante el Señor de los ejércitos? Más bien tenemos que felicitar a los soberbios, pues hacen el mal y prosperan, provocan a Dios y escapan sin castigo'".
La adhesión a Dios a pesar del sentimiento de inutilidad, es una cuestión que necesita ser iluminada para que no se convierta en la antesala de reacciones equivocadas. Anticipando, tal vez, este tipo de dificultades con las que nos enfrentamos tarde o temprano, Jesús, después de haber enseñado el Padrenuestro, añade instrucciones adicionales. Lo hace con su estilo inconfundible, narrativo, a través del cual nos invita a dialogar con las profundidades de nuestro corazón.
A través de la parábola del hombre que no teme molestar a un amigo para manifestarle su necesidad, Jesús revela uno de los secretos para no decepcionarnos cuando recemos: "Si el otro sigue tocando, yo les aseguro que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su molesta insistencia, sí se levantará y le dará cuanto necesite". Cuando oramos hay que ser atrevidos, insistentes, serenamente molestos. La conciencia de ser hijos nos da la libertad de comportarnos con la desinhibida libertad de los hijos pequeños.
En la oración no son suficientes las palabras para recibir un don. Hay que involucrar todo nuestro ser y nuestro deseo. Gran parte de la ineficacia de nuestra oración no se debe al aparente desinterés de Dios hacia nosotros, sino más bien a la poca hambre y sed de Dios que muchas veces acompañan las palabras que pronunciamos. Si nuestra fe es muy devota pero no atrevida, quizá sea porque tenemos miedo de descubrir cuál es el nivel real, la profundidad, de nuestra relación con Dios.
El tono temeroso de nuestra oración se manifiesta también en la incapacidad de poner ante el Señor la verdad de nuestro corazón, incluidas las objeciones y las decepciones que encontramos en el camino de la fe. Cristo, por el contrario, no tiene miedo de echarnos en cara nuestra inútil timidez frente a él: "Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá".
Si queremos perseverar en la oración sin creer que es más lo que nos quita que lo que nos da, hay que invadir el espacio de Dios sin contentarnos con las migajas de su atención, pidiendo con mucha confianza el pan de cada día y el Espíritu de Vida: "Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial les dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?". Si tenemos el Espíritu Santo, entonces sabremos que es lo que tenemos que pedir.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 11, 5-13
Jesús dijo a sus discípulos: "Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo que viene a medianoche a decirle: 'Préstame, por favor, tres panes, pues un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle'. Pero él le responde desde dentro: 'No me molestes. No puedo levantarme a dártelos, porque la puerta ya está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados'. Si el otro sigue tocando, yo les aseguro que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su molesta insistencia, sí se levantará y le dará cuanto necesite. Así también les digo a ustedes: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca, encuentra y al que toca, se le abre. ¿Habrá entre ustedes algún padre que, cuando su hijo le pida pan, le dé una piedra? ¿O cuando le pida pescado, le dé una víbora? ¿O cuando le pida huevo, le dé un alacrán?
Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial les dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?".
XXVII Miércoles Tiempo Ordinario
Padre
La primera oración que podemos hacer —y que tal vez dura la mayor parte de nuestra vida— es esta: "Señor, enséñanos a orar". Quizás la gente nos ve orando y piensa: "qué profunda debe ser la oración de este hombre". Pero la verdad es que la petición más repetida de quien realmente reza es siempre la misma: "Señor, no sé orar. Que el Espíritu venga en ayuda de mi debilidad". Llevo ya muchos años orando y enseñando a orar, y me doy cuenta de que no termino de aprender a orar.
La oración más profunda no es la que hacemos nosotros: es cuando dejamos que el Espíritu de Cristo, que vive en nosotros, ore en nosotros. Sin embargo, no es fácil dejar que lo haga, entregarnos a un Amor que quiere amarnos antes de pedirnos que amemos. De hecho, sólo si hemos encontrado realmente al Padre que nos ama podemos pensar en perdonar a alguien. Sin la experiencia del amor todo parece una injusticia, un problema, una exigencia. Las personas más enfadadas con la vida son generalmente las que no se sienten amadas. En este sentido un cristianismo que no parte de la oración, que no parte del Padre, resulta ser simplemente una moral insoportable.
La oración de Jesús comienza con la palabra "Padre". Orar es hacer la experiencia del Padre del cielo, es decir, saber no sólo que Dios existe, sino que me ama. Por eso, orar puede significar purificar las imágenes equivocadas de padre que tenemos en la mente, las imágenes equivocadas de amor que nos hemos formado.
La oración es un arte, el arte de tejer —no solo de establecer— una relación con el Dios invisible que está en nosotros y más allá de nosotros. Por eso, la oración es una búsqueda y una purificación que nunca acaba. Si leemos el Padre Nuestro desde la primera palabra (Padre) y la última palabra (tentación), nos daremos cuenta de que la relación con Dios parte siempre de una ilimitada confianza en el Padre; pero también nos enfrentarnos a la desconfianza que está en nuestro corazón (la tentación). La oración puede llegar a ser, entonces, una tensión entre la confianza y la lucha contra la desconfianza.
Si rezamos con la oración que el Maestro nos ha enseñado, aprenderemos a poner ante el Señor y ante nosotros todos los aspectos de nuestra vida. Aprenderemos también a acogerlos y atravesarlos sin caer en la trampa, siempre presente, del autoengaño, que nos hace extraños a nosotros mismos y, a veces, severos y despiadados con los demás. Si en la oración aprendemos a dirigirnos a Dios como "Padre" —el origen de todo, el que nos ha amado, elegido, pensado y creado— entonces la oración no será una simple fórmula: será en una escuela de libertad y de verdad encarnadas en la vida.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 11, 1-4
Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos". Entonces Jesús les dijo: "Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación".
Nuestra Señora del Rosario
La mejor parte
El día en que Jesús visitó a Marta, María y Lázaro fue un día extraordinariamente hermoso para aquellos hermanos. Marta brinda una pronta y generosa bienvenida a Cristo; pero no es capaz de modificar su habitual modo de comportarse, para poder gozar la visita de un huésped tan excepcional. Y, además, juzga severamente la conducta de su hermana María, pensando que es insensible a lo que, según ella, son las prioridades de la hospitalidad. En cambio, María disfruta de la presencia del huésped. Se sienta a los pies del Señor y escucha su palabra.
El evangelio dirá que María se centró en "la mejor parte". Jesús es la mejor parte. Los muchos asuntos y preocupaciones de la vida nos hacen perder de vista la razón más importante por la que vale la pena vivir. Es cierto que hay mucho que hacer en el mundo para mejorarlo. Y hay que hacerlo. Pero como cristianos debemos estar atentos a la Palabra de Jesús para construir ese mundo mejor. La Palabra de Cristo es la que nos orienta. No podemos caer en la lógica de la sociedad de la producción, de la eficacia inmediata y tangible, que olvida la motivación última.
Hoy celebramos la memoria de Nuestra Señora del Rosario. Hablar del Rosario es hablar de la Virgen, pero también de oración. Y, como nos dice el evangelio de hoy, no hay nada más importante y más útil que orar, estar con el Señor. El Rosario es una de las oraciones más querida de la tradición católica.
La memoria de la Virgen del Rosario fue instituida en 1571 tras la victoria de la flota cristiana sobre el imperio otomano en Lepanto. El motivo de esta celebración puede suscitar hoy perplejidad. El Evangelio nunca promueve la agresión y la violencia. ¿Cómo entender la victoria desde la vida de María? Pongamos atención al relato de la Anunciación.
El "alégrate" que el angel de la anunciación dirige a María es la victoria de la alegría de saber que el Señor está con nosotros. El Espíritu que descendió sobre María, el poder de Dios que la cubrió, nos descubre que estamos inmersos y protegidos en y por el Señor. El "no temas" es la victoria sobre nuestros miedos cuando experimentamos la gracia de Dios que no nos hace inmunes al mal y al dolor, pero nos da la seguridad de su Presencia cercana en la prueba. Y el "aquí estoy" de la Virgen, su entrega al Señor, es la victoria del Reino de Dios que se cumple en la fragilidad de una mujer sencilla. El niño tejido en su vientre invocará, con su primer llanto, la paz y el fin de toda guerra.
No podamos cambiar la historia pasada, pero escuchar a Jesús, estar con él, nos da la fuerza para cambiar el presente y desarmar al mundo con la victoria de un "sí" que se abre a la vida.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 10, 38-42
Entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: "Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude". El Señor le respondió: "Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará".
XXVII Lunes Tiempo Ordinario
Cuidar al herido
Narraba la primera lectura que Dios le dijo al profeta Jonás: "Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predica en ella que su maldad ha llegado hasta mí". Pero Jonás "huyó lejos del Señor". Huir, a veces, es legítimo; más aún, necesario cuando se trata de distanciarse del mal. Pero huir de Dios nunca puede ser una actitud acertada. Esta fuga tuvo repercusiones dramáticas no sólo en la vida de Jonás, sino también en la de los demás. Jonás tendrá que aprender a discernir el misterio de la compasión divina que se esconce detrás de la maldad de los ninivitas y que tanto le asustaba.
La dinámica de la huida está en la parábola del Buen Samaritano. Nos gustaría identificarnos con el samaritano. Y es bueno. Pero tal vez deberíamos empezar a identificarnos con el herido y recordar que Jesús se ha hecho cercano nosotros y ha curado nuestras heridas, nuestros traumas. Entonces nos acercaríamos a todos los seres vivos heridos como nosotros, solidarios en el dolor, y no resistiríamos el movimiento de la compasión. Las heridas del hombre tirado en el camino son también lo que la primera lectura llama "maldad". Ya se trate de "maldad" o "heridas", el Señor nunca huye y pide que cuidemos recíprocamente nuestras fragilidades.
La narración da un giro de ciento ochenta grados cuando dice: "Pero un samaritano". Este samaritano, que tenía razones suficientes para no detenerse y acercarse —recordemos que los judíos no tenían buenas relaciones con los samaritanos— se comporta de modo inesperado. No solo "lo vio" como los otros dos, sino que además de verlo, "se compadeció de él". Este es el modo de ver propio del corazón.
El amor, la compasión, no hace distinciones. Se detiene, se inclina, se ensucia las manos. Y no pregunta si la persona lo merece. Simplemente se pregunta: ¿qué puedo hacer por él? Cada vez que elegimos detenernos y cuidar a un herido, el mundo se vuelve un poco más humano y también un poco más divino.
El hombre herido no sólo le debe gratitud al samaritano, sino también al "dueño del mesón" que ha seguido cuidándolo durante su ausencia. Nosotros somos también como ese dueño del mesón al que el Señor confía al hermano como sacramento de su presencia durante el tiempo de su ausencia.
Un cristiano de la Iglesia ortodoxa decía que en la espiritualidad cristiana oriental la verdadera madurez se mide por la compasión. Para enfatizar su importancia decía: "Hay que aprender a tener tanta compasión hasta el punto de sentirla también hacia el diablo".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 10, 25-37
Se presentó ante Jesús un
doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: "Maestro, ¿qué debo hacer
para conseguir la vida eterna?" Jesús le dijo: "¿Qué es lo que está escrito en
la ley? ¿Qué lees en ella?" El doctor de la ley contestó: "Amarás al Señor tu
Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo
tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo". Jesús le dijo: "Has contestado bien;
si haces eso, vivirás".
El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: "¿Y quién es mi prójimo?" Jesús le dijo: "Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: 'Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso'.
¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?" El doctor de la ley le respondió: "El que tuvo compasión de él". Entonces Jesús le dijo: "Anda y haz tú lo mismo".
XXVII Domingo Tiempo Ordinario
"Vivirá por su fe"
No es fácil entender cómo Dios está tejiendo el curso de los acontecimientos; pero es aún más difícil tratar de encontrar el hilo del sentido cuando estamos en la prueba, cuando a nuestro alrededor se perpetúa la injusticia, cuando los violentos prosperan y triunfan, cuando los pacíficos y los buenos son dejados de lado. Este tiempo oscuro e incomprensible, en el que la presencia de Dios parece difícil de rastrear, puede durar mucho tiempo.
No temamos cuestionar a Dios, como hace el profeta Habacuc, en la primera lectura: "¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio, sin que me escuches, y denunciaré a gritos la violencia que reina, sin que vengas a salvarme?". Habacuc pide cuentas a Dios del mal. ¿Es que estás ciego y sordo? Es verdad, que el pueblo ha pecado, pero ¿por qué debe ser oprimido por un pueblo que es aún más pecador? Dios responde al profeta. Lo invita a esperar la victoria final. No dice cuándo llegará, porque en esa espera se revela la fe, la capacidad de esperar: "Si se tarda, espéralo, pues llegará sin falta. El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe".
En el tiempo de la prueba descubrimos cuál es la relación que tenemos con Dios: si somos como niños caprichosos que no ven más que sus necesidades inmediatas, si somos adolescentes convencidos de que merecemos todo y enseguida, si estamos resignados como la gente decepcionada que ya no espera nada.
¿Qué hacer en el tiempo de la prueba, cuando la fe parece fallar? La segunda lectura nos lleva a un momento de prueba para san Pablo y para la comunidad. Pablo está en la prisión. La comunidad no solo ha quedado sin guía, sino que ve un futuro oscuro. Desde la cárcel, Pablo invita a reavivar el don que hemos recibido, el don del Espíritu, y el anuncio de que Cristo murió por nosotros y nunca nos abandonará.
Probablemente en un contexto de crisis de la primera comunidad cristiana, cuando parecía que no valía la pena seguir creyendo, Lucas recuerda la petición que los discípulos dirigen a Jesús: "Aumenta nuestra fe". Acrecienta, Señor, nuestra fe cuando tenemos ganas de desertar, cuando no podemos esperar más, cuando los violentos parecen ganar, cuando Tú pareces ausente.
Pensamos que si tuviéramos más fe, todo sería más simple. Sin embargo, Jesús dice: "Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza". Basta un poco de fe. Y todos tenemos ese "poco". Esa poca fe es tan poderosa que cambia nuestra visión del mundo. Lo que debemos hacer es simplemente activarla, creer, contemplando a Cristo crucificado que lleva a la victoria de la resurrección. Y recordar que generalmente no hay fe sin dudas, pero que las dudas son impulsos para profundizar la fe.
Pero, ¿qué es la fe? La fe no es un paquete que llega por correo: es nuestra respuesta a la seducción de Dios, a su amor. La fe no es una cuestión de cantidad sino de calidad, de relación con Dios; no se acumula, se habita y se vive. "Aumenta nuestra fe" es como decirle a Dios: "Dame un pedacito de ti que yo pueda salvar en mí, incluso en los días oscuros".
La conclusión del relato, "no somos más que siervos, hicimos lo que teníamos que hacer", nos libera de la ansiedad de los resultados y nos da una sensación de libertad y serenidad. Intentemos ser simplemente siervos que sirven a Dios y a los demás sin necesidad de recompensas o aplausos. Servir al Señor da un sabor totalmente diferente a la existencia. Nuestra recompensa es la misma fe, porque no hay vida más bella e interesante que la vivida en Dios y según Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 17, 5-10
Los apóstoles dijeron al Señor: "Auméntanos la fe". El Señor les contestó: "Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', y los obedecería.
¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: 'Entra enseguida y ponte a comer'? ¿No le dirá más bien: 'Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú'? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación? Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: 'No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer' ".
XXVI Viernes Tiempo Ordinario
Todavía estamos a tiempo
Los "¡ay!" de Jesús contra las ciudades que no han querido acoger su anuncio de liberación resuenan como una auto condena. Cuando estamos perdidos en la oscuridad, rechazamos la luz; no escuchamos la Palabra de Dios. La expresión "¡ay!" es un lamento, no una condena. Jesús ni condena, ni castiga, ni amenaza. Los "¡ay!" no expresan venganza o rechazo. Son una llamada urgente a la conversión. Los "¡ay!" de Jesús expresan sufrimiento, como el sufrimiento de un padre y una madre que ven a sus hijos perderse, que rechazan la vida, la belleza, el amor.
Cristo contrasta las ciudades de Galilea, Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm, con las ciudades paganas de Tiro y Sidón. En ningún lugar había predicado y hecho tantos milagros como en esas ciudades de Galilea. La siembra había sido abundante, pero la cosecha no fue buena: "Si en las ciudades de Tiro y de Sidón se hubieran realizado los prodigios que se han hecho en ustedes, hace mucho tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza". No siempre las personas religiosas son el mejor terreno para que florezca el reino de Dios.
Podemos perder oportunidades o personas importantes que no volverán porque no cambiamos. Hemos preferido seguir siendo las mismas personas de siempre, con las mismas certezas y hábitos. Nos quedamos quietos cuando teníamos que ponernos en marcha. Preferimos posponer lo que ya no volverá. Los signos, los tiempos, las personas que Dios nos da son para ayudarnos a crecer, a cambiar, a mejorar, es decir, a convertirnos. Pero si recibimos esto sólo como espectadores o creyendo que las merecemos, que es nuestro derecho, entonces la tragedia está a nuestra puerta.
La fe nos ayuda a valorar lo que tenemos. Es lamentable perderse el presente. Uno de los mayores riesgos es no entender o no darse cuenta de cuánta gracia nos rodea. No nos falta la caricia de Dios; nos ama incluso si somos pecadores, nos ama en los momentos de mayor fatiga y sufrimiento. Nuestra historia nunca es una historia sin gracia. Dios nos visita continuamente. ¿Por qué no nos damos cuenta de su presencia, de sus caricias, de sus visitas? Probablemente porque estamos demasiado concentrados y ocupados en otra cosa, en problemas, miedos, éxitos, proyectos.
Da un poco de escalofrío escuchar el "¡ay de ti!" de Jesús y pensar en el tiempo que hemos perdido. Pero no es tarde. Todavía estamos a tiempo. Aprendamos la lección. El Evangelio nos dice que si escucháramos la Palabra de Dios no acabaríamos como aquellos que llegaron a un punto de no retorno.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 10, 13-16
Jesús dijo: "¡Ay de ti, ciudad de Corozaín! ¡Ay de ti, ciudad de Betsaida! Porque si en las ciudades de Tiro y de Sidón se hubieran realizado los prodigios que se han hecho en ustedes, hace mucho tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza. Por eso el día del juicio será menos severo para Tiro y Sidón que para ustedes. Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás encumbrada hasta el cielo? No. Serás precipitada en el abismo".
Santos ángeles custodios
Hacerse como los niños
La creación no es sólo lo que vemos y medimos. Hay una parte que escapa a los instrumentos y análisis científicos. Corremos el riesgo de ser aplastados por una visión científica, relegando las cosas invisibles a pura superstición. La Escritura nos habla de un Dios que ha creado todas las cosas, las visibles y las invisibles. Entre ellas están los ángeles.
La fiesta de los ángeles de la guarda nos ofrece la oportunidad de recordar la preciosa y discreta compañía de los amables custodios que Dios nos ha dado como apoyo para el camino que conduce de esta vida a la otra. En la primera lectura, se ofrecen al pueblo como ayuda para no perder el camino y llegar felizmente a la meta: "Yo voy a enviar a un ángel que vaya delante de ti, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que te he preparado".
La presencia de los ángeles es percibida en la medida en que volvemos a ser "como niños", cuando vivimos más confiados que preocupados: "Yo les aseguro que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos". Jesús asocia a los ángeles con los niños. En la pequeñez de los niños se manifiesta la capacidad de dejarse guiar y acompañar. Grande es quien sabe hacerse pequeño, quien deja la presunción de creer saberlo todo, sin perder por eso la sabiduría adquirida.
Ser sensibles a estas creaturas invisibles hace que tomemos consciencia de todo lo pequeño que está a nuestro alrededor y necesita ser cuidado. Nos permite también acoger la parte más frágil y vulnerable de nosotros mismos. Nos ayuda a reconciliarnos con lo más pequeño, más pobre, más indefenso que hay en nosotros. Dios ha puesto un guardián a la puerta del niño que llevamos dentro. Pero su presencia no funciona como un seguro de vida. El ángel de la guarda no ha sido puesto a nuestro lado para evitarnos todos los peligros, sino para ayudarnos a atravesarlos.
La primera lectura exhortaba: "Respétalo y obedécelo". Probablemente desde niños nos enseñaron la devoción al ángel de la guarda y a respetarlo. Jesús confirma la exhortación de la primera lectura: "Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre".
Respetar la presencia del ángel —tan misteriosa como real— lleva a no despreciar, a respetar todo lo que, por su pequeñez, no se puede defender y es confiado a nosotros.
No sabemos qué aspecto tienen los ángeles. Ignoramos el nombre y la forma en que ejercen su oficio. Sin embargo, creemos que, gracias a su ayuda, podemos caminar con seguridad y confianza hacia la fiesta del cielo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 18, 1-5. 10
En cierta
ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Quién es más
grande en el Reino de los cielos?" Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de
ellos y les dijo: "Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen
como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Y el que reciba a un
niño como éste en mi nombre, me recibe a mí.
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo".
Santa Teresa del Niño Jesús
Amar y hacer amar a Jesús
En la etapa de enamoramiento hay entusiasmo. Sucede también en la vida espiritual. Cuando el corazón es seducido por Cristo podemos decir lo mismo que dijo aquel hombre del evangelio: "Te seguiré a donde quiera que vayas". El comienzo de toda aventura humana está cargado de promesas. Las dificultades son minimizadas. Estamos convencidos de que con un poco de buena voluntad y, tal vez, con la ayuda del Señor, todo puede fluir sin problemas. Pero no es suficiente empezar. También es necesario continuar y permanecer.
Con el paso del tiempo vienen dificultades y necesidades, situaciones y cosas que no tienen nada que ver con lo que habíamos pensado. A medida que uno se aleja del ardor inicial, las dificultades duelen como heridas abiertas, como "enterrar al padre" o "despedirse de la familia".
Según los evangelios, en el camino de los discípulos de Jesús no faltan los retrocesos y las desviaciones. Llega la tentación de creer que vincularse con alguien durante mucho tiempo sólo puede ser motivo de sufrimiento. El camino parece inútil y sin sentido. La marcha, que comenzó con los mejores augurios, comienza a tambalearse por el peso de la fatiga. Surge el desaliento, la decepción, el desencanto. A esto se asocia la tentación de mirar hacia atrás y abandonar el juego, añorando todo lo que un día dejamos atrás.
Cuando las cosas llegan a este punto, ¿qué se puede hacer para seguir adelante? ¿Qué es lo que nos permite continuar? Permanecer unidos al Señor sin ceder a los cambios de humor. No dejar de mantener la mirada fija en Jesús y comprender que vale la pena pagar un precio alto para seguirlo. Mirar hacia adelante sin nostalgia. Liberarnos del ego.
Es lo que hizo santa Teresita, la santa que hoy recordamos. Fue una monja carmelita que no destacó en su corta vida. Murió cuando tenía 24 años. Sin embargo, poco después de su muerte se desató en torno a ella un huracán de gloria.
En el tiempo de Teresita se concebía a Dios como un juez duro, severo, vengativo, opresor. El Dios de Teresita, en cambio, es el Dios de la ternura sin límites y la misericordia absoluta. Este Dios lo proyectó en las relaciones con los demás.
Teresita estuvo profundamente enamorada de Cristo. Fue la experiencia que definió su vida. Enseña que la santidad se alcanza mediante la confianza y el amor sencillo y generoso hacia Dios y hacia los demás, viviendo las tareas cotidianas con amor y ofreciéndolas como actos de amor a Dios, buscando así unirnos a Él y ser un instrumento para que otros también experimenten el amor divino. Dijo que deseaba ardientemente "amar y hacer amar a Jesús". Y lo sigue haciendo desde el cielo, enviando una "lluvia de rosas", es decir, de gracias y bendiciones, para alentarnos a amar más a Dios y como una señal de que Él está presente y actuando en nuestras vidas.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 9. 57-62
Mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, alguien le dijo: "Te seguiré a donde quiera que vayas". Jesús le respondió: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza".
A otro, Jesús le dijo: "Sígueme". Pero él le respondió: "Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre". Jesús le replicó: "Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios".
Otro le dijo: "Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia". Jesús le contestó: "El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios".
Santos Miguel, Gabriel y Rafael, arcángeles
El cielo abierto
Cuando pensamos en los ángeles quizás pensamos en creaturas exentas de la fatiga de vivir y ajenas a nuestra experiencia de lucha. Sin embargo, los arcángeles —que hoy recordamos— están involucrados en nuestras luchas. Miguel, Gabriel y Rafael pueden definirse como una especie de "trinidad angélica" que está a nuestro lado para ayudarnos a llevar con valentía nuestra lucha espiritual. Su papel es precisamente ayudarnos, sostenernos y guiarnos en este combate espiritual.
La vida cristiana es una lucha porque se trata de un renacimiento que nunca sucede de una vez por todas y lleva consigo una porción de dolor. Por ejemplo, ¿nos resulta fácil rezar? ¿Es natural amar a todos, incluso desearles el bien a quienes nos ha hecho el mal, como nos enseñó Jesús? ¿Quién de nosotros no experimenta una crisis cuando se mide con ciertas páginas del Evangelio? Los ángeles son valiosos compañeros de viaje que nos ayudan a permanecer en diálogo, en comunión, con Dios y recibir su fuerza.
En el evangelio de hoy, Jesús anuncia a Natanael una manera nueva de entender su identidad y las consecuencias de seguirlo: "Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre". No es poesía, es una revelación. Cristo habla de un cielo abierto y de un Dios que se pone de nuestra parte, que hace posible la comunión gozosa con Él. Esta comunión, sin embargo, está siempre amenazada, siempre en peligro.
Los arcángeles vienen en nuestra ayuda; conectan el cielo y la tierra, Dios y el ser humano. El nombre de cada uno ellos, revela un aspecto particular del apoyo que el Señor nos ofrece desde su "cielo abierto". El arcángel Gabriel anuncia a María —y a través de ella a todos— un nuevo sentido de la vida que la cambia radicalmente. También necesitamos que alguien tome en serio en nuestra debilidad, cure nuestras heridas sin condenarnos. Esta acción compasiva de Dios está representada por Rafael. Por último, tenemos necesidad de sentirnos a salvo del mal, que quiere confundirnos, herirnos, romper la convicción de ser amados. Esta protección está representada por Miguel. Este arcángel nos custodia para que nada nos arranca de las manos del Señor.
La fiesta de los arcángeles nos invita a dar gracias a Dios por su cercanía a través de estos seres celestiales y nos estimula a ser como ellos: a ayudar en la lucha contra el mal, a ser portadores de las buenas noticias de Dios y a ser un bálsamo para las heridas de los que nos rodean. Celebremos, honremos, demos gracias a los arcángeles porque, cuando abrimos la mirada interior, reconocemos su obra en nuestra vida.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 1, 47-51
Cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: "Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez". Natanael le preguntó: "¿De dónde me conoces?" Jesús le respondió: "Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera". Respondió Natanael: "Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel". Jesús le contestó: "Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver". Después añadió: "Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre".
XXVI Domingo Tiempo Ordinario
Despertar
Vivimos en una época marcada por una evolución tecnológica sin precedentes, una carrera constante hacia el confort, la eficiencia y la satisfacción instantánea. Estamos hiper alimentados de estímulos y satisfacciones que prometen hacernos la vida más fácil y agradable. Pero, ¿qué pasaría si precisamente este bienestar, esta sobreabundancia de placeres, estuviera debilitando nuestra capacidad de ver el mundo tal como es? ¿Y si la comodidad, en lugar de ser un aliado, se ha convertido en una jaula dorada que atrofia nuestros sentidos y nuestra alma?
Uno de los peligros del bienestar es la atrofia sensorial. Basta pensar en los niños que crecen inmersos en las pantallas de computadoras y teléfonos inteligentes. Según estudios, al recibir una cantidad masiva de imágenes pierden, entre otras cosas, la capacidad de imaginar por sí mismos. Este es sólo un ejemplo de cómo el exceso de estímulos externos puede debilitar nuestras facultades internas.
El rico de la parábola está completamente inmerso en su comodidad, sin darse cuenta hacia dónde lo está llevando. Tan inmerso que se vuelve ciego y sordo ante la presencia de Lázaro, un mendigo que está a la puerta de su casa. La paradoja salta a la vista: la comodidad, el placer y la obsesión por la estética, en lugar de enriquecer su vida, lo despojaron de su humanidad, lo volvieron incapaz de ver el sufrimiento que estaba a su lado.
"Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto". El significado de estas palabras es profundo y terrible: el problema no es la falta de pruebas o milagros, sino la atrofia de los sentidos. Si nuestra capacidad de percibir el mundo está adormecida por el exceso de placeres, ninguna verdad, por más grande que sea, podrá convencernos. No basta un acontecimiento extraordinario para despertarse; es necesario superar la atrofia de los sentidos. Desde esta perspectiva, la cruz, el dolor y las incomodidades que nos visitan tienen la finalidad precisamente de abrirnos los ojos.
El punto más desconcertante y transformador de la parábola es este: el pobre que está en la puerta no es un problema, sino un regalo. Lázaro le parece una molestia al rico. Era exactamente lo contrario: era una oportunidad. Esta inversión de perspectiva es clave. "Lázaro" no es solo el mendigo, sino el símbolo de toda forma de sufrimiento e incomodidad que desafía nuestra comodidad. Los pobres, los problemas, los sufrimientos que nos rodean no son para fastidiarnos. A través de ellos Dios nos visita para despertarnos del letargo del bienestar. Ese mendigo, incómodo y molesto, era un regalo de Dios para el rico insensible.
En una época obsesionada con la apariencia y el bienestar, el riesgo de construir nuestro propio camino de perdición es real. La búsqueda constante de placer y comodidad nos hace ciegos no solo a los necesitados, sino también a las personas que tenemos a nuestro alrededor. Decía Simone Weil que "el primer milagro es darse cuenta de que el otro existe".
La parábola es un llamado urgente a despertar. La pregunta es: ¿Qué estamos dejando de ver? ¿Quién es el Lázaro que hoy está en la puerta de nuestra vida, bajo la forma de un problema o un sufrimiento que ignoramos? ¿Nos estamos dando cuenta de que esta podría ser una oportunidad para despertar, para humanizarnos?
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 16, 19-31
Jesús dijo a los fariseos: "Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.
Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él. Entonces gritó: «Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas». Pero Abraham le contestó: «Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá».
El rico insistió: «Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos». Abraham le dijo: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». Pero el rico replicó: «No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán». Abraham repuso: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto»".
XXV Viernes Tiempo Ordinario
Construir y reconstruir
Construir y reconstruir es hermoso, estimulante. Nos construimos y reconstruimos a nosotros mismos, construimos y reconstruimos el mundo y la historia, construimos y reconstruimos el reino de Dios unidos a Cristo.
Pero el entusiasmo, sometido a la prueba del tiempo, conoce también la fatiga y el desaliento, especialmente cuando nos damoscuentade que los resultados casi nunca coinciden con lo previsto. El profeta Ageo es llamado por Dios a hablar al pueblo y a sus jefes precisamente en un momento así, cuando se tarda la reconstrucción del Templo.
Ageo invita al pueblo a mirar más allá de los escombros de la destrucción para imaginar un mundo mejor. Cuando la vida personal y social se presenta con su lado más duro, se hace necesario y urgente hacer espacio a lo que el profeta presenta como una promesa que supera toda imaginación: "La gloria de este segundo templo será mayor que la del primero, y en este sitio daré yo la paz". Reencontrar la esperanza exige no replegarse en el propio dolor para poder involucrarse con generosidad en los procesos de transformación de la realidad. Como creyentes estamos llamados a mirar al futuro con una confianza abierta a las transformaciones.
A través de preguntas, el profeta quiere impedir el extravío del pueblo: "¿Queda alguien entre ustedes que haya visto este templo en el esplendor que antes tenía? ¿Y qué es lo que ven ahora? ¿Acaso no es muy poca cosa a sus ojos?". Cristo también pregunta a los suyos: "¿Quién dicen que soy yo?". Pedro contesta: "El Mesías de Dios". Jesús acepta el reconocimiento mesiánico de Pedro, pero lo completa y lo precisa: "Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día".
En estas palabras, Jesús expresan su manera de entender la espera del Mesías en términos mucho grandes que la simple solución de problemas. No sólo sufrir, sino "sufrir mucho" es el secreto para comprender el misterio de Cristo como Mesías.
Como el profeta Ageo, Cristo nos exhorta a no dejar nunca la tarea de construir del reino de Dios, incluso cuando el sufrimiento, la exclusión y la muerte se conviertan en horizontes inevitables. Nunca debemos perder de vista sus últimas palabras: "resucite al tercer día". A pesar de todos los sufrimientos, al tercer día el amor resucita de la muerte. Y como dice el psiquiatra italiano Giacomo Dacquino: "El amor no es sólo un sentimiento, sino un bien que hay que conservar con un compromiso constante, una educación permanente… Es como un fuego en el que cada uno debe poner su parte de leña para alimentarlo".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 9, 18-22
Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: "¿Quién dice la gente que soy yo?" Ellos contestaron: "Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los antiguos profetas, que ha resucitado".
Él les dijo: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Respondió Pedro: "El Mesías de Dios". Entonces Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie.
Después les dijo: "Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día".
XXV Jueves Tiempo Ordinario
Tiempo de Gracia
La confusión reina en el rey Herodes. Donde obra el mal es difícil ver la luz. Si a veces nuestro juicio y nuestra capacidad de discernimiento son presa de la confusión, quizás sea porque hemos buscado la oscuridad y estamos en la oscuridad. Si nos distanciamos de ella podemos esperar ver algo.
Puede ser que, como Herodes, estamos deseando encontrar a Dios, reconocerlo, pero a veces sentimos que no logramos identificar su persona, comprender su modo de actuar. En Herodes hay una chispa de luz: "Y tenía curiosidad de ver a Jesús". A pesar de la situación estructuralmente incorrecta de Herodes, conserva el deseo de ver la verdad, de ver a Jesús. Es un buen punto de partida. Pero que no quede en un punto de partida.
Los deseos son motores. Nacen en los ojos y mueven los pies, arman las manos, invitan a trazar proyectos. Pero Herodes muestra una anomalía. El deseo queda bloqueado. Más adelante, el Evangelio dirá que este deseo quedó en un hermoso, pero estéril pensamiento. Cuando Herodes tenga finalmente la oportunidad de ver a Jesús durante la Pasión del Señor, le hará varias preguntas sin obtener ninguna respuesta. Prefiere estrechar los vínculos con Pilatos que buscar la verdad.
La actitud de Herodes es más común de lo que pensamos. Corremos el riesgo de buscar sin movernos y sin involucrarnos. En la primera lectura, el profeta Ageo habla de la sutil pereza en la que podemos caer. Dejamos para después el momento de movernos hacia las cosas grandes a las que nuestro corazón se siente llamado: "Este pueblo mío anda diciendo que todavía no ha llegado el momento de reconstruir el templo".
El profeta exhorta: "Reflexionen sobre su situación". Ageo nos ayuda a comprender que el discernimiento no se limita a una operación intelectual. Hay que partir de la vida: "Han comido, pero siguen con hambre; han bebido, pero siguen con sed; se han vestido, pero siguen con frío". Los israelitas se habían concentrado en reconstruir sus casas y habían descuidado reconstruir el templo del Señor. Lo que debería ser prioritario se convirtió en secundario. Por eso la invitación del profeta a darle al Señor el lugar que le corresponde, porque Dios es la Roca sobre la cual debemos construir la casa.
Si las cosas están así, queda algo por hacer. Ir a la verdad de nuestro deseo y a la insatisfacción que nos habita, y confrontarlos con la pobreza de lo que hemos realizado, hasta comprender que somos nosotros los que hemos creado la distancia que los separa. Nosotros, favorecidos con la gracia que Dios da continuamente a sus hijas e hijos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 9, 7-9
El rey Herodes se enteró de todos los prodigios
que Jesús hacía y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había
resucitado; otros, que había regresado Elías, y otros, que había vuelto a la
vida uno de los antiguos profetas.
Pero Herodes decía: "A Juan yo lo mandé decapitar. ¿Quién será, pues, éste del
que oigo semejantes cosas?" Y tenía curiosidad de ver a
Jesús.
XXV Miércoles Tiempo Ordinario
Dios confía en nosotros
La primera lectura nos hace tomar consciencia de que Dios entra en nuestros exilios más dolorosos para ofrecernos el consuelo de un refugio y de una esperanza. Es lo que experimentamos cada vez que, después de habernos alejado a causa del pecado, levantamos la mirada hacia Él superando la vergüenza y el miedo.
Cuando el pueblo regresa a su tierra después del exilio, el escriba Esdras hace una oración: "Dios mío, de pura vergüenza no me atrevo a levantar el rostro hacia ti, porque nuestros pecados se han multiplicado hasta cubrirnos por completo". La conciencia de las culpas puede hacer que se estreche el horizonte de la esperanza y se abra la puerta a la desesperación. Cuando cedemos a la desesperanza difícilmente podemos experimentar la salvación, porque perdemos el asidero con el cual la gracia puede levantarnos de nuestra postración y hacernos experimentar el alivio que viene de lo alto.
Pero Esdras no se rinde. No se inclina sobre su propia culpa y la culpa del pueblo. Resiste la tentación de replegarse sobre porque esto mata la esperanza. Resuena un "pero" que hace la diferencia: "Pero ahora, Señor, Dios nuestro, te has compadecido de nosotros". Como Esdras, estamos invitados a no cerrar los ojos ante nuestras infidelidades; pero, sobre todo, a abrir nuestro corazón a la gracia.
A la luz de esto, podemos decir que la misión que Jesús confía a sus apóstoles es una misión de gracia, de alivio. No los envía a transmitir una doctrina, sino a dar testimonio de la gracia con la cual las situaciones más dolorosas pueden ser transformadas en ocasión de gracia. Cristo les comparte a sus discípulos la fuerza y el poder del reino de Dios, para curar y liberar. El Evangelio es significativo en los días de las lágrimas y en aquellos de la fiesta, cuando el hijo se va, cuando el anciano pierde la cordura o la salud.
Para expulsar demonios y curar enfermedades los discípulos necesitan libertad de corazón, pobreza de medios, para evitar que éstos oscurezcan el don de la gracia. Están llamados a experimentar la alegría de darse a sí mismos y la gracias de Dios, ser libres del ansia de eficacia y rendimiento. Como decía Giovanni Vannucci: "El anunciador debe ser infinitamente pequeño porque el anuncio es infinitamente grande".
El Señor confía en los suyos a pesar de su pobreza. De hecho, la pobreza no es un obstáculo; al contrario, es una ayuda. En la pobreza se manifiesta la gracia, la riqueza de Dios. Cristo pone en nuestras manos frágiles lo que ha recibido del Padre: su Palabra, su perdón, el fuego de su amor, horizontes de esperanza.
Lucas 9, 1-6
Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a predicar el Reino de Dios y a curar a los enfermos.
Y les dijo: "No lleven nada para el camino: ni bastón, ni morral, ni comida, ni dinero, ni dos túnicas. Quédense en la casa donde se alojen, hasta que se vayan de aquel sitio. Y si en algún pueblo no los reciben, salgan de ahí y sacúdanse el polvo de los pies en señal de acusación". Ellos se pusieron en camino y fueron de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio y curando en todas partes.
San Pío de Pietrelcina
La familia de Jesús
No debe haber sido fácil para la madre y los parientes de Jesús enterarse de que las cosas habían cambiado. Abrazando una vida itinerante, enfocada al anuncio del reino de Dios, Jesús era ya un famoso maestro, lleno de actividades y rodeado por multitudes de discípulos. Tampoco debió haber sido agradable la respuesta de Jesús cuando expresaron su deseo de encontrase con él: "Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica".
Parece que a la respuesta de Jesús le faltaba tacto y diplomacia; sobre todo para María, unida a él en una relación muy profunda de amor y fe. Sin embargo, si lo pensamos bien, en el corazón de María estas palabras debieron parecer dulces y familiares, casi un compendio de lo que ella misma había enseñado a su hijo. En efecto, la Virgen se había convertido en la madre del Dios hecho hombre precisamente así: escuchando y poniendo en práctica la palabra de Dios, anunciada a ella por medio del ángel.
Con su respuesta, Jesús no hizo otra cosa que recordarle a María cómo su singular relación de fe, de amor y de sangre con ella se ensanchaba hasta abarcar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica.
Hoy recordamos al Padre Pío de Pietrelcina, un fraile franciscano capuchino. Su devoción a la Virgen María era profunda y arraigada desde la infancia. La veía como una madre y una fuente de gracia y fuerza espiritual.
Ya en vida, el Padre Pío gozó de una notable veneración popular. Tenía fama de taumaturgo, de confesor y acompañante espiritual. Es conocido por haber recibido, como Francisco de Asís, las heridas de la pasión de Cristo en su cuerpo. El papa Benedicto XV dijo: "El padre Pío es uno de esos hombres extraordinarios que Dios manda de vez en cuando para convertir a los hombres". Son incontables las personas que hablan de la protección especial y de la "presencia viva" del padre Pío en su vida.
La figura de Padre Pío corre el riesgo de ser abordada superficialmente cuando nos detenemos en nuestro deseo de ver signos y no somos capaces de captar quién y qué está detrás de ellos. Hay que captar lo que hay detrás de las heridas del Padre Pío. Detrás de esas heridas está el encuentro con Jesucristo Crucificado que le dejó la certeza de ser amado total e incondicionalmente. Su mayor pesar será no corresponder lo suficiente al amor recibido. El Crucificado le hará comprender que donde parece haber sólo fracaso, dolor, derrota, ahí está toda la potencia del Amor ilimitado de Dios. El Padre Pío estuvo siempre acompañado por esta certeza: Dios se sirve de modos e instrumentos que nos pueden parecer débiles.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 8, 19-21
Fueron a
ver a Jesús su madre y sus parientes, pero no podían llegar hasta donde él
estaba porque había mucha gente. Entonces alguien le fue a decir: "Tu madre y
tus hermanos están allá afuera y quieren verte". Pero él respondió:
"Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la
ponen en práctica".
XXV Lunes Tiempo Ordinario
Iluminados para iluminar
La primera lectura narra cómo, en lo más hondo de las tinieblas de la desesperación del exilio —que con el tiempo se había transformado en hábito y resignación— se levanta, finalmente, una luz. Esta luz se manifiesta en un llamado que no sólo viene de lejos, sino que también proviene de donde nadie lo esperaría. Ciro, rey de Persia, un rey extranjero y pagano, se hace portavoz de un nuevo comienzo para el pueblo de Dios, aturdido por dolor y el sufrimiento que —como nos puede suceder a nosotros— debilitan la esperanza y la audacia.
El pueblo —adaptado ya a la esclavitud y la sumisión— es invitado a recuperar el ánimo y a reencontrar un dinamismo que pone en marcha y reaviva la fantasía. El rey Ciro decreta: "Dejen que el gobernador y los dirigentes de los judíos reconstruyan el templo de Dios en su antiguo sitio… Con los impuestos de la región del otro lado del río, destinados al rey, se les pagarán puntualmente los gastos a esos hombres, para que no se interrumpa el trabajo". El pueblo es liberado del exilio para que reconstruya su relación con Dios y reconstruya su vida. Construir y reconstruir indican un movimiento interior que acompaña la historia de la humanidad en sus mejores momentos.
Jesús radicaliza esta invitación con la imagen del fuego, el cual, por su misma naturaleza, se levanta hacia lo alto y difunde a su alrededor un resplandor que permite a la vida expandirse y revelar su belleza. Si el rey Ciro invita al pueblo a salir y reconstruir, Jesús nos invita a vivir de manera luminosa y gozosa, sin ceder a la tentación de replegarnos sobre nosotros mismos o de cubrirnos con el manto del miedo que paraliza.
Es claro que una vela se enciende para iluminar. Su simbología también es clara: Cristo es como una luz que brilla, a pesar de las dificultades y los obstáculos. Entonces, ¿por qué el Maestro plantea situaciones tan absurdas, como la de una vela que termina bajo una vasija, con el riesgo de apagarse? ¿O debajo de una cama, con el riesgo de incendiarla? ¿Quién de nosotros llegaría a cometer acciones tan absurdas? Si Jesús habla de esto es porque existe el riesgo de hacer realidad estas situaciones absurdas.
La luz de la fe, del amor, de la esperanza, de la bondad, en pocas palabras, la luz de Cristo ha sido encendida en nosotros. Somos luz no porque seamos virtuosos, sino porque fue encendida en nosotros. No la ocultemos. No nos privemos a nosotros mismos y a los demás de esa luz. Jesús no pide hacer cosas extraordinarias sino llevar la luz al espacio más ordinario de la existencia. Las palabas de la primera lectura podrían indicar el dinamismo que anima nuestros corazones cada día: "Así los dirigentes de los judíos avanzaron con rapidez en la reconstrucción del templo".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 8, 16-18
Jesús dijo a la multitud: "Nadie enciende una vela y la tapa con alguna vasija o la esconde debajo de la cama, sino que la pone en un candelero, para que los que entren puedan ver la luz. Porque nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público.
Fíjense, pues, si están entendiendo bien, porque al que tiene se le dará más; pero al que no tiene, se le quitará aun aquello que cree tener".
XXV Domingo Tiempo Ordinario
La riqueza, instrumento de salvación
La compleja parábola del administrador deshonesto interpreta la vida como un tiempo para administrar los dones recibidos de Dios (talentos, bienes, personas), de los cuales un día tendremos que dar cuenta al Dueño. La pregunta de fondo que plantea la parábola es esta: ¿Cómo estoy administrando la vida, el tiempo, que han sido puestos en mis manos?
Todos somos administradores y administradores deshonestos, porque —quien más, quien menos— usamos como si fuera nuestro algo que no lo es. Empezando con la vida, todo es un don. Jesús lo dice claramente: somos administradores de una riqueza ajena. El sentido de la vida está aquí: cómo administrar lo que nos ha sido confiado.
El punto crucial y aparentemente contradictorio de la parábola es la alabanza del amo al administrador. ¿Por qué la alabanza? Cuando el patrón le pide cuentas, la única opción que tiene el administrador es afrontar la situación. En su futuro se perfila un horizonte negro. Y precisamente en el momento de la crisis, descubre el sentido de la vida. Jesús no alaba su deshonestidad, sino su manera de afrontar la crisis. No se pierde en lamentos, ni en patéticas autodefensas y declaraciones de inocencia, no denuncia conspiraciones en su contra. Toma nota de la situación y se pregunta: "¿Qué voy a hacer?". La pregunta explota en el corazón. ¿Qué hacer con el tiempo que me queda? ¿Qué necesito realmente?
En ese momento podría seguir acumulando más dinero. Pero comprende que el sentido de la vida —la buena administración— es con/donar, es decir, donar, reglar sin reservas, aunque los demás no tenga ningún mérito, quitarles un peso de encima, hacerlos felices. El administrador comprende que los bienes del dueño (Dios) se administran correctamente usándolos con misericordia. Dios nos pide ser justos; pero, sobre todo, ser misericordiosos. El administrador deshonesto es elogiado porque ha elegido el camino de la generosidad, reflejo de la generosidad divina. ¡Se ha creado un futuro condonado las deudas de otros!
Jesús concluye la parábola con una invitación: "Con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo". Es una invitación a ganar amigos. El administrador deshonesto había invertido astutamente para ganar y acumular dinero; ahora usará el dinero para hacer amigos, para acumular amigos. "Haz amigos", dice Cristo. Invierte en afecto, relaciones, amistad. Haz amigos regalando tiempo, sonrisas, apoyo afectivo y económico, aliento. Si hacemos esto, habremos hecho la inversión más rentable de nuestras vidas.
¿Quién gana realmente, en el juego de esta vida y en el juego de la vida eterna? Quien ha hecho de lo que posee un sacramento de comunión. Es crucial reconocer que nuestras posesiones pueden ser un sacramento. La riqueza puede ser instrumento de salvación o de perdición.
El que elige servir al dinero termina esclavo de la vanagloria y la soberbia; el que elige servir a Dios reconoce la Fuente de todo don y es libre. Comprende que es sólo administrador y, por lo tanto, está dispuesto a devolver lo que ha recibido. Los que ha ayudado serán quienes den testimonio a su favor para entrar en el cielo, que es lo nuestro y no el dinero, diciendo: "Sí, este puede entrar en el cielo; porque me ha tratado con misericordia, me ha ayudado, ha utilizado los bienes de Dios para remediar mis necesidades".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 16, 1-13
Jesús dijo a sus discípulos: "Había una vez un
hombre rico que tenía un administrador, el cual fue acusado ante él de haberle
malgastado sus bienes. Lo llamó y le dijo: «¿Es cierto lo que me han dicho de
ti? Dame cuenta de tu trabajo, porque en adelante ya no serás administrador». Entonces
el administrador se puso a pensar: «¿Qué voy a hacer ahora que me quitan el
trabajo? No tengo fuerzas para trabajar la tierra y me da vergüenza pedir
limosna. Ya sé lo que voy a hacer, para tener a alguien que me reciba en su
casa, cuando me despidan».
Entonces fue llamando uno por uno a los deudores de su amo. Al primero le
preguntó: «¿Cuánto le debes a mi amo?» El hombre respondió: «Cien barriles de
aceite». El administrador le dijo: «Toma tu recibo, date prisa y haz otro por
cincuenta». Luego preguntó al siguiente: «Y tú, ¿cuánto debes?» Este respondió:
«Cien sacos de trigo». El administrador le dijo: «Toma tu recibo y haz otro por
ochenta». El amo tuvo que reconocer que su mal administrador había procedido
con habilidad. Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus
negocios que los que pertenecen a la luz. Y yo les digo: Con el dinero, tan
lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando
ustedes mueran, los reciban en el cielo.
El que es fiel en las cosas pequeñas, también es fiel en las grandes; y el que es infiel en las cosas pequeñas, también es infiel en las grandes. Si ustedes no son fieles administradores del dinero, tan lleno de injusticias, ¿quién les confiará los bienes verdaderos? Y si no han sido fieles en lo que no es de ustedes, ¿quién les confiará lo que sí es de ustedes?
No hay criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero".XXIV Tiempo Ordinario
¿Cómo puedo amar más?
Es de sobra conocido que, en tiempo de Jesús, las mujeres, formaban un grupo marginado. Jesús decide entrar allí. No lo hace por una lucha política o ideológica sino porque está convencido de que en los márgenes de la historia y de la sociedad se encuentra Dios. Excluir a las mujeres es privarse de una manera privilegiada a través de la cual Dios se hace presente y actúa.
Casi siempre se habla del grupo de los Doce que sigue a Jesús. Pero las mujeres también formaban parte del grupo que lo seguía. Eran mujeres convertidas al amor de Jesús. Habían experimentado la fuerza de la gracia sanadora Cristo y se habían enamorado de una nueva forma de vivir. Eran simplemente ellas mismas, sin necesidad de un hombre que las protegiera como un amo. Procedían de las altas esferas de la sociedad. Ayudaban a Jesús y a los otros discípulos en lo necesario para su itinerancia: comida, ropa, dinero.
Las mujeres recorren junto al Señor y a los discípulos un camino de liberación y de iluminación progresiva. Seguir a Cristo nos cura del miedo a las diferencias y nos une. Dice san Pablo que "en Cristo ya no hay diferencia entre varón y mujer; porque todos son uno en Cristo Jesús".
La presencia de un grupo de mujeres junto a Jesús y los apóstoles es fundamental para la Iglesia. Algo que no debemos olvidar si queremos permanecer creativamente fieles a las intuiciones de nuestro Señor. La presencia y el rol de las mujeres en la Iglesia es hoy tema de debate, con posturas muy diferentes y a veces irreconciliables. Pongamos atención al relato de Lucas.
El modo de actuar de las mujeres que acompañaban a Cristo manifiesta la manera como ellas concebían la vida: "Los ayudaban con sus propios bienes". No están preocupadas por acumular para sí mismas. Son capaces de cuidar a los necesitados. Su compartir es el signo concreto de una vida no replegada sobre sí misma y de un camino recorrido juntos.
Las mujeres recuerdan que, si el anuncio del Evangelio quiere llegar en profundidad, no pueden faltar nunca la atención, el cuidado, la ternura y un plus del amor. Las mujeres recuerdan cómo es posible llegar a no traicionar y no renegar del Señor, lo que sucedió con el grupo de varones, con excepción de Juan. No basta estar en el grupo de los seguidores de Jesús. Hay que está dispuestos a permanecer con él en el momento en que el cual no confirma nuestras expectativas. Recuerdan que no se disfruta plenamente la resurrección cuando no hemos aceptado asumir también el drama del dolor y de la muerte.
Hoy el Espíritu nos pide dejarnos sorprender, una vez más, por la novedad del Evangelio. Mirar con nuevos ojos. Dejar de preguntarnos "quién es más importante" y preguntarnos más bien "¿cómo puedo amar más?"; porque donde hay amor verdadero, allí está el Reino de Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 8, 1-3
Jesús comenzó a recorrer ciudades y poblados predicando la buena nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de varias enfermedades. Entre ellas iban María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, el administrador de Herodes; Susana y otras muchas, que los ayudaban con sus propios bienes.
XXIV Jueves Tiempo Ordinario
Exceso de amor
La fe de la mujer pecadora no es una fe pensada ni hablada. No se expresa en fórmulas como la de Pedro: "Tú eres el Mesías". La fe —que va siempre unida al amor— impulsa a la mujer a salir de casa a plena luz del día, sin el velo de la noche para cubrir su vergüenza, y a entrar nada menos que en la casa de un fariseo santurrón. Entra para ofrecerle a Jesús un regalo: su perfume, instrumento de trabajo tan valioso como vergonzoso. Pero algo atrae su mirada: Jesús tiene los pies sucios. Al anfitrión se le había olvidado darle agua para limpiar sus pies.
Inmediatamente un nuevo pensamiento y un nuevo sentimiento emergen a su mente: le lavará los pies con el perfume. A la consciencia de su pecado se añade la consciencia de la misericordia divina. Sabe que Jesús no sólo no la juzgará, sino que en cierto modo tiene necesidad de ella, precisamente de ella, una pecadora con corazón y ojos de mujer, incapaz de permanecer indiferente a los pies polvorientos del Señor. Las lágrimas fluyen. Lavan sus ojos antes que los pies del Maestro, para permitirle ver en sí misma algo más que una prostituta. El perfume cambia de destino. Se convierte en ofrenda derramada sobre aquellos pies fatigados y sagrados a sus ojos.
No dice nada. Sin embargo, expresa lo que es el amor cuando se puede expresar con la libertad de un corazón agradecido y feliz. A diferencia del fariseo Simón, que con rígida educación acoge al Señor como huésped en su casa, la pecadora muestra en qué consiste la fe en Cristo: mucho amor a Aquel que nos ha amado mucho.
La actitud correcta, medida, de Simón contrasta con la actitud impropia y desenfadada de la mujer que se abandona al llanto, a los cabellos sueltos, a los besos, al perfume, al lavatorio de los pies. Es el exceso de quien se sabe amada y perdonada. Esta mujer, sin nombre ni voz, que conoce muy bien el lenguaje del cuerpo, expresa con todo lo que tiene —incluido su pecado— la necesidad de agradecer y adorar a aquel que ha despertado en ella una dignidad oculta pero no perdida. Sin esperar invitación, ni dejarse intimidar por el juicio de los demás, realiza lo que ha aprendido a hacer: mostrar y ofrecer su cuerpo, consciente de no tener nada que perder al hacerlo.
A través de esta exuberancia pública de amor y de gratitud, la pecadora realiza lo que podemos hacer cuando topamos con nuestra pobreza. Muchas veces las palabras se nos escapan o ni siquiera llegan. Siempre podemos, en cambio, derramar lágrimas mientras caminamos por este "valle de lágrimas", como dice la oración de la Salve, donde sucede la larga tribulación y la gran transformación de nuestra humanidad. Y este pequeño gesto puede ser de gran ayuda para quienes, quizás, han olvidado el gran amor que precede, acompaña, sigue cada uno de nuestros pasos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 7, 36-50
Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. Una mujer de mala vida en aquella ciudad, cuando supo que Jesús iba a comer ese día en casa del fariseo, tomó consigo un frasco de alabastro con perfume, fue y se puso detrás de Jesús, y comenzó a llorar, y con sus lágrimas bañaba sus pies; los enjugó con su cabellera, los besó y los ungió con el perfume.
Viendo
esto, el fariseo que lo había invitado comenzó a pensar: "Si este hombre fuera
profeta, sabría qué clase de mujer es la que lo está tocando; sabría que es una
pecadora". Entonces Jesús le dijo: "Simón, tengo algo que decirte". El fariseo
contestó: "Dímelo, Maestro". Él le dijo: "Dos hombres le debían dinero a un
prestamista. Uno le debía quinientos denarios, y el otro, cincuenta. Como no
tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos. ¿Cuál de ellos lo amará
más?". Simón le respondió: "Supongo que aquel a quien le perdonó más".
Entonces Jesús le dijo: "Has juzgado bien". Luego, señalando a la mujer, dijo a
Simón: "¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no me ofreciste agua para los
pies, mientras que ella me los ha bañado con sus lágrimas y me los ha enjugado
con sus cabellos. Tú no me diste el beso de saludo; ella, en cambio, desde que
entró, no ha dejado de besar mis pies. Tú no ungiste con aceite mi cabeza;
ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por lo cual, yo te digo:
sus pecados, que son muchos, le han quedado perdonados, porque ha amado mucho.
En cambio, al que poco se le perdona, poco ama".
Luego le dijo a la mujer: "Tus pecados te han quedado perdonados". Los invitados empezaron a preguntarse a sí mismos: "¿Quién es éste que hasta los pecados perdona?" Jesús le dijo a la mujer: "Tu fe te ha salvado; vete en paz".