HOMILÍAS

I Martes de Cuaresma
Purificar la oración
La Palabra de Dios no es un sonido que se disipa en el aire. Es como una semilla que crece en silencio, que desciende como agua sobre una tierra árida. Dice el profeta Isaías en la primera lectura: "Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, a fin de que dé semilla para sembrar y pan para comer, así será la palabra que sale de mi". La lluvia ligera que cae sobre el campo es suave, lenta, pero penetrante y capaz de transformar el terreno árido. A veces nuestro corazón parece duro, árido, cerrado. Sin embargo, Dios no deja de hablar. Su Palabra tiene fuerza propia y cumple aquello para lo que fue enviada cuando es acogida, aunque no veamos de inmediato los frutos.
El Evangelio habla de oración. Como la lluvia hace florecer la tierra, así la oración hace florecer el alma. Orando, nuestra vida se convierte en tierra fecunda. Pero ¿en nuestra alma hay espacio para que la Palabra germine o está llena de ruidos? ¿Cómo oramos?
Las redes sociales están saturadas de palabras. Existe un hambre de conexión que no se sacia. Muchas personas opinan, discuten, gritan… y al final se sienten más solas, más ansiosas, más vacías. Jesús dice que esto no tiene cabida en la oración. La oración no es cuestión de muchas palabras. Es un encuentro con el Padre del cielo. La Cuaresma nos invita a purificar la oración: menos ruido y más profundidad. Para purificar la oración de los excesos verbales necesitamos paciencia y humildad.
Dirigirnos al Padre con pocas y sencillas palabras no significa enfriar nuestra relación con Él, sino aprender a permanecer paciente y humildemente frente al misterio de su voluntad, esperando que se convierta también en la nuestra. Significa permanecer en la confianza de que nuestros deseos serán escuchados no a fuerza de palabras, sino con una dosis fuerte de esperanza. Oremos con palabras sobrias, sinceras, cordiales, confiando en que serán escuchadas y cumplidas. Naturalmente, esto implica —además de hacer nuestra la voluntad del Padre— no pedir lo que no estamos dispuestos a dar a los demás: "Si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas". No quiere decir que el perdón es una moneda de cambio. Más bien quiere decir que si no perdonamos, nuestro corazón se cierra y no puede recibir el perdón de Dios.
La oración nos educa para creer que mucha de la felicidad que buscamos ya nos está esperando. Si sentimos que nos falta no es porque Dios esté ausente o distraído, sino porque nuestros caminos están todavía bastante alejados de sus caminos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 6, 7-15
Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes, pues, oren así:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal.
Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas".
I Lunes de Cuaresma
"Te examinarán en el amor"
Dios nos creó para ser santos. Es la vocación fundamental de todos los seres humanos. La primera lectura da voz a esta invitación: "Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo". Nuestra santidad deriva de la santidad del Creador. Y, a continuación, el libro del Levítico concretiza el camino de la santidad. Habla de los mandamientos.
Cristo no habla de mandamientos, sino de rostros concretos: "Tenía hambre... tenía sed... era extranjero... enfermo... encarcelado". Llama la atención que tanto los declarados benditos como los malditos hacen la misma pregunta: "¿Cuándo te vimos...?". Esto indica que ni unos ni otros vieron. Con su parábola, Cristo quiere abrirnos los ojos. La santidad nace cuando somos capaces de reconocer la presencia escondida de Dios en las heridas del mundo. A veces nos preguntamos: ¿dónde está Dios? Jesús narra un Dios que tiene hambre y sed, que hace suya toda la vulnerabilidad humana y pide ser reconocido y acogido. Aquí no hay mucho espacio para las interpretaciones.
El criterio con el cual seremos juzgados al final de la vida no será los éxitos obtenidos, las doctrinas aprendida, los ritos practicados, ni siquiera cuántas indulgencias hemos ganados. El criterio es el bien que hemos hecho y el amor concreto que hayamos dado. Las indulgencias son precisamente una ayuda para crecer en el amor. Esto es lo que salva. Lo resume muy bien la célebre expresión de san Juan de la Cruz: "En la tarde (de la vida) te examinarán en el amor". Nos hacemos santos cuando amamos.
El mensaje de Cristo puede ser perturbador: lo que hacemos al más pequeño, lo hacemos a él. Cada acto de amor, incluso el más pequeño y oculto, es encuentro con Cristo. Cristo no nos pide que seamos impecables (algo imposible), sino que no seamos indiferentes ante el sufrimiento humano.
El juicio de Dios no es para asustarnos: es una luz que nos ilumina y que nos impulsa a amar. Nos muestra que cada encuentro puede ser sagrado, que cada rostro cuenta. Lo que plantea la parábola no es tanto la vida del más allá, cuanto el camino que debemos seguir en el más acá para llevar a plenitud nuestra vida y salvarla.
El mensaje del Levítico y el mensaje del Evangelio no son diferentes ni opuestos. Nos dicen que Dios está presente ahí donde las personas aman y practican obras de misericordia. Lo que Cristo hace es profundizar los mandamientos. En la perspectiva cristiana, amar al prójimo no es sólo un mandamiento, es un encuentro con Cristo. Lo que hacemos a los demás, lo hacemos a Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 25, 31-46
Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.
Entonces dirá el rey a los de su derecha: 'Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme'. Los justos le contestarán entonces: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?' Y el rey les dirá: 'Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron'.
Entonces dirá también a los de su izquierda: 'Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no me dieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron'. Entonces ellos le responderán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?' Y él les replicará: 'Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo'. Entonces irán estos al castigo eterno y los justos a la vida eterna".
I Domingo de Cuaresma
Ir al desierto
Generalmente vivimos en el ruido, en la prisa, en el caos interior, distraídos. Este estilo de vida hace que vivamos en la superficie de nuestro ser, que evitamos la profundidad. Pero si queremos madurar humana y espiritualmente necesitamos ir a nuestro desierto interior, silenciar la mente, es decir, salir del alboroto emocional y la dispersión mental. De lo contrario, nos quedamos con nuestro deseo de ser mejores sin lograr cambiar un ápice; porque lo que no es reconocido, lo que no se hace consciente y se afronta, nos domina.
No tengamos miedo al silencio. Es una bendición, un don, una ayuda; es curativo, terapéutico. Ciertamente no es fácil entrar en él. Necesitamos tiempos de silencio, aparentemente inútiles, para encontrarnos con nosotros mismos, con nuestras sombras, llamarlas por su nombre, dejar de fingir que no existen; estar cara a cara con lo torcido, la debilidad, las contradicciones que hay en nosotros; experimentar nuestros límites, las rupturas interiores. Y, sobre todo descubrir la cercanía del Padre, los ángeles de Dios "que nos sirven".
El evangelio nos invita a ir al desierto interior. Elegimos ir cuando buscamos esos tiempos de soledad y silencio para estar con nosotros mismos, pero a veces no lo elegimos. Somos llevados al desierto por las circunstancias de la vida. Jesús no fue al desierto por iniciativa propia o llevado por el diablo: fue conducido por el Espíritu. Y somos conducidos por el Espíritu porque, si pudiéramos elegirlo, probablemente optaríamos por un desierto de cinco estrellas, con vista al mar. Pero eso no transforma.
El desierto no es una trampa: es un espacio de verdad. Es el lugar donde caen las máscaras, donde ya no podemos distraernos, donde emerge nuestro ser profundo, lo que somos más allá de los roles, más allá de las máscaras. Es aquí donde se realiza la verdadera lucha. El tentador quiere hacernos creer que somos diferente a lo que realmente somos. Quiere convencernos de que somos el nombre que nos han dado, los títulos adquiridos, el dinero acumulado, el estatus social conquistado. Y entonces, ¡ya no sabemos qué demonios somos!
El tentador aprovecha los momentos de fragilidad y necesidad para proponer cosas razonables, tratos ventajosos. Insinúa que el mal es el bien, que la mentira es la verdad, Este es el método del tentador. Cada una de las tentación de Jesús es una forma diferente de autoafirmación del ego, de buscar la independencia de Dios a través de la comida, el éxito o el poder de este mundo. El desierto no es estéril. Cuando atravesamos con honestidad nuestras tentaciones, surgen nuevas energías interiores. El yo se fortalece orientando los deseos, no negándolos.
En las tentaciones, Jesús experimenta la cercanía del Padre, que lo ama y lo protege no quitándole el hambre, no evitándole el peligro, no dándole éxito y poder sobre este mundo, sino sosteniéndolo con su Palabra y su Espíritu. Este amor le basta para vencer las tentaciones y renovar su "sí" al Padre Dios. Ojalá este amor sea siempre suficiente también para nosotros.
El evangelio de hoy nos enseña que la Cuaresma es un tiempo de clarificación y purificación interior: ¿qué me alimenta realmente? ¿Qué me gusta exhibir? ¿Dónde estoy buscando poder o control?
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 4, 1-11
Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: "Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes". Jesús le respondió: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios".
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: "Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna". Jesús le contestó: "También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios".
Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: "Te daré todo esto, si te postras y me adoras". Pero Jesús le replicó: "Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás". Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles para servirle.
Viernes después de Ceniza
El ayuno terapéutico
El profeta Isaías alza la voz para denunciar el ayuno ritual que no conecta con la vida. El ayuno que Dios desea no está hecho sólo de renuncias externas, sino de un corazón que se abre. Ayunar no es simplemente privarse de algo, sino liberar espacio para dejar entrar al otro: "El ayuno que yo quiero de ti es éste, dice el Señor: Que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores; que liberes a los oprimidos y rompas todos los yugos; que compartas tu pan con el hambriento y abras tu casa al pobre sin techo; que vistas al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano". El ayuno se convierte en amor concreto.
Cuando el corazón se abre, sucede algo sorprendente. Dice Isaías: "Surgirá tu luz como la aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas; te abrirá camino la justicia y la gloria del Señor cerrará tu marcha. Entonces clamarás al Señor y te responderá; lo llamarás y te dirá: 'Aquí estoy'". El ayuno es terapéutico.
El salmo responsorial da un paso más: la verdadera ofrenda agradable a Dios es un corazón contrito y humillado. No un corazón humillado por el miedo, sino por la verdad, porque la humildad es la verdad. Solo un corazón que reconoce la propia miseria puede convertirse en espacio de misericordia.
Y el Evangelio recoge una pregunta que le hicieron a Jesús: "¿Por qué tus discípulos no ayunan?". El Señor responde con una imagen festiva: "¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos?". La vida cristiana no está centrada en las renuncias, sino en la fiesta, en la relación con el Esposo Cristo. El ayuno es preparación para el encuentro; es desear a Dios más que cualquier otra cosa; es el silencio que prepara la fiesta; es la espera que protege la alegría.
Esto no significa que el ayuno material no tenga sentido. Tiene mucho sentido en nuestra sociedad opulenta incapaz de valorar el hambre y la sed. No le vemos sentido a la privación. Queremos pasar por la vida con todas las necesidades satisfechas.
Finalmente, Jesús agrega: "Vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán". Desde aquí el ayuno cobra un nuevo sentido y valor: es el signo de nuestra participación en el evento doloroso de la pasión y muerte del Señor. Viene a ser una forma de culto espiritual y de vigilante espera, que se hace particularmente intensa en el Triduo Pascual que culmina en la resurrección y hacia el cual nos encamina la Cuaresma.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 9, 14-15
Los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: "¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?". Jesús les respondió: "¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán".
Jueves después de Ceniza
La vida o la muerte
La Palabra de Dios nos pone ante una elección sencilla y decisiva. La presenta con la imagen de dos caminos que se abren ante nosotros. Es una elección cotidiana: la vida o la muerte, la bendición o la maldición, felicidad o infelicidad. Esta elección no se hace de una vez y para siempre. Es como una semilla que cada mañana debe ser depositada en la tierra del corazón. La elección se concretiza en los pensamientos y sentimientos que cultivamos, en las palabras que pronunciamos, en lo que hacemos. Cada pequeño "sí" al bien es como una raíz que desciende más profundamente; cada acto de amor es como un retoño que crece hacia la luz.
El salmo responsorial ofrece la imagen del árbol plantado junto al río. Sus raíces son profundas, las hojas verdes, da fruto a su tiempo. Es un árbol que crece lentamente en el silencio de la fidelidad. La vida según Dios se asemeja a este árbol: no es espectacular; pero es sólida, paciente, capaz de atravesar las estaciones sin perder la esperanza.
El Evangelio sorprende. Jesús revela que el camino de la vida pasa a través de una puerta estrecha: la cruz. Sus palabras son paradójicas: "El que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará". Perder para ganar. La vida verdadera no se retiene apretando los puños, sino abriendo las manos.
Cuando llega el cansancio, la decepción, la prueba, la cruz que no habíamos previsto, a menudo pensamos que nuestra fe no está funcionando bien. Nos preguntamos: "¿Por qué a mí? ¿Qué no hice bien?". Jesús nunca ocultó que seguirlo significa atravesar también días difíciles. La cruz no es un accidente en el camino, es parte del camino. Cuando la vida pesa no significa que nos hemos equivocado, sino que estamos aprendiendo a ser discípulos de Cristo, a no llevar solos la cruz, sino acompañados por él. Ahora bien, Jesús no habló de la Cruz sin hablar, al mismo tiempo, de la Resurrección. La cruz de Cristo lleva a la alegría y la gloria de la resurrección. Al final triunfará el bien sobre el mal. El sufrimiento y la muerte serán derrotados.
Concluyendo. Elegir la vida no significa evitar la fatiga, sino orientar el corazón; decidir cada día de qué lado estamos, si del egoísmo que sugiere atajos, caminos fáciles y rápidos, o del amor que pide paciencia. Elegir la vida es elegir la confianza cuando el miedo quiere dominar. El mundo a menudo promete una felicidad inmediata, pero frágil como las hojas secas que se lleva el viento. La Palabra de Dios, en cambio, habla de una alegría que crece lentamente, como las raíces que buscan el agua oculta; una alegría que no depende de las circunstancias, sino de la relación con Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 9, 22-25
Jesús dijo a sus discípulos: "Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día".
Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: "Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará. En efecto, ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo o se destruye?"
Miércoles de Ceniza
Bajo la mirada de Dios
El gesto de recibir la ceniza expresa el reconocimiento de nuestra miseria y la súplica confiada a Dios invocado su ayuda. Nos presentamos ante el Señor sin máscaras ni maquillaje, conscientes de que necesitamos ser purificados y curados. Con este signo litúrgico asumimos el compromiso público de emprender un camino de conversión que oriente el corazón hacia la verdadera esperanza, alejando la atención de las falsas ilusiones que generan dependencia patológica, por ejemplo, depender del juicio y la aprobación de los demás. En lugar de seguir la Luz, seguimos lucecitas de oropel.
La ceniza nos recuerda también que nuestras preocupaciones, nuestras guerras pequeñas y grandes, las obras de nuestras manos por muy monumentales que sean, terminarán como polvo. Venimos del polvo y volveremos al polvo. Somos polvo que Dios llena de vida y transfigura. Somos barro en las manos del Alfarero divino.
Con el Miércoles de Ceniza comenzamos el tiempo de Cuaresma. Este tiempo es un regalo de Dios. Es un tiempo para detenernos y dar oportunidad a nuestro alma de alcanzarnos, es un tiempo para volver a lo esencial, para tomar las riendas de nuestra vida.
Nuestro corazón puede estar lleno de cosas que lo sobrecargan, lo hacen pesado, lo cansan. Cosas que nos cuesta quitarnos de encima. Cosas que no quieren morir. Es necesario llamar a estas cosas por su nombre y quitarles el alimento. Así como las células cancerosas que ya no tiene la posibilidad de alimentarse mueren, así debe morir en nosotros lo que nos impide ser libres para poder vivir espiritualmente sanos. En este sentido, la Cuaresma es un tiempo de mortificación.
La Cuaresma nos ayuda a sacar a la luz aspectos que quizás permanecen ocultos dentro de nosotros. Uno de ellos es el que está presente en las tres prácticas de piedad sugeridas por Jesús en Evangelio de hoy: la limosna, la oración y el ayuno, que corresponden a la relación con los demás, con Dios y con nosotros mismos: "Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial". Cristo nos invita a no alimentar el deseo irrefrenable de aparecer, de buscar la mirada de los demás. Todos necesitamos una mirada afectuosa. Pero ese buscar ser visto se convierte con frecuencia en exhibicionismo, en la búsqueda de aplausos, en alimento para nuestro ego.
Jesús recuerda que la mirada cordial que andamos buscando —a veces de manera equivocada— la tenemos siempre. Es la mirada del Padre del cielo. Él nos mira siempre con amor. No nos condena. Puede ver más allá de nuestras miserias. Él nos ha dado la vida y es quien nos mantiene vivos. La Cuaresma es tiempo de aprender a dejarnos alcanzar por esta Mirada.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 6, 1-6. 16-18
Jesús dijo a sus discípulos: "Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.
Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará".
VI Martes Tiempo Ordinario
Basta con un Pan
Quizás tenemos la impresión de que Dios nos tienta, de que quiere ponernos en dificultades para humillarnos. Sospechar de la bondad de Dios es una tentación sutil, de las más peligrosa. Cuando la prueba se prolonga, cuando el corazón vacila, nace un pensamiento oscuro: "Quizás Dios me pone a prueba para hacerme caer".
Santiago explica que Dios no tienta a nadie; "Que nadie diga, cuando sufre una tentación, que es Dios el que lo tienta, porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni pone él mismo a nadie en tentación". El mal no tiene su origen en Dios. "Todo don perfecto viene de lo alto, del creador de la luz, en quien no hay ni cambios ni sombras". Si hay sombras, están en nuestro corazón.
La tentación viene del corazón. Es la pasión desordenada que seduce, concibe, engendra el pecado. Nuestro corazón necesita ser sanado y fortalecido continuamente por el Espíritu de Dios para resistir a las seducciones del mal y dejarse guiar por la Palabra de Dios. Cuando el corazón se deja guiar por la Palabra, la prueba de la tentación se convierte en el lugar de maduración. La luz no elimina las sombras con violencia; simplemente las disipa y se mantiene en sí misma.
En el evangelio, la tentación nace de la amnesia, de la pérdida de memoria. Los discípulos van en la barca preocupados porque se habían olvidado de llevar panes. Sin embargo, dice Marcos, "tenían un solo pan". Este pan era el Señor presente entre ellos, capaz de multiplicar los panes. A veces nos preocupamos por lo que nos falta y olvidamos que Cristo va en nuestra barca.
Tenemos miedo de no tener suficiente alimento y recursos para llegar a "la otra orilla". Atrapados por el miedo convivimos con agujeros negros en el espacio de nuestra fe. Aunque el Señor nos ha dado muchos "canastos de pan", nuestra fe en él es todavía débil. Tenemos un cuerpo, una mente, un espíritu, una casa, el alimento, la ropa, un trabajo, los afectos, un cielo y una tierra, signos del rostro amoroso del Padre del cielo. Aunque sus regalos son muchos y cotidianos, todavía nos cuesta trabajo reconocer que la vida es un don, y que no está solamente en nuestras manos sino también en las manos de Dios.
A veces nos sentimos abandonados en medio del mar, sin pan, es decir, sin seguridades, con ansiedad y agitación (el agua representa el miedo y la incertidumbre), sin saber a dónde vamos. Recordemos que cuando experimentemos esto, tal vez sea porque el Espíritu nos está llevando a dar un paso importante, a una avance espiritual, a una aceptación más profunda, a una confianza más intensa.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 8, 14-21
Cuando los discípulos iban con Jesús en la barca, se dieron cuenta de que se les había olvidado llevar pan; sólo tenían uno. Jesús les hizo esta advertencia: "Fíjense bien y cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes". Entonces ellos comentaban entre sí: "Es que no tenemos panes".
Dándose cuenta de ello, Jesús les dijo: "¿Por qué están comentando que no trajeron panes? ¿Todavía no entienden ni acaban de comprender? ¿Tan embotada está su mente? ¿Para qué tienen ustedes ojos, si no ven, y oídos, si no oyen? ¿No recuerdan cuántos canastos de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil hombres?" Ellos le contestaron: "Doce". Y añadió: "¿Y cuántos canastos de sobras recogieron cuando repartí siete panes entre cuatro mil?" Le respondieron: "Siete". Entonces él dijo: "¿Y todavía no acaban de comprender?".
VI Lunes Tiempo Ordinario
Pruebas y señales
Los fariseos ponen a prueba a Jesús. Le piden una señal. Quizás nuestra necesidad de signos es un intento inconsciente de poner a prueba al Señor, de comprobar si es digno de confianza.
Jesús es el signo que revela el rostro misericordioso del Padre. Por eso, antes de condenar a los fariseos preguntémonos si pedimos signos sin saber leer los signos de la presencia divina en nuestra vida, con el riego de que Jesús se "vaya a la otra orilla" sin darnos cuenta. Lo más triste no es que él se vaya, sino que un corazón no se sienta fascinado por él. Preguntémonos: ¿estamos buscando signos o estamos buscando a Cristo, un encuentro con él?
En tiempos de Jesús había mucha gente que buscaba espectáculos, milagros en las calles y en las plazas. Quien gritaba más fuerte atraía más la atención, como sucede hoy en la cultura del espectáculo. San Gregoria Magno decía que los signos más grandes son los cambios interiores, aquellos que aparecen en la pantalla del celular o la computadora.
La carta de Santiago, que escuchamos en la primera lectura, también habla de pruebas. No de probar a Jesús, sino de que la vida nos prueba: "Cuando se vean asediados por toda clase de pruebas y tentaciones, ténganse por dichosos, sabiendo que las pruebas a que se ve sometida su fe les darán fortaleza". Aunque parezca extraño, las pruebas de la vida —una enfermedad, una pérdida dolorosa, una humillación— son signos. ¿Cómo reaccionamos ante el misterio de nuestra vida y las innumerables pruebas que afrontamos? Podemos titubear, escandalizarnos, turbarnos, alimentar resentimientos o, por el contrario, salir fortalecidos. La cruz es el signo inesperado que llega a nuestra vida y la asume para redimirla.
No se trata de ser estoicos, de permanecer indiferentes ante el sufrimiento y las dificultades, sino de aprender una lección y crecer a través de ellas. Para afrontar las pruebas de la vida con valentía y lucidez necesitamos sabiduría. Pidámosla en la oración. La Carta de Santiago continúa: "Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios y él se la dará". La oración nos ayuda a tener más estabilidad y seguridad en las pruebas. Mediante la oración podemos sanar las divisiones y las fisuras que llevamos dentro y tendemos a descargamos sobre los que nos rodean.
Ahora bien, hay que orar sin vacilaciones: "Pero tiene que pedírsela con fe y sin dudar; pues el que duda se parece a las olas del mar, que van y vienen, agitadas por el viento". Pidamos con mucha fe al Señor que abra nuestros ojos para afrontar las pruebas y sufrimientos, del tal manera que crezcamos como personas y como cristianos. Y que Jesús y su Palabra sean las señales que buscamos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 8, 11-13
Se acercaron a Jesús los fariseos y se pusieron a discutir con él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo. Jesús suspiró profundamente y dijo: "¿Por qué esta gente busca una señal? Les aseguro que a esta gente no se le dará ninguna señal". Entonces los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.
VI Domingo Tiempo Ordinario
Cristo y la ley
Cuando leo el evangelio de este domingo, mi primer pensamiento es: si la ira puede ser ya asesinato o si una mirada puede ser adulterio, ¿quién podrá observar este evangelio? Pero, Jesús nos tiene acostumbrados a ir más allá del pensamiento convencional. Por eso, hay que tratar de captar lo que hay en el fondo de sus palabras. Y para logarlo tenemos que ir en contra de una cultura acostumbrada a los mensaje cortos y superficiales, una cultura que ha perdido la capacidad para contemplar las cosas atentamente y permitirles que revelen su misterio.
Una de las tareas más difíciles de un padre, de una madre, de un educador es poner reglas, quizás por miedo a perder el afecto o herir. Preferimos el aprecio inmediato. Pero al hacer esto no estamos ayudando a los hijos o a los alumnos a crecer. Entre otras cosas, las reglas nos permiten entender que tenemos límites. Ciertamente a veces estas reglas son simplemente represivas y, por lo tanto, no forman, sino deforman; otras veces, como sucede con frecuencia en este tiempo, las reglas no existen o están ausentes.
Las lecturas de hoy nos sitúan ante la actitud paterna de Dios, que educa, que pone límites. Es lo que había hecho al principio de la creación. Dice el libro del Génesis que el Creador pone armonía en el caos, orden en la confusión. Y para eso pone límites: separa la luz de la oscuridad, la tierra del mar. Entonces surgen las identidades. Ahora, a la luz se le llama "día" y a la oscuridad "noche", a las zonas secas "tierra" y a las grandes aguas "mar". Poner límites nos ayuda a modelar nuestra identidad, lo que somos, a salir de la confusión.
Para establecer reglas, Jesús no compite con Moisés, el legislador del pueblo judío. Toma la ley antigua, la ley de Moisés, y la interioriza. Va a la raíz, al corazón de donde brotan las acciones. Legisla desde dentro.
La propuesta de Cristo implica trabajar sobre nosotros mismos, sobre aquello que depende de nosotros, sobre lo que podemos cambiar. En último término implica una transformación interior. Por ejemplo, las relaciones con los demás no son fáciles. El conflicto está siempre a la puerta. El otro puede convertirse en una amenaza. Y esto hace que en el corazón se empiecen a generar resentimientos como la ira, el desprecio, que fácilmente llevan al insulto.
Cristo propone trabajar sobre nuestros deseos: "Quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón". El adulterio es el resultado de un deseo que no hemos vigilado y desemboca en la acción. "Adulterar" significa alterar, falsificar, manipular, envilecer. Esto se da no sólo frente a una mujer, sino ante cualquier persona o cualquier creatura. Se habla, por ejemplo, de adulterar una medicina. Como podemos notar, Cristo invita a sanar el corazón para sanar la vida.
Y para lograrlo no nos deja solos. Nos da su propio Espíritu. El Espíritu del Señor nos permite interiorizar la ley, no simplemente sufrirla como un deber impuesto desde fuera. No se puede amar verdaderamente si estamos impulsados por una ley que alimenta los escrúpulos, el miedo, la culpa. El Espíritu conoce el corazón de Dios y nuestro corazón. El Espíritu nos permite sintonizar con los sentimientos de Cristo. De esta manera la ley no será un instrumento para mantenernos reprimidos y frustrados, sino una valiosa ayuda para vivir mejor, para tener un vida más sana y bella.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 5, 17-37
Jesús dijo a sus discípulos: Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.
Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.
También han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio; pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón.
Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno".
V Viernes Tiempo Ordinario
Sanar la escucha
El reino de Israel sufre una herida profunda. La primera lectura cuenta que el profeta Ajías tomó su manto y lo rasgó en doce pedazos. Es la imagen de un pueblo que se rompe y se divide. No es sólo un acontecimiento político; es el signo de un corazón que se ha alejado de Dios. Cuando la escucha de Dios se apaga, la comunión con Él, con nosotros mismos y con los demás se rompe. Con frecuencia, la división exterior nace de una distancia interior.
En el evangelio, Jesús cura a un sordo tartamudo, una persona que tiene dificultades para comunicarse. No escucha y no puede expresarse bien. Es otra imagen: la imagen de nuestro mundo hecho de sordos que no se escuchan y de tartamudos que no pueden establecer una comunicación profunda, aunque estemos continuamente conectados en las redes sociales, conocidos por muchos desconocidos. Cuando aprendemos a escucharnos, a escuchar a los demás y a escuchar a Dios, aprendemos a comunicarnos. Y no para escupir palabras e imágenes estereotipadas de uno mismo, sino para entender, construir, dialogar.
Para sanar al enfermo, Jesús lo aparta de la gente. Por momentos, hay que distanciarnos de la muchedumbre, del pensamiento estandarizado, de lo que todos dicen y piensan, de la multitud de voces que nos rodean, del juicio de los demás. En la soledad y en compañía de Cristo podemos reencontrar el gusto de escuchar a Dios, de escucharnos, de escuchar nuestros anhelo más profundos. Y reencontrar la alegría de proclamar lo que hemos oído, decir palabras desarmadas y desarmantes, como decía el Papa León, capaces de abrir corazones y hacer que se dejen las armas de la ofensa y la violencia.
Para sanar al enfermo, Cristo realiza un rito, involucra el cuerpo: "Le tocó la lengua con saliva". Se pensaba que la saliva contenía poderes curativos y tocar significa entrar en contacto con el otro. La curación del cuerpo, de los sentidos, lleva a la curación del corazón que vuelve a comunicarse, a entrar en relación con el otro, a vivir la comunión. En el rito realizado por Jesús podemos percibir el germen de los sacramentos, signos eficaces de la gracia. A través de ellos Dios se incorpora, toma cuerpo, nos toca, entramos en contacto con Él.
El reino dividido y el hombre curado cuentan la misma verdad: cuando la escucha se cierra, la vida se rompe; cuando la escucha se reabre, la vida florece. Dios sigue pronunciando sobre nosotros su palabra: "¡Ábrete!", una palabra que se dirige a la persona entera, no sólo a los oídos. El evangelio nos invita a dejar que Cristo sane nuestra capacidad de escuchar.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 7, 31-37
Salió Jesús de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la región de Decápolis. Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le suplicaban que le impusiera las manos. Él lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: "¡Effetá!" (que quiere decir "¡Ábrete!").
Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban; y todos estaban asombrados y decían: "¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos".
V Jueves Tiempo Ordinario
Basta una migaja
La historia de Salomón toma un giro inesperado y doloroso. Aquel hombre que había pedido al Señor un corazón capaz de escuchar deja que su corazón se divida. El que había recibido muchísima sabiduría terminó en el reino de los necios. Y esto no sucedió de repente. Fue un lento alejarse, casi imperceptible; una distancia que fue creciendo con el tiempo. Otras voces, otros dioses, otros altares, otros amores ocuparon el espacio que había sido consagrado al Señor. Al morir, Salomón dejará una situación difícil de manejar que llevará a la división de las tribus que David había unido con tanto esfuerzo y pasión. Sin embargo, Dios no cancela la promesa. Deja una puerta abierta: le dejará a su hijo una tribu.
Jesús va a la región de Tiro, fuera del territorio de Israel. Está cansado de las asechanzas y las minucias legalistas de los fariseos. Tiene necesidad de cambiar de aires. Y ahí, precisamente en territorio pagano, escucha de labios de una mujer una palabra nueva. Es una madre agobiada por la salud de su hija. La sirio-fenicia se ubica en las antípodas de la actitud de autosuficiencia y autoglorificación del rey Salomón, quien en medio de tanto lujo y poder, olvidó su pequeñez. En cambio, mientras más pequeña se hace la mujer ante Jesús, más se agranda.
Se trata de una extranjera. No pertenece al pueblo de Israel. No tiene derechos que reclamar. Sólo tiene una hija enferma y una fe a toda prueba. Las palabras iniciales de Jesús parecen duras, casi un rechazo. Pero la mujer no se rinde: acepta, permanece allí, insiste con confianza. Y Jesús se deja tocar por esta confianza obstinada. La hija es curada. San Agustín decía que a veces Dios parece negarnos algo para ampliar nuestro deseo. Esta mujer sólo pide migajas y descubre que en las manos de Cristo una migaja contiene la salvación entera, porque Jesús es la migaja de pan que los hijos han tirado de la misa. Él es quien llena y satisface.
El evangelio quiere dejar bien claro la fuerza que tiene la oración de una madre cuando reza por sus hijos. Quiere también dejar muy claro que en la gran mesa del Padre caben todos, aunque no pertenezcan al pueblo de Dios.
Como nos hemos dado cuenta, dos actitudes opuestas atraviesan la misma Palabra de Dios de este día. Salomón deja que su corazón se aferre a las riquezas, al poder, a los placeres. La mujer sirio-fenicia se aferra a lo único realmente importante y descubre que una migaja de eso es más grande que todas las riquezas. Esta pagana nos enseña que, justo donde pensábamos que no teníamos derecho a nada, descubrimos que somos amados por Dios. Y ahí vamos, de migaja en migaja, de gracia en gracia, de gloria en gloria, hasta vivir un día en la plenitud Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 7, 24-30
Jesús salió de Genesaret y se fue a la región donde se encuentra Tiro. Entró en una casa, pues no quería que nadie se enterara de que estaba ahí, pero no pudo pasar inadvertido. Una mujer, que tenía una niña poseída por un espíritu impuro, se enteró enseguida, fue a buscarlo y se postró a sus pies.
Cuando aquella mujer, una siria de Fenicia y pagana, le rogaba a Jesús que le sacara el demonio a su hija, él le respondió: "Deja que coman primero los hijos. No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos". La mujer le replicó: "Sí, Señor; pero también es cierto que los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños".
Entonces Jesús le contestó: "Anda, vete; por eso que has dicho, el demonio ha salido ya de tu hija". Al llegar a su casa, la mujer encontró a su hija recostada en la cama, y ya el demonio había salido de ella.
Nuestra Señora de Lourdes
Volver a casa
Vivimos concentrados en el exterior, en la apariencia, en el juicio de los demás. Cierto que los buenos modales siempre son recibidos con agrado; pero se corre el riesgo de poner en segundo plano el interior.
Jesús lleva la atención de la apariencia a la interioridad. Invita a entrar en el corazón. "Nada de lo que entra en el hombre desde afuera puede contaminarlo". El mal nace dentro, de los pensamientos y sentimientos, de las intenciones y las opciones. Y ahí, en el corazón, debe nacer también la conversión. Cristo nos pide poner atención a lo que "sale del corazón". Estamos llamados a cuidar y cultivar nuestra vida interior, a tener conciencia de nosotros mismo a la luz de la Palabra de Dios, mirándonos como Dios nos ve, personas imperfectas que buscan la perfección, que buscan cambiar el corazón.
Hoy es fácil encontrarnos mucha basura, contenidos violentos o cosas indecorosas. Jesús nos dice que el verdadero problema no es lo de fuera, la imagen, el video, la palabra. En último término, no son estas cosas las que nos ensucian el alma, sino la manera como reaccionamos. El corazón tiene el poder de ensuciar o iluminar las cosas. Si el corazón está lejos de Dios, fácilmente se ensucia.
También hay que poner atención a lo que hacemos. Puede dejarnos el corazón vacío. El Papa León XIV decía en una Audiencia General: "A menudo percibimos que el hecho de hacer demasiado, en lugar de darnos plenitud, se convierte en una vorágine que nos aturde, nos quita la serenidad, nos impide vivir mejor lo que es realmente importante para nuestra vida. Entonces nos sentimos cansados, insatisfechos. A veces, al final de días llenos de actividades, nos sentimos vacíos. ¿Por qué? Porque no somos máquinas, tenemos un 'corazón', es más, podemos decir que somos un corazón".
El Papa recordaba que san Agustín hablaba de un corazón inquieto. "Señor, nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". La inquietud es la señal de que nuestro corazón está orientado hacia su destino último, el de "volver a casa". El Papa concluía: "El auténtico destino del corazón no consiste en la posesión de los bienes de este mundo, sino en alcanzar lo que puede colmarlo plenamente, es decir, el amor de Dios, o, mejor dicho, Dios Amor".
Hoy recordamos a Nuestra Señora de Lourdes. Se apareció a Bernardita Soubirous, una jovencita sencilla, analfabeta, perteneciente una familia que vivía en la extrema pobreza, pero su corazón estaba libre de pretensiones, puro. La Virgen la eligió precisamente porque, como dice Jesucristo, la pureza que cuenta es aquella que nace desde dentro.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 7, 14-23
Jesús llamó de nuevo a la gente y les dijo: "Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro".
Cuando entró en una casa para alejarse de la muchedumbre, los discípulos le preguntaron qué quería decir aquella parábola. Él les dijo: "¿Ustedes también son incapaces de comprender? ¿No entienden que nada de lo que entra en el hombre desde afuera puede contaminarlo, porque no entra en su corazón, sino en el vientre y después, sale del cuerpo?" Con estas palabras declaraba limpios todos los alimentos.
Luego agregó: "Lo que sí mancha al hombre es lo que sale de dentro; porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre".
V Martes Tiempo Ordinario
El corazón lejano
La primera lectura nos lleva al templo. Y precisamente ahí surge una pregunta: ¿dónde habita realmente Dios? ¿En los ritos, las palabras, las tradiciones... o en el corazón del hombre?
El templo de Jerusalén ha sido finalmente construido. La promesa parece cumplida. Cuando llega el momento tan esperado de dedicar el templo a Dios, el rey Salomón, recogido en oración en presencia de todo el pueblo, vive un momento de lucidez. Sus palabras logran expresar la realidad, más allá de las ilusiones y las desilusiones. Salomón reconoce algo sorprendente: "Si ni el cielo infinito te puede contener, ¿cómo va a ser posible, Señor, que vivas en medio de los hombres y habites en esta casa que yo te he construido?". El rey se da cuenta de que Dios es más grande que toda casa construida por el hombre. El templo es un signo, no una frontera. Es un lugar de encuentro. Por eso, Salomón termina su oración pidiéndole al Señor que cuando el pueblo vaya al templo a orar escuche su oración. Se da cuenta que la verdadera morada de Dios se va construyendo en la relación con Él.
La pregunta que los escribas y fariseos venidos de Jerusalén le hacen a Jesús nace de un corazón muy diferente al de Salomón. Estos hombres tan piadosos se han aficionado a unas prácticas religiosas que no llevan al amor de Dios y de los demás. Por eso, de su boca salen palabras de condena que intentan justificar su egoísmo. Jesús los desenmascara: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí". Cuando nuestro corazón está lejos de Dios, también está lejos de nosotros mismos y está lejos de los demás.
Cristo nos llama a preguntarnos sobre el sentido de nuestras prácticas religiosas, de nuestras tradiciones. Nos invita a pensar y a sentir por nosotros mismos. A no confiar ciega y mecánicamente en las doctrinas y prácticas religiosas que nos han sido enseñadas y en las convicciones que nosotros mismos hemos creado. Verificar si lo que hacemos responde todavía a su sentido original. El templo, la oración, las tradiciones tienen sentido sólo si conducen el corazón a Dios y a los demás. El Señor no rechaza los ritos, sino la distancia que pueden establecer; no desecha las tradiciones, las cuestiona cuando asfixian la Palabra, cuando se convierten en Palabra de Dios.
Fuimos hechos para buscar a Dios. Cuando lo encontramos, encontramos nuestro hogar. La verdadera pureza nace de dentro, de la relación viva con Él. El templo más grande es nuestra vida que escucha, reza y se deja transformar.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 7, 1-13
Se acercaron a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén. Viendo que algunos de los discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, sin habérselas lavado, los fariseos y los escribas le preguntaron: "¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras, y no siguen la tradición de nuestros mayores?"
(Los fariseos y los judíos, en general, no comen sin lavarse antes las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de sus mayores; al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones, y observan muchas otras cosas por tradición, como purificar los vasos, las jarras y las ollas).
Jesús les contestó: "¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres".
Después añadió: "De veras son ustedes muy hábiles para violar el mandamiento de Dios y conservar su tradición. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre. El que maldiga a su padre o a su madre, morirá. Pero ustedes dicen: 'Si uno dice a su padre o a su madre: Todo aquello con que yo te podría ayudar es corbán (es decir, ofrenda para el templo), ya no puede hacer nada por su padre o por su madre'. Así anulan la palabra de Dios con esa tradición que se han transmitido. Y hacen muchas cosas semejantes a ésta".
V Lunes Tiempo Ordinario
Dios está con su pueblo
El pueblo se reúne para un evento esperado por generaciones: el Arca de la Alianza, signo material de la presencia de Dios, es llevada al templo de Jerusalén. Decía la primera lectura que el rey Salomón, los ancianos y jefes del pueblo "suben" y colocan el Arca en el Lugar Santísimo. Entonces una "nube" llena el Templo. La nube no es un signo de distancia, sino de trascendencia, de presencia y protección. Dios se hace cercano, tan cercano que habita en medio de su pueblo.
En el Evangelio, esta presencia toma rostro en la persona de Jesús de Nazaret. Tan pronto como la gente lo reconoce, acude a él desde todos los pueblos. No tienen necesidad de explicaciones, discursos. Les basta la presencia de Cristo. Llevan a los enfermos y los ponen en los caminos, en las calles. Buscan acercarse a él, tocar el borde de su manto. "Y todos los que lo tocaban quedaban curados".
El Arca en el templo de Jerusalén y Jesús entre la multitud cuentan el mismo misterio: Dios desea estar con su pueblo. Sin embargo, en Jesús hay una diferencia notable. En efecto, cuando entronizan el Arca en el templo parece que todos están contentos y satisfechos. Dios en primer lugar, porque su "gloria" ya "llenaba el templo"; el rey Salomón, que siente haber llevado felizmente a término la obra confiada por su padre David; los sacerdotes y levitas, que se instalan en el culto del Templo alcanzando, por así decirlo, el mismo nivel de los demás sacerdotes de los pueblos circundantes; todo el pueblo, que se siente tranquilo por esta Presencia que da seguridad. De esta manera, concluye feliz y gloriosamente un largo camino marcado por la inestabilidad, por el peregrinar continuamente que, por muy romántico que sea, no es fácil. Desde ahora, el israelita que quiera encontrarse con Dios tiene que "subir" al templo.
En el Evangelio, el Verbo de Dios, en lugar de subir, baja, deja la protección de "la nube", de la trascendencia. Se acerca a nuestra condición humana y nuestras situaciones concretas. No permanece encerrado en un lugar sagrado. Camina por las calles. Entra en los pueblos. Se deja tocar. En el Verbo hecho carne, Dios vuelve a caminar por nuestros caminos, como ya había acompañado al pueblo durante su peregrinar por el desierto. Ahora es Él quien se acerca y "toca tierra en Genesaret". Ahora él es el que llega: "A dondequiera que llegaba". Ahí donde Jesús llega, las cosas cambian. Llega la salvación, la paz, la belleza, la armonía.
Pidamos a Cristo que llegue, que toque nuestra tierra. Y dejemos que nos alcance y nos toque.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 6, 53-56
Jesús y sus discípulos terminaron la travesía del lago y tocaron tierra en Genesaret. Apenas bajaron de la barca, la gente los reconoció y de toda aquella región acudían a él, a cualquier parte donde sabían que se encontraba, y le llevaban en camillas a los enfermos.
A dondequiera que llegaba, en los poblados, ciudades o caseríos, la gente le ponía a sus enfermos en la calle y le rogaba que por lo menos los dejara tocar la punta de su manto; y cuantos lo tocaban, quedaban curados.
V Domingo Tiempo Ordinario
La luz brilla en las heridas
Jesús habla a personas que experimentan el agobio, el cansancio, a veces incluso las persecuciones. Las dificultades pueden apagarnos. Nos dan ganas de tirar la toalla, decir basta. En las palabras de Jesús está el amor de quien quiere sacudir al oyente para decirle que no desperdicie su vida, que siempre vale la pena vivir.
Pero, ¿cuál es el sentido de esta vida? ¿Para qué sierve? Jesús lo explica con dos imágenes sencillas y elocuentes: la sal y la luz. Son símbolos humildes. La sal y la luz no atraen la atención sobre sí mismas, no se ponen en el centro. Dan valor al otro. La sal realza el sabor de la comida y desaparece. La luz hace visible lo que está a nuestro alrededor.
La luz de la que habla Cristo no es algo añadido a la vida, sino la vida misma. Esta vida, que nos ha sido dada, es como una lámpara que debe brillar. La luz representa la alegría y la plenitud. Ser luz no depende de nuestras cualidades o de lo que tenemos: es el reflejo del amor de Dios. Para que la luz brille, tiene que estar en lo alto, sobre un soporte, sobre el candelero. Esta no es una invitación al exhibicionismo espiritual, sino una constatación: la alegría recibida no puede permanecer oculta. Está destinada a convertirse en un bien compartido.
Ahora bien, el candelero donde brilla la luz puede ser la cruz. En efecto, cuando Jesús estaba muriendo en la cruz, su luz fue tan brillante que uno de los soldados romanos que estaba al pie de la cruz, al verlo morir, exclamó: "¡En verdad este era el hijo de Dios!". El candelero pueden ser las tribulaciones diarias. Los momentos difíciles son ocasiones en las que, confiando en Dios, sacamos lo mejor de nosotros mismos y mostramos su luz, a pesar de nuestras heridas, límites, defectos, pecados, miedos, sombras.
Paradójicamente, en nuestras heridas puede brillar la luz. Cristo está herido y cura desde sus heridas. Una célebre frase atribuida al poeta místico persa del siglo XIII, Rumi, dice: "La herida es el lugar por donde entra la luz". Podemos crecer espiritualmente a través del dolor y la vulnerabilidad. Estamos celebrando el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís. Cuando Francisco estaba agonizando, tenía más de treinta enfermedades. Y de aquel cuerpo tan enfermo y desgastado emanaba una luz resplandeciente.
La sal está asociada al sabor y al saber, a la sabiduría. Sabor y saber son términos afines. La sabiduría es un saber con sabor. Tiene la capacidad de dar sabor a la vida, la capacidad de encontrar en todo el gusto de vivir. Una vida sin sal es una vida sin sabor, pero también una vida sin sentido. Sin este "sabor" que da el saber, la vida se vuelve desabrida, las cosas pierden su sustancia.
Como podemos observar, el evangelio de este día enseña que ser cristiano/a no consiste sólo de hacer buenas obras. Es algo más profundo. Se trata de una identidad. Cristo no habla de un mandamiento, "deben ser", sino de una realidad ya presente en aquello que lo siguen: "ustedes son". Ya somos luz, ya somos sal. Cierto que podemos ocultar esa luz debajo de una olla o perder el sabor de Dios.
Los cristianos somos gente que nos esforzamos cada día por acariciar la vida y hace surgir lo bello. Nuevamente Rumi: "Acaricio la vida, porque huele a Ti". Acariciemos la vida para que en nuestras manos quede el perfume de Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 5, 13-16
Jesús dijo a sus discípulos: "Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa.
Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos".
San Pablo Miki y compañeros mártires
El corazón dividido
Podemos reconocernos en Herodes, en su corazón dividido. Este corazón dividido, se manifiesta en su actitud ante Juan el Bautista. Por un lado, le tenía simpatía. A pesar de los duros ataques que le dirigió por su conducta inmoral, lo protegía de las intenciones homicidas de su esposa Herodías y lo escuchaba con gusto. Le atraía la verdad que habitaba en Juan. Pero, por otra parte, lo había encarcelado. Quería silenciar su voz. La verdad le fascinaba e inquietaba al mismo tiempo.
El rey Herodes se sabía y se sentía fuerte, poderoso, importante, dueño de la vida de los demás. Sin embargo, lo que pensaba que era su punto fuerte, resultó ser su punto débil. El exceso de confianza en sí mismo y el apego al poder, lo hacen vulnerable y susceptible al chantaje. Y esto lo sabe la astuta Herodías. Espera pacientemente una oportunidad para ponerle zancadilla y hacerlo caer.
Finalmente, se presenta el día. Herodías aprovecha el baile de su hija para deshacerse de Juan. Para salvar su propia imagen, Herodes consciente en quitarle la vida a un inocente. Prefiere su propia imagen a la verdad. Aunque parezca que escoger la verdad es perder, en realidad prepara al infinito. La voz del profeta es apagada, pero su testimonio no se apaga. Juan pierde la vida, pero no pierde la verdad. La verdad permanece. Herodes no era libre. Vivía apegado a su poder, a su imagen. Juan el Bautista, en cambio, era libre porque vivía en la verdad, y la verdad lo hacía libre, libre incluso para entregar la vida.
Todos tenemos el corazón dividido. San Pablo no tiene miedo de confesarlo: "No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero". En el libro de las Confesiones, San Agustín lo describió magistralmente: "Y en ocasiones, allá muy dentro de mí, me introduces en un sentimiento muy fuerte de lo ordinario, y me arrastras a una dulzura que no sé definir, pero que si llega a alcanzar en mí su plenitud, ignoro como podría llamarse vida lo que no es esa vida. Pero luego vuelvo a caer bajo las pesadumbres penosas de las realidades de aquí. Vuelven a absorberme las ocupaciones ordinarias que me tienen atado, y lloro mucho, pero sigo atado. ¡Tanto es el poder de la costumbre! Puedo estar aquí, pero no quiero. Quiero estar allá, pero no puedo. ¡Infeliz en ambos casos!".
Ante el corazón dividido, tenemos que estar atentos. La primera lectura cuenta que David comprendió que la grandeza nace de la fidelidad a la Verdad, a Dios que es la Verdad, aunque cueste. Esto también lo entendieron san Pablo Miki y compañeros mártires que hoy recordamos. Ser fieles a la verdad, a la verdad de su fe y a la verdad de Dios, los condujo al martirio, que aceptaron sonriendo y cantando porque les daba acceso al Infinito.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 6, 14-29
Como la fama de Jesús se había extendido tanto, llegó a oídos del rey Herodes el rumor de que Juan el Bautista había resucitado y sus poderes actuaban en Jesús. Otros decían que era Elías; y otros, que era un profeta, comparable a los antiguos. Pero Herodes insistía: "Es Juan, a quien yo le corté la cabeza, y que ha resucitado".
Herodes había mandado apresar a Juan y lo había metido y encadenado en la cárcel. Herodes se había casado con Herodías, esposa de su hermano Filipo, y Juan le decía: "No te está permitido tener por mujer a la esposa de tu hermano". Por eso Herodes lo mandó encarcelar. Herodías sentía por ello gran rencor contra Juan y quería quitarle la vida; pero no sabía cómo, porque Herodes miraba con respeto a Juan, pues sabía que era un hombre recto y santo, y lo tenía custodiado. Cuando lo oía hablar, quedaba desconcertado, pero le gustaba escucharlo.
La ocasión llegó cuando Herodes dio un banquete a su corte, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea, con motivo de su cumpleaños. La hija de Herodías bailó durante la fiesta y su baile les gustó mucho a Herodes y a sus invitados. El rey le dijo entonces a la joven: "Pídeme lo que quieras y yo te lo daré". Y le juró varias veces: "Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino". Ella fue a preguntarle a su madre: "¿Qué le pido?" Su madre le contestó: "La cabeza de Juan el Bautista".
Volvió ella inmediatamente junto al rey y le dijo: "Quiero que me des ahora mismo, en una charola, la cabeza de Juan el Bautista". El rey se puso muy triste, pero debido a su juramento y a los convidados, no quiso desairar a la joven, y enseguida mandó a un verdugo que trajera la cabeza de Juan. El verdugo fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una charola, se la entregó a la joven y ella se la entregó a su madre. Al enterarse de esto, los discípulos de Juan fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.
San Felipe de Jesús
Perder para ganar
En México, celebramos hoy a San Felipe de Jesús, el primer mártir mexicano, la primera persona de nuestro país de la que se tiene testimonio de haber valorado más la vida eterna que la temporal.
San Felipe es un vencedor porque vivió el evangelio de Cristo. Jesús apunta alto, mira a ganar. Y la victoria pasa por una lucha: "El que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará". El verdadero perdedor es aquel que se deja encandilar con victorias efímeras, éxitos pasajeros. El derrotado es el que, replegándose sobre sí mismo, no tiene otra razón en la vida que satisfacer sus necesidades materiales y acaparar gratificaciones pasajeras. Pero, dice Jesús, "¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo o se destruye?".
En Felipe de Jesús se cumplió lo que dice san Pablo en la primera lectura: "Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que esta fuerza tan extraordinaria proviene de Dios y no de nosotros mismos". Es de sobra conocido que —como decía su nana— Felipe no tenía "madera de santo". Era un niño muy inquieto y travieso. En su juventud fue inestable y rebelde. Fue expulsado del colegio. Entró en la Orden Franciscana, pero escapó del noviciado. Volvió a entrar de nuevo y esta vez perseveró. Se propuso cultivar el amor incondicional a Jesús hasta la entrega de la propia vida.
Se dice que las últimas palabas de Felipe cuando estaba crucificado en Nagasaki, Japón, en 1597 fueron: "Jesús, Jesús, Jesús". Estas palabras expresan su identificación total con Cristo y su perseverancia en la adversidad. Felipe tenía tan sólo veinticinco años. Cuenta la historia que ese mismo, día la higuera seca de su casa reverdeció. Treinta y dos años más tarde su propia madre tuvo el privilegio de celebrar la beatificación de su hijo. Años más tarde fue canonizado.
Quizás nosotros tampoco tenemos madera de santos, pero la gracias de Dios puede transformarnos en santos. Ser santo no depende de la madera que tenemos. La santidad es la gracia del Espíritu Santo en nosotros. Somo los vasos de barro que llevamos tesoros, como decía san Pablo.
Pidamos a san Felipe de Jesús que nos ayude a abrirnos al Espíritu Santo, de tal manera que fortalezca nuestra fe en nuestro Señor Jesucristo para que seamos capaces de seguirlo cada vez con mayor entrega, sabiendo que siempre contamos con él. Que podamos decir con san Pablo: "Sufrimos toda clase de pruebas, pero no nos angustiamos. Nos abruman las preocupaciones, pero no nos desesperamos. Nos vemos perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no vencidos". Quien está con Cristo no pierde. Las derrotas se convierten en victorias.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 9, 23-26
Jesús le dijo a la multitud: "Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará.
En efecto, ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo o se destruye? Por otra parte, si alguien se avergüenza de mí y de mi doctrina, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga revestido de su gloria y de la del Padre y de la gloria de los santos ángeles".
Santa Águeda
El carpintero de Nazaret
Jesús vuelve a Nazaret. Incluye a su tierra en el itinerario misionero, aunque es consciente de las dificultades que encontrará. Con esto, quizás nos quiere decir que hay que llevar el evangelio también a nuestra casa, aunque las relaciones familiares no sean necesariamente de confianza y estima recíproca. Y no necesariamente llevarlo con palabras. El calor del amor, del perdón, del ejemplo llega donde la palabra es rechazada.
Entre los suyos, Cristo encuentra cerrazón e incredulidad. Lo que perturba a los habitantes de Nazaret es, por una parte, la autoridad y el magnetismo que tiene la palabra de Jesús y, por otra parte, sus orígenes humildes: "¿No es éste el carpintero?". Sus paisano se instalan en la verdad de lo conocido y esto les impide captar otra verdad: la novedad que hay en Jesús, la novedad de Dios. Es difícil reconocer a Dios cuando se presenta con un rostro demasiado cercano, demasiado familiar. Donde el corazón se cierra, la fuerza del amor se detiene, no por falta de fuerza, sino por respeto a la libertad. No se impone, espera.
El monje cisterciense francés Dom Guillaume comenta este relato con mucha finura, de manera realista y consoladora: "Nos engañamos si pensamos que esto sólo les sucede a los demás. No somos mejores que los que nos han precedido. Nuestra fe no merece mucho más que la de los habitantes de Nazaret, que tan dolorosamente sorprendió a Jesús. Esta constatación podría realmente dejarnos decepcionados y conducirnos a alejarnos de Jesús. Y esta es, efectivamente, la tentación de quien llega al umbral del encuentro con Jesús. Porque es precisamente allí, en el vacío de todo sentimiento, en la ausencia de todo entusiasmo, que nos espera Jesús".
La primera lectura también habla de este misterio de rechazo al Señor. El rey David toma una decisión que parece necesaria para el buen funcionamiento de un reino: mandó hacer el censo de la población. Es un acto administrativo; pero, luego le remordió la consciencia a David. ¿Por qué? Se dio cuenta de que, en el fondo, era un intento sutil de poner su confianza en los números y no en su relación con el Señor. David, como los habitantes de Nazaret, cayó en la tentación de hacer prevalecer sus propios esquemas, en lugar de permanecer en una actitud de confianza en la providencia y la sabiduría de Dios.
Cuando se da cuenta, su corazón se aflige. Reconoce su pecado, no busca excusas. Y cuando la consecuencia de su error golpea al pueblo, confiesa: "Soy yo, Señor, el que ha pecado; soy yo, el pastor, quien ha obrado mal". David es un pastor que no quiere salvarse a sí mismo, sino al rebaño confiado en sus manos.
Pidamos a santa Agueda, la santa que hoy recordamos, que nos ayude a tener una mirada de fe como la suya, una mirada que no se detenga en la apariencia, en la superficie, para poder descubrir la riqueza escondida en el otro.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 6, 1-6
Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: "¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?" Y estaban desconcertados.
Pero Jesús les dijo: "Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa". Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos.
IV Martes Tiempo Ordinario
La audacia de la fe
La Palabra de Dios presenta este día historias atravesadas por el dolor y la espera: un padre que pierde un hijo, una mujer que sufre en silencio, otro padre que tiene una hija moribunda. En ellas podemos leer nuestra propia historia rota por el dolor, la pérdida, la muerte.
La historia de la primera lectura es dramática. Absalón, hijo rebelde del rey David, muere violentamente, como una vida arrancada antes de tiempo. El rey se mantiene alejado de la batalla, esperando. Sólo pide una cosa: saber si el joven está a salvo. No es la pregunta de un rey, sino de un padre. El corazón de David no está interesado en la victoria, sino en la vida del hijo. La victoria obtenida por su ejército tiene un sabor a fracaso. David recuerda al padre de la parábola del hijo pródigo.
En el Evangelio se entrecruzan dos historias: una mujer enferma desde hace doce años y una niña de doce años que está muriendo. La mujer con flujo de sangre lleva doce años de sufrimiento y de espera. Había caído en manos de médicos mercenarios interesados en su dinero. La mujer no se atreve a hablar; pero tiene el valor de acercarse, extender su mano legalmente impura y tocar el manto de Jesús con una fe audaz. Jesús se detiene, la mira, la llama "hija". El gesto silencioso se convierte en un encuentro. La fe es confianza audaz que resiste en la oscuridad. Tiene el valor de esperar, de tocar, cuando todo parece perdido.
Cristo entra luego en la casa del jefe de la sinagoga, donde el llanto y la desesperanza han tomado el lugar de la esperanza. "No temas, basta que tengas fe", le dice Jesús. Y ante una niña, a la que todos creían muerta, pronuncia una palabra poderosa: "¡Levántate!". Ahí donde el corazón tiembla y la muerte acecha, Dios llama a la vida.
La liturgia de hoy nos recuerda que Dios entra en las historias más dolorosas y siembra vida. Frente a la muerte, a la enfermedad, a la espera que se ha vuelto insostenible, el Señor sigue diciendo: "No temas, levántate". La confianza en Jesús abre un espacio donde la vida puede renacer. A veces podemos acercarnos a él con una petición tímida, como la de la mujer que toca su manto. Otras veces a través de un grito, como el de Jairo. Son modos diferentes de acercarse a Cristo, pero el deseo es el mismo.
En su famosa canción Sublime Gracia, John Henry Newton canta la hora bendita en la cual creyó: "Estuve perdido, pero ahora me encontré. Estaba ciego, pero ahora puedo ver. Fue la gracia la que enseñó a mi corazón a temer y esa gracia mis miedos alivió. Qué preciosa fue esa gracia en el momento en que empecé a creer. A través de muchos peligros, fatigas y enredos que superé, esta gracia me ha traído seguridad. Y es ella la que me guiará a casa".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 5, 21-43
Cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla y ahí se le reunió mucha gente. Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: "Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva". Jesús se fue con él, y mucha gente lo seguía y lo apretujaba.
Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.
Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de él, se volvió hacia la gente y les preguntó: "¿Quién ha tocado mi manto?" Sus discípulos le contestaron: "Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: "¿Quién me ha tocado?" Pero él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: "Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad".
Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: "Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?" Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: "No temas, basta que tengas fe". No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: "¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida". Y se reían de él. Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: "¡Talitá, kum!", que significa: "¡Óyeme, niña, levántate!" La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar. Todos se quedaron asombrados. Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que le dieran de comer a la niña.
La Presentación del Señor
El fuego purificador
El profeta Malaquías anuncia la venida del fuego purificador divino: "Será como fuego de fundición, como la lejía de los lavanderos. Se sentará como un fundidor que refina la plata". Cuando llega ese día, el Señor entra en el templo de manera sorprendente: no como un guerrero majestuoso, sino como un niño frágil en los brazos de su madre. Y la ofrenda que sus padres ofrecen es la ofrenda de los pobres: dos tórtolas. Así es la lógica de Dios: elige la sencillez, la pequeñez.
La purificación no se realiza por un fuego que destruye desde fuera, sino a través de la encarnación de Dios. En Jesús de Nazaret, el Verbo de Dios entra en nuestra carne. Se hace semejante a nosotros en todo, menos en el pecado. Es probado como nosotros. El fuego purificador es el amor que asume nuestra naturaleza, que comparte nuestras pruebas. El Dios-con-nosotros no juzga desde lejos: comparte de cerca. No empuña la espada, sino que se ofrece a sí mismo.
En el templo, dos ancianos ven lo que otros no ven. Simeón reconoce, es decir, es capaz de discernir. Por eso toma en sus brazos al niño y canta: "Mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra a las naciones". Esto es lo que significa la luz de las velas: el Verbo de Dios hecho hombre ilumina las tinieblas, vence la oscuridad del pecado y de la muerte.
Simeón añade: "Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones". Dios entra en nuestra vida no para juzgar, sino para iluminar. Si nos dejamos iluminar, los pensamientos, incluso los más oscuros, salen a la luz. Ante el Señor descubrimos quiénes somos realmente. La luz de Dios ilumina nuestra verdad. Y aceptar la verdad puede ser doloroso.
Simeón también dirige unas palabras a María: "Y a ti, una espada te atravesará el alma". María estará asociada al destino del hijo. El fuego purificador se convierte en amor crucificado. Dios purifica desde dentro, entra en el horno de nuestro sufrimiento, asume nuestra carne mortal para liberarnos de la muerte.
La Presentación de Jesús en el templo es un gesto silencioso, casi oculto. Sin embargo, a través de ese gesto simple, sucede algo inmenso. Jesús es entregado, ofrecido, confiado a Dios. Es lo nosotros hacemos hoy: nos entregamos al Señor.
En este día llevaremos a casa la luz de Dios. El simple hecho de encender una vela hace que cambie el ambiente. La fe es una luz confiada a nuestra manos frágiles.
Lucas 2, 22-40
Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones.
Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:
"Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel".
El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: "Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma".
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana. De joven, había vivido siete años casada y tenía ya ochenta y cuatro años de edad. No se apartaba del templo ni de día ni de noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Ana se acercó en aquel momento, dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él.
IV Domingo Tiempo Ordinario
¿Y si Cristo tuviera razón?
Séneca, un famoso filósofo de la antigua Roma, decía: "Todos los hombres quieren ser felices; pero todos son ciegos, cuando se trata de examinar en qué consiste la felicidad". Ahora disponemos de muchos estudios sobre la felicidad y existe la ciencia de la felicidad. Quizá sabemos un poco más sobre ella.
El evangelio de hoy nos presenta la propuesta de Jesús para ser felices. El Señor aparece como un maestro de la felicidad. Su propuesta se resume en las bienaventuranzas. Son el núcleo de su evangelio y de la vida.
Ante las bienaventuranzas, siento el deseo de guardar silencio. Me doy cuenta de que aun no comprendo del todo lo que he escuchado. Pero tengo que hacer un esfuerzo por entenderlo lo mejor posible. Es un evangelio perturbador, contrario a la lógica del mundo. Es quizás el manifiesto más impactante de la historia de la humanidad. Tiene sabor de vida, el secreto para ser felices. Las bienaventuranzas son nuestras amigas. No presentan nuevos mandamientos. Básicamente nos proponen la buena noticia de que, si uno se hace cargo de la felicidad de los demás, el Padre del cielo se hará cargo de nuestra felicidad.
Lo primero que llama la atención es una palabra que se repite una y otra vez: "Dichosos". Dios apuesta por nuestra felicidad. Y lo hace con una propuesta desconcertante. Señala caminos que nos dejan sin aliento: felices los pobres, los que se obstinan en buscar la justicia, los constructores de paz, los que tienen el corazón limpio, los desarmados. El punto clave está en el "porque": porque de ellos es el reino de Dios, porque verán a Dios. Este es el secreto de las bienaventuranzas: nos dan acceso a un mundo donde Dios es el Rey. Los pobres, los que sufren no son felices porque son pobres o porque sufren: Son felices porque Dios es su Señor. Él es quien gobierna su vida.
Si nos fijamos bien, las bienaventuranzas hablan de carencia: los pobres de espíritu son los que se esfuerzan en no apegarse a nada; los que lloran son los que han perdido algo importante (salud física, una persona amada, la alegría mundana, etc.); los pacíficos son los que no tienen el poder o la fuerza para afrontar a los violentos; los que tienen hambre y sed de justicia son aquellos que desean algo importante que aún no tienen. Esta carencia, este vacío se convierte en espacio para acoger la presencia y la acción de Dios. La felicidad plena, verdadera, perfecta sólo podemos encontrarla en Aquel que es perfecto y eterno. Si tratamos de llenar nuestros vacíos con cosas, personas, experiencias placenteras no dejamos espacio para Dios. Paradójicamente, quien está lleno de sí mismo, es el que no es feliz, porque no hay lugar para Dios en su vida.
En último término, sólo en el soplo del Viento de Dios podemos entender y vivir las bienaventuranzas. En ellas se siente el viento del Espíritu Santo que sopla sobre nosotros. Hay que tomar los remos de nuestra barca para navegar al soplo del Viento de Dios, con convicción y confianza. Tal vez avancemos poco a poco. Lo importante es avanzar.
Lo más probable es que al terminar la misa volveremos a nuestras cosas, a la lista de las tragedias contadas por los medios de comunicación, s las noticias de moda que dicen cómo se debe vestir el próximo verano. Estaremos atentos y expectante al próximo campeonato mundial de fútbol. Y cuando todo esto pase y nos sintamos vacíos, quizá nos peguntemos: ¿Y si Cristo tuviera razón?
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 5, 1-12a
Cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así:
"Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos".
III Viernes Tiempo Ordinario
Un canto a la misericordia
Cuando leemos la aventura del rey David con Betsabé, podemos sentir una cierta incomodidad. El hombre según el corazón de Dios, el pastor convertido en rey, el cantor de salmos inspirados se encuentra de pronto atrapado en las redes del deseo: "Vio a una mujer que se estaba bañando. Era una mujer muy hermosa".
David había permanecido en Jerusalén cuando debería estar en la guerra. Manda a sus hombres a luchar, pero él no va. Esta precisión que hace el escritor sagrado es algo más que un detalle. Cuando no estamos en nuestro lugar, cuando evitamos las batallas de la vida, el vacío que dejamos se convierte en terreno fértil para que entre el mal. David ve, desea y toma. Una progresión inexorable que conduce a la traición, al engaño y finalmente al asesinato disfrazado de caso bélico. Urías, el soldado fiel, se convierte en víctima inocente de un rey que ha perdido la brújula del corazón.
En este abismo, del corazón de David surge un canto de súplica. El salmo responsorial es el grito del alma que reconoce su caída: "Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas". Pero el canto de David no se detiene en la confesión del pecado. Continúa con una petición: "Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renuévame por dentro con un espíritu firme". David no pide simplemente perdón, sino una nueva creación. Sabe que las fuerzas humanas no bastan, que hace falta la intervención directa de Dios para levantar al que ha caído, para hacer germinar vida allí donde reinaba la muerte.
Jesús habla de semillas sembradas, de crecimiento misterioso que ocurren sin que el campesino "sepa cómo". El Reino de Dios es como un grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas, que se convierte en un árbol capaz de albergar a los pájaros del cielo. ¿Qué relación tiene esta parábola con la caída de David y el grito del salmo responsorial?
Un mensaje consolador. Dios actúa siempre, incluso cuando fracasamos. Dice Jesús que "la tierra, por si sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas". En la producción del fruto hay una progresión gradual, paciente, que no depende de la habilidad del sembrador. Nuestro pecado, por grave que sea, no puede detener la lógica del Reino. Más aún, precisamente en nuestra debilidad reconocida, en nuestro corazón contrito como el de David, Dios siembra la semilla del renacimiento. La misericordia acogida transforma el desierto del pecado en un jardín donde vuelven a cantar los pájaros.
Hoy estamos invitados a sembrar en la tierra del amor de Dios la semilla de nuestro deseo de conversión, seguros de que Él sabrá hacerlo crecer mucho más allá de nuestras expectativas.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 4, 26-34
Jesús dijo a la multitud: "El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra; que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por si sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de cosecha".
Les dijo también: "¿Con que compararemos el reino de Dios? ¿Con que parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra".
Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.
III Jueves Tiempo Ordinario
Pongan atención
Jesús hace una pregunta que, si la miramos atentamente, admite sólo una respuesta: "¿Acaso se enciende una vela para meterla debajo de una olla o debajo de la cama?". La luz que Dios ha encendido en nosotros no puede permanecer oculta. Sería como recibir un tesoro y enterrarlo o como escuchar una bella melodía y no dejarla sonar. La luz nos ha sido dada para manifestarla. Y no para gloria nuestra, sino para que la gloria de Dios resplandezca a través de nuestras vidas.
Cristo nos invita también a prestar atención a la manera como escuchamos: "Pongan atención a lo que están oyendo". A través de la escucha, Dios puede entrar en nuestra alma e iluminarla. A veces hay zonas de nuestra alma cerradas herméticamente y envueltas en el olvido, pero de ellas salen voces que alimentan miedos y ansiedades. Necesitan ser iluminadas con la luz de Cristo.
Poner atención también al mundo exterior. A través de los cinco sentidos, el mundo exterior entra en contacto con nuestro mundo interior. Evidentemente, no todo puede ser aceptado. Se impone hacer un discernimiento. Por eso la invitación de Jesús a prestar atención y reconocer las palabras que nutren y edifican, y aquellas que envenenan y matan el alma.
La palabra de Jesús nos permite reconocer nuestras miserias, aquellas de las cuales nos avergonzarnos y tendemos a esconder. La fe, que nace de la escucha, nos dispone a esperar la ayuda de Dios. Dice Jesús: "La misma medida que utilicen para tratar a los demás, esa misma se usará para tratarlos a ustedes". En la misma medida en que nos reconocemos necesitados, recibimos la gracia de Dios. Hay una proporción directa entre la profundidad y la intimidad espiritual, y la gracia que podemos recibir. Esto sucede porque la humildad es el espacio que concedemos a Dios. Lo vemos en la historia del el rey David.
Cuenta la primera lectura que cuando David entró en la casa del Señor y se puso delante de él, estaba lleno de asombro: "¿Quién soy yo, Señor, y qué es mi casa, para que me hayas favorecido tanto hasta el presente?". Es la pregunta de quien se descubre amado más allá de toda medida, de quien reconoce que todo lo que es y tiene proviene de la gracia de Dios. David no se jacta de sus conquistas, no reivindica méritos: se hace pequeño, humilde, como un niño que contempla maravillado el rostro de su padre.
Y precisamente en esta pequeñez Dios le promete ahora una casa que durará para siempre. Es Dios mismo quien edifica una dinastía, una promesa que cruzará los siglos hasta que se cumpla en Cristo, el hijo de David, el rey eterno.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 4, 21-25
Jesús dijo a la multitud: "¿Acaso se enciende una vela para meterla debajo de una olla o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero? Porque si algo está escondido, es para que se descubra; y si algo se ha ocultado, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga".
Siguió hablándoles y les dijo: "Pongan atención a lo que están oyendo. La misma medida que utilicen para tratar a los demás, esa misma se usará para tratarlos a ustedes, y con creces. Al que tiene, se le dará; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará".
Santo Tomás de Aquino
Una casa para Dios
El rey David deseaba construir una casa al Señor, un lugar estable y digno. Pero Dios invierte la perspectiva: no somos nosotros quienes le construimos una casa a Dios, es Dios quien construye su casa en nosotros. El Señor le recuerda a David el camino recorrido juntos: de pastor a rey. Dios ha acampado con el pueblo, ha caminado con ellos. Es una memoria viva, que da sentido a cada paso. También le promete a David que su hijo será quien construya la casa para el Señor.
En el evangelio, Jesús habla a la multitud con imágenes simples y cotidianas: un sembrador, un campo, una semilla. La Palabra es dada a todos con la misma generosidad, sin distinción. La diferencia está en los terrenos que la reciben. Puede caer en un corazón distraído, donde la Palabra no penetra; un corazón superficial, que acoge con entusiasmo, pero sin echar raíces; un corazón agobiado, donde las preocupaciones y seducciones del mundo le roban espacio; un corazón bueno, que la acoge, la guarda y la deja crecer.
Si el sembrador esparce su semilla en todo tipo de tierra es porque tiene la esperanza de que el camino ya no sea pisoteado por los transeúntes y se convierta en un campo fecundo, que las piedras se conviertan en tierra fértil, que las espinas sean arrancadas y la semilla pueda crecer libremente y dar fruto.
La promesa a David encuentra aquí su cumplimiento más profundo. Dios sigue construyendo su casa en el corazón de quien escucha. Y lo hace con la paciencia del sembrador. La Palabra cae, espera, sufre el tiempo, y luego —en silencio— brota. El Reino de Dios crece así: lentamente, pero de manera real. Y cuando encuentra un corazón disponible, da fruto en abundancia. Ahí donde la Palabra echa raíces, Dios sigue construyendo su casa.
Hoy recordamos a santo Tomás de Aquino, un hombre en el que la semilla de la Palabra echó raíces profundas. Fue un apasionado buscador de la verdad y, por tanto, buscador de Dios. Tomás se esforzó por hacerse santo, sabiendo que siempre recibía más de Dios, de lo que él mismo añadía. Dedicó su vida a la oración intensa, la lectura, la reflexión rigurosa, la enseñanza, la predicación, la escritura.
Un día dejó de escribir y de enseñar. Como le insistían en que continuara, le dijo a uno de su hermanos: "No puedo. Ante lo que ya he visto, lo que he escrito me parece paja". ¿Que había sucedido? Durante una misa había tenido una intensa experiencia de Dios. Había quedado como fuera de sí. Entonces supo que el misterio de Dios es superior a todo cuanto podamos conocer de Él. En esa experiencia mística extraordinaria, Tomás tuvo un acercamiento directo, vivo, deslumbrante al misterio de Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 4, 1-20
Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago, y se reunió una muchedumbre tan grande, que Jesús tuvo que subir en una barca; ahí se sentó, mientras la gente estaba en tierra, junto a la orilla. Les estuvo enseñando muchas cosas con parábolas y les decía:
"Escuchen. Salió el sembrador a sembrar. Cuando iba sembrando, unos granos cayeron en la vereda; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros cayeron en terreno pedregoso, donde apenas había tierra; como la tierra no era profunda, las plantas brotaron enseguida; pero cuando salió el sol, se quemaron, y por falta de raíz, se secaron. Otros granos cayeron entre espinas; las espinas crecieron, ahogaron las plantas y no las dejaron madurar. Finalmente, los otros granos cayeron en tierra buena; las plantas fueron brotando y creciendo y produjeron el treinta, el sesenta o el ciento por uno". Y añadió Jesús: "El que tenga oídos para oír, que oiga".
Cuando se quedaron solos, sus acompañantes y los Doce le preguntaron qué quería decir la parábola. Entonces Jesús les dijo: "A ustedes se les ha confiado el secreto del Reino de Dios; en cambio, a los que están fuera, todo les queda oscuro; así, por más que miren, no verán; por más que oigan, no entenderán; a menos que se arrepientan y sean perdonados".
Y les dijo a continuación: "Si no entienden esta parábola, ¿cómo van a comprender todas las demás? 'El sembrador' siembra la palabra. 'Los granos de la vereda' son aquellos en quienes se siembra la palabra, pero cuando la acaban de escuchar, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos.
'Los que reciben la semilla en terreno pedregoso', son los que, al escuchar la palabra, de momento la reciben con alegría; pero no tienen raíces, son inconstantes, y en cuanto surge un problema o una contrariedad por causa de la palabra, se dan por vencidos.
'Los que reciben la semilla entre espinas' son los que escuchan la palabra; pero por las preocupaciones de esta vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás, que los invade, ahogan la palabra y la hacen estéril.
Por fin, 'los que reciben la semilla en tierra buena' son aquellos que escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha: unos, de treinta; otros, de sesenta; y otros, de ciento por uno".
III Martes Tiempo Ordinario
Bailar con todas las fuerzas
Cuando David traslada el Arca de la Alianza —que representa la presencia de Dios en medio de su pueblo— todo parece estar impregnado de una alegría incontenible- Se siente la comunión entre el Creador y sus criaturas, la unión de la tierra con el cielo, la experiencia de estar acompañados por Dios en el camino de la vida. Dice la primera lectura que David "la transportó con gran alborozo".
La lectura dice también que "David danzaba con todas sus fuerzas ante el Señor, ceñido con una especie de mandil de lino, que usaban los sacerdotes". Para bailar mejor, el rey se había quitado todas las vestiduras reales que le pesaban y dificultaban sus movimientos. Se quedó sólo con una especie de mandil de lino. Para celebrar el regreso de la presencia de Dios en medio del pueblo, David danza con la alegría pura y espontánea de un niño. Esta experiencia produce, de manera natural, el deseo de compartir, porque es imposible retener para sí todo este gozo. Tan grande era su gozo que David "repartió a todo el pueblo, a cada hombre y a cada mujer de Israel, un pan, un trozo de carne asada y un pastel de pasas".
Este relato tan exultante y gozoso contrasta con la frialdad y la tristeza que se percibe en la actitud de los familiares del Señor que "se quedaron fuera y lo mandaron llamar", supuestamente preocupados por que Jesús está abrazando un estilo de vida demasiado radical. Tal vez hemos experimentado momentos en los que nuestra familia, de la cual tomamos una distancia prudente para poder entrar en la aventura de nuestra propia vida, llama a nuestra puerta intentado recuperar relacionales ya superadas y archivadas en el libro de la memoria. En estas situaciones se puede actuar tratando de acatar sus expectativas para no herir su sensibilidad.
Jesús, por el contrario, se manifiesta como una persona libre. No tiene que justificar su comportamiento, su opción por una trama de relaciones humanas más amplia y profunda, de las cuales parece estar muy feliz y orgulloso: "El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre". Cristo quiere introducir a su familia —y a nosotros— en un espacio más amplio, el espacio de Dios, en una familia más grande, la familia de Dios.
San Francisco de Asís, de quien estamos celebrando el VIII centenario de su paso de este mundo a la Casa del Padre, meditó largamente este evangelio y escribió: "Somos sus hermanos (de Cristo), cuando hacemos la voluntad del Padre que está en los cielos. Somos madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo por medio del amor divino y de la conciencia pura y sincera, y lo damos a luz por las obras santas, que debe resplandecer como ejemplo para los demás".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 3, 31-35
Llegaron a donde estaba Jesús, su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: «Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan».
Él les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».
Santos Timoteo y Tito
Reavivar el fuego del Espíritu
Recordamos hoy a dos de los discípulos y estrechos colaboradores de san Pablo: los santos Timoteo y Tito. A ellos Pablo dirige tres cartas, dos de las cuales están destinadas a Timoteo y una a Tito.
Digamos algunas palabras sobre la segunda carta a Timoteo. Como toda carta, comienza con un saludo del remitente al destinatario. Pablo le desea a Timoteo la paz de Dios. La paz precede, prepara el terreno, abre los corazones. Aunque es la paz de Dios, es frágil porque puede ser aceptada o rechazada. Cuando es aceptada trasforma profundamente a quien la recibe.
Pablo le escribe a Timoteo como un padre al hijo amado. Lo invita a no olvidar el origen de su fe, el momento en que ese don se encendió dentro de él: "Te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos. Porque el Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación". El Espíritu de Dios no es un espíritu de miedo o de timidez, sino de fuerza, de amor, de sabiduría, de valentía, de templanza. Puede ser como las brasas bajo de las cenizas: no hay que encenderlas de nuevo, sino reavivarlas para que vuelvan a dar calor y luz. Pablo nos invita a reavivar el don recibido.
En el Evangelio de Marcos, Jesús es acusado por los escribas de expulsar demonios con el poder de Satanás. Sorprende hasta qué punto pueden llegar la ceguera y la malicia humanas, en este caso de unos letrados y, además, religiosos devotos. Tienen delante la Bondad en persona y no se han dado cuenta. Se supone que ellos son los entendidos, los que conocen las cosas de Dios para ayudar al pueblo a encontrarlo, y resulta que no sólo no lo reconocen, sino que lo acusan de tener el diablo. Superar los prejuicios puede ser difícil, especialmente para los devotos. Es larga la lista de discípulos que, como Jesús, también han sufrido la incomprensión cuando actuaban con buena intención y hacían el bien.
La respuesta de Jesús a los escribas puede quitar la paz, esa paz que Pablo deseaba a Timoteo: "A los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón". Estas palabras no quieren expresar un límite de la misericordia de Dios, sino un límite que nosotros ponemos a esa misericordia. Quien teme haber cometido este pecado, ya demuestra que no lo ha cometido. El remordimiento y el deseo de reconciliación son signos claros de que el Espíritu de Dios sigue presente y actuando en el corazón. La blasfemia contra el Espíritu no es una caída momentánea, sino una decisión obstinada contra la verdad y el amor. Yo creo que, a pesar de nuestras debilidades y pecados, la opción por Dios sigue siendo nuestra opción esencial.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 3, 22-30
Los escribas que habían venido de Jerusalén decían acerca de Jesús: «Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera».
Jesús llamó entonces a los escribas y les dijo en parábolas: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos no puede subsistir. Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.
Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno». Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo.
III Domingo Tiempo Ordinario
Una luz resplandeció
Un teólogo preguntaba: "¿Por qué brillas y sientes dentro de ti el calor y el impulso para brillar?" Y contestaba: "porque llevas dentro de ti el poder de las estrellas".
La ciencia nos ha dicho que somos polvo de estrellas. Somos de la misma materia de las estrellas. Así como las estrellas emiten energía, luz y calor, los seres humanos poseemos la capacidad de brillar sin necesidad de apagar a nadie, la capacidad de superar la adversidad e iluminar la vida de otros.
Jesús va a una tierra de sombras para iluminarla con su luz: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció". Cristo elige lugares de confusión, oscuridad, fragilidad para iniciar su ministerio. Va a la "Galilea de los paganos", tierra de frontera, lugar de paso para los ejércitos y los mercaderes. Galilea era considerada como un lugar contaminado porque ahí se mezclaban los israelitas con los paganos.
¿Por qué Jesús comienza desde la periferia de Israel y no desde el centro, desde Jerusalén? Hay varias razones. Una de ellas es, quizás, porque, como dice un concepto sociológica, el centro conserva y los márgenes innovan. Las instituciones centrales tienden a ser burocráticas, lentas en adoptar cambios y a menudo ven la innovación como una amenaza a la cohesión o a su autoridad. En cambio, al no estar atrapados en la rigidez de la norma central, los grupos marginados deben innovar para sobrevivir, adaptarse a nuevas situaciones.
Es significativo que la luz no surja en el lugar de la pureza ritual, sino en una región percibida como contaminada. La Palabra de Dios invierte la lógica de la exclusión: precisamente donde la historia parece haber fracasado, Dios comienza de nuevo. La luz no es un premio para los justos, sino un regalo para los que viven en las sombras.
La primera palabra que Jesús pronuncia ahí es: "Conviértanse". Convertirse quiere decir entrar en contacto con la eternidad, con la Luz que nos habita. La verdadera conversión no consiste en un esfuerzo moral gigantesco, sino en permitirle a Dios iluminar con su luz, actuar en nuestra historia. Por eso, la conversión no es primeramente un cambio moral, sino un cambio de mirada. El Reino no es un lugar por alcanzar, sino una Presencia que se acerca. Dios no nos espera al final de nuestro camino: viene a nuestro encuentra en la vida cotidiana. Y la llamada urgente a la conversión nace por la proximidad de Dios, no por el temor al juicio severo.
La realidad no es solo lo que se ve con los ojos del cuerpo y de la razón. En el mundo hay un resplandor divino que fluye. Dios está en las venas de la historia. Dios está aquí, entretejido en nuestras vidas, no para juzgarlas sino para hacerlas florecer.
El reino de Dios está aquí como levadura dentro de la masa, como primavera dentro de nuestros inviernos, como polen fecundo dentro de nuestro paraíso marchito. Está aquí a pesar del crimen organizado y las crisis, los arsenales nucleares y la contaminación, el nuevo desorden mundial, las guerras y la degradación que nos asecha. Dios se ha comprometido con nosotros.
Habría que peguntarnos cuáles son hoy las "tinieblas" que habitan nuestras vidas y nuestras comunidades, esas zonas de miedo, confusión, división… a las cuales Cristo puede iluminar con su luz.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 4, 12-23
Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, y dejando el pueblo de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaúm, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí, para que así se cumpliera lo que había anunciado el profeta Isaías:
Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.
Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: «Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos».
Una vez que Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: «Síganme y los haré pescadores de hombres». Ellos inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en la barca, remendando las redes, y los llamó también. Ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron.
Andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia.
II Viernes Tiempo Ordinario
Elegidos y enviados
La lecturas de hoy nos llevan a lugares marginales: una cueva, un grito que nace del miedo, un monte. Sin embargo, es precisamente allí donde Dios revela su modo de actuar; no en el ruido ni el oropel, sino en el silencio que llama a las personas por su nombre.
En la penumbra de una cueva, David tiene ante sí la posibilidad de cambiar el curso de su historia. Saúl, que lo persigue para matarlo, está a merced suya. Sin embargo, David se detiene. No lo mata, aunque podía hacerlo alegando que era en defensa propia. En un silencio cargado de tensión, David reconoce que la vida del otro no le pertenece. Sólo el Señor de la Vida es el dueño de la vida. Sabe que ha sido elegido por Dios para ser el rey de Israel, pero no quiere llegar a serlo asesinando. Su grandeza está aquí: en respetar el tiempo de Dios, en la renuncia a la venganza, en la confianza de que el Señor ve y juzga con justicia.
El gesto de David no es debilidad. Es fe adulta. David nos muestra que el verdadero poder no está en quitar una vida, sino en cuidarla. La cueva, lugar oscuro, se convierte en un espacio de revelación: es allí donde el corazón es puesto a prueba, es ahí donde se elige vivir según los instintos o según Dios.
El salmo responsorial recoge esta experiencia. Es la oración de quien es perseguido, pero no pierde la esperanza: "Señor, apiádate de mí". Es el grito de quien confía. El salmista no ignora el peligro, no minimiza el miedo: lo pone delante del Señor. Y, mientras todo a su alrededor parece amenazante, nace una certeza: Dios es refugio, como alas de una gallina bajo las cuales se refugian los polluelos. La alabanza comienza a brotar en medio de la noche: "Voy a clamar al Dios altísimo".
En el Evangelio, Jesús sube a un monte. Allí llama, elige. La elección nace de la gratuidad, no de los resultados obtenidos por los elegidos. Los llama a estar con él, antes de hacer algo por él. Los llama a compartir su vida para que aprendan a mirar y amar como él. También para ellos, como para David, la elección no es un privilegio que hay que defender, sino una responsabilidad que hay que vivir en el servicio.
Cristo también llama a predicar y "da poder para expulsar a los demonios". Esto no significa que todos somos exorcistas a la manera del famoso exorcista padre Amorth, sino que el Señor nos capacita para combatir el mal en sus diversas manifestaciones. Los seguidores de Cristo tenemos, pues, tres tareas esenciales: la vida espiritual (estar con Jesús), la misión (enviados a predicar) y la lucha contra el mal. Si sabemos estar con Jesús estaremos capacitados para predicar y luchar contra el mal.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 3, 13-19
Jesús subió al monte, llamó a los que él quiso, y ellos lo siguieron. Constituyó a doce para que se quedaran con él, para mandarlos a predicar y para que tuvieran el poder de expulsar a los demonios. Constituyó entonces a los Doce: a Simón, al cual le impuso el nombre de Pedro; después, a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, a quienes dio el nombre de Boanergues, es decir «hijos del trueno»; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y a Judas Iscariote, que después lo traicionó.
II Jueves Tiempo Ordinario
Un espacio para Él
La historia de David y Saúl comienza con un canto festivo, luego de la victoria sobre Goliat y los filisteos. Pero, pronto, ese canto se convierte en una herida. Saúl escucha las alabanzas del pueblo a David y deja que la envidia se instale en su corazón. A partir de ese momento su mirada se oscurece, se vuelve turbia. David ya no es un don, sino una amenaza. Cuando el corazón se deja habitar por el miedo de perder el poder o por la envidia, el bien ajeno se vuelve insoportable. Saúl, que había sido elegido y bendecido por Dios para ser rey, pierde la paz.
Sin embargo, dentro de esta situación tensa y peligrosa, Dios continúa actuando discretamente. Lo hace a través de Jonatán, el hijo del rey Saul. David no responde a la violencia con violencia y es protegido, salvado, acompañado por Jonatán, un amigo que se convierten en refugio. Es como si el Señor construyera alrededor de David una red silenciosa de protección, mientras que el odio va consumiendo a Saúl. Jonatán representa la otra parte del corazón humano donde los sentimientos nobles, limpios, donde el amor engrandece el alma y deja al descubierto la imagen que hay en ella: la imagen de Dios.
En el evangelio, Dios protege y salva a través de Jesús. Cristo no rechaza a nadie, sólo pide una barca para establecer una distancia, un espacio de protección, entre él y la necesidad de la multitud que está a punto de aplastarlo. También aquí hay una tensión: el bien que atrae, la potencia que libera y, al mismo tiempo, la posibilidad de ser aplastado por la imprudencia de la gente o el riesgo de ser tergiversada su identidad de Mesías. Por eso, Jesús les prohibía a los que había liberado de espíritus inmundo contar lo que les había sucedido.
El pequeño pero decisivo espacio que Jesús establece entre nuestra necesidad de salvación y su deseo de dárnosla, es para que comprendamos que esa distancia es un espacio de salvación, el espacio donde se pueden construir relaciones profundas y duraderas con él.
El evangelio nos invita a reservar un espacio en nuestra barca para Jesús, para que pueda seguir cumpliendo su misión de anunciar la buena nueva, sanar, perdonar, liberar, salvar, sostener, proteger.
Cuando nos demos cuenta que tenemos un pensamiento negativo, una tentación, o sintamos envidia o miedo, detengámonos y digámosle a Jesús: "hay un lugar para ti en la barca". A veces, basta invocar su presencia para ser liberados de la tentación.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 3, 7-12
Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, seguido por una muchedumbre de galileos. Una gran multitud, procedente de Judea y Jerusalén, de Idumea y Transjordania y de la parte de Tiro y Sidón, habiendo tenido noticias de lo que Jesús hacía, se trasladó a donde él estaba.
Entonces rogó Jesús a sus discípulos que le consiguieran una barca para subir en ella, porque era tanta la multitud, que estaba a punto de aplastarlo.
En efecto, Jesús había curado a muchos, de manera que todos los que padecían algún mal, se le echaban encima para tocarlo. Cuando los poseídos por espíritus inmundos lo veían, se echaban a sus pies y gritaban: "Tú eres el Hijo de Dios". Pero Jesús les prohibía que lo manifestaran.
II Miércoles Tiempo Ordinario
La fuerza que nace de la confianza
La Palabra de Dios nos lleva hoy al lugar de la prueba, donde se mide la confianza. Nos lleva, concretamente, al campo de batalla donde David lucha contra Goliat, a la oración confiada del salmista y a la sinagoga en la que Jesús se encuentra con un hombre que tiene la mano seca.
David es joven, inexperto en la guerra. Sin embargo, lleva en su corazón una certeza que no lo hace titubear. Delante de Goliat no confía en las armas pesadas ni en la protección del rey Saúl. Lucha con lo que le es familiar, la honda y las piedras pulidas por el torrente. Son cosas pequeñas, elementales, pero llevan el recuerdo de un Dios que salva. David no lucha para demostrar su valía, sino porque sabe que el Señor no abandona a los que confían en él. La victoria nace primero en el corazón, antes de manifestarse en el campo de batalla.
El salmo responsorial expresa lo que hay en el corazón de David: "Bendito sea el Señor, mi roca firme; él adiestró mis manos y mis dedos para luchar". Dios no es una roca lejana e inmóvil, sino una Presencia viva que educa las manos para la lucha y el corazón para la esperanza. El salmista conoce su fragilidad y, precisamente por esto, confía en el Señor. No se trata de una confianza ingenua. Nace de una mirada profunda: cuando Dios es nuestra roca, también la debilidad se convierte en espacio de salvación.
En el evangelio, Jesús entra en la sinagoga y encuentra a un hombre con la mano tullida, seca. A su alrededor hay miradas severas, corazones más secos que esa mano, listos para juzgar y condenar en lugar de comprender. Jesús plantea preguntas simples y desarmantes: ¿Es lícito hacer el bien o el mal en sábado? ¿Salvar una vida o dejarla morir? El silencio que sigue es pesado, cargado de miedo. La mente de los fariseo se cierra. Pero Jesús no se detiene. Le pide al hombre que extienda la mano, que confíe, que se atreva. Y la mano sana.
La actitud del enfermo es la misma actitud de David: no la fuerza, sino la confianza en Dios. La verdadera sequedad no está en la mano del hombre, sino en el corazón endurecido que se niega a dejarse tocar por la misericordia. Jesús sana en sábado porque el bien no puede esperar, porque el amor de Dios no conoce aplazamientos ni cálculos.
La Palabra de Dios nos invita a reconocer nuestro Goliat interior, nuestras manos cerradas y nuestro corazón seco, nuestros miedos disfrazados de prudencia. Nos pide elegir la confianza, creer que lo que parece pequeño y frágil puede convertirse en instrumento de salvación, si se entrega a Él. Nos pide sólo esto: no endurecer el corazón, extender la mano, dar el primer paso, creer que el bien es siempre posible.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 3, 1-6
Jesús entró en la sinagoga, donde había un hombre que tenía tullida una mano. Los fariseos estaban espiando a Jesús para ver si curaba en sábado y poderlo acusar.
Jesús le dijo al tullido: "Levántate y ponte allí en medio". Después les preguntó: "¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Se le puede salvar la vida a un hombre en sábado o hay que dejarlo morir?" Ellos se quedaron callados. Entonces, mirándolos con ira y con tristeza, porque no querían entender, le dijo al hombre: "Extiende tu mano". La extendió, y su mano quedó sana.
Entonces se fueron los fariseos y comenzaron a hacer planes con los del partido de Herodes para matar a Jesús.
II Martes Tiempo Ordinario
Más allá de la apariencia
Dios envía a Samuel a Belén con una encomienda: escoger un rey. Pero no le da instrucciones detalladas. El profeta ve pasar delante de él hombres fuertes, altos, convincentes. Todo parece sugerir que uno de ellos es el elegido. Pero el Señor lo desconcierta: no mires la apariencia: mira el corazón porque "el hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones". La mirada de Dios es diferente a la mirada de los hombre. No se queda en la superficie.
Finalmente llaman a David, el último, aquel que ni siquiera había sido invitado, un muchacho que cuida el rebaño, lejos de las miradas, inmerso en la cotidianidad. Y es allí, en esa vida simple y oculta, donde Dios ha puesto su mirada y lo ha llamado para ser el rey de Israel.
En el Evangelio, esta mirada misericordiosa se encarna en Jesús de Nazaret. Los discípulos arrancan espigas en sábado, impulsados por el hambre. Pero pronto intervienen los legalistas. Incapaces de ir más allá de la apariencia, los fariseos se dirigen a Jesús con la intención de corregir su comportamiento y el comportamiento de los discípulos, meterlos en los recintos seguros de su sistema legal. La ley toma el lugar de la persona.
Jesús recuerda a David, el rey elegido por Dios cuando era invisible a los ojos de los hombres. Donde el hombre ve una infracción, Jesús ve una necesidad; donde el hombre defiende una norma, Jesús defiende la vida. La ley es un don para proteger la vida.
Es cierto que no existe una fe sin leyes, sin una moral, pero la moral cristiana nace del Evangelio. Es obvio que los panes del Templo eran sagrados y no estaba permitido comerlos; pero si un hombre se está muriendo de hambre sería un sacrilegio dejarlo morir de hambre pensando en salvar la sacralidad de esa ofrenda. Semejante confusión genera interpretaciones muy equivocadas de Dios. Si tenemos que hablar de transgresión, habría que hacerlo contra la rigidez de la ley que crea división en lugar de comunión y solidaridad.
Cuando las reglas se vuelven más importantes que las persona, nos sentimos en paz cuando hemos cumplido la ley. Sin embargo, de esta manera pervertimos el valor de la regla, que indica una dirección, no es el final del viaje. La Palabra de hoy nos educa en este paso delicado: pasar del control a la confianza, de la rigidez a la compasión, de la apariencia a la verdad profunda del corazón.
Pidámosle al Señor que aprendamos a mirar como él. La mirada de Dios es una mirada que llama, que salva, que pone la vida en el centro.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 2, 23-28
En sábado Jesús iba caminando entre los sembrados, y sus discípulos comenzaron a arrancar espigas al pasar. Entonces los fariseos le preguntaron: "¿Por qué hacen tus discípulos algo que no está permitido hacer en sábado?"
Él les respondió: "¿No han leído acaso lo que hizo David una vez que tuvo necesidad y padecían hambre él y sus compañeros? Entró en la casa de Dios, en tiempos del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes sagrados, que sólo podían comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros".
Luego añadió Jesús: "El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado. Y el Hijo del hombre también es dueño del sábado".
II Lunes Tiempo Ordinario
El Novio está presente
El rey Saul y su pueblo habían ofrecido algo a Dios; pero lo habían hecho reteniendo lo que el Señor les había pedido que dejaran. Entonces, el profeta Samuel le dice al rey: "¿Crees tú que al Señor le agradan más los holocaustos y los sacrificios que la obediencia a sus palabras?". En el cetro está Dios, no las prácticas religiosas, "los holocaustos y sacrificios". La obediencia al Señor no es sumisión ciega, sino escucha atenta, profunda, libre, confiada, que puede llevar a cambiar las opciones cuando es necesario.
Algo semejante sucede en el evangelio de hoy. Los fariseos y lo discípulos del Bautista se preocupan por hacer ayunos, practicar ritos. Mientras los escribas están regidos por el esquema de la Ley, los discípulos de Juan están obsesionados con la sobriedad y el ascetismo de su maestro. Jesús los invita a preguntarse por qué lo hacen. Los ayunos son buenos, pero deben practicarse en un contexto de fiesta, de alegría. Jesús quiere introducir un nuevo modo de vivir la fe. Pero la novedad de Jesús y su Evangelio rompen esquemas.
Es necesario cambiar la mentalidad y los esquemas para poder recibir el Evangelio. A veces tratamos de arreglar las cosas buscando soluciones que parecen cambiarlas, pero no ha habido realmente un cambio. Fue simplemente un maquillaje. Es un error creer que basta con cambiar algo de fuera sin cambiar nada por dentro.
Jesús usa una metáfora. Dice que el vestido viejo debe ser cambiado, no parchado; porque la pieza nueva cosida en un tejido desgastado corre el riesgo de rasgar todo. El modelo de devoción, penitencia, renuncias, ayunos de los discípulos del Bautista y los devotos fariseos no puede contener el vino nuevo del Evangelio. Ese modelo ya está viejo y desgastado. Cuando tratamos de recibir y retener a Dios dentro de esquemas viejos corremos el riesgo de perder la alegría del Novio que está entre nosotros: "¿Cómo van a ayunar los invitados a una boda, mientras el novio está con ellos? Mientras está con ellos el novio, no pueden ayunar".
Cristo dice también que "llegará el día en que el Novio les será quitado y entonces sí ayunarán". Hay momentos, en los que la aridez espiritual o la hostilidad nos llevan a la renuncia y al cansancio. Entonces el ayuno tiene sentido para recordar la fiesta y prepararnos para celebrarla.
Hoy la Palabra de Dios nos invita a dejar espacio al vino nuevo, a una obediencia que nace del amor y a una fe que no tiene miedo de renovarse. Sólo así nuestra vida se convierte en morada de Dios y en alabanza.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 2, 18-22
En una ocasión en que los discípulos de Juan el Bautista y los fariseos ayunaban, algunos de ellos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, y los tuyos no?"
Jesús les contestó: "¿Cómo van a ayunar los invitados a una boda, mientras el novio está con ellos? Mientras está con ellos el novio, no pueden ayunar. Pero llegará el día en que el novio les será quitado y entonces sí ayunarán.
Nadie le pone un parche de tela nueva a un vestido viejo, porque el remiendo encoge y rompe la tela vieja y se hace peor la rotura. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino rompe los odres, se perdería el vino y se echarían a perder los odres. A vino nuevo, odres nuevos".
II Domingo Tiempo Ordinario
La Gracia en la desgracia
Dios miró a la humanidad y la encontró enferma y perdida. Y entonces se hizo hombre. Y lo hizo como cordero. Juan Bautista lo presenta como "el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo". En los oídos de los oyentes esta frase evocaba chivos expiatorios, sacrificios, el mal descargado sobre alguien, culpas eliminadas.
Cristo vino inerme y en la debilidad del cordero para ponerse a nuestro servicio y ofrecer su vida. Jesús no solo se pone al lado de las víctimas: él mismo fue víctima. En la religión de ese tiempo eran muy importantes los sacrificios, inmolar algo a Dios. En Jesús, en cambio, es Dios quien se inmola por nosotros. Vino a darse él mismo, a poner su vida en nuestra vida, su corazón en nuestro corazón, su Gracia en nuestras desgracias.
Jesús viene como un cordero, no como un lobo. Viene como cordero para no convertirse en el enésimo líder arrogante, narcisista y prepotente que se cree el dueño del mundo.
Vino a quitar el "pecado del mundo". No quita simplemente los pecados pequeños o grandes —que dañan el tejido y la belleza del mundo— sino el pecado, es decir, la raíz enferma que contamina todo, la matriz de todo el mal del mundo de donde brotan la indiferencia, la violencia, las mentiras, los amores tóxicos que destrozan vidas. Vino a quitar el desamor.
Para vencer al lobo, Dios se hace cordero; para vencer la oscuridad, ilumina con su rostro más radiante que la luz del mediodía; para vencer el frío, enciende su sol; para vencer el desierto, siembra millones de semillas; para vencer la cizaña del campo, cuida la espiga y siembra belleza.
El hecho de que el Verbo de Dios asume seriamente y concretamente nuestra vida tiene consecuencias. Si él está con nosotros y se hace como nosotros, también nosotros podemos estar con Él y aprender a ser como Él. A este proceso le llamamos "santificación". El apóstol Pablo, haciendo gala de audacia, decía en la segunda lectura a sus hermanos en la fe: "A todos ustedes, a quienes Dios santificó en Cristo Jesús y que son su pueblo santo". Ser santos, no quiere decir hacer un camino sin errores y fracasos, sino estar dispuestos a asumir, día tras día, la guía y la compañía de Aquel que es capaz de llevar todo el "pecado del mundo" porque lo ha creado y amado profundamente. El mundo es obra de sus manos.
Juan Bautista confiesa que "no lo conocía". Pero llegó un momento en que lo vio y lo reconoció. El conocimiento de Dios nace de una experiencia. El largo tiempo pasado en el desierto y la austeridad forjó el corazón de Juan hasta hacerlo sensible al paso de Dios. Como lo vio, da testimonio, puede dar testimonio porque ha visto, ha sido testigo. El testimonio de Juan no es propaganda religiosa. Simplemente dice lo que ha visto y lo ha transformado. Como muchas veces no nos damos cuenta de la presencia del Señor, necesitamos personas que, como Bautista, nos indiquen su Presencia.
También yo puedo decir como Juan — por supuesto, teniendo en cuenta la gran distancia espiritual y moral que me separa de él— que he visto y he tratado de dar testimonio, en mi vida contradictoria y ambigua, que Jesús es el Hijo de Dios. Ciertamente, me falta mucho camino por recorrer. Vivo para comprender lo que he visto y que todavía no entiendo del todo.
El evangelio de hoy nos trae un mensaje de esperanza y alegría. A pesar del evidente dominio del mal en el mundo, Cristo vino a quitarlo y nos llama a la comunión de vida y amor con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 1, 29-34
Vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: «Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: . Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel».
Entonces Juan dio este testimonio: "Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: . Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios».
I Viernes Tiempo Ordinario
El dinamismo de la fe
Representantes del pueblo de Israel van ante Samuel para hacerle una petición: "Danos un rey para que nos gobierne, como sucede en todos los pueblos". La petición expresa el deseo de ser como todos los pueblo, renunciar a su singularidad y su identidad. No es un rechazo explícito a Dios, sino algo más sutil: el intento de hacer visible, controlable lo que no se puede ver y debería ser acogido con confianza. Dios lo sabe y le dice a Samuel: "No es a ti a quien rechazan, sino a mí, porque no me quieren por rey". En el fondo, están rechazado a Dios como rey. Piden un rey que responda a sus deseos de grandeza y poder.
Mientras que la propuesta del pueblo disgustó al profeta Samuel, el Señor reaccionó con elegante serenidad. Nuestras decisiones e incluso nuestros caprichos son recibidos por Dios con benevolencia unida a la misericordia. Aunque la institución de la monarquía representó en la historia de Israel un salto y tendrá aspectos positivos, al final los aspectos negativos terminaron por prevalecer. Como les anuncia Samuel, esos pequeños reyes terminarán oprimiéndolos, exigiéndoles tributos, algo que sigue sucediendo ahora.
El Señor deja que aprendamos de nuestros errores, del fracaso de nuestras falsas expectativas. Nos deja saborear el fruto amargo de nuestra inmadurez. Dios nos educa también a través de la experiencia del pecado para que aprendamos de nuestras caídas y confiemos en Él más que en nosotros mismo.
El evangelio presenta personas que confían en el Señor. A diferencia de otras ocasiones en que el enfermo le pide a Jesús la curación, el paralítico no dice nada. Sin embargo, Jesús al ver la fe de sus amigos realiza la curación. Los amigos del paralítico le han abierto una vía de acceso a Jesús. Muestran que la fe es un dinamismo, el dinamismo del espíritu que, ante los obstáculos, en lugar de quejarse, paralizarse o reaccionar con agresividad, encuentra la manera de sortearlos y alcanzar el objetivo de estar en la presencia de Dios.
Frente a la fe de los amigos del paralítico está la fe de algunos escribas que, dice el evangelista, "estaban sentados". Este detalle es significativo. Estar sentados expresa estar acomodados en sus posiciones y modos de pensar, en sus esquemas mentales. No se dejan mover por los acontecimientos en los cuales se manifiesta la misericordia de Dios. Tienen el alma paralizada. Esa fe no hace progresar; al contrario, radicaliza las rigideces del pensar y la audacia en actuar. Contrasta con el dinamismo y la creatividad de los amigos del paralítico que, ante el obstáculo que representa la multitud —que puede simbolizar la multitud de imperfecciones y limitaciones que nos aquejan— no se rinden.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 2, 1-12
Cuando Jesús volvió a Cafarnaúm, corrió la voz de que estaba en casa, y muy pronto se aglomeró tanta gente, que ya no había sitio frente a la puerta. Mientras él enseñaba su doctrina, le quisieron presentar a un paralítico, que iban cargando entre cuatro. Pero como no podían acercarse a Jesús por la cantidad de gente, quitaron parte del techo, encima de donde estaba Jesús, y por el agujero bajaron al enfermo en una camilla.
Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: "Hijo, tus pecados te quedan perdonados". Algunos escribas que estaban allí sentados comenzaron a pensar: "¿Por qué habla éste así? Eso es una blasfemia. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?"
Conociendo Jesús lo que estaban pensando, les dijo: "¿Por qué piensan así? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: 'Tus pecados te son perdonados' o decirle: 'Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa?' Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados –le dijo al paralítico–: Yo te lo mando: Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa".
El hombre se levantó inmediatamente, recogió su camilla y salió de allí a la vista de todos, que se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: "¡Nunca habíamos visto cosa igual!".
I Jueves Tiempo Ordinario
Contacto
La primera lectura es impactante. El pueblo de Israel sufre una dolorosa derrota. Entonces, se le ocurre llevar a la batalla el arca de la alianza, el signo más sagrado de la presencia de Dios. Era un gesto que nacía del miedo: como si bastara tener el arca para garantizar la victoria. Pero la derrota fue aún más estrepitosa que la primera. El arca es capturada. ¿Por qué sucedió esto? ¿Qué mensaje encierra esta historia trágica?
El silencio que sigue a la derrota es más elocuente que muchas palabras. Cuando se usa a Dios, el corazón permanece vacío. El Señor no se deja reducir a un objeto sagrado, a un talismán para llevar en nuestros conflictos. No se deja instrumentalizar, manipular, ni tomar como rehén. Cada vez que la fe en Dios se transforma en seguridad religiosa, corre el riesgo de instalarse en una especie de auto legitimación que abre las puertas a la derrota. Hay momentos en que sentimos la necesidad de llevar a Dios con nosotros como una solución rápida frente a lo que nos asusta.
La oración del salmo responsorial: "Redímenos, Señor, por tu misericordia", no es el grito de quien reclama una solución inmediata. Es la oración humilde de quien busca un encuentro con el Señor y se entrega confiadamente a su voluntad. Entonces, la fe se convierte en una relación con Dios.
En el Evangelio, esta relación toma un rostro concreto. Un leproso se acerca a Jesús, rompiendo la distancia. No lleva símbolos sagrados, no pide garantías. Sólo tiene una frase esencial: "¡Si tú quieres, puedes curarme!". No es la fe de quien cree que Dios es un talismán. Jesús no responde desde lejos: se acerca, extiende su mano, toca. Donde antes había exclusión, ahora hay contacto; donde había impureza, ahora hay vida que florece. Tocar significa relacionarse, establecer un contacto, una conexión; ir más allá de las barreras de la enfermedad, de las reglas, para conectar con lo esencial
Jesús le pide al enfermo sanado que guarde silencio. La petición de Jesús puede interpretarse de diversas manera. Puede ser una manera sutil de decir que el verdadero testimonio no es la divulgación del milagro, sino la transformación de la propia vida.
Concluyendo. La historia de los filisteos que derrotan a los judíos, de la que nos habla la primera lectura, en una advertencia: No usar a Dios, sino cultivar una relación viva, directa, inmediata con Él; no querer poseerlo, sino dejarnos tocar por él, crear una conexión. En el encuentro humilde del leproso es donde la vida comienza de nuevo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 1, 40-45
Se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: "¡Si tú quieres, puedes curarme!". Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: "¡Sí quiero: sana!" Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.
Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: "No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés".
Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes.
I Miércoles Tiempo Ordinario
"Aquí estoy"
Muchos jóvenes dicen no poder encontrar una voz que le hable al corazón y le dé sentido a su vida. Los ruidos del mundo parecen gritar más fuerte que los deseos más profundos de su corazón. Pero también muchos adultos, agobiados por presiones en el trabajo, presiones económicas, con muchas cosas por hacer y ritmos acelerados, corren el riesgo de no reconocer la voz de Dios.
En la primera lectura, el joven Samuel escucha repetidamente su nombre en el silencio de la noche y responde: "Aquí estoy". Pero no sabe bien de dónde procede esa voz. Piensa que lo llama el sacerdote Elí. Finalmente, el anciano sacerdote entiende lo que está pasando y enseña al joven Samuel a percibir la voz del Señor. Es un hecho que hay días en que la Palabra de Dios viene a nuestro encuentro en la oscuridad de la noche y no sabemos identificarla.
Samuel se levanta, corre, confía. No entiende del todo, pero no se queda quieto. Y es precisamente en esta disponibilidad que la llamada toma forma. Cuando finalmente responde: "Habla, Señor; tu siervo te escucha", no está mostrando seguridad, sino confianza. Está aprendiendo que la escucha no es pasividad, sino apertura a la presencia y la voz de Dios. Su Palabra no permanece fuera de nosotros: entra, hace su morada, se convierte en ley interior, camino concreto. Es una Palabra dirigida de manera personal. Tiene en cuenta las necesidades concretas de cada persona.
En el Evangelio, Jesús después de curar a la suegra de Pedro y a muchos otros, se levanta en la madrugada para buscar un lugar solitario y orar. Siente la necesidad de silencio, soledad, interiorización, de oración, de intimidad con el Padre. Es allí donde encuentra la dirección, donde nace la decisión de ir a otro lugar, de seguir anunciando, de no detenerse. Su vida y misión se sostienen en la escucha de la voz del Padre, en dejase tocar y guiar por Él.
Dice la primera lectura que "la palabra de Dios se dejaba oír raras veces". En realidad, Dios habla continuamente, de muchas y muy diversas maneras. Pero su Voz es ahogada en tiempos frágiles e inciertos como el nuestro. Necesitamos a alguien que nos ayude a discernir lo que está sucediendo dentro de nosotros. Necesitamos educar la capacidad de escucha que todos tenemos. La oración, el silencio místico, la contemplación de lo sagrado, la sensibilidad para lo bello y lo sublime, el anhelo de paz y justicia, son actividades que la desarrollan.
Pongámonos delante del Señor en silencio y esperanza, y digámosle: "Habla, Señor; tu siervo te escucha". No son los sacrificios lo que agrada al Señor, sino un corazón atento, que se detiene, que escucha, que se deja moldear por Él.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos l, 29-39
Al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.
Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él.
De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: "Todos te andan buscando". Él les dijo: "Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido". Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.
I Martes Tiempo Ordinario
Una fe viva y vivida
El primer milagro que Jesús realiza en el evangelio de Marcos es la curación de un endemoniado. Entre los asistente a la sinagoga de Cafarnaúm estaba un endemoniado. Es desconcertante. Podríamos decir que el mal no tiene miedo de participar en el culto, de entrar en la iglesia. El enemigo no está sólo fuera de la Iglesia; también está dentro. Por eso, lo primero que se debe purificar es la propia comunidad.
Debe ser purificada de una fe que protesta porque Dios se mete en nuestros asuntos. Le dice el endemoniado a Jesús: "¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros?". Cristo libera de una visión distorsionada de la fe. Entra en nuestros asunto, en nuestras creencias, en nuestras prácticas religiosas y las puede poner en crisis. De hecho, puso en crisis la religión de su tiempo centrada en la Ley y en el culto, pero que se olvidaba de la misericordia y de conducir a la experiencia de Dios.
Lo que perturba al mal no es la recta doctrina. Lo que realmente le molesta es conocer a alguien que no solo dice lo correcto, sino que cree en lo que dice. Jesús tiene autoridad porque vive lo que dice. El mal puede dejarnos en paz con la doctrina recta, las oraciones, lo que decimos. Lo que lo arruina es vivir lo que creemos, lo que rezamos, lo que decimos. Todo el evangelio de Marcos quiere llevar al lector de una fe teórica a una fe viva y vivida.
La palabra de Jesús tiene autoridad porque saca a la luz lo que nos hace esclavos y revela el juego sucio de la falsa religiosidad. Su Palabra puede ser miel, pero también puede ser sal que preserva de la corrupción. Jesús dejó que el endemoniado sacara primero su tormento interior. Luego lo libera. Su palabra no llega como un juicio o una acusación o una obligación impuesta desde lo alto, sino como luz que consuela, como bálsamo que disuelve las rigideces, como agua que vivifica.
La rabiosa reacción del endemoniado surge cuando es alcanzado por la Palabra de Dios. Pero Cristo lo calla. Le dice: "¡Cállate!". No estamos poseídos por un demonio, pero asistimos al culto religioso y quizás la palabra de Dios nos parece lejana. No llega al corazón. Nos falta capacidad para callar, para hacer silencio interior y escuchar. Esta es la primera condición para ser liberados. Decía Antoine de Saint-Exupery que "amar significa sobre todo escuchar en silencio".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 1, 21b-28
Se hallaba Jesús en Cafarnaúm y el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.
Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: "¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios".
Jesús le ordenó: "¡Cállate y sal de él!" El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: "¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen". Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea.
I Lunes Tiempo Ordinario
Dejar las redes
Luego del tiempo de Navidad, volvemos al tiempo ordinario. El tiempo ordinario es un tiempo habitado por Dios, como lo muestran las lecturas de hoy. Dios camina en medio de nosotros, entra en nuestras casas, camina por nuestras calles, recorre nuestros caminos. El Señor busca colaboradores, discípulos, seguidores. Y los va a buscar al trabajo. No busca rabinos, teólogos, aristócratas, personas devotas. Llama a pescadores que ni siquiera lo conocen. No los llama a seguirlo después de un largo y extenuante camino de formación. No los evalúa previamente. Los elige y no sabemos por qué, así como no sabemos por qué nos eligió a nosotros. Para seguirlo, debemos dejar algo, abandonar las redes, es decir, lo que nos ata, por ejemplo, el juicio de los demás, la culpa, el pecado, el desaliento.
La primera lectura nos introduce en la casa de Ana, una mujer herida por un deseo que parece no encontrar respuesta. Ana sufre porque ama la vida y siente que no puede generarla. Su corazón es como su vientre vacío: espera. Alrededor de ella hay miradas que la humillan y hieren, preguntas que permanecen en suspenso. Sin embargo, en su carencia, Dios ya está obrando. Ana no ha sido olvidada. Su historia nos enseña que el silencio de Dios no es ausencia, sino preparación.
El salmo es la respuesta de quien, luego de atravesar la prueba, descubre que ha sido sostenido sin darse cuenta. "¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?". No es la oración de quien ha recibido todo enseguida, sino de quien ha aprendido a reconocer la presencia de Dios en el camino. La alabanza nace de la memoria: recordar lo que Dios ha hecho: "Levantaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor". El cáliz de la salvación es una relación reencontrada.
En el Evangelio, esta dinámica se hace llamada. Jesús camina por la orilla del lago de Galilea, en un día ordinario, entre redes, barcas y gente trabajando. No va a lugares extraordinarios. Se encuentra con personas inmersas en la cotidianidad. Su palabra es sencilla, pero decisiva: "Síganme". Los discípulos deben dejar algo, y no porque lo que dejan sea inútil, sino porque hay algo más grande que les espera.
El hilo que une las lecturas es luminoso: Dios entra en nuestra historia cuando empezamos a confiar. Ana confía su deseo al Señor, el salmista le confía su gratitud, los discípulos le confían su futuro. En todos, la fe no nace de la ausencia de dificultades, sino del encuentro con un Dios que llama, sostiene y transforma. La Palabra nos recuerda que Dios pide estar disponibles. Nuestra vida, cuando se deja la red o la barca en la orilla, puede convertirse en un espacio para recibir un amor más grande.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 1, 14-20
Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: "Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio".
Caminaba Jesús por la orilla del lago de Galilea, cuando vio a Simón y a su hermano, Andrés, echando las redes en el lago, pues eran pescadores. Jesús les dijo: "Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres". Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante, vio a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en una barca, remendando sus redes. Los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre con los trabajadores, se fueron con Jesús.
El Bautismo del Señor
El descenso de Jesús
Juan Bautista estaba sumergiendo a las personas en las aguas del rio Jordán para luego hacerlas resurgir como personas nuevas. Mezclado entre los pecadores, confundido en medio de la multitud, Jesús de Nazaret avanza hacia Juan. El Bautista lo ve venir y le pregunta: "¿Y tú vienes a que yo te bautice?". Es Dios quien viene. ¿Cómo es posible? ¿Tú vienes a mí? ¿No somos nosotros quienes debemos buscar a Dios? ¿No es Dios el deseo secreto e inalcanzable de la búsqueda humana? No, el Dios de Jesucristo es diferente.
El bautismo era un rito de purificación y conversión reservado a los seres humanos, no a Dios. Sin embargo, Jesús no permaneció en la rivera firme del rio Jordán. Se sumerge en esas mismas aguas donde la gente había dejado sus pecados, para poder lavar los pecados. Sumergirse es el símbolo de que entra en la vida concreta de cada día, porque sólo desde allí puede realizar su lenta fatiga ascendente.
Jesús desciende a las agua del Jordán. Toda existencia humana conoce descensos: lugares de vulnerabilidad, de fracaso, de límite, de pérdida de control. Tendemos instintivamente a huir de estos espacios, a disfrazarlos o a interpretarlos como signos de castigo o abandono. Jesús, en cambio, entra voluntariamente. En su descenso revela que precisamente allí, donde experimentamos nuestra fragilidad, Dios elige hacerse presente.
El Bautista encarna una postura espiritual muy difundida también hoy: la de centrarse en el mal, la injusticia, la hipocresía, el pecado, y leerlos dentro de un rígido esquema de culpa y castigo. Su predicación nace de una ira justa, profética; pero que tiende a endurecerse en la visión de un Dios justiciero y vengador. Juan representa la persona que busca seguridad en la claridad de las reglas, en la distinción clara entre justos y pecadores, entre puros e impuros. Jesús no desestima esta necesidad de justicia: la lleva más allá. Invita a pasar de una religión centrada en el pecado a una religión centrada en la gracia, a ver la misericordia como una forma más alta de la justicia.
Con su bautismo, Jesús se coloca entre los pecadores no para compartir el pecado, sino para compartir la condición humana marcada por el pecado, la finitud y la muerte. Dios no nos salva privándonos de nuestra humanidad, sino habitándola. Su inmersión en el agua es signo de una solidaridad radical. Jesús no observa la fragilidad desde fuera, sino que la asume desde dentro. De esta manera, nos libera de una falsa espiritualidad que identifica la santidad con la inmunidad sin límites. La santidad, según el Evangelio, no es ausencia de heridas, sino lugar donde las heridas se convierten en espacio de relación con Dios.
En el bautismo de Jesús —y en el nuestro— se escuchó una voz del cielo: "Este es mi Hijo muy amado". El secreto de Jesús, su fuerza está en el hecho que el Padre lo ama, confía en Él. Antes de todo envío, de toda acción, de toda moral, está esta pertenencia. Muchas fatigas espirituales nacen del intento de "merecer" el amor de Dios en lugar de acogerlo. El evangelio del bautismo del Señor invierte esta dinámica: no estamos llamados a actuar para ser hijos, sino actuar porque somos hijos. La filiación no es una conquista, sino un don y una revelación que piden ser vividos.
El relato de Mateo nos invita a revisar nuestra imagen de Dios y de nosotros mismo: ya no somos simplemente personas a las que hay que corregir o juzgar, sino hijas/os a los que hay que acompañar, sanar, reconducir a la comunión. Desde esta dinámica, el bautismo de Jesús sigue siendo un acontecimiento vivo en la historia de cada uno de nosotros.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 3, 13-17
Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: «Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?» Jesús le respondió: «Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere». Entonces Juan accedió a bautizarlo.
Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma y oyó una voz que decía, desde el cielo: «Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias».
Viernes Feria de Navidad
El deseo de Dios
En nuestro nombre, los leproso del mundo, el leproso del evangelio pregunta: ¿cuál es la voluntad de Dios? ¿Qué quiere Dios de esta carne deshecha, de este cuerpo llagado? El enfermo hace una súplica breve, simple, directa que cambia el curso de su vida: "Señor, si quieres, puedes curarme". Apela al deseo de Dios, a su voluntad. Y recibe la respuesta: "Quiero. Queda limpio". Dios quiere sanar. Y Cristo nos pide participar del deseo, de la voluntad de Dios que realiza milagros. Personas llenas de Dios han logran hacer las mismas cosas que Jesús, a lo largo de la historia. Se encuentras con enfermos, desesperados, drogadictos, prostitutas… Los tocan con un gesto de afecto, una sonrisa, y muchos de ellos se curan literalmente de su mal. Tomar el Evangelio en serio tiene un poder que cambia la vida.
Tanto Jesús como el leproso son trasgresores de la ley. El leproso viola la ley porque entra en el poblado y se acerca a Jesús. Jesús también viola la ley porque se acerca al leproso y lo toca. La ley no da vida. La ley margina al leproso, lo relega. Es lo que quizás hacemos nosotros en nuestras comunidades, en nuestras políticas, en nuestras iglesias. Sin embargo, Jesús toca el mal, toca al excluido. Va más allá del límite señalado por la Ley y hace de este encuentro un lugar de comunión. Y no es que el Señor sea un trasgresor sistemático de la Ley. Le pide al leproso sanado que no divulgue el milagro, que solamente lo cuente a los sacerdotes para que den testimonio de su curación, como pedía la ley.
Cristo no aprovecha la situación para ser admirado. No quiere hacerse publicidad con el sufrimiento de la gente. Se retira a lugares solitarios para orar, fuera de la luz de los reflectores. Pide silencio y hace silencio; pero, paradójicamente, su fama crece: "Y su fama se extendía más y más. Las muchedumbres acudían a oírlo y a ser curados de sus enfermedades". El espacio del silencio, de la soledad y de la oración son expansivos y muy fecundos.
Hay situaciones que nos empujan a cerrarnos, a aislarnos quizás porque nos sentimos "quemados". Después de un evento dramático, terminamos identificándonos con nuestro dolor: somos los separados, los huérfanos, los que estamos en una relación difícil, los viudos. Como el leproso, a quien se le niega su dignidad humana y se obliga a vivir sólo y separado de la sociedad, perdemos nuestra identidad. Pero no somos eso. Somos algo más.
Si seguimos a Cristo, nacemos como mujeres/hombres nuevos. Él nace en nosotros y nosotros renacemos en él, con nuestras heridas, nuestros defectos, nuestros errores, nuestros pecados. En la vida nueva a la que nos llama Cristo no todo tiene que ir bien, ser perfecto. Lo importante es caminar detrás de él.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 5, 12-16
Estando Jesús en un poblado, llegó un leproso, y al ver a Jesús, se postró rostro en tierra, diciendo: «Señor, si quieres, puedes curarme». Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero. Queda limpio» Y al momento desapareció la lepra. Entonces Jesús le ordenó que no lo dijera a nadie y añadió: «Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que Moisés prescribió. Eso les servirá de testimonio». Y su fama se extendía más y más. Las muchedumbres acudían a oírlo y a ser curados de sus enfermedades. Pero Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar.
Jueves Feria de Navidad
La victoria sobre el mundo
San Juan expresa una verdad en términos que acostumbramos utilizar en el deporte, en la política, en el mundo militar: "Nuestra fe es la que nos ha dado la victoria sobre el mundo". ¿Cuál es esa victoria sobre el mundo? Es la victoria sobre un mundo que piensa que el amor es la cima inalcanzable, una meta siempre lejana. Juan afirma: "Amamos a Dios, porque él nos amó primero". El amor de Dios se ha acercado a nosotros, ha dado el primer paso y nos enseña a darlo.
El amor de Dios se ha acercado en Jesús de Nazaret. En el evangelio de hoy, Jesús vuelve al pueblo en el que había crecido. Ahora es más maduro, ha cambiado, se ha vuelto famoso. En el río Jordán fue bautizado por Juan Bautista y recibió una nueva efusión del Espíritu de Dios. Probablemente ahora ve las cosas que conoció en los primeros años de su vida con ojos diferentes. En la sinagoga del pueblo, Jesús lee un texto del profeta Isaías. "Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él". Parecen más atentos a la persona que lee que a la palabra proclamada. Son curiosos. Conocen bien a ese joven que ha vuelto a casa. ¿Qué tiene de nuevo?
El texto que Jesús lee habla del Espíritu del Señor, de la presencia de Dios en la tierra y en nosotros, y de sus efectos. Jesús es capaz de reconocer al Espíritu. Se da cuenta de que actúa en él. Cristo no actúa siguiendo simplemente las dinámicas humanas, dejándose condicionar por sus límites, por los cambios de humor vinculados a las cosas que suceden en la vida cotidiana. Abrazando al Espíritu y dejándolo actuar, ha devuelto la vista a los ciegos, ha dado la libertad a los prisioneros y llevado a los pobres la alegre noticia. Es consciente de ello. Esta conciencia es pura gracia.
Cuando leemos el texto del profeta Isaías, también nosotros podemos decir: "Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura". También en nosotros actúa el Espíritu. Si hemos hecho el bien es porque el Espíritu vive en nosotros y se manifiesta. Hay que reconocerlo, dar gracias, vivir esta gracia y dejar que su presencia liberadora se manifieste con mayor libertad. Hay que vivir con la conciencia de que, a través de nosotros, Dios puede tocar los corazones de los demás.
Cuando muchos de nosotros fuimos al catecismo, aprendimos de memoria la respuesta a la pregunta: "¿para qué fin fue creado el hombre?". Fuimos creados "para amar y servir a Dios en esta vida, y después verlo y gozarlo en la otra". Pero el Evangelio nos ha dicho que es Dios quien primero nos ama y nos sirve; que ya podemos verlo y gozarlo en esta vida. Dios se hace hombre por nosotros y para nosotros, para salvarnos, sanarnos, liberarnos, divinizarnos. Cuando tomamos consciencia de esta verdad nos sentimos emocionados.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 4, 14-22a
En aquel tiempo, con la fuerza del Espíritu, Jesús volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región.
Fue también a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: "El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor".
Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: «Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».
Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios.
Miércoles Feria de Navidad
Con el viento en contra
San Juan afronta en la primera lectura el tema del miedo y su antídoto: "En el amor no hay temor. Al contrario, el amor perfecto excluye el temor".
El tema del miedo es abordado también por el evangelio. Después de despedir a la muchedumbre, Jesús obliga a los discípulos a cruzar el lago y se retira al monte solo. ¿Por qué? Era necesario distanciarse del milagro de la multiplicación de los panes que podía ser mal interpretado, como si Dios hubiera decidido convertirse en un repartidor de comida y de providencia instantánea. Era necesario que los discípulos tomaran distancia de la multitud, tal vez porque los exponía al riesgo del orgullo y la vanagloria por lo que había sucedido. Y, mientras cruzan el lago, se enfrenan a la tempestad.
Es fácil que ante las noticias y situaciones alarmante como las que abundan hoy, toda nuestra atención se centre en ellas y el agobio que nos producen. Y ahí vamos, remando con todos estos agobios. Podemos sentirnos solos en medio del mar inestable, con el viento en contra y la noche cada vez más profunda que nubla la vista y hace que el corazón se turbe y la mente se entorpezca. Creyendo en las mentiras que abundan por todas partes, ya no vemos a Dios, vemos sólo oscuridad y podemos remar durante horas sin ir a ninguna parte. Terminamos por cansarnos. Llega un momento en que nos entra el miedo.
La noche es tan densa que no vemos al Señor. Nos preguntamos por qué nos ha dejado solos y cómo podemos seguir adelante sin él, sin dejarnos tragar por el miedo. Jesús es distante, está en oración. Pero la oración no lo aísla. Observa a sus discípulos. Y, al verlos con tantas dificultades, los alcanza. Pero la mirada de los discípulos está nublada. Les parece ver un fantasma. Los discípulos están bloqueados por una mirada retorcida sobre sí mismos. No han entendido a su Maestro, no han acogido la fragilidad de sí mismos, se les dificulta dejarse amar.
El antídoto al temor, dice san Juan, es el amor; y, según el evangelio, es la presencia de Jesús en la barca. Sin embargo, es difícil adquirir esa mirada capaz de reconocer a Jesús en la oscuridad de nuestra vida. Es necesario recorrer un camino de conversión interior para obtener la luz y atravesar la noche con una mirada nueva y verdadera sobre lo que sucede en el mundo, sobre el alcance real de la tempestad. Pero tenemos que empezar por una mirada nueva sobre nosotros mismos, sobre nuestras relaciones con los demás, sobre la relación con Dios. Entonces podemos contemplar, en las dificultades de la vida, la epifanía, la manifestación del Señor que viene a salvarnos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 6, 45-52
Después de la multiplicación de los panes, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se dirigieran a Betsaida, mientras él despedía a la gente. Después de despedirlos, se retiró al monte a orar.
Entrada la noche, la barca estaba en medio del lago y Jesús, solo, en tierra. Viendo los trabajos con que avanzaban, pues el viento les era contrario, se dirigió a ellos caminando sobre el agua, poco antes del amanecer, y parecía que iba a pasar de largo. Al verlo andar sobre el agua, ellos creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban espantados.
Pero él les habló enseguida y les dijo: «¡Ánimo! Soy yo; no teman». Subió a la barca con ellos y se calmó el viento. Todos estaban llenos de espanto y es que no habían entendido el episodio de los panes, pues tenían la mente embotada.
Martes Feria de Navidad
¿Qué puedo hacer por ti?
Una numerosa multitud, cansada de escuchar a escribas y rabinos que no hacían más que repetir doctrinas y de sacerdotes que organizaban sólo ritos vacíos que no afectaban en absoluto la vida, escucha fascinada a Jesús. Las horas pasan y de pronto los discípulos de Jesús se dan cuenta de que la gente que lo escucha no ha comido. Entonces Jesús invita a sus discípulos a que ellos les den de comer. Obviamente, Jesús podría haber alimentado a la multitud de diferentes maneras, por ejemplo, convirtiendo las piedras en panes; pero quiere partir de los discípulos, de lo que ellos tienen. El Señor lo hace para darles una lección.
Sabemos bien que el problema de nuestro mundo no es la escasez de pan, sino la pobreza de compasión que impulsa a compartir, a hacer de lo que tenemos un sacramento de comunión. El relato no sólo quiere hablar de estómagos llenos, sino sobre todo de vidas llenas.
Vivimos en una sociedad hambrienta no sólo de pan material, sino también de sentido, de relaciones humanas auténticas, de paz interior. Ante tantas necesidades mucha veces nos sentimos impotentes y quizás no tenemos el valor de reconocerlo porque tenemos miedo de no estar a la altura. Sin embargo, Jesús toma lo poco que hay y lo transforma en abundancia. ¿No es eso lo que buscamos también nosotros?
En la Navidad, Dios se hizo pequeño y fue acostado en un pesebre. Es muy significativo. Recordemos que el pesebre es el recipiente donde comen los animales. Jesús es el "pan partido" para la vida del mundo. Esto nos dice que no es necesario tener mucho para dar. Vivimos realmente cuando aceptamos que lo poco que tenemos puede ser dado, porque Dios lo llena de sentido. En el mundo de la gracia sólo somos ricos de lo que hemos dado.
La multiplicación de los panes nos recuerda que no necesitamos ser superhéroes para hacer la diferencia. Hay que empezar con lo que somos y tenemos. No esperemos a tenerlo todo. Comencemos con ese poco, porque el milagro no es nuestro, sino de quien multiplica lo que damos.
La compasión no se reduce a ver a una persona necesitada y decirle: "lo siento". Ese "lo siento" se tiene que convertir en "¿qué puedo hacer para ayudarte?". A veces basta un simple gesto: ofrecer nuestro tiempo, una palabra de consuelo, o incluso estar presente. La compasión cambia no sólo a quien la recibe, sino también a quien la da. Nos hace más humanos y más cercanos a Dios. Cada vez que elegimos ser compasivos, llevamos su amor al mundo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 6, 34-44
En aquel tiempo, al desembarcar Jesús, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando, y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.
Cuando ya atardecía, se acercaron sus discípulos y le dijeron: «Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Despide a la gente para que vayan por los caseríos y poblados del contorno y compren algo de comer». Él les replicó: «Denles ustedes de comer». Ellos le dijeron: «¿Acaso vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?» Él les preguntó: «¿Cuántos panes tienen? Vayan a ver». Cuando lo averiguaron, le dijeron: «Cinco panes y dos pescados».
Entonces ordenó Jesús que la gente se sentara en grupos sobre la hierba verde y se acomodaron en grupos de cien y de cincuenta. Tomando los cinco panes y los dos pescados, Jesús alzó los ojos al cielo, bendijo a Dios, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran; lo mismo hizo con los dos pescados. Comieron todos hasta saciarse, y con las sobras de pan y de pescado que recogieron llenaron doce canastos. Los que comieron fueron cinco mil hombres.
Lunes Feria de Navidad
El momento oportuno
¿Cómo reaccionamos ante una adversidad, un peligro inminente, una desgracia? Lo normal es huir, buscar refugio, encerrarse en uno mismo, darse tiempo para recuperar el aliento y retomar el hilo. No es así para Jesús. Jesús comienza su ministerio lejos de la zona de confort, lejos de los conocidos, de los devotos, de los fieles. Comienza en las fronteras, esas tierras hostiles y aparentemente impermeables a toda forma de anuncio.
El relato del evangelio de hoy presenta el inicio de la misión pública de Jesús en Galilea, considerada tierra de frontera, expuesta a la contaminación de los extranjeros que habitan en las naciones vecinas. Empieza a actuar cuando el Bautista es arrestado y silenciado, cuando parece que la arrogancia de los poderosos prevalece. Sus destinatarios son aquellos que no son tomados en cuenta. Anuncia el Reino allí donde nadie lo espera ni lo desea. Dios siembra su vida en la tierra llena de espinas y piedras, seca y árida del mundo. Va un lugar del que nosotros huiríamos. Lo que nosotros despreciamos, él lo transforma.
Comienza a predicar: "Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos". Estamos ante el mensaje central del evangelio, un mensaje simple y esencial: conviértanse, es decir, hagan espacio a Dios que viene a salvar. Conviértanse significa: ¡pongan atención! Miren hacia la luz, porque la luz ya está aquí. Dios está aquí, en las calles de Cafarnaúm, para curar la tristeza y el desamor del mundo. Desde un cierto punto de vista, todas las calles del mundo son Cafarnaúm.
A la palabra "conviértanse" Jesús añade algo nuevo: el reino ya está cerca, el cielo está cerca; está aquí, no más allá de las estrellas. El reino de Dios es este mundo como Dios lo sueña; es una fuerza que penetra la trama secreta de la historia, que circula por las cosas, que no se detiene, que empuja hacia arriba, como la levadura, como la semilla.
Dios ha venido. Para el poeta italiano David María Turoldo es una "fuerza de cohesión de los átomos, fuerza de atracción de las galaxias". Santo Tomás de Aquino decía que "el amor es pasión de unirse al amado", pasión de cercanía, pasión de comunión de Dios con la humanidad, del hombre con la mujer, de la madre hacia el hijo, del amigo hacia el amigo, de las estrellas con las otras estrellas.
Puede ser que pensemos: aún no es el momento correcto, porque los tiempos son oscuros y confusos. Si esperamos el tiempo correcto, tendremos que esperar hasta después del fin del mundo. Hay que actuar en el tiempo en que nos encontramos ahora porque "ya está cerca el Reino de los cielos".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 4, 12-17. 23-25
Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, y dejando el pueblo de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaúm, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí, para que así se cumpliera lo que había anunciado el profeta Isaías: Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos; el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.
Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: "Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos". Y andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia.
Su fama se extendió por toda Siria y le llevaban a todos los aquejados por diversas enfermedades y dolencias, a los poseídos, epilépticos y paralíticos, y él los curaba. Lo seguían grandes muchedumbres venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania.