HOMILÍAS

Viernes Octava de Pascua
Al final de la noche
Hay noches en las que nada parece tener sentido. Hay noches en las que la fatiga del trabajo se mezcla con la rabia por los resultados obtenidos. ¿Quién de nosotros no conoce reveses y la amarga experiencia de la frustración?
Los discípulos, todavía desconcertados, habían vuelto a su antiguo oficio, al que tenían antes de conocer a Jesús. Salieron a pescar en la noche y, como sucede a veces, a una desgracia se añade otra más. No pescaron nada. Jesús se hace nuevamente presente en la orilla del lago, pero ellos no lo reconocen. El Señor los espera —siempre nos espera— al final de nuestras noches fallidas. Nos espera para sacudirnos nuestros miedos y sacarnos de nuestros fracasos
El Resucitado les pregunta a sus amigos: "'Muchachos, ¿han pescado algo?'" Ellos contestaron con un seco: "No". Entonces, el Señor los invita a "echar las redes a la derecha de la barca y encontrarán peces". Habían echado las redes en la parte equivocada, donde no había peces. Escuchando la voz del Resucitado podemos descubrir en qué dirección se deben echar las redes. Necesitamos reconocer y escuchar la voz del Resucitado para aprender a usar las redes que Dios ha puesto en nuestras manos.
El hecho de que Jesús encuentra a sus discípulos al amanecer, al final de la noche, nos sugiere que con frecuencia estamos en ese paso de la oscuridad a la luz. Somos hombres y mujeres del alba. A Jesús lo encontramos al final de la noche y por eso es el comienzo de un nuevo día.
Hay noches que sólo se pueden atravesar gracias a alguien que ve lo que nosotros no vemos. No es casualidad que sea "el discípulo amado" el que reconoce al Resucitado: "¡Es el Señor!". Él es el único del grupo que no huyó en el momento de la pasión. El único que, durante la cena del adiós, inclinando la cabeza sobre el pecho del Maestro, había escuchado el amor que lo impulsaba a entregarse por la humanidad. El único que la mañana de Pascua, frente a la tumba vacía, vio y creyó. La mirada de Juan infundió esperanza y valor a los demás.
El final del relato está cargado de intimidad. Jesús invita a sus amigos a almorzar. Sentarse junto a Aquel que había muerto y que ahora está vivo rompe todos los esquemas, supera toda certeza. No le preguntan nada: "Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: '¿Quién eres?". Precisamente en este silencio se percibe la plenitud del encuentro: no hace falta explicar nada. Basta estar allí. En aquella Presencia se manifiesta algo extraordinario: el amor de Jesús que acompaña a los suyos en la sencillez de una comida compartida, como nos acompaña ahora cuando participamos en la Eucaristía.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 21, 1-14
Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Caná de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: "Voy a pescar". Ellos le respondieron: "También nosotros vamos contigo". Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.
Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: "Muchachos, ¿han pescado algo?" Ellos contestaron: "No". Entonces él les dijo: "Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces". Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.
Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: "Es el Señor". Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.
Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: "Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar". Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastro hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: "Vengan a almorzar". Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: '¿Quién eres?', porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.
Jueves Octava de Pascua
Las heridas trasfiguradas
Desde hace algunas semanas se ha intensificado el deseo y la necesidad de paz en el mundo. Cuando hablamos de paz, inmediatamente imaginamos la paz en Irán, en Ucrania, en el Líbano… en los pueblo que están en guerra. Esperamos que logren dialogar y decidan terminar con la guerra
Esto es siempre deseable; pero Jesús sabe que la paz debe comenzar en el corazón de cada persona. El primer don de Jesús resucitado es precisamente la paz. Lo primero que hace es construir la paz en el corazón de sus discípulos. Oramos por la paz del mundo, pero en el mundo siempre hay guerras. Por eso, la prioridad es tener la paz interior y cuidarla.
Cuando Jesús resucitado se presenta a los discípulos, se asustan. Se desorientan. Piensan que es un fantasma. Por eso el Señor muestra un realismo desarmante. No les da un discurso. Les ofrece su Presencia. Para que salgan de las dudas les pide que miren: "Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse". Las dudas de los discípulos son las rendijas por donde entra la luz. A pesar de que sabían que Jesús había resucitado, las dudas seguían siendo parte de la experiencia pascual de los discípulos, y también de la nuestra. Tenemos que luchar contra nuestros propios "fantasmas", afrontar las dificultades de la fe, para llegar a una confianza más plena, aunque no comprendamos plenamente todo.
Las manos, los pies y el costado heridos son la prueba de que Jesús resucitado no es una alucinación colectiva. Cristo quiere mostrar a los suyos que hay continuidad entre la cruz y la resurrección. Les pide que lo reconozcan a partir de allí, de la violencia y la crueldad extrema que quedó grabada en su cuerpo. A la luz de la resurrección, podemos releer el mal desde otra perspectiva. Las heridas han sido trasfiguradas. Toda la historia de Jesús —como también nuestra historia— es asumida y transfigurada en la resurrección.
Además de mostrarles las heridas de la pasión, Cristo come delante de ellos. No deja lugar a la ambigüedad. Al decir que Jesús pidió un trozo de pescado asado y lo comió, Lucas está trasmitiendo una verdad de fondo: la resurrección es un hecho, no la simple interpretación de un hecho. El Resucitado toca la realidad y puede ser tocado por ella. La fe cristiana no es una idea vaga, ni una emoción pasajera. Es un hecho. Es el encuentro con una presencia real. Jesús no es un símbolo, sino Alguien que se puede reconocer, encontrar, experimentar.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 24, 35-48
Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: "No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo".
Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: "¿Tienen aquí algo de comer?" Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.
Después les dijo: "Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos".
Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: "Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto".
Miércoles Octava de Pascua
Compañero de viaje
Los rostros de los discípulos que caminan a Emaús son tristes. Se nota en ellos la decepción. Todo ha terminado. Los proyectos, las esperanzas, los sueños tejidos pacientemente en años de seguimiento desvanecidos en unas cuantas unas horas. Pero Dios siempre sorprende.
Mientras caminan, un desconocido se acerca a ellos con mucha discreción. Escucha. Pregunta. Se interesa. Quiere entender para luego explicar. No juzga. Acompaña. De pronto, los sorprende con una pregunta: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?". Así comienza la sanación interior. Con su pregunta, Jesús busca que saquen sus frustraciones. Y lo hacen. Le cuentan a este desconocido sus sufrimientos. Él escucha pacientemente y cuando ya han terminado de exponer su dolor y su decepción, comienza Jesús el trabajo liberador.
¿Qué le contamos al Resucitado? Podemos contarle todo. Quizás nuestras decepciones, nuestros temores, nuestros fracasos. El Resucitado actúa en la historia de cada uno. La realidad personal se convierte en lugar donde Dios actúa, iluminando, explicando, abriendo el entendimiento a la comprensión de la verdad. La resurrección implica un proceso interior que nos exige la participación, dejarnos encontrar e interrogar.
Generalmente procuramos distanciarnos de todo lo que nos hace sufrir o nos plantea preguntas más grandes de las que estamos dispuestos a responder. Nuestros ojos permanecerán velados y no reconoceremos al Resucitado hasta que aceptemos que, en el escándalo de la cruz, no se ha realizado sólo una intervención extraordinaria mediante la cual Dios ha enderezado el curso de la historia, sino que Él mismo se ha revelado mostrando que en su designio no hay lugar para un amor que no sepa cruzar el umbral del dolor para convertirse en perdón y misericordia. Nuestros corazones vuelven a arder cuando dejamos que la Palabra del Resucitado ilumine el sentido de cada cruz ante la cual huimos con horror. Emaús no es un lugar del pasado. Es el lugar donde Dios nos sorprende hoy, cuando parecía que todo había terminado.
Luego de encontrar a Jesús, ya no queremos caminar solos. Lo que más deseamos es permanecer junto a él. Por eso, una vez más le pedimos: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Pedirle que se quede con nosotros, significa desandar el camino hacia Emaús —el camino de la resignación, el derrotismo, el desaliento— y seguirlo para encontrar bendición y compartirla. Compartir esperanza, confianza, amor.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 24, 13-35
El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?"
Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" Él les preguntó: "¿Qué cosa?" Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron".
Entonces Jesús les dijo: "¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Y acerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!"
Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: "De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón". Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Martes Octava de Pascua
Del dolor a la alegría
Los relatos de estos días nos muestran cómo la resurrección se hace historia en la vida de las primeras comunidades cristianas de un modo encarnado, concreto, con momentos de gran luminosidad y momentos de oscuridad.
En la primera lectura, el apóstol Pedro predica a la multitud de tal manera que sus "palabras les llegaron al corazón y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: '¿Qué tenemos que hacer, hermanos?'". El apóstol ha pasado del dolor de la negación a la alegría de la resurrección.
El evangelio presenta a María Magdalena. No para de llorar. Podemos estar en un lugar hermoso lleno de árboles y flores, que huele a tierra, hierbas y flores, y no darnos cuenta de la belleza que nos rodea. La atención está en otra parte. Está en la pantalla del celular, en un problema que resolver, en un proyecto que llevar adelante. La belleza está ahí, por todas partes, pero no la vemos. Parece como si estuviéramos en una habitación vacía.
Algo semejante le sucedió a María Magdalena aquella mañana en el jardín donde estaba el sepulcro de Jesús. Jesús está allí, a un paso de ella, resucitado, vivo. Sin embargo, su dolor, su pensamiento fijo en la ausencia de Jesús le llenan los ojos de lágrimas hasta el punto de volverla ciega.
Pero es precisamente en esta experiencia de desconcierto cuando el Resucitado se abre paso. No se impone con un signo espectacular. Realiza un gesto simple y decisivo: la llama por su nombre. "¡María!". Basta una palabra cargada de amor. Y todo cambia. No es que Jesús haya llegado en ese momento: ya estaba allí. Era ella quien no podía reconocerlo. Y lo reconoció porque lo amaba. San Antonio de Padua escribió que sólo a través del amor el alma puede conocer verdaderamente.
Y sigue sucediendo. Jesús no está lejos de nosotros. Somos nosotros los que estamos distraídos y no nos damos cuenta de una Presencia que está a nuestro lado. De vez en cuando, basta con detenerse. Levantar los ojos. Y dejarse encontrar.
María Magdalena nos da una lección. No huye de su dolor y no llena el vacío con sustitutos del amor. Una de las experiencia más decisiva en el crecimiento espiritual es habitar el vacío que tantas veces se abre dentro de nuestro corazón. Habitarlo como la Magdalena. Habitarlo con la obstinación del amor. Pero no basta el amor y el deseo de María. Hace falta algo más. Y aquí es donde entra en escena Jesús. El corazón atravesado por el dolor puede ser un paso para llegar a la alegría de la resurrección.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 20, 11-18
El día de la resurrección, María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: "¿Por qué estás llorando, mujer?" Ella les contestó: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto".
Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: "Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?" Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: "Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto". Jesús le dijo: "¡María!" Ella se volvió y exclamó: "¡Rabuní!", que en hebreo significa 'maestro'. Jesús le dijo: "Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: 'Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios' ".
María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje.
Lunes Octava de Pascua
Mi noche tuvo estrellas
Iniciamos la Octava de Pascua. En estos ocho días leeremos relatos de la resurrección que nos llevan al acontecimiento central de nuestra fe: Jesucristo ha resucitado.
En este primer día de la octava, cuando las notas de alegría y esperanza de la Vigilia Pascual resuenan aún en el sepulcro abierto de nuestro corazón, el evangelio nos lleva al núcleo de la experiencia pascual. La resurrección no es una doctrina: es el encuentro y el diálogo con el Señor resucitado. Mateo habla de mujeres que se alejan del sepulcro. Corren para comunicar la buena noticia a los discípulos. Y en el camino se encuentran con el Resucitado al que "le abrazaron los pies y lo adoraron". En su poema El coloquio maravillado, Pablo Neruda escribe: "Iba yo por la senda, tú venías por ella, mi amor cayó en tus brazos, tu amor tembló en los míos. Desde entonces mi cielo de noche tuvo estrellas y para recogerlas se hizo tu vida un río".
Mientras la mujeres se alejan del sepulcro y se encuentran con Jesús, los soldados también se alejan del sepulcro. Lo hacen con otros fines totalmente diferentes a los que tenían las mujeres: ocultar y enmascarar, negar y alterar lo ocurrido. Por lo que vemos, en ese tiempo los poderosos ya recurrían a las noticias falsas para mentir y manipular al pueblo. La resurrección es un misterio de amor que se ofrece a nuestra libertad. Podemos elegir entre dejarnos comprar y evitar "toda complicación", como le prometieron las autoridades religiosas a los soldados para que propagaran la noticia de que los discípulos se habían robado el cuerpo de Jesús, o correr como las mujeres del evangelio para anunciar la alegría de estar para siempre vivos en el corazón de Dios, en palabras del salmo responsorial "enséñame el camino de la vida, sáciame de gozo en tu presencia y de alegría perpetua junto a ti".
A veces nuestra vida puede ser como una cinta elástica que se estira al máximo y parece que se va a romper de un momento a otro. Cuando nos sentimos, a nivel personal y como humanidad, sumergidos en la oscuridad, como si estuviéramos atravesando una noche interminable, uno de los grandes retos de la Pascua es reconocer las estrellas en la noche, los signos de vida nueva que ya brotan en el mundo y en nosotros. Si no podemos reconocerlos, pidamos a Jesús resucitado que nos ilumine para que podamos percibir las estrellas en la noche.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 28, 8-15
Después de escuchar las palabras del ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos. Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús: "No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán".
Mientras las mujeres iban de camino, algunos soldados de la guardia fueron a la ciudad y dieron parte a los sumos sacerdotes de todo lo ocurrido. Estos se reunieron con los ancianos, y juntos acordaron dar una fuerte suma de dinero a los soldados, con estas instrucciones: "Digan: 'Durante la noche, estando nosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se robaron el cuerpo'. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos arreglaremos con él y les evitaremos cualquier complicación".
Ellos tomaron el dinero y actuaron conforme a las instrucciones recibidas. Esta versión de los soldados se ha ido difundiendo entre los judíos hasta el día de hoy.
Domingo de Pascua
El vacío se llena de vida
El primer signo de Pascua es una ausencia. Falta un cuerpo. Es poco lo que se tiene. No es un signo claro, pero basta para poner en marcha una historia nueva. La Pascua comienza en el vacío. El sepulcro vacío no es una respuesta, es una pregunta, es una herida abierta. El vacío del sepulcro es una invitación a seguir buscando.
María Magadalena se marcha del sepulcro, corre hacia Pedro y Juan para denunciar un robo, otro dolor: "Se han llevado del sepulcro al Señor". Ya no tiene ni siquiera el cuerpo de Jesús para llorar. Pedro y Juan corren hacia el sepulcro. Todos corren en esa mañana de Pascua. Esta carrera es motivada por una fe todavía incipiente, una esperanza antigua, una ansiedad ilógica. La Pascua comienza así, no con gente que ya lo ha entendido y visto todo, sino con gente que busca. El sepulcro vacío no nos pide entender todo, nos pide ponernos en camino.
El vacío está habitado primero por una promesa. Jesús había dicho: "Yo soy la Resurrección y la vida". Pero luego es habitado por una Presencia. Cristo está vivo. Y eso lo cambia todo. Cambia el modo de mirar la muerte, el dolor, las derrotas, los vacíos de nuestra vida. Desde aquella mañana, el vacío ya no es solo vacío: es un espacio que Dios puede llenar de vida nueva. El Evangelio de Pascua nos dice que hay un secreto escondido en la vida y Jesús vino a decírnoslo. Por cada asesino hay cien personas que aman y los colorines siguen floreciendo obstinadamente y los encinos reverdeciendo.
¿Qué hacemos hoy frente a los vacíos que nos asustan, frente a lo que no funciona o no nos satisface, lo que no es suficiente o lo que nos gustaría ver de otra manera? ¿Nos limitamos a mirar los escombros, nos sentimos vencidos y nos quedamos quietos? ¿O corremos como María, Pedro y Juan buscando el sentido del vacío, buscando llenar el vacío? Podemos centrarnos en nuestros lamentos o podemos intentar reconstruir nuestra vida.
Cuando nos encontramos ante sepulcros vacíos —como situaciones que pensamos terminadas, certezas que se derrumban, oraciones que parecen no tener respuesta— quizás estamos tentados a decir como María Magdalena: "Se han llevado el Señor". No es que Cristo haya desaparecido. Sencillamente no está donde pensábamos encontrarlo. Nos está esperando en otra parte.
El anuncio de la Pascua vuelve una vez más a iluminar nuestra vida. Quizás la situación mundial que estamos viviendo y padeciendo, las derrotas, las desilusiones, el sufrimiento que nos han visitado este año nos han apagado. No olvidemos que la Pascua surge de una terrible mezcla de violencia, dolor y muerte en la cruz. Hay que pasar por allí. El que resucita es el Crucificado. Ha descendido a los infiernos, es decir al inframundo, al lugar de los muertos. Y desde ahí se ha levantado. Desde ahí empuja hacia arriba, hacia una vida más luminosa.
Necesitamos sentir una vez más que podemos lograrlo. Entonces, nos pondremos en marcha y empezaremos a reconstruir pacientemente nuestra vida junto con el Señor. ¿Nos atrevemos a creer que justo ahí, en esa carencia, Dios está preparando el comienzo de algo nuevo? El vacío, desde el anuncio de Pascua, es el paso de la muerte a una vida nueva.
El Papa León XIV, hablando de la muerte, ha dicho: "Gracias al Resucitado, podemos llamarla "hermana", como san Francisco. La esperanza de la resurrección nos libera del miedo a desaparecer y nos prepara para la alegría de la vida sin fin".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 20, 1-9
El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto".
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.
En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.
Viernes Santo
Destellos de luz
Hay algo en la oscuridad del Viernes Santo que supera la oscuridad de la noche más oscura cuando, como dice el Evangelio, "desde el mediodía y hasta las tres de la tarde hubo tinieblas sobre la tierra". Es la oscuridad del abandono. La oscuridad de los amigos que dejan a Jesús solo. Es la soledad de Cristo. Es la oscuridad del dolor físico, de las humillaciones, de la injusticia sufrida. Es la oscuridad de una muerte terrible en la cruz.
Todo habla de fracaso, de pérdida, de ausencia. El Crucificado parece un hombre derrotado, sin poder. Su misión parece que ha sido inútil, su proyecto del Reino de Dios destinado a desaparecer. Lo que parece contar es la fuerza bruta, las armas. Sin embargo, mientras todo parece perdido, está sucediendo lo más decisivo de la historia: el Hijo de Dios asume la muerte para llenarla de vida.
Si miramos atentamente la oscuridad del Viernes Santo, nos daremos cuenta de que hay en ella destellos de luz, discretos pero reales. Es verdad, nadie salva a Jesús de la muerte. Pero algunos no lo abandonan. Permanecen. San Juan nos cuenta que bajo la cruz están María, el discípulo amado y algunas mujeres. No pueden cambiar el curso de los acontecimientos, pero están ahí. Y luego, después de la muerte, José de Arimatea y Nicodemo custodian el cuerpo de Jesús. Allí, donde todo parece perdido, hay quienes hacen gestos luminosos de amor. Es necesario, como dice el escritor francés Christian Bobin, que la oscuridad se acentúe para que surja la primera estrella. Estos destellos anticipan y anuncian la luz radiante de la resurrección de Cristo. Allí es donde la luz sigue brillando, incluso en la oscuridad más profunda. Entre las grietas del odio y del dolor que lo endurece todo, la luz se filtra, porque el terreno sobre el cual descansa el mundo está hecho de amor.
Al recordar la crucifixión y muerte del Señor, recordamos también los miles de crucificados y asesinados de nuestro tiempo y de todos los tiempos. El grito de Jesús crucificado, angustiado y frágil, se hace portavoz de cada grito humano y lo convierte así en una súplica de presencia y de amor: "¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!".
En la celebración litúrgica de este día es muy apreciado el beso a la cruz de Cristo. Acerquémonos a besar la cruz como a un trono desde el cual esperamos recibir la misericordia y la gracia para preparar el momento en que nos tocará afrontar las cruces de la vida y que podamos responder con el mismo estilo del Señor. Lo que hace la diferencia entre un patíbulo ignominioso y un trono de amor es el beso que hoy estampamos en el leño de la cruz, convirtiéndola así en un madero de vida.
Sin embargo, no solamente nosotros besamos la cruz. En realidad, es un beso muto. Al besar la cruz, ella también nos besa. Miramos la cruz y al Crucificado, y el Crucificado también nos mira desde la cruz. Su mirada no es una mirada de condena: es una mirada de amor. Una mirada que mira el pecado, pero va más allá. Atraviesa el pecado sin detenerse en él. Su mirada llega hasta el corazón.
Mientras nos acercamos a la cruz para besarla podemos sentirnos como el sapo del cuento El Principe sapo, que necesita un beso para convertirse en príncipe y así recuperar toda su belleza y dignidad gracias a un amor capaz de ir más allá de las apariencias y desafiar todo aquello que aniquila y destruye la maravillosa imagen de Dios que se esconde en cada uno de nosotros.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Jueves Santo
"Dios no es dignidad, es Amor"
Este Jueves Santo celebramos el nacimiento de la Eucaristía, el sacramento central de nuestra fe. El evangelio narra cómo nació: "Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". Cuando nos reunimos para celebra la cena del Señor entramos en una comunión real con el corazón de Cristo y con su inmensa capacidad de amar.
En la última cena, Jesús realiza un gesto sorprendente. Con una imagen nos lo dice todo. Al ver a Jesús arrodillado ante cada apóstol lavándole los pies, descubrimos lo que fue su vida y el sentido de nuestra existencia. Y también descubrimos cómo es nuestro Dios. El acto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos no es simplemente un gesto de humildad. Es algo más, mucho más. Es la revelación suprema y paradójica de la gloria de Dios. Todos los Jueves Santo recordamos que, como dice el teólogo suizo von Balthasar, "al servir y lavar los pies a sus creaturas, Dios se revela en lo más propio de su divinidad y da a conocer los más hondo de su gloria". O como dice san Bernardo: "Dios no es dignidad, es Amor". La majestad divina no se manifiesta en el poder mundano, sino en la capacidad de descender, abajarse y servir hasta entregar la vida.
Pedro no quiere que Jesús le lave los pies porque en su esquema mental abajarse significa perder. Y Pedro nos representa a todos. Sin embargo, Jesús muestra que para Dios es exactamente lo contrario.
El gesto de lavar lo pies no es solo un rito, sino un estilo de vida. Todo lo que hagamos —la profesión que ejercemos, el trabajo que realizamos, etc.— estamos llamados a hacerlo como servicio. Esta es la gran revolución del Evangelio: no el poder que se impone, sino el amor que se abaja.
Lavar los pies significa quitarles la tierra que se les ha pegado, las historias fallidas que hemos vivido, con frecuencia preñadas de dolor. Cuando hemos tomado distancia de estas historias, podemos sentarnos a la mesa con Jesús y escucharlo. Si no lo hacemos, seguiremos pensando en esa tierra, en ese dolor, en esas piedras incrustadas en la carne. Y perderemos de vista las auroras y los atardeceres, los rostros y los amores, las esperanza y los silencios, los colores y la música. Fácilmente nos dominará el miedo, la frustración, la rabia, el resentimiento por lo que nos ha pasado. Jesús libera a los discípulos de la atención equivocada para centrarla en el Reino de Dios que está cerca.
Cuando Jesús se levanta para lavar los pies sabe que dentro de pocas horas será torturado y asesinado. La Eucaristía surgió en un momento de crisis, de la crisis más grave que afrontó el Señor. Sabiendo que se acercaba su pasión y muerte, se reúne con los suyos. Antes de que Judas lo traicione, Pedro lo niegue y los demás se dispersen y lo abandonen, Jesús se reúne con ellos para celebrar una comida festiva, y dejarla como signo de su presencia permanente entre nosotros. La Eucaristía nace de una crisis y se alza como el lugar de la esperanza y la transformación. Por eso, los cristianos no debemos temer la crisis que atravesamos hoy. Las crisis nos renuevan. Cristo nos invita a leer los momentos más oscuros y tristes como la hora para llevar el amor hasta sus últimas consecuencias.
Este Jueves Santo celebremos, agradezcamos y adoremos al "Amor de los amores", como dice un canto eucarístico. Si celebramos con devoción esta Eucaristía —y todas las Eucaristías— nos sentiremos más cerca de Dios y de nuestras hermanas y hermanos, más unidos a ellos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 13, 1-15
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.
Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: "Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?" Jesús le replicó: "Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde". Pedro le dijo: "Tú no me lavarás los pies jamás". Jesús le contestó: "Si no te lavo, no tendrás parte conmigo". Entonces le dijo Simón Pedro: "En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza".
Jesús le dijo: "El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos". Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: 'No todos están limpios'.
Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: "¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan".
Miércoles Santo
"¿Acaso soy yo, Maestro?"
El mundo se ha convertido en un inmenso mercado, en donde todo se compra y se vende. En la lógica del mercado, Jesús se convierte en una mercancía que se vende y se compra. Se da cuenta de que pronto será traicionado y sabe quién es aquel que ya ha tramado y decidido entregarlo. Sin embargo, precisamente en esta hora tan amarga y triste, no retrocede, decide transformar el momento del fracaso en una entrega libre y amorosa.
Pensamos que la capacidad de afrontar un destino doloroso sólo puede surgir de una fuerza extraordinaria. Sin embargo, el profeta Isaías, en la primera lectura, revela que a partir de un profundo contacto con la debilidad surge la posibilidad de no retroceder en la hora de la prueba y el dolor: "El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás".
Así fue Jesús. El Verbo de Dios hecho hombre, no renuncia a la solidaridad con la humanidad pecadora que ha abrazado en su encarnación. Ha sabido escuchar larga y atentamente el vacío y el sufrimiento de nuestro corazón, y siente una enorme compasión por nosotros. De esta profunda inmersión en la fragilidad de nuestra carne y de su profunda unión con su Padre, Jesús saca las fuerzas para poner su rostro duro como una piedra, sabiendo que no será defraudado: "El Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endureció mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado".
Cristo nos ha escuchado hasta acoger, sin condiciones y sin límites, todo el peso de nuestra realidad, tanto cuando tiene la fragancia exquisita de vida como cuando huele a muerte.
Pero también denuncia la gravedad del mal. Y lo hace sin decir el nombre de aquel que va a entregarlo: "Más le valiera a ese hombre no haber nacido". De esta manera, en la víspera del Triduo Santo, la liturgia nos ofrece una última y dramática oportunidad de involucrarnos en el misterio pascual, poniendo también en nuestros labios unas palabras que no pueden dejarnos indiferentes: "¿Acaso soy yo, Maestro?". El Evangelio, no se limita a señalar a Judas. Nos involucra también a nosotros.
Las palabras de Jesús son fuertes, pero desde la infinita misericordia de Dios, no deben leerse como una condena definitiva, sino como la revelación del peligro de una vida sin amor. Solo existe una culpa imperdonable: creer que Dios no puede perdonar, no darle la posibilidad de amarnos incluso cuando lo traicionamos, cuando lo despreciamos. Como nos recuerda el evangelista Juan, cuando Judas traiciona a Jesús, el Señor podrá manifestar su gloria, hacerle comprender al traidor cuánto es amado.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 26, 14-25
Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: "¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?" Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.
El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?" Él respondió: "Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: 'El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa'". Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.
Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce y mientras cenaban, les dijo: "Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme". Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: "¿Acaso soy yo, Señor?" Él respondió: "El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido". Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: "¿Acaso soy yo, Maestro?" Jesús le respondió: "Tú lo has dicho".
Martes Santo
Era de noche
El evangelio de hoy nos lleva a la última cena de Jesús con sus amigos. Jesús ha expresado de manera luminosa su amor. Sin embargo, Judas y Pedro no logran acoger el don de Dios.
Jesús ofrece a Judas un bocado de pan en señal de amistad. Judas toma el bocado, sale y encuentra solamente la noche. Jesús también encontrará la noche, la noche del dolor, de la traición, de la muerte. Pero, a diferencia de Judas, la atravesará junto con su Padre. Cuando el traidor sale del cenáculo, Jesús dice: "Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él". Por eso, la noche de Jesús tiene luz. Lo que está padeciendo se convertirá en un testimonio luminoso.
Cristo deja ir a Judas, como el padre al hijo pródigo, sabiendo que ya no hay nada que hacer; pero esperando que regrese, para acogerlo de nuevo. Judá se ha perdido, pero ¿acaso no vino Jesús por las ovejas perdidas? Judá está en tinieblas, pero ¿acaso Cristo no es él la luz que vino a iluminar a todo hombre? La Iglesia nunca ha declarado que Judas se perdió definitivamente.
Pedro está impulsado por la amistad. Es sincero cuando declara estar dispuesto a dar la vida por Jesús. ¡Cuántas veces también nosotros dentro de una relación, de una amistad decimos todo lo que estamos dispuestos a hacer por el otro! ¿No es, en el fondo, lo que una pareja promete el día del matrimonio? Existe sinceridad cuando hacemos declaraciones de este tipo. Sin embargo, no siempre somos suficientemente conscientes de nuestra fragilidad. Aunque seamos sinceros, se nos escapa una comprensión profunda de nosotros mismos. En ese momento, Pedro ignoraba las zonas de sombra y la debilidad que llevaba en su alma.
Jesús, conociendo la fragilidad y la sinceridad de su discípulo, responde: "¿Darías tu vida por mí? No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces". Pedro no lo sabe, pero esa noche también negará a su amigo. El apóstol debe aprender que para anunciar convincentemente el Evangelio de la misericordia debe hacer personalmente la experiencia de la misericordia de Dios; para comprender y compadecerse de los límites de los demás, debe conocer a fondo sus propios límites.
En la debilidad de Judas que traiciona y en la presunción de Pedro que niega, contemplamos esa parte débil y obstinada de nuestra propia alma que no puede entrar en comunión con Dios si antes no es alcanzada y salvada por la fidelidad de su amor. Este es un día propicio para hacer el balance de nuestro camino, sin avergonzarnos de nuestras fragilidades, pero tampoco sin resignarnos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 13, 21-33. 36-38
Cuando Jesús estaba a la mesa con sus discípulos, se conmovió profundamente y declaró: "Yo les aseguro que uno de ustedes me va a entregar". Los discípulos se miraron perplejos unos a otros, porque no sabían de quién hablaba. Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, se hallaba reclinado a su derecha. Simón Pedro le hizo una seña y le preguntó: "¿De quién lo dice?" Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: "Señor, ¿quién es?"
Le contestó Jesús: "Aquel a quien yo le dé este trozo de pan, que voy a mojar". Mojó el pan y se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote; y tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dijo entonces a Judas: "Lo que tienes que hacer, hazlo pronto". Pero ninguno de los comensales entendió a qué se refería; algunos supusieron que, como Judas tenía a su cargo la bolsa, Jesús le había encomendado comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el bocado, salió inmediatamente. Era de noche.
Una vez que Judas se fue, Jesús dijo: "Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará. Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes. Me buscarán, pero como les dije a los judíos, así se lo digo a ustedes ahora: 'A donde yo voy, ustedes no pueden ir'".
Simón Pedro le dijo: "Señor, ¿a dónde vas?" Jesús le respondió: "A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; me seguirás más tarde". Pedro replicó: "Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti". Jesús le contestó: "¿Con que darás tu vida por mí? Yo te aseguro que no cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces".
Lunes Santo
La audacia del amor
El relato del evangelio de hoy empieza con estas palabras: "Seis días antes de la Pascua". Marta, María y Lázaro organizan una cena especial para celebrar el regreso a la vida de Lázaro, para agradecer al amigo y Señor. Y durante la cena, impregnada de un clima de ternura, de gratitud, de melancolía, María realiza aquel gesto extraordinario que atraviesa toda la historia del cristianismo: derrama una libra de preciosa esencia de nardo sobre los pies de Jesús.
El camino de la Semana Santa comienza así: disfrutando el aroma de un perfume muy costoso —trescientos denarios de perfume eran cerca de un año de salario— en el que se anticipa y se intuye el significado de la pasión del Señor. La Pascua se expresa y se comprende mejor en el lenguaje del amor audaz, donde la racionalidad, el cálculo prudente, la conveniencia deben ceder el paso a la locura del don gratuito. María ha captado la belleza secreta de Cristo y realiza un gesto con el cual reconoce en su persona al mismo Dios.
La generosidad de María de Betania y la generosidad con la cual el Señor la recibe nos preparan para acoger la próxima fiesta de Pascua como un perfume, como algo precioso capaz de llegar sutilmente a todas partes y alcanzar a todos. La salvación cristiana, en efecto, no es sólo la superación de nuestros límites y la eliminación de las consecuencias del mal uso de nuestra libertad. Es, sobre todo, amor que irradia esperanza donde hay miedo a vivir y a morir, que es capaz de devolver la vida en el absurdo del pecado y en la oscuridad de la muerte.
Judas, sin embargo, rechaza esta exquisita manifestación simbólica del amor pascual y de su inerme poder: "¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?". Judas es la imagen de nuestra incapacidad para ver la pobreza como una ocasión de entrar en la lógica del don y del servicio, no simplemente como un problema que resolver. Sólo quien ama los pies de Cristo como María es capaz de amar bien a los pobres. Los pobres no son simplemente para alimentar o para escalar puestos políticos, sino personas a quienes amar, de las cuales el pan es sólo una modalidad.
El Señor dirige la palabra a su discípulo amargado, que parece no entender el gesto de María, quien, impulsada por el deseo de adoración, besa los pies del Señor, anticipando así la totalidad del don de amor con el cual Dios ha decidido salvar al mundo: "Déjala. Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán". Sólo obedeciendo a este impulso de adoración se puede entrar en la alegría y en el misterio de la Pascua.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 12, 1-11
Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume.
Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregar a Jesús, exclamó: "¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?" Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella.
Entonces dijo Jesús: "Déjala. Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán".
Mientras tanto, la multitud de judíos, que se enteró de que Jesús estaba allí, acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien el Señor había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes deliberaban para matar a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se separaban y creían en Jesús.
Domingo de Ramos de la Pasión del Señor
Las mujeres lo saben
Entramos en la Semana santa, en los días más importantes de la fe cristiana. Se trata de los últimos días de Jesús: desde su entrada triunfal en Jerusalén hasta la carrera de María Magdalena alejándose del sepulcro en la mañana de Pascua, cuando también la piedra del sepulcro se viste de luz.
La Semana Santa se abre con los gritos gozosos "¡Hosanna al Hijo de David!" de una muchedumbre presa del entusiasmo, pero inestable, que cambia de dirección como una veleta al cambiar el viento. Luego viene la Pasión del Señor.
En el relato de la Pasión nos descubrimos capaces de hacer lo que nunca habríamos querido hacer. Pedro jura fidelidad a Jesús y, poco después, se acobarda ante la mirada de una sirvienta. Judas Iscariote entrega a su Maestro y luego es aplastado por el peso insoportable de la culpabilidad. Poncio Pilato intuye la inocencia de Jesús, pero traiciona su propia conciencia por calculador y miedoso. Surge la pregunta: ¿Hasta qué punto estamos atravesados por fuerzas que nos superan, que nos empujan más allá de nuestros deseos?
En este drama hay dos cosas profundamente consoladoras. La primera es que Jesús vive la pasión y muerte para decirnos que no estamos solos en nuestra propia pasión y muerte. Nada de lo que nos sucede es inútil. Puede ser transformado en una estación más del camino de redención.
La otra cosa consoladora es que, dentro de este drama de fragilidad, se abre una brecha inesperada. Son las mujeres fieles. En el relato de la pasión, ellas aparecen como las que no traicionan. Permanecen. Custodian. Intuyen. Confían incluso en sus sueños, como la mujer de Pilato, que se atreve a decirle: "Deja en paz a ese hombre inocente, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa".
Tal vez lo femenino es el último lugar donde la vida aún no ha sido sofocada por la ambición egoísta, el último espacio donde todavía se cree en la justicia, en la compasión, en el amor. Y recordemos que también los varones, como lo puso de manifiesto el psicólogo Carl Gustav Jung, llevamos en la psique el aspecto femenino. Entremos en esa dimensión femenina-materna, donde existe la certeza de que la vida se debe custodiar siempre hasta el fondo. Puede haber un terremoto —como el que narra el evangelio— pero esa sacudida abrirá los sepulcros. Y la vida saldrá, como sale de la cáscara de una semilla enterrada.
Las mujeres saben que no todo nace de la acción. Que existe una fecundidad en el dejar espacio, en el no forzar, en el cuidar. Saben que la vida acontece también por caminos invisibles. Como María de Nazaret, que dio a luz a la Luz sin poseerla, sin retenerla, simplemente acogiéndola. Como María Magdalena que se quedó ante el sepulcro de Jesús cuando todo parecía terminado. Se quedó porque amaba. Y quien ama sabe esperar. Sabe que lo sembrado no se puede perder. Tarde o temprano brotará. Por eso persevera, vela, espera contra toda evidencia. La intuición femenina sabe lo que a menudo olvidamos: que la vida no se deja aprisionar. Tal vez la fe madura comienza aquí: cuando dejamos de retener y aprendemos a confiar en la Vida que, en silencio, sigue naciendo y creciendo por todas partes.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
V Viernes de Cuaresma
"Ustedes son dioses"
La relación de Jesús con el Padre es calificada por los judíos como una "blasfemia". Lo que ellos llaman "blasfemia", es una revelación que libera y dinamiza la vida.
Jesús cita un salmo: "Ustedes son dioses, y todos ustedes hijos del Altísimo". En el salmo se profetiza que todos los hombres están llamados a convertirse en Dios, es decir, partícipes de la naturaleza divina. Por lo tanto, estamos llamados a contemplar no sólo a Dios y la distancia que hay entre Él y nosotros, sino a también a contemplar cómo la distancia se acorta, cómo nos convertimos en hijos del Padre, cuando conocemos su ternura, su cercanía, su mansedumbre, su saber esperar, su protección. El Padre nos hace herederos de la vida eterna, de su Espíritu, de su Sabiduría.
A sus interlocutores, que adoran a un Dios celoso de sus prerrogativas, Jesús les revela a un Dios deseoso de compartir sus prerrogativas, su "naturaleza divina" que ha manifestado a través de sus obras. Nuestra vida es divina no por los privilegios que otorga sino por la libertad y la vitalidad que activa; no para sentirnos superiores, sino para vivir con más responsabilidad, más verdad, más amor. Ante semejantes dones, no podemos menos que unirnos a la multitud que se siente atraída por Jesús, confortada y reconocida en su dignidad, y testimoniar: "Todo lo que Juan decía de éste, era verdad".
Frente a las amenazas de los judíos que han tomado piedras para arrojarlas sobre Jesús, el Señor busca el diálogo; pero ante la imposibilidad de razonar serenamente, da un paso atrás y escapa. No se retira por miedo sino por prudencia. La prudencia es una virtud. Ayuda a discernir sabiamente cuáles son las palabras que se deben decir o la actitud que se debe asumir en un momento de crisis. Jesús se retira "al otro lado del Jordán", es decir a sus raíces. Allí había madurado su vocación y allí había comenzado su misión. También nosotros necesitamos prudencia para saber tomar la distancia correcta y retirarnos a nuestro "más allá del Jordán", el lugar que recuerda los motivos por las cuales hemos elegido comprometer la vida, el lugar donde encontramos nuestra identidad más verdadera, nuestra identidad de hijos amados del Padre del cielo.
En último término, la violencia de los judíos contra Jesús, pero también la violencia física y verbal, la indiferencia en el hogar, en los ambientes de trabajo, en las redes sociales, en el mundo, es un problema de divinización, tiene su origen en la falta de divinización.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 10, 31-42
Cuando Jesús terminó de hablar, los judíos cogieron piedras para apedrearlo. Jesús les dijo: "He realizado ante ustedes muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?"
Le contestaron los judíos: "No te queremos apedrear por ninguna obra buena, sino por blasfemo, porque tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser Dios". Jesús les replicó: "¿No está escrito en su ley: Yo les he dicho: Ustedes son dioses? Ahora bien, si ahí se llama dioses a quienes fue dirigida la palabra de Dios (y la Escritura no puede equivocarse), ¿cómo es que a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo, me llaman blasfemo porque he dicho: 'Soy Hijo de Dios'? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean. Pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que puedan comprender que el Padre está en mí y yo en el Padre". Trataron entonces de apoderarse de él, pero se les escapó de las manos.
Luego regresó Jesús al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado en un principio y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: "Juan no hizo ninguna señal prodigiosa; pero todo lo que Juan decía de éste, era verdad". Y muchos creyeron en él allí.
V Jueves de Cuaresma
Bienvenida hermana muerte
Para la inmensa mayoría de hombres y mujeres, la muerte es una aguafiestas. No es esperada. Más que esperada es temida. Y lo que se teme no es bienvenido. Uno quisiera que nunca llegara. La Carta a los Hebreos afirma que "Cristo vino a liberar a aquellos que por temor a la muerte vivían como esclavos toda la vida". No obstante que una de las grandes razones de la venida de Cristo es liberarnos del temor a la muerte y de la misma muerte, la inmensa mayoría de los cristianos siguen temiendo a la muerte
En el evangelio, los judíos reaccionan negativamente cuando Jesús anuncia la superación de la muerte: "El que es fiel a mis palabras no morirá para siempre". Los judíos contratacan diciendo que Abraham es su "padre". Sin embargo, no muestran ser realmente sus hijos. La primera lectura revela hasta qué punto están lejos de Abraham.
El Señor le cambia el nombre a Abraham. Este cambio de nombre es una especie de muerte. Abraham tiene que morir a su vida anterior para poder comenzar una nueva vida, un futuro lleno de promesas: "Te haré fecundo sobremanera; de ti surgirán naciones y de ti nacerán reyes". Y Abraham acepta. Acepta ser engendrado por la Palabra de Dios a una nueva vida. Lo que Dios le promete se puede realizar sólo si acepta morir a las propias pretensiones.
Abraham pudo llegar a ser padre de una multitud porque se dejó generar por la Palabra de Vida y aprendió a regenerarse a sí mismo dejándose conducir por caminos desconocidos. Tuvo que aprender, con mucha paciencia y atravesando mucha noches oscuras, lo que significaba dejar atrás la tierra de su esterilidad para acoger lo que el Señor le iba revelando a medida que avanzaba.
Las palabras de Cristo —"el que es fiel a mis palabras no morirá para siempre"— engendran a una nueva vida cuando las meditamos largamente para entenderlas y tratamos de vivirlas. Aunque no hemos podido vivirlas del todo, podemos decir que no nos han dejado permanecer en la muerte, la muerte del sinsentido, del miedo, del desánimo. Le hemos ganado a la muerte cuando hemos dejado que estas palabras llegaran a nuestro corazón, iluminaran nuestro camino, influyeran en nuestras decisiones. Nos han puesto de nuevo en pie, nos han sacado de la oscuridad.
La muerte ya no nos asusta, porque estamos seguros de que es sólo un paso en nuestro camino hacia la luz. Así será la muerte final; pero también así son las muertes de cada día. En Jesús la muerte lleva a la vida y a la luz.
Estamos celebrando el octavo centenario de la muerte, la pascua, de san Francisco de Asís. Que junto con él podamos decir de todo corazón: Bienvenida hermana muerte.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 8, 51-59
Jesús dijo a los judíos: "Yo les aseguro: el que es fiel a mis palabras no morirá para siempre". Los judíos le dijeron: "Ahora ya no nos cabe duda de que estás endemoniado. Porque Abraham murió y los profetas también murieron, y tú dices: 'El que es fiel a mis palabras no morirá para siempre'. ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser tú?"
Contestó Jesús: "Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, aquel de quien ustedes dicen: 'Es nuestro Dios', aunque no lo conocen. Yo, en cambio, sí lo conozco; y si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso como ustedes. Pero yo lo conozco y soy fiel a su palabra. Abraham, el padre de ustedes, se regocijaba con el pensamiento de verme; me vio y se alegró por ello".
Los judíos le replicaron: "No tienes ni cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?" Les respondió Jesús: "Yo les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy". Entonces recogieron piedras para arrojárselas, pero Jesús se ocultó y salió del templo.
La Anunciación del Señor
La vida florece
En un tiempo donde escasea la esperanza celebramos una fiesta llena de esperanza. La fiesta de la Anunciación del Señor se une al perfume de la primavera y nos lleva al comienzo del misterio del amor del Dios hecho hombre, misterio que está en el centro de nuestra fe. Vuelve cada año esta fiesta para recordarnos que cuando Dios tiene que encontrarse con nosotros, no elabora teorías ni entrega doctrinas, sino desencadena acontecimientos que involucran a las personas y las interpelan, las provocan. El Señor viene a perturbar y a cambiar sus historias.
Hoy celebramos precisamente uno de esos acontecimiento: Dios elige venir a habitar en el vientre, en el corazón, en la casa de María, una jovencita que vive en la periferia del mundo, en una tierra marginada. Así es el Dios de Nuestro Señor Jesucrito. Viene a habitar nuestras periferias. Se abaja para alcanzarnos. Ya no está solamente en lo alto. Realiza algo imposible.
Un evento tan extraordinario como es la encarnación del Verbo en el seno y en la vida de María se revela como un acontecimiento ordinario y discreto. Con el consentimiento de María a la propuesta del ángel, la presencia de Dios no se percibe ya como una presencia extraña, sino como una realidad íntima, familiar, incluso carnal, tan familiar como una madre que experimenta el misterio de ver crecer en su propio cuerpo un cuerpo diferente al suyo, pero no extraño ni ajeno a ella.
Desde la creación del mundo, el Creador había decidido hacerse creatura, vivir entre nosotros. La Anunciación es la hora en que se cumple el deseo de Dios de habitar en el seno de la humanidad como un ser humano. Pero espera el consentimiento de una mujer. Y María dijo "sí". Le damos gracias al Señor por su inmenso amor y le damos gracias a María por haber dicho que "sí".
Para encarnarse, Dios elige pasar a través de la escucha, la acogida, la disponibilidad de esta mujer. Las palabras de María "cúmplase en mí lo que me has dicho" no expresan sólo aceptación, sino también apertura confiada al futuro. Este "cúmplase en mí" está preñado de esperanza. María es la madre de la esperanza. Toda su vida es un conjunto de actitudes de esperanza, que comienzan por el "sí" en el momento de la Anunciación.
María no sabía cómo podría llegar a ser madre, pero confió totalmente en el Señor. Y, así, su pequeñez y su nada se convirtieron en el cofre que contiene el tesoro, la vasija de barro llena de gracia. Y nos enseña que nuestra pequeñez es también un espacio para acoger a Dios. Ahora nos toca a nosotros decir un auténtico "aquí estoy". Esto basta para hacer florecer un desierto. No tengamos miedo de nuestros límites porque precisamente ahí es donde Dios quiere habitar.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 1, 26-38
El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.
Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo". Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.
El ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin".
María le dijo entonces al ángel: "¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?" El ángel le contestó: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios".
María contestó: "Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho". Y el ángel se retiró de su presencia.
V Martes de Cuaresma
La mirada salva
La mirada es muy importante. Decía la filósofa y mística francesa Simone Weil que "una de las verdades capitales del cristianismo, hoy olvidada, es que la mirada salva". Y recordaba el relato de la primera lectura. El libro de los Números narra que, mientras caminaba por el desierto, el pueblo encontró serpientes venenosas que los mordían. Muchos murieron. Entonces, por mandato de Dios, "Moisés hizo una serpiente de bronce y la levantó en un palo; y si alguno era mordido y miraba la serpiente de bronce, quedaba curado".
La salvación no es principalmente fruto del esfuerzo humano, sino de la gracia. Es el resultado de dirigir largamente la mirada hacia Dios. Mirar es un acto de amor que implica confianza, receptividad y la aceptación de la gracia. Se contrapone a la idea de merecer la salvación por nuestras obras.
En el evangelio, quien es levantado hacia lo alto es Cristo: "Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy". Ya no se mira una serpiente de bronce sino a Cristo levantado en la cruz. Mirar a Cristo, enfocar la atención en él, produce un cambio de mentalidad y de perspectiva. Transforma. Podemos mantenernos firmes ante las dificultades y alejarnos de las distracciones que nos llevan a la superficialidad, a los pleitos, al pecado. Mirar largamente al Crucificado desenmascara el autoengaño al reconocer nuestro egoísmo, nuestras falsas prioridades y el inmenso amor de Dios. Permite que la gracia divina actúe. Con frecuencia, el cristianismo se reduce a una doctrina intelectual, a un conjunto de normas morales, de ritos, hacer obras y se olvida que el centro está en la experiencia de contemplación y comunión con Dios.
Hay que mirar a Cristo crucificado, pero también mirar al otro. Mirar al Crucificado y mirar a los crucificados de la tierra, a los que sufren. Simone Weil también decía: "El primer milagro es darse cuenta de que el otro existe". Darse cuenta de que el otro existe requiere una atención profunda que rompa la ilusión de que nosotros somos el centro del universo; una atención de tal calidad que nos haga salir de nuestro ego para permitir la entrada de Dios y del prójimo. Para ver realmente al otro, es necesario que el "yo" disminuya. Con frecuencia vemos a los demás proyectándoles nuestros deseos o miedos, no como son realmente.
Darse cuenta del otro es un milagro porque necesita la gracia que ayuda a descentrarnos de nosotros mismo y centrarnos en Dios y en el prójimo, y acogerlos tal como son.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 8, 21-30
Jesús dijo a los judíos: "Yo me voy y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden venir". Dijeron entonces los judíos: "¿Estará pensando en suicidarse y por eso nos dice: 'A donde yo voy, ustedes no pueden venir'?" Pero Jesús añadió: "Ustedes son de aquí abajo y yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Se lo acabo de decir: morirán en sus pecados, porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados".
Los judíos le preguntaron: "Entonces ¿quién eres tú?" Jesús les respondió: "Precisamente eso que les estoy diciendo. Mucho es lo que tengo que decir de ustedes y mucho que condenar. El que me ha enviado es veraz y lo que yo le he oído decir a él es lo que digo al mundo". Ellos no comprendieron que hablaba del Padre.
Jesús prosiguió: "Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy y que no hago nada por mi cuenta; lo que el Padre me enseñó, eso digo. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada". Después de decir estas palabras, muchos creyeron en él.
V Lunes de Cuaresma
Verdad y compasión
Las lecturas de hoy nos cuentan dos historias de mujeres acusadas de violar la ley. El fondo es el mismo, pero las formas son diferentes. En la primera historia, una mujer injustamente acusada es justamente absuelta; en la segunda, otra mujer justamente acusada es absuelta por la misericordia del Señor Jesús.
Los ancianos malvados que acusaron falsamente a Susana de adulterio utilizan el poder que tienen no para promover la verdad y la justicia, sino para satisfacer su propio egoísmo, sus pasiones desordenadas. No dudan en usar la mentira y la falsedad para aplastar a una mujer inocentes. Pero, al final, saborearan el mismo castigo que querían para Susana. La mentira tiene una vida breve y conduce a la muerte. Tarde o temprano el corazón despiadado es desenmascarado. La historia de Susanna habla de la injusticia humana que es víctima de sí misma.
Algo semejante sucede en el evangelio. Unos hombres llevan ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. La mujer era culpable. Había transgredido la Ley. No tenía la pureza de Susana. Sin embargo, bastaron unas palabras del Maestro para revelar lo injusto que sería que alguien diera una sentencia condenatoria contra ella: "Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra".
Cristo no niega la ley, sino que la lleva a su verdad más profunda. Invita a los que tienen las piedras en sus manos a mirarse dentro. No se trata de anular la ley, sino de vivirla a la luz de la compasión. Con sus palabras, Jesús hace que los escribas y fariseos cambien el modo de ver y de juzgar a la adúltera, y la dejen en paz.
Jesús es el Verbo de Dios que se encarnó en nuestra frágil condición humana. Por eso, entiende, acepta y acompaña hasta el fondo el drama de la libertad humana, del crecimiento, de la transformación de la cual forman parte las contradicciones, las ambigüedades e incluso los pecados. Frente al dolor de la adúltera, Jesús hace un gesto que representa lo que sus acusadores habían olvidado: "se agachó", se inclinó, se puso al ras del suelo, al mismo nivel de la mujer. Dios se inclina sobre nuestra humanidad pobre y débil como el polvo de la tierra. El Señor es capaz de ver el cielo en la pobreza de la tierra.
Luego de estar un tiempo inclinado, Jesús se levanta sin condenar a nadie, ni a la mujer ni a los que la acusaban: "Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar". Jesús nos enseña que la verdad nunca puede ser negada, pero no debe ser usada como una piedra que mata, sino como una posibilidad de ayudar a los demás a levantarse de sus errores.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 8, 1-11
Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.
Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?"
Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Pero como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: "Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra". Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.
Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.
Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: "Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?" Ella le contestó: "Nadie, Señor". Y Jesús le dijo: "Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar".
V Domingo de Cuaresma
Resurgir ahora
Se llamaba Lázaro, pero su nombre más verdadero era el inventado por sus hermanas Marta y María cuando le avisaron a Jesús de la enfermedad de su hermano: "Aquel a quien tanto quieres". El relato gira en torno a la muerte de Lázaro y el sepulcro. Sólo al final se habla de su resucitación, signo de la resurrección final.
Cuando las dos hermanas de Lázaro se encuentran con Jesús, repiten la misma frase: "Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano". Tienen razón. La vida, cuando no está habitada por Dios, se convierte en un sepulcro, se apaga cuando sentimos lejos a Jesús. Podemos estar vivos biológicamente, pero interiormente muertos o morir biológicamente y experimentar un renacimiento. La resurrección es una experiencia de renacimiento que toca nuestra dimensión más profunda.
Cuando Jesús quiere consolar a Marta hablándole de resurrección, ella le responde: "Ya sé que resucitará en la resurrección del último día". A continuación, siguen unas de las palabras más importantes del Evangelio, y de las más difíciles de entender y de vivir: "Yo soy la resurrección y la vida". En Jesús y con Jesús estamos resucitando una y otra vez. La vida auténtica es el resultado de muchas resurrecciones: del miedo, de la desesperación, la violencia, la soledad, el pecado.
Ante el sepulcro, ante el sufrimiento y la muerte, cada uno de nosotros reacciona de manera diferente. Por eso, cada uno está llamado a recorrer su propio camino de conversión. Marta se dio cuenta que sabe muchos sobre Dios; pero, en el fondo, no cree que Jesús pueda cambiar la vida de las personas. Varias veces, repite: "Ya sé". Su fe está basada en un conocimiento intelectual. Necesita recorrer el camino que va del conocimiento racional de las cosas sobre Dios hasta la experiencia del Dios de la vida.
María, la otra hermana de Lázaro, ante la muerte de su hermano, decide quedarse en casa, inmóvil. El evangelio dice que lloraba y lloraba. El llanto es tal vez la expresión más alta del amor. Llora quien ama. Cuando lloramos por la muerte de personas que amamos son lágrimas que destilan amor. También María debe recorrer un camino de conversión. Marta la va a buscar y le dice: "El maestro está aquí y te llama". Jesús la llama a salir de una vida que ha convertido en un sepulcro. No te quedes encerrada en tu casa, convirtiéndola en el lugar de tu lamento. Sal de ella y encuentra la esperanza.
El Señor pide quitar la piedra del sepulcro de Lázaro, la piedra que está aplastando la vida, y luego grita: "¡Lázaro, sal de ahí!". Sal de los escombros de los fracasos, bajo los cuales estás enterrados; sal de los sentimientos de culpa, de la incapacidad de perdonarte a ti mismo y a los demás; sal del recuerdo del mal que te han hecho y te ata interiormente. A menudo nos escondemos en nuestro interior porque nuestra miseria huele mal; pero Dios viene a buscarnos precisamente en esa parte podrida de nosotros. La invitación "sal de ahí" es una llamada a estar con Él, a dejar de escondernos como hizo Adán y a dejarnos amar sin condiciones para poder ser, por fin, nosotros mismos.
Lázaro sale, pero el camino de liberación no es inmediato. Tiene los pies y las manos atados por las vendas. Son los lazos de la muerte. Jesús pide que le quiten esas cadenas. Dios se sirve de mediadores para darnos vida y libertad. Estamos llamados a acoger estos mediadores y a ser mediadores para los demás, llevando libertad y esperanza.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
IV Viernes de Cuaresma
"No había llegado su hora"
Jesús se mueve con discreción. No busca estar en el centro de la escena. En Jerusalén muchos hablan de él, discuten, lo juzgan, se dividen. Hay quienes lo defienden y quienes quieren silenciarlo. Pero Jesús habla abiertamente, sin miedo. No se deja atrapar por las expectativas de los demás.
Nosotros también vivimos bajo la mirada y el juicio de los demás. Nos preguntamos qué piensan de nosotros, si estamos haciendo lo correcto, si estamos decepcionando a alguien. Así corremos el riesgo de perder contacto con lo que sentimos, con nuestra verdad, con lo que Dios quiere de nosotros. Jesús es fiel a la misión que su Padre le ha encomendado, aunque esto le cueste el rechazo.
Sus enemigos querían matarlo. Trataron de capturarlo, pero nadie le pudo echar mano. Juan dice el por qué: "Todavía no había llegado su hora". En un primer momento, puede parecer que todos los eventos de su vida estaban programados de antemano. Pero, más bien, expresa la conciencia de que su vida se mueve dentro de un designio más grande, el del Padre. Es una enseñanza para nosotros.
La historia no está dominada por el azar. Tampoco somos peones o títeres dentro de un guion ya establecido. Nuestra vida se desarrolla dentro de la relación con un Dios que guía los acontecimientos hacia el bien. No decide todo de antemano, como si nuestra libertad no contara. Cuando una persona confía en Él, sucede algo misterioso pero real: incluso lo que parece difícil o incomprensible puede contribuir al bien. De esta confianza en el Señor nace la certeza de que nada en nuestra vida es inútil o está perdido. Por eso podemos acoger también lo que no comprendemos, porque sabemos que estamos en manos del Padre. Él no permite que suceda algo, ya sea agradable o doloroso, que no pueda, de alguna manera, estar orientado a nuestro bien.
La anotación de Juan "todavía no había llegado su hora" indica, además, que la pasión, muerte y resurrección del Señor no son una fatalidad ni un accidente en el camino. De alguna manera estaban ya previstos. Todo tiene su tiempo. El tiempo de Jesús todavía no había terminado. El Señor no fuerza los tiempos. Sabe esperar. Sigue haciendo el bien, aunque no sea comprendido.
El evangelio de hoy nos invita a la confianza. Aunque haya confusión a nuestro alrededor, aunque alguien quiera bloquearnos, si nos aferramos a la verdad que llevamos en el corazón, nadie podrá poner las manos sobre nosotros. Nuestra pascua llegará en el momento adecuado.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 7, 1-2. 10. 25-30
Jesús recorría Galilea, pues no quería andar por Judea, porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba ya la fiesta de los judíos, llamada de los Campamentos.
Cuando los parientes de Jesús habían llegado ya a Jerusalén para la fiesta, llegó también él, pero sin que la gente se diera cuenta, como de incógnito. Algunos, que eran de Jerusalén, se decían: "¿No es éste al que quieren matar? Miren cómo habla libremente y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que es el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde viene éste; en cambio, cuando llegue el Mesías, nadie sabrá de dónde viene".
Jesús, por su parte, mientras enseñaba en el templo, exclamó: "Conque me conocen a mí y saben de dónde vengo… Pues bien, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; y a él ustedes no lo conocen. Pero yo sí lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado". Trataron entonces de capturarlo, pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.
San José, esposo de María
Un "si" que une
Las escasas noticias evangélicas sobre José y el hecho de que no pronuncie una sola palabras en los evangelios, dejan margen a la imaginación para captar, en el silencio de José, el trabajo interior donde se va formando un hombre más maduro, un esposo fiel y un padre amoroso. José es llamado "el esposo de María" y es definido como "hombre justo", es decir, bueno.
José es una persona fundamental en el Evangelio y en el cristianismo. No es un personaje secundario, útil solo para adornar algunas escenas sobre la infancia de Jesús. En él encontramos realizado, de manera luminosa y concreta, el ideal de vida cristiana. No dice una palabra, pero su vida habla con una fuerza extraordinaria. Es una gracia poder hacer un silencio como el silencio de san José que ayuda a escuchar la Palabra de Dios. José nos invita a recibir los acontecimientos de cada día con un silencio que invita a escuchar y tomar decisiones.
Como todo enamorado, José sueña. Seguramente dibujaba en su imaginación un futuro hermoso al lado de María. Le había dado su palabra y para él ya era su esposa. Ambos esperaban el día en que María sería acogida en su casa, después tener hijos, coronación de su amor. Sin embargo, su noviazgo, más que ser tiempo para soñar el futuro, se convierte en un sueño nocturno en el cual escucha la Palabra de Dios, palabra repentina y enigmática, reconfortante y al mismo tiempo destabilizadora.
Dios habla a José en el sueño, cuando ya no somos dueños de nosotros mismos, cuando han caído todas las defensas. En ese momento el Señor encuentra espacio para revelarle el sentido más profundo de la vida, su proyecto al cual lo invita a participar. En el sueño, José atraviesa y supera el desfase entre lo que soñaba y lo que el Señor está haciendo en María. En la Palabra de Dios puede releer la realidad de otra manera, trasfigurada. Y no puede sino reconocer que el designio de Dios es inmensamente mayor que sus deseos y sus propios planes. Descubre que María ya no es la novia que le dará hijos, sino la mujer que llevará en su vientre al Dios que se hace hombre. Dice "sí" aceptando colaborar con Dios. Une su "sí" al pronunciado por María. La adhesión a la voluntad de Dios une a José y a María, haciendo su amor fecundo y eterno.
En estos tiempos difíciles y confusos olvidamos que es posible soñar a todo color. El estruendo de la guerra y los escombros de la destrucción no pueden impedirlo. Ciertamente lo hacen más difícil, pero no imposible. Que en nuestros sueños de un mundo mejor y en nuestros sueños nocturnos no nos falte la compañía de san José.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 1, 16. 18-21. 24
Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, como era justo, no queriendo ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado.
IV Miércoles de Cuaresma
Un amor invencible
La relación de Jesús con su Padre es de tal intensidad que nos deslumbra. Y narrada por san Juan es todavía más intensa, más deslumbrante, hasta el punto de dejarnos ciegos. Los místicos dirán que esa ceguera es la noche de la razón. Por eso, para intentar entender el mensaje de Juan hay que abrir el corazón a la gracias divina.
Dice san Juan: "El Hijo no puede hacer nada por su cuenta y sólo hace lo que le ve hacer al Padre". Sabiendo que Dios nos ha creado libres, nos puede parecer incomprensible y extraña la idea de no poder hacer nada si otra persona no nos lo dicta. ¿Qué nos quiere decir san Juan? Me parece que estas palabras pueden ser interpretadas desde diversas perspectiva.
Juan parece decir que debemos asumir la vida como algo que recibimos continuamente y luego devolvemos. La vida es un don para compartirlo. Es un flujo constante. No disponer de la vida como algo solamente recibido sin darla, paradójicamente, es el único modo de poder tenerla, es decir, poder disfrutarla con mayor plenitud. ¿Cómo compartir la vida? Básicamente entregándola a Dios y a los demás. Para mí puede ser servir al Pueblo de Dios. Para un enfermo en cama puede ser unirse a Cristo crucificado y entregarle su vida sufriente para la salvación del mundo.
Puede ser también que las palabras de Juan sean para hacernos salir del engaño y del infierno de la soledad, porque nos abren la posibilidad de encontrar en el rostro humano de Jesús el reflejo de la paternidad de Dios. Para acceder al misterio pascual de Cristo y pasar —ya en este mundo— de la muerte a la vida, es necesario escuchar la voz del Hijo y creer que también nuestra vida, como la suya, está en las manos de Dios, su Padre y nuestro Padre. Estamos llamados a dar este paso que nos permite renacer en Dios.
Para atrevernos a dar el paso y evitar estar muertos, cuando aparentemente estamos vivos, se necesita estar animados por una confianza sin la cual incluso las cosas más simples corren el riesgo de volverse tan difíciles que parecen imposibles. Nuestra vida es un milagro de confianza.
Hoy estamos invitados a hacer una examen de conciencia sobre nuestra relación con el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Esta intimidad amada y cultivada es el fundamento estable e invulnerable de nuestra vida. Es esta conciencia de un amor invencible la que ha dado a Jesús la fuerza para soportar el rechazo, la humillación y la muerte.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 5, 17-30
Jesús dijo a los judíos (que lo perseguían por hacer curaciones en sábado): "Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo". Por eso los judíos buscaban con mayor empeño darle muerte, ya que no sólo violaba el sábado, sino que llamaba Padre suyo a Dios, igualándose así con Dios.
Entonces Jesús les habló en estos términos: "Yo les aseguro: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta y sólo hace lo que le ve hacer al Padre; lo que hace el Padre también lo hace el Hijo. El Padre ama al Hijo y le manifiesta todo lo que hace; le manifestará obras todavía mayores que éstas, para asombro de ustedes. Así como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a quien él quiere dársela. El Padre no juzga a nadie, porque todo juicio se lo ha dado al Hijo, para que todos honren al Hijo, como honran al Padre. El que no honra al Hijo tampoco honra al Padre.
Yo les aseguro que, quien escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna y no será condenado en el juicio, porque ya pasó de la muerte a la vida.
Les aseguro que viene la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la hayan oído vivirán. Pues así como el Padre tiene la vida en sí mismo, también le ha dado al Hijo tener la vida en sí mismo; y le ha dado el poder de juzgar, porque es el Hijo del hombre.
No se asombren de esto, porque viene la hora en que todos los que yacen en la tumba oirán mi voz y resucitarán: los que hicieron el bien para la vida; los que hicieron el mal, para la condenación. Yo nada puedo hacer por mí mismo. Según lo que oigo, juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió".
IV Martes de Cuaresma
Curar la voluntad
Muchos piensan que el hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo y esperaba entrar en el agua para sanar, era una persona que no quería cambiar, que buscaba excusas para no moverse, que se había apoltronado en su enfermedad. Puede ser cierto. Sin embargo, en el relato aparece como una persona sola, abandonada a su suerte: "Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando logro llegar, ya otro ha bajado antes que yo". En realidad, sí se mueve, si intenta llegar.
Me impresiona la paciencia y la tenacidad de ese hombre. A pesar de llevar tantos años enfermo no había perdido la esperanza. Treinta y ocho años soportando su soledad y abandono, esperando a alguien que le ayudara a bajar a la piscina. Aunque tardo mucho, por fin llegó la persona que tanto anhelaba. Jesús se acercó a él y le hizo una pregunta sorprendente: "¿Quieres curarte?". No le dice de inmediato "levántate". Primero le pregunta qué es lo que realmente desea. La pregunta parece obvia. Pero con esta pregunta Jesús pretende mover su alma, su voluntad, para que después mueva su cuerpo. Al contacto con Cristo el enfermo recupera su voluntad, la une a la voluntad del Señor y empieza a andar.
Lo que le sucedió a aquel hombre nos puede suceder a nosotros. Entendemos con el intelecto lo que debemos hacer, pero la voluntad está paralizada, incapaz de traducir en acciones concretas lo que hemos entendido.
Al encontrarlo de nuevo, Jesús le advierte: "Mira, ya quedaste sano. No peques más, no sea que te vaya a suceder algo peor". Existe el riesgo de recibir una vida nueva y no saber hacer buen uso de ella. La verdadera curación no es sólo volver a caminar: es aprender a ir en la dirección correcta.
Siempre que nos encontramos realmente con Cristo nos dan ganas de ser mejores. Cristo nos cuestiona, nos anima, nos ayuda y, como al paralítico de la piscina, nos empuja a caminar. Y caminar no de cualquier manera, sino caminar como lo hace él: fijándonos en el que sufre.
El Papa Francisco, pocos meses después de haber sido elegido Papa, expresó cómo era la Iglesia que soñaba: "Veo con claridad que la Iglesia hoy necesita con mayor urgencia la capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Que inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar por lo más elemental".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 5, 1-16
Era un día de fiesta para los judíos, cuando Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las Ovejas, una piscina llamada Betesdá, en hebreo, con cinco pórticos, bajo los cuales yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Entre ellos estaba un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Al verlo ahí tendido y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo en tal estado, Jesús le dijo: "¿Quieres curarte?" Le respondió el enfermo: "Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando logro llegar, ya otro ha bajado antes que yo". Jesús le dijo: "Levántate, toma tu camilla y anda". Al momento el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.
Aquel día era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había sido curado: "No te es lícito cargar tu camilla". Pero él contestó: "El que me curó me dijo: 'Toma tu camilla y anda'". Ellos le preguntaron: "¿Quién es el que te dijo: 'Toma tu camilla y anda'?" Pero el que había sido curado no lo sabía, porque Jesús había desaparecido entre la muchedumbre. Más tarde lo encontró Jesús en el templo y le dijo: "Mira, ya quedaste sano. No peques más, no sea que te vaya a suceder algo peor. Aquel hombre fue y les contó a los judíos que el que lo había curado era Jesús. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.
IV Lunes de Cuaresma
El desafío de la fe
La Cuaresma no es sólo un tiempo de ayunos, penitencias, viacrucis. Es también un tiempo para el gozo. Y esto no es sólo para el domingo de la alegría que celebramos ayer. El profeta Isaías habla hoy de gozo y de alegría. "Se llenarán ustedes de gozo y de perpetua alegría por lo que voy a crear". Isaías proclama una promesa, algo que está delante de nuestro ojos, hacia lo cual caminamos con alegre esperanza.
La promesa de Isaías se cumple en el evangelio. Jesús se encuentra con el dolor de un padre. Su hijo se está muriendo. La respuesta de Jesús no es amable: "Si no ven ustedes señales y prodigios, no creen". Pero el padre insiste: "Señor, ven antes de que mi muchachito muera".
Pero antes de volver a abrazar a su hijo, el funcionario real debe emprender un camino, dar un salto en el vacío, confiar en lo que le dice Jesús: "Vete, tu hijo ya está sano". Aquel hombre podría haber pensado: "me dice esto porque simplemente quiere deshacerse de mí, para que deje de molestarlo, para alejarme de su vista". Pero decide confiar. Regresa a casa. De Caná a Cafarnaúm había una distancia de treinta kilómetros de polvo y de fatiga. No es difícil imaginar la impaciencia de este padre. Su corazón latía con fuerza mientras volvía a casa sin "señales y prodigios", contando sólo con una palabra que parecía exagerada, caminando sobre una cuerda suspendida en el abismo de una confianza nada fácil.
El funcionario real descubrirá, recorriendo el camino, que la vida había cambiado. En primer lugar, lo había cambiado a él y, al final, había cambiado a su hijo. Así es el camino de la fe. La curación ocurre mientras estamos en camino. San Cirilo de Jerusalén decía que Dios está listo para darnos, pero nosotros tenemos que estar listos para recibir con fe.
Es el desafío de todos los tiempos, de cada generación, frente a la muerte, el mal, la desesperación: gritar al Señor nuestro deseo de ser sanados, de ser resucitados. Y creer en aquella palabra de vida que el Señor, también hoy, nos dice en el Evangelio. Creer es una de las opciones más acertadas, pero también de las más difíciles. Cuando la pendiente de la muerte y del mal se hace cada vez más empinada, creer en la palabra de vida de Cristo sigue siendo una lucha contra la desconfianza, pero nos libera de la resignación y nos abre a nuevas esperanzas. La muerte no tiene la última palabra: se nos dirá la noche de Pascua.
Podremos decir con el salmo responsorial y con el funcionario real cuando vio a su hijo sano: "Convertiste mi duelo en alegría, te alabaré por eso eternamente".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 4, 43-54
Jesús salió de Samaria y se fue a Galilea. Jesús mismo había declarado que a ningún profeta se le honra en su propia patria. Cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que él había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían estado allí.
Volvió entonces a Cana de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía un hijo enfermo en Cafarnaúm. Al oír éste que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a verlo y le rogó que fuera a curar a su hijo, que se estaba muriendo. Jesús le dijo: "Si no ven ustedes señales y prodigios, no creen". Pero el funcionario del rey insistió: "Señor, ven antes de que mi muchachito muera". Jesús le contestó: "Vete, tu hijo ya está sano". Aquel hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Cuando iba llegando, sus criados le salieron al encuentro para decirle que su hijo ya estaba sano. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Le contestaron: "Ayer, a la una de la tarde, se le quitó la fiebre". El padre reconoció que a esa misma hora Jesús le había dicho: 'Tu hijo ya está sano', y creyó con todos los de su casa. Esta fue la segunda señal milagrosa que hizo Jesús al volver de Judea a Galilea.
IV Domingo de Cuaresma
Ver con los ojos de Dios
Estamos viviendo una cuaresma complicada. Guerra entre naciones con sus secuelas de muerte y destrucción, sobresaltos económicos, gobernantes ciegos que se creen inmortales, palabras agresivas, un tira y afloja entre políticos, desesperanza y desaliento en muchos. El riesgo es hundirnos en la noche —no la que se alterna al día y alivia nuestro cansancio— sino la noche del espíritu, del alma, de la inconsciencia. Así las cosas, la liturgia nos invita a ver, a ver la gracia presente en esta situación difícil.
Sin embargo, puede ser que nuestra percepción se deforme por prejuicios o por la manipulación de información. Las noticias falsas y el uso perverso de la inteligencia artificial hacen que no estemos seguros de la veracidad de lo que se nos presenta. O también podemos optar por no ver, volvernos ciegos a la realidad. Esto sucede cuando nos cuesta soportar el peso de la verdad.
La visión distorsionada estaba en el profeta Samuel. Cree ver al elegido de Dios; pero se equivoca porque juzga según sus prejuicios. Finalmente entiende que "el hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones". La carta a los Efesios recuerda que siempre estamos llamados a salir de las tinieblas a la luz. El Evangelio concretiza esta salida. Gira en torno la posibilidad de ver.
Jesús ve a un ciego de nacimiento y se acerca a él, como se acerca a cada persona que está envuelta en la oscuridad del miedo, de la rabia, de la tristeza. Para el Señor la noche es tan clara como el día. Hace un pequeño rito. Pone lodo en los ojos del ciego y lo envía a lavarse en la piscina de Siloe. El ciego confía en un desconocido aun cuando está sumido en la oscuridad. Se abandona a él cuando todavía no se realiza la curación. Como nos sucede a nosotros, este hombre va entendiendo poco a poco quien es Jesús. Inicialmente dice que es un hombre, después que es un profeta y, al final, cuando lo encuentra de nuevo, lo llama "Señor" y se postra para adorarlo. Como podemos ver, la iluminación es gradual.
Luego de que Jesús envía al ciego a la piscina de Siloé, desaparece del escenario. Deja que el ciego crezca. Y, efectivamente, se produce un cambio profundo en él. Parece otra persona. El hecho de recobrar la vista no le quitó las dificultades. Debe afrontar la oposición de quienes quieren trivializar o negar su experiencia. Y lo hace con mucha lucidez. Incluso sus padres lo abandonan. Pero él se mantiene firme. Finalmente, lo expulsan de la sinagoga. El crecimiento y la iluminación se dan en medio de dificultades. Las tribulaciones son lugares de crecimiento. El dolor aceptado se transforma en sabiduría y lleva a una fe madura.
Jesús supo que habían echado fuera al que había sido ciego, y lo buscó. Cuando lo encontró, aquel hombre descubrió una puerta. Le habían cerrado la puerta de la sinagoga y ahora encuentra a Cristo. El Señor nos busca siempre. Viene a traer algo más que el perdón de los pecados. Se entrega a sí mismo como luz: "Yo soy la luz del mundo", luz que ilumina, belleza que sana, mirada que consuela, fuerza que hace renacer.
La Palabra de Dios nos invita a aceptar y abrazar nuestra oscuridad y abrirnos a Dios, que es capaz de transformar cada enigma y cada tiniebla en una aventura de crecimiento. Pero esta aceptación es auténtica en la medida en que le gritamos a Dios y esperamos en Él con todas nuestras fuerzas. Entonces el Señor trasfigura nuestra impotencia, ilumina nuestra oscuridad.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 9, 1-41
Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: "Ve a lavarte en la piscina de Siloé" (que significa 'Enviado'). Él fue, se lavó y volvió con vista.
Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: "¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?" Unos decían: "Es el mismo". Otros: "No es él, sino que se le parece". Pero él decía: "Yo soy".
Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: "Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo". Algunos de los fariseos comentaban: "Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?" Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: "Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?" Él les contestó: "Que es un profeta". Le replicaron: "Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?". Y lo echaron fuera.
Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: "¿Crees tú en el Hijo del hombre?" Él contestó: "¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?". Jesús le dijo: "Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es". Él dijo: "Creo, Señor". Y postrándose, lo adoró.
III Viernes de Cuaresma
El rocío del amor de Dios
El tema de las lecturas de hoy es el amor a Dios y al prójimo. El amor a Dios no puede ser más que una respuesta a su amor. Dios nos pensó, nos amó y nos creó. Él es quien toma la iniciativa. Si Jesús pide "amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas" es porque Él "nos ama con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas, con todo su ser". Pero, ¿cómo es el amor de Dios?
El profeta Oseas usa imágenes de la naturaleza para hacernos intuir el amor de Dios, para hacerlo casi tangible: "Los amaré aunque no lo merezcan. Seré para Israel como rocío; mi pueblo florecerá como el lirio, hundirá profundamente sus raíces, como el álamo, y sus renuevos se propagarán; su esplendor será como el del olivo y tendrá la fragancia de los cedros del Líbano". Lo primero que dice Oseas es que el amor de Dios es inmerecido. Y lo es no sólo para un pueblo rebelde que se había apartado de Dios y su vida se había convertido en un desierto. Lo es también para nosotros.
Dios se compara con el "rocío". El rocío es el resultado de la condensación de la humedad cuando el aire caliente se mezcla con el aire fresco de la noche. Aparece en forma de gotas de agua pequeñas o de una fina niebla que cubre las plantas, el suelo y otras superficies. En el clima árido del antiguo Israel, el rocío proporcionaba una fuente imprescindible de humedad para cultivar y cosechar las plantas. Así como el rocío nutre la vegetación, Dios nutre el alma. El rocío sanador del Señor, enviado del cielo, hará que el pueblo rebelde pueda crecer sano y fuerte. Con el rocío de Dios, Israel florecerá. Será bello como el lirio y echará raíces profundas en tierra fértil como los cedros del Líbano. Tendrá estabilidad. Se reconstruirá sobre cimientos sólidos. Así es el amor de Dios.
La respuesta al amor de Dios es amarlo. Amar a Dios significa ponerlo en el centro, dejarle espacio en la vida. Significa confiar en Él cuando no entendemos, buscarlo cuando estamos cansados, elegir el bien también cuando cuesta. Amar a Dios es vivir cada día con esta pregunta: ¿Lo que estoy haciendo me hace más verdadero, más libre, más capaz de amar?
Quizás también nos preguntemos: ¿cómo puedo amar a quien no veo? San Juan evangelista dice: "Si uno no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios, a quien no ve". El mensaje es claro: ama a lo que tienes cerca, a los que ves. Amando es como llegamos a conocer a Dios, porque Dios es amor.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 12, 28-34
Uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?" Jesús le respondió: "El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos".
El escriba replicó: "Muy bien, Maestro. Tienes razón, cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios".
Jesús, viendo que había hablado muy sensatamente, le dijo: "No estás lejos del Reino de Dios". Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
III Jueves de Cuaresma
Escuchar con el corazón
Dios es comunión, y como estamos hechos a su imagen y semejanza necesitamos comunicarnos con los demás. Hay que temer al "demonio mudo", al que bloquea nuestra comunicación. Este demonio existe ahora, más que nunca.
Parece imposible que nosotros, ciudadanos de un tiempo centrado en la comunicación, acostumbrados diariamente a emitir y recibir grandes cantidades de información a través de computadoras, teléfonos celulares, redes sociales, podamos ser realmente afectados por un problema de comunicación. Sin embargo, como indican los análisis de los expertos, es precisamente en una época como la nuestra donde se registra un nivel muy superficial de relación con el otro. A pesar de las muchas palabras e imágenes entre las que navegamos cada día, no somos capaces de escuchar y decir las cosas útiles y necesarias para construir relaciones profundas con los demás. En la época de la información se nos ha colado el "demonio" de la desinformación y la incomunicación.
La primera lectura nos dice que la falta de comunicación alcanza a Dios. No puede comunicarse con su pueblo. Israel es definido como "el pueblo que no escuchó la voz del Señor". Rompió la comunicación con Dios. Ni lo escucha ni es capaz de dirigirse a Él. Y lo peor de todo es que no muestra ninguna señal de arrepentimiento.
A Jesús le pasa algo semejante. Algunos lo acusan de expulsar los demonios con el poder de Satanás. En el fondo, los que lo acusan se están defendiendo. Muchos intentos de defensa surgen del miedo. Pero este tipo de defensas son débiles y nos hacen débiles, susceptibles de ser aplastados. Una famosa frase atribuida Carl Gustav Jung dice: "Lo que resistes, persiste. Lo que aceptas, te transforma". La aceptación no es resignación pasiva, sino reconocer y aceptar la realidad. Al aceptarla, perdemos el miedo y el control que tenía sobre nosotros. Nos permite cambiar.
El cambio, la conversión empieza en el oído, en la capacidad de escuchar y en la calidad de la escucha. Escuchar es entrar en el corazón del otro y en nuestro propio corazón. Escuchar es una forma de amar. Escuchar transforma. Y, después de escuchar, ponerse en camino. Entonces el caminar se vuelve más ligero.
El gran enemigo del hombre y de Dios no es el pecado. Jesús perdona los pecados. El gran enemigo no es tampoco el diablo. Jesús vence a los demonios. El gran enemigo es la dureza de corazón. Jesús dice que si arroja espíritus inmundos "significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios". Lo más trágico es no escuchar, no darnos cuenta de que el reino de Dios ha llegado, ya está aquí.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 11, 14-23
Jesús expulsó a un demonio, que era mudo. Apenas salió el demonio, habló el mudo y la multitud quedó maravillada. Pero algunos decían: "Este expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios". Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.
Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: "Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Satanás. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios por el poder de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama".
III Miércoles de Cuaresma
Una puerta hacia a luz
Es un hecho que el orden mundial se ha convertido en un desorden. Los gobernantes poderosos y arrogantes ignorar cualquier regla. Ellos se han erigido como la ley y, además, presumen cínicamente su ilegalidad.
Pero no sólo los gobernantes cínicos y arrogantes desprecian las reglas más elementales de convivencia y de decencia. Varios filósofos y psicólogos hablan de una ansiedad generalizada que nos está devorando y es generada por el rendimiento. Parece que la única manera de sentir que valemos es escalando puestos de trabajo o rompiendo las redes sociales con muchos "me gusta" o trabajando hasta el agotamiento. Da la impresión de que estamos en competencia permanente con los demás. Y para ganar la competencia se ignoran las reglas. Para complicar la situación, a los hombres y mujeres de este tiempo nos cuesta aceptar normas que vienen de fuera. Queremos hacer lo que nos gusta.
En este tiempo lleno de sombras e incertidumbre la Palabra de Dios nos habla de la ley. La ley es una puerta hacia la luz que tanto necesitamos y anhelamos. La Ley que Moisés dio al pueblo nace de la cercanía de Dios. Por eso, no es un sistema de reglas rígidas. Es un camino que conduce al amor. La Ley no fue dada para hacer pesado el camino. Guía el camino, lo orienta. Es semejante a las vías del tren. Cuando un tren se sale de la vía, se descarrila. La ley hace la vida más humana, más libre, más bella. Si el pueblo la recibe y la pone en práctica, se dará cuenta de la sabiduría contenida en ella y mostrará que es un pueblo sabio. Los demás pueblos verán que Israel posee una guía preciosa.
Moisés añade una exhortación importante: "No vayas a olvidarte…". La Ley es para ponerla en práctica, pero también para conservarla en el corazón y transmitirla a las siguientes generaciones con convicción. La Palabra de Dios es una memoria viva que atraviesa el tiempo. Es luz para el presente y semilla para el futuro.
En el Evangelio, Jesús dice que no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Llevar la ley a plenitud significa descubrir el espíritu que la anima, superando el mero cumplimiento externo, formal, literal, legal. Significa que todas las normas, por pequeñas que sean, son vehículo del amor y cumplirlas hace que nos sintamos realizados, que la vida tenga sentido, que sea más plena. Llevarla a su plenitud implica hacer a un lado las leyes que no fomentan el amor. La ley que viene de Dios, incluso el más pequeño mandamiento, se vuelve importante porque nace del deseo de vivir según el corazón de Dios. Cada pequeño detalle es importante, porque viene de Dios y pertenece a Dios. Entender esto y ponerlo en práctica requiere una escucha atenta y profunda.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 5, 17-19
Jesús dijo a sus discípulos: "No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley.
Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos".
III Miércoles de Cuaresma
Una puerta hacia a luz
Es un hecho que el orden mundial se ha convertido en un desorden. Los gobernantes poderosos y arrogantes ignorar cualquier regla. Ellos se han erigido como la ley y, además, presumen cínicamente su ilegalidad.
Pero no sólo los gobernantes cínicos y arrogantes desprecian las reglas más elementales de convivencia y de decencia. Varios filósofos y psicólogos hablan de una ansiedad generalizada que nos está devorando y es generada por el rendimiento. Parece que la única manera de sentir que valemos es escalando puestos de trabajo o rompiendo las redes sociales con muchos "me gusta" o trabajando hasta el agotamiento. Da la impresión de que estamos en competencia permanente con los demás. Y para ganar la competencia se ignoran las reglas. Para complicar la situación, a los hombres y mujeres de este tiempo nos cuesta aceptar normas que vienen de fuera. Queremos hacer lo que nos gusta.
En este tiempo lleno de sombras e incertidumbre la Palabra de Dios nos habla de la ley. La ley es una puerta hacia la luz que tanto necesitamos y anhelamos. La Ley que Moisés dio al pueblo nace de la cercanía de Dios. Por eso, no es un sistema de reglas rígidas. Es un camino que conduce al amor. La Ley no fue dada para hacer pesado el camino. Guía el camino, lo orienta. Es semejante a las vías del tren. Cuando un tren se sale de la vía, se descarrila. La ley hace la vida más humana, más libre, más bella. Si el pueblo la recibe y la pone en práctica, se dará cuenta de la sabiduría contenida en ella y mostrará que es un pueblo sabio. Los demás pueblos verán que Israel posee una guía preciosa.
Moisés añade una exhortación importante: "No vayas a olvidarte…". La Ley es para ponerla en práctica, pero también para conservarla en el corazón y transmitirla a las siguientes generaciones con convicción. La Palabra de Dios es una memoria viva que atraviesa el tiempo. Es luz para el presente y semilla para el futuro.
En el Evangelio, Jesús dice que no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Llevar la ley a plenitud significa descubrir el espíritu que la anima, superando el mero cumplimiento externo, formal, literal, legal. Significa que todas las normas, por pequeñas que sean, son vehículo del amor y cumplirlas hace que nos sintamos realizados, que la vida tenga sentido, que sea más plena. Llevarla a su plenitud implica hacer a un lado las leyes que no fomentan el amor. La ley que viene de Dios, incluso el más pequeño mandamiento, se vuelve importante porque nace del deseo de vivir según el corazón de Dios. Cada pequeño detalle es importante, porque viene de Dios y pertenece a Dios. Entender esto y ponerlo en práctica requiere una escucha atenta y profunda.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 5, 17-19
Jesús dijo a sus discípulos: "No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley.
Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos".
III Martes de Cuaresma
Y Dios creó el perdón
La primera lectura me hizo recordar la metáfora del El Marinero y la tabla rota. Esta metáfora cuenta la historia de un viejo marinero que parte con un barco nuevo. Pero llega la tormenta y tiene que tirar todo al mar. Al final sólo le queda una pequeña tabla rota, flotando. Entonces, miró al cielo y entendió: no necesitaba el barco grande, ni la carga, ni el orgullo. Sólo necesitaba respirar. Aferrado a su tabla rota, sonrió, sabiendo que, mientras quedara un trozo de madera, la vida continuaba.
La oración de Asarías que recoge la primera lectura —hecha en nombre de su pueblo— es la oración de alguien que se ha quedado sólo con una tabla rota, pero no pierde la confianza y la esperanza en Dios: "Señor, nos vemos empequeñecidos frente a los demás pueblos y estamos humillados por toda la tierra, a causa de nuestros pecados. Ahora no tenemos príncipe ni jefe ni profeta; ni holocausto ni sacrificio ni ofrenda ni incienso; ni lugar donde ofrecerte las primicias y alcanzar misericordia. Por eso, acepta nuestro corazón adolorido y nuestro espíritu humillado, como un sacrificio de carneros y toros, como un millar de corderos cebados". El corazón adolorido y el espíritu humillado es el mejor sacrificio que podemos ofrecer al Señor.
En el evangelio, Pedro le pregunta Jesús: "Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?". Probablemente la pregunta de Pedro es la pregunta que llevamos dentro, a veces con una mezcla de rabia y angustia.
La parábola de Jesús sobre el rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos quiere señalar un olvido que tal vez nos afecta a todos. Fácilmente perdemos de vista lo pobre que somos. Sólo partiendo de la consciencia de nuestra pobreza radical amada por Dios, podemos ofrecer una mirada de compasión a nuestros hermanos y hermanas, buscando caminos para vivir juntos el ideal de una comunión marcada por paz y el perdón.
La tradición judeocristiana considera el perdón como uno de los pilares que sostienen el mundo. El perdón hace posible que las creaturas vivan y lleven a cabo su existencia unas junto a otras. Un cuento jasídico dice que cuando Dios terminó de crear el mundo se dio cuenta de que no se mantenía erguido, firme. Algo faltaba. Y entonces creó el perdón. A partir de este relato podemos decir que la creación del perdón permite a la creación no contentarse con existir, sino conocer la alegría de "ser" y de "estar" en el sentido pleno del término, y nos permite convivir con los demás como compañeros necesitados de perdón.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 18, 21-35
Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: "Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?" Jesús le contestó: "No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete".
Entonces Jesús les dijo: "El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: 'Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo'. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: 'Págame lo que me debes'. El compañero se le arrodilló y le rogaba: 'Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo'. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: 'Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?' Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía. Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano".
III Lunes de Cuaresma
Seguir avanzando
Naaman, el poderoso general del ejército de Siria, era leproso. Existe un contraste entre la realidad exterior y exitosa, y otra más oculta y dolorosa. Podemos funcionar muy bien hacia afuera y, al mismo tiempo, no saber cómo gestionar situaciones que nos descubren vulnerables.
Naaman se indigna y reacciona muy molesto cuando el profeta Elíseo le pide realizar un gesto tan simple como sumergirse en el rio Jordán para quedar limpio de la lepra. Sin embargo, después de esta toma de posición inicial, comienza un camino interior que pasa por escuchar el consejo de sus siervos. No sabemos lo que sucedió en el corazón de Naamán, pero el hecho es que, finalmente, aceptó dejarse cuestionar y cambiar: "Entonces Naamán bajó, se bañó siete veces en el Jordán, como le había dicho el hombre de Dios, y su carne quedó limpia como la de un niño".
La verdad que Naamán descubrió a través de la curación le permitió retomar su camino de manera completamente diferente. Se convierte a un Dios que no excluye a nadie. Es lo que Jesús esperaba de aquellos que habían sido sus compañeros de juego, de sus vecinos de casa: disponibilidad para recibirlo, no para rechazarlo y excluirlo. Pero las cosas no funcionaron así.
Jesús cuenta la historia de Naamán. Les refresca a sus paisanos la memoria, les recuerda que en los días del profeta Elíseo había muchos leprosos en Israel, pero sólo fue sanado Naamán, un extranjero. Estas palabras destinadas a provocar un cambio, abrir el corazón, hirieron el orgullo de los oyentes. El anuncio que debería abrir el corazón suscita rabia y rechazo. Escuchar la verdad puede ser muy desagradable, pero ay de nosotros si nadie nos la dice. Como Naaman, Jesús no se paraliza. No se deja intimidar por el rechazo. Retoma su camino, sin dar demasiado peso a las amenazas: "Pasando por en medio de ellos, se alejó de allí".
El mensaje de hoy se dirige a aquellos pliegues de nuestro corazón listos para indignarse cuando la realidad no responde a nuestras necesidades y expectativas. La rapidez con que se manifiesta este sentimiento radica en la incapacidad de esperar algo nuevo y dar un paso adelante.
En cambio, cuando el corazón permanece abierto a los dones y a las sorpresas de Dios, seguimos avanzando. Nuestro caminar no se detiene; porque descubrimos que siempre podemos avanzar, incluso cuando estamos rodeados por la incomprensión y la hostilidad. Sin darle la espalda a nadie, sin despreciar a nadie, descubrimos que podemos permanecer fieles a Dios y a nosotros mismos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 4, 24-30
Jesús llegó a Nazaret, entró a la sinagoga y dijo al pueblo: "Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra. Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, que era de Siria".
Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta una barranca del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de allí.
III Domingo de Cuaresma
La seducción de Dios
Una mujer samaritana —es decir, una extranjera y hereje para los judíos— va por agua al pozo de Jacob, el lugar de la seducción, a donde se acude no sólo por agua, sino también para encontrar marido. Va a la peor hora del día, a mediodía, cuando se prefiere quedarse en casa o a la sombra, arriesgándose a volver a casa con el agua ya caliente. Lo hace quizás para no ser vista y evitar murmuraciones.
Ahí se da el encuentro entre la sed de la mujer y la sed de Jesús. Dios tiene sed de nosotros y nosotros tenemos sed de Él. La sed, imagen del deseo, es el lugar donde podemos encontrarnos con nuestro Creador. La sed también habla de carencia. La experiencia de Dios se hace con frecuencia en los momento de necesidad, de fragilidad, de fracaso. Cuando la mujer toma consciencia de sus desilusiones afectivas, descubre a Dios como el Esposo fiel. La samaritana representa a toda la humanidad. Es la esposa que se fue tras otros amores y que Dios, el Esposo, quiere recuperar.
Jesús va directo al corazón de la mujer. Le dice: "Ve a llamar a tu marido", ve a llamar al que amas. Cristo le ayuda a que aflore su historia, a ser consciente de cómo ha sido su vida afectiva. La mujer contesta: "No tengo marido". Jesús añade: "Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido". No le dice esto para condenarla. Ni siquiera le pone condiciones, algo así como "primero arregla tu situación irregular y luego vuelve aquí". Lo que a Dios le importa es el futuro.
La mujer se sorprende. Ese hombre conoce su vida. Debe ser un profeta. Entonces el diálogo se nueve a cuestiones de fe. ¿En dónde hay que adorar a Dios, en Jerusalén o en Samaria? La respuesta de Jesús: "Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad". El culto a Dios no está ligada a un lugar físico, sino a una actitud interior: vivir en espíritu y verdad. La adoración tiene lugar en lo profundo del corazón y en la vida. Tú eres el templo donde vive Dios. Si somos templo de Dios, el lecho de un enfermo o el lugar de trabajo pueden ser lugares para dar culto a Dios. Podemos adorar a Dios donde quiera que estemos.
El diálogo llega a un punto culminante cuando la mujer pregunta por el Mesías esperado. Jesús le dice: "Soy yo, el que habla contigo". Esta frase es, en el fondo, una declaración de amor: Jesús es el que llena nuestro profundo deseo de ser amados. Entonces la mujer dejó su cántaro y fue corriendo a buscar a los que antes evitaba. Grita su encuentro con Jesús. Finalmente se siente verdaderamente amada. Ha sido seducida por Jesús. Su alegría es contagiosa. Desbordante. Tenía sed de amor, pero había buscado en las fuentes equivocadas.
La samaritana grita: "Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho". Su pasado escabroso, que era su debilidad, se convierte ahora en su fuerza. Las heridas de ayer son fuentes de energía y esperanza. Jesús dice: no escondas tus debilidades. Son tu verdad. No les temas. Construye sobre ellas. Cuando escribimos nuestra vida a cuatro manos con el Señor, lo peor que hemos vivido puede convertirse en lo mejor que tenemos, y podemos ayudar a otros.
La Cuaresma es un tiempo para dejar de beber en cisternas agrietadas donde hemos querido saciar la sed y dejarnos guiar hacia Aquel que calma verdaderamente la sed y da paz al corazón. La Cuaresma es un tiempo para encontrar al Dios verdadero en la verdad de nuestra historia.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 4, 5-42
Llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía. Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: "Dame de beber". (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: "¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?" (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva".
La mujer le respondió: "Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?" Jesús le contestó: "El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna". La mujer le dijo: "Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla".
Él le dijo: "Ve a llamar a tu marido y vuelve". La mujer le contestó: "No tengo marido''. Jesús le dijo: "Tienes razón en decir: 'No tengo marido'. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad". La mujer le dijo: "Señor, ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén". Jesús le dijo: "Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad".
La mujer le dijo: "Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, él nos dará razón de todo". Jesús le dijo: "Soy yo, el que habla contigo".
Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente: "Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?" Salieron del pueblo y se pusieron en camino hacia donde él estaba.
Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: 'Me dijo todo lo que he hecho'. Cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en él al oír su palabra. Y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el salvador del mundo".
II Viernes de Cuaresma
La presencia silenciosa de Dios
El amor preferencial de Jacob por su hijo José se convierte en motivo de envidia para sus hermanos. Los hermanos de José se vuelven hostiles. Ya no ven en él un hermano, sino una amenaza. Y, finalmente, se deshacen de él. Es una página dolorosa de la historia. Pero no es sólo una historia pasada: sucede todos los días. Los celos se convierten en violencia y los vínculos fraternos se rompen.
Lo más consolador de esta historia es la actuación de Dios. Entre el ruido de la maldad se abre camino la presencia silenciosa y discreta de Dios. El Señor parece el gran ausente; pero, en realidad, está silenciosamente presente al lado de José, lo conduce y lo hace, a través de los acontecimientos dramáticos, instrumento de salvación, ofrecida también a sus hermanos traidores. En una injusticia, Dios inicia un camino de salvación.
Para hacer conscientes a los jefes religiosos de que no son ajenos a los sentimientos perversos de los hermanos de José, Jesús cuenta la parábola de los viñadores homicidas. El Hijo será rechazado por aquellos que deberían haberlo acogido. Cristo cita las palabras de un salmo que iluminan el rechazo: "La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular".
La historia de la salvación está atravesada por este misterio: lo que se descarta puede convertirse en principio de salvación. José será salvación para sus hermanos. El Hijo rechazado será salvación para el mundo entero. El rechazo de los hombres no anula el proyecto de Dios. Más bien, se convierte en el lugar donde se manifiesta con mayor fuerza la Providencia divina.
Nos cuesta admitir que cuando nos sentimos menos amados de lo que quisiéramos y, sobre todo, de lo que los demás son amados, surge en nosotros el deseo de eliminar de alguna manera —con calumnias, bromas pesadas, un silencio hostil— a esa persona que reaviva en nosotros el sentimiento de inferioridad. Olvidamos que esas heridas que nos hacen sufrir y hacen sufrir a los demás son la oportunidad para descubrir el rostro amado del Padre que ama a cada uno de nosotros con un amor inmenso y nos ofrece su misericordia para sanar nuestras envidias.
Cristo les dice a los jefes del pueblo: "Les será quitado a ustedes el Reino de Dios". Quizás cuando nos demos cuenta de que nos puede suceder esto —perder el Reino— comprenderemos la necesidad de respetar al otro, incluso cuando su existencia misma complica nuestra vida. De esta manera, el drama de la fraternidad podrá convertirse en una escuela de humanidad que puede transformar el mundo. Este es el sueño de Cristo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 21, 33-43. 45-46
Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: "Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego la alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.
Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro, y a otro más lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.
Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: 'A mi hijo lo respetarán'. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: 'Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia'. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron. Ahora díganme: Cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?" Ellos le respondieron: "Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo".
Entonces Jesús les dijo: "¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable? Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos".
Al oír estas palabras, los sumos sacerdotes y los fariseos comprendieron que Jesús las decía por ellos y quisieron aprehenderlo, pero tuvieron miedo a la multitud, pues era tenido por un profeta.
II Jueves de Cuaresma
La indiferencia
La parábola del rico y el pobre no es una condena a la riqueza en sí, sino a la indiferencia. No se describe al rico como un hombre violento o injusto: simplemente no mira. La filósofa y mística francesa Simone Weil decía que "el primer milagro es darse cuenta de que el otro existe". Este pobre rico estaba tan concentrado en su lujoso guardarropa y en su mesa opulenta que no se dio cuenta de lo que estaba sucediendo frente a su "puerta". Cada día pasaba junto al pobre sin dejarse tocar. La puerta cerrada de la casa del rico es signo de un corazón cerrado y endurecido.
Lázaro tiene un nombre, es decir, una identidad. El rico se identifica tanto con sus posesiones hasta el punto de perder su identidad. Por eso no se menciona su nombre. Al final, el que parecía exitoso se revela como un perdedor y el que parecía un perdedor se revela como triunfador.
La parábola no contiene tampoco un juicio moral. No se dice si Lázaro es pobre por flojo, por incapaz o incluso por alguna culpa. Ni se dice que el rico haya llegado a ser rico por negocios turbios. El problema surge cuando comenzamos a pensar que el modo de vivir del rico insensible (mejor dicho, el modo de no vivir) puede ser normal. Entonces se crea un espacio de individualismo que fácilmente se convierte en un valle de soledad dentro de un corazón que, como dice la primera lectura, es "difícil de curar".
Los reflectores están centrados en la indiferencia en la que caemos cuando, encerrados en nuestras seguridades y nuestro bienestar, nos volvemos insensibles a lo que está afuera y a los que están afuera de nuestra zona de confort. La indiferencia crea un abismo que se va agrandando hasta volverse insalvable. El punto clave no es la sorpresa final, sino la ceguera presente. El rico tenía a "Moisés y los profetas", es decir, tenía la Palabra de Dios, pero no la escuchó.
La parábola no quiere detallar cómo es el otro mundo, sino iluminar nuestra manera de vivir en el presente. En el fondo, nos anuncia algo muy bello, una buena noticia: la distancia entre nosotros y los demás, que un día podría convertirse en un inmenso e insuperable abismo, ahora es una distancia transitable. Nada es todavía definitivo.
No podremos acceder a la otra vida si no hemos vivido realmente esta vida. La vida no es simplemente algo biológico, sino un conjunto de ingredientes, como amor, verdad, justicia, empatía, compasión… Antes de que llegue el día de la resurrección del cuerpo, el presente es el tiempo de la resurrección del corazón para superar las distancias entre nosotros y quien espera encontrar la luz de nuestro rostro.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 16, 19-31
Jesús dijo a los fariseos: "Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.
Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.
Entonces gritó: 'Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas'. Pero Abraham le contestó: 'Hijo, recuerda que en tu en vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá'.
El rico insistió: 'Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos'. Abraham le dijo: 'Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen'. Pero el rico replicó: 'No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán'. Abraham repuso: 'Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto'".
II Miércoles de Cuaresma
Superar el arribismo
Mientras Jesús sube a Jerusalén para entregar la vida, los discípulos discuten sobre puestos, roles, sobre quién será más grande. Razonan en términos de arribismo, donde el progreso personal es el objetivo principal, sacrificando relaciones genuinas. Mientras concibamos la vida desde esta perspectiva, no podremos más que aspirar a puestos de grandeza donde se tiene la ilusión de ser intocables, estar bien protegidos del riesgo de ser golpeados y heridos. Pero esta ilusión de seguridad es en realidad el camino de una vida de soledad, y no de soledad fecunda que nos hace crecer, sino de soledad patológica que enferma el alma.
Jesús desconcierta a sus amigos: "Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva". En el Reino de Jesús la grandeza no se mide por ser el primero, sino por hacerse el últimos. Las grandes subidas son las que pasan por los puntos más bajos de nuestra vida y de las relaciones humanas. Ahí somos purificados de lo que se opone a la lógica del Evangelio. La madre de los hijos de Zebedeo tiene dificultades para entender y aceptar esta lógica, especialmente en lo que se refiere al destino de sus propios hijos: "Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino".
Cristo les había anunciado a sus amigos que sería rechazado por los líderes religiosos. El rechazo no está escrito sólo en los textos sagrados, sino también en las noticias de todos los días. Lo experimentamos en los asuntos familiares, en los ambientes de trabajo, en las relaciones que tratamos de llevar adelante navegando, a veces, entre silencios, incomprensiones y sufrimientos. Cuando el corazón se paraliza, caemos en el engaño de creer que para escapar de la mordedura del mal es necesario subir y conquistar un lugar donde la vida transcurre tranquilamente, al abrigo de golpes y traumas.
El primer paso de la conversión es aceptar nuestra ignorancia: "No saben ustedes lo que piden". Tal vez la madre de los hijos de Zebedeo nunca imaginó que los lugares que pedía para sus hijos no los ocuparían ellos ni ninguno de los discípulos, sino los dos malhechores que serían crucificados con el Señor "uno a la derecha y otro a la izquierda". Si hubiera podido imaginar esta situación, quizás no se habría atrevido a pedir algo así. Sin embargo, estas son las subidas que nos acercan más al corazón de Cristo y al corazón sufriente de la humanidad.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 20, 17-28
Mientras iba de camino a Jerusalén, Jesús llamó aparte a los Doce y les dijo: "Ya vamos camino de Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; pero al tercer día, resucitará". Entonces se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: "¿Qué deseas?" Ella respondió: "Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino". Pero Jesús replicó: "No saben ustedes lo que piden. ¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?" Ellos contestaron: "Sí podemos". Y él les dijo: "Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado".
Al oír aquello, los otros diez discípulos se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: "Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos".
II Martes de Cuaresma
Cortar
Un examen de conciencia sincero nos pone un poco incómodos; porque nos damos cuenta de que hasta las cosas más bellas y santas pueden ser vividas mal, como el culto a Dios y la autoridad religiosa.
El profeta Isaías se dirige a un pueblo que le gusta ofrecer sacrificios al Señor, pero vive en la injusticia. Sus palabras son duras: "Lávense y purifíquense; aparten de mi vista sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien". Dios no rechaza el culto en sí; rechaza un culto separado de la vida.
Así como Dios no rechaza el culto en sí, Jesús dirá que Dios no rechaza la autoridad religiosa como tal. Lo que hace es revelar su sentido auténtico. La autoridad en el reino de Dios es diferente a la autoridad mundana. No es para dominar ni buscar honores, sino para servir; no para estar encima de los demás, sino para acercarse.
El profeta Isaías afirmaba en la primera lectura: "Si se obstinan en la rebeldía, la espada los devorará". Cuando las palabras del profeta llegan a nuestro combate cotidiano, lo iluminan. Ciertamente es una amenaza; pero, sobre todo, es una oportunidad para dar la dirección correcta a la vida. La espada puede y debe cortar todo aquello que impida caminar con rectitud.
Jesús dice lo que hay que cortar. Hay que cortar toda búsqueda inútil de la apariencia, no caer en la trampa de la hipocresía disfrazada de devoción. Las palabras del Señor no quieren ser una piadosa exhortación. Son una orientación clara del camino del discípulo, continuamente llamado a medirse con las exigencias de la renuncia a uno mismo y la tendencia a ponerse en el centro. Como discípulos del Señor, estamos llamados a cortar todo lo que nos lleva a echar sobre los demás "cargas pesadas y difíciles de llevar", a ocupar los primero lugares y querer ser reverenciados como "maestros".
Lo que queda después de todos estos cortes —cuando los acogemos— es demasiado bello y liberador: Todos somos hermanos. Ninguno es superior, como lo entendió muy bien san Francisco de Asís. Y si existe alguna jerarquía en la Iglesia, está invertida respecto a las jerarquías de la sociedad terrenal: el más grande no es quien tiene más poder, sino quien más ama. Jesús trae la novedad de un Dios que no quiere tener el mundo a sus pies, sino que es Él el que está a los pies del mundo. El Señor de la vida, es el siervo de toda vida. Y Él es el único Maestro, el único Padre, la única Guía. Sin esto todo lo demás es una máscara.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 23, 1-12
Jesús dijo a las multitudes y a sus discípulos: "En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Hagan, pues, todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra. Hacen fardos muy pesados y difíciles de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo los quieren mover. Todo lo hacen para que los vea la gente.
Ensanchan las filacterias y las franjas del manto; les agrada ocupar los primeros lugares en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; les gusta que los saluden en las plazas y que la gente los llame 'maestros'.
Ustedes, en cambio, no dejen que los llamen 'maestros', porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A ningún hombre sobre la tierra lo llamen 'padre', porque el Padre de ustedes es sólo el Padre celestial. No se dejen llamar 'guías', porque el guía de ustedes es solamente Cristo. Que el mayor de entre ustedes sea su servidor, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido".
II Lunes de Cuaresma
La toma de consciencia
En el crecimiento humano es muy importante la toma de consciencia. Nos permite dejar de actuar de manera automática para elegir libremente, para tomar decisiones de manera consciente. Esto transforma la percepción de la realidad, genera paz, madurez emocional y produce cambios positivos.
No es raro que nos encontremos, a veces, ante nuestra consciencia con vergüenza y desconcierto por lo que no hemos logrado hacer, por lo que, a pesar de todas nuestras buenas intenciones, no hemos podido poner en práctica. Es lo que narra la primera lectura. Escuchamos la oración de un hombre y un pueblo que se sitúan delante de Dios con toda verdad: "Nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidades". Delante del Señor surge la conciencia del fracaso moral; pero también surge la consciencia de una certeza luminosa: "De nuestro Dios, en cambio, es el tener misericordia y perdonar". La esperanza no se fundamenta en nuestra justicia, sino en la fidelidad de Dios. El profeta Daniel invita, por un lado, a reconocer el pecado; por otro lado, a recibir la misericordia.
Imaginemos una planta descuidada que se está secando. Si tomamos conciencia de que se está secando y decidimos cuidarla, le vamos a poner agua y, poco a poco, florecerá. La Palabra de Dios nos exhorta a esto: a dejar que nuestra vida sea como una planta medio seca que recibe la misericordia de Dios y empieza a crecer. La oración se vuelve terapéutica cuando nos permite ponerle nombre a nuestras debilidades, mirarlas sin miedo y con lucidez, pero sin resignarnos simplemente a sobrellevarlas.
En el evangelio, Jesús da un paso adelante. Cristo nos hace cobrar consciencia no sólo de recibir la misericordia de Dios, sino también de ser misericordiosos: "Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso". Podemos ser misericordiosos esforzándonos en ser virtuosos; pero, sobre todo, recuperando la consciencia de ser creados a imagen y semejanza de Dios. El evangelio nos invita a una profunda toma de conciencia de nuestros límites, pero conectada con la conciencia del misterio divino que nos habita.
La segunda carta de Pedro afirma que participamos de "la naturaleza divina". Esta es la mejor parte de nuestro ser. Cristo nos exhorta a ir más allá de los estrechos —y a veces asfixiantes— límites de nuestra humanidad, y descubrir en nosotros la presencia del Dios compasivo y misericordioso.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 6, 36-38
Jesús dijo a sus discípulos: "Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.
Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma medida con que midan, serán medidos".
Domingo II de Cuaresma
La belleza de Cristo
La Cuaresma, tiempo penitencial, nos sorprende con un Evangelio lleno de sol y luz: "Su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve". Jesús, con el rostro resplandeciente, es una imagen que hay que conservar y custodiar para cuando llegue el Viernes Santo, el día más oscuro; cuando su rostro sea golpeado, ultrajado, humillado, ya no transfigurado, sino desfigurado. Esa visión que tuvieron los discípulos en el Tabor deberá permanecer viva en su mente.
Es el desafío que Pedro, Santiago y Juan tendrán que afrontar. Tendrán que extender, con la fe y la esperanza, un hilo de luz entre el Tabor y el Calvario, entre la luz más resplandeciente y la oscuridad más total, entre el rostro bello de Jesús transfigurado y el rostro desfigurado de Jesús crucificado. Es el desafío diario que también nosotros estamos llamados a afrontar cuando nos visite la oscuridad —la enfermedad, la soledad, la violencia, la muerte. Hemos de conservar en la memoria la luz del Resucitado para que nos sostenga en los momentos de duda e incertidumbre.
Y no es fácil. Por una parte, no es fácil porque no nos ayuda la cultura en la que vivimos inmensos. Vivimos sumergidos en una "cultura de la intrascendencia", que nos hace vivir sólo para lo inmediato, sin apertura al misterio de la vida. Esta cultura también ha sido descrita como la "cultura de la diversión" que nos hace vivir ignorando las grandes cuestiones de la vida.
Por otra parte, tampoco fue fácil para a los discípulos y los que seguían a Cristo ver y reconocer en Jesús de Nazaret al "Hijo amado de Dios". ¡Cuántas veces y cuánto tiempo vieron a Jesús, pero no contemplaron la profundidad de su misterio! Incluso la propia familia de Jesús creía que estaba trastornado.
Hay que buscar rendijas por donde se cuela la luz del Tabor. Según los evangelios, la trasfiguración sucedió para que los discípulos entendieran hacia dónde conducía la pasión y muerte del Señor. Por eso, cuando descubrimos el sentido de la vida en la noche oscura del alma, la vida se transfigura. Cuando vivimos en la fe y la esperanza acontecimientos dolorosos como enfermedades y muertes, la vida se trasforma. Cuando decidimos entregar la vida al servicio del Evangelio, la vida se transfigura de un modo especial.
Pero también encontrar la luz de Dios en las experiencias gozosas, por ejemplo, cuando nace un niño y la vida de la familia experimenta una trasformación. Estas experiencias, encuentros, acontecimientos hacen que veamos la vida de otra manera. Desde la luz de Dios, las cosas y los problemas de la vida y de la muerte se miran de manera distinta; la historia se construye de otra manera.
Según el relato de la trasfiguración, la luz que emanaba de Cristo fue la que abrió los ojos de los discípulos para que pudieran ver la luz que habitaba en él, la divinidad presente en su humanidad. Es en la luz de Cristo donde se purifica la mirada para reconocer no sólo la belleza de Cristo, sino también la belleza de la "obra maestra" del Creador presente en cada ser humano. En efecto, tenemos el amor constante y entrañable de Dios Padre, que nos habita y sostiene. Tenemos la presencia luminosa de Jesús Resucitado, y la luz y la fuerza de su Espíritu. Por eso, también nosotros podemos ser luz para los que nos rodean, sin negar nuestras sombras y no obstante nuestras sombras.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 17, 1-9
Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo".
Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: "Levántense y no teman". Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos".
I Viernes de Cuaresma
Cambiar el corazón
Lo más normal es que en nosotros esté —a veces escondida en el inconsciente, a veces no reconocida— la sospecha de que Dios es injusto: "No es justo el proceder del Señor". También podemos pensar que, en lugar de aligerar nuestro camino, el Señor lo sobrecarga con parámetros demasiado altos y exigentes.
Desde tiempos antiguos, Dios no se cansa de dialogar con esta sospecha: "¿Conque es injusto mi proceder? ¿No es más bien el proceder de ustedes el injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere; muere por la maldad que cometió. Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y practica la rectitud y la justicia, él mismo salva su vida". Somos nosotros, con nuestro comportamiento, los que arruinamos la vida o la salvamos.
El profeta Ezequiel afirma, en la primera lectura, la responsabilidad personal, pero también la posibilidad real de cambiar. Anuncia que, para el Señor, el pasado tormentoso no es una cárcel, no es definitivo. Cada momento puede convertirse en un comienzo.
El salmo responsorial proclama el fundamento de esta posibilidad: "Si conservaras el recuerdo de las culpas, ¿quién habría, Señor, que se salvara? Pero de ti procede el perdón". Sin el perdón de Dios, la conversión llevaría a un callejón sin salida. El perdón de Dios es una fuerza que redime y eleva, que purifica y fortalece. El salmista invita a no esperar la condena, sino la aurora: "Como aguarda a la aurora el centinela, aguarde Israel al Señor, porque del Señor viene la misericordia y la abundancia de la redención".
Si Ezequiel anuncia que se debe cambiar de camino, Jesús va más allá: se debe cambiar el corazón. En el debate público de hoy, en las redes sociales, los insultos se han vuelto normales. Se habla mal de los demás con ligereza. Se etiqueta, se insulta, se juzga y se condena, se usan las palabras como armas. Corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por esta corriente, quizás con una broma venenosa, un comentario amargo, un juicio expresado con ira.
En este clima, resuenan con fuerza las palabras de Jesús: "Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo" Jesús no se detiene sólo en las acciones violentas. Va a la raíz: la ira nace y crece en el corazón.
Cristo no quieren atormentarnos con sentimientos de culpa, sino abrirnos los ojos. Nos invitan a vigilar nuestro corazón, lo que va creciendo dentro de nosotros. Y recordemos que la cólera envenena, en primer lugar, a quien la lleva.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 5, 20-26
Jesús dijo a sus discípulos: "Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.
Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.
Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda.
Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de ahí hasta que hayas pagado el último centavo".
I Jueves de Cuaresma
Buscadores de esperanza
Jesús invita a orar: "Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; toquen y se le abrirá". La oración —y la vida misma— es un camino de búsqueda, de descubrimiento, abierta a la novedad. Cuando oramos, es esencial activar la esperanza. Francisco de Osuna, el maestro de oración de santa Teresa de Jesús, daba un consejo para cuando hagamos oración contemplativa. "Torna mucho sobre ti en silencio y esperanza". "Pedir", "buscar", "tocar" son verbos de esperanza. Pedimos… y esperamos recibir; buscamos… y esperamos encontrar; tocamos… y esperamos que nos abran. Llamemos, toquemos, a la puerta del corazón de Dios con confianza, pero también dejando a un lado la impaciencia. En el mundo de hoy, en el que se buscan respuestas inmediatas y soluciones rápidas, Cristo recuerda que la respuesta puede llevar tiempo.
El enemigo que todos llevamos dentro nos convence de no rezar. Insinúa que nos vamos a decepcionar si pedimos algo y no lo recibimos, si buscamos y no encontramos, si llamamos a la puerta de alguien que dice que nos ama y resulta que no hay nadie dentro. Sin embargo, Cristo afirma que lo que pedimos nos será dado.
Ahora bien, la experiencia nos dice que muchas veces pedimos y no recibimos. Hace tiempo, cuando me sucedía esto —pedir y no recibir— me desanimaba. Hoy me doy cuenta de que he obtenido todo lo que realmente necesitaba y que, a veces, no sabía que necesitaba y por eso no lo pedía. Orar con Jesús al Padre del cielo significa, ante todo, creer que estamos en su corazón, que se ocupa de nosotros, que existe una lógica en su actuar que no entendemos.
Cuando pedimos al Padre, lo primero que nos da es el Espíritu. Quisiéramos que nos diera el Espíritu, pero que también respondiera a nuestras peticiones. Sin embargo, no es así. ¿Por qué? Cuando nos dejamos iluminar por el Espíritu conocemos lo que nos conviene pedir y la manera como Dios escucha y responde a nuestras peticiones. Y no siempre es como nos gustaría. Rilke le dice a un joven poeta: "No busques las respuestas que no te podrían ser dadas ahora, porque no podrías vivirlas… Vive las preguntas ahora. Quizás algún día en el futuro lejano, poco a poco, sin darte cuenta, vivirás en la respuesta".
Jesús concluye con una enseñanza magistral: "Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes". Preguntémonos: ¿cómo me gustaría ser tratado cuando me equivoco, cuando soy frágil, cuando tengo miedo? Me gustaría ser comprendido, escuchado, perdonado. ¿Quieres que el otro cambie? Empieza a cambiar tú. Entonces los parámetros se van a invertir: cuanto más pedimos a los demás, más estamos llamados a dar, mayor será la esperanza de recibir, más abundante será el bien que damos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 7, 7-12
Jesús dijo a sus discípulos: "Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; toquen y se le abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que toca, se le abre.
¿Hay acaso entre ustedes alguno que le dé una piedra a su hijo, si éste le pide pan? Y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Si ustedes, a pesar de ser malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, con cuanto mayor razón el Padre, que está en los cielos, dará cosas buenas a quienes se las pidan.
Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. En esto se resumen la ley y los profetas".
I Miércoles de Cuaresma
Signo de misericordia
Cuando oímos el nombre de Jonás, quizás recordamos a un hombre que, con mucha reticencia y mucho esfuerzo, aceptó ser profeta de un Dios "misericordioso, lento a la ira, y rico en piedad". Era precisamente esto, la misericordia de Dios, lo que le resultaba inaceptable.
Pero el Señor no envía a Jonás a proclamar la noticia de su misericordia, sino a anunciar a la ciudad malvada el anuncio seco y áspero de una amenaza: Nínive será destruida. Y sucede algo sorprendente: los ninivitas creen. No piden milagros, no discuten. La predicación de Jonás fue como en espejo en donde se miraron, se dieron cuenta de que estaban equivocados, sintieron vergüenza y se convirtieron. Al cambiar su mente cambió su comportamiento. Esto fue los que los salvó del desastre. La perversidad era lo que les estaba llevando al precipicio.
Sorprende la reacción de los ninivitas porque cambian por la predicación de un profeta esquivo que se ve forzado a predicar. La conversión de los ninivitas no nace de haber visto señales espectaculares, no nace del asombro, sino de la escucha. Es una lección para nosotros. Cuando el corazón está abierto, unas simples palabras pueden cambiar una ciudad, pueden cambiar una vida.
Jesús también predica a "gente perversa". Y por lo visto, es todavía más perversa que los ninivitas porque esta gente no quiere convertirse. Jesús conoce su obstinación y su rechazo. A ellos, como a Jonás, también les resulta inaceptable la misericordia de Jesús. No entendían por qué no dejó que lapidaran a la mujer adúltera, por qué comía con los publicanos y pecadores. Existen cristianos a quienes les estorba la misericordia. Cuando la misericordia resulta piedra de escándalo, revela la dureza del corazón.
Jesús dice a sus oyentes que piden milagros: no "se les dará más señal que la de Jonás". Jonás fue un signo, un instrumento de la misericordia de Dios para un pueblo extranjero y pecador. La misericordia obra milagros porque transforma a las personas desde dentro.
Hemos escuchado una vez más la llamada a la conversión. Y es porque toda nuestra vida es un camino de conversión. Si estamos haciendo un esfuerzo sincero por convertirnos a Dios, así tengamos mil defectos, mil problemas, mil reticencias, mil miedos, encontraremos al Señor. Aunque sintamos que somos nosotros los que ponemos obstáculo al encuentro con el Señor, no olvidemos que él siempre está en el camino, dispuesto a darnos la mano. Por eso, no nos desanimemos cuando encontremos algo que nos parece difícil de superar. ¿Acaso somos más grandes nosotros que la Misericordia de Dios?
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 11, 29-32
La multitud se apiñaba alrededor de Jesús y éste comenzó a decirles: "La gente de este tiempo es una gente perversa. Pide una señal, pero no se le dará más señal que la de Jonás. Pues así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para la gente de este tiempo.
Cuando sean juzgados los hombres de este tiempo, la reina del sur se levantará el día del juicio para condenarlos, porque ella vino desde los últimos rincones de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.
Cuando sea juzgada la gente de este tiempo, los hombres de Nínive se levantarán el día del juicio para condenarla, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás".
I Martes de Cuaresma
Purificar la oración
La Palabra de Dios no es un sonido que se disipa en el aire. Es como una semilla que crece en silencio, que desciende como agua sobre una tierra árida. Dice el profeta Isaías en la primera lectura: "Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, a fin de que dé semilla para sembrar y pan para comer, así será la palabra que sale de mi". La lluvia ligera que cae sobre el campo es suave, lenta, pero penetrante y capaz de transformar el terreno árido. A veces nuestro corazón parece duro, árido, cerrado. Sin embargo, Dios no deja de hablar. Su Palabra tiene fuerza propia y cumple aquello para lo que fue enviada cuando es acogida, aunque no veamos de inmediato los frutos.
El Evangelio habla de oración. Como la lluvia hace florecer la tierra, así la oración hace florecer el alma. Orando, nuestra vida se convierte en tierra fecunda. Pero ¿en nuestra alma hay espacio para que la Palabra germine o está llena de ruidos? ¿Cómo oramos?
Las redes sociales están saturadas de palabras. Existe un hambre de conexión que no se sacia. Muchas personas opinan, discuten, gritan… y al final se sienten más solas, más ansiosas, más vacías. Jesús dice que esto no tiene cabida en la oración. La oración no es cuestión de muchas palabras. Es un encuentro con el Padre del cielo. La Cuaresma nos invita a purificar la oración: menos ruido y más profundidad. Para purificar la oración de los excesos verbales necesitamos paciencia y humildad.
Dirigirnos al Padre con pocas y sencillas palabras no significa enfriar nuestra relación con Él, sino aprender a permanecer paciente y humildemente frente al misterio de su voluntad, esperando que se convierta también en la nuestra. Significa permanecer en la confianza de que nuestros deseos serán escuchados no a fuerza de palabras, sino con una dosis fuerte de esperanza. Oremos con palabras sobrias, sinceras, cordiales, confiando en que serán escuchadas y cumplidas. Naturalmente, esto implica —además de hacer nuestra la voluntad del Padre— no pedir lo que no estamos dispuestos a dar a los demás: "Si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas". No quiere decir que el perdón es una moneda de cambio. Más bien quiere decir que si no perdonamos, nuestro corazón se cierra y no puede recibir el perdón de Dios.
La oración nos educa para creer que mucha de la felicidad que buscamos ya nos está esperando. Si sentimos que nos falta no es porque Dios esté ausente o distraído, sino porque nuestros caminos están todavía bastante alejados de sus caminos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 6, 7-15
Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes, pues, oren así:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal.
Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas".
I Lunes de Cuaresma
"Te examinarán en el amor"
Dios nos creó para ser santos. Es la vocación fundamental de todos los seres humanos. La primera lectura da voz a esta invitación: "Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo". Nuestra santidad deriva de la santidad del Creador. Y, a continuación, el libro del Levítico concretiza el camino de la santidad. Habla de los mandamientos.
Cristo no habla de mandamientos, sino de rostros concretos: "Tenía hambre... tenía sed... era extranjero... enfermo... encarcelado". Llama la atención que tanto los declarados benditos como los malditos hacen la misma pregunta: "¿Cuándo te vimos...?". Esto indica que ni unos ni otros vieron. Con su parábola, Cristo quiere abrirnos los ojos. La santidad nace cuando somos capaces de reconocer la presencia escondida de Dios en las heridas del mundo. A veces nos preguntamos: ¿dónde está Dios? Jesús narra un Dios que tiene hambre y sed, que hace suya toda la vulnerabilidad humana y pide ser reconocido y acogido. Aquí no hay mucho espacio para las interpretaciones.
El criterio con el cual seremos juzgados al final de la vida no será los éxitos obtenidos, las doctrinas aprendida, los ritos practicados, ni siquiera cuántas indulgencias hemos ganados. El criterio es el bien que hemos hecho y el amor concreto que hayamos dado. Las indulgencias son precisamente una ayuda para crecer en el amor. Esto es lo que salva. Lo resume muy bien la célebre expresión de san Juan de la Cruz: "En la tarde (de la vida) te examinarán en el amor". Nos hacemos santos cuando amamos.
El mensaje de Cristo puede ser perturbador: lo que hacemos al más pequeño, lo hacemos a él. Cada acto de amor, incluso el más pequeño y oculto, es encuentro con Cristo. Cristo no nos pide que seamos impecables (algo imposible), sino que no seamos indiferentes ante el sufrimiento humano.
El juicio de Dios no es para asustarnos: es una luz que nos ilumina y que nos impulsa a amar. Nos muestra que cada encuentro puede ser sagrado, que cada rostro cuenta. Lo que plantea la parábola no es tanto la vida del más allá, cuanto el camino que debemos seguir en el más acá para llevar a plenitud nuestra vida y salvarla.
El mensaje del Levítico y el mensaje del Evangelio no son diferentes ni opuestos. Nos dicen que Dios está presente ahí donde las personas aman y practican obras de misericordia. Lo que Cristo hace es profundizar los mandamientos. En la perspectiva cristiana, amar al prójimo no es sólo un mandamiento, es un encuentro con Cristo. Lo que hacemos a los demás, lo hacemos a Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 25, 31-46
Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.
Entonces dirá el rey a los de su derecha: 'Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme'. Los justos le contestarán entonces: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?' Y el rey les dirá: 'Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron'.
Entonces dirá también a los de su izquierda: 'Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no me dieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron'. Entonces ellos le responderán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?' Y él les replicará: 'Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo'. Entonces irán estos al castigo eterno y los justos a la vida eterna".
I Domingo de Cuaresma
Ir al desierto
Generalmente vivimos en el ruido, en la prisa, en el caos interior, distraídos. Este estilo de vida hace que vivamos en la superficie de nuestro ser, que evitamos la profundidad. Pero si queremos madurar humana y espiritualmente necesitamos ir a nuestro desierto interior, silenciar la mente, es decir, salir del alboroto emocional y la dispersión mental. De lo contrario, nos quedamos con nuestro deseo de ser mejores sin lograr cambiar un ápice; porque lo que no es reconocido, lo que no se hace consciente y se afronta, nos domina.
No tengamos miedo al silencio. Es una bendición, un don, una ayuda; es curativo, terapéutico. Ciertamente no es fácil entrar en él. Necesitamos tiempos de silencio, aparentemente inútiles, para encontrarnos con nosotros mismos, con nuestras sombras, llamarlas por su nombre, dejar de fingir que no existen; estar cara a cara con lo torcido, la debilidad, las contradicciones que hay en nosotros; experimentar nuestros límites, las rupturas interiores. Y, sobre todo descubrir la cercanía del Padre, los ángeles de Dios "que nos sirven".
El evangelio nos invita a ir al desierto interior. Elegimos ir cuando buscamos esos tiempos de soledad y silencio para estar con nosotros mismos, pero a veces no lo elegimos. Somos llevados al desierto por las circunstancias de la vida. Jesús no fue al desierto por iniciativa propia o llevado por el diablo: fue conducido por el Espíritu. Y somos conducidos por el Espíritu porque, si pudiéramos elegirlo, probablemente optaríamos por un desierto de cinco estrellas, con vista al mar. Pero eso no transforma.
El desierto no es una trampa: es un espacio de verdad. Es el lugar donde caen las máscaras, donde ya no podemos distraernos, donde emerge nuestro ser profundo, lo que somos más allá de los roles, más allá de las máscaras. Es aquí donde se realiza la verdadera lucha. El tentador quiere hacernos creer que somos diferente a lo que realmente somos. Quiere convencernos de que somos el nombre que nos han dado, los títulos adquiridos, el dinero acumulado, el estatus social conquistado. Y entonces, ¡ya no sabemos qué demonios somos!
El tentador aprovecha los momentos de fragilidad y necesidad para proponer cosas razonables, tratos ventajosos. Insinúa que el mal es el bien, que la mentira es la verdad, Este es el método del tentador. Cada una de las tentación de Jesús es una forma diferente de autoafirmación del ego, de buscar la independencia de Dios a través de la comida, el éxito o el poder de este mundo. El desierto no es estéril. Cuando atravesamos con honestidad nuestras tentaciones, surgen nuevas energías interiores. El yo se fortalece orientando los deseos, no negándolos.
En las tentaciones, Jesús experimenta la cercanía del Padre, que lo ama y lo protege no quitándole el hambre, no evitándole el peligro, no dándole éxito y poder sobre este mundo, sino sosteniéndolo con su Palabra y su Espíritu. Este amor le basta para vencer las tentaciones y renovar su "sí" al Padre Dios. Ojalá este amor sea siempre suficiente también para nosotros.
El evangelio de hoy nos enseña que la Cuaresma es un tiempo de clarificación y purificación interior: ¿qué me alimenta realmente? ¿Qué me gusta exhibir? ¿Dónde estoy buscando poder o control?
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 4, 1-11
Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: "Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes". Jesús le respondió: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios".
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: "Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna". Jesús le contestó: "También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios".
Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: "Te daré todo esto, si te postras y me adoras". Pero Jesús le replicó: "Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás". Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles para servirle.
Viernes después de Ceniza
El ayuno terapéutico
El profeta Isaías alza la voz para denunciar el ayuno ritual que no conecta con la vida. El ayuno que Dios desea no está hecho sólo de renuncias externas, sino de un corazón que se abre. Ayunar no es simplemente privarse de algo, sino liberar espacio para dejar entrar al otro: "El ayuno que yo quiero de ti es éste, dice el Señor: Que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores; que liberes a los oprimidos y rompas todos los yugos; que compartas tu pan con el hambriento y abras tu casa al pobre sin techo; que vistas al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano". El ayuno se convierte en amor concreto.
Cuando el corazón se abre, sucede algo sorprendente. Dice Isaías: "Surgirá tu luz como la aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas; te abrirá camino la justicia y la gloria del Señor cerrará tu marcha. Entonces clamarás al Señor y te responderá; lo llamarás y te dirá: 'Aquí estoy'". El ayuno es terapéutico.
El salmo responsorial da un paso más: la verdadera ofrenda agradable a Dios es un corazón contrito y humillado. No un corazón humillado por el miedo, sino por la verdad, porque la humildad es la verdad. Solo un corazón que reconoce la propia miseria puede convertirse en espacio de misericordia.
Y el Evangelio recoge una pregunta que le hicieron a Jesús: "¿Por qué tus discípulos no ayunan?". El Señor responde con una imagen festiva: "¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos?". La vida cristiana no está centrada en las renuncias, sino en la fiesta, en la relación con el Esposo Cristo. El ayuno es preparación para el encuentro; es desear a Dios más que cualquier otra cosa; es el silencio que prepara la fiesta; es la espera que protege la alegría.
Esto no significa que el ayuno material no tenga sentido. Tiene mucho sentido en nuestra sociedad opulenta incapaz de valorar el hambre y la sed. No le vemos sentido a la privación. Queremos pasar por la vida con todas las necesidades satisfechas.
Finalmente, Jesús agrega: "Vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán". Desde aquí el ayuno cobra un nuevo sentido y valor: es el signo de nuestra participación en el evento doloroso de la pasión y muerte del Señor. Viene a ser una forma de culto espiritual y de vigilante espera, que se hace particularmente intensa en el Triduo Pascual que culmina en la resurrección y hacia el cual nos encamina la Cuaresma.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 9, 14-15
Los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: "¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?". Jesús les respondió: "¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán".
Jueves después de Ceniza
La vida o la muerte
La Palabra de Dios nos pone ante una elección sencilla y decisiva. La presenta con la imagen de dos caminos que se abren ante nosotros. Es una elección cotidiana: la vida o la muerte, la bendición o la maldición, felicidad o infelicidad. Esta elección no se hace de una vez y para siempre. Es como una semilla que cada mañana debe ser depositada en la tierra del corazón. La elección se concretiza en los pensamientos y sentimientos que cultivamos, en las palabras que pronunciamos, en lo que hacemos. Cada pequeño "sí" al bien es como una raíz que desciende más profundamente; cada acto de amor es como un retoño que crece hacia la luz.
El salmo responsorial ofrece la imagen del árbol plantado junto al río. Sus raíces son profundas, las hojas verdes, da fruto a su tiempo. Es un árbol que crece lentamente en el silencio de la fidelidad. La vida según Dios se asemeja a este árbol: no es espectacular; pero es sólida, paciente, capaz de atravesar las estaciones sin perder la esperanza.
El Evangelio sorprende. Jesús revela que el camino de la vida pasa a través de una puerta estrecha: la cruz. Sus palabras son paradójicas: "El que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará". Perder para ganar. La vida verdadera no se retiene apretando los puños, sino abriendo las manos.
Cuando llega el cansancio, la decepción, la prueba, la cruz que no habíamos previsto, a menudo pensamos que nuestra fe no está funcionando bien. Nos preguntamos: "¿Por qué a mí? ¿Qué no hice bien?". Jesús nunca ocultó que seguirlo significa atravesar también días difíciles. La cruz no es un accidente en el camino, es parte del camino. Cuando la vida pesa no significa que nos hemos equivocado, sino que estamos aprendiendo a ser discípulos de Cristo, a no llevar solos la cruz, sino acompañados por él. Ahora bien, Jesús no habló de la Cruz sin hablar, al mismo tiempo, de la Resurrección. La cruz de Cristo lleva a la alegría y la gloria de la resurrección. Al final triunfará el bien sobre el mal. El sufrimiento y la muerte serán derrotados.
Concluyendo. Elegir la vida no significa evitar la fatiga, sino orientar el corazón; decidir cada día de qué lado estamos, si del egoísmo que sugiere atajos, caminos fáciles y rápidos, o del amor que pide paciencia. Elegir la vida es elegir la confianza cuando el miedo quiere dominar. El mundo a menudo promete una felicidad inmediata, pero frágil como las hojas secas que se lleva el viento. La Palabra de Dios, en cambio, habla de una alegría que crece lentamente, como las raíces que buscan el agua oculta; una alegría que no depende de las circunstancias, sino de la relación con Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 9, 22-25
Jesús dijo a sus discípulos: "Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día".
Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: "Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará. En efecto, ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo o se destruye?"
Miércoles de Ceniza
Bajo la mirada de Dios
El gesto de recibir la ceniza expresa el reconocimiento de nuestra miseria y la súplica confiada a Dios invocado su ayuda. Nos presentamos ante el Señor sin máscaras ni maquillaje, conscientes de que necesitamos ser purificados y curados. Con este signo litúrgico asumimos el compromiso público de emprender un camino de conversión que oriente el corazón hacia la verdadera esperanza, alejando la atención de las falsas ilusiones que generan dependencia patológica, por ejemplo, depender del juicio y la aprobación de los demás. En lugar de seguir la Luz, seguimos lucecitas de oropel.
La ceniza nos recuerda también que nuestras preocupaciones, nuestras guerras pequeñas y grandes, las obras de nuestras manos por muy monumentales que sean, terminarán como polvo. Venimos del polvo y volveremos al polvo. Somos polvo que Dios llena de vida y transfigura. Somos barro en las manos del Alfarero divino.
Con el Miércoles de Ceniza comenzamos el tiempo de Cuaresma. Este tiempo es un regalo de Dios. Es un tiempo para detenernos y dar oportunidad a nuestro alma de alcanzarnos, es un tiempo para volver a lo esencial, para tomar las riendas de nuestra vida.
Nuestro corazón puede estar lleno de cosas que lo sobrecargan, lo hacen pesado, lo cansan. Cosas que nos cuesta quitarnos de encima. Cosas que no quieren morir. Es necesario llamar a estas cosas por su nombre y quitarles el alimento. Así como las células cancerosas que ya no tiene la posibilidad de alimentarse mueren, así debe morir en nosotros lo que nos impide ser libres para poder vivir espiritualmente sanos. En este sentido, la Cuaresma es un tiempo de mortificación.
La Cuaresma nos ayuda a sacar a la luz aspectos que quizás permanecen ocultos dentro de nosotros. Uno de ellos es el que está presente en las tres prácticas de piedad sugeridas por Jesús en Evangelio de hoy: la limosna, la oración y el ayuno, que corresponden a la relación con los demás, con Dios y con nosotros mismos: "Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial". Cristo nos invita a no alimentar el deseo irrefrenable de aparecer, de buscar la mirada de los demás. Todos necesitamos una mirada afectuosa. Pero ese buscar ser visto se convierte con frecuencia en exhibicionismo, en la búsqueda de aplausos, en alimento para nuestro ego.
Jesús recuerda que la mirada cordial que andamos buscando —a veces de manera equivocada— la tenemos siempre. Es la mirada del Padre del cielo. Él nos mira siempre con amor. No nos condena. Puede ver más allá de nuestras miserias. Él nos ha dado la vida y es quien nos mantiene vivos. La Cuaresma es tiempo de aprender a dejarnos alcanzar por esta Mirada.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 6, 1-6. 16-18
Jesús dijo a sus discípulos: "Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.
Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará".