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16.04.2023

Las indulgencias. Una ayuda para madurar en el amor

No sólo la Familia Franciscana, sino toda la Iglesia, celebramos el octavo centenario de la pascua de san Francisco de Asís. Dentro de esta celebración, la Iglesia concede indulgencias cuando se cumplen ciertas condiciones.

1. La dimensión jurídica de las indulgencias

Las indulgencias tienen una dimensión jurídica. Se definen como "la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados ya borrados en cuanto a la culpa, remisión que el fiel de Cristo bien dispuesto obtiene, en ciertas condiciones determinadas, por la acción de la Iglesia". Están relacionadas no con la culpa, el pecado, perdonado por el sacramento de la reconciliación o penitencia (conversión), sino con la pena temporal derivada del pecado.

El aspecto jurídico es, ciertamente, importante. Pero quedarse en la perspectiva jurídica puede llevar a entender la gracia como una cosa material que no llega a trasformar a la persona y a ver las indulgencias solamente desde la justicia de Dios. Esto puede llevar a pensar en un dios justiciero y vengador que exige a toda costa una satisfacción por los pecados cometidos. Por eso, hay que completarla con una visión teológica, que pocas veces se predica.

2. Su dimensión teológica

Para explicar las indulgencias, la teología se sitúa en el ámbito de dos experiencias centrales de la fe cristiana: el amory la oración. La Iglesia Pueblo de Dios —en su conjunto y en cada uno de sus miembros— camina hacia el amor pleno. En este proceso de crecer y madurar en el amor existen altibajos; está lleno de fallas, pecados personales y estructurales. Pero el amor es más fuerte que cualquier obstáculo, es capaz de superar los pecados y las consecuencias de los pecados: "Ante todo, tengan entre ustedes intenso amor, pues el amor cubre multitud de pecados" (1Pe 4,8; cf. Pr 10,12; St 5,20).

a) Madurar en el amor

Cuando el amor de Dios se instala en el corazón humano, se sana. Se produce una trasformación profunda de la persona. Desde esta perspectiva, las indulgencias son "una ayuda (muy importante) al pecador penitente para que alcance este amor (amor perfecto) que lo borra todo, una ayuda (o intercesión) para obtener aquella gracia que se necesita para tal caridad"[1]. La indulgencia es la "ayuda" para obtener esa gracia que transforma el corazón del pecador, moviéndolo a un arrepentimiento profundo y a una renovación interior, Al final de nuestra vida, Dios no nos va a preguntar cuántas indulgencia ganamos. Nos va a preguntar si nos ayudaron a madurar en el amor y la justicia. San Juan de la Cruz lo resumen magistralmente en una frase: "Al atardecer de la vida, te examinarán en el amor".

Ahora bien, ¿qué pensar, desde el amor de Dios, de la distinción entre indulgencia parcial e indulgencia plenaria? El Evangelio nos dice que Dios no da su amor a pedacitos, sino se da todo entero. Recordemos, por ejemplo, la parábola de los trabajadores que reciben, por igual, un denario (Mt 20,1-6). El "cuello de botella" en la circulación de la gracia está en la persona humana, no en Dios. Como no somos capaces de recibir el amor de Dios en plenitud, hablamos de indulgencia parcial. De hecho, cuando se habla de las condiciones para ganar una indulgencia plenaria muy pocas veces se habla de una condición muy importante señalada por el Papa Pablo VI y recogida por el el Manual de Indulgencias. Además de indicar las tres condiciones tradicionales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Papa), aclara: "es necesario además que se excluya todo afecto (apego) a todo pecado, incluso venial. Si esta plena disposición faltare... la indulgencia será únicamente parcial" (Indulgentiarum doctrina, Norma 7; cf. Enchiridion Indulgentiarum 23. § 1). Una aclaración crucial. No basta, pues, la confesión, la comunión y la oración por el Papa para obtenerlas; el apego a un solo pecado venial incapacita para ganar una indulgencia plenaria.

b) La ayuda de los demás (la Iglesia)

En el camino que nos lleva a la madurez en el amor, la ayuda (la oración) de los otros es esencial. No basta mi esfuerzo y mi oración para llegar a la perfección. Necesito la ayuda y la oración de los demás. Las indulgencias se nutren precisamente "en la oración particular de la Iglesia por la plena expiación de sus miembros, que ella hace siempre en su propia acción litúrgica y en la plegaria de estos mismos, y que en las indulgencias aplica solemnemente y de manera especial a un miembro determinado"[2]. Desde esta perspectiva, las indulgencias serían la oración de la Iglesia para que Dios nos conceda la gracia de madurar en el amor de manera cada vez más profunda, fácil y rápida.

Conclusión

Las indulgencias son una ayuda en nuestro crecimiento espiritual. Nos ayudan a cobrar conciencia de la virulencia del pecado. En efecto, si bien es cierto que el pecado es perdonado y olvidado por Dios, sus secuelas en el hombre y la mujer no son fácilmente superables. Las indulgencias son un valioso apoyo de la Iglesia en nuestro arduo camino hacia la santidad, hacia la madurez en el amor.


[1] K. Rahner, Escritos de Teología. Volumen II: Penitencia, Unción de los enfermos, Indulgencias (Taurus, 1961/1967), Barcelona, p. 883.

[2] K. Rahner, Escritos de Teología. Volumen II: Penitencia, Unción de los enfermos, Indulgencias, 882.

La contribución de san Francisco al diálogo sobre la felicidad

En los últimos tiempos ha crecido el interés por la felicidad. La clase más popular —en los tres siglos de historia de la Universidad de Yale— es la que imparte Laurie Santos, profesora de la materia Psicología y Buena Vida. Con más de 1.200 alumnos inscritos, su clase enseña cómo ser feliz[1]. Periódicamente, en los medios de comunicación social se dan a conocer los países o ciudades del mundo más felices. Continuamente se hacen estudios sobre la felicidad. Francisco de Asís tiene una palabra importante en este afán por ser feliz. Es un maestro incomparable de la alegría. Cuando el teólogo jesuita Ladislao Boros busca un interlocutor que le ayude a entender la alegría, selecciona a Francisco: "También sobre este problema hay un santo, cuya vida, de inaudita intensidad, ilumina al mundo entero, que nos ofrece un buen consejo: Francisco de Asís"[2].

Uno de los escritos más conocidos de Francisco es la "Verdadera y perfecta alegría". Existen dos versiones del texto, una en los Escritos, conservado por el Hermano Leonardo de Asís, y otra en las Florecillas. La primera versión es más corta y precisa, más desnuda. La segunda es más larga, más adornada, más elaborada. Recogemos la versión de los Escritos:

El mismo fray Leonardo refirió allí mismo que cierto día el bienaventurado Francisco, en Santa María, llamó a fray León y le dijo: «Hermano León, escribe». El cual respondió: «Heme aquí preparado». «Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría. Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría. Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: No es la verdadera alegría. También, que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría. Pero ¿cuál es la verdadera alegría? Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas. Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco. Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás. E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos. Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche. Y él responde: No lo haré. Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí. Te digo que, si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma.»

Cuando abordamos el tema de la alegría nos situamos en el corazón del cristianismo. La alegría no es para el cristiano algo accidental, accesorio. Es esencial. Determina toda la realidad cristiana, todo el ser cristiano, como el sol determina al día, como la esencia determina al perfume. Sobre esta cuestión hay mucho que decir y aprender.

1. La limitada capacidad para el goce

Cuando hablamos de felicidad, lo primero que constatamos es lo difícil que es para un ser humano vivir en la alegría. Es significativo que un humorista de la talla de Germán Dehesa escribiera: "Por muchos siglos ha sido tema de la reflexión del hombre averiguar el porqué es tan limitada nuestra capacidad para el goce y por qué el sufrimiento, ése sí, se puede adueñar íntegramente de nosotros por semanas y semanas. No tengo yo la respuesta para este enigma, lo que sí tengo es la prueba de que encarna una verdad irrebatible"[3].

L. Boros expresa la misma experiencia: "Me hallaba reflexionando, no hace aún mucho tiempo, sobre el misterio de la alegría cristiana, cuando me asaltó la idea de cuán rápidamente se le agota al hombre su provisión de palabras, para referirse a la alegría (…) ¡De cuánta elocuencia, en cambio, está dotado el hombre cuando se trata de describir el sufrimiento, el dolor y la desdicha! (…) Parece como si en los abismos del sufrimiento el hombre se sintiera mucho más en su propio terreno que cuando camina por las regiones de la alegría. El sufrimiento y la angustia parecen brotar inmediatamente de nuestro ser. Cuanto más elevado y delicado desarrollo alcanza una criatura, tanto más sensible y sensitiva es para el dolor. El hombre tiene que aprender a tener alegría, más aún, debe 'ejercitarla' como si fuera una virtud"[4].

Por lo visto, la alegría, la capacidad festiva, lúdica (juguetona) que brota espontáneamente y sin grandes dificultades en la infancia, se va encogiendo con el tiempo a tal punto que luego se hace necesario "aprender" a ser festivos, a "ejercitarse" en la alegría.

2. Fundada en la Biblia

La experiencia de Francisco tiene su fundamento en la Biblia. Señalemos algunos textos significativos. En el Antiguo Testamento el profeta Habacuc, en el horizonte de una cultura agrícola y ganadera, crea un hermoso Cántico: "Aunque la higuera no echa yemas, las viñas no tienen frutos, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios mi Salvador. El Señor soberano es mi fuerza, él me da piernas de gacela y me hace caminar por las alturas" (Ha 3,15-18). La situación puede ser desfavorable, pero el profeta se alegra en su Dios.

Para Jesús de Nazaret, ser cristiano es dar testimonio de alegría en todas las situaciones de la vida, incluso en las más adversas: "Felices los que lloran, porque serán consolados… Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y salten de contento, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo" (Mt 5,3-12).

La alegría de Francisco no es sólo la alegría de Habacuc y las bienaventuranzas que proclaman que un creyente puede ser feliz en la adversidad, el llanto, el insulto, la difamación y la persecución. Es también la alegría de Santiago y de Pablo. El apóstol Santiago escribe: "Consideren como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeados por toda clase de pruebas, sabiendo que la calidad probada de su fe produce la paciencia en el sufrimiento; pero la paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros sin que dejen nada que desear" (Santiago, 1,2-4). Santiago desconcierta. Lo lógico es que, cuando estamos rodeados por toda clase de pruebas, en vez de estar felices estemos preocupados. Y no es para menos. Pero Santiago lo ve desde otra perspectiva. Experimenta que en las adversidades se prueba la fe y, cuando se viven con ánimo cristiano, se produce la paciencia. Esto lo llena de gozo. La paciencia no es cualquier cosa. Es algo más valioso de lo que a veces pensamos. Santa Teresa de Jesús dice, en una de sus poesías, "la paciencia todo lo alcanza", y un dicho francés afirma: "Con la paciencia se consigue todo".

San Pablo va en la misma línea de Santiago: "Más aún; nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Romanos, 5,3-5). Pablo puede gloriarse y alegrarse hasta en las tribulaciones. Al igual que Santiago, experimenta que la tribulación, cuando se vive con ánimo cristiano, engendra la paciencia. Pero no sólo la paciencia. La paciencia engendra otras cosas buenas: virtud probada, esperanza y, el culmen, el amor de Dios. El amor de Dios es una gracia del Espíritu Santo. Esto produce gozo.

En su escrito, Francisco también concluye que la verdadera alegría está asociada a la paciencia y a la paz: "Te digo que, si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma". Profundicemos en la perfecta alegría desde varias perspectivas.

3. La alegría de Ser

El hecho de que Francisco diga que la perfecta alegría se experimenta en la adversidad, no significa que hay que esperar a que las cosas salgan mal para experimentar la perfecta alegría. En el fondo, está enseñando que la alegría se experimenta cuando aparentemente no hay ningún motivo para alegrase. Es la alegría de Ser.

La alegría está relacionada con el ser. Cuando somos conscientes de lo que somos, experimentamos alegría. Así de sencillo. Hay una relación entre el Ser, la consciencia del Ser y la perfecta alegría. Cuando somos conscientes de ser, podemos llegar a un "Estado" o una "Presencia" en la que permitimos que las cosas sean como son. Entonces experimentamos que ahí vive el Gozo permanente, gratuito, no condicionado por nada. El Ser es gozo. Ser es equivalente a alegría.

Esto tiene un fundamento teológico. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Y Dios es alegría. Nuestro ser fue creado por un Dios alegre y festivo. Está horneado con la masa de la alegría y en la alegría, tejido en la fiesta, impregnado de gozo. Dios nos hizo para/en la felicidad. Experimentar nuestro ser es experimentar la alegría, como diría Francisco de Asís, la "verdadera y perfecta alegría". Además, Dios es parte de nuestro ser, la parte más importante. Jesucristo vivo, resucitado, vive en nosotros como Espíritu de Vida y Gozo.

Cuando Tony de Mello describe la iluminación dice: "Es como la salida del Sol sobre la noche, de la luz sobre la oscuridad. Es la alegría que se descubre a sí misma, desnuda de toda forma"[5]. Nuestro ser es alegría. Cuando nos hacemos conscientes de nuestro ser y llegamos ahí, alcanzamos la dicha plena. No soy feliz porque sea guapo, joven, inteligente, educado, rico, exitoso, porque me ha ido bien. Soy feliz simplemente porque soy. El gozo es connatural al Ser.

El poeta español Jorge Guillén dice en su poesía "Más allá": "Destino: quiero ser. Ser, nada más; y basta. Es la absoluta dicha"[6]. Un filósofo y místico búlgaro, Omraam Mikhäel Aïvanhov, lo expresó de esta manera: "Alguien dice: 'Soy feliz porque...'. Pues bien, el solo hecho de que atribuya una causa a su felicidad, demuestra que no posee la verdadera felicidad. Porque la verdadera felicidad es una felicidad sin causa. Sí, ustedes son felices y no saben por qué. Encontraran que es maravilloso vivir, respirar, comer, hablar, y no saben por qué. No han recibido regalos, ni herencias, ni tienen bonitas mujeres... Son felices porque algo ha venido de arriba a incorporarse en ustedes, un elemento espiritual que ni siquiera depende de ustedes..., como un agua que mana del cielo. Para la mayoría de los humanos la felicidad está ligada a las posesiones: casas, dinero, decoraciones, gloria..., o bien mujeres o hijos. No, la verdadera felicidad no depende de ningún objeto, de ninguna posesión, de ningún ser; viene de arriba, y se asombran al descubrir en ustedes mismos, sin cesar, este estado de conciencia superior. Se alegran y ni siquiera saben por qué. Esta es la verdadera felicidad"[7].

4. Ser y pensamiento

Para entender mejor la alegría de ser, comparemos el ser y el pensamiento.

Si nuestro ser fuera un iceberg, el pensamiento sería como la punta del iceberg. Usando otra imagen, el pensamiento es como la orilla del mar, en movimiento constante, con las olas que van y vienen, inestable. Con frecuencia, nos distrae de nuestro ser más profundo. Hace que estemos en otros lugares y en otros tiempos diferentes al presente. Si ustedes observan, cuando estamos en el pensamiento estamos en los recuerdos, proyectos, preocupaciones, en un diálogo continuo con nosotros mismos. Hay que ir mar adentro para encontrar la calma.

Además, el pensamiento tiende a etiquetar cada hecho, acontecimiento, circunstancia, objeto, persona como "agradable" o "desagradable". Cuando sucede algo que calificamos de "agradable", aparecerá el bienestar; cuando, por el contrario, suceda algo etiquetado como "desagradable", surgirá el malestar. Muchas veces no sufrimos tanto por los hechos que ocurren, sino por la interpretación que hacemos de ellos. Por ejemplo, ver a una persona que detestamos nos causa enfado. Pero el amigo de esa persona lo ve y se alegra. Escuchar determinada canción a una persona puede ponerle los nervios de punta y a otra alegrarlo. ¿Qué hacer? Dejar de etiquetar. ¿Cómo?

Podemos dejar de etiquetar si tomamos distancia de nuestros pensamientos. No significa que el pensamiento no sea importante y no debamos usarlo. Lo que pasa es que somos más que el pensamiento. Lo mejor de nosotros mismos está más allá del pensamiento. Además, como lo hemos dicho, el pensamiento está interpretando continuamente, automáticamente lo que sucede, está juzgando, etiquetando. Al ir más allá del pensamiento y su obsesión de etiquetar, accedemos a un Presente, a un Espacio, a una Presencia atemporal e infinita, que es plenitud. Es un espacio sin forma. En el pensamiento hay formas, aquí no. Mientras que el pensamiento es estrecho este espacio es amplio, parece ilimitado. El pensamiento puede ser tan angosto que estar ahí puede crear angustia. Estar en este espacio nos da la sensación de libertad.

Ejercicio. Cuando observamos nuestros pensamientos o somos conscientes de que estamos pensando, empieza a abrirse un espacio amplio alrededor de los pensamientos. Ese espacio es consciencia, pero una consciencia sin pensamiento, sin juicios, sin forma. Estar en este espacio nos descansa, nos hace estar simplemente con nosotros mismos, en esa parte de nosotros mismos que no es pensamiento. Como es espiritual, no hay materia ni forma. Esta experiencia tiene sabor de plenitud. Hacia esa experiencia Jesús quiere llevar a sus discípulos.

5. Nuestros nombres escritos en el cielo

San Lucas narra que Jesús envió a sus discípulos a anunciar el reino de Dios. Y describe el regreso. El regreso está marcado por la alegría:

Los setenta y dos volvieron llenos de alegría, diciendo: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. Jesús les dijo: He visto a Satanás cayendo del cielo como un rayo. Les he dado poder para pisotear serpientes y escorpiones y para dominar toda potencia enemiga, y nada los podrá dañar. Sin embargo, no se alegren de que los espíritus se les sometan, alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo. En aquel momento, el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos (Lucas 10,17-24).

Lo típico es asociar la alegría con resultados satisfactorios. Pero es una alegría condicionada y amenazada por la posibilidad de no alcanzar los resultados esperados. Jesús les dice: "No se alegren de que los espíritus se les sometan, alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo". El motivo del gozo no son los logros obtenidos, sino algo mucho más fundamental y gratuito, a salvo de cualquier amenaza: la certeza de que "sus nombres están inscritos en el cielo". ¿Qué significa esto?

En el Antiguo Oriente se inscribían los nombres en los registros reales. El profeta Malaquías toma esa imagen para hablar de los salvados: "En la presencia del Señor se ha escrito un libro en el que figuran todos los que son fieles al Señor y honran su nombre" (3,16). Los fieles han sido inscritos en el libro de la Vida. Y esto de modo irrevocable. La palabra de Jesús puede leerse en el sentido de que estamos "resguardados" en Dios y no hay nada ni nadie que pueda separarnos de Él. Estamos salvados. Esta es la razón de la confianza inquebrantable de san Francisco. A ella se remite en su vida cotidiana, de ella bebe. Es la certeza de estar siempre y para siempre en Dios. Por eso, adoptó como firma la tau, una letra del alfabeto griego. Según el Apocalipsis los salvados eran marcado con una tau "No causen daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios" (Ez 9,4; Apocalipsis, 7.2).

Que "nuestros nombres están inscritos en el cielo" revela nuestra identidad. ¿Qué somos? Somos-en-Dios, sin costuras ni separación alguna; o, mejor, Él-es-en-nosotros. San Juan evangelista dice. "Tú en mí y yo en Ti" (Jn 17,23). Al tomar conciencia de nuestra identidad, emerge el gozo. Y es gratuito. Sin mérito alguno, nuestros nombres están escritos en el cielo. Tampoco es el resultado de algún esfuerzo. Es, sencillamente, la naturaleza misma del Ser. Situados ahí, sabemos, como Jesús, que "Satanás ha caído del cielo como un rayo", es decir, que el mal no tiene ningún poder real sobre la obra de sus Manos. Entonces podemos experimentar la promesa de Jesús: "Volveré a verlos y se alegraran con una alegría que nadie les podrá quitar" (Jn 16,22). Esta es la verdadera y perfecta alegría: nada ni nadie la puede quitar.

Que el mal no afecta sustancialmente al Ser lo han enseñado diversos pensadores cristianos. Para Diádoco de Foticé, uno de los Padres del desierto[8], el mal no es algo sustancial. Es sólo la "negación del bien". Escribe: "El mal no está en la naturaleza, y nadie es malo por naturaleza pues Dios no hizo nada malvado. Cuando alguien, por ambición, lleva al estado de forma aquello que carece de sustancia, esto comienza a ser lo que su voluntad le hace ser. Es importante, entonces, en una preocupación constante por el recuerdo de Dios, despreciar el hábito del mal, ya que la naturaleza del bien es mucho más fuerte que el hábito del mal, puesto que una es, mientras que la otra sólo tiene existencia en el acto"[9]. El mal existe, pero no pertenece a la naturaleza de lo creado. Es un accidente en el cual el ser humano es particularmente responsable. No llega a dañar el núcleo del Ser. Solamente afecta la periferia. Y esto no es simple teoría. Si vamos al núcleo de nuestro ser, a lo que san Juan de la Cruz llama el "más profundo centro", comprobamos que ahí no hay ni sombra de maldad. En último término, el centro del universo es Dios mismo.

Teilhard de Chardin, un gran intelectual y místico católico, escribe en El Medio Divino su experiencia frente al mal del mundo. "Señor, ayuda mi incredulidad. Tú mismo lo sabes, Señor, porque humanamente has sentido angustia. El Mundo, en ciertos días, se nos aparece como una cosa espantosa: inmenso, ciego, brutal. Nos zarandea, nos arrastra, nos mata, sin prestarnos atención (…) En todo instante, por todos los resquicios, hace irrupción en ella la gran Cosa horrible, esta que nos esforzamos por olvidar, por no pensar que está siempre ahí, del otro lado del tabique: fuego, peste, tempestad, terremoto, desencadenamiento de oscuras fuerzas morales, se llevan en un instante, y sin consideraciones, lo que habíamos construido y ornado penosamente con toda nuestra inteligencia y nuestro corazón.

Dios mío, ya que por mi dignidad humana me está vedado cerrar los ojos como una bestia o como un niño —para que no sucumba a la tentación de maldecir al Universo y a quien lo hizo—, haz que lo adore, viéndote escondido en él. Señor, repíteme la gran palabra liberadora, la palabra que a un mismo tiempo revela y opera. Señor: Esto es mi cuerpo. En realidad, la Cosa enorme y sombría, el fantasma, la tempestad, si queremos, eres Tú. Yo soy, no teman. Todo cuanto en nuestras vidas nos espanta, lo que a Ti mismo te consternó en el Huerto, Señor, en el fondo no son más que Especies o Apariencias, la materia de un mismo Sacramento.

Creamos solamente. Creamos con mayor fuerza y más desesperadamente cuanto la Realidad parece más amenazadora y más irreductible. Y entonces, poco a poco, veremos al Horror universal distenderse para sonreírnos primero y tomarnos en sus brazos más que humanos luego.

No, no son los rígidos determinismos de la Materia y de los grandes números los que confieren al Universo su consistencia: son las ágiles combinaciones del Espíritu. El azar inmenso y la inmensa ceguera del Mundo sólo son una ilusión para el que cree. La fe es la sustancia de las cosas"27.

¿Por qué permite Dios el mal? San Agustín responde: "Dios no puede permitir el mal sino por la posibilidad que tiene de transformarlo en bien". Para el que cree, el mal se transforma en bien por el poder de Dios. Probablemente San Agustín pensaba en Rm 8,28: "En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman". Teilhard de Chardin sigue esta línea de pensamiento. Escribe: "Dios, con tal que nos entreguemos a Él amorosamente, sin alejar de nosotros las muertes parciales (los problemas), ni la muerte final, que esencialmente forman parte de nuestra vida, las transfigura al integrarlas en un plano mejor. Y a esta transformación están no sólo admitidos nuestros males inevitables sino también nuestras faltas, incluso las más voluntarias, con tal de que las lloremos. Para quienes buscan a Dios, no todo es inmediatamente bueno, pero sí es susceptible todo de llegar a serlo: Omnia convertuntur in bonum[10].

Saber que nuestros nombres están escritos en el cielo indica no sólo que el mal puede sobrecogernos, pero no destruirnos, sino también que ahora podemos saborear ya el cielo. Cuando entramos en "el más profundo centro" de nuestro ser entramos en "nuestro cielo" (Santa Teresa de Jesús), entramos en la eternidad. Esto nos llena de alegría. Experimentar el cielo es experimentar la verdadera y perfecta alegría.

El biblista Gerhard Lohfink publicó un libro, ¿Es esto todo lo que hay? (Is This All There Is?), sobre la resurrección y la vida eterna[11]. En este libro afirma que la forma más alta de oración es la adoración. Pero, ¿qué significa "adorar" a Dios? Lohfink responde: "En la adoración no buscamos nada más de Dios. Cuando me lamento ante Dios, es normalmente mi propio sufrimiento el punto de partida. También cuando hago una petición, la ocasión es frecuentemente mi propio problema. Necesito algo de Dios. E incluso cuando doy gracias a Dios, por desgracia estoy normalmente agradecido por algo que he recibido. Pero cuando adoro, me dejo ir de mí y miro sólo a Dios".

Jesús nos invita a pedir a Dios cualquier cosa que haya en nuestro corazón: "Pidan y recibirán". Petición y acción de gracias son buenas formas de oración; pero, al rezarlas, estamos siempre enfocándonos de alguna manera a nosotros mismos, nuestras necesidades o nuestras alegrías. En cambio, en la adoración, contemplamos a Dios o algún atributo de Dios (belleza, bondad, amor, armonía, paz) de tal manera que todo lo demás desaparece de la consciencia. La persona de Dios, su Belleza, su Bondad, su Paz apartan nuestras mentes de nosotros mismos y nos sitúan fuera de nosotros. Es lo que se llama éxtasis (del griego ek/stasis: estar fuera de uno mismo). Estar en adoración es estar en éxtasis.

Un ejemplo de adoración es la oración de san Francisco titulada Alabanzas al Dios Altísimo. Las escribió de su puño y letra luego de recibir las heridas de Cristo en el Monte de La Verna. "Tú eres amor, caridad; tú eres sabiduría, tú eres humildad, tú eres paciencia, tú eres belleza, tú eres mansedumbre, tú eres seguridad, tú eres quietud, tú eres gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría, tú eres justicia, tú eres templanza, tú eres toda nuestra riqueza a satisfacción. Tú eres belleza, tú eres mansedumbre; tú eres protector, tú eres custodio y defensor nuestro; tú eres fortaleza, tú eres refrigerio. Tú eres esperanza nuestra, tú eres fe nuestra, tú eres caridad nuestra, tú eres toda dulzura nuestra, tú eres vida eterna nuestra: Grande y admirable Señor, Dios omnipotente, misericordioso Salvador". De tal manera lo ha atrapado Dios que "ha rebañado su ser, sacándolo de si en el 'tú' repetido y sostenido de esta alabaza, expresión tanto de su admiración y adoración cuanto de su convicción —que encontramos también en otros lugares— de que con Dios no se acaba nunca"[12].

Además, para Lohfink, la adoración es también una manera de estar en el cielo ya ahora y de experimentar el tiempo como será en el cielo, es decir, experimentar la eternidad: "En el milagro de la adoración, ya estamos con Dios, enteramente con Dios, y se remueve la frontera entre el tiempo y la eternidad (…) En ella yo ofrezco mi propia vida a Dios, en silencio; y con ella, el mundo entero, reconociendo a Dios como Creador, como Señor, como el único al que pertenece todo honor y alabanza. La adoración es la oblación de la vida de uno a Dios. La adoración es abandono. La adoración significa entregarse enteramente a Dios. En cuanto nos ponemos en adoración, empieza la eternidad, una eternidad que no separa del mundo, sino que nos abre a él enteramente". En el momento de la adoración, estamos saboreando el cielo por anticipado. La eternidad será como dice la Segunda Carta de Pedro "ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día" (2 Ped 3,8).

6. La verdadera y perfecta alegría es pura Gracia

En su escrito, san Francisco no habla de cualquier alegría, como por ejemplo la alegría que viene por algún éxito obtenido o por una buena noticia, sino de la "perfecta", la "verdadera" alegría. ¿Puede haber algo humano perfecto y plenamente verdadero? Aunque pueda haber perfección humana, en realidad, todo lo terreno es imperfecto. Solamente Dios es plenamente verdadero y perfecto sin tiempo, sin límite ni fisuras. Por eso, cuando Francisco habla de verdadera y perfecta alegría está hablando de la alegría de Dios. Todo lo de Dios es perfecto. La perfecta alegría es la alegría de Dios en nuestro cuerpo y nuestra mente, nuestros sentimientos y pensamientos, nuestro deseo, nuestra inteligencia y voluntad. Su Presencia enciende la alegría.

Dios es el motivo de la alegría de Francisco. Y es pura gracia. Por eso, puede tener alegría donde muchos han llegado al límite de su sabiduría. ¿Qué es lo que nos quiere decir san Francisco con su alegría y buen humor a toda prueba? "Cuando realmente las cosas te van mal, cuando no tienes ningún motivo para reír, entonces es el momento de sentir la alegría cristiana"[13].

Si la alegría es pura gracia, ¿podemos hacer algo nosotros? Claro que sí. Tenemos que poner algo de nuestra parte. ¿Qué podemos hacer nosotros? Básicamente dos cosas, que van relacionadas: El desprendimiento de nosotros mismos y la entrega confiada a Dios. Es una condición previa para que podamos sentir alegría en cualquier situación de la vida, incluso cuando según las medidas humanas deberíamos estar tristes. Hay algo que nos puede hacer felices cuando todos nos oprime. J. A. Guerra escribe, en su pequeño comentario al texto de la verdadera alegría de san Francisco: "La alegría verdadera no consiste en éxitos humanos, sino en la paciencia y la paz frente a la dureza de los demás, pues sólo así se revela si el blanco a que apunta y da nuestra fe es Dios en Cristo o nuestro propio yo; si realmente queremos dar o sólo recibir. Y vivir —lo había descubierto Francisco— es dar gloria a Dios"[14].

Busquemos dar gloria a Dios, entreguémonos a Él para conocer la verdadera alegría y la verdadera paz. "En la entrega a Dios puede el hombre ser feliz incluso en las situaciones de miseria casi insoportable, dando por supuesto que no se busque la propia felicidad… la entrega a Dios es la más indestructible e imperecedera alegría. Si nos aferramos a nosotros mismos, nos oprimirá todo cuanto de alguna manera ataca a ese sí mismo: enfermedad, sufrimiento, pobreza, deshonor, fracaso y muerte. Pero si uno se abandona a Dios, todo esto es de alguna forma el 'escenario del regocijo'. Los aconteceres concretos son, en el fondo, insignificantes. Estamos redimidos, salvados para siempre, hemos entrado para siempre en la alegría de Cristo"[15]. La alegría de san Francisco es un testimonio, una prueba, de lo que Dios puede hacer cuando una persona se entrega a Él confiadamente. Entonces, Dios tiene poder sobre el corazón de esa persona.

Francisco contempla desde Dios lo terreno y lo humano con sus límites, deficiencias, fragilidades, pecados. Por eso, lo hace con buen humor. Sabe que lo terreno y lo humano es imperfecto. Pero tiene la certeza de que todo lo imperfecto está rodeado por la gracia de Dios. Por eso ama el mundo a pesar de su imperfección, insuficiencia y su necesidad. O, mejor, ama el mundo precisamente en sus imperfecciones. Y da gracias a Dios por poder vivir en este mundo imperfecto.

La perfecta alegría lo lleva a la paz. En su relato de la perfecta alegría, Francisco desmonta los mecanismos que generan la cultura de la violencia. La verdadera alegría no está en la autoestima, ni en el reconocimiento ajeno, ni en hacer milagros o hablar en lenguas, sino en el amor, el perdón, la reconciliación. Sólo entonces –cuando brota el amor y el perdón- "irrumpe la perfecta alegría, que es una paz interior inalterable, capaz de convivir jovialmente con las más duras contradicciones; una paz que es fruto de la completa abnegación"[16].

Conclusión

La perfecta alegría es para todos. Es estable. Es profunda. No depende de una buena noticia. No necesita de diversiones, espectáculos o alcohol. Está más allá de nuestros estados de ánimo. Tiene más de estado espiritual que de bienestar biológico. La verdadera y perfecta alegría la llevamos permanentemente porque está en nuestro ser, pero no siempre conectamos con ella. San Francisco también estuvo triste. Cristo en el Huerto de los Olivos experimentó una tristeza mortal. ¿Qué hizo? Se retiro para encontrase a sola con su Padre. Entonces encontró la paz, signo de que había encontrado la verdadera y perfecta alegría. Es lo mismo que tenemos que hacer nosotros.


[1] Ejercicios para ser más feliz según Laurie Santos, la profesora que da el curso más popular en la historia de la Universidad de Yale, página Webb de la BBC de Londres, en https://www.bbc.com/mundo/noticias-42927052 (Consulta 11/05/2018).

[2] L. Boros, Experimentar a Dios en la vida, Herder, Barcelona 1982, p. 36-37.

[3] Germán Dehesa, Periódico El Norte (16 agosto 2010), Caminos vecinales.

[4] L. Boros, Experimentar a Dios en la vida, 36.

[5] A. de Mello, Autoliberación interior, Edición electrónica, p. 1. El subrayado es mío.

[6] El contexto del texto citado: Todo está concentrado/ Por siglos de raíz/ Dentro de este minuto,

Eterno y para mí./ Y sobre los instantes/ Que pasan de continuo/ Voy salvando el presente/ Eternidad en vilo./ Corre la sangre, corre/ Con fatal avidez./ A ciegas acumulo/ Destino: quiero ser./ Ser, nada más. Y basta./ Es la absoluta dicha./ ¡Con la esencia en silencio/ Tanto se identifica!

[7] Citado por Enrique Martínez Lozano, La perfecta alegría, en https://www.feadulta.com/anterior/Ev-EML_67-lc-10-1-20.htm (Consulta 02/05/2018).

[8] Vivió a mediados del siglo V. Fue obispo de Foticé (un rincón de Grecia). Su influencia ha perdurado, a través de los siglos, en los grandes autores espirituales bizantinos y rusos, como en los famosos Relatos del peregrino ruso, y en santos occidentales como Ignacio de Loyola y Teresa de Jesús. Su obra principal es: Cien capítulos sobre la perfección espiritual.

[9] AA. VV., La filocalia de la oración de Jesús, Lumen, Buenos Aires 1979, p. 65.

[10] P. Teilhard de Chardin, El medio divino, 44. Edición electrónica.

[11] Ron Rolheiser, Cuando el tiempo se para, en https://www.ciudadredonda.org/articulo/cuando-el-tiempo-se-para (Consulta 04/05/2018).

[12] J. A. Guerra, San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época, BAC, Madrid 1978, p. 25.

[13] L. Boros, Experimentar a Dios en la vida, 38.

[14] Jose Antonio Guerra, San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época, 85.

[15] Boros Experimentar a Dios en la vida, 38-39.

[16] L Boff, La oración de san Francisco. Un mensaje de paz para el mundo de hoy, Sal Terrae, Santander 2000, p. 75.

Recuperar lo que no brilla, lo humilde y sencillo

El poeta español del siglo XVI, Fray Luis de León, inicia su poema Vida Retirada con esta estrofa:

"Que descansada vida

la del que huye del mundanal ruido,

y sigue la escondida senda,

por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido"

Nuestra sociedad no sospecha de la riqueza contenida en esta "escondida senda". Vivimos en lo que Mario Vargas Llosa ha calificado como "la civilización del espectáculo"[1]. La avidez de aparecer y de brillar, el culto al poder y a la imagen lo invaden todo: el periodismo, la cultura, los deportes, la política, incluso la religión. Los medios de comunicación social nos han hecho creer que lo que no aparece en la televisión, la radio, los medios impresos... no existe, no es real.

Paradójicamente, en este mundo sofisticado, en donde el afán de lucir se ha vuelto tan relevante, se ha estado redescubriendo el valor de lo escondido, lo sencillo, lo humilde. Envueltos por el ruido y el estrés, esclavizados por la ambición de tener y poder, asfixiados por una sociedad que da culto al dinero y la ambición, que busca, por encima de todo, la fama y el éxito, son ya muchos y muchas los que están ávidos de serenidad y armonía. Se empieza a añorar la paz, la soledad querida y perseguida, la austeridad, el gozo de una vida sencilla, el contacto directo con la naturaleza, la meditación y el silencio para aproximarse a las raíces más hondas y escondidas de nuestro ser en donde reposa nuestra verdadera identidad.

1. El retorno a la sencillez

No es fácil apreciar lo sencillo. Teresa de Lisieux cuenta en su Autobiografía que Jesús mismo le reveló el secreto de la verdadera sabiduría: "Comprendí en que consistía la verdadera gloria. Aquel cuyo Reino no es de este mundo me reveló que la verdadera sabiduría consiste en 'querer ser ignorada y tenida en nada'..."[2]. En último término, se necesita la revelación de Jesús para comprender el valor de lo escondido.

Ahora bien, esta "revelación" no se da, generalmente, de manera espectacular o dramática, ni tiene que acontecer en un templo, ni el contendido debe ser exclusivamente religioso. Sucede, generalmente, en la cotidianidad.

Desde hace varias décadas, existe el minimalismo. Originalmente era una tendencia de la arquitectura caracterizada por la extrema simplicidad de sus formas. Cuando alcanzó su madurez influyó en el diseño, la pintura, la moda, la música, la teología.

Lo característico del minimalismo es centrar la atención en las formas puras y simples, decir lo máximo con lo mínimo, simplificar todo. Se usa para referirse a cualquier cosa que se haya desnudado a lo más esencial, despojado de elementos sobrantes o que proporcione sólo un esbozo de su estructura Se aplica también a grupos o individuos que reducen sus pertenencias y necesidades al mínimo.

Elaine St. James, una alta ejecutiva norteamericana, cuenta en su libro Simplifica tu vida que un día tomó la decisión de simplificar su vida altamente complicada. Su atención estaba enfocada en los últimos avances tecnológicos, en una lucha desenfrenada por poseer el mayor número de bienes materiales posible, en escalar puestos sociales cada vez más elevados. Pero un día, ella y su esposo abrieron los ojos: "Finalmente tuvimos que enfrentarnos al hecho de que lo único que habíamos conseguido, en nuestro atracón de poder, era una indigestión"[3]. Entre los muchos consejos que ofrece están los siguientes: trasládese a una casa más pequeña, adquiera un coche sencillo, simplifique su vestuario, deshágase de todo lo innecesario.

Lo más sorprendente es que la sencillez ha llegado también al mundo de los negocios. Jack Trout, especialista en eficacia y competitividad, se dio cuenta que el progreso tecnológico y económico había complicado mucho el mundo de los negocios. Entonces escribió su libro El poder de la simplicidad en los negocios[4]. La idea común era que, frente a la complejidad creciente, hay que crear estructuras cada vez más complejas. Esta actitud ha provocado una evolución tan acelerada que cuando se están implementando las técnicas administrativas más recientes ya están obsoletas y se hace necesario pasar a la siguiente generación, creando así una situación de ansiedad y de inestabilidad que afecta a la organización y la hace menos productiva. Por eso, Trout propone cambiar de estrategia, hacer más simple la organización. Es algo que han hecho empresas exitosas. Por ejemplo, empresas que antes manejaban muchos productos o servicios los han ido reduciendo y se han concentrando en los esenciales. Esto les ha ayudado a crecer.

Trout propone desarrollar una mente sencilla y ordenada puesto que puede pensar con mayor claridad y tomar las decisiones correctas. Sin embargo, no hay que confundirnos. Llegar a la sencillez puede ser una ardua tarea: "lo más simple no es, necesariamente, lo más fácil, pero tal vez sí lo más conveniente"[5].

2. El "brillo" de lo que no brilla

La memoria colectiva está poblada de hombres y mujeres sencillos que cambiaron la historia. Muchos han alcanzado gran notoriedad. Detengámonos en algunos de ellos.

Un fraile bien dotado, apuesto y simpático, de finos modales y conversación elegante, le lanzó esta pregunta a Francisco de Asís: "¿Por qué todo el mundo va detrás de ti, y no parece sino que todos pugnan por verte, oírte y obedecerte? Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, no eres noble. Y, entonces, ¿por qué todo el mundo va en pos de ti?"

La pregunta sigue en pié, ¿cómo es posible que un hombre que vivió en plena Edad Media, que se definía a si mismo como "pequeño", "simple", "menor" continúe siendo tan actual, admirado por propios y extraños, y ejerciendo un influjo nada despreciable en tantos hombres y mujeres? ¿A qué se debe que este hombrecillo sea haya convertido en un ícono de sabiduría? La respuesta es simple: se hizo pequeño. En Francisco advertimos el valor, la magia, la fascinación de lo sencillo, lo escondido, lo humilde, lo que no cuenta.

Y es que Dios tiene predilección por lo pequeño. La Biblia nos habla de esta predilección de Dios. Él se manifiesta en la brisa suave, los vientres estériles, la zarza ardiendo, los pobres, la debilidad del niño de Belén, el fracaso de la cruz. Las cosas y personas sencillas tienen la particularidad de revelar la grandeza divina.

El prototipo del hombre sencillo y humilde es Jesús de Nazaret. Desde su nacimiento hasta su muerte ocupó el último lugar. No fue un brillante profesor de religión, sino un aldeano que portaba el misterio de Dios. Él dijo que Dios se revela a los sencillos: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños"[6].

A pesar de que dividió el tiempo en un antes y un después, Jesús vivió la mayor parte de su vida -alrededor de 30 años- "escondido" en una ladea insignificante de un país pobre, sojuzgado por el imperio de aquel tiempo. Frente a la tendencia humana de buscar aplausos y honores, él recomendaba buscar lo "secreto", lo "escondido" porque es el lugar favorito del Padre, donde Él habita y pone sus ojos: "... para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará"[7].

Este hombre sencillo amaba de manera particular las cosas simples. La mirada de Jesús descubría la presencia discreta de Dios en las cosas más sencillas y ordinarias: la lluvia, el sol, las flores silvestres, los pájaros del cielo, la historia cotidiana de los seres humanos.

Así como en los hombres y mujeres sencillos existe un brillo particular, así también existe en las cosas. El cero es el número que no tiene valor. Sin embargo, sin este número aparentemente insignificante muchas ciencias complejas como la física, la química o las matemáticas no estarían completas. Para referirnos a alguien que carece de valor decimos: "Es un cero a la izquierda". Pero cuando ese cero se cambia de posición, se vuelve valioso. Unos cuantos ceros pueden incrementar notablemente el valor de las cosas. El número no cambia su naturaleza, sigue siendo cero, pero al ponerlo en otro lugar adquiere valor. Eso mismo sucede cuando cambiamos de perspectiva: las cosas sencillas y humildes, aparentemente insignificante, cobran valor.

Tendemos a dar poca importancia a los detalles y a las cosas pequeñas. Nos dejamos encandilar por las cosas complejas y espectaculares, corremos tras de ellas frenéticamente y terminamos agotados, incapaces de disfrutar lo que tenemos. Benjamin Franklin decía: "La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días".

Estamos rodeados por cosas sencillas que se esconden a nuestra mirada distraída. No tenemos tiempo para mirar las estrellas. Sería bueno que un día de estos contemplemos un amanecer: los rayos del sol que acarician lo que tocan, el canto de los pájaros que saludan el nuevo día, la multitud de pequeños animales que hacen sentir que en la tierra estalla la vida por doquier. Pongamos atención a este ritual que generalmente nos pasa inadvertido y observemos lo que sucede en nuestro ánimo.

Las cosas sencillas de la vida nos hacen sentir vivos. Si cada día pudiéramos detenernos en esas pequeñas cosas que nos rodean, tal vez nuestro día se llenaría de armonía y paz interior. La contemplación de las cosas pequeñas y humildes nos lleva a descubrirnos a nosotros mismos desde lo sencillo. Si nos detenemos unos minutos en nuestro propio ser, descubrimos la grandeza de la vida que nos envuelve, nos acoge, nos invita a vivirla y sentirla. Entonces nos percatamos de la fuerza escondida en nuestro interior y nos sentimos grandes en nuestra pequeñez, seguros en nuestra debilidad. Entonces nos amamos con nuestras virtudes y defectos, nuestra grandeza y fragilidad.

No esperemos el día en que extrañaremos las cosas simples que no supimos y no quisimos valorar.

3. El valor de lo sencillo

Quizá hemos asociado humildad y sencillez con mediocridad y apocamiento. Pensamos que una persona simple es una persona tonta. Jack Trout, escribe: "A lo largo de los años, ser llamado 'simple' nunca ha sido un halago. Y ser llamado 'simplista' o 'simplón' de plano ha sido ofensivo, ya que significa ser estúpido, bobo o débil mental. No es de extrañar que las personas teman ser simples"[8]. Estamos ante una apreciación equivocada de la simplicidad.

Parece ser que en nuestra cultura científico-técnica no hay lugar para la sencillez. Pero no es así. El filósofo franciscano Guillermo de Ockam (1280/88-1349), uno de los fundadores del método científico, formuló el principio de economía de pensamiento o "navaja de Ockam". Aplicando la sencillez franciscana, establece que "los entes no deben multiplicarse sin necesidad"[9]. Traducido al campo científico, el principio quedaría así: hay que evitar una explicación compleja cuando es suficiente una explicación más simple, dicho de otro modo, es soberbia hacer con más lo que se puede hacer con menos.

La idea de asociar la sencillez con la verdad no era nada nuevo en el siglo XIV. Se encuentra ya en la Física de Aristóteles. El principio formulado por Ockam muestra que ¡nos acercamos más a la realidad objetiva en la medida en que nos hacemos sencillos!

La "navaja de Ockam" sigue siendo un elemento central del llamado método científico y la herramienta responsable de los espectaculares logros de la ciencia actual. A pesar de que se puede hacer un uso indebido de ella, ha demostrado a lo largo de la historia su poder metodológico. Resulta útil para la ciencia en el análisis de las observaciones y en la presentación de los resultados.

Albert Einstein, una de las mentes más brillantes y creativas de los últimos tiempos, decía: "Posesiones, éxito exterior, publicidad, lujos; para mí, todo eso siempre fue desdeñable. Creo que una vida sencilla y sin pretensiones es lo mejor para todos, mejor para el cuerpo y la mente"[10]. De hecho, su famosa fórmula matemática de la relatividad -considerada la fórmula del siglo XX- que nos introdujo en la era atómica, es de una simplicidad asombrosa: E=MC².Los genios prefieren la simplicidad.

Cuando perdemos la sencillez, la "ingenuidad", no solamente nos alejamos de la realidad objetiva, sino también perdemos el secreto de la alegría profunda. Eloi Leclerc analiza al hombre típico de nuestra civilización científica y técnica: "Toda su ciencia y todas sus técnicas le dejan inquieto y solo. Solo ante la muerte. Solo ante sus infidelidades y las de los otros, en medio del gran rebaño humano. Solo en sus encuentros con sus demonios, que no le han desertado. En algunas horas de lucidez el hombre comprende que nada, absolutamente nada, podrá darle una alegría y profunda confianza en la vida, a menos que recurra a una fuente que sea al mismo tiempo una vuelta al espíritu de infancia. La palabra del Evangelio no ha aparecido jamás tan cargada de verdad humana: 'Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos´"[11]. He aquí otra verdad: la sencillez está asociada al espíritu de infancia.

La sabiduría de la naturaleza nos muestra que los seres más humildes y despreciados son más valiosos de lo que imaginamos. Pensemos en las lombrices de tierra. ¿Quién puede interesarse por ellas? Los niños que todavía están abiertos a la novedad de la vida, los científicos que las estudian y los pescadores que las usan de carnada.

Aparentemente, estos pequeños animalitos son los seres más atrasados e inferiores del reino animal. No tienen ojos, ni patas, ni manos, ni huesos, ni cerebro. Pero son una bendición para los jardines y los prados. Con su incesante comer y digerir tierra, van cavando túneles subterráneos por donde circula el aire y penetra el calor del sol que fecunda la tierra.

Mientras excavan para hacer sus túneles, ingieren partículas de suelo y digieren los restos orgánicos transformándolo en abono. En épocas húmedas, arrastran hojas al interior de la tierra para alimentarse. Al hacer todo esto, remueven, airean y enriquecen el suelo, contribuyendo a que se mantenga fértil. Así, van transformando los suelos de pobres en ricos.

Miremos a nuestro alrededor. Existen muchos seres humanos que son despreciados: los pobres, los iletrados, los discapacitados, los "vulgares"... No tienen fuerza económica ni política. Pensemos en las empleadas domésticas, en los indígenas, en los campesinos y pescadores pobres, en los obreros...

Esas personas tan humildes tienen un gran valor. Aunque a muchos les parezca que no sirven, son como las "lombrices" de la sociedad que la enriquecen y transforman. Desde el punto de vista espiritual, son moradas de Dios, templos del Espíritu. Su dignidad es grande.

La sencillez no solamente nos acerca más a la realidad objetiva, también nos acerca más a Dios. Albert Einstein estaba de acuerdo con un principio teológico. Decía: "Dios es simple. Todo lo demás es complejo. No busques valores absolutos en el mundo relativo de la naturaleza". Dios es simple. La pequeñez es la puerta de entrada a la grandeza del Absoluto. En último término, aquí radica el atractivo y la grandeza de lo sencillo, lo humilde, lo escondido. Dios nos espera en lo sencillo de la vida.

Albert Camus, en su obra Los justos, pone en boca de uno de los personajes, Yanek Kaliayew, la leyenda de San Dimitri: "Tenía una cita con Dios en la soledad; pero de camino se detuvo en ayudar a un campesino; cuando llegó al lugar de la cita, Dios ya no estaba allí". Yanek comenta: "Hoy son muchos los que llegarían tarde a la cita con Dios, porque hay muchas miserias en el mundo".

La primera vez que escuche está leyenda sufrí un shock. Pensé que Dios era impaciente, exigente, insensible, injusto. Ahora entiendo que la cita con Dios se realiza en el encuentro con el hombre sencillo. Dios no esperaba a Dimitri -por ahora- en la soledad, sino en el campesino necesitado. Ahí nos sigue esperando.

Conclusión

Urge regresar a un estilo de vida sencillo. Lo pide la ecología humana y la ecología ambiental. Nuestro estilo de vida sofisticado amenaza con extinguirnos como especie. En un mundo donde hemos perdido sensibilidad para lo sencillo, Mahatma Gandhi nos recuerda: "Necesitamos vivir simplemente para que otros puedan simplemente vivir".


[1] Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo, en Letras Libres, febrero 2009, pp.14-22.

[2] Teresa de Lisieux, Historia de un alma, cap. VII.

[3] Elaine St. James, Simplifica tu vida. Pistas para moderar la marcha y disfrutar de las cosas importantes, Integral, Barcelona 1997, 18.

[4] Jack Trout, El poder de la simplicidad en los negocios, Mc Graw Hill, México 1999. Otro libro que tiene un temática semejante es: Carlos Llano, Humildad y liderazgo. ¿Necesita el empresario ser humilde?, Ruz) México 2004.

[5] En el Prólogo del libro de J. Trout, escrito por Carlos Llano Cifuentes, XIII.

[6] Mt 11, 25.

[7] Mt 6, 18.

[8] J. Trout, o.c., 5.

[9] Tito Ureta, En el filo de la navaja de Occam, Editorial Universitaria, Santiago - Chile 2004.

[10] J. Trout, o.c., 180.

[11] Eloi Leclerc, Sabiduría de un pobre, Marova, Madrid 1992, p. 20. 

La propuesta ecológica de Francisco de Asís

"Degustaba la bondad originaria de Dios en cada una de las criaturas, y su afectuosa bondad lo lanzaba a estrechar en dulce abrazo a todos los seres. Es que la ternura de su corazón lo había hecho sentirse hermano de todas las criaturas" (LM 9,1.4).

La conciencia ecológica de nuestro tiempo ha nacido y se ha desarrollado frente a una creación peligrosamente violentada y dañada por el ser humano[1]. Por eso, cuando hablamos de ecología corremos el riesgo de caer en el alarmismo o ser tachados de alarmistas. Para conservar el equilibrio me limito a reportar, dada la brevedad del tiempo de la exposición, algunas palabras del papa Juan Pablo II. En su mensaje El compromiso para evitar la catástrofe ecológica el papa llama a una "conversión ecológica" delante de una posible "catástrofe ecológica"[2]. Dice el papa: "Sobre todo en nuestro tiempo, el hombre ha devastado sin vacilación llanuras y valles boscosos, ha contaminado las aguas, ha deformado el hábitat de la tierra, ha hecho irrespirable el aire, ha alterado los sistemas hidro-geológicos y atmosféricos, ha desertizado espacios verdes, ha realizado formas de industrialización salvaje, humillando -con una imagen de Dante Alighieri (Paraíso, XXII, 151)- el 'jardín' que es la tierra, nuestra morada". La situación ecológica es, pues, grave. Si no reaccionamos y cambiamos el estilo de vida que está destruyendo los ecosistemas, nos encaminamos a un desastre ecológico.

En otro de sus documentos, Juan Pablo II invitaba a "formar una conciencia ecológica"[3] y en varias ocasiones propuso la vida y el mensaje de san Francisco de Asís como inspiración para formar esa conciencia ecológica. En 1979 lo había nombrado Patrono de los ecologistas. Juan Pablo II no ha sido el único de los grandes pensadores que ha propuesto el estilo de vida franciscano para afrontar la crisis ecológica. Tanto dentro del catolicismo como fuera de él, la figura del Santo de Asís sigue fascinando. Su vida y mensaje siguen teniendo una actualidad palpitante. ¿Cuál es la aportación de san Francisco a la ecología? La propuesta franciscana no es de tipo intelectual, sino práctico. Es también de una gran simplicidad[4].

Para estar en sintonía con el tema del congreso[5], diremos que la crisis ecológica es una crisis del hombre y de la sociedad. El desequilibrio ecológico ha sido producido por el comportamiento errático de la persona humana. Por eso, la respuesta no está en la ecología misma, sino en el hombre: "El desequilibrio ecológico no es una realidad originaria, es decir, el problema de la ecología no está en la ecología, y la solución no está en la creación de una legislación más restrictiva, en la invención de instrumentos limitadores de la contaminación, etc. Está en una dimensión más profunda; es resultado y consecuencia de un modo de ser del hombre moderno y de un sentido que éste ha dado a su relación con la naturaleza"[6]. La solución a la crisis ecológica se dará en la medida en que el ser humano cambie su relación con la naturaleza. Y para cambiar su relación con la naturaleza, tiene que cambiar él mismo desde dentro (su ecología interior). Una tierra enferma revela a un ser humano enfermo. Desde la perspectiva franciscana, ¿hacía dónde apunta la conversión ecológica?

1. La creación como lugar teológico

Se puede hablar de ecología y de respeto de la creación a partir del hombre y a partir de Dios. La primera tiene en el centro al hombre. En este caso, la preocupación se centra no tanto en las cosas por sí mismas, sino en función del hombre: si se arruina la creación, nosotros nos arruinamos con ella. Es un ecologismo que se puede resumir en el lema: «Salvemos la naturaleza y la naturaleza nos salvará a nosotros». Este ecologismo es bueno, pero insuficiente. Necesita un fundamento más sólido. Y es aquí donde aparece la visión franciscana. El ecologismo franciscano tiene su centro en Dios. Nos enseña que debemos respetar la creación no por intereses egoístas -para no dañarnos a nosotros mismos- sino porque la creación es un lugar teológico. Francisco de Asís, arrebatado por el esplendor de la creación, prorrumpe en un canto de alabanza: "... Alabado seas, mi Señor, con todas tus creaturas, especialmente el señor hermano Sol, por quien nos das el día y nos alumbras, y es bello y radiante con grande esplendor: de Ti, Altísimo, lleva significación ..." (Cántico de las Creaturas). Las creaturas significan a Dios, son signos de su gracia.

Si se me piden señalar dónde está el corazón de la propuesta franciscana diré que está aquí: en la experiencia de Dios. Francisco experimentó la unión mística con todas las cosas[7]. Nos invita a recuperar la creación desde la experiencia de Dios. Y desde la experiencia de Dios como Padre la creación se percibe y se recibe con otro ánimo.

2 La creación como Hermana

El libro del Génesis nos cuenta que Caín renunció a ser hermano y atacó a Abel. Así como Caín se levantó contra su hermano y lo mató, así también los seres humanos nos hemos levantado contra la creación, la hemos manipulado y violentado por diversos motivos. Primero fue por miedo y por defensa propia. Ahora se hace por codicia, por afán desmedido de lucro. En contraste con esta actitud de miedo o codicia está la actitud de Francisco de Asís. Su visión de la creación está expresada, en gran parte, en su Cántico de las Creaturas. En este Cántico las creaturas no son objeto de codicia o de temor, sino hermanas y hermanos. En él ha desaparecido el miedo y la codicia, dando lugar a una "total reconciliación paradisíaca del hombre con su universo"[8]. En Francisco se ha hecho realidad la utopía del Paraíso, en donde "serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos" (Is 11,6).

3. La solidaria en la creación y con la creación

Cuando se acogen las creaturas como hermanas y hermanos se experimenta la solidaridad universal. Francisco ha experimentado la armonía y la solidaridad del cosmos. El Cántico revela a un hombre en comunión filial con todas las creaturas. En él la unidad del cosmos no es sólo poesía, deseo o teoría, sino realidad, experiencia vivida y degustada en Cristo.

Las ciencias modernas han confirmado la comunión que existe en el cosmos. La ecología no funciona con esquemas individualistas y excluyentes: toma en cuenta el conjunto de las relaciones que los seres humanos establecen entre ellos mismos y con su medio vital [9]. Este hecho pone en evidencia la necesidad de una nueva solidaridad, en todos los órdenes (social, económico, espiritual...), frente a la crisis ecológica. Como lo dijo Juan Pablo II: "La crisis ecológica pone en evidencia la urgente necesidad moral de una nueva solidaridad, especialmente en las relaciones entre los países en vías de desarrollo y los países altamente industrializados. Pero esto no se dará, a menos que los responsables de los países se convenzan de la absoluta necesidad de esta nueva solidaridad que la crisis ecológica requiere y que es esencial para la paz. Este equilibrio ecológico no se lograra si no se afrontan directamente los problemas de pobreza existente en el mundo"[10].

¿Cómo ha recuperado Francisco la visión paradisíaca de la creación? Pongamos atención a tres actitudes típicas del Santo de Asís.

1. La Minoridad. La relación del hombre moderno y posmoderno con las cosas, con la creación e incluso con los hombres, es de dominio y de posesión. Quiere estar sobre las personas y las cosas, manipularlas como simples objetos. Francisco quiere dejarse guiar por el evangelio de Jesús: El que quiera ser el mayor que se haga el menor. (Mt 20, 25-28). Por eso el hermano Francisco no está sobre las creaturas con una actitud de señorío y dominio, sino convive junto a ellas en pobreza y minoridad. Lleva la minoridad no solamente a su relación con toda humana creaturas, sino también a la relación con las creaturas no humanas. Es sorprendente lo que dice en el Saludos a las Virtudes. "La santa obediencia... hace que... se esté sometido y sujeto a todos los hombres que hay en el mundo, y no sólo a los hombres, sino a todas las bestias y fieras, de modo que puedan hacer de él lo que quieran, cuanto Dios les permitiere desde lo alto (cf. Jn 19,11)" (SalVir 14-18). Por eso, no quería apagar el fuego que ardía en su propia túnica, prohibía a sus hermanos cortar los árboles de raíz con la esperanza de que pudieran brotar de nuevo (2Cel 165), mandaba a los jardineros que dejaran siempre un rincón en el jardín para que creciera libremente todo tipo de hierbas, incluso las hierbas malas (2Cel 165).

2. Su sentido estético. El respeto de Francisco por la creación nace también de su fino sentido estético unido siempre a lo ético. Francisco es un poeta, sensible a la belleza. En la poesía de Francisco la creación luce esplendorosa. Una cosa bella se respeta y se cuida.Cuando los ojos no son capaces de percibir la belleza de la creación el resultado es la depredación. Y se ha dicho que el ser humano es el depredador número uno.

3. Su ascesis. Es notable la ascesis a la cual se sometió Francisco. Sus penitencias físicas fueron tan severas que al final tuvo que pedir perdón al hermano cuerpo. ¿Qué tiene que ver la ascesis con la ecología? Como humanidad -particularmente las clases sociales más favorecidas- nos hemos metido en un tren de vida que ha deteriorado el medio ambiente y está agotando los recursos de la madre tierra. Debemos darnos cuenta que es necesario disminuir este tren de vida[11]. No se trata de imitar la ascesis de Francisco, de volver al cilicio y pasar hambre, pero sí de valorar más la austeridad, la templanza, la autodisciplina y el espíritu de sacrificio, la mortificación. Hablar de esto puede resultar anacrónico, pero es urgente recuperar estos valores si queremos respetar la madre tierra y revertir el daño que puede ser irreversible.

Conclusión

El Cántico termina con una doxología: "Alaben y bendigan a mi Señor y denle gracias y sírvanle con gran humildad". Después de alabar al Señor por las creaturas, Francisco las invita a alabar al Señor. El Santo de Asís nos invita a la alabanza. Si nuestra alabanza brota del estupor ante la belleza de la creación, entramos en el proceso de salvación y quien entra en este proceso contribuye a salvar la creación.

                                                             Fr Benjamín Monroy ofm

[1] Son muy actuales las palabras de san Pablo: "La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto" (Rm 8,20-22).

[2], Juan Pablo II. Audiencia General (17 de enero de 2001).

[3] Mensaje de S.S. Juan Pablo II para la Jornada Mundial por la Paz "PAZ CON DIOS CREADOR, PAZ CON TODA LA CREACIÓN" La paz social debe construirse conjuntamente con la paz ambiental (1 de enero de 1990).

[4] Frente a ciertas posturas de nuestro tiempo dominadas por la política partidista -los partidos ecologistas están más interesados por el poder y el dinero que por la defensa del medio ambiente-, por las ideologías, por corrientes emotivas que contraponen una naturaleza buena y un ser humano malo que todo lo arruina, se alza la visión de Francisco caracterizada por la simplicidad de los planteamientos y por el testimonio de vida.

[5] El tema del congreso es "Humanismo para hoy".

[6] L. Boff, La espiritualidad franciscana frente al desafío ecológico, en Selecciones de Franciscanismo 27 (1980) p. 316.

[7] "Por la cual él se siente en una unión mística con las cosas, conviviendo con la naturaleza en un gran hogar, como hermanos y hermanas. En este horizonte, él podrá reencontrar el adecuado equilibrio ecológico y su propia identidad más profunda" (L. Boff, o.c., 316).

[8] L. Boff, San Francisco de Asís. Ternura y Vigor, Sal Terrae, Santander 1983, p. 66.

[9] No es que la ecología halla inventado estos sistemas. Los ha descubierto en las leyes de la naturaleza. El estudio de los ecosistemas pone al descubierto que los elementos de la naturaleza están profundamente entrelazados, se influyen mutuamente. Un científico usaba esta comparación: haces cosquillas a un átomo y el universo entero se ríe.

[10] SS Juan Pablo II; 8 Dic. 1989. "PAZ CON DIOS CREADOR, PAZ CON TODA LA CREACIÓN". La paz social debe construirse conjuntamente con la paz ambiental.

[11] M. Gandhi formulaba una solución con unas cuantas palabras: "Necesitamos vivir simplemente para que otros puedan simplemente vivir".

Francisco de Asís: el poder sanador y liberador de la bondad

Fr Benjamín Monroy ofm

Los medios de comunicación nos traen puntualmente, todos los días, las mil caras del mal. Vivir de cara al mal puede esclavizar y enfermar. Ciertamente que necesitamos diagnosticar la enfermedad. Sin embargo, constatar simplemente la existencia del mal y su fuerza destructora no libera. Al contrario, nos hunde más en él. Es un error de perspectiva. Lo primero no es el mal, sino el bien, la bondad. Lo último tampoco es el mal. Al final sólo queda la bondad que hemos dado y recibido. Ser consciente de esto es ya el principio de la liberación. Lo supo el Hermano León cuando, con la ayuda de san Francisco, dejó de centrarse en sus propios pecados y empezó a girar en torno a la bondad y la gracia de Dios.

En este mundo tan duramente golpeado por la maldad necesitamos encontrar caminos de liberación y sanación. Francisco de Asís nos muestra uno de ellos: liberar la bondad que hay en nosotros.

Francisco creyó, disfrutó y transmitió la Bondad de Dios.

Cuando el joven rico se acerca a Jesús para preguntarle: "Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?", Jesús le responde: "¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno" (Mt 19,16-17). Solo Dios es bueno. Esta convicción de Jesús está presente también cuando habla de la oración de petición: "Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos..." (Mt 7, 11; cf. Lc 11,13). Jesús es realista: la bondad no es cosa humana, es cosa de Dios. La bondad que sana y libera es la Bondad de Dios. Si hablamos del poder liberador y sanador de la bondad empecemos en su Fuente.

San Francisco entendió y vivió hondamente esta verdad. Pide que nadie sea llamado bueno fuera de Dios. Pero más allá de esta petición, la Bondad divina explica muchas actitudes de Francisco, por ejemplo su extrema pobreza y sus severas penitencias, que tanto trabajo cuesta entender a la sociedad del bienestar. En efecto, su pobreza y su penitencia le permitieron abrirse, con la mayor amplitud posible, a la abundancia de los bienes de Aquel a quien experimentó como el Sumo Bien. Francisco ha querido vaciarse de todo -incluso de sí mismo- para que la Bondad divina lo penetrara y lo desbordara.

La Bondad de Dios es una de las claves fundamentales para interpretar la vida de Francisco[1]: su pobreza de bienes materiales y su riqueza de virtudes, sus terribles mortificaciones y su impresionante alegría, su pequeñez y su grandeza, su deseo de ocupar los últimos lugares y la trascendencia que ha tenido en la historia; su simpatía, su manera amorosa de ser, su ternura, su fortaleza espiritual, su simplicidad... su bondad. Francisco estaba habitado por la Bondad divina y la comunicaba.

Y no es que Francisco haya pasado por este mundo en una nube color de rosa. Ha experimentado duramente en su propia carne y a su alrededor la fuerza del mal. Sabía que en su interior había no solamente "ángeles", sino también "demonios"; no solamente el poder de la bondad, sino también la fuerza del mal. Desde aquí se entienden sus duras penitencias. Asimismo había conocido y sufrido las mil caras del mal presente en la sociedad -por ejemplo, la burla de los demás cuando inicia con radicalidad el seguimiento de Cristo, el rechazo de sus propios hermanos, el odio que dividía a la sociedad. Por eso, tuvo que entablar una dura batalla contra "las tinieblas de su corazón" (OrSD) y contra las tinieblas exteriores. Su devoción a san Miguel Arcángel revela esta dura batalla: "San Miguel Arcángel, defiéndenos en el combate" (ExhAD 17).

Pero Francisco está lejos de percibir el mundo simplemente como el lugar donde se lucha contra el mal. El mundo es para él, sobre todo, el espejo donde brilla la belleza y la bondad divina. Y esto es lo determinante. Porque supo descubrir y acoger un mundo impregnado de la bondad divina pudo obtener la victoria sobre el mal.

Reconocer que solamente Dios es Bueno y que "ustedes siendo malos saben dar cosas buenas" no significa que el hombre sea malo por naturaleza. El libro del Génesis habló de la bondad innata del ser humano. "Y vio Dios que era bueno" (Gn 1,31). El hombre y la mujer, en cuanto obra maestra del Creador, son buenos. Cuando Jesús dice que solamente Dios es bueno quiere decir, básicamente, dos cosas. En primer lugar, que la Bondad de Dios es "totalmente diversa de cualquier otra bondad"[2]. En segundo lugar, que toda bondad viene de Dios. En la bondad humana se refleja la Bondad divina.

La estrategia liberadora de Francisco.

Todos los historiadores están de acuerdo en que San Francisco contribuyó a transformar la sociedad de su tiempo, a las personas y sus estructuras. En el proceso de liberación emprendido por Francisco juega un rol importante no sólo la bondad que había en él, sino también la bondad que había en los demás. Su secreto ha sido tocar y despertar la bondad del otro. Los que descubrieron su propia bondad al contacto con la bondad de Francisco, se transformaron. Existen muchos relatos que hablan de esta capacidad liberadora de Francisco por medio de la bondad. Pongamos atención en dos de ellos.

Una vez, Francisco predicó en la plaza pública de Bolonia donde la nobleza estaba enfrentada por odios y rivalidades ancestrales. Sus palabras y su porte estaban tan llenos de bondad y de paz que logró reconciliar a aquellos hombres enfrentados a muerte. Un estudiante de teología, testigo ocular, relata: "El sermón no tenía nada de oratorio... El predicador vestía pobremente, su semblante era tosco y carente de toda belleza. Y, sin embargo, logró reconciliar con sus palabras a los nobles de Bolonia, enfrentados a muerte durante siglos"[3]. Francisco cree en la bondad de las personas y hace que se manifieste. En toda persona, por muy mala que parezca, existe un fondo de bondad.

Si hacemos un análisis de la estrategia liberadora de Francisco descubriremos la centralidad de la bondad para destrabar los conflictos sociales. En lugar de recurrir a la acusación y a la condena, da "prioridad a la bondad, a la cordialidad, a la paciencia y a la confianza en la sana energía que habita dentro de cada cual y que puede ser activada mediante la solicitud y la comprensión"[4].

Fue el método que empleó con los ladrones del Borgo San Sepolcro[5]. Estos criminales, impulsados por el hambre, acuden a los frailes en busca de comida. Los hermanos les ayudan, pero les entra el remordimiento: ¿no estaremos fomentando el crimen al ayudar a estos ladrones? Consultan a Francisco. El Santo de Asís les propone un sencillo plan en tres pasos para transformar aquellos criminales: 1º Buscar a los ladrones en el bosque y llevarles pan y vino de la mejor calidad. 2º Hablarles de Dios, pero sin pedirles que abandonen su vida de ladrones. La única petición que les harán es que al robar no lastimen ni hagan mal a nadie. Si piden todo a la vez, no harán caso. Poco a poco se les irá ablandando el corazón. 3º. Al día siguiente vuelven a buscarlos y les llevan comida, esta vez añadirán queso y huevo a la comida. Después de comer, los hacen reflexionar: ¿qué beneficio sacan de estar alejados de la sociedad, hambrientos y haciendo el mal? Si se acercan a Dios, el les dará lo necesario para el cuerpo y salvará sus almas.

El plan dio resultados. Los ladrones se convirtieron y algunos se hicieron frailes. En esta leyenda queda de manifiesto una vez más que "el procedimiento de Francisco no consiste en exacerbar las contradicciones ni en moverse en el terreno de las sombras de la existencia, donde se esconden los odios, las venganzas y el espíritu de dominación. Francisco otorga un voto a la confianza a la capacidad liberadora de la bondad, la ternura, la paciencia y la compresión"[6].

¿Por qué la bondad franciscana tiene ese poder liberador? La respuesta es simple: porque manifiesta la bondad divina. El poder librador y sanador de la bondad es el poder de Dios.

Si Francisco encarna en sus actos la bondad divina, digamos algunas palabras sobre ella.

La bondad de Dios.

La Sagrada Escritura revela que Dios es esencialmente bueno. Nunca es malo. Por eso, Jesús dice que el Padre del cielo "es bueno con los ingratos y los perversos (Lc 6,35) y "hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos" (Mt 5,45).

La bondad liberadora y sanadora de Dios se conoce y se manifiesta en sus obras. Israel no podía ver el rosto de Yahvé; pero en sus obras lo "veía", lo "sentía", lo "tocaba"[7]. El libro del Éxodo cuenta que Moisés buscaba conocer a Dios, contemplar su gloria. Pero Dios le dijo: "Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahveh [...] Pero mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo" (Ex 33,19-20).

Hay que estar atentos al "paso" de la bondad divina. Quien percibe la bondad puede contemplar la gloria de Dios. Pero lo cierto es que podemos pasar la vida distraídos, sin poner atención al "paso" de la bondad divina. Francisco la advierte, la goza y la canta: "Altísimo, omnipotente, buen Señor, tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición... Alabado seas, mi Señor, con todas tus creaturas" (Cántico de las creaturas).

Los salmos contemplan y cantan la bondad liberadora de Yavé. Detengámonos en uno de ellos. El salmo 144 (145) luego de afirmar la bondad de Dios ("Bueno es el Señor para con todos"), señala las acciones a través de las cuales se manifiesta esa bondad. Primeramente, escuchando el grito de auxilio del que le invoca[8] y sosteniéndolo con su poder ("El Señor sostiene a los que caen y endereza a los que ya se doblan"). Pero la bondad del Señor se manifiesta no sólo en las situaciones de emergencia, sino en la normalidad de la vida. El salmo dice: "Abres tu mano y colmas de favores a todos los vivientes". El creyente experimenta la generosidad abundante del Señor y su inquebrantable fidelidad todos los días[9].

¿Cómo tener acceso a esta bondad exuberante de Dios? El salmista recomienda lo siguiente: mantener los ojos fijos en Él y esperar pacientemente (v. 15), invocarlo y no de cualquier manera, sino con verdad (v. 18) y temerle (v. 19) y amarle (v. 20).

La bondad de Dios se revela nítidamente en Jesús de Nazaret. Su vida puede resumir en una frase: "Pasó haciendo el bien y liberando a todos los oprimidos por el mal" (Hch 10,38). Jesús es el Buen Pastor (Jn 10,11) que proclamó buenas noticias e hizo muchas buenas obras. Sembró la buena semilla, sirvió el mejor vino e hizo muchas promesas buenas. Él es el Buen Samaritano que sale al encuentro del que está herido en su cuerpo y en su alma para salvarlo[10]. En Jesús, el Padre misericordioso espera pacientemente a que el hijo perdido regrese para mostrarle su amor y hacerle una esplendida fiesta. En un acto de pura bondad, entregó su vida y murió en una cruz.

El poder y la fuerza salvadora de Jesús se encarnó en gestos de bondad muy sencillos: bendecir el pan, imponer las manos y tocar a los enfermos, liberar a los oprimidos por espíritus inmundos, enseñar a los humildes el misterio del reino de Dios con parábolas. A través de todas sus obras -desde la encarnación hasta la ascensión- Cristo manifiesta la bondad de Dios.

La bondad de Dios no es para elaborar bellas teorías, sino para gustarla, disfrutarla y darla a los demás. El salmo 34 invita: "Prueben y vean que el Señor es bueno" (Sal 34,8).

Bondad y salud mental.

En la medida en que me han escuchado quizá les han nacido algunas dudas sobre la veracidad práctica de la fuerza transformadora de la bondad. ¿Realmente funciona? ¿La estrategia de san Francisco no es un idealismo ingenuo?

El valor de la estrategia libradora y sanadora de san Francisco ha sido confirmado en nuestro tiempo por filósofos, psicólogos, médicos y creyentes de religiones no cristianos. Ellos también han comprobado el poder terapéutico que tiene la bondad, para uno mismo y para los demás. Las acciones bondadosas repercuten en la salud mental de las personas y de la sociedad. Me limito a dar algunos ejemplos.

Entre otros, el psicoterapeuta Piero Ferrucci ha comprobado, en su amplia experiencia clínica, el poder salvador y librador de la bondad. Escribe: "La bondad nos salva la vida"[11], "la bondad es un medio para liberarnos de los problemas y obstáculos que nos oprimen"[12]. Este psicoterapeuta la recomienda como una poderosa herramienta para "revolucionar nuestra psique y modificar nuestra vida de modo radical"[13]. Su conclusión es alentadora: "la bondad es sinónimo de salud mental"[14].

5. ¿Cuál es la bondad que trae salud mental y transforma a las personas?

El oncólogo sueco Stefan Einhorn escribe -en su libro El arte de la bondad-que en algunas culturas el concepto de bueno "se relaciona a menudo con un comportamiento que se experimenta como infantil o inmaduro. También parece como si la gente buena tuviese que ser al mismo tiempo un poco 'tonta'"[15]. Una señora me contó que su padre le decía: "Recuerda, hija, que buena y bruta se escriben con "b" grande". Algo así como si "buena" fuera sinónimo de "bruta". Sin embargo, este médico está convencido que hacer el bien es rentable. Es la clave para la felicidad y el éxito, este último entendido como "sensación de vivir de una forma que nos aporte sentido a la vida"[16].

El filósofo Félix García Moriyón, -en su obra Sobre la bondad humana- hace notarque algunos piensan que la bondad no merece la pena y que las malas personas son las que terminan disfrutando de la vida[17]. Pero él apuesta por el punto de vista contrario: ser bueno merece la pena y es algo que la gente aprecia e intenta ser, aun sabiendo que no es fácil conseguirlo, pero es el mejor camino para ser feliz.

Samuel Pérez Millos, biblista, pide no confundir la bondad de Dios con permisividad o con debilidad[18]. La debilidad es una forma engañosa de bondad. Decir sí cuando queremos decir no, acatar la decisión de otro porque queremos caerle bien, doblegarnos porque tenemos miedo no es bondad, sino debilidad. Una persona demasiado "buena" y sumisa es, a la postre, una perdedora.

Piero Ferrucci enumera algunos sucedáneos de la bondad: bondad interesada, generosidad calculada, cortesía superficial, bondad de mala gana.

Frente a las formas engañosas de bondad es importante preguntarnos ¿Cuál es la bondad auténtica?

La bondad auténtica puede ser entendida como "inclinación natural a hacer el bien"[19].

San Francisco la concibe como una interacción de virtudes. Así la concibe también Piero Ferrucci, como "la interacción de varias cualidades"[20]. Describe la bondad a partir de 18 cualidades, entre las cuales están la honestidad, la confianza, la paciencia, el perdón, la humildad, la gratitud. Y, como pensaba Francisco de Asís -por cierto, italiano como Ferrucci- "El que tiene una y no ofende a las otras, las tiene todas" (SalVir). Por supuesto que si se cultivan todas, el resultado es más eficaz.

Pero si vamos más a fondo, podemos definir la bondad como una forma de ser. Cuando contemplamos la bondad como una forma de ser y nos situamos en nuestro ser más profundo comprobamos que, aunque hacia el exterior tiene muchas facetas, "su esencia es muy simple" [21]. Es como el rayo del sol que al atravesar el prisma se desdobla en un conjunto de bellos colores. Desde su esencia, la bondad es una actitud que, al eliminar lo superfluo, nos permite gozar simplemente de ser"[22]. Nos permite ahorrar la energía que desperdiciamos con sospechas, preocupaciones, resentimientos o una actitud innecesariamente a la defensiva.

Ahora bien, nuestro ser más profundo está generalmente oscurecido y bloqueado por una intricada maraña de miedos, ambiciones, experiencias negativas; sed de prestigio y poder, de posesiones, de logros. Los autores espirituales llaman a esto "el ego", es decir, el yo superficial, la imagen social que hemos ido construyendo a lo largo de los años y que si bien tiene su razón de ser, cuando nos identificamos con ella perdemos lo mejor de nosotros mismos[23]. Para practicar la bondad auténtica necesitamos situarnos en nuestro ser más profundo y dejar que fluya la bondad que existe en él.

Desafortunadamente, la cultura en que nos movemos nos estimula a vivir en la superficie, a identificarnos con ese ego que causa tantas divisiones entre las personas y provoca tanto mal. El gran problema de nuestra sociedad es la superficialidad, la des-interiorización. Vivimos fuera, desterrados de nuestra identidad más profunda y al arbitrio de nuestros desórdenes internos. "Si nos falla el misterio interior sólo nos queda lo superficial y esta es la gran tragedia de la vida"[24].

San Francisco exhorta: "No miren la vida de fuera, porque la del espíritu es mejor" (ExhCl). El Santo de Asís invita a volver a "casa", a ir a ese fondo donde está la bondad, liberarla y dejar que fluya libremente.

Si bien ya somos bondadosos, practicando la bondad es como nos hacemos bondadosos y conocemos al Dios bondadoso. No es suficiente con ser. El ser lleva al quehacer y el quehacer configura el ser. La práctica de la bondad no solamente muestra la bondad que hay en nosotros, sino también no hace conocer al Dios bueno y misericordioso

Conclusión.

Un grupo de psicólogos ha constado que la bondad se aprende y que frente a la violencia no hay que oponer más violencia, sino bondad. Si la bondad se aprende, hay que poner atención especialmente a los niños y a los jóvenes. Formar en la bondad y para la bondad es un reto enorme para educadores y padres de familia en este mundo altamente competitivo y violento en que vivimos. Se impone encontrar claves, pautas, estrategias para producir la bondad, organizarla y hacerla operativa.

San Pablo nos urge: "Que la bondad de ustedes sea conocida por todos" (Fil 4,5) y el salmo 34 aconseja: "Apártate del mal y haz el bien" (Sal. 34,14). San Francisco de Asís nos muestra que este consejo sigue siendo tan bueno como cuando lo escribió el rey David hace alrededor de 3,000 años.


[1] Cf. Alfonso Pompei, Dio, en Dizionario Francescano, (Edizioni Messaggero Padova), Padova 1983, 387.

[2] Alfonso Pompei, 387

[3] N. G. Van Doornik, Francisco de Asís. Profeta de nuestro tiempo, (CEFEPAL), Santiago de Chile, 1978, 155.

[4] Leonardo Boff, o.c., 143

[5] El relato se encuentra en las Florecillas, 26, Leyenda Perusina, 90; Espejo de Perfección, 66.

[6] Leonardo Boff, o.c., 145.

[7] Cf. Salvador Vergues - José María Dalmau, Dios revelado por Cristo (BAC) Madrid 1976, 79.

[8] "El cumple el deseo de los que le temen, escucha su clamor y los libera" (v 19)

[9] Versículo 13.

[10] La expresión viene en el Prefacio Común VIII del Misal Romano en español (México).

[11] Piero Ferrucci, El poder de la bondad, (Urano), Barcelona 2005, 13

[12] Piero Ferrucci, o.c., 253

[13] Piero Ferrucci, o.c., 17.

[14] Piero Ferrucci, o.c., 17.

[15] Stefan Einhorn, El arte de la bondad, (Random House Mondadori). México 2007, 17.

[16] Stefan Einhorn, o.c., 160.

[17] Félix García Moriyón, Sobre la bondad humana, (Editorial Biblioteca Nueva), Madrid 2008.

[18] Samuel Pérez Millos, La Biblia y su mensaje. Romanos, (Clie), Barcelona 1998, p. 27

[19] Guillermo Lancaster, La bondad: dimensión social del amor, en Espíritu y vida, 21 (2009) 83.

[20] Piero Ferrucci, 16.

[21] Piero Ferrucci, 17.

[22] Piero Ferrucci, 17.

[23] Cf. José Fernández Moratiel 17-20; Nicolás Caballero, : Tollet

[24] José Fernández Moratiel, o.c., 127.

          Francisco de Asís. Una                propuesta de paz

Francisco vivió en un mundo peligroso, donde la guerra y la violencia eran el pan de cada día [1]. Él mismo participó, antes de su conversión, en varias guerras y fue prisionero de guerra. En aquel tiempo los caminos eran peligrosos. Se cruzaban las montañas en caravanas. La gente andaba armada. En este contexto Francisco y sus hermanos tomaron una decisión descabellada. "En el capítulo de 1217 se tomó una resolución verdaderamente original para aquel tiempo: los hermanos recorrerían el mundo desarmados y sin otro avío que el pan mendigado" [2]. Parecía un idealismo torpe e ingenuo. Sin embargo, funcionó: "Uno se llena de admiración al ver el éxito de una empresa que, técnicamente, es un disparate" [3].

En una sociedad en donde se había hecho profesión de violencia era muy arriesgado hablar de paz. Sin embargo, Francisco entró en aquel hervidero de pasiones, rivalidades y odios con una sorprendente simplicidad para vivir y anunciar la paz. ¿Cuál fue el plan de paz diseñado por Francisco? En realidad, no diseñó ningún programa. No tenía la capacidad analítica para hacerlo. Imaginemos que san Francisco es invitado hoy a una conferencia mundial sobre la paz ¿qué hubiera dicho? ¿qué hubiera propuesto? "En una Conferencia para la paz, en nuestros días, Francisco no podría tomar la palabra, suponiendo que la pidiera. No era hombre de ideas, en el sentido en que no tenía la estructura mental como para elaborar un proyecto de paz" [4]. Y sin embargo este hombre contribuyó y ha contribuido a la paz de manera admirable. Digamos algunas palabras sobre la paz franciscana.

En sus biografías vienen muchos relatos en donde se narra la manera como Francisco contribuyó a la paz en varias ciudades dividas por odios y enemistades ancestrales. Un testigo cuenta lo que vio un día en la plaza de Bolonia. "Yo estudiaba en aquella ciudad, cuando tuve la ocasión de escuchar un sermón de Francisco en la Piazza del Palazzeto. Estaban presentes casi todos los habitantes de la ciudad... El sermón no tenía nada de oratorio. Sólo era un llamado a desarmar los espíritus y restaurar la paz. El predicador vestía pobremente, su semblante era tosco y carente de toda belleza. Y, sin embargo, logró reconciliar con sus palabras a los nobles de Bolonia, enfrentados a muerte durante siglos. El entusiasmo de los oyentes fue tan arrollador que hombres y mujeres se abalanzaron sobre él, le desgarraron los vestidos y se llevaron los trozos como reliquias" [5].

Lo sucedido en Bolonia y en otros lugares sólo se explica por una fuerza trascendente que emanaba de aquel hombre sin atractivos físicos. Digámoslo en clave cristiana: los oyentes se vieron envueltos, de pronto, en la paz de Cristo resucitado. La simplicidad de Francisco trasparentaba la paz y la belleza del Resucitado. "Sus palabras tienen que haber abierto a su auditorio a un mundo de amor tan irresistible que el odio era desenmascarado como algo imposible de justificar. El oyente se veía frente a alguien que había descubierto la paz en lo profundo del ser mismo de Dios, y que testimoniaba esa experiencia con emocionante simplicidad. Alguien tan ajeno a todo espíritu de apropiación que podía ser aceptado por todas las facciones" [6] .

El idealismo "torpe e ingenuo" (la simplicidad) de Francisco funcionó por una simple razón: la paz de Francisco venía de lo alto, le había sido revelada:

El Señor me revelo que dijésemos este saludo: "El Señor te de la paz" (Test. 23).

Ese era el secreto de Francisco: llevar la paz de Dios en el corazón. Daba lo que tenía. Lo que convencía no era el discurso, sino la experiencia de la paz descubierta en "lo profundo del ser mismo de Dios".

Para Francisco la paz no es, primeramente. una conquista, sino un don. Francisco la recibe, la lleva y la irradia. La paz franciscana se realiza cuando se despliega el don recibido. En la Admonición 15 comenta la bienaventuranza "felices los pacíficos":

Son verdaderamente pacíficos aquellos que, en medio de todas las cosas que padecen en este siglo, conservan por el amor de nuestro Señor Jesucristo, la paz de alma y cuerpo. (Adm 15).

Uno llega ser pacífico cuando se da cuenta de que es portador de la paz. Lo que hay que desarrollar es la habilidad para conservarla en cualquier circunstancia e irradiarla. Francisco tenía esa habilidad de dejarse condicionar por el don que llevaba y permanecer libre frente a las circunstancias externas.

Ser pacífico implica una cierta mentalidad que conduce a un estilo de vida. Podemos confrontar la mentalidad de Francisco con la mentalidad de los Cruzados. Cuando Francisco vio partir a una multitud de cristianos hacia Jerusalén para la guerra santa, él también partió pero no para participar en la guerra santa sino para un proyecto totalmente diferente: anunciar la paz. Los cruzados llegaron a Tierra Santa para matar o a ser asesinados; Francisco llega para predicar el evangelio de la paz. A los Hermanos que van entre los infieles les dice:

No promuevan disputas y controversias, sino que se sometan a toda humana criatura por Dios (1Pe 2,13) y confiesen que son cristianos (1R 16,7)

Una vez más, estamos ante la paradoja franciscana. Francisco "no busca argumentos, sino fraternidad: no discute, sino que ama. Tal vez pueda parece ingenuo, pero acaba desarmando" [7]. Un método ingenuo pero efectivo.

Conclusión.

Como pudimos comprobar a lo largo de esta charla, Francisco es portador de un paradigma radicalmente diferente al que nuestra cultura nos ha endilgado. Decimos que es una "utopía", para no decir que es una "locura" [8]. Aunque parezca una locura, vale la pena intentar entender el paradigma franciscano y ponerlo en práctica. Estoy seguro que funciona y, por cierto, funciona muy bien. Cierto que, desafortunadamente, es un privilegio de algunos cuantos "locos". Pero ¿qué les parece si ensayamos un poco esta locura franciscana y descubrimos sus bondades? Vale la pena aceptar este desafío. La utopía franciscana sigue orientando y despertando deseos, haciendo volar a los que se dejan seducir por ella.


[1] R. Rusconi, o.c., 62.

[2] N.G. van Doornik, Francisco de Asís. Profeta de nuestro tiempo, (cefepal), Santiago de Chile 1978, 153

[3] N.G. van Doornik, o.c., 154.

[4] N.G. van Doornik, o.c., 154

[5] Citado por N.G. van Doornik, o.c., 155.

[6] N.G. van Doornik, o.c., 150

[7] N.G. van Doornik, o.c., 155.

[8] San Francisco la llama "locura". "Y me dijo el Señor que quería que fuera yo un nuevo loco en este mundo; y no quiso conducirnos por otro camino que el de esta ciencia" (EP 68). Cf. AA.VV, Francesco, un "pazzo" da slegare, (Cittadella Editrice), Assisi 1983.

El acompañamiento espiritual franciscano


El artículo se centra en lo peculiar de la tradición franciscana. Deberá ser leído como parte de un conjunto: la visión sistemática de la dirección espiritual, la perspectiva del Magisterio de la Iglesia, las diferentes espiritualidades de la Iglesia. Como se trata del acompañamiento espiritual al estilo franciscano, hay muy pocas citas del Magisterio. Creo que este sería un tema aparte: la dirección espiritual en el Magisterio de la Iglesia.

1. Acompañamiento o amistad espiritual

Lo primero que hay que hacer notar es que, en la tradición franciscana, no se habla de "dirección espiritual", sino de acompañamiento o amistad espiritual. La línea jesuita popularizó la expresión "dirección espiritual". El franciscano sabe que va como un hermano buscando la ayuda espiritual de otro hermano. El acompañamiento espiritual es un encuentro fraterno o un encuentro entre dos amigos espirituales.

2. El Espíritu Santo es el director espiritual

El principio fontal y primordial es el siguiente: El director es el Espíritu Santo. "Por encima de todas las cosas deben desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación" (2R 10). De este principio fontal brotan diversas características del acompañamiento espiritual al estilo franciscano. Si el director espiritual es el Espíritu, el acompañamiento espiritual está orientado a discernir lo que el Espíritu quiere. La finalidad del acompañamiento espiritual consiste, fundamentalmente, en buscar la voluntad de Dios para cada persona

3. Una tarea: aprender a escuchar al Espíritu

El discernimiento espiritual lo tiene que hacer, en primer lugar, cada persona. El Espíritu "revela" su voluntad de manera directa e inmediata a Francisco. En sus Escritos, expresa varias veces esta certeza: "Nadie me ensañaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio" (Testamento 14). "El Señor me reveló que dijésemos el saludo: El Señor te dé la paz" (Testamento 23). Por eso, no quiere saber cómo es la forma de vida de san Benito, san Bernardo o san Agustín: "Hermanos míos, hermanos míos: Dios me ha llamado por el camino de sencillez y de humildad y me ha manifestado que éste es el verdadero camino para mí y para cuantos quieren creer en mi palabra e imitarme. Por eso, no quiero que me mencionéis regla alguna, ni de San Benito, ni de San Agustín, ni de San Bernardo, ni otro camino o forma de vida fuera de aquella que el Señor misericordiosamente me mostró y me dio" (Espejo de Perfección 68).

Por eso, un místico franciscano, Alonso de Madrid, dice: "Tú mismo has de ser discípulo y maestro, con la ayuda del Divino Maestro" (El arte de servir a Dios). El acompañamiento espiritual debe conducir a la madurez, de tal manera que, sin dejar de ser discípulos, el creyente se convierta en maestro con la ayuda del Divino Maestro. San Juan de la Cruz descubre lo que sucede cuando se ha llegado a la cima del Monte Carmelo: "Ya por aquí no hay camino porque para el justo no hay ley; él para sí se es ley (cf. 1 Tim. 1, 9 y Rom. 2, 14)".

Para san Francisco y la tradición franciscana la tarea primordial es aprender a escuchar al Espíritu que "habla" a través de diversas maneras: mociones interiores, la escucha atenta de la Sagrada Escritura, las voces de la creación, los acontecimientos históricos, los Hermanos, la jerarquía de la Iglesia... Francisco es capaz de conocer la voluntad de Dios, incluso, a través de los sueños y de un juego de niños. En efecto, cuentan las Florecillas, lo que sucedió cuando el Pobre de Asís se encontró ante una encrucijada: puso al Hermano Maseo a dar vueltas sobre sí mismo, como hacen los niños cuando juegan, y, en un momento determinado, le pidió que se detuviera. Le preguntó: "¿Hacia qué parte tienes vuelta la cara? Hacia Siena -respondió el hermano Maseo. Ese es el camino que Dios quiere que sigamos -dijo San Francisco" (Florecillas XI). En otra ocasión, cuando san Francisco se dirigía a la guerra, Cristo le habló en sueños y le descubrió la superficialidad de esta empresa: "¿Quién puede favorecer más, el siervo o el señor?" "El señor", respondió Francisco. Y el otro: "¿Por qué buscas entonces al siervo en lugar del señor?" (2Cel 6). Y Francisco cambia de ruta.

4. La importancia de consultar a los demás: la fraternidad

Pero en la tarea de conocer cuál es la voluntad de Dios, no todo se reduce a la relación personal del creyente con su Dios. También es necesita recurrir a los demás. Cuando Francisco no es capaz de escuchar de manera directa e inmediata lo que Dios quiere de él, pide ayuda a sus Hermanos y Hermanas. En una ocasión, en la que tenía que tomar una decisión particularmente trascendental para su vida, consultó a Santa Clara y al hermano Silvestre. Necesitaba saber si Dios quería que se dedicara totalmente a la contemplación o que predicara a la gente (Florecillas XVI). La respuesta de Clara y del Hermano Silvestre fue que el Señor lo quería no solamente dedicado al silencio gozoso de la contemplación, sino también que estuviera entre la gente, haciendo el bien. Y san Francisco obedeció.

Dentro del acompañamiento de la fraternidad, los presbíteros y obispos desempeñan un rol importante. Francisco pidió al sacerdote, luego de una misa, que le explicara lo que escuchó en la lectura del evangelio y cumplió con gozo lo que había descubierto en la explicación del sacerdote (1Cel 22). Se pone bajo la tutela del obispo de Asís (1Cel 32). Cuando se ve rodeado de compañeros, va a Roma para que el Papa apruebe su Forma de Vida (1Cel 32).

En el acompañamiento espiritual al estilo franciscano no es solamente una persona, sino la fraternidad quien ayuda a discernir lo que el Espíritu Santo quiere. Si el director espiritual es el Espíritu Santo, una sola persona no agota la posibilidad de discernir lo que el Espíritu quiere. La fraternidad tiene un papel muy importante en el acompañamiento espiritual. Por eso, san Francisco dice en la Regla: "Y si (un hermano) cayera en un pecado venial, confiéselo a un hermano suyo sacerdote. Y si no hubiera allí sacerdote, confiéselo a un hermano suyo, hasta que tenga un sacerdote que lo absuelva canónicamente, como se ha dicho" (Carta a un Ministro 18-19).

El concilio Vaticano II redescubrió la dimensión comunitaria de la "dirección" espiritual: "Dios quiere santificar y salvar a los hombres no individualmente y sin alguna relación entre ellos, sino quiere hacer de ellos un pueblo que lo reconoce en la verdad y fielmente lo sirve" (LG 9). Así como crecemos en una comunidad familiar, así también crecemos espiritualmente en una comunidad eclesial.

5. Tolerancia y paciencia inagotables

Me da alegría escuchar que algunos sacerdotes se quejan de que los franciscanos son muy tolerantes y misericordiosos en la confesión y el acompañamiento espiritual. Me duele escuchar ciertos comentarios de los fieles que han tenido la desgracia de encontrarse con algún confesor o acompañante espiritual que se dice franciscano simplemente porque porta el hábito: "ya no quiso darme asesoría espiritual porque dice que no cambio", "es duro y regañón para confesar", "no me quiso dar la absolución", "da absoluciones condicionadas", "me dijo que si seguía cometiendo el mismo pecado ya no me iba a perdonar".

La acogida del pecador es incondicional. Basta recordar y meditar largamente las palabras de Francisco a un ministro.

Y no pretendas de ellos otra cosa, sino cuanto el Señor te dé. Y ámalos precisamente en esto, y tú no exijas que sean cristianos mejores. Y que te valga esto más que vivir en un eremitorio.

Y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo suyo y tuyo, si procedes así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiere pecado, se aleje jamás de ti después de haber contemplado tus ojos sin haber obtenido tu misericordia, si es que la busca. Y, si no busca misericordia, pregúntale tú si la quiere. Y, si mil veces volviere a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor; y compadécete siempre de los tales (CtaMin).

Este es otro de los textos fundamentales sobre los cuales se articula el acompañamiento espiritual franciscano. Lo comento brevemente.

Las palabras de san Francisco están impregnadas de Evangelio. Si alguna actitud de Jesús de Nazaret es incontestablemente histórica es su compasión y ternura hacia los pecadores, especialmente los pecadores arrepentidos. Tal actitud está presente en sus parábolas (el hijo pródigo, la oveja perdida...), en sus palabras ("No he venido a buscar a los sanos sino a los enfermos" ...), en sus actitudes (hacia Zaqueo, la adúltera...). Cuando somos duros en el confesonario o en el acompañamiento espiritual olvidamos que actuamos en la Persona de Aquel que nos dijo cómo es Dios a través de la parábola del Hijo pródigo y nos ha dicho que debemos perdonar hasta setenta veces siete.

Las palabras de Francisco contienen una gran verdad: no somos nosotros quienes cambiamos a las personas. Es la gracia y la respuesta a la gracia quien puede transformar a los hombres y mujeres. Lo que nosotros podemos hacer es acompañarlos con un corazón misericordioso como el corazón de Cristo.

6. Los tiempos

Si nos preguntamos: ¿cuándo hay que ir con el acompañante espiritual? ¿Cada mes? ¿Cada semana? La respuesta de san Francisco es: cada que tú lo necesites. No establece tempos fijos y fatales, se fija en la persona, en la necesidad de la persona. Un texto que resume lo que es el acompañamiento espiritual según Francisco de Asís es su Carta al Hermano León. Los especialistas la consideran la "carta magna" del acompañamiento espiritual franciscano[1]:

Hermano León, tu hermano Francisco te desea salud y paz. Así te digo, hijo mío, como una madre, que todo lo que hemos hablado en el camino, brevemente lo resumo y aconsejo en estas palabras, y si después tú necesitas venir a mí por consejo, pues así te aconsejo: Cualquiera que sea el modo que mejor te parezca de agradar al Señor Dios y seguir sus huellas y pobreza, hazlo con la bendición del Señor Dios y con mi obediencia. Y si te es necesario en cuanto a tu alma, para mayor consuelo tuyo, y quieres, León, venir a mí, ven.

En la breve carta al Hermano León Francisco vuelve a mostrar su evangelismo. Para Jesús de Nazaret el centro no es la ley, sino la persona. Por eso, defiende a sus discípulos que, impulsado por el hambre, empezaron a desgranar espigas en sus manos el sábado, una actividad prohibida por la ley (Mc 2,23). Como Francisco ha hecho del Evangelio su forma de vida "no insiste en preceptos disciplinares, sino que llama al sentido de responsabilidad personal, la comprensión recíproca, el optimismo y la alegría"[2].

Además de sugerir los tiempos para el acompañamiento espiritual, en esta carta Francisco manifiesta una gran confianza en la persona, en su capacidad de discernir lo que agrada al Señor: "Cualquiera que sea el modo que mejor te parezca de agradar al Señor Dios y seguir sus huellas y pobreza, hazlo con la bendición del Señor Dios y con mi obediencia". Es notable la madurez, el respeto y la libertad con la cual acompaña espiritualmente al Hermano León. Estas son cualidades que deben estar presentes en todo acompañamiento espiritual franciscano.

7. El testimonio de vida

Recojo -lo que parece ser- la última característica esencial del acompañamiento franciscano: el testimonio de vida. No porque lo ponga al final es el menos importante. Al contrario, lo he dejado para el final porque es lo que le da autenticidad a las anteriores. No abundo en él, porque no es para analizarlo y decirlo, sino para vivirlo. Es en la vida donde se le da profundidad y no en la reflexión intelectual. El acompañamiento espiritual de la fraternidad se da, preferencialmente, con el testimonio de vida. De esta manera, aquel que es acompañado se ve en los otros como en un espejo y así descubre lo que es recto y, por lo tanto, cuál es la voluntad de Dios para él.

Conclusión

Como he dicho al inicio, éstas son solamente algunas notas esenciales del acompañamiento espiritual al estilo franciscano. Preguntas como éstas: ¿cómo saber que se desarrolla un acompañamiento espiritual y no una simple charla?, ¿qué compromisos concretos engendra la dirección?, ¿hay unos principios mínimos o reglas para llevarla a cabo?, ¿cómo escoger al director, qué características o cualidades debe reunir para considerarlo como tal? deberán ser contestadas dentro un curso sistemático sobre dirección espiritual.


[1] E. Fortunato, Discernere con Francesco d´Assisi. Le scelte spirituali e vocazionali,Ed. Messaggero. Padova 1997, p. 197.

[2] E. Fortunato, Il pensare formativo francescano, Ed. Messaggero, Padova 1999, p. 262.


[1] E. Fortunato, Discernere con Francesco d´Assisi. Le scelte spirituali e vocazionali,Ed. Messaggero. Padova 1997, p. 197.

[2] E. Fortunato, Il pensare formativo francescano, Ed. Messaggero, Padova 1999, p. 262.

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