HOMILÍAS 

08.10.2026

XXVII Jueves Tiempo Ordinario

Orar cuando Dios calla

La oración, como la vida, pasa por diversos momentos: luces y sombras, alegrías y tristezas, fe y dudas. En el evangelio de hoy, Jesús nos explica qué hacer cuando la oración de petición se topa con el silencio de Dios.

Podemos sentirnos tentados a orar sólo hasta que la oración produzca los efectos que deseamos. Pedimos, esperamos y, si no pasa nada, nos detenemos. Pero entonces surge una pregunta: ¿estábamos buscando a Dios o simplemente lo que queríamos obtener de Él? La perseverancia purifica la oración porque nos exige permanecer ante Dios cuando no podemos controlar el resultado. Y esta constancia poco a poco nos transforma a nosotros mismos.

Si Dios es un extraño, su silencio parecerá indiferencia y la espera parecerá un rechazo. Pero si Dios es Padre, entonces podemos seguir confiando incluso cuando no entendemos lo que está sucediendo. Un padre no ama a un hijo simplemente dándole todo lo que quiere. Lo ama buscando su bien. La oración de petición madura cuando seguimos pidiendo no porque estemos seguros de conseguir lo que queremos, sino porque estamos seguros de Quién está al otro lado de la puerta.

La respuesta más lúcida y profunda al silencio de Dios la encontramos en Jesús crucificado. Dios Padre permanece en silencio. No interviene y, después de una larga agonía, Jesús muere en la cruz. Pero después de tres días el Padre habló, y su Palabra cambió e invirtió todo de manera radical. Jesús fue escuchado y resucitado, y el Gólgota, que era el lugar del triunfo del mal y de la muerte, se convirtió en el triunfo de Dios sobre el mal y la muerte. Verdaderamente, Dios es un Padre, nos escucha y nos ama; pero no siempre somos capaces de entender cómo y cuándo llega su respuesta. Es un hecho que la oración alimenta la fe, pero en algunos casos es motivo de escándalo.

Debemos rendirnos ante el misterio de la vida y de la muerte, porque ni la religión, ni la ciencia, ni la filosofía pueden dar una respuesta adecuada. Lo único que podemos hacer es confiar en Dios y permanecer unidos a Él en el Espíritu. La oración nunca nos dará todo lo que necesitamos, pero nos mantiene unidos al Padre, un Padre que ama a sus hijos.

La agonía de Jesús en la cruz enseña también que la oración es una lucha en la que o somos despojados o nos despojamos de todo para poder sumergirnos sin estorbos, totalmente, en la relación y la unión con Dios. Jesús dice que el Espíritu Santo jamás nos faltará, que siempre estará con nosotros. Y es precisamente el Espíritu el que nos une a Dios.

Con mi oración

Fr Benjamín Monroy ofm

Lucas 11, 5-13

Jesús dijo a sus discípulos: "Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo que viene a medianoche a decirle: 'Préstame, por favor, tres panes, pues un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle'. Pero él le responde desde dentro: 'No me molestes. No puedo levantarme a dártelos, porque la puerta ya está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados'. Si el otro sigue tocando, yo les aseguro que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su molesta insistencia, sí se levantará y le dará cuanto necesite.

Así también les digo a ustedes: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca, encuentra y al que toca, se le abre.

¿Habrá entre ustedes algún padre que, cuando su hijo le pida pan, le dé una piedra? ¿O cuando le pida pescado, le dé una víbora? ¿O cuando le pida huevo, le dé un alacrán? Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos ¿cuánto más el Padre celestial les dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?"

Nuestra Señora del Rosario

El arte de orar

Pongamos atención al contexto en el que los discípulos le piden a Cristo que les enseñe a orar. Dice san Lucas: "Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó…"

Los discípulos ven que el rostro de Jesús está transfigurado. Transpira dulzura, bondad, paz, alegría. Es entonces cuando le piden que les enseñe a orar. Es como decirle: "Maestro, dinos cómo entrar en esa esfera de intimidad donde tú entras". Y Jesús les enseña el Padre Nuestro. Más que palabras, les entrega la experiencia inefable que ha tenido con su Padre en el silencio del monte.

Existen muchos libros de oración y muchos maestros que enseñan a orar. Pero el Maestro por excelencia es Cristo. En el Padre Nuestro, Jesús enseña que la oración tiene como punto de partida y de referencia al Padre del cielo. Desde el principio hasta el fin, la oración nos centra en el Padre. Orar es aprender a dirigir nuestro corazón a un Padre que no es distante, que está cerca, que nos ama.

Orar no es tratar de convencer a Dios de nuestros proyectos, sino hacerle un espacio a los suyos, que llenan misteriosamente nuestra vida cotidiana y que, tal vez, nos asustan porque no los entendemos hasta el fondo, o nos conducen por caminos que nunca hubiéramos imaginado.

La oración no es algo paralelo a la vida: nos ayuda a unir la tierra con el cielo. Oramos desde la vida cotidiana, y no en abstracto ni en sentido general: la oración toca nuestra vida. Rezamos porque sentimos que necesitamos ser perdonados y tenemos la necesidad de aprender a perdonar a los demás. Rezamos porque no podemos enfrentar el mal solos.

Orar no significa simplemente decirle cosas a Dios. Significa aprender a estar con Él y mirar la vida con Él. La oración surge cuando estamos con Alguien a quien amamos, sin esperar algo a cambio. Simplemente queremos estar con Él, escucharlo, mirarlo, compartir tiempo con Él.

El relato del evangelio es muy apropiado para la memoria litúrgica de este día, Nuestra Señora del Rosario. El rosario es una escuela de oración. A través de la repetición de las palabras, va educando progresivamente el corazón y lo dispone a la contemplación. En efecto, uno de los frutos más bellos del rezo del rosario es la sencillez de corazón. La repetición pausada del Ave María ayuda a aquietar la mente y el corazón, disminuir la ansiedad y relajar el cuerpo. Esto favorece el encuentro con Dios, la oración profunda, la oración contemplativa.

Pidámosle a María que nos enseñe a callar para escuchar, a mirar la vida con los ojos de Dios y a decir, desde lo profundo del corazón, lo mismo que los discípulos: "Señor, enséñanos a orar".

Con mi oración

Fr Benjamín Monroy ofm

Lucas 11, 1-4

Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos".

Entonces Jesús les dijo: "Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación".

XXVII Martes Tiempo Ordinario

Cuando Cristo vuelve al centro

Dos hermanas se encuentran con Jesús. Marta aparece inmediatamente en escena y toma la iniciativa: le abre la puerta de su casa al Señor y crea las condiciones para el encuentro, para ella y su familia.

Unas líneas después, Jesús le hace una amorosa corrección: "Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan". ¿Qué pasó? Marta sirve hasta el punto de que su servicio se convierte en preocupación, y la preocupación en frustración, en resentimiento, en queja hacia su hermana: "Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer?".

El problema de Marta no es servir. Marta está haciendo algo bueno. El problema es que incluso algo bueno puede volverse un estorbo cuando perdemos nuestro centro. El síntoma es la ansiedad: empezamos a hacer las cosas con nerviosismo, nos sentimos indispensables, juzgamos a los demás, pensamos que nadie hace lo suficiente y, al final, hasta las cosas buenas nos hacen infelices.

María elige la sencillez, el vértigo del tiempo libre para dar espacio a la voz del Señor, para practicar el arte de escuchar. En el mundo hay muchos ancianos a los que no les falta nada material; pero se mueren de soledad porque no hay nadie que quiera escucharlos. Escuchar a Dios y a los hermanos es una faceta esencial en nuestra vida.

Tal vez nos parezca que escuchar a Dios, orar, es perder el tiempo. Pensamos que debemos estar ocupados en las cosas realmente importantes. María nos recuerda que el mayor servicio que podemos ofrecer a Dios es, ante todo, escucharlo. La oración sirve precisamente para volver a poner a Cristo en el centro y desde ahí todo lo demás encuentre su lugar. La conversión de Marta, y quizás también la nuestra, no consiste en dejar de hacer, sino en dejar de vivir centrados en lo que hacemos. Cuando Cristo vuelve al centro, no necesariamente hacemos menos cosas: simplemente dejamos de ser esclavos de las cosas que hacemos.

María nos invita a sentarnos a los pies de Cristo en oración y meditación, para dar tiempo y espacio a nuestra alma, a nuestra interioridad. Estar a los pies de Cristo para aprender el valor del silencio, la reflexión, la espiritualidad. Y sólo Dios sabe cuánto falta esta actitud en nosotros y en nuestras comunidades cristianas superficiales y distraídas.

Concluyendo. Marta y María son las dos caras de la misma moneda; se necesitan mutuamente y se complementan. Aprendamos de ellas, y con ellas vayamos tras los pasos de Jesús teniendo nuestra casa siempre abierta para él.

Con mi oración

Fr Benjamín Monroy ofm

Lucas 10, 38-42

Entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: "Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude". El Señor le respondió: "Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará".

XXVII Lunes Tiempo Ordinario

La revolución de la compasión

El doctor de la ley que se acerca a Jesús es un hombre culto, letrado. Es un experto en la ley. Pero no sabe vivir lo que sabe. Su fe está encerrada en su hermosa teoría, en sus reflexiones. En el fondo, no sabe amar porque amar implica esfuerzo, libertad, don, renuncia, acciones concretas.

Algo semejante sucede con el sacerdote y el levita que, probablemente, se preguntaron qué era lo correcto hacer según la ley y terminaron por alejarse del hombre al que los ladrones habían robado, herido y dejado medio muerto. En cambio, al samaritano —un hombre fuera de la Ley— no le interesa saber quién es el herido, qué sucedió, sino cómo puede ayudar. Elige considerar a un extraño como prójimo. Se deja llevar por la compasión. La compasión tiene una fuerza revolucionaria porque conmociona los corazones de quienes la poseen.

El samaritano no anda buscando a quién ayudar. Es la vida la que continuamente nos pone en el camino a quien socorrer. El samaritano ve a un hombre herido, no a un enemigo, ni a una persona de otro equipo. Simplemente una persona necesitada de compasión. Com-pasión: sufrir juntos. Sabe que podría haber sido él, el hombre asaltado.

Llama la atención el silencio del hombre herido. En toda la historia no dice una sola palabra, ni siquiera pide ayuda, no da las gracias, no hace nada. Representa a todos aquellos —quizás nosotros alguna vez— que están tan probados que no tienen ya oraciones, ni deseos explícitos, ni fuerza alguna.

Pero el herido también podemos ser nosotros y podemos darle voz. De alguna manera, cada uno de nosotros es ese hombre en cuya desgracia reconocemos nuestras propias caídas, heridas, fracasos y decepciones. Sólo poniéndonos en la piel del desventurado podemos reconocer que nuestra vida, aunque marcada por muchas pruebas, es también objeto de cuidado y atención de personas en cuyos rostros podemos vislumbrar el amor de Dios. El camino hacia la felicidad pasa por aquellas heridas que nos dejamos curar por la misericordia divina y la caridad de los demás. Nuestras heridas se vuelven también heridas de Dios. Son como letras del alfabeto con las que está escrita en nuestros corazones la Ley del Amor.

Cuando nos damos cuenta de que hemos sido amados de esta manera, ya no somos los mismos. Reflejamos el amor recibido, actuamos como lo hace Dios, amamos con compasión y gratuidad a los que se cruzan en la vida, incluso si son los descartados, si no son "de los nuestros".

Con mi oración

Fr Benjamín Monroy ofm

Lucas 10, 25-37

Se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: "Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?". Jesús le dijo: "¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?". El doctor de la ley contestó: "Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo". Jesús le dijo: "Has contestado bien; si haces eso, vivirás". El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: "¿Y quién es mi prójimo?". Jesús le dijo: "Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por él mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: 'Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso'.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?". El doctor de la ley le respondió: "El que tuvo compasión de él". Entonces Jesús le dijo: "Anda y haz tú lo mismo".

XXVII Domingo Tiempo Ordinario

El viñador que no se apropió de la viña

Jesús de Nazaret amaba las viñas. Las conocía muy bien. Lo más probable es que haya trabajado en ellas. Las menciona seis veces en los Evangelios, en parábolas claras y directas. Dijo de sí mismo: "Yo soy la vid, mi Padre es el viñador, ustedes son los sarmientos". Pero en el Evangelio de hoy hay una viña de la cual se cosecha sangre y traición. Una parábola dura, oscura, desgarradora que desearíamos no haber escuchado. En ella, Jesús cuenta cómo la realidad que lo rodea se ha vuelto perversa.

La parábola contiene una pregunta provocadora, pero crucial: ¿Dios tiene derecho a llamar a nuestra puerta y pedirnos cuentas de nuestra vida? El dueño de la viña proporcionó todo lo necesario para que el suelo fuera fértil y, bien cultivado, diera frutos. De la misma manera, nuestra existencia no es fruto del azar: está llena de dones, oportunidades, afectos y perdón que hemos recibido gratuitamente.

Cristo pregunta: ¿Qué hará el dueño de la viña con los viñadores asesinos? La respuesta de los líderes religiosos es trágica. Venganza y muerte, fuego del cielo. Quizás también nosotros prefiramos un dios vengador que castiga a los malos, que es duro con los demás y misericordioso con nosotros. Sin embargo, es reconfortante ver la actitud de este Dios que, después de cada traición, envía criados y luego a su propio hijo. Y cuando el hijo sea asesinado y sepultado fuera de la viña, fuera de Jerusalén, como una piedra desechada, Dios lo resucitará. Al final, el Hijo es el verdadero vencedor desarmado.

Cristo no quiere perder a nadie. En él, Dios introduce una novedad: la historia de amor y traición florecerá en una nueva viña. Nuestras dudas, pecados y traiciones no pueden detener su plan, que avanza a pesar de nosotros. El viñedo dará frutos, porque Dios no desperdicia su tiempo —o, mejor, su eternidad— en venganzas. Y la viña terminará con una cosecha de justicia y fiesta, sin producir más racimos negros de sangre y amargos de lágrimas.

El Evangelio nos invita a cuestionarnos el significado de nuestra vida, de los dones que hemos recibido. Nos invita a redescubrir la belleza y la responsabilidad de nuestra vocación. No estamos hechos para vivir sólo para nosotros mismos, sino para ser un terreno fecundo capaz de devolver el bien recibido. A través de las relaciones cotidianas en la familia, en la comunidad y en la sociedad estamos llamados a actuar con generosidad y responsabilidad. Hemos sido creados y capacitados para amar y para dar fruto.

San Francisco de Asís, el santo que hoy recordamos, es el contraste con los viñadores asesinos. Él es el viñador que no se apropió de la viña. Invitaba a "restituir al Señor Dios todos los bienes". Vivió convencido de que todo lo que tenía era regalo de Dios. Su Cántico de las criaturas es una alabanza por los dones recibidos: el sol, el agua, el fuego, la tierra. En la plaza de Asís le devolvió a su padre hasta la ropa y le dijo que su único Padre era el del cielo.

No esperemos a perder la viña para descubrir lo preciosa que era. El viñedo todavía está en nuestras manos. Todavía hay tiempo. Es hora de empezar de nuevo. Es hora de sembrar buena semilla. Es hora de dar frutos. Al final de su vida, enfermo y casi ciego, Francisco dice a sus hermanos que apenas estaba comenzando y los exhorta: "Hermanos, comencemos, porque hasta ahora poco o nada hemos hecho". Es el desafío que nos lanza san Francisco de Asís.

Con mi oración

Fr Benjamín Monroy ofm

Mateo 21, 33-43

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: "Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego lo alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro y a otro más lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.

Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: 'A mi hijo lo respetarán'. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: 'Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia'. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.

Ahora, díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?" Ellos le respondieron: "Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo". Entonces Jesús les dijo: "¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable?

Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos".

Santos Ángeles Custodios

Compañeros de viaje

La memoria de los Ángeles Custodios nos ofrece la oportunidad de recordar la preciosa compañía de estos seres espirituales que Dios nos ha dado como apoyo en el éxodo que conduce de la vida terrena a la vida celestial. El fragmento del Libro del Éxodo que escuchamos en la primera lectura, dice: "Yo voy a enviar a un ángel que vaya delante de ti, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que te he preparado". En la experiencia de liberación y alianza del pueblo de Israel en el desierto, el Señor le concede esta misteriosa ayuda para no perder el camino y llegar felizmente a la meta. El ángel de Dios acompaña y guía el camino del pueblo a través del desierto hacia la libertad y la Tierra Prometida.

Al igual que el pueblo de Israel, nosotros estamos en un éxodo constante. El desierto es parte del trayecto y la promesa sigue vigente. El ángel del Señor nos acompaña, va delante de nosotros, nos guía y conduce en medio de las dificultades y la incertidumbre.

Sabemos que los ángeles custodios son espíritus puros, pero no sabemos con precisión cómo son. Ignoramos sus nombres y la forma en que ejercen su valioso oficio. Sin embargo, creemos que, gracias a su ayuda, podemos avanzar con seguridad hacia la Fiesta del Cielo.

Ahora bien, su custodia no funciona como un seguro de vida. La custodia es diferente del control, así como un padre es diferentes de un patrón. El ángel de la guarda no se coloca a nuestro lado para evitar todos los peligros, sino para que nos atrevamos a vivir a pesar de los peligros y los superemos. Cuando sentimos la espalda cubierta podemos caminar con más confianza.

Podemos pasar por momentos en los que nos sentimos abandonados, olvidados, no comprendidos. Podemos tener la impresión de que nadie sabe realmente lo que estamos viviendo. Aun así, la fiesta de los ángeles custodios nos dice que Dios siempre sabe quiénes somos y dónde estamos. Su Providencia encuentra caminos que —con frecuencia, no podemos reconocer— para acompañarnos, custodiarnos y sostenernos. El cielo nunca deja de cuidarnos.

El evangelio de hoy sugiere que la presencia del ángel se percibe sólo en la medida en que volvamos a ser "como niños", es decir, cuando abandonemos la soberbia, dejemos de sentirnos importantes, dejemos de creer que lo sabemos todo y recuperemos la sencillez, la capacidad de asombro y la total confianza en Dios.

Con mi oración

Fr Benjamín Monroy ofm

Mateo 18, 1-5. 10

En cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Quién es más grande en el Reino de los cielos?". Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: "Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo".

Santa Teresita del Niño Jesús

El triunfo de la fe desnuda

Hoy terminamos la lectura continua del libro de Job. Tras pasar por muchas pruebas, triunfa la fe. Job ya no busca razones, no porque sean incompatibles con la fe, sino porque la fe trasciende los argumentos.

Llega a un punto en el que deja de intentar explicar o justificarse para convencer a sus amigos de su inocencia. Se adentra solo en la noche. Deja que los demás conjeturen. Suelta toda seguridad y, humilde, deja que lo despojen sin volver a defenderse. La fe es una forma de conocer que lleva a la confianza. Job permanece firme en una certeza que supera toda lógica. Espera. No en sí mismo ni en los demás, sino sólo en Dios: "Yo sé bien que mi defensor está vivo y que al final se levantará a favor del humillado; de nuevo me revestiré de mi piel y con mi carne veré a mi Dios; yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo contemplarán. Esta es la firme esperanza que tengo".

Esa experiencia del triunfo de la fe frente al aparente abandono de Dios y de los hombres, la vivió santa Teresita de Lisieux, cuya memoria celebramos hoy. Escribió: "Canto simplemente lo que quiero creer". Escribió estas líneas durante la última etapa de su vida, cuando atravesaba por una profunda oscuridad espiritual, aridez interior y duras tentaciones contra la fe, que coincidieron con el inicio de su enfermedad. En medio de la "noche oscura" del alma y sin sentir nada, decide aferrarse con todas sus fuerzas a Dios, elegir creer por amor y compartir el sufrimiento de los pecadores y de los que dudan.

Por otro lado, el Evangelio de hoy narra cómo Jesús envía a los suyos a la misión. Santa Teresita es, precisamente, la patrona universal de las misiones. Aunque nunca salió de su monasterio, Teresa expresó en sus escritos que su deseo ardiente era ser misionera. Comprendió que la eficacia de la evangelización no dependía sólo de ir a predicar a tierras lejanas, sino del amor y la intercesión oculta. Ella quería ser el motor que impulsara espiritualmente a los predicadores y a los misioneros.

El Evangelio fue el fundamento de la espiritualidad de santa Teresita. En una época en la que no era común que los católicos (y menos las monjas de clausura) leyeran la Biblia directamente, ella buscó la palabra de Jesús sin intermediarios. Teresa confesó en sus escritos que los libros piadosos ya no le decían nada y le causaban aridez. Escribió: "Pero sobre todo es el Evangelio el que me sostiene en mis oraciones; en él encuentro todo lo necesario para mi pobrecita alma. En él descubro siempre luces nuevas, sentidos ocultos y misteriosos".

Santa Teresita mostró que vivir el Evangelio no requiere grandes hazañas, sino poner un amor extraordinario en las cosas más ordinarias de la vida, como la convivencia con los demás y el servicio a los débiles y enfermos. Vayamos hoy a nuestros hogares y trabajos a ser, como santa Teresita, misioneros del amor en lo cotidiano.

Con mi oración

Fr Benjamín Monroy ofm

Lucas 10, 1-12

Designó el Señor a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: "La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa, digan: 'Que la paz reine en esta casa'. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: 'Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios'.

Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: 'Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca'. Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad"

San Jerónimo

Caminar en las tinieblas

Tres hombres se encuentran con Jesús y quieren seguirlo. Dos de ellos ponen un "pero". A ellos, Jesús les dice que, si han decidido seguirlo, lo hagan ya, sin dilaciones. Al tercero le hace una advertencia: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza". Jesús le da a entender que va a encontrar dificultades, que seguirlo no es una forma de escapar del drama de la vida. En Cristo encontramos descanso en nuestros agobios; pero también nos pide caminar, arriesgarnos, confiar.

La dificultad que podemos hallar en el seguimiento de Cristo está plasmada en el fragmento del libro de Job que nos presenta la primera lectura. Es la respuesta que Job da a los amigos que intentan consolarlo. Para ellos, la situación lastimosa de Job es consecuencia de su pecado, algo que él cuestiona. No le condena su conciencia, pero tampoco termina de comprender lo que está ocurriendo. Sabe que carece de argumentos para entablar un pleito con Dios, que no puede reclamarle nada ni cuestionar su proceder.

Job reconoce la enorme desproporción entre el hombre y Dios. Su pregunta: "si Dios me llama a juicio, ¿cómo podría yo rebatir sus acciones?" nace de la presión de quien se siente inocente y, sin embargo, se sabe incapaz de enfrentarse con Aquel que gobierna el cosmos. Job contempla el poder del Creador: montañas, estrellas, mar, constelaciones, todo obedece a su palabra. Y, precisamente, esta grandeza hace aún más dolorosa su experiencia: Dios está cerca de él, le gustaría hablar con Él, pero teme que no escuche su voz.

Job no renuncia a Dios, pero todavía no puede entender cómo entrar en relación con Él en medio del sufrimiento inocente. La dura prueba por la que está pasando desmantela poco a poco la imagen de un Dios que simplemente garantiza la justicia retributiva —es decir, que aplica un castigo proporcional a un delito—y lo prepara para descubrir un Dios mayor que sus esquemas, que no se deja encerrar en categorías humanas.

Job enseña que la fe probada no es la que tiene todas las respuestas, sino la que, en las tinieblas, sigue buscando a Dios. Cuando no se comprende a Dios, queda al menos la posibilidad de buscarlo. En los momentos de la prueba, cuando todo se oscurece, Job sigue creyendo en la bondad del Señor e implora su compasión: "Aunque yo tuviera razón, no me quedaría otro remedio que implorar su misericordia". Es la sabiduría que se adquiere sólo pasando por el crisol de las dificultades. Job, en lo más profundo de su desolación, alcanza paradójicamente una cima de realismo en su relación con el Señor.

A quienes lo siguen, Cristo no les promete la ausencia de noches oscuras, sino su compañía, la de quien también experimentó no tener un lugar donde reclinar la cabeza.

Con mi oración

Fr Benjamín Monroy ofm

Lucas 9, 57-62

Mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, alguien le dijo: "Te seguiré a donde quiera que vayas". Jesús le respondió: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza".

A otro, Jesús le dijo: "Sígueme". Pero él le respondió: "Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre". Jesús le replicó: "Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios".

Otro le dijo: "Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia". Jesús le contestó: "El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios".

Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Mensajeros del Amor Divino

Hoy celebramos a los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Esta fiesta nos recuerda que lo visible es sólo una pequeña parte de la realidad y que no podemos engañarnos pensando que lo sabemos todo y que podemos interpretar todo a través del conocimiento científico y las herramientas tecnológicas.

Es interesante notar cómo los evangelios son sobrios cuando hablan del mundo de los ángeles. Somos nosotros los que lo llenamos de curiosidades y fantasías que poco tienen que ver con la fe cristiana. En estos tiempos, por ejemplo, se habla mucho de los ángeles como energías, fuerzas cósmicas o presencias que pueden utilizarse para obtener bienestar y protección. Pero esta visión no pertenece al cristianismo, los ángeles no son energías impersonales a nuestra disposición, sino criaturas espirituales al servicio de Dios y de su plan de salvación. No son ajenos a nuestras experiencias, al contrario, están profundamente involucrados en nuestras luchas diarias.

El evangelio de este día no pone a los ángeles en el centro, sino a Cristo: "Verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre". Jesús es el punto de encuentro entre el cielo y la tierra, Aquel a través del cual la gracia de Dios llega concretamente a nuestra vida.

De hecho, los nombres de los tres arcángeles ayudan a comprender algo de la acción de Dios. Gabriel está vinculado al anuncio de la Palabra de Dios. Rafael, en el libro de Tobias, acompaña y cura. Las Escrituras presentan a Miguel como aquel que lucha contra el mal. A través de los arcángeles experimentamos el cuidado de Dios: Dios nos habla y su Palabra da un sentido nuevo a nuestra vida; Dios toma en serio nuestra debilidad, nos sana; Dios nos defiende del mal, de aquello que no solo quiere nublar el sentido profundo de nuestra vida y hacernos daño, sino eliminar la convicción de ser amados.

Con precisión y discreción, los santos arcángeles acompañan nuestro camino en este mundo difícil. Son preciosos compañeros de viaje que nos ayudan a permanecer en diálogo con nuestro Dios. La gratitud hacia Miguel, Gabriel y Rafael se transforma en gratitud hacia Dios, porque de Él proviene cada palabra que ilumina, cada curación que concede, cada protección que salvaguarda. Los ángeles no ocupan el lugar de Cristo; más bien, nos ayudan a recordar que el cielo no está cerrado sobre nosotros. Y Jesús es precisamente este cielo abierto: el lugar a través del cual el amor de Dios sigue llegando hasta nosotros, hablándonos, curándonos y protegiéndonos.

Con mi oración

Fr Benjamín Monroy ofm

Juan 1, 47-51

Cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: «Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez». Natanael le preguntó: «¿De dónde me conoces?» Jesús le respondió: «Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera". Respondió Natanael: "Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel". Jesús le contestó: "Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver". Después añadió: "Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre".

XXVI Lunes Tiempo Ordinario

La grandeza está en la pequeñez

La actitud con la que Job se deja atravesar por el mal sin ser aplastado por él es de una belleza tan desgarradora que parece irreal. La primera lectura narra que, después de escuchar la noticia de que todas sus posesiones se han perdido y todos sus hijos han fallecido en circunstancias dramáticas, Job se sumerge en un dolor lleno de dignidad, sin decir nada más que estas palabras: "Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!". En los siguientes capítulos Job protesta, reclama y discute con Dios con mucha dureza.

Volver a esta postura pobre y esencial es un camino arduo, en el que el paso más difícil de atravesar no es la mirada de los demás, sino la oscuridad de nuestro corazón. Es necesario un tiempo de purificación y de encuentro diario con la realidad, con todas sus contradicciones, para hacer nuestra la voz del salmista: "Señor, hazme justicia y a mi clamor atiende; presta oído a mi súplica, pues mis labios no mienten".

Lo que Job acepta en medio de la prueba, los discípulos de Jesús no logran ni siquiera imaginarlo. Después de haber escuchado, sin poder comprender, el anuncio de la pasión, se enfrascan en una discusión para establecer quién de ellos es "el más grande". Mientras Jesús les había hablado de su inminente desnudez en la cruz como condición para acceder a una nueva vida —a la resurrección—, los discípulos todavía están concentrados en ponerse el mejor vestido para ser grandes y admirados por los demás.

Cristo les ofrece la pequeñez y la desnudez de un niño como medida de grandeza a los ojos de Dios: "El que reciba a este niño en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe también al que me ha enviado. En realidad, el más pequeño entre todos ustedes, ése es el más grande". Es una lección difícil de asimilar. El espíritu de disputa, de envidia y de celos arde tan fuerte dentro de nosotros que ni siquiera nos damos cuenta de que, tal vez, vemos con hostilidad a los demás porque los percibimos como competidores en nuestro deseo de grandeza.

Job es un hombre que corresponde al modelo propuesto por el Señor a sus discípulos porque acepta dejarse interpelar por la vida, tanto en sus momentos más agradables como en los más dolorosos e incomprensibles, con una sencillez que le permite pasar la prueba sin dejarse deshumanizar por el dolor. Su corazón de niño le permite acoger los momentos más bellos de la vida y los más dolorosos con aquella serenidad con la cual se acepta ganar o perder en un juego.

Jesús quiere que sus discípulos cambien de mirada. Ya no se trata de preguntarse quién es el más grande, sino a quién estamos acogiendo. Quien acoge al pequeño aprende también a dejarse acoger, y descubre que la alegría de la solidaridad vale más que cualquier primer lugar.

Con mi oración

Fr Benjamín Monroy ofm

Lucas 9, 46-50

Un día, surgió entre los discípulos una discusión sobre quién era el más grande de ellos. Dándose cuenta Jesús de lo que estaban discutiendo, tomó a un niño, lo puso junto a sí y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe también al que me ha enviado. En realidad, el más pequeño entre todos ustedes, ése es el más grande».

Entonces, Juan le dijo: «Maestro, vimos a uno que estaba expulsando a los demonios en tu nombre; pero se lo prohibimos, porque no anda con nosotros». Pero Jesús respondió: «No se lo prohíban, pues el que no está contra ustedes, está en favor de ustedes».

Domingo XXVI

La bendita rebeldía

Los dos hijos del evangelio de hoy pueden ser nuestro propio corazón dividido en dos partes: una parte dice "sí" y otra dice "no". San Pablo lo expresa de esta manera: "No hago el bien que quiero sino el mal que no quiero".

El primer hijo dice "no quiero ir". Es rebelde, es impulsivo. El segundo, que dice "ya voy" y no fue, es inmaduro, se contenta con dar una buena impresión a su padre.

El primer hijo reconoce lo que siente y tiene la capacidad de expresar la verdad de lo que hay en su interior. Pero también es capaz de reconocer que lo que siente en ese momento no lo es todo; es capaz de reaccionar y arrepentirse. Tiene un padre que a pesar del "no" de su hijo, no deja de ser su padre. No se enoja, no lo obliga, no lo arrastra al viñedo, no le cierra la puerta. Le da tiempo para pensar.

El segundo hijo tampoco quiere ir, pero oculta lo que siente. Nos representa cuando escondemos lo que llevamos dentro por miedo o porque quizás no queremos decepcionar o porque tememos las reacciones y el juicio de los demás. El problema es la simulación: proyecta una imagen falsa de sí mismo. Esto genera un conflicto interior que emerge en actitudes rígidas y conductas obsesivas, como las de "los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo". Por eso, Jesús le dice a esta gente respetable, los más religiosos de su tiempo, una de las frases más duras y provocadoras de todo el Evangelio: "Los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios". Personas que habían dicho muchas veces "no" a Dios cambiaron de camino.

No existe un tercer hijo, el hijo ideal que encarne la perfecta coherencia entre el decir y el hacer. Es una ilusión, una trampa. Existen personas que consideran una virtud no cambiar nunca de opinión. Sin embargo, el crecimiento humano y espiritual requiere cuestionarnos y, si es necesario, cambiar. No se puede vivir la relación con Dios, ni ninguna relación humana auténtica (como el matrimonio, la amistad, la relación de padres e hijos), sin la capacidad de cambiar de opinión y de rumbo.

La rebeldía es parte del crecimiento. Llega un momento en el cual el niño comienza a decir "no", aunque no tenga motivos para hacerlo. Lo hace para marcar una diferencia entre él y el mundo. La rebeldía del niño es una forma natural de buscar autonomía, expresar su individualidad y probar los límites de su entorno. De manera similar, el adolescente vive la rebeldía como un momento de paso para conocer sus límites y sus recursos, y así construir su propia identidad.

La relación entre un padre y un hijo pasa por rupturas. Marcan la emancipación del hijo respecto de su padre. A partir de esta autonomía, la relación puede volverse más madura y verdadera. Ya no será una relación infantil de pura dependencia, sino una relación entre personas libres.

Por eso no debemos temer demasiado a las rupturas sanas. La rebeldía con el padre, incluso con Dios, puede convertirse en un paso hacia una relación nueva y más verdadera, más madura y adulta. La libertad no consiste simplemente en poder decir "no", sino también en cambiar de opinión y volver sobre nuestros pasos. De hecho, la parábola sugiere que Dios prefiere nuestras rebeliones sinceras a nuestras obediencias fingidas, un "no" sincero a un "sí"' hipócrita; porque con un "no" sincero se puede empezar una nueva historia. Sin embargo, con un falso "sí" no comienza nada.

Con mi oración

Fr Benjamín Monroy ofm

Mateo 21, 28-32

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: . Él le contestó: , pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este le respondió: , pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» Ellos le respondieron: «El segundo».

Entonces Jesús les dijo: «Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas, sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él».


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