HOMILÍAS

María Madre de la Iglesia
El regalo de una madre
Ayer celebramos Pentecostés, donde María estuvo presente. Hoy celebramos a la Virgen como madre de la Iglesia. Esta memoria es prolongación de Pentecostés, el día del nacimiento de la Iglesia.
La primera lectura y el evangelio dibujan un cuadro simétrico hecho de contrastes. En el relato de Génesis, aparece lo que podíamos llamar una trilogía: Adán, Eva y un árbol. En el evangelio, aparece otra trilogía totalmente diferente a la primera: Jesús, María y la cruz. La primera es símbolos de la desconfianza en Dios. Frente a la bondad del Creador que les ha dado la vida, que les ha llamado a la felicidad y al amor, Adán y Eva prefieren hacerle caso a la tentación y comer el fruto del árbol prohibido que, según la serpiente, los haría inmortales y les daría el conocimiento del bien y del mal.
El evangelio presenta a Jesús en la cruz. Jesús es el nuevo Adán que, al morir en la cruz, la ha convertido en el verdadero árbol de la inmortalidad y de la ciencia del bien y del mal. La cruz de Jesús habla de la maldad y sus consecuencias; pero, sobre todo, del Amor infinito de Dios.
La madre de Jesús está junto a la cruz. Está destrozada por el dolor. ¡Qué terrible es para una madre perder a un hijo! Y todavía más perderlo después de haber sido torturado salvajemente y colgado en una cruz. Se me viene a la memoria la angustia de las madres buscadoras. Quizás María pensó: ¿Qué pasó con lo que el ángel me había anunciado? ¿Dónde está el sentido de esa muerte cruel?
Pero ella sigue confiando en Dios. Si Eva desconfió, la Virgen confía, cree y espera contra toda desesperanza. Ella, que ya había dicho "sí" en la Anunciación para ser la madre del Dios hecho hombre, recibe junto a la cruz una nueva misión: ser no sólo madre del Hijo de Dios, sino también madre de todos los que hemos llegado a ser hijos de Dios en Jesucristo. Es la herencia preciosa que Jesús nos entrega a través del apóstol Juan. Un don ofrecido en medio de dolores y humillaciones, como los dolores del parto.
Junto a la cruz todos nos convertimos en hijos de María y esto por voluntad expresa de Jesús. En efecto, mientras Cristo padece el dolor más grande de su vida, pronuncia palabras llenas de ternura: "'Mujer, ahí está tu hijo'. Luego dijo al discípulo: 'Ahí está tu madre'". Cristo quiere que el vacío físico que dejará en ellos su muerte sea habitado por esa presencia mutua: la de la madre para el hijo y la del hijo para la madre.
Que aceptemos nuevamente a María como madre, que la sintamos como madre y que podamos ser abrazados por ella con un abrazo que sabe a cielo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 19, 25-34
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: "Mujer, ahí está tu hijo". Luego dijo al discípulo: "Ahí está tu madre". Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él.
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: "Tengo sed". Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo: "Todo está cumplido", e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Entonces, los judíos, como era el día de la preparación de la Pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de la cruz. Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían sido crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza e inmediatamente salió sangre y agua.
Domingo de Pentecostés
Ebrios de Dios
La Palabra de Dios nos regala una sinfonía de lenguajes para hablar del Espíritu. Son simples fisuras, pequeñas grietas para asomarse al Misterio.
El libro de los Hechos nos lleva a cincuenta días después de la Pascua. En ese día sucedió algo que sorprendió a los discípulos de Jesús y a los habitantes de Jerusalén. Un grupo desilusionado encuentra de repente la audacia para salir de su escondite y dar la cara a la ciudad que mata a los profetas, predicando con valentía algo increíble: "Aquel Jesús que ustedes mataron ha resucitado".
Ninguno de ellos era profesionista de la palabra. Los que presidían el grupo habían sido pescadores. Es el Espíritu quien, como una llama de fuego, como un viento fuerte e impredecible, abre las palabras y las puertas. Y la primera Iglesia, encerrada y a la defensiva, es lanzada fuera. El viento de Dios los llenó hasta el punto de hacerlos parecer como si estuvieran "ebrios" debido a su entusiasmo desbordante.
El salmo responsorial afirma que el Espíritu, el aliento de Dios, está presente en todas las creaturas: "Si retiras tu aliento, toda creatura muere y vuelve al polvo; pero envías tu espíritu, que da vida, y renuevas el aspecto de la tierra". Toda la tierra vive en/por el Espíritu; la tierra está llena, grávida de Espíritu. Por eso, una liturgia divina santifica el universo.
La segunda lectura nos hace conscientes de la riqueza del Espíritu. Produce la diversidad y la unidad de los carismas, los ministerios, las tareas; enciende vocaciones diferentes, bendice la genialidad y la originalidad de cada vida. La diversidad —no la uniformidad— es la palabra clave. Cada uno somos un pequeño trozo de oro en el gran mosaico de Dios. Sólo un trozo, pero de oro. El Espíritu Santo Creador quiere discípulos creadores, innovadores, no meros repetidores. El Espíritu Santo actúa con mucha fantasía. Hace cosas que no esperamos. Dio a María un hijo sin concurso de varón y al sacerdote Zacarías un hijo profeta. El Viento de Dios irrumpe con su fuerza renovadora en los espacios cerrados y rígidos.
En el evangelio, Jesús irrumpe en la casa donde están reunidos los discípulos. Las puertas están cerradas. Frente a una amenaza se activan los mecanismos de defensa. Cristo atraviesa esos mecanismos y ofrece su paz: "La paz esté con ustedes". El Resucitado introduce su paz en esa atmósfera enrarecida y en esas vidas hechas de miedo. Dona su paz a los suyo para que puedan recibir un Espíritu nuevo, el Aliento de vida divina que ahuyenta el espíritu de temor: "Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: 'Reciban el Espíritu Santo'".
Existen muchos "espíritus inmundos", como los llama el Evangelio. ¿En qué familia, ideología política, congregación religiosa, grupo de la Iglesia no hay enfrentamientos, rupturas, viejas cuestiones pendientes? Los enfrentamientos, las rupturas son suscitados, generalmente, por "espíritus inmundos" como la soberbia, el odio, el poder, la codicia, la búsqueda de grandeza.
El Señor resucitado sigue enviado su Espíritu a este mundo en crisis. El Espíritu actúa para que Cristo se convierta en nuestra paz, nuestra lengua, nuestra pasión, nuestra vida, nuestra libertad; para que nosotros también, como pequeños apóstoles, nos volvamos un poco como los primeros discípulos, ebrios de Dios, o como san Francisco de Asís, un hombre lleno del Espíritu Santo, que se refería a sí mismo como "el loco de Dios".
San Agustín escribe: "Recibe al Espíritu de Dios no como una bolsa sino como una fuente de agua viva que fluye y de la cual se puede beber".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 20, 19-23
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Dicho esto, les mostró las manos y el costado.
Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: "La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo". Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar".
Santa Rita de Casia
"¿Me amas?"
El diálogo conmovedor entre Jesús resucitado y Simón Pedro, que encontramos en el Evangelio de hoy, quiere sanar la herida de las tres veces en que Simón Pedro había negado al Señor. Tres veces Jesús le pregunta: "¿Me amas?", y tres veces Pedro responde: "Señor, tú sabes que te quiero".
Es un diálogo lleno de misericordia. Jesús no humilla a Pedro, no le reprende su traición, sino que lo lleva al fondo de su corazón para que reconozca el deseo de amarlo. La santidad no consiste en no ser frágiles. No significa dejar de sentirse pecadores. La santidad es seguir amando a Cristo incluso dentro de la propia debilidad. Pedro ha conocido su límite. Y precisamente allí, en esa fragilidad, puede amar de manera más verdadera, más realista, más sincera.
Simón Pedro es invitado a afrontar su fracaso para darse cuenta de que su debilidad no puede obstaculizar la oferta de comunión que el Señor ofrece siempre: "Después le dijo: 'Sígueme'". Para seguir a Cristo, el Apóstol ya no se apoya en sus propias capacidades, sino en la misericordia del Señor. Ahora sabe que ha pasado el tiempo de sus grandes proclamaciones, de su imagen idealizada, de las ambiciones espirituales, del heroísmo. Es como si dijera: "Tú me conoces, tú sabes, tú lees dentro de mí. A pesar de todas mis limitaciones, Señor, te quiero con locura". En el corazón de Simón, hijo de Juan, la Pascua ha comenzado a hacer su efecto. Ahora Simón está listo, finalmente, para ser Pedro, es decir, roca, punto firme para sus hermanos.
Santa Rita de Casia, a quien hoy recordamos, vivió así. Fue una mujer capaz de amar en la vida cotidiana: en el matrimonio, en la familia, en el dolor, en las heridas… En todas estas situaciones amó al Señor. Amamos a Jesús en lo que la vida nos pone delante: las personas, las responsabilidades, las pruebas, las relaciones. Es allí donde Cristo se esconde.
Santa Rita es patrona de las causas difíciles, concretamente de los matrimonios en crisis, debido a que soportó pacientemente a un esposo violento y logró su conversión; de las víctimas de violencia y abusos, por los maltratos que sufrió durante su matrimonio; de los enfermos y heridos, por la herida que llevó en la frente durante los últimos años de su vida, fruto de un encuentro místico con Cristo, quien le compartió una espina de su corona que se le clavó en la frente y simboliza su profunda unión con la Pasión del Señor. Que como san Pedro y Santa Rita podamos decirle a Jesús: "Tú bien sabes que te quiero".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 21, 15-19
Le preguntó Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?». Él le contesto: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos».
Por segunda vez le preguntó: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Pastorea mis ovejas».
Por tercera vez le preguntó: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería, y le contestó: «Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.
Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras». Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: «Sígueme».
Santos Cristobal Magallanes y compañeros mártires
La Palabra de Dios, única arma
Los primeros años del siglo XX fueron años muy difíciles para la Iglesia mexicana. En 1917 entró en vigor una nueva Constitución inspirada en principios anticlericales.
En 1926 la situación empeoró. Por primera vez en 400 años, se suspendió el culto público en todas las iglesias del país. Los sacerdotes extranjeros fueron expulsados, las escuelas de inspiración católica fueron declaradas ilegales y cerradas, y muchas obras de caridad pertenecientes a la Iglesia también fueron abolidas. Los obispos se opusieron, pero sólo lograron causar una reacción más fuerte y violenta por parte del gobierno.
Sin embargo, los fieles no se quedaron de brazos cruzados. Se organizaron en lo que llamaron "Liga para la Defensa de la Libertad Religiosa". Pidieron el apoyo de los sacerdotes, pero ellos prefirieron una solución pacífica.
La situación degeneró y se produjo la lucha armada. Comenzó el llamado "movimiento cristero" formado por laicos que querían defender a toda costa su libertad religiosa. Buscaron varias veces el apoyo de sus pastores, pero sólo obtuvieron un consentimiento limitado. Los pastores los invitaban a defenderse con una resistencia pacífica. Aunque la mayoría de los sacerdotes no apoyaba la lucha armada, no abandonaron a su pueblo e hicieron todo lo posible para acompañarlo. Este fue el caso de Cristóbal Magallanes.
Cuando el "movimiento cristero" se extendió, Cristóbal no se adhirió a él. Rechazó categóricamente el uso de la violencia, recordando que ni Jesús ni los Apóstoles habían recurrido a ella. Escribió un artículo pacifista en un periódico en el que afirmaba que la única arma de los cristianos era la Palabra de Dios. Pero no abandonó a su pueblo. Por esta razón, fue detenido por el ejército federal, acusado de apoyar la rebelión y condenado a muerte. En realidad, fue condenado a muerte por el sólo hecho de ser sacerdote católico. Fue fusilado con 24 compañeros. En el año 2000 fueron proclamados santos de la Iglesia por Juan Pablo II.
Su martirio constituye un llamado a vivir el mandamiento del amor, confesando a Cristo en todo momento y trabajando por la justicia y la armonía social. Poco antes de ser fusilado, Cristobal afirmó: "Soy y muero inocente; perdono de corazón a los autores de mi muerte, y pido a Dios que mi sangre sirva para la paz de los hermanos divididos". En la homilía de canonización, el Papa Juan Pablo II dijo: "Que el luminoso ejemplo de Cristóbal Magallanes y compañeros mártires los ayude a un renovado empeño de fidelidad a Dios, capaz de seguir transformando la sociedad mexicana para que en ella reine la justicia, la fraternidad y la armonía entre todos". Sigue siendo un sueño que inspira nuestra acción.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 12, 24-26
Jesús dijo a sus discípulos: «Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.
El que quiera servirme que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre".
VII Miércoles de Pascua
Cómo cuidar
Jesús dirige una oración al Padre, en la cual trasparenta su amor por sus discípulos: "No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal". También le pide: "Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros".
Jesús sabe bien que amar a alguien no significa preservarlo de toda dificultad. Maduramos en el esfuerzo, las pruebas, las contradicciones. Pero es importante que estas dificultades no nos aplasten, que no nos destruyan interiormente. Por eso Jesús no pide que sus discípulos sean sacados del mundo, sino cuidados. Es una diferencia fundamental. Una frase, atribuida al poeta de la antigua Roma Gayo Valerio Catulo, dice: "Las cosas que se aman nunca se poseen por completo. Simplemente se cuidan".
Jesús pide al Padre que nos cuide para que seamos uno, para permanecer unidos a pesar de todo, especialmente cuando las pruebas hacen que nos venga a la cabeza la idea de haber sido abandonados por él. El vínculo de unidad, el que une a los cónyuges, a los padres con los hijos, a los hermanos, a los amigos, debe ser cuidado constantemente, alimentándolo con el amor y protegiendo del mal que quiere romper la armonía y crear caos e incomprensión.
Somos cuidados y cuidamos para que podamos crecer en libertad, para proteger de lo que amenaza o impide el desarrollo armonioso. Cuidar sin caer en el paternalismo o asistencialismo, que reducen la distancia, para que pueda manifestarse la aceptación o el rechazo.
¿Cómo somos cuidados por el Padre? Jesús lo dice: "Santifícalos en la verdad. Tu palabra es la verdad". La Palabra de Dios no es simplemente una colección de buenos consejos. Es una Presencia viva que ilumina, corrige, sostiene, salva. Así nos cuida Dios. Con demasiada frecuencia hemos reducido el Evangelio a una moral o a una lectura en la liturgia. Pero la Palabra de Dios es mucho más: es una de las maneras a través de las cuales Cristo sigue cuidándonos del odio, la mentira, la angustia, la división...
La Palabra de Dios cuida y protege porque cambia la manera de ver las cosas. Cambia el criterio con el que juzgamos la realidad. Cambia la forma de afrontar el mal y el sufrimiento. Volver una y otra vez al Evangelio es volver a lo que nos salva, dejar que la verdad de Dios nos santifique, es decir, nos haga estables, libres, capaces de resistir las pruebas.
El cuidado de Dios no es sólo protección. También lleva a una alegría profunda: "Para que mi gozo llegue a su plenitud en ellos".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 17, 11b-19
Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: "Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me diste; yo velaba por ellos y ninguno de ellos se perdió, excepto el que tenía que perderse, para que se cumpliera la Escritura.
Pero ahora voy a ti, y mientras estoy aún en el mundo, digo estas cosas para que mi gozo llegue a su plenitud en ellos. Yo les he entregado tu palabra y el mundo los odia, porque no son del mundo, como yo tampoco soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad. Tu palabra es la verdad. Así como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Yo me santifico a mí mismo por ellos, para que también ellos sean santificados en la verdad".
VII Martes de Pascua
"Ha llegado la hora"
San Pablo siente que está cerca el final de "la carrera" de la vida. Llama a los presbíteros de la comunidad cristiana de Éfeso para despedirse. Las palabras que les dirige resumen su misión. Ha cumplido con "el encargo del Señor Jesús: anunciar el Evangelio de la gracia de Dios". Se define como prisionero del Espíritu Santo para expresar la entrega plena de su voluntad en las manos de Dios. Recuerda que las penas, las tribulaciones, las humillaciones, los sufrimientos han sido sus compañeros de camino. No las recuerda con vergüenza sino con orgullo; porque precisamente esas experiencias han confirmado su elección de permanecer fiel a la vocación recibida. Si su misión evangelizadora se hubiera fundado sobre su propia decisión y sus propias fuerzas, ya habría naufragado desde hacía mucho tiempo bajo los golpes de tantos fracasos y tribulaciones.
Jesús también siente que se acerca el final de su vida. Habla de que "ha llegado la hora". Para él, "la hora" era la hora de su muerte, resurrección y glorificación. La hora de su entrega total por amor. Esta hora da sentido a todas sus horas. Por eso, para Jesús no hay horas vacías, horas aburridas, horas muertas.
En ese momento, "levanta los ojos al cielo", es decir, ora. No recita fórmulas ni realiza ritos, sino narra su intimidad con el Padre en quien encuentra paz ante la turbación y aflicción que se avecinan. En el momento en que todo parece encaminarse hacia el fracaso, habla de glorificación, de unidad, de vida eterna.
El Señor habla de "gloria". No es la vanagloria que andamos buscando en los éxitos, las victorias, los puestos de honor. Es algo mucho más grande. Glorificar significa elevar. Jesús es elevado sólo después de haberse abajado, de haberse vaciado de sus prerrogativas divinas y asumido la fragilidad y la debilidad humana. Ahora le pide al Padre que lo glorifique. La gloria que pide es la gloria del Padre.
Jesús habla también de "vida eterna". En nuestros amores humanos podemos experimentar algo de lo que dice Jesús: "La vida eterna consiste en que te conozcan a ti". En la Biblia el verbo "conocer" a una persona no significa tener solamente un conocimiento intelectual, sino entrar en una comunión profunda con él.
Cuando realmente amamos a alguien, nos parece tocar algo infinito. A veces decimos: "Me parece que estoy en el paraíso" o, como dice una canción, "la gloria eres tú". El amor auténtico siempre abre una puerta hacia la eternidad. Si una creatura puede suscitar esto en nosotros, ¡cuánto más el amor de Dios! El amor de una creatura es sólo el destello del amor de Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 17, 1-11a
Jesús levantó los ojos al cielo y dijo:"Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique, y por el poder que le diste sobre toda la humanidad, dé la vida eterna a cuantos le has confiado. La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.
Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía, antes de que el mundo existiera. He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. Eran tuyos y tú me los diste. Ellos han cumplido tu palabra y ahora conocen que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y ahora reconocen que yo salí de ti y creen que tú me has enviado.
Te pido por ellos; no te pido por el mundo, sino por éstos, que tú me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo".
VII Lunes de Pascua
Un paso adelante
Estamos situados, desde el punto de vista litúrgico, entre la Ascensión del Señor, que celebramos ayer, y Pentecostés, que celebraremos el próximo domingo. Las lecturas de este día hablan de la partida de Cristo y del don del Espíritu Santo.
Jesús sigue hablando de su relación con su Padre tratando de preparar a los discípulos para afrontar su muerte inminente. Los discípulos parecen estar satisfechos por haber comprendido en teoría el misterio de Cristo. Pero el Señor reacciona. Con un tono decidido, intenta hacerles comprender que, lo que les ha dicho, no es una teoría: "¿De veras creen?".
San Pablo también hacía una pregunta aguda a los cristianos de Éfeso: "¿Han recibido el Espíritu Santo, cuando abrazaron la fe?". El encuentro con el Señor muerto y resucitado, y la apertura al Espíritu Santo nos lleva más lejos, hacia profundidades aún no exploradas. Sin embargo, para llegar más lejos se requiere arriesgarse, no conformarnos con lo que sabemos.
Probablemente nos damos cuenta de que basta poco para perder la paz: una palabra, una preocupación, algo que no controlamos. Y cuanto más lo pensamos, más sentimos el peso. Las dificultades están ahí, son parte de la vida, pero no son el corazón de la vida. Jesús invita a dar un paso adelante. Dice: "En el mundo tendrán tribulaciones; pero tengan valor, porque yo he vencido al mundo". Y añade: "Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí". La paz de Cristo no es la ausencia de problemas, sino su presencia en medio de los problemas, saber que él ya ha pasado por todo esto y ha salido victorioso.
Podemos elegir encerrarnos en nuestras tribulaciones o poner atención a Cristo que está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Ir más allá de nuestros problemas y mirar a Cristo nos ayuda a confiar y a dar un paso adelante, aunque no todo esté resuelto. A veces es precisamente esto lo que hay que hacer: no esperar que pasen los problemas, sino seguir caminando con confianza. Y dentro de esta confianza nace una paz diferente, más profunda, que no depende de cómo van las cosas, sino de Quien camina con nosotros.
Imaginemos un río impetuoso de montaña que desciende entre las rocas. Aunque las rocas quieran bloquearlo, la corriente encuentra siempre la manera de superar los obstáculos y llevar vida por dondequiera que pasa. Así es el Espíritu, así es la paz que Jesús nos da. Es capaz de fluir a pesar de los obstáculos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 16, 29-33
Los discípulos le dijeron a Jesús: "Ahora sí nos estás hablando claro y no en parábolas. Ahora sí estamos convencidos de que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por eso creemos que has venido de Dios".
Les contestó Jesús: "¿De veras creen? Pues miren que viene la hora, más aún, ya llegó, en que se van a dispersar cada uno por su lado y me dejarán solo. Sin embargo, no estaré solo, porque el Padre está conmigo. Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulaciones; pero tengan valor, porque yo he vencido al mundo".
La Ascensión del Señor
Descendió para ascender con todos a Dios
La Ascensión del Señor es un hecho narrado con un lenguaje alegórico. No es un despegar hacia las nubes, como una nave espacial hacia un nuevo sistema galáctico. "Subir" y "bajar" es un lenguaje simbólico, metafórico. A veces decimos: "¡Qué bajo ha caído esta persona!". Cristo "descendió" en la encarnación. Bajó incluso a lo más profundo de los infiernos de la miseria humana, a las zonas más sombrías de la humanidad, para "ascender" y llevarnos a todos a Dios.
Con su Ascensión, Jesús entra plenamente en la dimensión de la vida eterna donde se rompen los límites del espacio y del tiempo; y, por eso, ya en el presente, llena todo el Universo. Cristo entra completamente en la dimensión de Dios. La Ascensión es una llamada a no quedarse mirando el cielo sino a percibir la Presencia de Cristo en el camino de la vida todos los días y hasta el fin del mundo: "Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo". Una oración atribuida a varios místicos dice: "Enderézame hacia tu infinita altura, ensánchame hasta tu holgura inmensa, arráigame en tu hondura sin fondo".
El Jesús de carne y hueso desaparece para dar lugar a la comunidad cristiana. Cristo no sale de escena: sigue dentro de nuestra historia cotidiana, con una nueva presencia, encarnada en su comunidad. Ahora, el Señor está presente y está vivo en sus seguidores y a través de sus seguidores.
La Ascensión tuvo lugar en Galilea, no en Jerusalén. ¿Por qué? Básicamente porque todo había comenzado en Galilea. Ahí los discípulos habían conocido a Jesús, habían sido llamados, habían sido testigo de sus palabras y de su vida, le habían escuchado hablar de Dios con parábolas conmovedoras, lo habían visto aliviar el sufrimiento, ofrecer el perdón de Dios y acoger a los más olvidados. Es esto lo que han de seguir haciendo y transmitiendo.
Jesús deja un balance deficiente. Ya no son doce apóstoles, sino once. Ha sucedido algo. Ha habido una deserción. Se ha perdido una parte. Además, cuando los discípulos vieron a Jesús, "se postraron, aunque algunos titubeaban". Entre los discípulos hay creyentes y hay quienes dudan. ¿Por qué dudaban? Tal vez porque no podían captar todo lo que aquello significaba. Tal vez dudaban de sí mismos. De hecho, experimentan una división interior: se postran, pero dudan. Hacen un gesto de fe, pero el corazón está habitado por la duda. Sin embargo, en la duda y el miedo puede haber espacio para Dios.
"Jesús se acercó a ellos y les dijo: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra". Él tiene la fuerza y el poder que a ellos les falta. Si se apoyan en él no titubearán, aunque sean pocos. La Ascensión es percatarse de la Presencia del Resucitado en lo frágil, lo marginado, lo pequeño. Jesús realiza un acto de confianza, que parece temerario, en quienes todavía titubean. Les confía el anuncio de su Evangelio: "Vayan… y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo".
Sabiendo que Cristo resucitado estaba presente y vivo en ella, la comunidad cristiana, la Iglesia, se lanzó por el mundo. A lo largo de los siglos, ha oscilado entre fidelidad a Cristo y errores garrafales, entre Evangelio vivido y Evangelio olvidado. Su caminar ha estado marcado por crisis y cambios de paso. Sin embargo, los primeros pasos vacilantes de los once apóstoles nos recuerdan que, en toda la historia de la Iglesia, aun entre divisiones e incoherencias, la comunidad cristiana sigue siendo testigo de la historia de Jesús y anunciadora de su Evangelio.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 28, 16-20
Los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.
Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo».
VI Viernes de Pascua
Tristeza convertida en alegría
Hay días en que nos sentimos desanimados, y a veces sin un motivo claro. Nos despertamos y tenemos como un peso encima. Incluso las cosas sencillas se vuelven agotadoras. Y no siempre tenemos ganas de hablar, de explicar, de reaccionar.
Jesús lo sabe. No finge que la tristeza no existe. Dice: "Ustedes estarán tristes", como para decir: no están equivocados. Sucede. Es humano. Pero inmediatamente después añade algo que abre una ventana a la esperanza: "su tristeza se transformará en alegría".
Jesús usa la imagen de la mujer que va a dar a luz con la finalidad de animar a los suyos a caminar, a no detenernos ante el dolor (o los dolores) que la vida inevitablemente nos reserva, a no rendirnos. La vida es como un parto: pasa por el dolor, pero no se agota en él. Hay una parte de sufrimiento, real e inevitable, pero está orientada hacia una alegría más grande que la supera y la transforma: "Nadie podrá quitarles su alegría".
La fe es una mirada capaz de ver el todo. Si nos detenemos sólo en una parte, sobre todo en la parte dolorosa, corremos el riesgo de caer en la desesperación. Pero si aprendemos a leer la vida en su totalidad, entonces lo que duele, también cobra sentido.
Nos puede parecer imposible que de ciertos sufrimientos pueda salir algo bueno, que puedan tener algún sentido. Hay un llanto que parece no tener fin, que nos hace sentir sólo rechazo hacia quienes tienen como rehenes a tantos hombres y mujeres en la guerra. Nos disgusta el mundo que se mantiene en la indiferencia. Está también nuestro llanto, con las preguntas que traemos dentro y que no encuentran respuesta. Tal vez estamos atorados en nuestros por qué, aquellos que nos impiden transformar la tristeza. Cristo ha pasado por esto y confiamos que en él habrá nacimientos, también en este tiempo de prueba.
El cristianismo no da culto al sufrimiento. El dolor, tomado por sí solo, no salva, sino que puede destruir y deshumanizar; pero cuando está vinculado a un significado, cuando se inserta dentro de un camino, entonces se convierte en dolores de parto: no es el destino final, sino un paso. Cristo nos invita a mirar más allá de nuestras narices. Creer que, dentro de cada experiencia, incluso la más difíciles, puede esconderse una promesa de vida.
Podemos pensar que esto es una invención del cristianismo para hacer agradable lo que no nos gusta o pensar que es verdadero. El que tiene fe apuesta a esta esperanza. Sin esta apuesta todo está perdido.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 16, 20-23a
Jesús dijo a sus discípulos: «Les aseguro que ustedes llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría.
Cuando una mujer va a dar a luz, se angustia, porque le ha llegado la hora; pero una vez que ha dado a luz, ya no se acuerda de su angustia, por la alegría de haber traído un hombre al mundo. Así también ahora ustedes están tristes, pero yo los volveré a ver, se alegrará su corazón y nadie podrá quitarles su alegría. Aquel día no me preguntarán nada».
San Matías, apóstol
El amor tiene forma de cruz
Hoy celebramos la fiesta de san Matías. La primera lectura narra por qué y cómo fue elegido para formar parte del grupo de los Doce.
El vacío dejado por la trágica desaparición de Judas es como una herida en la comunidad. Antes de Pentecostés, se hace necesario curar esta herida, llenar este vacío. Matías viene a llenarlo. Sin embargo, la manera como fue elegido puede parecernos extravagante. Los apóstoles eligieron a dos discípulos, oraron y luego "echaron suertes". Fueron fieles al principio que habían establecido: "El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido". Como se saben en las manos de Dios, conocer su voluntad les resulta tan sencillo como echar suertes, después de haber hecho la parte que les correspondía: orar y presentar dos opciones.
Detrás de una elección está el amor. Ya lo decía san Pablo: "Puesto que Dios los ha elegido, los ha consagrado a Él y les ha dado su amor". Elegir es sinónimo de amar.
Uno de los síntomas de amar es la alegría. Es la clave para entender el mandamiento que Jesús da en el Evangelio de hoy: "Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado". Poco antes había dicho: "Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena". El amor no es sólo un mandamiento, sino una fuente de alegría.
Pero esto no significa que el amor sea algo fácil. El amor auténtico conoce la fatiga, el sacrificio, el dolor. Jesús lo demuestra de la manera más radical, subiendo a la cruz. A veces el amor tiene forma de cruz por muchas razones. Sin embargo, incluso dentro de este agobio, hay algo diferente: cuando se ama verdaderamente, también el sacrificio lleva consigo una alegría profunda. No una alegría superficial, sino una alegría serena, una paz interior.
El filósofo y poeta estadounidense del siglo XIX Henry David Thoreau escribió: "Sólo hay un remedio para el amor: amar más". El amor vivido con valentía y apertura se convierte en medicina para el alma. Cuando alguien experimenta amor y sufre por él, la única manera de aliviar ese sufrimiento es amar. La cura para el amor es el propio amor. El amor transforma nuestra percepción, nuestras relaciones, incluso nuestra biología.
Todo esto se experimenta con la condición de no usan el amor para llenar los propios vacíos, sino a la manera de Cristo: "Nadie tiene amor más grande a sus amigos, que el que da la vida por ellos". Quien vive así descubre que el amor no empobrece, sino que enriquece. En el fondo, es Dios quien ama es nosotros.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 15, 9-17
Jesús dijo a sus discípulos: "Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena.
Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos, que el que da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre.
No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto lo han de saber: que se amen los unos a los otros".
Nuestra Señora de Fátima
Ensanchar la mirada
Muchas veces olvidamos que, en nuestra vida espiritual, en nuestra vida de fe, existe la gradualidad. Cristo dice: "Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender". Mientras caminamos por este mundo, no lo sabemos todo; porque el amor es algo inagotable que poco a poco nos va ensanchando el corazón y la mente. Somos peregrinos de esperanza en un mundo roto, confuso, lastimado.
La fe no es una cuestión cerrada, no es algo que hemos comprendido de una vez para siempre. Es un camino. A lo largo de este camino, el Espíritu Santo, nos introduce poco a poco y cada vez más profundamente en la verdad: "El Espíritu de verdad, los irá guiando hasta la verdad plena". Muchas veces viene no a confirmar nuestras convicciones religiosas, sino a abrirnos a la novedad. Revela, no cubre; abre, no cierra; guía, no impone; ensancha, no aplasta; proyecta hacia adelante, no nos deja parados. No podemos llevar el peso de toda la belleza y de todo el amor que Dios quiere derramar sobre nosotros. Lo hacemos por episodios, paso a paso. A veces nos parecía haberlo entendido todo; pero con el paso del tiempo descubrimos que muchas cosas no eran como las imaginábamos.
El Viento de Dios nos conduce según nuestra capacidad, respetando los tiempos y las personas. Va ampliando nuestra mirada y la hace cada vez más realista. El Evangelio de hoy nos invita a confiar en este proceso. A no pretender entender todo enseguida, sino a dejarnos guiar. El Espíritu nos abre a una comprensión, cada vez más plena, de la vida, del mundo, de Cristo y de nosotros mismos. Ciertamente, hay que tener cuidado de que la gradualidad no se convierta en superficialidad y resignación.
Es significativo que leamos el relato del evangelio de hoy en la memoria de la Virgen de Fátima. También allí vemos una pedagogía divina hecha de sencillez, gradualidad y profundidad. María introduce a los pequeños en la lógica de Dios sin forzarlos. Los tres pastorcitos son una señal evidente de ello.
Ya desde niños, vivieron una profunda espiritualidad, cada uno según un carisma propio. Lucía con el don del anuncio, Jacinta con el de la reparación, Francisco con el amor silencioso e intenso por Jesús Eucaristía. Es como si cada uno de ellos hubiera acogido el Evangelio según su propia medida. No de modo uniforme, sino en la diversidad. Esto nos ayuda a comprender que también para nosotros el camino de la fe es personal.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 16, 12-15
Jesús dijo a sus discípulos: "Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder. Él me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes".
VI Martes de Pascua
Invitación a crecer
"Les conviene que me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Consolador". Estas palabras de Jesús contienen una lección. Amar significa, a veces, dejar espacio al otro. Significa no retener, no ocupar todo el espacio, para permitir que el otro se manifieste. Dejar espacio puede ser vivido como distancia, como vacío, incluso como ausencia. Sin embargo, no es abandono. Es una forma de amor, porque hace posible la libertad y el crecimiento del otro.
Algo similar sucede en nuestra experiencia espiritual. Cuando nos parece que Dios está lejos, que no nos oye, no significa que nos ha dejado. Puede ser la manera a través de la cual nos invita a sacar lo mejor de nosotros. Es como si quisiera hacer que surjan fuerzas que ya llevamos, pero que permanecen ocultas hasta que nos vemos empujados a usarlas. Es el momento de crecer, emprender el vuelo, ensanchar el horizonte.
La partida de Jesús permite recibir al Espíritu, primer don de Jesús. El Espíritu tiene tres tareas: "convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio". ¿Qué quiere decir? Cristo mismo lo va explicando. Dice: "de pecado, porque ellos no han creído en mí". El pecado, en su raíz más profunda, no es simplemente no dar en el blanco, equivocarnos; es no creer. Es cerrarse a la relación con Cristo, no confiar en Él.
"De justicia, porque me voy al Padre y ya no me verán ustedes". La justicia está asociada al hecho de que Jesús se va al Padre; es decir, ya no se impone con evidencia aplastante, no se ofrece como una presencia que se tiene que recibir a toda costa y elimina la libertad. La fe en Cristo es una opción real.
Finalmente, "de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está condenado". Significa que el mal, aunque sigue manifestándose, a veces de manera espantosa, ya está herido de muerte.
Si el Espíritu nos convence de estas tres cosas, podemos vivir confiando en Cristo, aceptando asumir nuestras responsabilidades y sabiendo que Jesús ya ha vencido mal.
La primera lectura ilustra lo que dice Jesús. Narra que Pablo y Silas fueron encarcelados. Los discípulos oraban y, de pronto, sobrevino un terremoto. Entonces, se abrieron las puertas y se les cayeron las cadenas. El terremoto, suscitado por la oración, no es tanto la eliminación de las situaciones que nos oprimen, sino el surgimiento de una profunda libertad dentro de ellas. Cuando el mal pierde su fundamento, descubrimos que podemos sacar provecho también de los callejones sin salida, que se convierten en ocasiones de salvación para nosotros y para los demás, momentos llenos de alegría. En efecto, el relato termina diciendo que el carcelero los llevó a su casa, fueron bautizados él y su familia, y "celebraron una fiesta familiar por haber creído en Dios".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 16, 5-11
Jesús dijo a sus discípulos: "Me voy ya al que me envió y ninguno de ustedes me pregunta: '¿Adónde vas?' Es que su corazón se ha llenado de tristeza porque les he dicho estas cosas. Sin embargo, es cierto lo que les digo: les conviene que me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Consolador; en cambio, si me voy, yo se lo enviaré.
Y cuando él venga, establecerá la culpabilidad del mundo en materia de pecado, de justicia y de juicio; de pecado, porque ellos no han creído en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me verán ustedes; de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está condenado".
VI Lunes de Pascua
Abiertos a lo nuevo
El Evangelio de estos días nos irá preparado para Pentecostés. El relato de hoy nos dice que sólo en virtud del Espíritu podemos dar testimonio de Jesús: "Cuando venga el Consolador, él dará testimonio de mí y ustedes también darán testimonio". Esto significa que el testimonio no nace de nuestras capacidades o de nuestros logros. No es el resultado de un esfuerzo humano exitoso. Es, ante todo, un don. Es el Espíritu que obra en nosotros.
Por eso lo más importante es hacer espacio al Viento de Dios, al amor de Dios en nuestra vida. Cuando una persona se descubre profundamente amada, cambia. Encuentra una fuerza y una estabilidad nuevas. Entonces puede afrontar las pruebas, las dificultades, las contradicciones con entereza. Por eso, Jesús añade a continuación: "Los expulsarán de las sinagogas y hasta llegará un tiempo, cuando el que les dé muerte creerá dar culto a Dios". Es realmente increíble comprobar que, en nuestro tiempo, todavía hay personas que hacen la guerra en nombre de Dios, que hablan como si fueran Dios, que usan palabras de la Biblia para amenazar, dominar, infundir miedo, que creen que matando a miles de personas dan culto a Dios.
Ser expulsado de la sinagoga significaba perder identidad, amigos, pertenencia. Las pruebas pueden ponernos en crisis, pero no pueden aplastarnos totalmente, porque dentro de nosotros hay una Presencia que hace la diferencia. Decía Albert Camus: "En medio del invierno descubrí que había un verano invencible dentro de mí". Cristo nos invita a cambiar nuestra atención. Ponerla no sobre lo que debemos hacer, sino sobre lo que debemos acoger.
Algunas palabras se nos resbalan, rebotan; otras, en cambio, entran, nos conmueven, nos trasforman. ¿Por qué sucede esto? En la primera lectura encontramos a Lidia, una mujer que vendía púrpura, una tela preciosa, un producto exclusivo símbolo de lujo y poder. Era, por tanto, una mujer de negocios influyente. Sin embargo, no era su trabajo o su fortuna lo que hacía grande a la que fue la primera conversa al cristianismo en Europa, sino el hecho de que buscaba, escuchaba, estaba abierta a recibir a otros, abierta a la novedad. Por eso el Señor pudo "tocarle el corazón". Lidia no sólo le abrió el corazón al Espíritu de Dios; también abrió las puertas de su casa a Pablo y Silas: "Si están convencidos de que mi fe en el Señor es sincera, vengan a hospedarse en mi casa". La casa de Lidia se convirtió en un lugar acogedor y de comunión de los cristianos, clave para la difusión del cristianismo.
A veces tenemos el corazón tan lleno de cosas, de mensaje, de personas, de pensamientos, de preocupaciones que la palabra de Dios rebota. El Espíritu de Dios entra allí donde hay alguien que busca, que escucha, abierto a recibir a otros, a la novedad.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 15, 26–16, 4a
Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré a ustedes de parte del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí y ustedes también darán testimonio, pues desde el principio han estado conmigo.
Les he hablado de estas cosas para que su fe no tropiece. Los expulsarán de las sinagogas y hasta llegará un tiempo, cuando el que les dé muerte creerá dar culto a Dios. Esto lo harán, porque no nos han conocido ni al Padre ni a mí.
Les he hablado de estas cosas para que, cuando llegue la hora de su cumplimiento, recuerden que ya se lo había predicho yo".
VI Domingo de Pascua
El otro Consolador
Una de las experiencias más duras es sentirnos solos cuando luchamos. A veces se trata simplemente de afrontar la fatiga de la vida; otras veces se trata de luchar contra las incomprensiones, contra la injusticia, contra la maldad.
Tal vez esta experiencia puede ayudarnos a comprender por qué Jesús nos habla de otro Consolador, un segundo Consolador porque el primero es el mismo Jesús. El Consolador es el que está junto a nosotros para consolar. Muchas veces lo que necesitamos no es a alguien que nos solucione el problema —de hecho, puede que no haya una solución— sino simplemente alguien cercano.
Los discípulos tienen miedo de quedar huérfanos, es decir, de quedarse solos, abandonados, de no tener ya un padre que los acompañe, defienda y sostenga. En la cultura rabínica, el maestro era visto como un padre. Jesús es maestro, padre y consolador. Y afirma que sigue estando con nosotros a través de su Espíritu.
El cuerpo físico de Jesús va a desaparecer, pero no su presencia. A través del Consolador comienza a habitar en las profundidades de la vida, y no como algo ajeno a ella. Los discípulos sintieron a Cristo vivo de una manera nueva, más íntima, más grande. Ya no lo encontraban a lo largo de los caminos de Galilea. Sin embargo, experimentaron algo inesperado: mientras intentaban vivir con el mismo aliento de su Maestro, con su libertad, con su compasión, con su modo de estar en el mundo, percibían que él todavía estaba allí. No físicamente junto a ellos, sino dentro de la vida misma, dentro de ellos mismos. Se le atribuyen a Goethe estas palabras: "Tal vez llegará un tiempo en que la luz interior saldrá de nosotros, de modo que ya no necesitaremos otra luz".
Jesús comienza a florecer y a iluminar dentro de sus discípulos. Su presencia ya no hay que buscarla solamente en los cielos, en los dogmas, en los templos, sino también en la vida, en las ganas y en el valor de vivir, en el amor y en la libertad interior que lentamente van tomando forma en nosotros. Entonces, Jesús resucitado deja de ser una idea religiosa. Se percibe como una vida y un amor que continúan.
El fragmento del Evangelio de este domingo comienza y termina precisamente con una referencia al amor. Jesús pide ser amado. Su primera palabra es un "si": "Si me aman". Un inicio libre, paciente. Sin amenazas ni chantajes. Puedes aceptar o rechazar con toda libertad. No reclama, espera; porque el amor no se impone, no se finge.
Amar a Cristo tiene consecuencias: "Si me aman, cumplirán mis mandamientos"; "los míos", no los antiguos. El amor de Cristo no es un amor genérico. Es concreto. Se ve en los hechos. Sus mandamientos están expresados en aquellos gestos que resumen su vida: cuando lava los pies a sus discípulos, cuando parte y comparte el pan, prepara el pescado para sus amigos después de una noche de fatiga, cuando ve alguien que sufre, se detiene y lo toca.
Hoy celebramos el Día de las Madres. El amor de una madre es considerado como el más parecido al amor de Dios; porque es incondicional, sacrificado, constante, protector desde la concepción. La madre refleja al Consolador a través de su entrega desinteresada, su paciencia, su estar al lado de los hijos, su deseo profundo de bienestar para ellos. Las madres actúan como un canal de gracia.
¡¡¡FELICIDADES A LAS MAMÁS!!!
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 14, 15-21
Jesús dijo a sus discípulos: «Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes.
El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él».
V Viernes de Pascua
Entre amigos
Jesús no nos considera simplemente seguidores, devotos o admiradores. Nos llama amigos. Y la amistad lo cambia todo. Es una relación directa, personal, sin máscaras. Es hermoso pensar que Jesús se dirige a nosotros así, cara a cara. Está dentro del grupo y no por encima. No establece jerarquías: superior e inferior, amo y siervo. Ningún amigo es superior al otro.
El amor de Cristo es riqueza que busca llenar la pobreza, acompañar la soledad. Para que aprendiéramos el modo de amar de Dios, él mismo asumió la medida humana de la amistad. Dios, el Señor, se abaja para hacerse amigo. Pero, ¿somos capaces de estar ante él como amigos? ¿Sabemos hablar con él como un amigo habla con otro amigo? El amigo es el confidente con quien se puede abrir el corazón, mostrarse vulnerables, no temer la propia desnudez, es decir, las fragilidades, debilidades, carencias. La confianza con el amigo vence el miedo de ser juzgados o de perder al amigo y volver a caer en la soledad.
En la amistad hay responsabilidad. Cada uno asume la responsabilidad de cuidar la amistad. Cristo mantiene siempre viva la amistad; nos perdona primero, extiende su mano para ayudarnos y nos anima a hacer siempre el bien.
La exhortación de Jesús a amarnos unos a otros como él nos ama, es una invitación a involucrarnos y envolvernos en el amor que une, en una especie de danza gozosa, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. El amor de Dios es plenitud de vida, pero también sacrificio: "Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos". Dar la vida no necesariamente en un sentido heroico o espectacular, sino en la entrega diaria de uno mismo, en el tiempo que se da, en la atención que cuesta, en quedarse cuando sería más fácil irse. En el amor hay alegría y dolor.
En la homilía de inicio de su pontificad, el Papa León XIV exhortaba: "En nuestro tiempo, vemos aún demasiada discordia, demasiadas heridas causadas por el odio, la violencia, los prejuicios, el miedo a lo diferente, por un paradigma económico que explota los recursos de la tierra y margina a los más pobres. Y nosotros queremos ser, dentro de esta masa, una pequeña levadura de unidad, de comunión y de fraternidad. Nosotros queremos decirle al mundo, con humildad y alegría: ¡miren a Cristo!... Escuchen su propuesta de amor para formar su única familia: en el único Cristo nosotros somos uno".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 15, 12-17
Jesús dijo a sus discípulos: «Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre.
No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros".
V Jueves de Pascua
Un lugar para permanecer en el amor
En el breve texto del evangelio de hoy Jesús hace una invitación: "Permanezcan en mi amor". Cristo nos ofrece su amor como un lugar donde podemos permanecer. Permanecer en el amor es un programa y una tarea para toda la vida. Toda nuestra vida consiste en descubrirnos amados. Permanecemos en el amor de Cristo amor cuando nos damos cuenta de que somos amados sin merecerlo. Entonces podemos cambiar, florecer, aprender.
No es fácil creer esto. Podemos instalarnos en la mediocridad, el dolor, la soledad. De hecho, una de las características de los jóvenes de nuestro tiempo, como colectivo, es el miedo a permanecer, "a los compromisos de por vida", ya sea en el noviazgo o en el seminario.
Concretamente, ¿qué significa permanecer en el amor de Cristo? ¿Es sólo un sentimiento bonito? Jesús lo dice: "Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor". Hay que interpretar correctamente estas palabras. No se trata simplemente de ejecutar reglas, de obedecer de manera mecánica. Jesús invita a algo más profundo: a confiar en él. Cumplir sus mandamientos significa seguir la dirección que indica, reconocer que su modo de vivir es el correcto. Confiamos en las personas que amamos. Por eso, permanecer en su amor es entrar en una relación de confianza, no en un sistema de obligaciones. Los mandamientos no son una serie de leyes que debemos cumplir para merecer el amor, sino el modo de manifestar ese amor.
¿Y cuál es el fruto de todo esto? "Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena". La señal de que permanecemos en el amor de Cristo es la alegría. No una alegría superficial o momentánea, sino una alegría "plena" porque es la alegría de Dios. Si entendemos y vivimos la relación con Cristo sólo como una suma de deberes, lo más probable es que seamos infelices.
La primera lectura nos cuenta el desenlace del primer debate que la Iglesia tuvo que afrontar cuando los paganos comenzaron a convertirse al Evangelio, a ingresar en una comunidad hasta ese momento exclusivamente judía. El resultado de aquella dramática confrontación sigue siendo una adquisición fundamental para la fe cristiana. Pedro dice a los judaizantes: "¿Por qué quieren irritar a Dios imponiendo sobre los discípulos ese yugo, que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido soportar?". Si lo vemos a partir del evangelio de hoy podemos decir que la verdadera condición para ser cristianos, para estar en comunión con Dios y en paz con los hermanos, es permanecer en el amor de Cristo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 15, 9-11
Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena».
V Miércoles de Pascua
Podar para hacer florecer
La primera lectura narra un desencuentro en la primera comunidad cristiana. Algunos cristianos querían imponer la observancia de la Ley de Moisés para obtener el don de la salvación. Esta postura "provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé".
La comunión en la Iglesia exige relaciones profundas y libres. Disentir y discutir son fundamentales para construir una comunión que no esté basada simplemente en simpatías o en equilibrios oportunistas. Más aún, son los signos necesarios que atestiguan cómo la Iglesia puede abrirse al "riesgo" de la novedad sin nulificar a las personas que la componen, ni al amor y la libertad garantizado a todos por la Pascua de Cristo.
Cuando el conflicto se vive en el aliento del Espíritu de Dios, las diversas sensibilidades no son anuladas, sino solamente purificadas, en vistas a la comunión y al testimonio del Evangelio. El relato de los Hechos no se debe leer, por tanto, como un momento de debilidad en la vida eclesial, sino como una etapa de exquisito realismo. La profundización de las relaciones fraternas exige a cada uno verificar sus propias costumbres e intenciones: "Entonces se reunieron los apóstoles y los presbíteros para examinar el asunto".
Considerar los problemas y las tensiones que surgen en el interior de la comunidad como una oportunidad para examinar nuestras convicciones nunca es fácil ni se da por descontado. Tendemos a presentar como cierto e indudable el propio modo de ver las cosas, sin escuchar atentamente al otro.
Todo esto exige disponibilidad para dejarse purificar y llegar a ser auténticos y fecundos. Dice el evangelio que el Padre poda al sarmiento que da fruto "para que dé más fruto". La fecundidad de los discípulos está íntimamente asociada al estar unidos a su Maestro y Señor. La fe es un vínculo personal, estar unidos a Cristo, y no simplemente estar incrustados en un sistema religioso.
La poda es un corte, y el corte duele. Son necesarios, porque liberan a la planta de lo superfluo y la hacen capaz de fructificar. Hay momentos en los que algo se nos quita: seguridades, proyectos, relaciones, certezas. Y quizás nos preguntamos: ¿Por qué precisamente esto? Tal vez, sin darnos cuenta, Dios está trabajando como un viñador paciente, quitando lo que no da fruto para hacer surgir algo más verdadero, más profundo, más pleno. Dios no corta para quitar, sino para hacer florecer. La clave es permanecer unidos a Él.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 15, 1-8
Jesús dijo a sus discípulos: "Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.
Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.
Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos".
V Martes Tiempo de Pascua
Paz en la tormenta
El mensaje del Evangelio de hoy se adapta perfectamente al mundo en el que estamos inmersos hoy: un mundo que necesita desesperadamente la paz, pero no puede encontrarla, no sabe cómo encontrarla.
Cristo dice que su paz no es como la paz que da el mundo: "La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo". La paz que da el mundo depende de las circunstancias. Si las cosas van bien, si no hay problemas, si todo está bajo control, entonces nos sentimos en paz. Cuando hay algo que no funciona bien, fácilmente perdamos la paz. En este tiempo, muchos podrían identificar la paz como un acuerdo entre las naciones en guerra.
Sin embargo, la paz de Cristo no nace de las circunstancias externas. Es una paz que puede estar también en la tormenta, en la oscuridad, en el fracaso, en la prueba, ante la muerte; porque no se basa en lo que sucede, sino en una relación, en la relación de Jesús con su Padre. Por eso, es una paz estable. La paz de Cristo no es algo que construimos, sino algo que recibimos. Es un don: "Les doy mi paz".
Imaginemos a un niño pequeño aferrados a la mano de su padre. Se siente seguro porque se siente cuidado por su padre. Delante del Padre del cielo somos como ese niño. No es nuestra fuerza lo que nos da seguridad. La seguridad nos la da una Presencia.
Cuando nuestra vida está fundada en Cristo, encontramos un apoyo que no se pierde. La verdadera paz nace de aquí. Esta es la paz que el Evangelio nos ofrece. No una tregua momentánea, sino un fundamento estable sobre el cual podemos descansar toda la vida.
Pero no pensemos que quien tiene esta paz no siente los miedos, las angustias, la precariedad de la vida. En medio de la tormenta va al fondo de su corazón y allí encuentra la paz. Oramos no sólo porque queremos que camben las cosas y tengamos paz, sino, sobre todo, para recuperar la paz que nos da Cristo.
Desde aquí entendemos las palabras de Jesús: "Se acerca el príncipe de este mundo". Está hablando de su inminente pasión y muerte. Jesús va a afrontar una tragedia. Sufrió, tuvo miedo, fue aplastado por la tristeza. Pero supo leer lo que hay dentro de la pasión y la muerte. Por eso, pudo leerlas desde otra perspectiva: "Es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que cumplo exactamente lo que el Padre me ha mandado". En esa tragedia va a quedar de manifiesto su profunda relación con su Padre, su amor al Padre, su determinación de cumplir con su voluntad.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 14, 27-31
Jesús dijo a sus discípulos: «La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: . Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean.
Ya no hablaré muchas cosas con ustedes, porque se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que cumplo exactamente lo que el Padre me ha mandado».
Santos Felipe y Santiago
Muéstranos tu rostro
En México recordamos hoy a los santos Felipe y Santiago. Los datos biográficos de estos dos apóstoles pasan a un segundo plano, frente al hecho mismo de recordarlos y a su testimonio de vida. Felipe y Santiago nos recuerdan aspectos fundamentales de nuestra experiencia de fe.
Felipe era originario de Betsaida. A diferencia de Santiago, Felipe es mencionado varias veces en el Evangelio. Cuando encontró a Jesús, era discípulo de Juan el Bautista. Cristo le dijo: "Ven y sígueme". Felipe respondió inmediatamente a la invitación del Señor. Así era el Apóstol. Llama la atención su reacción inmediata al encuentro con Cristo. No se guardó la noticia para sí mismo. Inmediatamente fue a buscar a su amigo Natanael (Bartolomé) y le anunció que habían encontrado al Mesías. Cuando su amigo dudó, Felipe no se enfrascó en un discurso teológico. Se limitó a darle la mejor respuesta que podemos dar: "Ven y lo verás".
A Felipe lo recordamos particularmente por su intervención durante la Última Cena. Con una sencillez entrañable, le pidió a Jesús: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta". Era la plegaria del Antiguo Testamento: "Señor, muéstranos tu rostro". Felipe anhelaba un conocimiento más profundo del Padre para comprender mejor aquel discurso largo y misterioso de Jesús en la Cena del Adiós. Gracias a esa pregunta, Jesús nos dejó una de las revelaciones más grandes: "Quien me ha visto a mí ha visto al Padre". La búsqueda del rostro de Dios, que a veces se vuelve dolorosa, se focaliza en Jesucristo.
Santiago es llamado el "Menor" porque era más joven que el otro Apóstol del mismo nombre, el hermano de Juan. Según la tradición, Santago el Menor era pariente cercano de Jesús. Los evangelistas no nos refieren ninguna intervención particular de este apóstol; únicamente aparece en las listas de los Doce. Después de la Resurrección, se convirtió en un líder importante en la comunidad cristiana. Fue el primer obispo de Jerusalén. En el Concilio de Jerusalén tuvo una acertada intervención. Junto con Pedro y Pablo defendió que los gentiles estaban exentos del cumplimiento de la Ley de Moisés, decisión que ensanchó la puerta para los gentiles.
El estilo de Santiago era práctico, firme y preocupado por los más vulnerables. Lo podemos ver en su Carta que viene en el Nuevo Testamento. Sacude las conciencias con una verdad: "La fe sin obras está muerta". Santiago recuerda que no basta con rezar mucho si ignoramos al pobre que está a nuestro lado. Su vida fue un testimonio de coherencia hasta el último momento, cuando fue martirizado por negarse a renegar de Cristo.
Pidamos a Felipe y Santiago que nos ayuden a reconocer en el rostro de Jesús el rostro del Padre. Y como el rostro de Jesús es un rostro humano, como el nuestro y como el de los que caminan junto a nosotros, que también podamos reconocer su rostro en ellos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 14, 6-14
Jesús dijo a Tomás: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto".
Le dijo Felipe: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta". Jesús le replicó: "Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: "Muéstranos al Padre"? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras.
Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre; y cualquier cosa que pidan en mi nombre, yo la haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Yo haré cualquier cosa que me pidan en mi nombre".
V Domingo de Pascua
El camino
En el evangelio de hoy, Jesús se despide de sus amigos. El texto que escuchamos forma parte del "discurso del adiós". Los discípulos se turban. Por eso Jesús les dice: "No pierdan la paz".
Vivimos en una época marcada por guerras, inseguridad, inestabilidad, ansiedad. Fácilmente podemos perder la paz del alma. En este contexto, las palabras de Jesús resuenan con una fuerza disruptiva, transformadora, como una invitación a revisar nuestros puntos de apoyo y, si es necesario, cambiarlos. La paz se pierde cuando perdemos los puntos que nos sostenían y guiaban, cuando sentimos que la tierra se hunde bajo los pies. Los discípulos sienten que al perder a Jesús van a perder la paz.
A lo largo de la vida experimentamos muchas separaciones y pérdidas. De hecho, el nacimiento es una pérdida y una separación. Nos separamos de nuestra madre. Perdemos su vientre cálido y acogedor. Pero estamos vivos precisamente gracias a esa separación. Lo que sucedió en el nacimiento se repite a lo largo de toda la vida. Podemos perder a nuestros padres, hermanos, amigos, esposos, un empleo, una empresa, un servicio, una misión. En esos momentos, tal vez nos asusta el futuro y nos duele la nostalgia por algo que ya no tenemos, que nos falta. Son pasos dolorosos, pero necesarios. A través de estas experiencias, las relaciones cambian, evolucionan, se transforman.
Esto ocurre no sólo cuando perdemos personas que amamos. En estos tiempos confusos hemos pedido certezas, valores que nos daban seguridad. Estas pérdidas nos obligan a buscar otros puntos de apoyo, nos obligan a ir a lo esencial. Tal vez la seguridad estaba puesta en doctrinas, formas religiosas, ritos, costumbres. Pero lo esencial es la persona de Jesucristo.
Cuando Jesús anuncia su partida, Tomás le pregunta: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?". El Señor le responde: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Aquí está la clave para superar la turbación ante las pérdidas, para afrontar los tiempos que vivimos. Tenemos un camino seguro para recorrer, una verdad que ilumina el camino y una manera de vivir.
"Envíame tu ubicación", es una expresión muy común hoy, usada cuando necesitamos indicaciones precisas para llegar algún lugar. Probablemente todos tenemos un celular con GPS para orientarnos. Los cristianos ya tenemos un GPS, un camino. Cristo es el camino. Recorrer este camino es como seguir al guía de una montaña que no conocemos. El guía conoce perfectamente cada paso y cada recoveco del camino. La seguridad no depende de nuestros conocimientos y habilidades, sino de confiar y seguir el camino que el guía nos señala. Hay que permanecer con él a cualquier precio, seguir sus pasos, ir más allá nuestros intentos por encontrar los caminos y la paz por nosotros mismos.
Cristo es la verdad. No dice yo "conozco" la verdad y la enseño a ustedes, sino yo "soy" la verdad. Su vida misma es la verdad. Para el cristiano, la verdad desborda todo concepto filosófico. Caminando con Jesús aprendemos a conocer nuestra verdad más profunda, nuestros límites, nuestras fragilidades, nuestros fracasos, pero también la presencia constante de Dios en nuestras vidas.
Tenemos, pues, un camino, una verdad y un estilo de vida en el que podemos encontrar estabilidad y orientación. Este camino nos lleva a nuestro destino final. El Padre es nuestro destino, el destino de nuestro corazón.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 14, 1-12
Jesús dijo a sus discípulos: «No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya y les prepare un sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy».
Entonces Tomás le dijo: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le respondió: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto».
Le dijo Felipe: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta». Jesús le replicó: «Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: ? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre».
San José obrero
Colaboradores del Creador
El Día del Trabajo recuerda las muchas luchas que los trabajadores tuvieron que librar en el pasado para obtener derechos básicos. La Iglesia quiso incluir en este día una reflexión sobre el trabajo para que no se quede en una visión conflictiva, para ofrecer una perspectiva trascendente del trabajo, para reflexionar sobre su sentido religioso. Por eso, celebramos hoy la memoria de José obrero.
Al ver la creciente sustitución de la fuerza laboral por las máquinas y la inteligencia artificial, los ambientes donde no hay reglas o se trabaja en condiciones laborales inhumana, donde hay desempleo, nos hace ver lo lejos que estamos de la visión bíblica del trabajo, concebido como continuación de la obra de la Creación de Dios.
Celebrar la memoria de san José obrero en este Día del Trabajo hace que pongamos atención en la necesidad de santificar el trabajo, de entender que el trabajo es uno de los lugares privilegiados donde nos hacemos santos. En el trabajo de cada día se juega la verdad de nuestra fe. Podemos limitarnos a realizar el trabajo o podemos realizarlo desde una perspectiva de fe. Esto es lo que hace la diferencia. José nos enseña que cada gesto, cada esfuerzo, cada responsabilidad puede convertirse en lugar de encuentro con Dios. Esto no cambia lo que hacemos, sino la manera en que lo hacemos.
Los motivos para trabajar son varios. Por supuesto que uno de ellos es ganar dinero. Pero si uno trabaja sólo para conseguir dinero, su trabajo no tiene alma. Es mero instrumento de lucro. Hay que abrirnos a la visión de Dios que nos hace colaboradores de su Creación. Con nuestro trabajo ayudamos a Dios a completar su obra maestra.
En el taller de José, Jesús aprendió la paciencia en el trabajo, la fidelidad en las cosas pequeñas de cada día. Aprendió que la vida se construye pieza por pieza, como se trabaja la madera: con tiempo, con cuidado, con dedicación. Escribe san Pablo: "Todo lo que hagan o digan, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios el Padre por medio de él". Esto implica trabajar de buena gana, con excelencia y gratitud, buscando nuestra realización personal, el sustento para nosotros mismos y para nuestra la familia. Además, realizar el trabajo como un acto de adoración y servicio a Dios y a los demás.
El Papa Juan XXIII se dirigió a san José con estas palabras: "Tú conoces sus angustias y sus sufrimientos (de los trabajadores) porque tú mismo los probaste al lado de Jesús y de su Madre. No permitas que, oprimidos por tantas preocupaciones, olviden el fin para el que fueron creados por Dios; no dejes que los gérmenes de la desconfianza se adueñen de sus almas. Recuerda a todos los trabajadores que en los campos, en las oficinas, en las minas, en los laboratorios de la ciencia no están solos para trabajar, gozar y servir, sino que junto a ellos está Jesús con María, Madre suya y nuestra, para sostenerlos, para enjugar el sudor, para mitigar sus fatigas. Enséñales a hacer del trabajo, como hiciste tú, un instrumento de santificación".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 13, 54-58
Jesús llegó a su tierra y se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal forma, que todos estaban asombrados y se preguntaban: "¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿Acaso no es éste el hijo del carpintero?
¿No se llama María su madre y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Qué no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?» Y se negaban a creer en él.
Entonces, Jesús les dijo: "Un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa". Y no hizo muchos milagros ahí por la incredulidad de ellos.
IV Jueves de Pascua
Canales de gracia
Jesús hace la distinción entre sirviente y amo, es decir, entre él y los discípulos. El ego tiende a hacer distinciones con la finalidad de que los demás se den cuenta de lo grande que es. Sin embargo, Cristo hace la distinción no para deslumbrar con su grandeza, su estatura, sino para poner un freno a nuestro descarado intento de elevar nuestra estatura por encima de la suya, sobreestimarnos, endiosarnos, una tendencia profundamente arraigada en el ego.
Por enésima vez, el Señor nos invita a superar esta ilusión, a revertir los criterios mundanos. El Señor, el amo, está ante sus discípulos como un sirviente. El amo es el sirviente. Dios elige hacerse sirviente para hacernos entender que es posible estar en el mudo de otra manera, no con aires dominadores, no creyéndose superiores a los demás. Entender esto y ponerlo en práctica, dice Jesús, nos hace felices. Sin embargo, es un hecho que muy pocos lo han entendido y practicado. Santa Teresita de Lisieux lo entendió y lo puso en práctica. Lo que le permitió abrazar la "pequeñez" no fue fruto de su propio esfuerzo, sino una transformación interior realizada por la gracia que ella misma definió como "un milagro de Dios". Hacernos pequeños, servidores, sólo lo podemos lograr con la gracia de Dios.
Jesús invita a ser el último, el servidor de todos, incluso ante aquél que lo iba a traicionar. A veces el sufrimiento no viene de afuera, de quien consideramos enemigo, sino que surge de personas muy cercanas. Puede venir de quien está a nuestro lado, de quien comparte con nosotros la vida. Duele más. Saber que Jesús también pasó por este tipo de sufrimiento ilumina este dolor.
Sin embargo, Cristo no se detiene en la herida. Nos invita a no permanecer fijos en la traición, sino cambiar la mirada. En efecto, inmediatamente después dice: "El que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado". Lo decisivo no es el mal recibido, sino recibir al otro. Lo que arruina nuestra vida no es la traición, sino la cerrazón. Hay que permanecer abiertos a los demás, a algo más grande.
Nuestra vida, con sus fragilidades y heridas, puede convertirse en un espacio donde Dios se hace presente. Saber que esto es posible nos ayuda a recibir al Señor. Entonces nos convertimos en un canal donde, a pesar de todo, sigue circulando un amor mucho más grande que la herida sufrida.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 13, 16-20
Después de lavarles los pies a sus discípulos, Jesús les dijo: "Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos.
No lo digo por todos ustedes, porque yo sé a quiénes he escogido. Pero esto es para que se cumpla el pasaje de la Escritura, que dice: El que comparte mi pan me ha traicionado. Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que Yo soy.
Yo les aseguro: el que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado".
IV Miércoles de Pascua
Luz en la oscuridad
No siempre hay claridad en el mundo que está fuera de nosotros y en el mundo que está dentro de nosotros. No siempre es fácil entender lo que pasa, cómo vivir ciertas situaciones, ciertas relaciones. Quisiéramos tener la solución a cada dificultad, la palabra correcta en el momento adecuado, la intuición adecuada para entender lo que está sucediendo.
Nuestro mundo interior —nuestras necesidades, miedos, sueños— influyen y condicionan nuestros comportamientos. Y a veces no nos deja tomar las decisiones correctas. Necesitamos un consejero. En realidad, lo tenemos, y es precisamente Jesucristo que con su Palabra ilumina nuestra vida.
Dice el evangelista Juan que Jesús "exclamó con fuerte voz", es decir, gritó: "Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas". Cristo grita. Su voz debe resonar con fuerza para que nadie deje de escucharla, a nadie se pase por alto. La luz ya no es una metáfora o algo impreciso: es Jesucristo. Pero, ¿creemos lo que dice y recurrimos a él para entendernos, entender las situaciones que vivimos, tomar decisiones?
La luz de Cristo hace retroceder las tinieblas que nos mantienen prisioneros. Las tinieblas pueden ser los pensamientos y razonamientos que producen miedo y ansiedad. Pueden ser sentimientos y emociones que nos arrastran hacia abajo. Pueden ser decisiones equivocadas que nos hacen buscar en el pecado la felicidad que sólo puede darnos el amor.
Pero tal vez nos cuesta acercarnos a esta luz porque tenemos miedo de ser condenados, de no ser dignos de amor, de descubrir todo lo malo que nos habita. Ciertamente la luz pone en evidencia lo que hay en nosotros, tanto lo bueno como lo malo. Desnuda nuestros pecados. Pero es Jesús mismo quien nos asegura: "No he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo".
A medida que nos acercamos a Cristo, experimentamos una luz que alumbra en nuestro interior. Es una luz que no ciega, ni deslumbra, ni engaña, ni hiere, sino que ilumina suavemente, cura la ceguera y hace bien al corazón. Es la luz de la misericordia de un amor que viene a buscarnos en nuestra oscuridad. Quien vive con Cristo ya no necesita esconderse, ya no tiene miedo de lo que es y de lo que habita en él.
Aunque en algunas ocasiones nos parezca que es de noche, es sólo una sombra. Del otro lado está la luz de Cristo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 12, 44-50
Jesús exclamó con fuerte voz: "El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.
Si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, yo no lo voy a condenar; porque no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo. El que me rechaza y no acepta mis palabras, tiene ya quien lo condene: las palabras que yo he hablado lo condenarán en el último día. Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que mi Padre, que me envió, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar. Y yo sé que su mandamiento es vida eterna. Así, pues, lo que hablo, lo digo como el Padre me lo ha dicho".
IV Martes de Pascua
"Conozco mis ovejas"
¿Cuál es la prueba de que somos verdaderamente de Cristo? En el Evangelio de hoy, Jesús dice: "Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen". Ser de Cristo no es el resultado de un razonamiento ni tampoco es una pertenencia teórica. Es el resultado de escuchar, de reconocer su voz, de confiar en ella y seguirla.
La pertenencia a Cristo se manifiesta en esta escucha profunda y confiada. Ciertamente que no es perfecta y no se da sin esfuerzo, pero es real. Hay que aprender a reconocer esa voz, confiar en ella y dejarse guiar por ella. Escuchamos a Cristo cuando leemos y meditamos el Evangelio, pero también en la trama de la vida cotidianas. La escuchamos en los acontecimientos que vivimos, en los rostros de las personas que encontramos, en nuestro interior, en nuestros momentos alegres y tristes. En todo esto podemos escuchar una palabra, un fragmento, de un largo diálogo con el Señor.
Escuchar a Cristo y tomar en serio su palabra, su punto de vista, su manera de ver la realidad, seguirla no significa ser simplemente ejecutores pasivos. No es una obediencia mecánica, automática. Es, más bien, la respuesta de quien se sabe amado por él, de saber que nos conoce profundamente, mejor de lo que nosotros nos conocemos. "Yo conozco mis ovejas". Para Cristo no soy un desconocido: le pertenezco, estoy en su corazón; tanto así que, si recorro caminos equivocados, está dispuesto a dejar todo para buscarme. Le importa incluso mi lejanía.
Jesús nos conoce en lo bueno y en lo malo. Nadie como él conoce nuestros actos de bondad, de entrega, de disponibilidad y que tantas veces quedan ocultos a las miradas de los demás. Y nadie como él conoce que nos duelen nuestros errores, la impotencia que sentimos cuando queremos ser mejores y no podemos. Nadie como él conoce nuestras alegrías más íntimas y el sufrimiento por los fracasos y decepciones
Podemos tener el corazón oprimido por situaciones personales o familiares. Nuestro país —y en general nuestro mundo— con las noticias continuas de asesinatos, de corrupción, de violencia sobre personas frágiles, se está transformando de tierra del sol, de belleza, de la familia, de los valores, en un lugar de incertidumbre para nosotros y para las generaciones futuras. Jesús conoce todo esto y viene a buscarnos. Si nos dejamos alcanzar y lo dejamos actuar, consuela nuestro corazón y lo fortalece.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 10, 22-30
Por aquellos días, se celebraba en Jerusalén la fiesta de la dedicación del templo. Era invierno. Jesús se paseaba por el templo, bajo el pórtico de Salomón. Entonces lo rodearon los judíos y le preguntaron: "¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo claramente".
Jesús les respondió: "Ya se lo he dicho y no me creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre, y él es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. El Padre y yo somos uno".
IV Lunes de Pascua
El momento de la verdad
Continuamos contemplando a Cristo como el Buen Pastor. Jesús ofrece un criterio para distinguir un buen pastor de un mal pastor: la presencia de los lobos, es decir, de dificultades. Es precisamente en las pruebas, en las tribulaciones, en los momentos en los cuales las cosas se complican, donde emerge la verdad. Cuando atravesamos por dificultades, reconocemos los verdaderos y los falsos amigos. Jesús dice que el buen pastor no huye del lobo. No abandona el rebaño cuando la situación se torna peligrosa. Permanece. Y no solo permanece, sino que "da su vida por las ovejas".
Cristo elige estar con nosotros cuando no conviene estar. No se aleja cuando somos frágiles, cuando todo parece ir mal. Se hace más cercano. No elimina necesariamente a los lobos, pero no nos deja solos ante ellos.
Los lobos, pues, nos ayudan a descubrir quién nos ama realmente. Por eso, en las cosas malas que nos suceden puede haber algo positivo. Revelan la calidad de muchas de nuestras relaciones, nos ayudan a verificar si permanecemos, si amamos, también en las dificultades o solamente cuando las condiciones son favorables. En la prueba se manifiesta la verdad del amor. Por eso las pruebas no son sólo momentos difíciles, sino también momentos de verdad.
La primera lectura narra la trasformación interior, el cambio de mentalidad de Pedro, obrada en la Pascua y en Pentecostés. Después de tantas fallas de carácter de Simón Pedro —los Evangelios nos dan abundantes ejemplos— el apóstol aprendió a ser más valiente y abierto. Ahora encontramos en él las mismas actitudes de Cristo el Buen Pastor. Pedro ensancha el corazón para que todos encuentren un lugar. Hace realidad las palabras de Cristo: "Tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas".
En efecto, Pedro afronta el reproche de los cristianos de origen judío todavía anclada en la letra de la ley que prohibía a un judío entrar en la casa de un pagano para no incurrir en impureza, para no contaminarse. Pedro se justifica narrando su experiencia. Estando en oración, escuchó claramente una voz que le dijo: "No tengas tú por impuro lo que Dios ha hecho puro". Dios mismo abre las puertas de la fe a los paganos. Nadie queda excluido de su amor, de la transformación del Espíritu que envuelve a todos, superando los límites de los preceptos de la ley de Israel.
Antes de criticar, acusar, juzgar, rechazar a alguien preguntémonos: ¿Nos situamos en el grupo de los "puros", que excluyen a los que consideramos "impuros" o tenemos el corazón del Buen Pastor donde hay cabida para todos?
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 10, 11-18
Jesús dijo a los fariseos: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. En cambio, el asalariado, el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; el lobo se arroja sobre ellas y las dispersa, porque a un asalariado no le importan las ovejas.
Yo soy el buen pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Yo doy la vida por mis ovejas. Tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor.
El Padre me ama porque doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita; yo la doy porque quiero. Tengo poder para darla y lo tengo también para volverla a tomar. Este es el mandato que he recibido de mi Padre».
IV Domingo de Pascua
La puerta a un mundo nuevo
La vida tiene muchas puertas. Las puertas hacen posible las relaciones. Son espacios que hay que cruzar para entrar en la vida de otro. Cuando amamos a una persona le decimos: "Para ti las puertas de mi alma están siempre abiertas. Puedes entras a la hora que quieras".
Sin embargo, no todas las puertas llevan al éxito ni garantizan una vida mejor. Por eso, las puertas también nos ayudan a protegernos. Podemos cerrarlas y decidir quién puede entrar en nuestra vida. Si no las cerramos, corremos el riesgo de que entren personas que sólo quieren abusar. Las puertas sirven para proteger nuestra interioridad. Es importante cuidar nuestra vida, nuestros pensamientos y deseos, nuestras emociones y sentimientos, de ladrones que vienen a robar, matar, destruir la paz del alma. En este tiempo han aumentado los maleantes. Hay muchos que entran por la pantalla de los teléfonos celulares para estafar o para robar nuestra atención, quitarnos el silencio interior, alimentar nuestro ego, llenar nuestra mente de mentiras.
No faltan pastores que dicen cuidar el rebaño; pero, como afirma Jesús, "son ladrones y bandidos que vienen a robar, a matar y a destruir". Utilizan el miedo, fomentan el sentimiento de culpa, imponen un sistema de control, convierten la gracias en mérito o mercancía que se compra y se vende; pretenden secuestrar a Dios y hacen que sus seguidores mendiguen lo que les pertenece. Estos falsos pastores no sólo se quedan fuera del reino de Dios, sino que además impiden que otros entren.
En el evangelio, Cristo aparece como pastor y como puerta que da acceso a un mundo nuevo, a una manera de entender y vivir la vida. No es una pared cerrada, ni un muro que divide. Es paso, apertura, brecha de luz, lugar a través del cual podemos "entrar y salir", es decir, tenemos libertad de movimiento. Esto no quiere decir que entramos en el reino de la anarquía o del libertinaje; entramos y salimos, nos movemos, siguiendo los pasos de Cristo.
Dejemos que Cristo entre a nuestra alma. En el libro del Apocalipsis, Jesús dice: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo". El Señor invita a entrar en una relación íntima y personal con él. Respeta nuestra libertad. Espera que decidamos abrirle la puerta. Sabe cómo entrar y habitar en nuestro interior. En Cristo podremos reconocer la voz de los verdaderos pastores y la voz de tantos mercenarios que se disfrazan y engañan, que intentan manipular nuestras decisiones. Voces que alimentan el miedo, que exacerban los conflictos, que prometen soluciones rápidas y fáciles, que forjan consensos aprovechando las fragilidades del otro.
En este tiempo de Pascua, Jesús se presenta como el Buen Pastor que llama a cada oveja por su nombre. En los campos de concentración nazi, las personas estaban marcadas con números. Incluso en algunos hospitales los pacientes son designados con números, por ejemplo, el enfermo 2 de la habitación 7. Llamar a alguien por su nombre es sacarlo del anonimato.
Cristo no sólo nos llama por nuestro nombre. Hace algo más: lo pronuncia con amor. Recordemos a María Magdelane que reconoció a Jesús resucitado precisamente cuando él pronunció su nombre: "¡María!". Respondamos como enamorados a quien nos llama como un enamorado.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 10, 1-10
Jesús dijo a los fariseos: "Yo les aseguro que el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta, ése es el pastor de las ovejas. A ése le abre el que cuida la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz. Pero a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños".
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Por eso añadió: "Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia".
III Viernes de Pascua
De "devorar" a "comulgar"
Podemos correr como locos detrás de objetivos que creemos justos, tal vez juzgando y descalificando a quien no piensa como nosotros, precisamente como Saulo que juzgaba y destruía lo que no entendía. Entonces, de repente, llega un momento en que la vida nos golpea y nos encontramos en el suelo, frágiles, aturdidos, perdidos. Sin embargo, es precisamente allí, en el suelo, mordiendo el polvo, que comienza la Pascua. Resurgir puede ser quitar las "escamas" de los ojos, esos lentes manchados de prejuicio o de ansiedad que nos impiden ver la realidad sin distorsionarla.
Algo semejante sucedió en el relato del evangelio de hoy. Jesús afirma: "Mi carne es verdadera comida". Sus palabras ponen en crisis a sus oyentes. No entienden: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?". Francamente es demasiado, es absurdo, lejos de la realidad.
Sabemos que en el discurso del pan de vida la atención se focaliza en la Eucaristía. Pero el lenguaje sigue siendo complicado y difícil de asimilar, falto de lógica desde un punto de vista simplemente racional. ¿Qué sucede? San Juan está hablando del misterio. Dios se "encarna" para hacerse uno de nosotros. Y nos da a comer su "carne" para hacernos uno con él y entrar en nuestra realidad cotidiana más carnal.
Para los hebreos, la "carne" no se refiere simplemente a la materia física o al cuerpo físico. Representa la totalidad de la persona en su condición de criatura, frágil y mortal. En la pequeñez, en la fragilidad del pan, Cristo se entrega. La Eucaristía no sólo es un encuentro espiritual con Cristo: es también físico, material. Involucra toda nuestra persona, toca nuestra existencia en profundidad.
Un prisma de cristal es sólo una pieza de vidrio transparente; pero cuando la luz lo atraviesa, estalla en mil colores. Nosotros somos ese prisma y la Resurrección es la luz que nos atraviesa y nos permite colorear nuestras relaciones y transformar algo tan banal como comer un pan en un encuentro vivo y una unión profunda con Jesús Resucitado. Hay que dejar que brille el ego y dejar que la luz de la resurrección de Cristo nos atraviese.
El escritor italiano Alessandro D'Avenia, en su obra Resiste, corazón. La odisea y el arte de ser mortales escribe: "Me ha impresionado siempre que Cristo elija ofrecer su cuerpo en la forma del pan y del vino, precisamente para que el hombre deje de devorar el cuerpo de los demás y el del mundo". En la Eucaristía, Cristo transforma la dinámica de "devorar", es decir, consumir de manera egoísta, en "comulgar", es decir, recibir y compartir en el amor. Al hacerse pan, Cristo se ofrece como alimento que sacia el hambre espiritual sin destruir ni consumir al otro, superando la tendencia humana al egoísmo y a la instrumentalización de las personas.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 6, 52-59
Los judíos se pusieron a discutir entre sí: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?" Jesús les dijo: "Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre". Esto lo dijo Jesús enseñando en la sinagoga de Cafarnaúm.
III Jueves de Pascua
La seducción de Dios
Jesucristo dice: "Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado". Dios atrae, seduce, encanta. Canta canciones de amor. Somos atraído por la belleza y el amor del Padre. La fe es, ante todo, un don. No es simplemente el resultado de un esfuerzo humano o de un razonamiento bien construido. Nace de una atracción, de un movimiento interior que Dios mismo suscita en el corazón. Sólo el Padre puede disponer a una persona para ir hacia Jesús. Sólo Él puede encender ese deseo profundo que abre a la fe. Dios toma la iniciativa. Por eso la fe no se impone, no se fuerza, no se construye artificialmente.
Ahora bien, según el Evangelio todas las personas pueden ser alcanzada por esta atracción. Dios quiere que todos se salven. Cristo vino por todos. Por eso, cuando pedimos para que una persona crea, habría que pedir, ante todo, para que se dé cuenta de la atracción hacia el Absoluto, hacia el Amor, hacia la Belleza, hacia la Plenitud que hay en su interior y que, en último término, es la atracción de Dios. Cuando Dios empieza a obrar en el corazón y le respondemos, nada queda como antes.
La primera lectura es un ejemplo de esto. Dios atrae a través de su Palabra y de un testigo. Felipe es invitado por el Señor a acercarse al eunuco etíope que leía un pasaje del profeta Isaías y no sabía a quién se refería la imagen del Siervo Sufriente: "Acércate y camina junto a ese carro". El Espíritu de Dios es quien toma la iniciativa. El primer paso para que el eunuco pueda dejarse atraer por Dios, está asociado a la disponibilidad de Felipe para aceptar la invitación del Señor, acercarse al eunuco, hacerse su compañero de viaje. Sólo después puede hacerse mediador de salvación.
El eunuco invita a Felipe a subir a su carro y a sentarse junto a él. Entonces el eunuco le pregunta por el sentido de lo que va leyendo: "Dime, por favor: ¿De quién dice esto el profeta, de sí mismo o de otro?". Busca una respuesta. En el fondo, busca a Dios.
El diálogo con Felipe tocó el corazón del eunuco. Pide: "Aquí hay agua. ¿Hay alguna dificultad para que me bautices?". Aquel hombre había experimentado la gracia, la fuerza de Dios en su interior, y sintió la necesidad de concretizar su búsqueda recibiendo el sacramento del bautismo. Así culminó el proceso evangelizador.
Si observamos nuestro corazón nos daremos cuenta que podemos sentirnos atraído por el dinero, el poder, el sexo. Pero si seguimos observando nos daremos cuenta de que también somos atraídos por el Padre del cielo. Que el Espíritu de Dios nos ayude a percibir la fuerza de atracción de Dios en nuestro corazón y que nos dejemos atraer por Él.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 6, 44-51
Jesús dijo a los judíos: "Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ése yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: Todos serán discípulos de Dios. Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí. No es que alguien haya visto al Padre, fuera de aquel que procede de Dios. Ese sí ha visto al Padre.
Yo les aseguro: el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo, murieron. Este es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida".
III Miércoles de Pascua
Tocados por la eternidad
La primera lectura nos pone frente al drama de la persecución; pero también de lo que podríamos llamar la gracia de la persecución. La muerte de Esteban representa, en la historia de la Iglesia, un momento importantísimo. A los discípulos se les reserva la misma suerte que a su Maestro; pero esto, en lugar de debilitarlos, no hace más que reforzar aún más su testimonio y su entusiasmo. Si las primeras palabras de la lectura hablan de "una violenta persecución contra la comunidad cristiana", las últimas palabras hablan de alegría: "Esto despertó gran alegría en aquella ciudad".
La persecución provocó que los primeros cristianos se dispersaran, que fueran a otras ciudades llevando la Buena Noticia de Cristo. Si la alegría fue fruto de la persecución fue porque los cristianos acogieron la dispersión como una especie de necesidad y casi una condición para la extensión de la Buena Noticia. El Viento de Dios a través del viento de la persecución permite, de un modo u otro, que el polen del Evangelio fecunde las flores de pueblos, cada vez más lejanos, convirtiéndose en una cosecha abundante.
El Evangelio narra el secreto que está a la base de la actitud asumida por los discípulos. En la persecución, la incomprensión o el rechazo, Jesús se hace alimento de alegría y de vida. En efecto, san Juan dice que la relación con Cristo da seguridad: "La voluntad del que me envió es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado". Somos cuidados por el Señor. Él no deja de sostenernos incluso cuando caemos, incluso cuando nuestra fe flaquea.
El ancla de un barco hace que, al engancharse en el lecho marino, se detenga de manera segura en bahías o puertos, impidiendo que se desplace debido a la fuerza del viento, las corrientes marinas o las mareas. Cristo resucitado es nuestra ancla plantada en el cielo.
Además de cuidarnos, Cristo introduce en nuestra vida el germen de la resurrección. Lo que vivimos, lo que amamos, el bien que hacemos no queda prisionero del tiempo. Es tocado por la eternidad. La vida que el Señor nos ofrece brota de la intimidad con él. Por eso es una vida plena, eterna.
En el evangelio de hoy Jesús vuelve a revelarse como pan: "Yo soy el pan de la vida". Esta frase nos conecta con la Eucaristía. La Eucaristía no es sólo un alimento para el presente. También transforma nuestra vida en perspectiva de eternidad. Nos enseña a vivir sabiendo que nada de lo auténtico se perderá. Para Dios, nada de lo vivido ha sido en vano, porque él nos ama. Al final, recoge todas las lágrimas y hasta la más pequeña sonrisa, y las transfigura.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 6, 35-40
Jesús dijo a la multitud: "Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed. Pero como ya les he dicho: me han visto y no creen. Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí; y al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
Y la voluntad del que me envió es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día".
III Martes de Pascua
Ser pan para los demás
Tenemos deseos, sueños, proyectos. Tal vez queremos un poco más de serenidad, una relación que funcione, un problema que se resuelva, una herida que se cure, un automóvil nuevo. A veces pensamos que, si tenemos estas cosas, estaríamos realmente bien. Pero si las tenemos, ¿no es verdad que surgen nuevas necesidades, nuevas inquietudes?
Nuestro corazón es así: no se contenta fácilmente. Y es que tiene una necesidad más profunda. Dios responde a esta necesidad enviando a su Hijo. Jesús no es solo alguien que habla de Dios, sino que es el don de Dios. Él es el alimento que satisface el hambre de una vida más plena. Nos alimentamos de Jesús no para dejar de tener necesidades. Lo que Cristo nos ofrece es su presencia que sostiene nuestro camino y su amor que llena el vacío del corazón.
El Señor se presenta como pan: "Yo soy el pan de la vida". Jesús ya no es para la multitud sólo el que multiplica el pan: él mismo se hace pan. Estas palabras de Jesús nos llevan a la Eucaristía. No estamos ante un simple rito, un recuerdo, una representación simbólica de la última cena. La Eucaristía es un acontecimiento vivo, donde Jesús se hace presente, se sigue dando como pan que sostiene nuestra vida.
Participar en la Eucaristía significa dejarse alcanzar por este don, permitir que Cristo entre en nuestra hambre, ocupe un espacio en el corazón y lo mire desde adentro. Que mire nuestros fantasmas y nos ayude a comprender que son sólo fantasmas. Que nos empuje hacia el futuro. La Eucaristía no es un simple gesto exterior, sino algo que cambia la vida desde dentro. No es una costumbre religiosa, sino un encuentro real con el Señor resucitado.
Vayamos a la Eucaristía con hambre y sed de Dios, de tal manera que participar en ella nos trasforme en lo que comemos. Entonces podemos ser pan para los demás. En una famosa expresión, san Ireneo de Lyon dice: "La gloria de Dios es el hombre que vive". Podríamos añadir: la gloria de Dios es el hombre que se hace pan como su Señor para vivir como él.
En la última y más célebre obra de Dostoyevski, Los hermanos Karamázov, el Gran Inquisidor dice: "El pan te asegura el éxito y el hombre se inclina ante quien se lo da; pero si otro se adueña de su conciencia, el hombre desdeñará incluso tu pan para seguir a quien ha cautivado su razón". O nos dejamos alimentar y cautivar por Jesús, el pan de la vida, o nos dejamos cautivar por hombres que nos dan un pan de esclavitud.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 6, 30-35
La gente le preguntó a Jesús: "¿Qué señal vas a realizar tú, para que la veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo".
Jesús les respondió: "Yo les aseguro: No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo".
Entonces le dijeron: "Señor, danos siempre de ese pan". Jesús les contesta: "Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed".
III Lunes de Pascua
El alimento que no se acaba
Lo que sucedió después de la multiplicación de los panes y los pescados es algo así como una persecución, no un seguimiento: "Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm para buscar a Jesús".
La búsqueda no fue en vano. Lo encontraron al otro lado del lago. Esta persecución tiene algo de asombroso, tanto de parte de la multitud ansiosa por encontrarlo, como de Jesús que parece jugar a las escondidas. El motivo de este movimiento parece ser la preocupación, por parte del Señor, de que la gente alimentada con los panes y los peces, no se instale en lo que sucedió, en lo que comió, sino que se ponga en camino, que no se detenga en su búsqueda, sino que la lleve adelante para descubrir otro pan.
La gente le llama a Jesús "maestro". Y ciertamente el Señor es un gran maestro. Como buen maestro se hace seguir, incluso perseguir, para obligar a la multitud a hacer un largo y necesario camino para verificar si su búsqueda y su discipulado son auténticos, y hasta qué punto. Al final de este largo capítulo, el resultado más significativo será la constatación de que, si bien todos han comido, no todos se abren a la fe, asumiendo las exigencias propias del seguimiento.
Jesús los desenmascara: "Ustedes no me andan buscando por haber visto señales milagrosas, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse". Esto marca una gran diferencia. Es como si el Señor les dijera: "Si realmente soy para ustedes un maestro, tienen que aprender cómo es mi programa de vida y no simplemente ser agradecidos y buscar que los alimente con el pan material".
El Evangelio nos invita a verificar el motivo de nuestra fe. Quizás necesite ser purificarla, dejar de usar a Cristo y comenzar a amarlo. Sólo una fe libre de intereses puede llegar a ser estable y capaz de dar sentido a la vida y a la muerte.
En la primera lectura, se nos ofrece un ejemplo de lo que es un verdadero discípulo. Esteban es el primer mártir cristiano. Un grupo de judíos reacciona encolerizados a los prodigios y las señales que Esteban hacía. Lo acusan de blasfemar. En realidad, ha puesto en crisis aquel sistema de control y de poder que han montado. Esta es la verdadera blasfemia, porque es el resultado de la idolatría de sí mismos. Esteban es de los que no ha trabajado por ese "alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna". Por eso, no teme morir porque ha creído y seguido a Cristo el pan de la vida que no tiene fin.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 6, 22-29
Después de la multiplicación de los panes, cuando Jesús dio de comer a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el lago. Al día siguiente, la multitud, que estaba en la otra orilla del lago, se dio cuenta de que allí no había más que una sola barca y de que Jesús no se había embarcado con sus discípulos, sino que éstos habían partido solos. En eso llegaron otras barcas desde Tiberíades al lugar donde la multitud había comido el pan. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm para buscar a Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo llegaste acá?" Jesús les contestó: "Yo les aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto señales milagrosas, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse. No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre; porque a éste, el Padre Dios lo ha marcado con su sello".
Ellos le dijeron: "¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?" Respondió Jesús: "La obra de Dios consiste en que crean en aquel a quien él ha enviado".
III Domingo de Pascua
"Quédate con nosotros"
Dos discípulos de Jesús dejan la ciudad de Jerusalén. Se ponen en camino. Regresan a su casa, a Emaús. Se alejan de aquel grupo encerrado y asustado de discípulos. Ellos se alejan y Jesús se acerca de manera discreta, tan discreta que no lo reconocen. Se acerca no para corregir el paso o imponer el ritmo, sino para darles todo el tiempo del mundo para expresarse; porque si tenemos prisa, no escuchamos bien.
Cristo les pregunta: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?". El rostro de los discípulos reflejaba tristeza, un detalle importante. ¿Qué nos indica? Que le había pasado algo trágico a alguien a quien amaban mucho. Le hablan de Jesús el nazareno. De cómo lo siguieron, lo amaron, esperaron en él. Pero murió en una cruz. Ellos creían que todo había terminado. Sin embargo, ¿realmente todo había terminado? Tal vez no, porque que las mujeres los habían desconcertado cuando contaron que la tumba de Jesús estaba vacía, que él no estaba allí.
Entonces el Señor los sacude con dos palabras: "insensatos" y "duros" de corazón. El problema no es el final trágico de Jesús, sino el corazón duro que no permite ver. Tienen todas las piezas de la historia, pero no saben cómo colocarlas en el lugar correcto. El desaliento hace que interpreten la realidad de manera distorsionada. Buscaban una salvación que excluyera el dolor, olvidando las promesas de los profetas sobre un Mesías sufriente. La salvación de Dios sigue caminos inesperados e incluye el sufrimiento. Sus ojos estaban abiertos, pero la forma de ver depende del corazón. Si el corazón está abierto toda la historia cambia de color, lo sabemos por experiencia. Si el corazón se cierra, los ojos están ciegos. Sólo ven los defectos. El evangelio invita a abrir el corazón para ver cada crisis, desilusión o dolor como un punto de partida.
El corazón de los dos discípulos estaba cerrado, pero no del todo. Luego de que cayó el velo de sus ojos, recordaron que, mientras Jesús los acompañaba por el camino y dialogaba con ellos, su corazón ardía: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!". Por eso le habían pedido: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Tienen hambre de sus palabras, de su compañía, de estar con él. Jesús entra en una casa de la cual no se dice nada, precisamente para que pueda ser nuestra, la casa de cada uno de nosotros.
Finalmente, lo reconocieron al partir el pan. ¿Por qué? Tres días antes, Jesús había hecho algo inaudito: se había dado a sí mismo en un pedazo de pan: "Tomen y coman, este es mi cuerpo". Este soy yo. He venido para que tengan vida y mi gozo esté en ustedes. Cristo se da, alimenta y luego desaparece. El centro de la vida cristiana es Jesús que se entrega. ¿Por qué entonces desaparece? Los discípulos habían cambiados. Se habían convertido en hombres resucitados y testigos. Ahora es el tiempo de ellos, ahora es nuestro tiempo. No nos vayamos de este mundo sin haber sido antes un pan bueno para el hambre y la paz del mundo.
En un relato jasídico el maestro pregunta a sus discípulos: "¿Dónde está Dios?". Maestro, siempre nos has enseñado que Él está en el cielo, en la tierra, en todo lugar... El maestro responde: "Me equivoqué, Dios sólo está allí donde se le deja entrar". Cristo resucitado está en todas partes, en todo el universo; pero si no lo dejamos entrar, no está en el lugar que más nos importa: nuestro propio corazón.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 24, 13-35
El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?"
Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" Él les preguntó: "¿Qué cosa?" Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron".
Entonces Jesús les dijo: "¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!"
Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: "De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón". Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
II Viernes de Pascua
Dar a Cristo lo que tenemos
A la luz de la Pascua releemos acontecimientos que caracterizaron la vida de Jesús. A partir de hoy meditaremos uno de los milagro más famoso realizado por Jesús: la multiplicación de los panes y los peces, milagro contado seis veces por los evangelistas.
A diferencia de lo que había sucedido durante el camino del éxodo por el desierto, donde los israelitas habían murmurado contra Dios por la falta de alimento, la muchedumbre que sigue a Jesús no se queja. Cristo comprende que tienen hambre. Así es Dios: escucha nuestro grito de ayuda incluso cuando es un grito silencioso. La necesidad no deja indiferente al Señor
Pero antes de actuar, Jesús le pregunta a Felipe: "¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?". Dice el evangelista que Jesús ya sabía qué hacer. Si hizo la pregunta fue para darle una lección a los discípulos. Felipe responde: "Ni doscientos denarios de pan bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan". El discípulo piensa que la solución está en el dinero. Jesús le va a enseñar que la solución al problema no depende fundamentalmente del poder adquisitivo que se tenga. Comienza por reconocer lo que ya se tiene. Por más pobre que uno pueda ser, siempre tiene algo. No importa si es poco o mucho, lo decisivo es si se lo guardamos para nosotros mismos o lo compartimos.
Los cinco panes de cebada y los dos peces que llevaba un muchacho eran poco en comparación con la multitud. Pero es todo que hay. El Señor no transformó la nada en comida, sino que tomó en sus manos lo que había a su disposición. No le pidió al muchacho que traía los panes y los pescados, ni tampoco a los discípulos, que alimentaran a la multitud. Sólo pidió que le entregaran lo que tenían y que organizaran la distribución de la comida. El resto lo hizo él. La solución al problema se realiza gracias a la acción de los hombres, pero sobre todo a la gracia de Dios.
Eso es lo que Cristo nos pide también hoy. No podemos ponernos a su altura, sino poner en sus manos lo mucho o lo poco que somos y tenemos, porque en sus manos lo poco no sólo basta: se convierte en abundancia.
Podemos ir del estómago al corazón. En el corazón está el hambre de amor, pero esa necesidad puede ser sofocada por otras necesidades que, aunque satisfechas, no sacian verdaderamente. Quizás después de muchas esperanzas fallidas se llega finalmente a Jesús. Él se fija no sólo en el hambre del estómago, sino también en el hambre del corazón.
El escritor italiano Giovanni Rodari escribió: "Quiero un pan siempre fresco, en el ciprés la flor del melocotón; que sean amigos el gato y el perro, que las fuentes den leche. Si quiero demasiado, no me des nada. Sólo dame una sonrisa".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 6, 1-15
Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea o lago de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto las señales milagrosas que hacía curando a los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, festividad de los judíos. Viendo Jesús que mucha gente lo seguía, le dijo a Felipe: "¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?" Le hizo esta pregunta para ponerlo a prueba, pues él bien sabía lo que iba a hacer. Felipe le respondió: "Ni doscientos denarios de pan bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan". Otro de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: "Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es eso para tanta gente?"
Jesús le respondió: "Díganle a la gente que se siente". En aquel lugar había mucha hierba. Todos, pues, se sentaron ahí; y tan sólo los hombres eran unos cinco mil. Enseguida tomó Jesús los panes, y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo a los que se habían sentado a comer. Igualmente les fue dando de los pescados todo lo que quisieron.
Después de que todos se saciaron, dijo a sus discípulos: "Recojan los pedazos sobrantes, para que no se desperdicien". Los recogieron y con los pedazos que sobraron de los cinco panes llenaron doce canastos. Entonces la gente, al ver la señal milagrosa que Jesús había hecho, decía: "Este es, en verdad, el profeta que habría de venir al mundo". Pero Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró de nuevo a la montaña, él solo.
II Jueves de Pascua
De la tierra y del cielo
Con el fragmento del Evangelio de este día termina el largo discurso de Jesús a Nicodemo. Pongamos atención a dos puntos.
San Juan escribe: "El que viene de la tierra pertenece a la tierra y habla de las cosas de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos". El Hijo de Dios viene del cielo. Quiso hacerse terreno para elevarnos. Desde el momento en que Dios se encarnó en este mundo, el cielo ha bajado a la tierra y la tierra ha subido al cielo. No somos sólo tierra, sino también cielo. Pertenecemos a la tierra y al cielo. Recuerdo el relato del aguilucho que fue criado por una gallina y creció creyéndose gallina: escarba la tierra, cacarea y apenas puede volar. Aunque siente que no pertenece al gallinero, se conforma, y muere olvidando que puede volar como un águila. Puede ser que seamos águilas que se empeñan en vivir como gallinas.
El evangelista profundiza en esta cuestión. Luego de hablar de Jesús como el que viene del cielo escribe: "Dios le ha concedido sin medida su Espíritu". Dios no da lo mínimo. Da en abundancia. Exagera siempre en el bien y en el amor. No hizo sólo una estrella, sino millones de estrellas. Y Jesús nos ha compartido su Espíritu en abundancia. La vida según el Espíritu consiste en aprender a vivir en horizontes más amplios. No se trata de evadirse de la realidad, sino de la forma más verdadera de habitar en ella. Dejarse llevar por el Espíritu no le quita nada a nuestra humanidad: la ensancha; no nos hace ajenos a la vida, sino más capaces de vivirla en toda su complejidad. Habría que descubrir que estamos hechos para más de lo que a menudo nos conformamos con vivir. Lo que más debería preocuparnos no son las caídas, sino la mediocridad a la que a veces se reduce nuestra vida.
A la luz de estas revelaciones, podemos comprender la reacción de Pedro y los apóstoles a las instrucciones del Sanedrín, de la que nos habla la primera lectura: "Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres". Pedro, que se había dejado llevar por el miedo durante la pasión de Cristo y lo negó, ahora no teme enfrentarse al Sanedrín. Ha recibido el Espíritu el día de Pentecostés y tiene consciencia de ser ciudadano del cielo.
La verdadera obediencia es la obediencia a Dios, dejarse conducir por el Espíritu. No es una obediencia servil. Es una actitud de escucha creativa. No se trata de desobedecer las leyes o a las autoridades. No es una rebeldía sistemática y antisistema. Es una transformación interior tan real que cambia nuestras prioridades y nuestra lógica mundana. Por eso, cuando la obediencia a las leyes entra en conflicto con la obediencia a Dios, debemos ser desobedientes para ser libres y obedientes a Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 3, 31-36
El que viene de lo alto está por encima de todos; pero el que viene de la tierra pertenece a la tierra y habla de las cosas de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. Da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz.
Aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque Dios le ha concedido sin medida su Espíritu. El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos.
El que cree en el Hijo tiene vida eterna. Pero el que es rebelde al Hijo no verá la vida, porque la cólera divina perdura en contra de él.
II Miércoles de Pascua
La luz del amor
El amor de Dios es concreto y tangible: "Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único". No es una idea, sino una persona. Es Jesús. En su persona, en su vida, en su muerte y resurrección podemos tocar este amor. No es un premio que tenemos que ganar sino un regalo que tenemos que recibir. Por eso no tiene sentido vivir la relación con Dios como si estuviéramos continuamente bajo su mirada severa y su juicio condenatorio, oprimidos por la culpa, apesadumbrados por el sentimiento de insuficiencia.
El evangelio añade: "Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él". La venida de Cristo es salvación, no condenación; es curación, no opresión; es liberación, no carga. Todo lo que en nosotros está herido, equivocado, frágil es alcanzado por este amor que no humilla, sino que eleva.
Sin embargo, este don pide ser acogido. El amor, por su misma naturaleza, exige la libertad. Es como una luz encendida: ilumina, pero no obliga a ver. En efecto, el Evangelio continúa: "Habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz". La luz está ahí, pero quizás creemos más en nuestra oscuridad que en la luz. El problema está en permanecer con los ojos cerrados. La oración no es para convencer a Dios de que nos ame, sino para decidir dejarnos amar, dejar de resistir y aceptar ser iluminados, dejar de ser prisioneros de nuestras tinieblas, para vivir en la verdad. Y es precisamente esta luz la que nos permite brillar.
El que escribe este evangelio es san Juan, el "discípulo amado". No quiere darnos una crónica de la vida de Jesús, sino contarnos su experiencia. No es un maestro que da una clase, sino un testigo que ha vivido con Jesús algo tan maravilloso que ha quedado seducido por él y ya no puede vivir sin pensar en él, sin soñar con él, sin trabajar por su causa. Quien acepta dejarse amar por el Señor se vuelve un testigo, como san Juan. Experimenta la belleza de la vida nueva, capaz de generar paz, alegría y amistad, que florece entre las piedras de las dificultades y entre las espinas dolorosas de las pruebas.
El mundo está envuelto en tinieblas: las tinieblas de la corrupción, la guerra, la inmoralidad, la mentira. Prefiere la oscuridad pudiendo optar por la luz. Se le ofrece la luz de la verdad, de la paz, del bien, de la bondad, la belleza, y la rechaza. Prefiere la oscuridad. Pero en este mundo de tinieblas también hay una luz que libera de la oscuridad. La luz de Cristo brilla en los que trabajan por la paz y la justicia, cuidan a enfermos y ancianos, forman familias con esfuerzo y fatiga, pero con mucho amor. Demos gracias a Dios porque en las personas que obran el bien brilla su luz.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 3, 16-21
Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios.
La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran.
En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
II Martes de Pascua
La cruz, posibilidad de vida nueva
Continúa el diálogo nocturno de Jesús y Nicodemo. Nicodemos busca respuestas en la noche, en su noche. Jesús lo va guiando y acompañado en el camino de iluminación y de conversión.
Nicodemo no comprende lo que le dice Jesús. Escucha y pregunta, pero no logra captar el sentido de sus palabras. Su sabiduría no le alcanza para entender la profundidad de las cosas de la tierra y mucho menos las cosas del cielo: "Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán si les hablo de las celestiales?".
Cristo quiere introducir a Nicodemo —y a nosotros— en un misterio difícil de comprender y de aceptar: la vida nueva pasa necesariamente a través de la cruz. En ese tiempo de pascua, el evangelio sigue hablando de la cruz; porque la cruz no es un accidente en el camino, sino un paso decisivo. La vida cambia cuando atraviesa la experiencia de la cruz. Es allí donde tiene lugar una conversión profunda; no una conversión que se queda en las ideas, sino una transformación real. La cruz nos sitúa ante la verdad. Desenmascara las ilusiones, redimensiona las expectativas, nos obliga a hacer frente a lo que somos y a lo que vivimos. Y es precisamente allí donde pueden nacer una mirada nueva y una vida nueva.
Incomoda y asusta cuando comprobamos que la vida no es como la habíamos imaginado. Pero aceptándola en toda su complejidad es como podemos abrazar nuestra cruz. Y no de manera resignada y fatalista, sino como posibilidad de algo nuevo. Cuando la aceptamos, cambia la perspectiva. Lo que antes parecía sólo una pérdida puede convertirse en ganancia.
Nicodemo tiene dificultades para entenderlo. Nosotros también. Pero el Evangelio no nos pide que entendamos todo. Nos pide que confiemos, que nos dejemos guiar con paciencia por Cristo. Confiando en él podemos llegar a lo andamos buscando, a la vida que tanto anhelamos. Es una vida nueva no porque esté libre de imperfecciones, sino porque está inmersa en la luz de Dios.
Entonces las cosas adquieren un nuevo sentido. Jesús le recuerda a Nicodemos cuando los israelitas caminaban por el desierto y fueron mordidos por serpientes venenosas. ¿Qué hizo Moisés? Levantó una serpiente de bronce y todo aquel que la miraba quedaba curado. La serpiente que engaña, que engañó a Eva, que muerde y envenena para hacer daño se convierta en símbolo de salud. Y la cruz, instrumento de tortura y muerte, signo de deshonra, se convierte en el medio de redención.
Juan 3, 7b-15
Jesús dijo a Nicodemo: "No te extrañes de que te haya dicho: Tienen que renacer de lo alto'. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con quien ha nacido del Espíritu".
Nicodemo le preguntó entonces: "¿Cómo puede ser esto?"
Jesús le respondió: "Tú eres maestro de Israel, ¿y no sabes esto? Yo te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán si les hablo de las celestiales?
Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que bajó del cielo y está en el cielo. Así como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna".
II Lunes de Pascua
Renacer del Espíritu
El tiempo de Pascua, camino hacia Pentecostés, nos invita a una inmersión cada vez más profunda en el misterio pascual de Cristo para captar su sentido más profundo, que toca los rincones más secretos del alma y los ilumina con su luz.
Los fariseos, los saduceos, los escribas, los sumos sacerdotes están de acuerdo en que Jesús es un mentiroso, un loco, un endemoniado. Sin embargo, Nicodemo, un fariseo conocido por su sabiduría y autoridad entre la gente, no se deja atrapar por el pensamiento de los demás, por los prejuicios de su grupo. Es un hombre que razona. Desafía el pensamiento común y la noche, y va a dialogar con Jesús. Se siente atraído por él. Está insatisfecho con su manera de vivir la religión, la relación con Dios. Intuye que Jesús puede ayudarlo porque ha visto los signos que hace: "Nadie puede hacer las señales milagrosas que tú haces, si Dios no está con él".
La noche recuerda la noche de la pasión del Señor, la noche de la traición, pero también el amanecer del día de la resurrección. Para Nicodemo la noche en la cual tuvo el encuentro con Jesús será un amanecer, el principio de una nueva vida. Jesús le dice: "Yo te aseguro que quien no renace de lo alto, no puede ver el Reino de Dios". Las palabras de Jesús son oscuras. Por eso Nicodemo expresa su desconcierto: "¿Cómo puede nacer un hombre siendo ya viejo? ¿Acaso puede, por segunda vez, entrar en el vientre de su madre y volver a nacer?".
La vejez es el principal impedimento para un renacimiento. No es sólo un dato cronológico, biológico, sino más bien un modo de vivir que se vuelve, con el paso del tiempo, cada vez más refractario a la novedad y al cambio. Todos experimentamos cómo, con el paso de los años y las estaciones, disminuye la capacidad de adaptarse, cambiar, desplazarse. Y el intento de volver al vientre de la madre, es decir, de volver atrás choca con el dinamismo de la vida espiritual que siempre busca avanzar.
Las palabras de Jesús manifiestan el cambio producido por su Pascua. La resurrección es un renacimiento, un renacer del Espíritu. Nacer del Espíritu es nacer a otro modo de vida, a la vida de Dios, ver brotar dentro de nosotros la vida del Espíritu. A través de este renacimiento "vemos" y "entramos" en el reino de Dios, en el significado profundo de las cosas.
Ahora bien, en la vida espiritual no nacemos de una vez para siempre. Hay que estar renaciendo una y otra vez. El camino de renovación finaliza cuando a través de la "Hermana muerte" entramos plenamente en la vida eterna.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 3, 1-8
Había un fariseo llamado Nicodemo, hombre principal entre los judíos, que fue de noche a ver a Jesús y le dijo: "Maestro, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer las señales milagrosas que tú haces, si Dios no está con él".
Jesús le contestó: "Yo te aseguro que quien no renace de lo alto, no puede ver el Reino de Dios". Nicodemo le preguntó: "¿Cómo puede nacer un hombre siendo ya viejo? ¿Acaso puede, por segunda vez, entrar en el vientre de su madre y volver a nacer?"
Le respondió Jesús: "Yo te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne, es carne; lo que nace del Espíritu, es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: 'Tienen que renacer de lo alto'. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con quien ha nacido del Espíritu".
II Domingo de Pascua
Abrir las puertas
Cuando estamos decepcionados, heridos o enojados, generalmente nos encerramos en nosotros mismos, rumiando los errores cometidos, tal vez buscando un culpable.
En el Evangelio de este domingo se repite dos veces la imagen de las puertas cerradas. El primer día de la resurrección había pasado. La buena noticia había sido anunciada. Sin embargo, los discípulos están encerrados en el Cenáculo, el lugar donde se realizó la última cena, donde los discípulos habían sido testigo del amor de Cristo hasta el extremo. No han podido sacudirse el miedo: "Estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo".
Los relatos de resurrección nunca hablan de discípulos que creen inmediatamente o que se convencen enseguida de que Jesús ha resucitado. Más bien, describen un camino —a veces largo— que lleva de la incredulidad a la fe. Es el camino al que estamos llamados a recorrer los discípulos de Cristo de todos los tiempos. Podemos ser una comunidad que anuncia la resurrección, pero lo que hace la diferencia es una comunidad que vive lo que anuncia. Con frecuencia, la resurrección de Jesús y de su presencia en medio de nosotros es más una doctrina que una experiencia vivida
El Cenáculo puede ser nuestro corazón, allí donde hemos escuchado al Señor, el lugar en el que hemos experimentado su Presencia. Sin embargo, al igual que el Cenáculo, nuestro corazón tiene puertas y a veces están cerradas. Tal vez no hemos logrado creer a fondo que Jesús ha resucitado. Pero Jesús es paciente, sobre todo con quien tiene dificultades para creer. No se resigna. A pesar de que las puertas están cerradas, entra y se pone en el centro, es decir, retoma el lugar que habían ocupado el miedo, la ira y la decepción.
Jesús le muestra a Tomás las heridas de su pasión. No se avergüenza de su vulnerabilidad, no oculta la humillación y el desprecio que ha sufrido. El Resucitado nos libera de la vergüenza de descubrir las heridas de nuestro corazón. Delante de las heridas de Jesús, Tomás sana las heridas de la duda, la incredulidad, la decepción. Los fracasos en el amor pueden convertirse en la raíz de un amor más grande y verdadero porque nos hacen cobrar consciencia de nuestra vulnerabilidad.
Jesús repite tres veces el deseo de paz, un don que tanto anhelamos en estos tiempos. La paz de Cristo es la paz del corazón en un mundo hostil. La insistencia de Cristo nos hace pensar que a los discípulos les cuesta trabajo acoger esa paz, como si en el fondo batallaran, como nosotros, para creer que es posible. Aunque todavía no podamos creer como quisiéramos, no hay que desesperarnos, porque Jesús no se desanima ni trivializa nuestra incredulidad. Vendrá de nuevo, también para nosotros, y nos acompañará en este camino de fe que nos conduce a abrir las puertas de nuestro corazón.
En estos tiempos inseguros y locos, en los que nos vemos azotados por la violencia y la inseguridad en el país, en los que el frágil equilibrio mundial, logrado con tanto esfuerzo, está siendo destruido por gobernantes narcisista y ebrios de poder, con "delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más impredecible y agresivo a nuestro alrededor", como dijo el Papa León en la vigilia de oración por la paz de este sábado, en este contexto celebramos a Cristo resucitado. Que él nos de la fuerza, la alegría y la creatividad necesarias para afrontar una crisis sin precedentes, llevando la paz de Dios en el corazón.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 20, 19-31
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.
De nuevo les dijo Jesús: "La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo". Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar".
Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor". Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré".
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Luego le dijo a Tomás: "Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree". Tomás le respondió: "¡Señor mío y Dios mío!" Jesús añadió: "Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto".
Otras muchas señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritas en este libro. Se escribieron éstas para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.
Viernes Octava de Pascua
Al final de la noche
Hay noches en las que nada parece tener sentido. Hay noches en las que la fatiga del trabajo se mezcla con la rabia por los resultados obtenidos. ¿Quién de nosotros no conoce reveses y la amarga experiencia de la frustración?
Los discípulos, todavía desconcertados, habían vuelto a su antiguo oficio, al que tenían antes de conocer a Jesús. Salieron a pescar en la noche y, como sucede a veces, a una desgracia se añade otra más. No pescaron nada. Jesús se hace nuevamente presente en la orilla del lago, pero ellos no lo reconocen. El Señor los espera —siempre nos espera— al final de nuestras noches fallidas. Nos espera para sacudirnos nuestros miedos y sacarnos de nuestros fracasos
El Resucitado les pregunta a sus amigos: "'Muchachos, ¿han pescado algo?'" Ellos contestaron con un seco: "No". Entonces, el Señor los invita a "echar las redes a la derecha de la barca y encontrarán peces". Habían echado las redes en la parte equivocada, donde no había peces. Escuchando la voz del Resucitado podemos descubrir en qué dirección se deben echar las redes. Necesitamos reconocer y escuchar la voz del Resucitado para aprender a usar las redes que Dios ha puesto en nuestras manos.
El hecho de que Jesús encuentra a sus discípulos al amanecer, al final de la noche, nos sugiere que con frecuencia estamos en ese paso de la oscuridad a la luz. Somos hombres y mujeres del alba. A Jesús lo encontramos al final de la noche y por eso es el comienzo de un nuevo día.
Hay noches que sólo se pueden atravesar gracias a alguien que ve lo que nosotros no vemos. No es casualidad que sea "el discípulo amado" el que reconoce al Resucitado: "¡Es el Señor!". Él es el único del grupo que no huyó en el momento de la pasión. El único que, durante la cena del adiós, inclinando la cabeza sobre el pecho del Maestro, había escuchado el amor que lo impulsaba a entregarse por la humanidad. El único que la mañana de Pascua, frente a la tumba vacía, vio y creyó. La mirada de Juan infundió esperanza y valor a los demás.
El final del relato está cargado de intimidad. Jesús invita a sus amigos a almorzar. Sentarse junto a Aquel que había muerto y que ahora está vivo rompe todos los esquemas, supera toda certeza. No le preguntan nada: "Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: '¿Quién eres?". Precisamente en este silencio se percibe la plenitud del encuentro: no hace falta explicar nada. Basta estar allí. En aquella Presencia se manifiesta algo extraordinario: el amor de Jesús que acompaña a los suyos en la sencillez de una comida compartida, como nos acompaña ahora cuando participamos en la Eucaristía.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 21, 1-14
Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Caná de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: "Voy a pescar". Ellos le respondieron: "También nosotros vamos contigo". Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.
Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: "Muchachos, ¿han pescado algo?" Ellos contestaron: "No". Entonces él les dijo: "Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces". Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.
Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: "Es el Señor". Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.
Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: "Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar". Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastro hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: "Vengan a almorzar". Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: '¿Quién eres?', porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.
Jueves Octava de Pascua
Las heridas trasfiguradas
Desde hace algunas semanas se ha intensificado el deseo y la necesidad de paz en el mundo. Cuando hablamos de paz, inmediatamente imaginamos la paz en Irán, en Ucrania, en el Líbano… en los pueblo que están en guerra. Esperamos que logren dialogar y decidan terminar con la guerra
Esto es siempre deseable; pero Jesús sabe que la paz debe comenzar en el corazón de cada persona. El primer don de Jesús resucitado es precisamente la paz. Lo primero que hace es construir la paz en el corazón de sus discípulos. Oramos por la paz del mundo, pero en el mundo siempre hay guerras. Por eso, la prioridad es tener la paz interior y cuidarla.
Cuando Jesús resucitado se presenta a los discípulos, se asustan. Se desorientan. Piensan que es un fantasma. Por eso el Señor muestra un realismo desarmante. No les da un discurso. Les ofrece su Presencia. Para que salgan de las dudas les pide que miren: "Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse". Las dudas de los discípulos son las rendijas por donde entra la luz. A pesar de que sabían que Jesús había resucitado, las dudas seguían siendo parte de la experiencia pascual de los discípulos, y también de la nuestra. Tenemos que luchar contra nuestros propios "fantasmas", afrontar las dificultades de la fe, para llegar a una confianza más plena, aunque no comprendamos plenamente todo.
Las manos, los pies y el costado heridos son la prueba de que Jesús resucitado no es una alucinación colectiva. Cristo quiere mostrar a los suyos que hay continuidad entre la cruz y la resurrección. Les pide que lo reconozcan a partir de allí, de la violencia y la crueldad extrema que quedó grabada en su cuerpo. A la luz de la resurrección, podemos releer el mal desde otra perspectiva. Las heridas han sido trasfiguradas. Toda la historia de Jesús —como también nuestra historia— es asumida y transfigurada en la resurrección.
Además de mostrarles las heridas de la pasión, Cristo come delante de ellos. No deja lugar a la ambigüedad. Al decir que Jesús pidió un trozo de pescado asado y lo comió, Lucas está trasmitiendo una verdad de fondo: la resurrección es un hecho, no la simple interpretación de un hecho. El Resucitado toca la realidad y puede ser tocado por ella. La fe cristiana no es una idea vaga, ni una emoción pasajera. Es un hecho. Es el encuentro con una presencia real. Jesús no es un símbolo, sino Alguien que se puede reconocer, encontrar, experimentar.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 24, 35-48
Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: "No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo".
Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: "¿Tienen aquí algo de comer?" Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.
Después les dijo: "Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos".
Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: "Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto".
Miércoles Octava de Pascua
Compañero de viaje
Los rostros de los discípulos que caminan a Emaús son tristes. Se nota en ellos la decepción. Todo ha terminado. Los proyectos, las esperanzas, los sueños tejidos pacientemente en años de seguimiento desvanecidos en unas cuantas unas horas. Pero Dios siempre sorprende.
Mientras caminan, un desconocido se acerca a ellos con mucha discreción. Escucha. Pregunta. Se interesa. Quiere entender para luego explicar. No juzga. Acompaña. De pronto, los sorprende con una pregunta: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?". Así comienza la sanación interior. Con su pregunta, Jesús busca que saquen sus frustraciones. Y lo hacen. Le cuentan a este desconocido sus sufrimientos. Él escucha pacientemente y cuando ya han terminado de exponer su dolor y su decepción, comienza Jesús el trabajo liberador.
¿Qué le contamos al Resucitado? Podemos contarle todo. Quizás nuestras decepciones, nuestros temores, nuestros fracasos. El Resucitado actúa en la historia de cada uno. La realidad personal se convierte en lugar donde Dios actúa, iluminando, explicando, abriendo el entendimiento a la comprensión de la verdad. La resurrección implica un proceso interior que nos exige la participación, dejarnos encontrar e interrogar.
Generalmente procuramos distanciarnos de todo lo que nos hace sufrir o nos plantea preguntas más grandes de las que estamos dispuestos a responder. Nuestros ojos permanecerán velados y no reconoceremos al Resucitado hasta que aceptemos que, en el escándalo de la cruz, no se ha realizado sólo una intervención extraordinaria mediante la cual Dios ha enderezado el curso de la historia, sino que Él mismo se ha revelado mostrando que en su designio no hay lugar para un amor que no sepa cruzar el umbral del dolor para convertirse en perdón y misericordia. Nuestros corazones vuelven a arder cuando dejamos que la Palabra del Resucitado ilumine el sentido de cada cruz ante la cual huimos con horror. Emaús no es un lugar del pasado. Es el lugar donde Dios nos sorprende hoy, cuando parecía que todo había terminado.
Luego de encontrar a Jesús, ya no queremos caminar solos. Lo que más deseamos es permanecer junto a él. Por eso, una vez más le pedimos: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Pedirle que se quede con nosotros, significa desandar el camino hacia Emaús —el camino de la resignación, el derrotismo, el desaliento— y seguirlo para encontrar bendición y compartirla. Compartir esperanza, confianza, amor.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 24, 13-35
El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?"
Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" Él les preguntó: "¿Qué cosa?" Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron".
Entonces Jesús les dijo: "¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Y acerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!"
Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: "De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón". Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Martes Octava de Pascua
Del dolor a la alegría
Los relatos de estos días nos muestran cómo la resurrección se hace historia en la vida de las primeras comunidades cristianas de un modo encarnado, concreto, con momentos de gran luminosidad y momentos de oscuridad.
En la primera lectura, el apóstol Pedro predica a la multitud de tal manera que sus "palabras les llegaron al corazón y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: '¿Qué tenemos que hacer, hermanos?'". El apóstol ha pasado del dolor de la negación a la alegría de la resurrección.
El evangelio presenta a María Magdalena. No para de llorar. Podemos estar en un lugar hermoso lleno de árboles y flores, que huele a tierra, hierbas y flores, y no darnos cuenta de la belleza que nos rodea. La atención está en otra parte. Está en la pantalla del celular, en un problema que resolver, en un proyecto que llevar adelante. La belleza está ahí, por todas partes, pero no la vemos. Parece como si estuviéramos en una habitación vacía.
Algo semejante le sucedió a María Magdalena aquella mañana en el jardín donde estaba el sepulcro de Jesús. Jesús está allí, a un paso de ella, resucitado, vivo. Sin embargo, su dolor, su pensamiento fijo en la ausencia de Jesús le llenan los ojos de lágrimas hasta el punto de volverla ciega.
Pero es precisamente en esta experiencia de desconcierto cuando el Resucitado se abre paso. No se impone con un signo espectacular. Realiza un gesto simple y decisivo: la llama por su nombre. "¡María!". Basta una palabra cargada de amor. Y todo cambia. No es que Jesús haya llegado en ese momento: ya estaba allí. Era ella quien no podía reconocerlo. Y lo reconoció porque lo amaba. San Antonio de Padua escribió que sólo a través del amor el alma puede conocer verdaderamente.
Y sigue sucediendo. Jesús no está lejos de nosotros. Somos nosotros los que estamos distraídos y no nos damos cuenta de una Presencia que está a nuestro lado. De vez en cuando, basta con detenerse. Levantar los ojos. Y dejarse encontrar.
María Magdalena nos da una lección. No huye de su dolor y no llena el vacío con sustitutos del amor. Una de las experiencia más decisiva en el crecimiento espiritual es habitar el vacío que tantas veces se abre dentro de nuestro corazón. Habitarlo como la Magdalena. Habitarlo con la obstinación del amor. Pero no basta el amor y el deseo de María. Hace falta algo más. Y aquí es donde entra en escena Jesús. El corazón atravesado por el dolor puede ser un paso para llegar a la alegría de la resurrección.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 20, 11-18
El día de la resurrección, María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: "¿Por qué estás llorando, mujer?" Ella les contestó: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto".
Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: "Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?" Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: "Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto". Jesús le dijo: "¡María!" Ella se volvió y exclamó: "¡Rabuní!", que en hebreo significa 'maestro'. Jesús le dijo: "Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: 'Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios' ".
María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje.
Lunes Octava de Pascua
Mi noche tuvo estrellas
Iniciamos la Octava de Pascua. En estos ocho días leeremos relatos de la resurrección que nos llevan al acontecimiento central de nuestra fe: Jesucristo ha resucitado.
En este primer día de la octava, cuando las notas de alegría y esperanza de la Vigilia Pascual resuenan aún en el sepulcro abierto de nuestro corazón, el evangelio nos lleva al núcleo de la experiencia pascual. La resurrección no es una doctrina: es el encuentro y el diálogo con el Señor resucitado. Mateo habla de mujeres que se alejan del sepulcro. Corren para comunicar la buena noticia a los discípulos. Y en el camino se encuentran con el Resucitado al que "le abrazaron los pies y lo adoraron". En su poema El coloquio maravillado, Pablo Neruda escribe: "Iba yo por la senda, tú venías por ella, mi amor cayó en tus brazos, tu amor tembló en los míos. Desde entonces mi cielo de noche tuvo estrellas y para recogerlas se hizo tu vida un río".
Mientras la mujeres se alejan del sepulcro y se encuentran con Jesús, los soldados también se alejan del sepulcro. Lo hacen con otros fines totalmente diferentes a los que tenían las mujeres: ocultar y enmascarar, negar y alterar lo ocurrido. Por lo que vemos, en ese tiempo los poderosos ya recurrían a las noticias falsas para mentir y manipular al pueblo. La resurrección es un misterio de amor que se ofrece a nuestra libertad. Podemos elegir entre dejarnos comprar y evitar "toda complicación", como le prometieron las autoridades religiosas a los soldados para que propagaran la noticia de que los discípulos se habían robado el cuerpo de Jesús, o correr como las mujeres del evangelio para anunciar la alegría de estar para siempre vivos en el corazón de Dios, en palabras del salmo responsorial "enséñame el camino de la vida, sáciame de gozo en tu presencia y de alegría perpetua junto a ti".
A veces nuestra vida puede ser como una cinta elástica que se estira al máximo y parece que se va a romper de un momento a otro. Cuando nos sentimos, a nivel personal y como humanidad, sumergidos en la oscuridad, como si estuviéramos atravesando una noche interminable, uno de los grandes retos de la Pascua es reconocer las estrellas en la noche, los signos de vida nueva que ya brotan en el mundo y en nosotros. Si no podemos reconocerlos, pidamos a Jesús resucitado que nos ilumine para que podamos percibir las estrellas en la noche.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 28, 8-15
Después de escuchar las palabras del ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos. Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús: "No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán".
Mientras las mujeres iban de camino, algunos soldados de la guardia fueron a la ciudad y dieron parte a los sumos sacerdotes de todo lo ocurrido. Estos se reunieron con los ancianos, y juntos acordaron dar una fuerte suma de dinero a los soldados, con estas instrucciones: "Digan: 'Durante la noche, estando nosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se robaron el cuerpo'. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos arreglaremos con él y les evitaremos cualquier complicación".
Ellos tomaron el dinero y actuaron conforme a las instrucciones recibidas. Esta versión de los soldados se ha ido difundiendo entre los judíos hasta el día de hoy.
Domingo de Pascua
El vacío se llena de vida
El primer signo de Pascua es una ausencia. Falta un cuerpo. Es poco lo que se tiene. No es un signo claro, pero basta para poner en marcha una historia nueva. La Pascua comienza en el vacío. El sepulcro vacío no es una respuesta, es una pregunta, es una herida abierta. El vacío del sepulcro es una invitación a seguir buscando.
María Magadalena se marcha del sepulcro, corre hacia Pedro y Juan para denunciar un robo, otro dolor: "Se han llevado del sepulcro al Señor". Ya no tiene ni siquiera el cuerpo de Jesús para llorar. Pedro y Juan corren hacia el sepulcro. Todos corren en esa mañana de Pascua. Esta carrera es motivada por una fe todavía incipiente, una esperanza antigua, una ansiedad ilógica. La Pascua comienza así, no con gente que ya lo ha entendido y visto todo, sino con gente que busca. El sepulcro vacío no nos pide entender todo, nos pide ponernos en camino.
El vacío está habitado primero por una promesa. Jesús había dicho: "Yo soy la Resurrección y la vida". Pero luego es habitado por una Presencia. Cristo está vivo. Y eso lo cambia todo. Cambia el modo de mirar la muerte, el dolor, las derrotas, los vacíos de nuestra vida. Desde aquella mañana, el vacío ya no es solo vacío: es un espacio que Dios puede llenar de vida nueva. El Evangelio de Pascua nos dice que hay un secreto escondido en la vida y Jesús vino a decírnoslo. Por cada asesino hay cien personas que aman y los colorines siguen floreciendo obstinadamente y los encinos reverdeciendo.
¿Qué hacemos hoy frente a los vacíos que nos asustan, frente a lo que no funciona o no nos satisface, lo que no es suficiente o lo que nos gustaría ver de otra manera? ¿Nos limitamos a mirar los escombros, nos sentimos vencidos y nos quedamos quietos? ¿O corremos como María, Pedro y Juan buscando el sentido del vacío, buscando llenar el vacío? Podemos centrarnos en nuestros lamentos o podemos intentar reconstruir nuestra vida.
Cuando nos encontramos ante sepulcros vacíos —como situaciones que pensamos terminadas, certezas que se derrumban, oraciones que parecen no tener respuesta— quizás estamos tentados a decir como María Magdalena: "Se han llevado el Señor". No es que Cristo haya desaparecido. Sencillamente no está donde pensábamos encontrarlo. Nos está esperando en otra parte.
El anuncio de la Pascua vuelve una vez más a iluminar nuestra vida. Quizás la situación mundial que estamos viviendo y padeciendo, las derrotas, las desilusiones, el sufrimiento que nos han visitado este año nos han apagado. No olvidemos que la Pascua surge de una terrible mezcla de violencia, dolor y muerte en la cruz. Hay que pasar por allí. El que resucita es el Crucificado. Ha descendido a los infiernos, es decir al inframundo, al lugar de los muertos. Y desde ahí se ha levantado. Desde ahí empuja hacia arriba, hacia una vida más luminosa.
Necesitamos sentir una vez más que podemos lograrlo. Entonces, nos pondremos en marcha y empezaremos a reconstruir pacientemente nuestra vida junto con el Señor. ¿Nos atrevemos a creer que justo ahí, en esa carencia, Dios está preparando el comienzo de algo nuevo? El vacío, desde el anuncio de Pascua, es el paso de la muerte a una vida nueva.
El Papa León XIV, hablando de la muerte, ha dicho: "Gracias al Resucitado, podemos llamarla "hermana", como san Francisco. La esperanza de la resurrección nos libera del miedo a desaparecer y nos prepara para la alegría de la vida sin fin".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 20, 1-9
El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto".
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.
En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.
Viernes Santo
Destellos de luz
Hay algo en la oscuridad del Viernes Santo que supera la oscuridad de la noche más oscura cuando, como dice el Evangelio, "desde el mediodía y hasta las tres de la tarde hubo tinieblas sobre la tierra". Es la oscuridad del abandono. La oscuridad de los amigos que dejan a Jesús solo. Es la soledad de Cristo. Es la oscuridad del dolor físico, de las humillaciones, de la injusticia sufrida. Es la oscuridad de una muerte terrible en la cruz.
Todo habla de fracaso, de pérdida, de ausencia. El Crucificado parece un hombre derrotado, sin poder. Su misión parece que ha sido inútil, su proyecto del Reino de Dios destinado a desaparecer. Lo que parece contar es la fuerza bruta, las armas. Sin embargo, mientras todo parece perdido, está sucediendo lo más decisivo de la historia: el Hijo de Dios asume la muerte para llenarla de vida.
Si miramos atentamente la oscuridad del Viernes Santo, nos daremos cuenta de que hay en ella destellos de luz, discretos pero reales. Es verdad, nadie salva a Jesús de la muerte. Pero algunos no lo abandonan. Permanecen. San Juan nos cuenta que bajo la cruz están María, el discípulo amado y algunas mujeres. No pueden cambiar el curso de los acontecimientos, pero están ahí. Y luego, después de la muerte, José de Arimatea y Nicodemo custodian el cuerpo de Jesús. Allí, donde todo parece perdido, hay quienes hacen gestos luminosos de amor. Es necesario, como dice el escritor francés Christian Bobin, que la oscuridad se acentúe para que surja la primera estrella. Estos destellos anticipan y anuncian la luz radiante de la resurrección de Cristo. Allí es donde la luz sigue brillando, incluso en la oscuridad más profunda. Entre las grietas del odio y del dolor que lo endurece todo, la luz se filtra, porque el terreno sobre el cual descansa el mundo está hecho de amor.
Al recordar la crucifixión y muerte del Señor, recordamos también los miles de crucificados y asesinados de nuestro tiempo y de todos los tiempos. El grito de Jesús crucificado, angustiado y frágil, se hace portavoz de cada grito humano y lo convierte así en una súplica de presencia y de amor: "¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!".
En la celebración litúrgica de este día es muy apreciado el beso a la cruz de Cristo. Acerquémonos a besar la cruz como a un trono desde el cual esperamos recibir la misericordia y la gracia para preparar el momento en que nos tocará afrontar las cruces de la vida y que podamos responder con el mismo estilo del Señor. Lo que hace la diferencia entre un patíbulo ignominioso y un trono de amor es el beso que hoy estampamos en el leño de la cruz, convirtiéndola así en un madero de vida.
Sin embargo, no solamente nosotros besamos la cruz. En realidad, es un beso muto. Al besar la cruz, ella también nos besa. Miramos la cruz y al Crucificado, y el Crucificado también nos mira desde la cruz. Su mirada no es una mirada de condena: es una mirada de amor. Una mirada que mira el pecado, pero va más allá. Atraviesa el pecado sin detenerse en él. Su mirada llega hasta el corazón.
Mientras nos acercamos a la cruz para besarla podemos sentirnos como el sapo del cuento El Principe sapo, que necesita un beso para convertirse en príncipe y así recuperar toda su belleza y dignidad gracias a un amor capaz de ir más allá de las apariencias y desafiar todo aquello que aniquila y destruye la maravillosa imagen de Dios que se esconde en cada uno de nosotros.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Jueves Santo
"Dios no es dignidad, es Amor"
Este Jueves Santo celebramos el nacimiento de la Eucaristía, el sacramento central de nuestra fe. El evangelio narra cómo nació: "Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". Cuando nos reunimos para celebra la cena del Señor entramos en una comunión real con el corazón de Cristo y con su inmensa capacidad de amar.
En la última cena, Jesús realiza un gesto sorprendente. Con una imagen nos lo dice todo. Al ver a Jesús arrodillado ante cada apóstol lavándole los pies, descubrimos lo que fue su vida y el sentido de nuestra existencia. Y también descubrimos cómo es nuestro Dios. El acto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos no es simplemente un gesto de humildad. Es algo más, mucho más. Es la revelación suprema y paradójica de la gloria de Dios. Todos los Jueves Santo recordamos que, como dice el teólogo suizo von Balthasar, "al servir y lavar los pies a sus creaturas, Dios se revela en lo más propio de su divinidad y da a conocer los más hondo de su gloria". O como dice san Bernardo: "Dios no es dignidad, es Amor". La majestad divina no se manifiesta en el poder mundano, sino en la capacidad de descender, abajarse y servir hasta entregar la vida.
Pedro no quiere que Jesús le lave los pies porque en su esquema mental abajarse significa perder. Y Pedro nos representa a todos. Sin embargo, Jesús muestra que para Dios es exactamente lo contrario.
El gesto de lavar lo pies no es solo un rito, sino un estilo de vida. Todo lo que hagamos —la profesión que ejercemos, el trabajo que realizamos, etc.— estamos llamados a hacerlo como servicio. Esta es la gran revolución del Evangelio: no el poder que se impone, sino el amor que se abaja.
Lavar los pies significa quitarles la tierra que se les ha pegado, las historias fallidas que hemos vivido, con frecuencia preñadas de dolor. Cuando hemos tomado distancia de estas historias, podemos sentarnos a la mesa con Jesús y escucharlo. Si no lo hacemos, seguiremos pensando en esa tierra, en ese dolor, en esas piedras incrustadas en la carne. Y perderemos de vista las auroras y los atardeceres, los rostros y los amores, las esperanza y los silencios, los colores y la música. Fácilmente nos dominará el miedo, la frustración, la rabia, el resentimiento por lo que nos ha pasado. Jesús libera a los discípulos de la atención equivocada para centrarla en el Reino de Dios que está cerca.
Cuando Jesús se levanta para lavar los pies sabe que dentro de pocas horas será torturado y asesinado. La Eucaristía surgió en un momento de crisis, de la crisis más grave que afrontó el Señor. Sabiendo que se acercaba su pasión y muerte, se reúne con los suyos. Antes de que Judas lo traicione, Pedro lo niegue y los demás se dispersen y lo abandonen, Jesús se reúne con ellos para celebrar una comida festiva, y dejarla como signo de su presencia permanente entre nosotros. La Eucaristía nace de una crisis y se alza como el lugar de la esperanza y la transformación. Por eso, los cristianos no debemos temer la crisis que atravesamos hoy. Las crisis nos renuevan. Cristo nos invita a leer los momentos más oscuros y tristes como la hora para llevar el amor hasta sus últimas consecuencias.
Este Jueves Santo celebremos, agradezcamos y adoremos al "Amor de los amores", como dice un canto eucarístico. Si celebramos con devoción esta Eucaristía —y todas las Eucaristías— nos sentiremos más cerca de Dios y de nuestras hermanas y hermanos, más unidos a ellos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 13, 1-15
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.
Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: "Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?" Jesús le replicó: "Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde". Pedro le dijo: "Tú no me lavarás los pies jamás". Jesús le contestó: "Si no te lavo, no tendrás parte conmigo". Entonces le dijo Simón Pedro: "En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza".
Jesús le dijo: "El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos". Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: 'No todos están limpios'.
Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: "¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan".
Miércoles Santo
"¿Acaso soy yo, Maestro?"
El mundo se ha convertido en un inmenso mercado, en donde todo se compra y se vende. En la lógica del mercado, Jesús se convierte en una mercancía que se vende y se compra. Se da cuenta de que pronto será traicionado y sabe quién es aquel que ya ha tramado y decidido entregarlo. Sin embargo, precisamente en esta hora tan amarga y triste, no retrocede, decide transformar el momento del fracaso en una entrega libre y amorosa.
Pensamos que la capacidad de afrontar un destino doloroso sólo puede surgir de una fuerza extraordinaria. Sin embargo, el profeta Isaías, en la primera lectura, revela que a partir de un profundo contacto con la debilidad surge la posibilidad de no retroceder en la hora de la prueba y el dolor: "El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás".
Así fue Jesús. El Verbo de Dios hecho hombre, no renuncia a la solidaridad con la humanidad pecadora que ha abrazado en su encarnación. Ha sabido escuchar larga y atentamente el vacío y el sufrimiento de nuestro corazón, y siente una enorme compasión por nosotros. De esta profunda inmersión en la fragilidad de nuestra carne y de su profunda unión con su Padre, Jesús saca las fuerzas para poner su rostro duro como una piedra, sabiendo que no será defraudado: "El Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endureció mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado".
Cristo nos ha escuchado hasta acoger, sin condiciones y sin límites, todo el peso de nuestra realidad, tanto cuando tiene la fragancia exquisita de vida como cuando huele a muerte.
Pero también denuncia la gravedad del mal. Y lo hace sin decir el nombre de aquel que va a entregarlo: "Más le valiera a ese hombre no haber nacido". De esta manera, en la víspera del Triduo Santo, la liturgia nos ofrece una última y dramática oportunidad de involucrarnos en el misterio pascual, poniendo también en nuestros labios unas palabras que no pueden dejarnos indiferentes: "¿Acaso soy yo, Maestro?". El Evangelio, no se limita a señalar a Judas. Nos involucra también a nosotros.
Las palabras de Jesús son fuertes, pero desde la infinita misericordia de Dios, no deben leerse como una condena definitiva, sino como la revelación del peligro de una vida sin amor. Solo existe una culpa imperdonable: creer que Dios no puede perdonar, no darle la posibilidad de amarnos incluso cuando lo traicionamos, cuando lo despreciamos. Como nos recuerda el evangelista Juan, cuando Judas traiciona a Jesús, el Señor podrá manifestar su gloria, hacerle comprender al traidor cuánto es amado.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 26, 14-25
Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: "¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?" Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.
El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?" Él respondió: "Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: 'El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa'". Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.
Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce y mientras cenaban, les dijo: "Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme". Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: "¿Acaso soy yo, Señor?" Él respondió: "El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido". Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: "¿Acaso soy yo, Maestro?" Jesús le respondió: "Tú lo has dicho".
Martes Santo
Era de noche
El evangelio de hoy nos lleva a la última cena de Jesús con sus amigos. Jesús ha expresado de manera luminosa su amor. Sin embargo, Judas y Pedro no logran acoger el don de Dios.
Jesús ofrece a Judas un bocado de pan en señal de amistad. Judas toma el bocado, sale y encuentra solamente la noche. Jesús también encontrará la noche, la noche del dolor, de la traición, de la muerte. Pero, a diferencia de Judas, la atravesará junto con su Padre. Cuando el traidor sale del cenáculo, Jesús dice: "Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él". Por eso, la noche de Jesús tiene luz. Lo que está padeciendo se convertirá en un testimonio luminoso.
Cristo deja ir a Judas, como el padre al hijo pródigo, sabiendo que ya no hay nada que hacer; pero esperando que regrese, para acogerlo de nuevo. Judá se ha perdido, pero ¿acaso no vino Jesús por las ovejas perdidas? Judá está en tinieblas, pero ¿acaso Cristo no es él la luz que vino a iluminar a todo hombre? La Iglesia nunca ha declarado que Judas se perdió definitivamente.
Pedro está impulsado por la amistad. Es sincero cuando declara estar dispuesto a dar la vida por Jesús. ¡Cuántas veces también nosotros dentro de una relación, de una amistad decimos todo lo que estamos dispuestos a hacer por el otro! ¿No es, en el fondo, lo que una pareja promete el día del matrimonio? Existe sinceridad cuando hacemos declaraciones de este tipo. Sin embargo, no siempre somos suficientemente conscientes de nuestra fragilidad. Aunque seamos sinceros, se nos escapa una comprensión profunda de nosotros mismos. En ese momento, Pedro ignoraba las zonas de sombra y la debilidad que llevaba en su alma.
Jesús, conociendo la fragilidad y la sinceridad de su discípulo, responde: "¿Darías tu vida por mí? No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces". Pedro no lo sabe, pero esa noche también negará a su amigo. El apóstol debe aprender que para anunciar convincentemente el Evangelio de la misericordia debe hacer personalmente la experiencia de la misericordia de Dios; para comprender y compadecerse de los límites de los demás, debe conocer a fondo sus propios límites.
En la debilidad de Judas que traiciona y en la presunción de Pedro que niega, contemplamos esa parte débil y obstinada de nuestra propia alma que no puede entrar en comunión con Dios si antes no es alcanzada y salvada por la fidelidad de su amor. Este es un día propicio para hacer el balance de nuestro camino, sin avergonzarnos de nuestras fragilidades, pero tampoco sin resignarnos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 13, 21-33. 36-38
Cuando Jesús estaba a la mesa con sus discípulos, se conmovió profundamente y declaró: "Yo les aseguro que uno de ustedes me va a entregar". Los discípulos se miraron perplejos unos a otros, porque no sabían de quién hablaba. Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, se hallaba reclinado a su derecha. Simón Pedro le hizo una seña y le preguntó: "¿De quién lo dice?" Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: "Señor, ¿quién es?"
Le contestó Jesús: "Aquel a quien yo le dé este trozo de pan, que voy a mojar". Mojó el pan y se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote; y tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dijo entonces a Judas: "Lo que tienes que hacer, hazlo pronto". Pero ninguno de los comensales entendió a qué se refería; algunos supusieron que, como Judas tenía a su cargo la bolsa, Jesús le había encomendado comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el bocado, salió inmediatamente. Era de noche.
Una vez que Judas se fue, Jesús dijo: "Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará. Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes. Me buscarán, pero como les dije a los judíos, así se lo digo a ustedes ahora: 'A donde yo voy, ustedes no pueden ir'".
Simón Pedro le dijo: "Señor, ¿a dónde vas?" Jesús le respondió: "A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; me seguirás más tarde". Pedro replicó: "Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti". Jesús le contestó: "¿Con que darás tu vida por mí? Yo te aseguro que no cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces".
Lunes Santo
La audacia del amor
El relato del evangelio de hoy empieza con estas palabras: "Seis días antes de la Pascua". Marta, María y Lázaro organizan una cena especial para celebrar el regreso a la vida de Lázaro, para agradecer al amigo y Señor. Y durante la cena, impregnada de un clima de ternura, de gratitud, de melancolía, María realiza aquel gesto extraordinario que atraviesa toda la historia del cristianismo: derrama una libra de preciosa esencia de nardo sobre los pies de Jesús.
El camino de la Semana Santa comienza así: disfrutando el aroma de un perfume muy costoso —trescientos denarios de perfume eran cerca de un año de salario— en el que se anticipa y se intuye el significado de la pasión del Señor. La Pascua se expresa y se comprende mejor en el lenguaje del amor audaz, donde la racionalidad, el cálculo prudente, la conveniencia deben ceder el paso a la locura del don gratuito. María ha captado la belleza secreta de Cristo y realiza un gesto con el cual reconoce en su persona al mismo Dios.
La generosidad de María de Betania y la generosidad con la cual el Señor la recibe nos preparan para acoger la próxima fiesta de Pascua como un perfume, como algo precioso capaz de llegar sutilmente a todas partes y alcanzar a todos. La salvación cristiana, en efecto, no es sólo la superación de nuestros límites y la eliminación de las consecuencias del mal uso de nuestra libertad. Es, sobre todo, amor que irradia esperanza donde hay miedo a vivir y a morir, que es capaz de devolver la vida en el absurdo del pecado y en la oscuridad de la muerte.
Judas, sin embargo, rechaza esta exquisita manifestación simbólica del amor pascual y de su inerme poder: "¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?". Judas es la imagen de nuestra incapacidad para ver la pobreza como una ocasión de entrar en la lógica del don y del servicio, no simplemente como un problema que resolver. Sólo quien ama los pies de Cristo como María es capaz de amar bien a los pobres. Los pobres no son simplemente para alimentar o para escalar puestos políticos, sino personas a quienes amar, de las cuales el pan es sólo una modalidad.
El Señor dirige la palabra a su discípulo amargado, que parece no entender el gesto de María, quien, impulsada por el deseo de adoración, besa los pies del Señor, anticipando así la totalidad del don de amor con el cual Dios ha decidido salvar al mundo: "Déjala. Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán". Sólo obedeciendo a este impulso de adoración se puede entrar en la alegría y en el misterio de la Pascua.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 12, 1-11
Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume.
Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregar a Jesús, exclamó: "¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?" Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella.
Entonces dijo Jesús: "Déjala. Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán".
Mientras tanto, la multitud de judíos, que se enteró de que Jesús estaba allí, acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien el Señor había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes deliberaban para matar a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se separaban y creían en Jesús.
Domingo de Ramos de la Pasión del Señor
Las mujeres lo saben
Entramos en la Semana santa, en los días más importantes de la fe cristiana. Se trata de los últimos días de Jesús: desde su entrada triunfal en Jerusalén hasta la carrera de María Magdalena alejándose del sepulcro en la mañana de Pascua, cuando también la piedra del sepulcro se viste de luz.
La Semana Santa se abre con los gritos gozosos "¡Hosanna al Hijo de David!" de una muchedumbre presa del entusiasmo, pero inestable, que cambia de dirección como una veleta al cambiar el viento. Luego viene la Pasión del Señor.
En el relato de la Pasión nos descubrimos capaces de hacer lo que nunca habríamos querido hacer. Pedro jura fidelidad a Jesús y, poco después, se acobarda ante la mirada de una sirvienta. Judas Iscariote entrega a su Maestro y luego es aplastado por el peso insoportable de la culpabilidad. Poncio Pilato intuye la inocencia de Jesús, pero traiciona su propia conciencia por calculador y miedoso. Surge la pregunta: ¿Hasta qué punto estamos atravesados por fuerzas que nos superan, que nos empujan más allá de nuestros deseos?
En este drama hay dos cosas profundamente consoladoras. La primera es que Jesús vive la pasión y muerte para decirnos que no estamos solos en nuestra propia pasión y muerte. Nada de lo que nos sucede es inútil. Puede ser transformado en una estación más del camino de redención.
La otra cosa consoladora es que, dentro de este drama de fragilidad, se abre una brecha inesperada. Son las mujeres fieles. En el relato de la pasión, ellas aparecen como las que no traicionan. Permanecen. Custodian. Intuyen. Confían incluso en sus sueños, como la mujer de Pilato, que se atreve a decirle: "Deja en paz a ese hombre inocente, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa".
Tal vez lo femenino es el último lugar donde la vida aún no ha sido sofocada por la ambición egoísta, el último espacio donde todavía se cree en la justicia, en la compasión, en el amor. Y recordemos que también los varones, como lo puso de manifiesto el psicólogo Carl Gustav Jung, llevamos en la psique el aspecto femenino. Entremos en esa dimensión femenina-materna, donde existe la certeza de que la vida se debe custodiar siempre hasta el fondo. Puede haber un terremoto —como el que narra el evangelio— pero esa sacudida abrirá los sepulcros. Y la vida saldrá, como sale de la cáscara de una semilla enterrada.
Las mujeres saben que no todo nace de la acción. Que existe una fecundidad en el dejar espacio, en el no forzar, en el cuidar. Saben que la vida acontece también por caminos invisibles. Como María de Nazaret, que dio a luz a la Luz sin poseerla, sin retenerla, simplemente acogiéndola. Como María Magdalena que se quedó ante el sepulcro de Jesús cuando todo parecía terminado. Se quedó porque amaba. Y quien ama sabe esperar. Sabe que lo sembrado no se puede perder. Tarde o temprano brotará. Por eso persevera, vela, espera contra toda evidencia. La intuición femenina sabe lo que a menudo olvidamos: que la vida no se deja aprisionar. Tal vez la fe madura comienza aquí: cuando dejamos de retener y aprendemos a confiar en la Vida que, en silencio, sigue naciendo y creciendo por todas partes.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
V Viernes de Cuaresma
"Ustedes son dioses"
La relación de Jesús con el Padre es calificada por los judíos como una "blasfemia". Lo que ellos llaman "blasfemia", es una revelación que libera y dinamiza la vida.
Jesús cita un salmo: "Ustedes son dioses, y todos ustedes hijos del Altísimo". En el salmo se profetiza que todos los hombres están llamados a convertirse en Dios, es decir, partícipes de la naturaleza divina. Por lo tanto, estamos llamados a contemplar no sólo a Dios y la distancia que hay entre Él y nosotros, sino a también a contemplar cómo la distancia se acorta, cómo nos convertimos en hijos del Padre, cuando conocemos su ternura, su cercanía, su mansedumbre, su saber esperar, su protección. El Padre nos hace herederos de la vida eterna, de su Espíritu, de su Sabiduría.
A sus interlocutores, que adoran a un Dios celoso de sus prerrogativas, Jesús les revela a un Dios deseoso de compartir sus prerrogativas, su "naturaleza divina" que ha manifestado a través de sus obras. Nuestra vida es divina no por los privilegios que otorga sino por la libertad y la vitalidad que activa; no para sentirnos superiores, sino para vivir con más responsabilidad, más verdad, más amor. Ante semejantes dones, no podemos menos que unirnos a la multitud que se siente atraída por Jesús, confortada y reconocida en su dignidad, y testimoniar: "Todo lo que Juan decía de éste, era verdad".
Frente a las amenazas de los judíos que han tomado piedras para arrojarlas sobre Jesús, el Señor busca el diálogo; pero ante la imposibilidad de razonar serenamente, da un paso atrás y escapa. No se retira por miedo sino por prudencia. La prudencia es una virtud. Ayuda a discernir sabiamente cuáles son las palabras que se deben decir o la actitud que se debe asumir en un momento de crisis. Jesús se retira "al otro lado del Jordán", es decir a sus raíces. Allí había madurado su vocación y allí había comenzado su misión. También nosotros necesitamos prudencia para saber tomar la distancia correcta y retirarnos a nuestro "más allá del Jordán", el lugar que recuerda los motivos por las cuales hemos elegido comprometer la vida, el lugar donde encontramos nuestra identidad más verdadera, nuestra identidad de hijos amados del Padre del cielo.
En último término, la violencia de los judíos contra Jesús, pero también la violencia física y verbal, la indiferencia en el hogar, en los ambientes de trabajo, en las redes sociales, en el mundo, es un problema de divinización, tiene su origen en la falta de divinización.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 10, 31-42
Cuando Jesús terminó de hablar, los judíos cogieron piedras para apedrearlo. Jesús les dijo: "He realizado ante ustedes muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?"
Le contestaron los judíos: "No te queremos apedrear por ninguna obra buena, sino por blasfemo, porque tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser Dios". Jesús les replicó: "¿No está escrito en su ley: Yo les he dicho: Ustedes son dioses? Ahora bien, si ahí se llama dioses a quienes fue dirigida la palabra de Dios (y la Escritura no puede equivocarse), ¿cómo es que a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo, me llaman blasfemo porque he dicho: 'Soy Hijo de Dios'? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean. Pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que puedan comprender que el Padre está en mí y yo en el Padre". Trataron entonces de apoderarse de él, pero se les escapó de las manos.
Luego regresó Jesús al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado en un principio y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: "Juan no hizo ninguna señal prodigiosa; pero todo lo que Juan decía de éste, era verdad". Y muchos creyeron en él allí.
V Jueves de Cuaresma
Bienvenida hermana muerte
Para la inmensa mayoría de hombres y mujeres, la muerte es una aguafiestas. No es esperada. Más que esperada es temida. Y lo que se teme no es bienvenido. Uno quisiera que nunca llegara. La Carta a los Hebreos afirma que "Cristo vino a liberar a aquellos que por temor a la muerte vivían como esclavos toda la vida". No obstante que una de las grandes razones de la venida de Cristo es liberarnos del temor a la muerte y de la misma muerte, la inmensa mayoría de los cristianos siguen temiendo a la muerte
En el evangelio, los judíos reaccionan negativamente cuando Jesús anuncia la superación de la muerte: "El que es fiel a mis palabras no morirá para siempre". Los judíos contratacan diciendo que Abraham es su "padre". Sin embargo, no muestran ser realmente sus hijos. La primera lectura revela hasta qué punto están lejos de Abraham.
El Señor le cambia el nombre a Abraham. Este cambio de nombre es una especie de muerte. Abraham tiene que morir a su vida anterior para poder comenzar una nueva vida, un futuro lleno de promesas: "Te haré fecundo sobremanera; de ti surgirán naciones y de ti nacerán reyes". Y Abraham acepta. Acepta ser engendrado por la Palabra de Dios a una nueva vida. Lo que Dios le promete se puede realizar sólo si acepta morir a las propias pretensiones.
Abraham pudo llegar a ser padre de una multitud porque se dejó generar por la Palabra de Vida y aprendió a regenerarse a sí mismo dejándose conducir por caminos desconocidos. Tuvo que aprender, con mucha paciencia y atravesando mucha noches oscuras, lo que significaba dejar atrás la tierra de su esterilidad para acoger lo que el Señor le iba revelando a medida que avanzaba.
Las palabras de Cristo —"el que es fiel a mis palabras no morirá para siempre"— engendran a una nueva vida cuando las meditamos largamente para entenderlas y tratamos de vivirlas. Aunque no hemos podido vivirlas del todo, podemos decir que no nos han dejado permanecer en la muerte, la muerte del sinsentido, del miedo, del desánimo. Le hemos ganado a la muerte cuando hemos dejado que estas palabras llegaran a nuestro corazón, iluminaran nuestro camino, influyeran en nuestras decisiones. Nos han puesto de nuevo en pie, nos han sacado de la oscuridad.
La muerte ya no nos asusta, porque estamos seguros de que es sólo un paso en nuestro camino hacia la luz. Así será la muerte final; pero también así son las muertes de cada día. En Jesús la muerte lleva a la vida y a la luz.
Estamos celebrando el octavo centenario de la muerte, la pascua, de san Francisco de Asís. Que junto con él podamos decir de todo corazón: Bienvenida hermana muerte.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 8, 51-59
Jesús dijo a los judíos: "Yo les aseguro: el que es fiel a mis palabras no morirá para siempre". Los judíos le dijeron: "Ahora ya no nos cabe duda de que estás endemoniado. Porque Abraham murió y los profetas también murieron, y tú dices: 'El que es fiel a mis palabras no morirá para siempre'. ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser tú?"
Contestó Jesús: "Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, aquel de quien ustedes dicen: 'Es nuestro Dios', aunque no lo conocen. Yo, en cambio, sí lo conozco; y si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso como ustedes. Pero yo lo conozco y soy fiel a su palabra. Abraham, el padre de ustedes, se regocijaba con el pensamiento de verme; me vio y se alegró por ello".
Los judíos le replicaron: "No tienes ni cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?" Les respondió Jesús: "Yo les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy". Entonces recogieron piedras para arrojárselas, pero Jesús se ocultó y salió del templo.
La Anunciación del Señor
La vida florece
En un tiempo donde escasea la esperanza celebramos una fiesta llena de esperanza. La fiesta de la Anunciación del Señor se une al perfume de la primavera y nos lleva al comienzo del misterio del amor del Dios hecho hombre, misterio que está en el centro de nuestra fe. Vuelve cada año esta fiesta para recordarnos que cuando Dios tiene que encontrarse con nosotros, no elabora teorías ni entrega doctrinas, sino desencadena acontecimientos que involucran a las personas y las interpelan, las provocan. El Señor viene a perturbar y a cambiar sus historias.
Hoy celebramos precisamente uno de esos acontecimiento: Dios elige venir a habitar en el vientre, en el corazón, en la casa de María, una jovencita que vive en la periferia del mundo, en una tierra marginada. Así es el Dios de Nuestro Señor Jesucrito. Viene a habitar nuestras periferias. Se abaja para alcanzarnos. Ya no está solamente en lo alto. Realiza algo imposible.
Un evento tan extraordinario como es la encarnación del Verbo en el seno y en la vida de María se revela como un acontecimiento ordinario y discreto. Con el consentimiento de María a la propuesta del ángel, la presencia de Dios no se percibe ya como una presencia extraña, sino como una realidad íntima, familiar, incluso carnal, tan familiar como una madre que experimenta el misterio de ver crecer en su propio cuerpo un cuerpo diferente al suyo, pero no extraño ni ajeno a ella.
Desde la creación del mundo, el Creador había decidido hacerse creatura, vivir entre nosotros. La Anunciación es la hora en que se cumple el deseo de Dios de habitar en el seno de la humanidad como un ser humano. Pero espera el consentimiento de una mujer. Y María dijo "sí". Le damos gracias al Señor por su inmenso amor y le damos gracias a María por haber dicho que "sí".
Para encarnarse, Dios elige pasar a través de la escucha, la acogida, la disponibilidad de esta mujer. Las palabras de María "cúmplase en mí lo que me has dicho" no expresan sólo aceptación, sino también apertura confiada al futuro. Este "cúmplase en mí" está preñado de esperanza. María es la madre de la esperanza. Toda su vida es un conjunto de actitudes de esperanza, que comienzan por el "sí" en el momento de la Anunciación.
María no sabía cómo podría llegar a ser madre, pero confió totalmente en el Señor. Y, así, su pequeñez y su nada se convirtieron en el cofre que contiene el tesoro, la vasija de barro llena de gracia. Y nos enseña que nuestra pequeñez es también un espacio para acoger a Dios. Ahora nos toca a nosotros decir un auténtico "aquí estoy". Esto basta para hacer florecer un desierto. No tengamos miedo de nuestros límites porque precisamente ahí es donde Dios quiere habitar.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 1, 26-38
El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.
Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo". Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.
El ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin".
María le dijo entonces al ángel: "¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?" El ángel le contestó: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios".
María contestó: "Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho". Y el ángel se retiró de su presencia.
V Martes de Cuaresma
La mirada salva
La mirada es muy importante. Decía la filósofa y mística francesa Simone Weil que "una de las verdades capitales del cristianismo, hoy olvidada, es que la mirada salva". Y recordaba el relato de la primera lectura. El libro de los Números narra que, mientras caminaba por el desierto, el pueblo encontró serpientes venenosas que los mordían. Muchos murieron. Entonces, por mandato de Dios, "Moisés hizo una serpiente de bronce y la levantó en un palo; y si alguno era mordido y miraba la serpiente de bronce, quedaba curado".
La salvación no es principalmente fruto del esfuerzo humano, sino de la gracia. Es el resultado de dirigir largamente la mirada hacia Dios. Mirar es un acto de amor que implica confianza, receptividad y la aceptación de la gracia. Se contrapone a la idea de merecer la salvación por nuestras obras.
En el evangelio, quien es levantado hacia lo alto es Cristo: "Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy". Ya no se mira una serpiente de bronce sino a Cristo levantado en la cruz. Mirar a Cristo, enfocar la atención en él, produce un cambio de mentalidad y de perspectiva. Transforma. Podemos mantenernos firmes ante las dificultades y alejarnos de las distracciones que nos llevan a la superficialidad, a los pleitos, al pecado. Mirar largamente al Crucificado desenmascara el autoengaño al reconocer nuestro egoísmo, nuestras falsas prioridades y el inmenso amor de Dios. Permite que la gracia divina actúe. Con frecuencia, el cristianismo se reduce a una doctrina intelectual, a un conjunto de normas morales, de ritos, hacer obras y se olvida que el centro está en la experiencia de contemplación y comunión con Dios.
Hay que mirar a Cristo crucificado, pero también mirar al otro. Mirar al Crucificado y mirar a los crucificados de la tierra, a los que sufren. Simone Weil también decía: "El primer milagro es darse cuenta de que el otro existe". Darse cuenta de que el otro existe requiere una atención profunda que rompa la ilusión de que nosotros somos el centro del universo; una atención de tal calidad que nos haga salir de nuestro ego para permitir la entrada de Dios y del prójimo. Para ver realmente al otro, es necesario que el "yo" disminuya. Con frecuencia vemos a los demás proyectándoles nuestros deseos o miedos, no como son realmente.
Darse cuenta del otro es un milagro porque necesita la gracia que ayuda a descentrarnos de nosotros mismo y centrarnos en Dios y en el prójimo, y acogerlos tal como son.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 8, 21-30
Jesús dijo a los judíos: "Yo me voy y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden venir". Dijeron entonces los judíos: "¿Estará pensando en suicidarse y por eso nos dice: 'A donde yo voy, ustedes no pueden venir'?" Pero Jesús añadió: "Ustedes son de aquí abajo y yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Se lo acabo de decir: morirán en sus pecados, porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados".
Los judíos le preguntaron: "Entonces ¿quién eres tú?" Jesús les respondió: "Precisamente eso que les estoy diciendo. Mucho es lo que tengo que decir de ustedes y mucho que condenar. El que me ha enviado es veraz y lo que yo le he oído decir a él es lo que digo al mundo". Ellos no comprendieron que hablaba del Padre.
Jesús prosiguió: "Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy y que no hago nada por mi cuenta; lo que el Padre me enseñó, eso digo. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada". Después de decir estas palabras, muchos creyeron en él.
V Lunes de Cuaresma
Verdad y compasión
Las lecturas de hoy nos cuentan dos historias de mujeres acusadas de violar la ley. El fondo es el mismo, pero las formas son diferentes. En la primera historia, una mujer injustamente acusada es justamente absuelta; en la segunda, otra mujer justamente acusada es absuelta por la misericordia del Señor Jesús.
Los ancianos malvados que acusaron falsamente a Susana de adulterio utilizan el poder que tienen no para promover la verdad y la justicia, sino para satisfacer su propio egoísmo, sus pasiones desordenadas. No dudan en usar la mentira y la falsedad para aplastar a una mujer inocentes. Pero, al final, saborearan el mismo castigo que querían para Susana. La mentira tiene una vida breve y conduce a la muerte. Tarde o temprano el corazón despiadado es desenmascarado. La historia de Susanna habla de la injusticia humana que es víctima de sí misma.
Algo semejante sucede en el evangelio. Unos hombres llevan ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. La mujer era culpable. Había transgredido la Ley. No tenía la pureza de Susana. Sin embargo, bastaron unas palabras del Maestro para revelar lo injusto que sería que alguien diera una sentencia condenatoria contra ella: "Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra".
Cristo no niega la ley, sino que la lleva a su verdad más profunda. Invita a los que tienen las piedras en sus manos a mirarse dentro. No se trata de anular la ley, sino de vivirla a la luz de la compasión. Con sus palabras, Jesús hace que los escribas y fariseos cambien el modo de ver y de juzgar a la adúltera, y la dejen en paz.
Jesús es el Verbo de Dios que se encarnó en nuestra frágil condición humana. Por eso, entiende, acepta y acompaña hasta el fondo el drama de la libertad humana, del crecimiento, de la transformación de la cual forman parte las contradicciones, las ambigüedades e incluso los pecados. Frente al dolor de la adúltera, Jesús hace un gesto que representa lo que sus acusadores habían olvidado: "se agachó", se inclinó, se puso al ras del suelo, al mismo nivel de la mujer. Dios se inclina sobre nuestra humanidad pobre y débil como el polvo de la tierra. El Señor es capaz de ver el cielo en la pobreza de la tierra.
Luego de estar un tiempo inclinado, Jesús se levanta sin condenar a nadie, ni a la mujer ni a los que la acusaban: "Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar". Jesús nos enseña que la verdad nunca puede ser negada, pero no debe ser usada como una piedra que mata, sino como una posibilidad de ayudar a los demás a levantarse de sus errores.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 8, 1-11
Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.
Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?"
Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Pero como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: "Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra". Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.
Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.
Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: "Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?" Ella le contestó: "Nadie, Señor". Y Jesús le dijo: "Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar".
V Domingo de Cuaresma
Resurgir ahora
Se llamaba Lázaro, pero su nombre más verdadero era el inventado por sus hermanas Marta y María cuando le avisaron a Jesús de la enfermedad de su hermano: "Aquel a quien tanto quieres". El relato gira en torno a la muerte de Lázaro y el sepulcro. Sólo al final se habla de su resucitación, signo de la resurrección final.
Cuando las dos hermanas de Lázaro se encuentran con Jesús, repiten la misma frase: "Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano". Tienen razón. La vida, cuando no está habitada por Dios, se convierte en un sepulcro, se apaga cuando sentimos lejos a Jesús. Podemos estar vivos biológicamente, pero interiormente muertos o morir biológicamente y experimentar un renacimiento. La resurrección es una experiencia de renacimiento que toca nuestra dimensión más profunda.
Cuando Jesús quiere consolar a Marta hablándole de resurrección, ella le responde: "Ya sé que resucitará en la resurrección del último día". A continuación, siguen unas de las palabras más importantes del Evangelio, y de las más difíciles de entender y de vivir: "Yo soy la resurrección y la vida". En Jesús y con Jesús estamos resucitando una y otra vez. La vida auténtica es el resultado de muchas resurrecciones: del miedo, de la desesperación, la violencia, la soledad, el pecado.
Ante el sepulcro, ante el sufrimiento y la muerte, cada uno de nosotros reacciona de manera diferente. Por eso, cada uno está llamado a recorrer su propio camino de conversión. Marta se dio cuenta que sabe muchos sobre Dios; pero, en el fondo, no cree que Jesús pueda cambiar la vida de las personas. Varias veces, repite: "Ya sé". Su fe está basada en un conocimiento intelectual. Necesita recorrer el camino que va del conocimiento racional de las cosas sobre Dios hasta la experiencia del Dios de la vida.
María, la otra hermana de Lázaro, ante la muerte de su hermano, decide quedarse en casa, inmóvil. El evangelio dice que lloraba y lloraba. El llanto es tal vez la expresión más alta del amor. Llora quien ama. Cuando lloramos por la muerte de personas que amamos son lágrimas que destilan amor. También María debe recorrer un camino de conversión. Marta la va a buscar y le dice: "El maestro está aquí y te llama". Jesús la llama a salir de una vida que ha convertido en un sepulcro. No te quedes encerrada en tu casa, convirtiéndola en el lugar de tu lamento. Sal de ella y encuentra la esperanza.
El Señor pide quitar la piedra del sepulcro de Lázaro, la piedra que está aplastando la vida, y luego grita: "¡Lázaro, sal de ahí!". Sal de los escombros de los fracasos, bajo los cuales estás enterrados; sal de los sentimientos de culpa, de la incapacidad de perdonarte a ti mismo y a los demás; sal del recuerdo del mal que te han hecho y te ata interiormente. A menudo nos escondemos en nuestro interior porque nuestra miseria huele mal; pero Dios viene a buscarnos precisamente en esa parte podrida de nosotros. La invitación "sal de ahí" es una llamada a estar con Él, a dejar de escondernos como hizo Adán y a dejarnos amar sin condiciones para poder ser, por fin, nosotros mismos.
Lázaro sale, pero el camino de liberación no es inmediato. Tiene los pies y las manos atados por las vendas. Son los lazos de la muerte. Jesús pide que le quiten esas cadenas. Dios se sirve de mediadores para darnos vida y libertad. Estamos llamados a acoger estos mediadores y a ser mediadores para los demás, llevando libertad y esperanza.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
IV Viernes de Cuaresma
"No había llegado su hora"
Jesús se mueve con discreción. No busca estar en el centro de la escena. En Jerusalén muchos hablan de él, discuten, lo juzgan, se dividen. Hay quienes lo defienden y quienes quieren silenciarlo. Pero Jesús habla abiertamente, sin miedo. No se deja atrapar por las expectativas de los demás.
Nosotros también vivimos bajo la mirada y el juicio de los demás. Nos preguntamos qué piensan de nosotros, si estamos haciendo lo correcto, si estamos decepcionando a alguien. Así corremos el riesgo de perder contacto con lo que sentimos, con nuestra verdad, con lo que Dios quiere de nosotros. Jesús es fiel a la misión que su Padre le ha encomendado, aunque esto le cueste el rechazo.
Sus enemigos querían matarlo. Trataron de capturarlo, pero nadie le pudo echar mano. Juan dice el por qué: "Todavía no había llegado su hora". En un primer momento, puede parecer que todos los eventos de su vida estaban programados de antemano. Pero, más bien, expresa la conciencia de que su vida se mueve dentro de un designio más grande, el del Padre. Es una enseñanza para nosotros.
La historia no está dominada por el azar. Tampoco somos peones o títeres dentro de un guion ya establecido. Nuestra vida se desarrolla dentro de la relación con un Dios que guía los acontecimientos hacia el bien. No decide todo de antemano, como si nuestra libertad no contara. Cuando una persona confía en Él, sucede algo misterioso pero real: incluso lo que parece difícil o incomprensible puede contribuir al bien. De esta confianza en el Señor nace la certeza de que nada en nuestra vida es inútil o está perdido. Por eso podemos acoger también lo que no comprendemos, porque sabemos que estamos en manos del Padre. Él no permite que suceda algo, ya sea agradable o doloroso, que no pueda, de alguna manera, estar orientado a nuestro bien.
La anotación de Juan "todavía no había llegado su hora" indica, además, que la pasión, muerte y resurrección del Señor no son una fatalidad ni un accidente en el camino. De alguna manera estaban ya previstos. Todo tiene su tiempo. El tiempo de Jesús todavía no había terminado. El Señor no fuerza los tiempos. Sabe esperar. Sigue haciendo el bien, aunque no sea comprendido.
El evangelio de hoy nos invita a la confianza. Aunque haya confusión a nuestro alrededor, aunque alguien quiera bloquearnos, si nos aferramos a la verdad que llevamos en el corazón, nadie podrá poner las manos sobre nosotros. Nuestra pascua llegará en el momento adecuado.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 7, 1-2. 10. 25-30
Jesús recorría Galilea, pues no quería andar por Judea, porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba ya la fiesta de los judíos, llamada de los Campamentos.
Cuando los parientes de Jesús habían llegado ya a Jerusalén para la fiesta, llegó también él, pero sin que la gente se diera cuenta, como de incógnito. Algunos, que eran de Jerusalén, se decían: "¿No es éste al que quieren matar? Miren cómo habla libremente y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que es el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde viene éste; en cambio, cuando llegue el Mesías, nadie sabrá de dónde viene".
Jesús, por su parte, mientras enseñaba en el templo, exclamó: "Conque me conocen a mí y saben de dónde vengo… Pues bien, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; y a él ustedes no lo conocen. Pero yo sí lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado". Trataron entonces de capturarlo, pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.
San José, esposo de María
Un "si" que une
Las escasas noticias evangélicas sobre José y el hecho de que no pronuncie una sola palabras en los evangelios, dejan margen a la imaginación para captar, en el silencio de José, el trabajo interior donde se va formando un hombre más maduro, un esposo fiel y un padre amoroso. José es llamado "el esposo de María" y es definido como "hombre justo", es decir, bueno.
José es una persona fundamental en el Evangelio y en el cristianismo. No es un personaje secundario, útil solo para adornar algunas escenas sobre la infancia de Jesús. En él encontramos realizado, de manera luminosa y concreta, el ideal de vida cristiana. No dice una palabra, pero su vida habla con una fuerza extraordinaria. Es una gracia poder hacer un silencio como el silencio de san José que ayuda a escuchar la Palabra de Dios. José nos invita a recibir los acontecimientos de cada día con un silencio que invita a escuchar y tomar decisiones.
Como todo enamorado, José sueña. Seguramente dibujaba en su imaginación un futuro hermoso al lado de María. Le había dado su palabra y para él ya era su esposa. Ambos esperaban el día en que María sería acogida en su casa, después tener hijos, coronación de su amor. Sin embargo, su noviazgo, más que ser tiempo para soñar el futuro, se convierte en un sueño nocturno en el cual escucha la Palabra de Dios, palabra repentina y enigmática, reconfortante y al mismo tiempo destabilizadora.
Dios habla a José en el sueño, cuando ya no somos dueños de nosotros mismos, cuando han caído todas las defensas. En ese momento el Señor encuentra espacio para revelarle el sentido más profundo de la vida, su proyecto al cual lo invita a participar. En el sueño, José atraviesa y supera el desfase entre lo que soñaba y lo que el Señor está haciendo en María. En la Palabra de Dios puede releer la realidad de otra manera, trasfigurada. Y no puede sino reconocer que el designio de Dios es inmensamente mayor que sus deseos y sus propios planes. Descubre que María ya no es la novia que le dará hijos, sino la mujer que llevará en su vientre al Dios que se hace hombre. Dice "sí" aceptando colaborar con Dios. Une su "sí" al pronunciado por María. La adhesión a la voluntad de Dios une a José y a María, haciendo su amor fecundo y eterno.
En estos tiempos difíciles y confusos olvidamos que es posible soñar a todo color. El estruendo de la guerra y los escombros de la destrucción no pueden impedirlo. Ciertamente lo hacen más difícil, pero no imposible. Que en nuestros sueños de un mundo mejor y en nuestros sueños nocturnos no nos falte la compañía de san José.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 1, 16. 18-21. 24
Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, como era justo, no queriendo ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado.
IV Miércoles de Cuaresma
Un amor invencible
La relación de Jesús con su Padre es de tal intensidad que nos deslumbra. Y narrada por san Juan es todavía más intensa, más deslumbrante, hasta el punto de dejarnos ciegos. Los místicos dirán que esa ceguera es la noche de la razón. Por eso, para intentar entender el mensaje de Juan hay que abrir el corazón a la gracias divina.
Dice san Juan: "El Hijo no puede hacer nada por su cuenta y sólo hace lo que le ve hacer al Padre". Sabiendo que Dios nos ha creado libres, nos puede parecer incomprensible y extraña la idea de no poder hacer nada si otra persona no nos lo dicta. ¿Qué nos quiere decir san Juan? Me parece que estas palabras pueden ser interpretadas desde diversas perspectiva.
Juan parece decir que debemos asumir la vida como algo que recibimos continuamente y luego devolvemos. La vida es un don para compartirlo. Es un flujo constante. No disponer de la vida como algo solamente recibido sin darla, paradójicamente, es el único modo de poder tenerla, es decir, poder disfrutarla con mayor plenitud. ¿Cómo compartir la vida? Básicamente entregándola a Dios y a los demás. Para mí puede ser servir al Pueblo de Dios. Para un enfermo en cama puede ser unirse a Cristo crucificado y entregarle su vida sufriente para la salvación del mundo.
Puede ser también que las palabras de Juan sean para hacernos salir del engaño y del infierno de la soledad, porque nos abren la posibilidad de encontrar en el rostro humano de Jesús el reflejo de la paternidad de Dios. Para acceder al misterio pascual de Cristo y pasar —ya en este mundo— de la muerte a la vida, es necesario escuchar la voz del Hijo y creer que también nuestra vida, como la suya, está en las manos de Dios, su Padre y nuestro Padre. Estamos llamados a dar este paso que nos permite renacer en Dios.
Para atrevernos a dar el paso y evitar estar muertos, cuando aparentemente estamos vivos, se necesita estar animados por una confianza sin la cual incluso las cosas más simples corren el riesgo de volverse tan difíciles que parecen imposibles. Nuestra vida es un milagro de confianza.
Hoy estamos invitados a hacer una examen de conciencia sobre nuestra relación con el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Esta intimidad amada y cultivada es el fundamento estable e invulnerable de nuestra vida. Es esta conciencia de un amor invencible la que ha dado a Jesús la fuerza para soportar el rechazo, la humillación y la muerte.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 5, 17-30
Jesús dijo a los judíos (que lo perseguían por hacer curaciones en sábado): "Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo". Por eso los judíos buscaban con mayor empeño darle muerte, ya que no sólo violaba el sábado, sino que llamaba Padre suyo a Dios, igualándose así con Dios.
Entonces Jesús les habló en estos términos: "Yo les aseguro: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta y sólo hace lo que le ve hacer al Padre; lo que hace el Padre también lo hace el Hijo. El Padre ama al Hijo y le manifiesta todo lo que hace; le manifestará obras todavía mayores que éstas, para asombro de ustedes. Así como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a quien él quiere dársela. El Padre no juzga a nadie, porque todo juicio se lo ha dado al Hijo, para que todos honren al Hijo, como honran al Padre. El que no honra al Hijo tampoco honra al Padre.
Yo les aseguro que, quien escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna y no será condenado en el juicio, porque ya pasó de la muerte a la vida.
Les aseguro que viene la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la hayan oído vivirán. Pues así como el Padre tiene la vida en sí mismo, también le ha dado al Hijo tener la vida en sí mismo; y le ha dado el poder de juzgar, porque es el Hijo del hombre.
No se asombren de esto, porque viene la hora en que todos los que yacen en la tumba oirán mi voz y resucitarán: los que hicieron el bien para la vida; los que hicieron el mal, para la condenación. Yo nada puedo hacer por mí mismo. Según lo que oigo, juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió".
IV Martes de Cuaresma
Curar la voluntad
Muchos piensan que el hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo y esperaba entrar en el agua para sanar, era una persona que no quería cambiar, que buscaba excusas para no moverse, que se había apoltronado en su enfermedad. Puede ser cierto. Sin embargo, en el relato aparece como una persona sola, abandonada a su suerte: "Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando logro llegar, ya otro ha bajado antes que yo". En realidad, sí se mueve, si intenta llegar.
Me impresiona la paciencia y la tenacidad de ese hombre. A pesar de llevar tantos años enfermo no había perdido la esperanza. Treinta y ocho años soportando su soledad y abandono, esperando a alguien que le ayudara a bajar a la piscina. Aunque tardo mucho, por fin llegó la persona que tanto anhelaba. Jesús se acercó a él y le hizo una pregunta sorprendente: "¿Quieres curarte?". No le dice de inmediato "levántate". Primero le pregunta qué es lo que realmente desea. La pregunta parece obvia. Pero con esta pregunta Jesús pretende mover su alma, su voluntad, para que después mueva su cuerpo. Al contacto con Cristo el enfermo recupera su voluntad, la une a la voluntad del Señor y empieza a andar.
Lo que le sucedió a aquel hombre nos puede suceder a nosotros. Entendemos con el intelecto lo que debemos hacer, pero la voluntad está paralizada, incapaz de traducir en acciones concretas lo que hemos entendido.
Al encontrarlo de nuevo, Jesús le advierte: "Mira, ya quedaste sano. No peques más, no sea que te vaya a suceder algo peor". Existe el riesgo de recibir una vida nueva y no saber hacer buen uso de ella. La verdadera curación no es sólo volver a caminar: es aprender a ir en la dirección correcta.
Siempre que nos encontramos realmente con Cristo nos dan ganas de ser mejores. Cristo nos cuestiona, nos anima, nos ayuda y, como al paralítico de la piscina, nos empuja a caminar. Y caminar no de cualquier manera, sino caminar como lo hace él: fijándonos en el que sufre.
El Papa Francisco, pocos meses después de haber sido elegido Papa, expresó cómo era la Iglesia que soñaba: "Veo con claridad que la Iglesia hoy necesita con mayor urgencia la capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Que inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar por lo más elemental".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 5, 1-16
Era un día de fiesta para los judíos, cuando Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las Ovejas, una piscina llamada Betesdá, en hebreo, con cinco pórticos, bajo los cuales yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Entre ellos estaba un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Al verlo ahí tendido y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo en tal estado, Jesús le dijo: "¿Quieres curarte?" Le respondió el enfermo: "Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando logro llegar, ya otro ha bajado antes que yo". Jesús le dijo: "Levántate, toma tu camilla y anda". Al momento el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.
Aquel día era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había sido curado: "No te es lícito cargar tu camilla". Pero él contestó: "El que me curó me dijo: 'Toma tu camilla y anda'". Ellos le preguntaron: "¿Quién es el que te dijo: 'Toma tu camilla y anda'?" Pero el que había sido curado no lo sabía, porque Jesús había desaparecido entre la muchedumbre. Más tarde lo encontró Jesús en el templo y le dijo: "Mira, ya quedaste sano. No peques más, no sea que te vaya a suceder algo peor. Aquel hombre fue y les contó a los judíos que el que lo había curado era Jesús. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.
IV Lunes de Cuaresma
El desafío de la fe
La Cuaresma no es sólo un tiempo de ayunos, penitencias, viacrucis. Es también un tiempo para el gozo. Y esto no es sólo para el domingo de la alegría que celebramos ayer. El profeta Isaías habla hoy de gozo y de alegría. "Se llenarán ustedes de gozo y de perpetua alegría por lo que voy a crear". Isaías proclama una promesa, algo que está delante de nuestro ojos, hacia lo cual caminamos con alegre esperanza.
La promesa de Isaías se cumple en el evangelio. Jesús se encuentra con el dolor de un padre. Su hijo se está muriendo. La respuesta de Jesús no es amable: "Si no ven ustedes señales y prodigios, no creen". Pero el padre insiste: "Señor, ven antes de que mi muchachito muera".
Pero antes de volver a abrazar a su hijo, el funcionario real debe emprender un camino, dar un salto en el vacío, confiar en lo que le dice Jesús: "Vete, tu hijo ya está sano". Aquel hombre podría haber pensado: "me dice esto porque simplemente quiere deshacerse de mí, para que deje de molestarlo, para alejarme de su vista". Pero decide confiar. Regresa a casa. De Caná a Cafarnaúm había una distancia de treinta kilómetros de polvo y de fatiga. No es difícil imaginar la impaciencia de este padre. Su corazón latía con fuerza mientras volvía a casa sin "señales y prodigios", contando sólo con una palabra que parecía exagerada, caminando sobre una cuerda suspendida en el abismo de una confianza nada fácil.
El funcionario real descubrirá, recorriendo el camino, que la vida había cambiado. En primer lugar, lo había cambiado a él y, al final, había cambiado a su hijo. Así es el camino de la fe. La curación ocurre mientras estamos en camino. San Cirilo de Jerusalén decía que Dios está listo para darnos, pero nosotros tenemos que estar listos para recibir con fe.
Es el desafío de todos los tiempos, de cada generación, frente a la muerte, el mal, la desesperación: gritar al Señor nuestro deseo de ser sanados, de ser resucitados. Y creer en aquella palabra de vida que el Señor, también hoy, nos dice en el Evangelio. Creer es una de las opciones más acertadas, pero también de las más difíciles. Cuando la pendiente de la muerte y del mal se hace cada vez más empinada, creer en la palabra de vida de Cristo sigue siendo una lucha contra la desconfianza, pero nos libera de la resignación y nos abre a nuevas esperanzas. La muerte no tiene la última palabra: se nos dirá la noche de Pascua.
Podremos decir con el salmo responsorial y con el funcionario real cuando vio a su hijo sano: "Convertiste mi duelo en alegría, te alabaré por eso eternamente".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 4, 43-54
Jesús salió de Samaria y se fue a Galilea. Jesús mismo había declarado que a ningún profeta se le honra en su propia patria. Cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que él había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían estado allí.
Volvió entonces a Cana de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía un hijo enfermo en Cafarnaúm. Al oír éste que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a verlo y le rogó que fuera a curar a su hijo, que se estaba muriendo. Jesús le dijo: "Si no ven ustedes señales y prodigios, no creen". Pero el funcionario del rey insistió: "Señor, ven antes de que mi muchachito muera". Jesús le contestó: "Vete, tu hijo ya está sano". Aquel hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Cuando iba llegando, sus criados le salieron al encuentro para decirle que su hijo ya estaba sano. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Le contestaron: "Ayer, a la una de la tarde, se le quitó la fiebre". El padre reconoció que a esa misma hora Jesús le había dicho: 'Tu hijo ya está sano', y creyó con todos los de su casa. Esta fue la segunda señal milagrosa que hizo Jesús al volver de Judea a Galilea.
IV Domingo de Cuaresma
Ver con los ojos de Dios
Estamos viviendo una cuaresma complicada. Guerra entre naciones con sus secuelas de muerte y destrucción, sobresaltos económicos, gobernantes ciegos que se creen inmortales, palabras agresivas, un tira y afloja entre políticos, desesperanza y desaliento en muchos. El riesgo es hundirnos en la noche —no la que se alterna al día y alivia nuestro cansancio— sino la noche del espíritu, del alma, de la inconsciencia. Así las cosas, la liturgia nos invita a ver, a ver la gracia presente en esta situación difícil.
Sin embargo, puede ser que nuestra percepción se deforme por prejuicios o por la manipulación de información. Las noticias falsas y el uso perverso de la inteligencia artificial hacen que no estemos seguros de la veracidad de lo que se nos presenta. O también podemos optar por no ver, volvernos ciegos a la realidad. Esto sucede cuando nos cuesta soportar el peso de la verdad.
La visión distorsionada estaba en el profeta Samuel. Cree ver al elegido de Dios; pero se equivoca porque juzga según sus prejuicios. Finalmente entiende que "el hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones". La carta a los Efesios recuerda que siempre estamos llamados a salir de las tinieblas a la luz. El Evangelio concretiza esta salida. Gira en torno la posibilidad de ver.
Jesús ve a un ciego de nacimiento y se acerca a él, como se acerca a cada persona que está envuelta en la oscuridad del miedo, de la rabia, de la tristeza. Para el Señor la noche es tan clara como el día. Hace un pequeño rito. Pone lodo en los ojos del ciego y lo envía a lavarse en la piscina de Siloe. El ciego confía en un desconocido aun cuando está sumido en la oscuridad. Se abandona a él cuando todavía no se realiza la curación. Como nos sucede a nosotros, este hombre va entendiendo poco a poco quien es Jesús. Inicialmente dice que es un hombre, después que es un profeta y, al final, cuando lo encuentra de nuevo, lo llama "Señor" y se postra para adorarlo. Como podemos ver, la iluminación es gradual.
Luego de que Jesús envía al ciego a la piscina de Siloé, desaparece del escenario. Deja que el ciego crezca. Y, efectivamente, se produce un cambio profundo en él. Parece otra persona. El hecho de recobrar la vista no le quitó las dificultades. Debe afrontar la oposición de quienes quieren trivializar o negar su experiencia. Y lo hace con mucha lucidez. Incluso sus padres lo abandonan. Pero él se mantiene firme. Finalmente, lo expulsan de la sinagoga. El crecimiento y la iluminación se dan en medio de dificultades. Las tribulaciones son lugares de crecimiento. El dolor aceptado se transforma en sabiduría y lleva a una fe madura.
Jesús supo que habían echado fuera al que había sido ciego, y lo buscó. Cuando lo encontró, aquel hombre descubrió una puerta. Le habían cerrado la puerta de la sinagoga y ahora encuentra a Cristo. El Señor nos busca siempre. Viene a traer algo más que el perdón de los pecados. Se entrega a sí mismo como luz: "Yo soy la luz del mundo", luz que ilumina, belleza que sana, mirada que consuela, fuerza que hace renacer.
La Palabra de Dios nos invita a aceptar y abrazar nuestra oscuridad y abrirnos a Dios, que es capaz de transformar cada enigma y cada tiniebla en una aventura de crecimiento. Pero esta aceptación es auténtica en la medida en que le gritamos a Dios y esperamos en Él con todas nuestras fuerzas. Entonces el Señor trasfigura nuestra impotencia, ilumina nuestra oscuridad.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 9, 1-41
Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: "Ve a lavarte en la piscina de Siloé" (que significa 'Enviado'). Él fue, se lavó y volvió con vista.
Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: "¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?" Unos decían: "Es el mismo". Otros: "No es él, sino que se le parece". Pero él decía: "Yo soy".
Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: "Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo". Algunos de los fariseos comentaban: "Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?" Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: "Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?" Él les contestó: "Que es un profeta". Le replicaron: "Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?". Y lo echaron fuera.
Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: "¿Crees tú en el Hijo del hombre?" Él contestó: "¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?". Jesús le dijo: "Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es". Él dijo: "Creo, Señor". Y postrándose, lo adoró.
III Viernes de Cuaresma
El rocío del amor de Dios
El tema de las lecturas de hoy es el amor a Dios y al prójimo. El amor a Dios no puede ser más que una respuesta a su amor. Dios nos pensó, nos amó y nos creó. Él es quien toma la iniciativa. Si Jesús pide "amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas" es porque Él "nos ama con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas, con todo su ser". Pero, ¿cómo es el amor de Dios?
El profeta Oseas usa imágenes de la naturaleza para hacernos intuir el amor de Dios, para hacerlo casi tangible: "Los amaré aunque no lo merezcan. Seré para Israel como rocío; mi pueblo florecerá como el lirio, hundirá profundamente sus raíces, como el álamo, y sus renuevos se propagarán; su esplendor será como el del olivo y tendrá la fragancia de los cedros del Líbano". Lo primero que dice Oseas es que el amor de Dios es inmerecido. Y lo es no sólo para un pueblo rebelde que se había apartado de Dios y su vida se había convertido en un desierto. Lo es también para nosotros.
Dios se compara con el "rocío". El rocío es el resultado de la condensación de la humedad cuando el aire caliente se mezcla con el aire fresco de la noche. Aparece en forma de gotas de agua pequeñas o de una fina niebla que cubre las plantas, el suelo y otras superficies. En el clima árido del antiguo Israel, el rocío proporcionaba una fuente imprescindible de humedad para cultivar y cosechar las plantas. Así como el rocío nutre la vegetación, Dios nutre el alma. El rocío sanador del Señor, enviado del cielo, hará que el pueblo rebelde pueda crecer sano y fuerte. Con el rocío de Dios, Israel florecerá. Será bello como el lirio y echará raíces profundas en tierra fértil como los cedros del Líbano. Tendrá estabilidad. Se reconstruirá sobre cimientos sólidos. Así es el amor de Dios.
La respuesta al amor de Dios es amarlo. Amar a Dios significa ponerlo en el centro, dejarle espacio en la vida. Significa confiar en Él cuando no entendemos, buscarlo cuando estamos cansados, elegir el bien también cuando cuesta. Amar a Dios es vivir cada día con esta pregunta: ¿Lo que estoy haciendo me hace más verdadero, más libre, más capaz de amar?
Quizás también nos preguntemos: ¿cómo puedo amar a quien no veo? San Juan evangelista dice: "Si uno no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios, a quien no ve". El mensaje es claro: ama a lo que tienes cerca, a los que ves. Amando es como llegamos a conocer a Dios, porque Dios es amor.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Marcos 12, 28-34
Uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?" Jesús le respondió: "El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos".
El escriba replicó: "Muy bien, Maestro. Tienes razón, cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios".
Jesús, viendo que había hablado muy sensatamente, le dijo: "No estás lejos del Reino de Dios". Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
III Jueves de Cuaresma
Escuchar con el corazón
Dios es comunión, y como estamos hechos a su imagen y semejanza necesitamos comunicarnos con los demás. Hay que temer al "demonio mudo", al que bloquea nuestra comunicación. Este demonio existe ahora, más que nunca.
Parece imposible que nosotros, ciudadanos de un tiempo centrado en la comunicación, acostumbrados diariamente a emitir y recibir grandes cantidades de información a través de computadoras, teléfonos celulares, redes sociales, podamos ser realmente afectados por un problema de comunicación. Sin embargo, como indican los análisis de los expertos, es precisamente en una época como la nuestra donde se registra un nivel muy superficial de relación con el otro. A pesar de las muchas palabras e imágenes entre las que navegamos cada día, no somos capaces de escuchar y decir las cosas útiles y necesarias para construir relaciones profundas con los demás. En la época de la información se nos ha colado el "demonio" de la desinformación y la incomunicación.
La primera lectura nos dice que la falta de comunicación alcanza a Dios. No puede comunicarse con su pueblo. Israel es definido como "el pueblo que no escuchó la voz del Señor". Rompió la comunicación con Dios. Ni lo escucha ni es capaz de dirigirse a Él. Y lo peor de todo es que no muestra ninguna señal de arrepentimiento.
A Jesús le pasa algo semejante. Algunos lo acusan de expulsar los demonios con el poder de Satanás. En el fondo, los que lo acusan se están defendiendo. Muchos intentos de defensa surgen del miedo. Pero este tipo de defensas son débiles y nos hacen débiles, susceptibles de ser aplastados. Una famosa frase atribuida Carl Gustav Jung dice: "Lo que resistes, persiste. Lo que aceptas, te transforma". La aceptación no es resignación pasiva, sino reconocer y aceptar la realidad. Al aceptarla, perdemos el miedo y el control que tenía sobre nosotros. Nos permite cambiar.
El cambio, la conversión empieza en el oído, en la capacidad de escuchar y en la calidad de la escucha. Escuchar es entrar en el corazón del otro y en nuestro propio corazón. Escuchar es una forma de amar. Escuchar transforma. Y, después de escuchar, ponerse en camino. Entonces el caminar se vuelve más ligero.
El gran enemigo del hombre y de Dios no es el pecado. Jesús perdona los pecados. El gran enemigo no es tampoco el diablo. Jesús vence a los demonios. El gran enemigo es la dureza de corazón. Jesús dice que si arroja espíritus inmundos "significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios". Lo más trágico es no escuchar, no darnos cuenta de que el reino de Dios ha llegado, ya está aquí.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 11, 14-23
Jesús expulsó a un demonio, que era mudo. Apenas salió el demonio, habló el mudo y la multitud quedó maravillada. Pero algunos decían: "Este expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios". Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.
Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: "Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Satanás. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios por el poder de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama".
III Miércoles de Cuaresma
Una puerta hacia a luz
Es un hecho que el orden mundial se ha convertido en un desorden. Los gobernantes poderosos y arrogantes ignorar cualquier regla. Ellos se han erigido como la ley y, además, presumen cínicamente su ilegalidad.
Pero no sólo los gobernantes cínicos y arrogantes desprecian las reglas más elementales de convivencia y de decencia. Varios filósofos y psicólogos hablan de una ansiedad generalizada que nos está devorando y es generada por el rendimiento. Parece que la única manera de sentir que valemos es escalando puestos de trabajo o rompiendo las redes sociales con muchos "me gusta" o trabajando hasta el agotamiento. Da la impresión de que estamos en competencia permanente con los demás. Y para ganar la competencia se ignoran las reglas. Para complicar la situación, a los hombres y mujeres de este tiempo nos cuesta aceptar normas que vienen de fuera. Queremos hacer lo que nos gusta.
En este tiempo lleno de sombras e incertidumbre la Palabra de Dios nos habla de la ley. La ley es una puerta hacia la luz que tanto necesitamos y anhelamos. La Ley que Moisés dio al pueblo nace de la cercanía de Dios. Por eso, no es un sistema de reglas rígidas. Es un camino que conduce al amor. La Ley no fue dada para hacer pesado el camino. Guía el camino, lo orienta. Es semejante a las vías del tren. Cuando un tren se sale de la vía, se descarrila. La ley hace la vida más humana, más libre, más bella. Si el pueblo la recibe y la pone en práctica, se dará cuenta de la sabiduría contenida en ella y mostrará que es un pueblo sabio. Los demás pueblos verán que Israel posee una guía preciosa.
Moisés añade una exhortación importante: "No vayas a olvidarte…". La Ley es para ponerla en práctica, pero también para conservarla en el corazón y transmitirla a las siguientes generaciones con convicción. La Palabra de Dios es una memoria viva que atraviesa el tiempo. Es luz para el presente y semilla para el futuro.
En el Evangelio, Jesús dice que no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Llevar la ley a plenitud significa descubrir el espíritu que la anima, superando el mero cumplimiento externo, formal, literal, legal. Significa que todas las normas, por pequeñas que sean, son vehículo del amor y cumplirlas hace que nos sintamos realizados, que la vida tenga sentido, que sea más plena. Llevarla a su plenitud implica hacer a un lado las leyes que no fomentan el amor. La ley que viene de Dios, incluso el más pequeño mandamiento, se vuelve importante porque nace del deseo de vivir según el corazón de Dios. Cada pequeño detalle es importante, porque viene de Dios y pertenece a Dios. Entender esto y ponerlo en práctica requiere una escucha atenta y profunda.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 5, 17-19
Jesús dijo a sus discípulos: "No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley.
Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos".
III Miércoles de Cuaresma
Una puerta hacia a luz
Es un hecho que el orden mundial se ha convertido en un desorden. Los gobernantes poderosos y arrogantes ignorar cualquier regla. Ellos se han erigido como la ley y, además, presumen cínicamente su ilegalidad.
Pero no sólo los gobernantes cínicos y arrogantes desprecian las reglas más elementales de convivencia y de decencia. Varios filósofos y psicólogos hablan de una ansiedad generalizada que nos está devorando y es generada por el rendimiento. Parece que la única manera de sentir que valemos es escalando puestos de trabajo o rompiendo las redes sociales con muchos "me gusta" o trabajando hasta el agotamiento. Da la impresión de que estamos en competencia permanente con los demás. Y para ganar la competencia se ignoran las reglas. Para complicar la situación, a los hombres y mujeres de este tiempo nos cuesta aceptar normas que vienen de fuera. Queremos hacer lo que nos gusta.
En este tiempo lleno de sombras e incertidumbre la Palabra de Dios nos habla de la ley. La ley es una puerta hacia la luz que tanto necesitamos y anhelamos. La Ley que Moisés dio al pueblo nace de la cercanía de Dios. Por eso, no es un sistema de reglas rígidas. Es un camino que conduce al amor. La Ley no fue dada para hacer pesado el camino. Guía el camino, lo orienta. Es semejante a las vías del tren. Cuando un tren se sale de la vía, se descarrila. La ley hace la vida más humana, más libre, más bella. Si el pueblo la recibe y la pone en práctica, se dará cuenta de la sabiduría contenida en ella y mostrará que es un pueblo sabio. Los demás pueblos verán que Israel posee una guía preciosa.
Moisés añade una exhortación importante: "No vayas a olvidarte…". La Ley es para ponerla en práctica, pero también para conservarla en el corazón y transmitirla a las siguientes generaciones con convicción. La Palabra de Dios es una memoria viva que atraviesa el tiempo. Es luz para el presente y semilla para el futuro.
En el Evangelio, Jesús dice que no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Llevar la ley a plenitud significa descubrir el espíritu que la anima, superando el mero cumplimiento externo, formal, literal, legal. Significa que todas las normas, por pequeñas que sean, son vehículo del amor y cumplirlas hace que nos sintamos realizados, que la vida tenga sentido, que sea más plena. Llevarla a su plenitud implica hacer a un lado las leyes que no fomentan el amor. La ley que viene de Dios, incluso el más pequeño mandamiento, se vuelve importante porque nace del deseo de vivir según el corazón de Dios. Cada pequeño detalle es importante, porque viene de Dios y pertenece a Dios. Entender esto y ponerlo en práctica requiere una escucha atenta y profunda.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 5, 17-19
Jesús dijo a sus discípulos: "No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley.
Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos".
III Martes de Cuaresma
Y Dios creó el perdón
La primera lectura me hizo recordar la metáfora del El Marinero y la tabla rota. Esta metáfora cuenta la historia de un viejo marinero que parte con un barco nuevo. Pero llega la tormenta y tiene que tirar todo al mar. Al final sólo le queda una pequeña tabla rota, flotando. Entonces, miró al cielo y entendió: no necesitaba el barco grande, ni la carga, ni el orgullo. Sólo necesitaba respirar. Aferrado a su tabla rota, sonrió, sabiendo que, mientras quedara un trozo de madera, la vida continuaba.
La oración de Asarías que recoge la primera lectura —hecha en nombre de su pueblo— es la oración de alguien que se ha quedado sólo con una tabla rota, pero no pierde la confianza y la esperanza en Dios: "Señor, nos vemos empequeñecidos frente a los demás pueblos y estamos humillados por toda la tierra, a causa de nuestros pecados. Ahora no tenemos príncipe ni jefe ni profeta; ni holocausto ni sacrificio ni ofrenda ni incienso; ni lugar donde ofrecerte las primicias y alcanzar misericordia. Por eso, acepta nuestro corazón adolorido y nuestro espíritu humillado, como un sacrificio de carneros y toros, como un millar de corderos cebados". El corazón adolorido y el espíritu humillado es el mejor sacrificio que podemos ofrecer al Señor.
En el evangelio, Pedro le pregunta Jesús: "Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?". Probablemente la pregunta de Pedro es la pregunta que llevamos dentro, a veces con una mezcla de rabia y angustia.
La parábola de Jesús sobre el rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos quiere señalar un olvido que tal vez nos afecta a todos. Fácilmente perdemos de vista lo pobre que somos. Sólo partiendo de la consciencia de nuestra pobreza radical amada por Dios, podemos ofrecer una mirada de compasión a nuestros hermanos y hermanas, buscando caminos para vivir juntos el ideal de una comunión marcada por paz y el perdón.
La tradición judeocristiana considera el perdón como uno de los pilares que sostienen el mundo. El perdón hace posible que las creaturas vivan y lleven a cabo su existencia unas junto a otras. Un cuento jasídico dice que cuando Dios terminó de crear el mundo se dio cuenta de que no se mantenía erguido, firme. Algo faltaba. Y entonces creó el perdón. A partir de este relato podemos decir que la creación del perdón permite a la creación no contentarse con existir, sino conocer la alegría de "ser" y de "estar" en el sentido pleno del término, y nos permite convivir con los demás como compañeros necesitados de perdón.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 18, 21-35
Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: "Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?" Jesús le contestó: "No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete".
Entonces Jesús les dijo: "El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: 'Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo'. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: 'Págame lo que me debes'. El compañero se le arrodilló y le rogaba: 'Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo'. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: 'Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?' Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía. Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano".
III Lunes de Cuaresma
Seguir avanzando
Naaman, el poderoso general del ejército de Siria, era leproso. Existe un contraste entre la realidad exterior y exitosa, y otra más oculta y dolorosa. Podemos funcionar muy bien hacia afuera y, al mismo tiempo, no saber cómo gestionar situaciones que nos descubren vulnerables.
Naaman se indigna y reacciona muy molesto cuando el profeta Elíseo le pide realizar un gesto tan simple como sumergirse en el rio Jordán para quedar limpio de la lepra. Sin embargo, después de esta toma de posición inicial, comienza un camino interior que pasa por escuchar el consejo de sus siervos. No sabemos lo que sucedió en el corazón de Naamán, pero el hecho es que, finalmente, aceptó dejarse cuestionar y cambiar: "Entonces Naamán bajó, se bañó siete veces en el Jordán, como le había dicho el hombre de Dios, y su carne quedó limpia como la de un niño".
La verdad que Naamán descubrió a través de la curación le permitió retomar su camino de manera completamente diferente. Se convierte a un Dios que no excluye a nadie. Es lo que Jesús esperaba de aquellos que habían sido sus compañeros de juego, de sus vecinos de casa: disponibilidad para recibirlo, no para rechazarlo y excluirlo. Pero las cosas no funcionaron así.
Jesús cuenta la historia de Naamán. Les refresca a sus paisanos la memoria, les recuerda que en los días del profeta Elíseo había muchos leprosos en Israel, pero sólo fue sanado Naamán, un extranjero. Estas palabras destinadas a provocar un cambio, abrir el corazón, hirieron el orgullo de los oyentes. El anuncio que debería abrir el corazón suscita rabia y rechazo. Escuchar la verdad puede ser muy desagradable, pero ay de nosotros si nadie nos la dice. Como Naaman, Jesús no se paraliza. No se deja intimidar por el rechazo. Retoma su camino, sin dar demasiado peso a las amenazas: "Pasando por en medio de ellos, se alejó de allí".
El mensaje de hoy se dirige a aquellos pliegues de nuestro corazón listos para indignarse cuando la realidad no responde a nuestras necesidades y expectativas. La rapidez con que se manifiesta este sentimiento radica en la incapacidad de esperar algo nuevo y dar un paso adelante.
En cambio, cuando el corazón permanece abierto a los dones y a las sorpresas de Dios, seguimos avanzando. Nuestro caminar no se detiene; porque descubrimos que siempre podemos avanzar, incluso cuando estamos rodeados por la incomprensión y la hostilidad. Sin darle la espalda a nadie, sin despreciar a nadie, descubrimos que podemos permanecer fieles a Dios y a nosotros mismos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 4, 24-30
Jesús llegó a Nazaret, entró a la sinagoga y dijo al pueblo: "Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra. Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, que era de Siria".
Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta una barranca del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de allí.
III Domingo de Cuaresma
La seducción de Dios
Una mujer samaritana —es decir, una extranjera y hereje para los judíos— va por agua al pozo de Jacob, el lugar de la seducción, a donde se acude no sólo por agua, sino también para encontrar marido. Va a la peor hora del día, a mediodía, cuando se prefiere quedarse en casa o a la sombra, arriesgándose a volver a casa con el agua ya caliente. Lo hace quizás para no ser vista y evitar murmuraciones.
Ahí se da el encuentro entre la sed de la mujer y la sed de Jesús. Dios tiene sed de nosotros y nosotros tenemos sed de Él. La sed, imagen del deseo, es el lugar donde podemos encontrarnos con nuestro Creador. La sed también habla de carencia. La experiencia de Dios se hace con frecuencia en los momento de necesidad, de fragilidad, de fracaso. Cuando la mujer toma consciencia de sus desilusiones afectivas, descubre a Dios como el Esposo fiel. La samaritana representa a toda la humanidad. Es la esposa que se fue tras otros amores y que Dios, el Esposo, quiere recuperar.
Jesús va directo al corazón de la mujer. Le dice: "Ve a llamar a tu marido", ve a llamar al que amas. Cristo le ayuda a que aflore su historia, a ser consciente de cómo ha sido su vida afectiva. La mujer contesta: "No tengo marido". Jesús añade: "Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido". No le dice esto para condenarla. Ni siquiera le pone condiciones, algo así como "primero arregla tu situación irregular y luego vuelve aquí". Lo que a Dios le importa es el futuro.
La mujer se sorprende. Ese hombre conoce su vida. Debe ser un profeta. Entonces el diálogo se nueve a cuestiones de fe. ¿En dónde hay que adorar a Dios, en Jerusalén o en Samaria? La respuesta de Jesús: "Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad". El culto a Dios no está ligada a un lugar físico, sino a una actitud interior: vivir en espíritu y verdad. La adoración tiene lugar en lo profundo del corazón y en la vida. Tú eres el templo donde vive Dios. Si somos templo de Dios, el lecho de un enfermo o el lugar de trabajo pueden ser lugares para dar culto a Dios. Podemos adorar a Dios donde quiera que estemos.
El diálogo llega a un punto culminante cuando la mujer pregunta por el Mesías esperado. Jesús le dice: "Soy yo, el que habla contigo". Esta frase es, en el fondo, una declaración de amor: Jesús es el que llena nuestro profundo deseo de ser amados. Entonces la mujer dejó su cántaro y fue corriendo a buscar a los que antes evitaba. Grita su encuentro con Jesús. Finalmente se siente verdaderamente amada. Ha sido seducida por Jesús. Su alegría es contagiosa. Desbordante. Tenía sed de amor, pero había buscado en las fuentes equivocadas.
La samaritana grita: "Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho". Su pasado escabroso, que era su debilidad, se convierte ahora en su fuerza. Las heridas de ayer son fuentes de energía y esperanza. Jesús dice: no escondas tus debilidades. Son tu verdad. No les temas. Construye sobre ellas. Cuando escribimos nuestra vida a cuatro manos con el Señor, lo peor que hemos vivido puede convertirse en lo mejor que tenemos, y podemos ayudar a otros.
La Cuaresma es un tiempo para dejar de beber en cisternas agrietadas donde hemos querido saciar la sed y dejarnos guiar hacia Aquel que calma verdaderamente la sed y da paz al corazón. La Cuaresma es un tiempo para encontrar al Dios verdadero en la verdad de nuestra historia.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 4, 5-42
Llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía. Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: "Dame de beber". (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: "¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?" (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva".
La mujer le respondió: "Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?" Jesús le contestó: "El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna". La mujer le dijo: "Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla".
Él le dijo: "Ve a llamar a tu marido y vuelve". La mujer le contestó: "No tengo marido''. Jesús le dijo: "Tienes razón en decir: 'No tengo marido'. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad". La mujer le dijo: "Señor, ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén". Jesús le dijo: "Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad".
La mujer le dijo: "Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, él nos dará razón de todo". Jesús le dijo: "Soy yo, el que habla contigo".
Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente: "Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?" Salieron del pueblo y se pusieron en camino hacia donde él estaba.
Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: 'Me dijo todo lo que he hecho'. Cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en él al oír su palabra. Y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el salvador del mundo".
II Viernes de Cuaresma
La presencia silenciosa de Dios
El amor preferencial de Jacob por su hijo José se convierte en motivo de envidia para sus hermanos. Los hermanos de José se vuelven hostiles. Ya no ven en él un hermano, sino una amenaza. Y, finalmente, se deshacen de él. Es una página dolorosa de la historia. Pero no es sólo una historia pasada: sucede todos los días. Los celos se convierten en violencia y los vínculos fraternos se rompen.
Lo más consolador de esta historia es la actuación de Dios. Entre el ruido de la maldad se abre camino la presencia silenciosa y discreta de Dios. El Señor parece el gran ausente; pero, en realidad, está silenciosamente presente al lado de José, lo conduce y lo hace, a través de los acontecimientos dramáticos, instrumento de salvación, ofrecida también a sus hermanos traidores. En una injusticia, Dios inicia un camino de salvación.
Para hacer conscientes a los jefes religiosos de que no son ajenos a los sentimientos perversos de los hermanos de José, Jesús cuenta la parábola de los viñadores homicidas. El Hijo será rechazado por aquellos que deberían haberlo acogido. Cristo cita las palabras de un salmo que iluminan el rechazo: "La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular".
La historia de la salvación está atravesada por este misterio: lo que se descarta puede convertirse en principio de salvación. José será salvación para sus hermanos. El Hijo rechazado será salvación para el mundo entero. El rechazo de los hombres no anula el proyecto de Dios. Más bien, se convierte en el lugar donde se manifiesta con mayor fuerza la Providencia divina.
Nos cuesta admitir que cuando nos sentimos menos amados de lo que quisiéramos y, sobre todo, de lo que los demás son amados, surge en nosotros el deseo de eliminar de alguna manera —con calumnias, bromas pesadas, un silencio hostil— a esa persona que reaviva en nosotros el sentimiento de inferioridad. Olvidamos que esas heridas que nos hacen sufrir y hacen sufrir a los demás son la oportunidad para descubrir el rostro amado del Padre que ama a cada uno de nosotros con un amor inmenso y nos ofrece su misericordia para sanar nuestras envidias.
Cristo les dice a los jefes del pueblo: "Les será quitado a ustedes el Reino de Dios". Quizás cuando nos demos cuenta de que nos puede suceder esto —perder el Reino— comprenderemos la necesidad de respetar al otro, incluso cuando su existencia misma complica nuestra vida. De esta manera, el drama de la fraternidad podrá convertirse en una escuela de humanidad que puede transformar el mundo. Este es el sueño de Cristo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 21, 33-43. 45-46
Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: "Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego la alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.
Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro, y a otro más lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.
Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: 'A mi hijo lo respetarán'. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: 'Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia'. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron. Ahora díganme: Cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?" Ellos le respondieron: "Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo".
Entonces Jesús les dijo: "¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable? Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos".
Al oír estas palabras, los sumos sacerdotes y los fariseos comprendieron que Jesús las decía por ellos y quisieron aprehenderlo, pero tuvieron miedo a la multitud, pues era tenido por un profeta.
II Jueves de Cuaresma
La indiferencia
La parábola del rico y el pobre no es una condena a la riqueza en sí, sino a la indiferencia. No se describe al rico como un hombre violento o injusto: simplemente no mira. La filósofa y mística francesa Simone Weil decía que "el primer milagro es darse cuenta de que el otro existe". Este pobre rico estaba tan concentrado en su lujoso guardarropa y en su mesa opulenta que no se dio cuenta de lo que estaba sucediendo frente a su "puerta". Cada día pasaba junto al pobre sin dejarse tocar. La puerta cerrada de la casa del rico es signo de un corazón cerrado y endurecido.
Lázaro tiene un nombre, es decir, una identidad. El rico se identifica tanto con sus posesiones hasta el punto de perder su identidad. Por eso no se menciona su nombre. Al final, el que parecía exitoso se revela como un perdedor y el que parecía un perdedor se revela como triunfador.
La parábola no contiene tampoco un juicio moral. No se dice si Lázaro es pobre por flojo, por incapaz o incluso por alguna culpa. Ni se dice que el rico haya llegado a ser rico por negocios turbios. El problema surge cuando comenzamos a pensar que el modo de vivir del rico insensible (mejor dicho, el modo de no vivir) puede ser normal. Entonces se crea un espacio de individualismo que fácilmente se convierte en un valle de soledad dentro de un corazón que, como dice la primera lectura, es "difícil de curar".
Los reflectores están centrados en la indiferencia en la que caemos cuando, encerrados en nuestras seguridades y nuestro bienestar, nos volvemos insensibles a lo que está afuera y a los que están afuera de nuestra zona de confort. La indiferencia crea un abismo que se va agrandando hasta volverse insalvable. El punto clave no es la sorpresa final, sino la ceguera presente. El rico tenía a "Moisés y los profetas", es decir, tenía la Palabra de Dios, pero no la escuchó.
La parábola no quiere detallar cómo es el otro mundo, sino iluminar nuestra manera de vivir en el presente. En el fondo, nos anuncia algo muy bello, una buena noticia: la distancia entre nosotros y los demás, que un día podría convertirse en un inmenso e insuperable abismo, ahora es una distancia transitable. Nada es todavía definitivo.
No podremos acceder a la otra vida si no hemos vivido realmente esta vida. La vida no es simplemente algo biológico, sino un conjunto de ingredientes, como amor, verdad, justicia, empatía, compasión… Antes de que llegue el día de la resurrección del cuerpo, el presente es el tiempo de la resurrección del corazón para superar las distancias entre nosotros y quien espera encontrar la luz de nuestro rostro.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 16, 19-31
Jesús dijo a los fariseos: "Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.
Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.
Entonces gritó: 'Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas'. Pero Abraham le contestó: 'Hijo, recuerda que en tu en vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá'.
El rico insistió: 'Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos'. Abraham le dijo: 'Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen'. Pero el rico replicó: 'No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán'. Abraham repuso: 'Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto'".
II Miércoles de Cuaresma
Superar el arribismo
Mientras Jesús sube a Jerusalén para entregar la vida, los discípulos discuten sobre puestos, roles, sobre quién será más grande. Razonan en términos de arribismo, donde el progreso personal es el objetivo principal, sacrificando relaciones genuinas. Mientras concibamos la vida desde esta perspectiva, no podremos más que aspirar a puestos de grandeza donde se tiene la ilusión de ser intocables, estar bien protegidos del riesgo de ser golpeados y heridos. Pero esta ilusión de seguridad es en realidad el camino de una vida de soledad, y no de soledad fecunda que nos hace crecer, sino de soledad patológica que enferma el alma.
Jesús desconcierta a sus amigos: "Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva". En el Reino de Jesús la grandeza no se mide por ser el primero, sino por hacerse el últimos. Las grandes subidas son las que pasan por los puntos más bajos de nuestra vida y de las relaciones humanas. Ahí somos purificados de lo que se opone a la lógica del Evangelio. La madre de los hijos de Zebedeo tiene dificultades para entender y aceptar esta lógica, especialmente en lo que se refiere al destino de sus propios hijos: "Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino".
Cristo les había anunciado a sus amigos que sería rechazado por los líderes religiosos. El rechazo no está escrito sólo en los textos sagrados, sino también en las noticias de todos los días. Lo experimentamos en los asuntos familiares, en los ambientes de trabajo, en las relaciones que tratamos de llevar adelante navegando, a veces, entre silencios, incomprensiones y sufrimientos. Cuando el corazón se paraliza, caemos en el engaño de creer que para escapar de la mordedura del mal es necesario subir y conquistar un lugar donde la vida transcurre tranquilamente, al abrigo de golpes y traumas.
El primer paso de la conversión es aceptar nuestra ignorancia: "No saben ustedes lo que piden". Tal vez la madre de los hijos de Zebedeo nunca imaginó que los lugares que pedía para sus hijos no los ocuparían ellos ni ninguno de los discípulos, sino los dos malhechores que serían crucificados con el Señor "uno a la derecha y otro a la izquierda". Si hubiera podido imaginar esta situación, quizás no se habría atrevido a pedir algo así. Sin embargo, estas son las subidas que nos acercan más al corazón de Cristo y al corazón sufriente de la humanidad.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 20, 17-28
Mientras iba de camino a Jerusalén, Jesús llamó aparte a los Doce y les dijo: "Ya vamos camino de Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; pero al tercer día, resucitará". Entonces se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: "¿Qué deseas?" Ella respondió: "Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino". Pero Jesús replicó: "No saben ustedes lo que piden. ¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?" Ellos contestaron: "Sí podemos". Y él les dijo: "Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado".
Al oír aquello, los otros diez discípulos se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: "Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos".
II Martes de Cuaresma
Cortar
Un examen de conciencia sincero nos pone un poco incómodos; porque nos damos cuenta de que hasta las cosas más bellas y santas pueden ser vividas mal, como el culto a Dios y la autoridad religiosa.
El profeta Isaías se dirige a un pueblo que le gusta ofrecer sacrificios al Señor, pero vive en la injusticia. Sus palabras son duras: "Lávense y purifíquense; aparten de mi vista sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien". Dios no rechaza el culto en sí; rechaza un culto separado de la vida.
Así como Dios no rechaza el culto en sí, Jesús dirá que Dios no rechaza la autoridad religiosa como tal. Lo que hace es revelar su sentido auténtico. La autoridad en el reino de Dios es diferente a la autoridad mundana. No es para dominar ni buscar honores, sino para servir; no para estar encima de los demás, sino para acercarse.
El profeta Isaías afirmaba en la primera lectura: "Si se obstinan en la rebeldía, la espada los devorará". Cuando las palabras del profeta llegan a nuestro combate cotidiano, lo iluminan. Ciertamente es una amenaza; pero, sobre todo, es una oportunidad para dar la dirección correcta a la vida. La espada puede y debe cortar todo aquello que impida caminar con rectitud.
Jesús dice lo que hay que cortar. Hay que cortar toda búsqueda inútil de la apariencia, no caer en la trampa de la hipocresía disfrazada de devoción. Las palabras del Señor no quieren ser una piadosa exhortación. Son una orientación clara del camino del discípulo, continuamente llamado a medirse con las exigencias de la renuncia a uno mismo y la tendencia a ponerse en el centro. Como discípulos del Señor, estamos llamados a cortar todo lo que nos lleva a echar sobre los demás "cargas pesadas y difíciles de llevar", a ocupar los primero lugares y querer ser reverenciados como "maestros".
Lo que queda después de todos estos cortes —cuando los acogemos— es demasiado bello y liberador: Todos somos hermanos. Ninguno es superior, como lo entendió muy bien san Francisco de Asís. Y si existe alguna jerarquía en la Iglesia, está invertida respecto a las jerarquías de la sociedad terrenal: el más grande no es quien tiene más poder, sino quien más ama. Jesús trae la novedad de un Dios que no quiere tener el mundo a sus pies, sino que es Él el que está a los pies del mundo. El Señor de la vida, es el siervo de toda vida. Y Él es el único Maestro, el único Padre, la única Guía. Sin esto todo lo demás es una máscara.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 23, 1-12
Jesús dijo a las multitudes y a sus discípulos: "En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Hagan, pues, todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra. Hacen fardos muy pesados y difíciles de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo los quieren mover. Todo lo hacen para que los vea la gente.
Ensanchan las filacterias y las franjas del manto; les agrada ocupar los primeros lugares en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; les gusta que los saluden en las plazas y que la gente los llame 'maestros'.
Ustedes, en cambio, no dejen que los llamen 'maestros', porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A ningún hombre sobre la tierra lo llamen 'padre', porque el Padre de ustedes es sólo el Padre celestial. No se dejen llamar 'guías', porque el guía de ustedes es solamente Cristo. Que el mayor de entre ustedes sea su servidor, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido".
II Lunes de Cuaresma
La toma de consciencia
En el crecimiento humano es muy importante la toma de consciencia. Nos permite dejar de actuar de manera automática para elegir libremente, para tomar decisiones de manera consciente. Esto transforma la percepción de la realidad, genera paz, madurez emocional y produce cambios positivos.
No es raro que nos encontremos, a veces, ante nuestra consciencia con vergüenza y desconcierto por lo que no hemos logrado hacer, por lo que, a pesar de todas nuestras buenas intenciones, no hemos podido poner en práctica. Es lo que narra la primera lectura. Escuchamos la oración de un hombre y un pueblo que se sitúan delante de Dios con toda verdad: "Nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidades". Delante del Señor surge la conciencia del fracaso moral; pero también surge la consciencia de una certeza luminosa: "De nuestro Dios, en cambio, es el tener misericordia y perdonar". La esperanza no se fundamenta en nuestra justicia, sino en la fidelidad de Dios. El profeta Daniel invita, por un lado, a reconocer el pecado; por otro lado, a recibir la misericordia.
Imaginemos una planta descuidada que se está secando. Si tomamos conciencia de que se está secando y decidimos cuidarla, le vamos a poner agua y, poco a poco, florecerá. La Palabra de Dios nos exhorta a esto: a dejar que nuestra vida sea como una planta medio seca que recibe la misericordia de Dios y empieza a crecer. La oración se vuelve terapéutica cuando nos permite ponerle nombre a nuestras debilidades, mirarlas sin miedo y con lucidez, pero sin resignarnos simplemente a sobrellevarlas.
En el evangelio, Jesús da un paso adelante. Cristo nos hace cobrar consciencia no sólo de recibir la misericordia de Dios, sino también de ser misericordiosos: "Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso". Podemos ser misericordiosos esforzándonos en ser virtuosos; pero, sobre todo, recuperando la consciencia de ser creados a imagen y semejanza de Dios. El evangelio nos invita a una profunda toma de conciencia de nuestros límites, pero conectada con la conciencia del misterio divino que nos habita.
La segunda carta de Pedro afirma que participamos de "la naturaleza divina". Esta es la mejor parte de nuestro ser. Cristo nos exhorta a ir más allá de los estrechos —y a veces asfixiantes— límites de nuestra humanidad, y descubrir en nosotros la presencia del Dios compasivo y misericordioso.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Lucas 6, 36-38
Jesús dijo a sus discípulos: "Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.
Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma medida con que midan, serán medidos".