HOMILÍAS

XIV Viernes Tiempo Ordinario
Ovejas entre lobos
Hay un sano realismo en las palabras de Jesús recogidas en el Evangelio de hoy. No oculta a sus discípulos las dificultades que encontrarán. Dice claramente que vivir el Evangelio es como caminar entre lobos: "Los envío como ovejas entre lobos". Pero lo sorprendente es que Jesús no les pide a las ovejas que se conviertan en lobos para sobrevivir. No dice que se consigan garras más fuertes o dientes más afilados.
La fuerza del cristiano no consiste en volverse más agresivo que el que está delante de él. Su fuerza es saber que tiene un Pastor. Esta conciencia es la que nos permite permanecer en el lado de la verdad sin llegar a ser débiles, buenos sin ser ingenuos, capaces de perdonar sin permitir que el mal nos domine. El mayor riesgo no es encontrarse con los lobos, sino convertirse en lobos. Jesús nos pide que cuidemos nuestra identidad cuando atravesamos situaciones difíciles. Si dejamos de ser ovejas y nos convertimos en lobos, perdemos.
Luego añade una indicación práctica: "Sean, pues, precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas". El cristiano necesita ambas características, la prudencia y la sencillez. La sencillez sin prudencia se convierte en ingenuidad; la prudencia sin simplicidad se convierte en astucia, sospecha, cálculo. Muchas veces somos sólo palomas y nos dejamos herir porque no sabemos reconocer y afrontar el mal. Otras veces nos volvemos solamente serpientes y, en el intento de protegernos, perdemos la capacidad de confiar y amar. Jesús nos pide que mantengamos juntas la inocencia y el discernimiento, la bondad y la inteligencia, la mansedumbre y el conocimiento. Se trata de un equilibrio difícil pero crucial: ser buenos sin ser ingenuos; tener los ojos abiertos sin perder la mansedumbre; ser fuertes sin volverse agresivos.
A veces no conseguimos este equilibrio y tomamos decisiones equivocadas que conducen a situaciones dolorosas. No nos desanimemos. Las decisiones equivocadas son parte de nuestro crecimiento humano y cristiano; son oportunidades para aprender a discernir, para sacar una lección. La primera lectura nos ofrece un ejemplo. El pueblo de Israel buscó la salvación en las alianzas con las grandes potencias militares del momento, Egipto y Asiría. Fue una experiencia amarga y muy dolorosa; pero aprendió la lección: "Ya no nos salvará Asiria, ya no confiaremos en nuestro ejército, ni volveremos a llamar 'dios nuestro' a las obras de nuestras manos". Finalmente, el pueblo entendió que convertirse en lobo dándole la espalda a Dios es un mal negocio.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 10, 16-23
Jesús dijo a sus apóstoles: «Yo los envío como ovejas entre lobos. Sean, pues, precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas.
Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los enjuicien, no se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.
El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, se salvará.
Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Yo les aseguro que no alcanzarán a recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del hombre».
V Jueves Tiempo Ordinario
Amados gratuitamente
Dice Jesús a sus discípulos: "Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente". La salvación es gratuita. El amor de Dios es gratuito. No hemos hecho nada para merecerlo. No lo hemos conquistado con nuestras buenas obras. Simplemente somos amados. Quien olvida haber sido amado gratuitamente comienza a transformar la fe en un mérito. Nunca debemos olvidar la gracia recibida.
Amar gratuitamente significa aceptar el riesgo de la ingratitud. Muchas veces hacemos el bien esperando, tal vez inconscientemente, reconocimiento. Y cuando no llega, nos desanimamos y dejamos de amar. Jesús prepara a sus discípulos para esto. Les dice: "Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacudan el polvo de los pies". Sacudir el polvo de los pies no es un gesto de ira o venganza, sino de libertad interior. Sacudir el polvo de los pies también puede significar no llevarse la negatividad que hemos encontrado, no dejar que el rechazo nos haga perder el deseo de ayudar, de creer en el bien. Sigamos caminando. Libres. Dios no nos pide convencer a todos. Sólo nos pide no dejar de amar.
Si somos rechazados, no olvidemos que Dios también ha sido rechazado muchas veces. El profeta Oseas presenta, en la primera lectura, a un Dios lleno de ternura… pero rechazado. Muchas veces he escuchado que el Dios del Antiguo Testamento es terrible, duro, severo, justiciero, vengativo, sanguinario. Ciertamente, no faltan relatos que atestiguan esta idea de Dios. Pero el texto de Oseas desmantela esa imagen del Dios del Antiguo Testamento. Nos revela al Dios-Amor, al Dios-Padre de Nuestro Señor Jesucristo.
Oseas lo describe como un padre-madre tierno, que lleva a su hijo en brazos, lo acaricia, le da de comer y le enseña a andar: "Yo fui quien enseñó a andar a Efraín, yo quien lo llevaba en brazos; pero no comprendieron que yo cuidaba de ellos. Yo los atraía hacia mí con los lazos del cariño, con las cadenas del amor. Yo fui para ellos como un padre, que estrecha a su creatura y se inclina hacia ella para darle de comer". Es la ternura de Dios la que se estrella con la dureza del ser humano.
Delante de este Dios hay que desarmarnos para poder recibirlo. Es lo que sugiere Jesús cuando dice: "No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón". Si estamos absortos en nuestros bienes materiales, en nuestros esquemas, difícilmente vamos a acoger al Dios de la ternura. Leila Guerriero, escritora argentina, dice: "El mundo sólo se deja ver cuando la mirada se vuelve tierna y no hostil, blanda y permeable. Lo que tanto pesaba pesa menos".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 10, 7-15
Envió Jesús a los Doce con estas instrucciones: «Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente.
No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento.
Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar, saluden así: . Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella; si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacudan el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad».
XIV Miércoles Tiempo Ordinario
Únicos e irrepetibles
Jesús llama a los Doce. El Señor no se rodea de la flor y nata de aquella sociedad. Ninguno de ellos tiene un notable patrimonio cultural. Son personas sin muchos esquemas y prejuicios. Esto favorece la formación. El Señor los va a educar con paciencia.
Llama a cada uno por su nombre. Cada uno de los apóstoles es distinto, singular. Sin embargo, todos son amados por él. La llamada es personal. Por tanto, la respuesta es única, personal, intransferible. Dios no nos ha hecho en serie, ni quiere respuestas en serie. Quiere una voz distinta en cada uno de nosotros, un estilo propio y diferente, un trabajo artesanal, una respuesta de amor personal. Como ocurrió, por ejemplo, con Simón Pedro y María Magdalena. Por tanto, lo que yo no haga, quedará sin hacer y nadie lo hará por mí.
La llamada a los Doce no se agotó en aquel tiempo. Hoy sigue llamando con la misma fuerza, con la misma ilusión. Yo le doy gracias por haberme llamado. Es lo más hermoso que ha ocurrido en mi vida.
Cristo les comunica a los suyos su propio poder Es significativo que el único poder que les da sea el poder de oponerse al mal en todas sus formas: "Les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias". No les da el poder de dominar, imponerse, ocupar puestos importantes. Es un poder ajeno a toda lógica de dominio y de prestigio. Es el poder de liberar y curar, de anunciar una esperanza: "ya se acerca el Reino de los cielos". Este es el criterio con el cual debemos reconocer la vida cristiana auténtica.
El cristiano no es simplemente alguien que asiste a una iglesia o profesa algunas creencias religiosas. Es alguien que, allí donde encuentra el mal, trata de contrarrestarlo. Donde hay sufrimiento trae consuelo. Donde hay soledad construye relaciones. Donde hay injusticia toma posición contra ella. Donde alguien está herido trata de cuidarlo. El cristiano no se compromete con el mal, pero no lo combate usando sus propias armas. No destruye al enemigo: trata de liberarlo del mal que lo tiene cautivo. No humilla a quien comete errores, sino que intenta levantarlo. No añade violencia a la violencia, sino que rompe la cadena del mal a través de la dinámica del bien. El poder que da Cristo es la capacidad de "poder" hacer el bien.
Puede desconcertarnos una de las instrucciones de Cristo. "No vayan a tierra de paganos, ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel". Parece contradecir el envío a todas las naciones. ¿Cómo interpretar las palabras de Jesús? Puede ser poner orden en la propia casa. Y así sigue siendo para nosotros. Empecemos por poner orden en la casa de nuestro propio corazón.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 10, 1-7
Llamando Jesús a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos del Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayan a tierra de paganos, ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos».
XIV Martes Tiempo Ordinario
Restituir la palabra
El mal intenta interrumpir o distorsionar la comunicación, romper las relaciones, construir distancias que, con el paso del tiempo, se convierten en muros infranqueables.
Cuántas familias se separan por causa de silencios que nadie tiene el valor de interrumpir. Cuántas amistades terminan no por una gran traición, sino porque en algún momento dejan de hablarse. Cuántas relaciones se enferman porque lo que debería ser dicho es reprimido, o porque las palabras son usadas para herir en vez de crear comunión.
Jesús viene a restituir la palabra: "Llevaron ante Jesús a un hombre mudo, que estaba poseído por el demonio. Jesús expulsó al demonio y el mudo habló". El mudo vuelve a hablar. Cristo devuelve la capacidad de decir lo que llevamos en el corazón, de pedir perdón, de explicar, de escuchar, de dialogar.
Pero no basta con hablar. Hay que aprender a comunicarnos. Deberíamos cuidar nuestras palabras. A través de ellas puede pasar el bien o el mal. Una palabra o un silencio puede alentar o destruir, acercar o alejar, curar una herida o hacerla más profunda. El mal nos hace mudos cuando deberíamos hablar y agresivos cuando deberíamos callar.
Jesús no sólo hace que seamos capaces de dialogar con los demás, sino también con Dios. El relato termina con estas palabras: "Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos". Cristo habla de la urgencia de la oración para que los trabajadores del Reino de Dios respondan con prontitud y generosidad, teniendo la certeza de que el "dueño de la mies" es el Señor que fecunda y hace crecer las semillas.
Todo cristiano es un trabajador del Reino. Nuestra tarea no es convertir al mundo, sino dar testimonio del Evangelio. Nuestra tarea es sembrar. El resto pertenece a Dios. Aunque nuestra contribución sea pequeña, puede traer un poco de luz. Una palabra pronunciada en el momento adecuado. Una invitación. Un gesto de bondad. Una plegaria. Seguir amando cuando sería más fácil volverse duro y egoísta. La fe se transmite no solo con bellos discursos, sino esforzándose por vivir el Evangelio.
Cuando nos parece que nuestro trabajo no produce nada, no perdamos el ánimo. Nelson Mandela dijo: "El vencedor es un soñador que no se ha rendido".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 9, 32-38
Llevaron ante Jesús a un hombre mudo, que estaba poseído por el demonio. Jesús expulsó al demonio y el mudo habló. La multitud, maravillada, decía: «Nunca se había visto nada semejante en Israel». Pero los fariseos decían: «Expulsa a los demonios por autoridad del príncipe de los demonios».
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos».
XIV Lunes Tiempo Ordinario
Humildad y confianza
Los discípulos siguen a su Maestro. Sin embargo, el Evangelio de hoy nos presenta algo sorprendente: es Jesús quien sigue a un padre desesperado, que implora ayuda para su hija que acaba de morir.
No somos sólo nosotros quienes buscamos y seguimos al Señor. El Señor nos busca, nos sigue y recorre con nosotros los caminos más dolorosos de la vida. Se deja envolver por nuestras heridas. Dios no permanece como espectador de nuestro sufrimiento. Cuando el camino se vuelve oscuro, cuando la esperanza parece incierta, Cristo se hace compañero de viaje. No elimina mágicamente todas las pruebas: las atraviesa con nosotros. Su presencia es ya el comienzo de un milagro que no entendemos inmediatamente.
En el camino se produce otro encuentro. Una mujer, enferma desde hace muchos años, se acerca a Jesús y toca el borde de su manto. Podría haber sido un milagro anónimo. Sin embargo, el evangelista dice: "Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: Hija, ten confianza; tu fe te ha curado". Antes de la curación, hay una mirada y unas palabras. Jesús quiere que la mujer tenga un encuentro personal con él.
En el encuentro con la niña, hay un detalle importante y muy significativo. Antes de levantarla, Jesús retira a los flautistas y el tumulto de la gente. ¿Qué nos sugiere este detalle? Los flautistas y la gente son personas tóxicas. Para curar, hay que dejar las relaciones con personas tóxicas que bloquean la curación.
Los dos milagros narrados revelan que el Señor se acerca, sobre todo, cuando la vida se hace difícil y parece no haber nada que esperar. También nos recuerda que la fe no consiste solamente en obtener lo que pedimos a Cristo, sino en encontrar su rostro. El don más grande es saber que está entre nosotros. Esta Presencia es la que devuelve vida, valentía y esperanza cuando todo parece perdido.
Es como si en el corazón del Señor fluyeran las palabras de Oseas —que escuchamos en la primera lectura— para derramarse como bálsamo sobre las heridas: "Te desposaré conmigo para siempre. Nos uniremos en la justicia y la rectitud, en el amor constante y la ternura, en la fidelidad y entonces tú conocerás al Señor".
El relato habla de necesidades, debilidades, heridas que llevamos en el corazón y en el cuerpo; pero habla también de Jesús, que trae salvación. ¿Qué podemos hacer? El jefe de sinagoga que se humilla, y una mujer desesperada que confía con todas sus fuerzas nos muestran que la humildad y la confianza son fundamentales.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 9, 18-26
Mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante él y le dijo: «Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir». Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: "Con sólo tocar su manto, me curaré». Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: «Hija, ten confianza; tu fe te ha curado». Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.
Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: «Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida». Y todos se burlaron de él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región.
XIV Domingo Tiempo Ordinario
La sabiduría de los sencillos
Jesús atraviesa por un mal momento. Había esperado que todos, particularmente los escribas, los sacerdotes, los fariseos, los primeros de la clase, hubieran entendido su mensaje. Sucede exactamente lo contrario. Jesús es rechazado por los primeros de la clase y las multitudes, después del primer entusiasmo, se han alejado de él.
En ese aire de derrota, se abre ante Jesús un giro inesperado. El lugar que parecía haber quedado vacío, lo llenan "los sencillos": pecadores, pobres, enfermos, viudas, niños. Y entonces exclama agradecido: "¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!". Los últimos de la clase han entendido la revolución de la ternura de Dios. Los "sencillos" no tienen un sistema rígido de creencias. Por eso se asombran, acogen con alegría las novedades. Frente a los "sencillos" están los "sabios y entendidos". No son los estudiosos, sino aquellos que creen saber y por eso ya no ven.
Los "sencillos" no son ingenuos. Conocen a fondo la fatiga de la vida, las heridas, las desilusiones, pero sus ojos son capaces de ver más allá de la superficie. Intuyen que, por grande que pueda parecer el mal, nunca es tan grande como el bien. El mal hiere la vida, pero no es lo último; el bien es el fundamento de la vida y al final sólo queda el bien.
Jesús da un paso más: "Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré". Cristo trae el pan de su amor para quienes tienen el corazón cansado. Vengan y les daré descanso. No les daré un catecismo o un libro de moral, sino descanso, el consuelo de vivir. Si el Evangelio que predico no es consuelo para quien escucha, no es a Cristo a quien anuncio. Predicar a Cristo ciertamente cuestiona nuestra vida; pero, sobre todo, conforta y anima; si no fuera así, mis palabras serían la tumba de la respuesta de Dios a los interrogantes del hombre y la mujer.
"Mi yugo es suave y mi carga ligera". ¿Qué nos está diciendo Jesús a nosotros que hemos hecho todo lo posible para quitarnos los yugos de encima? La palabra cónyuge significa "con el mismo yugo". El yugo es un vínculo. El cónyuge es el esposo o la esposa que camina a su lado y a su paso, unidos en el mismo sueño, el mismo proyecto. Jesús es nuestro cónyuge. Estamos unidos a su sueño. Su yugo nos libera de una religión opresora. Tal vez el camino que recorremos no siempre es recto, tal vez hay desviaciones y errores; pero lo que nos salva es la relación con Cristo, no la perfección moral de la vida.
"Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso". La violencia se ha convertido en una de las características más notables de este tiempo. Gran parte de la violencia se fundamenta en la creencia de ser mejores. El narcisismo y el odio se unen en una mezcla explosiva, que no sólo mina la convivencia internacional, sino también las relaciones cotidianas. Cristo dice que encontramos descanso cuando apostamos por la mansedumbre y la humildad. Los mansos no desperdician sus energías en la guerra, los humildes no pasan el tiempo tratando de demostrar que son mejores.
Hay muchas personas cansadas y oprimidas. Si nos sentimos cansados y oprimidos, intentemos verificar qué yugo estamos llevando.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 11, 25-30
Jesús exclamó: «¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.
El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera».