HOMILÍAS

San Bartolomé, apóstol
"Ven y verás"
Es muy común dejarnos llevar por los prejuicios. Sucede con mucha frecuencia. El prejuicio nos hace creer que sabemos antes de haber conocido. Nos ofrece una explicación anticipada de la realidad y, precisamente por eso, nos impide dejarnos sorprender por ella. Es como una puerta cerrada.
Esto fue lo que le pasó a Natanael, el apóstol que hoy recordamos. La tradición antigua reconoce al apóstol Bartolomé en el amigo de Felipe que el evangelista Juan llama Natanael. Felipe no intenta convencer a Natanael con razonamientos. No le dice que está equivocado. No discute con él. Le propone algo mucho más eficaz: "Ven y verás", es decir, verifica por ti mismo; ten un encuentro con aquel sobre el cual ya has formulado un juicio. Tal vez este sea la mejor solución contra los prejuicios: la experiencia directa. Sólo quien acepta ir más allá de sus prejuicios puede dejarse sorprender.
Natanael, acepa distanciarse de sus propias convicciones, de sus prejuicios. Va al encuentro de Jesús quizás por curiosidad, para comprobar la razón de la alegría de Felipe. En el encuentro con Cristo, experimenta la alegría de saberse conocido y amado desde siempre: "Te vi cuando estabas debajo de la higuera". Cristo conoce lo que nadie ve, lo que está escondido en el corazón. Y Natanael queda conquistado por esto: se descubre conocido y, al mismo tiempo, amado. De la conciencia de ser conocido sin ser condenado nace la fe de Natanael: "Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel". Sin embargo, su fe debe seguir madurando: "Mayores cosas has de ver".
La pregunta sobre la identidad es el hilo conductor que acompaña el encuentro entre Jesús y Natanael. Sucede poco a poco, de manera progresiva. A través de preguntas y expectativas se van revelando los lados más ocultos. Natanael reconoce en Jesús un Maestro, el Hijo de Dios y el rey de Israel. Y en Jesús también se descubre como "un verdadero israelita en el que no hay doblez". Es sincero porque no esconde sus fisuras, sus incertidumbres, sus prejuicios. Descubre que su búsqueda, sus preguntas, su espera lo han mantenido atento, vivo y preparado para acoger la novedad de Dios que, como buen israelita, esperaba desde hacía tiempo. En efecto, en la sinagoga a la que iba Natanael, se reflexionaba en la espera y la llegada del Mesías salvador de su pueblo.
San Bartolomé es un ejemplo de cómo encontrar al Señor y luego seguirlo. Nos enseña que Dios puede llegar de manera inesperada, a través de una persona, una palabra, un encuentro, una conversación, una circunstancia que no habíamos previsto. Puede llegar en una dificultad, en una decepción, en una persona que nos invita a mirar mejor. Pero hay que estar abiertos a la novedad.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 1, 45-51
Felipe se encontró con Natanael y le dijo: «Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la ley y también los profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José». Natanael replicó: «¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?» Felipe le contestó: «Ven y lo verás».
Cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: «Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez». Natanael le preguntó: «¿De dónde me conoces?» Jesús le respondió: «Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera». Respondió Natanael: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel». Jesús le contestó: «Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver». Después añadió: «Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».
XXI Domingo Tiempo Ordinario
Sincronizar el corazón
Después de dos años y medio de convivir con sus discípulos, Jesús les pregunta: "Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?". El Señor elige un escenario para hacer la pregunta: la región de Cesarea de Filipo, un lugar oscuro donde reinaba la idolatría, marcado por cultos paganos, sacrificios humanos y el temor de la muerte. En este lugar de sombras es donde el discípulo es desafiado a decir quién es Jesús
Con su pregunta Jesús no busca definiciones, sino una relación viva: ¿Qué te pasó cuando me encontraste? ¿Qué ha cambiado en ti? ¿Cuánto significo para ti? ¿Qué lugar ocupo en tu vida? Quiere saber si le hemos abierto el corazón. A la pregunta, Pedro responde: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo", es decir, tú eres la caricia de Dios, su sueño de libertad. Tú eres el hijo del Dios vivo, el que hace viva la vida, el milagro que la hace florecer.
La poetisa estadounidense Mary Carolyn Davies escribió una frase muy bella: "Te amo no por lo que eres, sino por lo que soy cuando estoy contigo". La frase sugiere que el amor no es sólo conocimiento de la otra persona, sino la reacción que el conocimiento del otro/a desata en mí. Si yo conozco todo sobre la otra persona, su historia, sus obras... pero no siento ninguna emoción cuando estoy con ella, el conocimiento es simple erudición. El conocimiento debe encender una chispa, una emoción que impulsa a desear conocer más al otro, como en un círculo virtuoso, donde el conocimiento suscita la pasión y la pasión suscita el deseo de conocer más. Pero si la chispa no se enciende, entonces el conocimiento es sólo uno de los muchos conocimientos que están en la cabeza, pero no en el corazón.
Muchas personas han conocido, sobre todo en el catecismo, la figura de Jesús; pero nunca se ha encendido en ellas la chispa que hace que Jesús pase de la mente al corazón. Jesús ha sido como un libro hojeado rápidamente y luego abandonado en un librero.
Un estudio de la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, analizó lo que sucede fisiológicamente cuando dos personas se enamoran. Los investigadores descubrieron algo sorprendente: no eran tanto las señales externas —como las sonrisas, las miradas o los gestos— lo que manifestaba la atracción mutua, sino lo que llamaron "sincronía fisiológica", un fenómeno inconsciente que aparece cuando dos personas sienten una "chispa", empatía, interés mutuo. Cuando surgía la atracción mutua se alineaban sus ritmos biológicos, sus corazones tendían a latir en sintonía: cuando se aceleraba el pulso de uno, también se aceleraba el pulso del otro; cuando se desaceleraba, también se desaceleraba el del otro; incluso el sudor de las manos tendía a sincronizarse.
¿Cómo se puede encender esa chispa entre nosotros y Jesús? Cristo nos ama. Pongamos atención a las señales que nos envía. Y tal vez nos suceda también algo parecido a esa misteriosa "sincronía fisiológica": nuestro corazón comenzará a latir al ritmo del suyo. Ser cristianos significa precisamente esto: hacer latir nuestro corazón al mismo ritmo del corazón de Cristo.
Entre Jesús y Pedro se establece una dinámica que va de "¿quién eres tú para mí?" a "¿quién soy yo contigo?". En Jesús, Pedro descubre algo nuevo y maravilloso sobre sí mismo: que es piedra, roca firme. La fe cristiana no consiste solamente en saber quién es Jesús, sino en descubrir quién soy cuando estoy con él. Necesitamos a alguien que nos ayude a descubrir lo mejor de nosotros mismos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 16, 13-20
Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas». Luego les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Jesús le dijo entonces: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo». Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.
San Pio X
Aliento de vida
Nos resulta difícil asumir las pérdidas. No sólo la muerte de una persona que amamos, sino cualquier pérdida: perder el trabajo, la salud, perder algo material muy preciado. Los migrantes dejan atrás su casa, su familia, su país. Pero la vida sigue adelante y si nos quedamos en el dolor, la pena y el sufrimiento, terminaremos perdiéndonos a nosotros mismos.
Dar vida a lo que está muerto es muy difícil. Es crucial no perder la esperanza. En la primera lectura, el profeta Ezequiel contempla un campo lleno de huesos completamente secos. La ruina es total. Es una poderosa metáfora. Es la imagen del pueblo de Israel en el exilio, abatido y sin esperanza. Los israelitas estaban cautivos. Decían que sus huesos se habían secado y su esperanza había muerto. Dios promete devolverles la vida enviando su Espíritu sobre los huesos secos. Los huesos se unen, se revisten de tendones y carne al compás de la Palabra del Señor. ¡Qué importante es escuchar la Palabra de Dios! Es una Palabra que da vida. Dios puede dar vida a cualquier área muerta. Puede ser un matrimonio marchito, una fe rutinaria, un proyecto estancado, un agotamiento emocional profundo.
El evangelio nos dirá que la esperanza siempre va unida al amor. Así como los huesos secos necesitaban aliento de vida para levantarse, así necesitamos el amor para salir de la apatía y el vacío. Vivir sin amor es estar muertos en vida. Amar es experimentar la vida en su máxima intensidad.
La pregunta del doctor de la Ley ofrece a Jesús la oportunidad de expresar el centro de la fe y la razón última de su misión. El amor da sentido a la vida. Es el criterio para caminar en la dirección correcta. En el mandamiento de Cristo hay tres amores: el amor a Dios, el amor a nosotros mismos y el amor a los demás. Ninguno de los tres excluye al otro. Si queremos saber si estamos amando a Dios, preguntemos si nos amamos a nosotros mismos y a los demás. Si queremos saber si estamos amando a los demás y a nosotros mismo, preguntémonos qué lugar ocupa Dios en nuestra vida. Esta es la clave de lectura con la que debemos juzgar nuestra vida.
El punto central que unifica los amores es amar a Dios "con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente". El amor a Dios es absoluto, pero no porque borra los otros amores. En el absoluto del amor de Dios nos amarnos a nosotros mismos —muy diferente del egoísmo—y a los demás.
Una de las canciones del cantautor italianos Jovanotti dice: "Se necesita una razón para vivir, para abrir los ojos y no quejarme y enamorarme cada día, cada hora, cada día, cada hora más".
Mateo 22, 34-40
Habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?»
Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas".
San Bernardo
Creados para la fiesta
Dios prepara una fiesta para nosotros; pero quizás estamos demasiado ocupados persiguiendo nuestros sueños, proyectos, decidiendo qué es lo que nos hace felices.
Probablemente parte de nuestra infelicidad se deba a esto. Dios nos invita a participar de su alegría, pero nosotros la buscamos en otra parte. Y así se nos va la vida: buscando la felicidad mientras la fiesta que Dios nos ofrece ya está lista… Y no nos damos cuenta. Puede ser incluso que encontremos cristianos que se enojan y se vuelven agresivos cuando alguien les dice que la vida es, sobre todo, como una fiesta y no sólo como un continuo sacrificio. Así reaccionaron los primeros invitados. Insultaron y mataron a los criados que los invitaban a la fiesta,
Pero el rey no se desanima. Envía a sus criados a los cruces de los caminos para que inviten a todos los que encuentren. Aquellos que inicialmente parecían excluidos se convierten en los invitados. Los últimos, los descartados, los invisibles encuentran su lugar en la sala del banquete. Aquellos que poseen todo y están completamente replegados sobre sí mismos se quedan fuera.
La parábola tiene un detalle singular: el traje de fiesta. ¿Por qué un invitado es excluido por no llevar el traje adecuado? La falta del traje de fiesta no fue advertida por los criados, sino por el rey, que "entró a saludar a los invitados". ¿Qué es el traje de fiesta? Decía san Agustín que se trata "del vestido que llevaba en el corazón y no en el cuerpo". Sólo Dios puede entrar en la intimidad y discernir lo que hay en el corazón.
La gratuidad de la invitación pide una respuesta. El vestido nupcial puede ser una disposición interior, una actitud del corazón, la humildad de quien sabe que ha sido invitado sin mérito, la sencillez de quien sabe acoger el don. El traje de fiesta es cambiar la vida. Así es como nos deshacemos de la ropa vieja y sucia, y nos vestimos con un traje nuevo y limpio. No podemos vivir verdaderamente la fiesta si no nos dejamos cambiar por la fiesta, si seguimos siendo siempre los mismos, las mismas opciones, el mismo estilo de vida. Podemos entrar en la sala del banquete y seguir encerrados en nuestro egoísmo. En ese caso, estamos dentro y, al mismo tiempo, fuera, en la oscuridad donde hay "llanto y desesperación".
A san Bernardo, el santo que hoy recordamos, la sobriedad y el silencio del monasterio le producían un gozo mucho más profundo que cualquier festejo exterior. Su gozo provenía de la contemplación, la oración y la dulzura de alabar el nombre de Jesús. Decía: "El alma que busca a Dios encuentra su gozo no en las cosas exteriores que se marchitan, sino en la fuente inagotable que brota desde su propio interior". La fiesta está dentro de nosotros.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 22, 1-14
Volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: «El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir.
Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: . Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron.
Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego les dijo a sus criados: 'La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren>. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados.
Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: . Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos».
XX Miércoles Tiempo Ordinario
Una viña donde todos caben
Estamos acostumbrados a medir todo: cuánto he hecho, cuánto he dado, cuánto he soportado, cuánto me corresponde. También en la vida espiritual, sin darnos cuenta, podemos entrar en esta lógica: yo rezo, yo sirvo, yo me comprometo. Entonces, Dios debe recompensarme.
El relato de los trabajadores llamados a la viña derrumba esta manera de pensar. No dice que el compromiso no cuenta; dice algo mucho más profundo: ante Dios no somos asalariados, sino hijos amados. Dios no es un patrón, sino un Padre.
La viña puede ser el corazón de Dios. Consuela saber que en esta viña pueden trabajar todos y que en cada momento del día hay necesidad de contratar a alguien. Es un lugar donde cada uno encuentra su espacio, junto a otros, en el cultivo de la vida.
Además de querer medir todo, tenemos la tendencia a compararnos. El problema de los trabajadores de la primera hora surge cuando comparan, cuando ven la generosidad del dueño de la viña hacia los últimos. Piensan que la generosidad de Dios hacia los demás le quita valor a su propio esfuerzo. Entonces, el bien del otro se convierte en una herida.
Jesús nos muestra que Dios no trata a todos por igual; porque somos únicos, diferentes, irrepetibles. Si no somos iguales, Dios da a cada uno según su necesidad de ser salvado, levantado, amado.
Dios no considera a nadie perdido definitivamente. Mientras exista vida, todavía existe la posibilidad de cambiar de dirección, de empezar de nuevo. Esto es lo que los trabajadores de la primera hora tienen dificultades para comprender. Si miramos continuamente lo que reciben los demás, terminamos por no reconocer, apreciar, gozar y disfrutar la gracia que nosotros hemos recibido.
La parábola es en un gran consuelo para quienes piensa que han perdido el tiempo, para quienes dicen: "Ya no puedo cambiar". Pero es también consoladora y liberadora para quienes sirven en la viña desde hace mucho tiempo. Estar en la viña desde el principio es una gracia. Quien ha encontrado a Dios al comienzo de su vida es muy afortunado. Debería estar agradecido por haber podido pasar el día entero sabiendo para Quién y por qué vivir.
Dejemos de medirnos y de medir a los demás. Dejemos que Dios sea bueno también con quienes llegan tarde. Cristo no dice: "Tienes que merecer el amor de Dios". Dice: "Entra en su viña, en su corazón. También hay lugar para ti. Y sea cual sea tu hora, su amor todavía puede llenar tu vida".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 20, 1-16a
Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: . Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.
Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía otros que estaban en la plaza y les dijo: <¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?> Ellos le respondieron:
Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador: . Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.
Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: . De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos».
XX Martes Tiempo Ordinario
Libres y felices
Probablemente tengamos la impresión de que, en el relato del evangelio de hoy, Jesús condena la riqueza. Pero no es así. La riqueza, en sí misma, no se presenta como mala. El problema de fondo no es la riqueza, sino la actitud ante ella, la manera de tenerla.
El problema comienza cuando lo que tenemos deja de ser un medio y se convierte en el fin de nuestra vida. Cuando el dinero, el éxito, el trabajo o las seguridades materiales se convierten en aquello sobre lo cual ponemos toda nuestra esperanza.
En el fondo, todos buscamos seguridad. Acumulamos porque tenemos miedo del futuro, controlamos porque tememos lo inesperado, nos aferramos a las cosas porque nos dan la ilusión de tener la vida en nuestras manos. Pero la experiencia nos dice que esto es una ilusión. Ninguna riqueza puede darnos lo que realmente necesitamos.
La pobreza, como la entiende Cristo, no es simplemente lo contrario de la riqueza material. No basta tener poco para ser pobres. Uno puede tener poco y ser avaro. Podemos pensar que somos pobres, pero interiormente seguir atados a lo que tenemos. Ser pobre no es no tener poco, sino decir delante de Dios con toda sinceridad: "Todo lo que tengo es don. Todo lo que amo es un don, y precisamente porque es un don, no quiero convertirlo en posesión". Cuando dejamos de usar los bienes materiales para garantizar nuestra seguridad, finalmente podemos compartirlos; cuando dejamos de poseer a las personas, finalmente podemos amarlas realmente.
La intervención de Pedro nos muestra que la pobreza no se reduce al plano material. El Evangelio habla también de "hermanos, hermanas, padre, madre, esposa, hijos". No se trata de renunciar al amor familiar. Nuevamente, el problema surge cuando también el afecto, el amor, se convierte en algo posesivo.
Cristo nos conduce hacia una pobreza profunda: la pobreza del corazón. El pobre evangélico es aquel que no necesita acaparar y retener para sentirse seguro; es aquel que puede recibir sin sentirse propietario, dar sin pretender algo a cambio, amar sin poseer y servir sin necesidad de ser aplaudido.
Jesús promete: "Todo aquel que por mí haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o esposa, o hijos, o propiedades, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna". Soy testigo de que la promesa del Señor se cumple. Pensaba que había dejado cosas, afectos, sueños... Y resulta que, con Cristo, he ganado cien veces más, en alegría, en amigos, en relaciones humanas... Seguir a Cristo me ha hecho rico.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 19, 23-30
Jesús dijo a sus discípulos: «Yo les aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los cielos. Se lo repito: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los cielos».
Al oír esto, los discípulos se quedaron asombrados y exclamaron: «Entonces ¿quién podrá salvarse?» Pero Jesús, mirándolos fijamente, les respondió: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible».
Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús: «Señor, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?» Jesús les dijo: «Yo les aseguro que en la vida nueva, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, los que me han seguido, se sentarán también en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.
Y todo aquel que por mí haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o esposa, o hijos, o propiedades, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Y muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros».
XX Lunes Tiempo Ordinario
"¿Qué más me falta?"
Podemos acercarnos a Dios, a la fe, a la religión, desde las reglas de comportamiento religioso, desde los mandamientos, pero no nos sentimos felices. Sentimos que algo nos falta. Se puede ser una persona correcta y, aun así, advertir que algo falta. La felicidad no consiste simplemente en una vida bajo control.
Podemos ser como el joven del evangelio que, como nosotros, aspira a la felicidad, a la vida eterna que es la vida de Dios. Cristo le propone un manual de instrucciones para ser feliz: los mandamientos de la ley antigua. Los rabinos decían que los mandamientos son la valla que rodea el camino que lleva a la felicidad.
Con asombro, el joven admite recorrer este camino, pero no está satisfecho. Entonces, Jesús le propone algo más, eleva la apuesta: deja todas tus certezas y sígueme.
Si nos fijamos bien, no le está pidiendo simplemente que renuncie a sus cosas. Le está diciendo: "Ven conmigo y sígueme". Desde aquí entendemos el significado más profundo de las palabras de Jesús En el fondo, le está pidiendo tomar riegos confiando en él. Este es el meollo de la cuestión. Podemos pasar la vida buscando seguridad en los bienes materiales o en el cumplimiento de las leyes religiosas o podemos encontrar a Alguien por quien valga la pena arriesgarse. Y uno se arriesga de verdad cuando se siente amado. Quien no se siente amado acumula, controla, se encierra en su caparazón. Quien se sabe amado puede darse el lujo de dejar algo, de partir, de darse. La vida no se improvisa buscando simplemente la manera de sobrevivir. Necesitamos una dirección, alguien detrás de quien caminar.
"¿Qué más me falta?". Es una pregunta que nace del deseo de crecer. Al joven rico le faltaba una estrella polar, un sentido, una motivación que lograra unificar sus opciones y orientarlas. A veces, lo que falta es más importante que lo que tenemos, hace más ruido, desorienta porque el vacío puede hacer estallar todo lo demás. Al joven le falta un deseo de Dios lo suficientemente grande que le permita no hacer las cosas buenas para llenar el vacío del alma.
Hay muchas cosas, no solo las riquezas materiales, que compiten por ocupar el lugar del corazón que le pertenece sólo a Dios. La tristeza habla de algo que nos está haciendo daño, de un camino mal recorrido, de opciones por revisar, de prioridades por reconsiderar, de caminos por interrumpir, de un corazón (de un amor) por reorientar.
Pidamos al Señor que nos ayude a entender lo que nos tiene atados y que seguirlo no es una pérdida: es el camino para ser libres y felices.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 19, 16-22
Se acercó a Jesús un joven y le preguntó: «Maestro, ¿qué cosas buenas tengo que hacer para conseguir la vida eterna?» Le respondió Jesús: «¿Por qué me preguntas a mí acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno: Dios. Pero, si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos». El replicó: «¿Cuáles?» Jesús le dijo: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, ama a tu prójimo como a ti mismo.
Le dijo entonces el joven: «Todo eso lo he cumplido desde mi niñez, ¿qué más me falta?» Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se fue entristecido, porque era muy rico.
XX Domingo Tiempo Ordinario
Cruzar la frontera
El relato de hoy sucede luego de la discusión de Jesús con los fariseos sobre lo puro y lo impuro. El Señor había desenmascarado su hipocresía. Les había recordado que la verdadera pureza es la pureza del corazón. Ahora quiere tomar distancia de ese ambiente tóxico. Necesita respirar aire fresco. Va hacia una tierra de "impuros", de gente impura.
En efecto, lleva a sus discípulos a una comarca marginal, lejos de Jerusalén, lejos del centro del poder político y religioso, más allá de Galilea, hacia un territorio pagano. Cruza la frontera. Si lleva a los discípulos a una tierra de incertidumbre es, tal vez, porque percibió en ellos una cierta rigidez, un fuerte nacionalismo propio los judíos. Quiere ponerlos ante una situación límite, ante la cual sea difícil seguir atados a ciertos modos de ver. Hace que se cuestionen: ante esta situación, ¿es posible permanecer en la rigidez de las propias visiones ideológicas?
Cuando cruzan la frontera, les sale al encuentro una madre desesperada. La mujer también ha cruzado una frontera, la frontera de su cultura, de su religión, de su pueblo. Pide ayuda a un judío. Está dispuesta a ser humillada con tal de encontrar ayuda para su hija enferma.
La mujer era una pagana, es decir, de otra religión. Pertenecía a un pueblo que los judíos miraban con desprecio. Representa a todos los que son discriminados, aquellos con quienes no queremos tratar. Primero, Jesús la ignora; luego la trata mal, como si quisiera llevarla al límite.
La pagana era tenaz. No se rinde ante el silencio de Jesús. Algunos ven el silencio de Dios como algo definitivo, ante el cual es mejor retroceder. No tiene sentido insistir. Pero la cananea no piensa así. No se detiene frente al muro del silencio. Está dotada de una inteligencia que es sabiduría, intuición, finura. Descubre que el silencio de Dios es una ocasión para acercarse más a Él y recibir su misericordia.
Lo primero que hace es pedir compasión. Jesús no le dirigió ni una palabra. Pero ella sigue gritando. Involucra también a los apóstoles. Los pone en crisis. Los discípulos le piden a Jesús que la escuche porque quieren que la mujer no siga fastidiando. Pero Jesús sigue en su postura. Entonces la mujer le bloquea el paso, se postra ante él y grita: "¡Señor, ayúdame!". Es el grito de tantas madres que sufren por un hijo. Y en seguida viene el punto de inflexión del relato. La afirmación de pedir sólo las migajas de pan que caen al suelo conmueve a Jesús.
Cristo reconoce su fe, su valor y la fuerza de su deseo. Hace un elogio: "Mujer, ¡qué grande es tu fe!". Una pagana, que no conoce la Biblia y reza a los ídolos, resultó ser una mujer de gran fe. Cree que para Dios el sufrimiento de una persona es más importante que su religión. No aprendió la fe en los catecismos: posee la fe de las madres; no conoce el Credo, pero conocen el corazón de Dios. Su fe es grande porque su concepto de Dios es grande. Cree en un Dios que va más allá de sus planes, más allá de las religiones y de las razas, para llegar al corazón sufriente del ser humano.
A personas como esta mujer hay que ponerlas en el candelero porque son luz en la oscuridad, consuelo en la aflicción. Nos enseñan que el día en que estemos abrumados por el dolor, Dios se hará cercano, como pan para los hijos o como migajas para los perritos. La misericordia de Dios puede parecer migajas, pero las migajas de Dios son tan grandes como Él es grande.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 15, 21-28
Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: «Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: «Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros». Él les contestó: «Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel».
Ella se acercó entonces a Jesús, y postrada ante él, le dijo: «¡Señor, ayúdame!» Él le respondió: «No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos». Pero ella replicó: «Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos». Entonces Jesús le respondió: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas». Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.
San Maximiliano María Kolbe
Un amor confiable
Las palabras de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio parecen exigentes, sobre todo en un tiempo como el nuestro, en el que incluso los lazos más sólidos de han vuelto frágiles y precarios. En realidad, el Señor no quiere sobrecargarnos la vida. Quiere mostrarnos cuál es el proyecto de Dios sobre el amor humano. Cuando Jesús dice "por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus esposas", nos revela que las cosas de Dios se entienden sólo cuando el corazón cambia.
Si el corazón permanece duro, todo parece una ley pesada. Cuando el corazón se deja transformar por el amor de Dios, nos damos cuenta de que esos mandamientos no son cadenas, sino caminos que cuidan nuestra felicidad. En el fondo, lo que Jesús defiende no es, ante todo, una institución, sino una necesidad profundamente humana. Todos tenemos necesidad de relaciones confiables, de un "para toda la vida" que nos permita construir nuestra existencia sin vivir con la angustia de ser abandonados. Decirle a alguien: "Pase lo que pase, en la alegría y en el dolor, en las buenas y en las malas, no te dejaré", significa ofrecerle un espacio seguro en el cual pueda crecer, amar y convertirse plenamente en sí mismo.
Una fidelidad así no nace simplemente de la buena voluntad. Es una gracia. Es el fruto de un amor que se deja sostener continuamente por el amor de Dios. Por eso el matrimonio cristiano no es sólo una promesa entre dos personas, sino una alianza en la que el Señor mismo se compromete a sostener lo que humanamente sería demasiado grande.
Los motivos de conflicto en el matrimonio son tantos como las diferencias entre los cónyuges. Cada uno elige cómo ver las diferencias. Un corazón endurecido por la falta de comunión con Dios las ve como motivos de conflicto y se atrinchera detrás de los límites ajenos para justificar la renuncia a amar al otro. Un corazón abierto a Dios las ve como una riqueza, como un afrontar la diversidad, que es fatiga porque llama a salir de uno mismo, pero que también es belleza, porque es descubrimiento, es comunión, es estar en un viaje continuo.
Es significativo que hoy recordemos a san Maximiliano María Kolbe, el franciscano que murió en un campo de exterminio nazi para que otro pudiera vivir. Su decisión de ofrecer la propia vida para salvar a un padre de familia angustiado nos muestra hasta dónde puede llegar un amor plasmado por el Evangelio. Maximiliano no sólo salva a un hombre, sino a una familia. El padre Kolbe comprendió que salvar esa familia significa salvar un lugar en el cual el amor de Dios se hace visible en el mundo.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 19, 3-12
Se acercaron a Jesús unos fariseos y, para ponerle una trampa, le preguntaron: "¿Le está permitido al hombre divorciarse de su esposa por cualquier motivo?". Jesús les respondió: «¿No han leído que el Creador, desde un principio los hizo hombre y mujer, y dijo: 'Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, para unirse a su mujer, y serán los dos una sola cosa?' De modo que ya no son dos, sino una sola cosa. Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Pero ellos replicaron: "Entonces ¿por qué ordenó Moisés que el esposo le diera a la mujer un acta de separación, cuando se divorcia de ella?"
Jesús les contestó: «Por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus esposas; pero al principio no fue así. Y yo les declaro que quienquiera que se divorcie de su esposa, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, y se case con otra, comete adulterio; y el que se case con la divorciada, también comete adulterio».
Entonces le dijeron sus discípulos: «Si ésa es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse». Pero Jesús les dijo: «No todos comprenden esta enseñanza, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido. Pues hay hombres que, desde su nacimiento, son incapaces para el matrimonio; otros han sido mutilados por los hombres, y hay otros que han renunciado al matrimonio por el Reino de los cielos. Que lo comprenda aquel que pueda comprenderlo».
XIX Miércoles Tiempo Ordinario
Cuidar el destino del otro
El Evangelio de hoy nos recuerda una práctica que hemos olvidado casi por completo: la corrección fraterna. Quizá la hemos olvidado porque no es fácil hacerla. Tampoco es agradable recibirla. Con frecuencia, la hemos hecho mal. Probablemente teníamos buenas intenciones, pero la manera de hacerla fue equivocada. Jesús ofrecen un pequeño manual para gestionar estos momentos de crisis. Sabía que la convivencia con los demás no es fácil.
Cristo comparte a todos sus discípulos la misión que había anticipado a Pedro: "Todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo". La recuperación del hermano perdido, el ministerio de reconciliación, no es una tarea sólo de la jerarquía, sino de toda la comunidad que hace presente a Jesús y participa en la obra de la misericordia divina.
La corrección fraterna pretende "salvar" al hermano, no controlar su vida o sentirnos moralmente superiores. Es una de las formas más auténticas del amor. Pero con mucha frecuencia hacemos exactamente lo opuesto de lo que Jesús enseña. Usamos los errores de los demás para humillar, herir, alimentar chismes. El Evangelio, en cambio, nos pide cuidar al hermano.
Corregir fraternalmente significa querer el bien del otro; tener el valor de acercarse con discreción y caridad para ayudarlo a no hacerse daño. Quien ama de verdad no se queda indiferente ante los errores del ser querido: busca ayudarlo a reencontrar el camino. Hay una famosa frase del destacado filósofo Emmanuel Lévinas, quien sobrevivió a un campo de concentración nazi: "Amar significa cuidar el destino del otro". Cuidar lo que él puede llegar a ser, ayudarlo a crecer, a liberar su potencial oculto.
No es lo mismo corregir y juzgar. La corrección nace del amor y desea la curación. El juicio surge a menudo de la altivez y busca solamente la condena. Necesitamos personas que nos ayuden a ver lo que ya no podemos reconocer por nosotros. No necesitamos acusadores, sino hermanos.
En la convivencia fraterna no faltan los errores y pecados. Es significativo que el relato termine con estas palabras: "Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos". A la persistencia del pecado, la comunidad responde con la perseverancia en la oración. Puede suceder que toda la comunidad no logre suscitar la conversión del pecador. Entonces, este se convierte en un "publicano". Pero no todo está perdido. El Señor irá a buscarlo, como hizo con Mateo el publicano convertido que escribió el relato de hoy.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 18, 15-20
Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.
Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos».
Santa Clara de Asís
En las manos del Padre
Jesús afirma categóricamente: "Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos". No siempre es fácil entender lo que nos dice Cristo. Santa Clara de Asís, la santa que hoy recordamos, nos ayuda a entenderlo. Es un testimonio luminoso.
Clara nos dice que la pequeñez evangélica está hecha de confianza. El niño que entra en el Reino sabe que está en manos de Alguien que cuida de él. La Santa de Asís huyó de la casa paterna cuando tenía 18 años de edad y comenzó una aventura que cambió radicalmente su suerte y su destino. Fue al encuentro de Francisco, quien en este tiempo tenía fama de loco, y la esperaba con sus compañeros para entregarla a Cristo. Parecía que lo tenía todo. Era joven y bella de rostro y de alma. Su familia era noble y rica. Había sido prometida en matrimonio a un caballero de Asís. Pero Clara cambió lo que tenía por un futuro incierto. Se arriesgó a dejarlo todo porque esperaba algo mejor. No buscará seguridad en los muros del castillo familiar, sino en las manos de Dios. Confiaba ciegamente en el Padre del cielo, como una niña pequeña en los brazos de su madre.
La huida de Clara pone de manifiesto su personalidad excepcional. En aquel tiempo, escapar de la casa era una locura. Era impensable que una muchacha de su condición social hiciera esto. Dejar la casa paterna y enrolarse en una aventura incierta era dar un salto en el vacío. Desde el punto de vista de las seguridades humanas, fue una necedad. Sólo una persona profundamente convencida de estar en las manos de Dios podía dejar todo, ir contra las expectativas de su tiempo y dar origen a una forma de vida que cambiaría la historia de la Iglesia. No fue la seguridad en sus propias capacidades lo que movió y sostuvo a Clara, sino la certeza de ser sostenida por el amor del Señor.
Clara nos enseña también que hacerse como niños implica simplificarse. Una persona simple no esconde, no finge, no tiene doblez; es sincera y transparente. Así era santa Clara. Uno de los primeros biógrafos de san Francisco de Asís, Tomás de Celano, escribe: "Clara de nombre; más Clara por su vida; clarísima por su virtud".
A propósito de las personas simples, sencillas, un equipo de investigadores alemanes del Instituto Social de Berlín estudió durante 10 años la felicidad. La conclusión central de su investigación fue la siguiente: "Las personas más relajadas y sencillas son las que alcanzan un gozo mayor".
Todos llevamos un niño dentro. Jesús nos invita a confiar en ese niño. Recuerdo una frase del famoso pintor español Pablo Picasso: "Tardé muchos años en aprender a pintar como los niños".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 18, 1-5. 10. 12-14
En cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más grande en el Reino de los cielos?». Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: «Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo.
¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿acaso no deja las noventa y nueve en los montes, y se va a buscar a la que se le perdió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella, que por las noventa y nueve que no se le perdieron. De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños».
San Lorenzo, mártir
El secreto de la fecundidad
Las lecturas de hoy iluminan la fiesta de san Lorenzo, mártir.
Dice san Pablo en la primera lectura: "Dios ama al que da con alegría". Aquí Pablo no habla de persecución ni de martirio, como lo hace en otros textos. Habla de dar, de generosidad. La generosidad produce frutos. La persona generosa se desprende de la semilla para recibir la cosecha, que multiplica el valor de la semilla. Y la cosecha es en la medida de la generosidad con que se siembra: "El que poco siembra, cosecha poco, y el que mucho siembra, cosecha mucho".
La generosidad beneficia no sólo al que recibe la ayuda, sino también al que la ofrece. Y produce una felicidad muy diferente a la felicidad del avaro. La felicidad del avaro consiste en verse rodeado de riquezas, en medio de millones de pobres. La generosidad es propia de la condición humana. Es parte de nuestra dimensión social, comunitaria. No ser generoso es ser inhumano.
Hablando de generosidad, san Lorenzo fue tan generoso que llegó hasta ofrecer su vida. Su martirio no fue inútil. Tertuliando, uno de los grandes pensadores cristianos del siglo II, decía que "la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos"
El evangelio ahondará en esta cuestión. Jesús dice: "Si el grano de trigo sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto". La vida tiene sentido cuando se gasta. Pensemos en una persona que ahorró para comprar un automóvil y finalmente pudo comprarlo. Pero no lo usa para que no se le desgaste. El automóvil estará muy bien conservado, pero no realiza el propósito para el cual fue fabricado. Nuestra vida corre el mismo riesgo. Una vida vivida sólo para ser conservada termina inevitablemente por quedar estéril.
Dar cosas materiales —sobre todo de lo que no se necesita— no cuesta mucho y da buena fama. Estar dispuesto a dar tiempo, comodidad, riesgo, lucha, talentos, es más complicado. Pero es lo que da fruto. Y un fruto que permanece. Como el de la salvación de Cristo.
San Lorenzo entregó su vida. Pero el martirio no consiste sólo en perder físicamente la vida. El mártir no es sólo el que es asesinado por su fe; mártir es el cristiano que con su vida y su palabra da testimonio de la fe en Cristo. El martirio cristiano no genera muerte sino vida. Es un "sí" radical a través del don de sí mismo.
El grano de trigo que muere no se destruye, se transforma. Pierde una forma de existencia para engendrar otra más grande. Si no muere, se queda sólo como un grano de trigo. No ve inmediatamente el fruto, pero Dios lo ve. Y en las manos de Dios, ningún don de amor se pierde.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 12, 24-26
Jesús dijo a sus discípulos: «Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.
El que quiera servirme que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre».
XIX Domingo Tiempo Ordinario
Salir de la cueva
Tarde o temprano llegan a nuestra vida las tormentas. Pensábamos que teníamos todo bajo control; pero basta una llamada telefónica, un diagnóstico, una crisis repentina para hacer vacilar todas nuestras seguridades. Nos sentimos perdidos. Cuando atravesamos períodos de fuerte tensión o preocupación, puede suceder que soñemos que nos hundimos, como si no hubiera nada debajo de nuestros pies. Algunas personas sienten angustia y una opresión en el pecho. Desde el punto de vista espiritual, en estas situaciones nos cuesta creer en la presencia de Dios. Esta es la dinámica descrita en las lecturas de este domingo.
La primera lectura narra un momento difícil en la vida del profeta Elías. El profeta es perseguido. Se siente abandonado por todos, incomprendido. Se va al desierto, deseando la muerte. Mientras camina hacia el monte Horeb, llega la noche. Entra en una cueva. La cueva es el lugar de la interioridad, donde nos encerramos para estar con nosotros mismos, tal vez asustados por lo que hay afuera.
Elías no logra encontrar a Dios. Por eso el Señor lo invita a salir de la cueva. Dios quiere que lo busquemos. Y es aquí donde Elías hace una experiencia decisiva, una experiencia de conversión: se da cuenta de que Dios no está donde siempre lo había buscado. No está en el huracán. No está en el terremoto ni tampoco en el fuego, es decir, no está en aquellas manifestaciones tradicionales, que formaban parte de la historia y la fe del pueblo de Israel. Elías descubre que Dios está en una experiencia nueva e inesperada: "en el murmullo de una brisa suave", en la voz del silencio sutil. Para encontrar a Dios es necesario hacer silencio, escuchar con atención y salir de esa cueva en la que nos hemos encerrado por miedo.
En el evangelio, los discípulos también pasan por una situación difícil. Jesús hizo que subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla. En cierta manera, los empuja afrontar sus miedos, a mirar dentro. La escena sucede inmediatamente después de la multiplicación los panes donde habían vivido una experiencia maravillosa de Dios. Ahora, cuando se encuentran en dificultades, olvidan la presencia de Dios y se dejan llevar por el miedo.
El relato narra un crecimiento progresivo en la experiencia de Dios, en el marco de olas, viento, oscuridad. Pongamos atención al relato. Primero, Jesús está ausente; luego, parece un fantasma; después es una voz que tranquiliza; finalmente, una mano firme que agarra.
Por su parte, Pedro sale de la barca y se da cuenta de que puede vencer su miedo, pero en el momento en que aparta la mirada de Jesús y la pone en sus propios límites, comienza a hundirse. Pierde el contacto con Jesús. Estando dentro del milagro de caminar sobre las aguas, duda: "Señor me hundo". Luego, estando dentro de la duda, cree: "¡Señor, sálvame!". Cuando toca el milagro, comienza a dudar; y cuando comienza a hundirse, brota la fe. En Pedro se entrelaza la fe y la duda; por eso oscila entre el milagro y el abismo. Así es el corazón humano: vive en lucha consigo mismo. Pero es precisamente allí donde el Señor nos alcanza. No espera, una fe perfecta. Entra en nuestro miedo para salvarnos de los naufragios, tan pronto tomamos la mano que nos tiende. Y nuestra pequeña barca avanza hacia el final de la noche, donde el miedo se convierte en caricia y el grito de ayuda se convierte en un abrazo con Dios.
Para enfrentar nuestros miedos, las lecturas de hoy nos invitan a confiar y salir de la cueva o salir de la barca para encontrar a Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 14, 22-33
Inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: «¡Es un fantasma!» Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: «Tranquilícense y no teman. Soy yo».
Entonces le dijo Pedro: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua». Jesús le contestó: «Ven». Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: «¡Sálvame, Señor!» Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios».
XVIII Viernes Tiempo Ordinario
Sed de eternidad
Pasamos la mayor parte de nuestra vida tratando de conquistar algo: éxito, bienes materiales, seguridad, prestigio, aprobación. Hoy Jesús nos invita a detenernos y preguntarnos cuál es el precio de estas conquistas.
La experiencia dice que el éxito puede coincidir con un gran fracaso. Se puede lograr todo lo que el mundo considera importante y, al mismo tiempo, perder lo que realmente importa, en palabras de Jesús, "perder la vida". Perder la vida significa precisamente eso: vivir tan proyectados hacia lo que poseemos o realizamos que olvidamos quiénes somos, olvidamos la vida del alma, del espíritu, la vida verdadera, la que nunca muere.
El Evangelio nos recuerda algo muy obvio que olvidamos con demasiada frecuencia: las realidades de este mundo son efímeras, transitorias. La riqueza, el poder, la fama, incluso la salud, tienen un plazo. Sin embargo, nuestro corazón sigue aferrado a ellas y, al mismo tiempo, tiene sed de algo que no termine, que no muera. Queremos cosas eternas. Una de las cosas eternas más básicas es el amor. Lo que se vive en el amor resiste al tiempo. No es consumido por la muerte.
Junto a esta verdad, Jesús añade otra asociada a ella: "El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga". Tomar la cruz no tiene nada que ver con la actitud masoquista o fatalista con la que, demasiadas veces, leemos estas palabras. Dios no nos envía ninguna cruz; al contrario, nos enseña a acoger las dificultades de la vida con espíritu positivo. Aceptar la cruz es aceptar la vida en toda su complejidad.
Nos gustaría ser distintos de lo que somos y, sin embargo, tenemos que aceptar nuestro límite. Quizás hay cosas de las personas que conviven con nosotros que no nos gustan y, sin embargo, las tenemos que aceptar. No hay que huir de la vida, sino aceptarla tal como es y, desde aquí, luchar por mejorarla como hizo Jesús. Quien huye de la cruz, se niega a pagar el precio del amor y termina por pagar un precio más alto a cambio del cual no obtiene la vida, sino la muerte. En la "bolsa de la caridad" gana quien más ama, quien ofrece atención, cuidado, amabilidad.
Cristo nos cuestiona una vez más: ¿vale realmente la pena aquello en lo que estoy gastando mi vida? ¿Tiene sabor de eternidad? Podemos conquistar el mundo y permanecer vacíos. O podemos perder algo por amor y descubrir que hemos encontrado todo. Esta es la lógica del Evangelio. Y este es el camino que conduce a plenitud de la vida, aquella que ni siquiera la muerte puede quitarnos.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 16, 24-28
Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.
¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces dará a cada uno lo que merecen sus obras.
Yo les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán, sin haber visto primero llegar al Hijo del hombre como rey».
La Transfiguración del Señor
Una ventana a la luz
En tiempos oscuros, como los que estamos viviendo, celebrar la fiesta la Transfiguración del Señor es una ventana a la luz. La memoria y la experiencia de la luz pueden salvarnos de ser devorados por la oscuridad.
Cuando Jesús sea arrestado, los discípulos experimentarán angustia, confusión, miedo. Cristo los prepara para afrontar ese momento. No lo hace con un discurso asombroso o edificante. Toma a sus amigos y los lleva al monte Tabor. A través del baño de luz, anticipa no sólo la resurrección, sino también anuncia la divinización del hombre y la mujer.
El realismo cristiano nos enseña a no negar la realidad, pero al mismo tiempo nos ayuda a no sucumbir a ella. Podemos estar en la misma situación de los discípulos: intimidados, desbaratados, confundidos. Cristo tiene una palabra para nosotros: "Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: 'Levántense y no teman'". En el monte de la trasfiguración los discípulos descubrieron en Jesús algo que no habían visto antes. Se iluminaron sus corazones y pudieron entreve algo del misterio de Cristo, su profunda relación y unión con Dios, su Padre.
En el Tabor, los discípulos contemplaron la belleza de Cristo. La experiencia fue tan fuerte que cayeron al suelo. La gloria y la belleza de Dios los impresionaron hasta el punto de caer por tierra. ¡Cuánta belleza necesitamos para afrontar el camino de la vida cuando atraviesa por un desierto agobiante! La belleza de estar en la presencia de Dios supera nuestras tristezas, nuestras derrotas, nuestros fracasos, nuestros momentos oscuros. El Dios bellísimo, "el misterio tremendo y fascinante" (R. Otto), respetuoso de nuestros tiempos, nos impulsa a subir, a crecer, a abandonar la llanura donde el smog de las palabras violentas ensucia el aire, nos envuelve y nos enferma. Los tiempos de oscuridad y confusión hay que afrontarlos dejando de menospreciar, de polemizar, de insultar, de fomentar el pánico.
En Cristo trasfigurado los discípulos descubren también que son amados: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias". En el Tabor descubrimos que somos amados en el Hijo amado. Y el amor cambia, convierte, nos da alas.
Luego de la experiencia deslumbrante todo volvió a la normalidad. Pero lo vivido, quedó grabado en su corazón y su mente. Bastaba cerrar los ojos para ver el rostro de Jesús transfigurado y escuchar su voz pacificadora: "No teman".
Tenemos la responsabilidad de no rendirnos a la oscuridad, de buscar en lo más profundo de nuestro corazón y de nuestra memoria una experiencia de luz que pueda ayudarnos a recuperar la confianza.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 17, 1-9
Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: «Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo». Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: «Levántense y no teman». Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».
XVIII Miércoles Tiempo Ordinario
Las migajas de Dios
Sorprende la actitud de Jesús ante la demanda de ayuda de la mujer cananea. Sin embargo, la aparente distancia e indiferencia de Dios no nos es ajena: es una experiencia que muy probablemente todos conocemos. Son los momentos en los cuales nos preguntamos si el problema está en la manera como oramos o, peor aún, si realmente sirve de algo rezar. Jesús también experimento el drama del silencio de Dios en la cruz y en su descenso al lugar de los muertos.
Dios sabe muy bien cuándo y cómo responder. Jesús había intervenido con prontitud al grito de ayuda de Pedro y los apóstoles cuando luchaban en la barca contra la tempestad. En el caso de la cananea, por el contrario, la respuesta no es inmediata. La mujer tiene que perseverar en la oración, luchar con fe contra el silencio y la distancia de Dios. Tiene la conciencia de no tener derecho a nada y, sin embargo, también tiene la consciencia de necesitar ayuda para la curación de su hija.
Esta mujer pagana nos da una gran lección. En lugar de irse, se queda; en lugar de dejar de orar, sigue haciéndolo contra toda evidencia. No tenía mucha conciencia de la división entre el pueblo escogido y los paganos. Para ella sólo existía su hija, maltratada por un demonio que le robaba la paz y no la dejaba vivir. Por eso le grita a Jesús: "¡Señor, ayúdame!". Sabe que aquel profeta venido de Israel puede hacer algo por su hija. La cananea nos enseña a gritarle al Señor nuestras debilidades y flaquezas, nuestras necesidades. Y aunque parezca que, a veces, el Señor guarda silencio nos enseña a no desanimarnos, a seguir clamando al que puede curar nuestras heridas del cuerpo y del alma.
La mujer pide "migajas". Y las encuentra. Su fe muestra que las "migajas" de Dios llenan la tierra. La luz de Dios envuelve a toda la creación porque es obra de sus manos. ¡Cuántas veces también nosotros nos acercamos a Dios pidiéndole migajas! Pensamos que no merecemos mucho. Nos basta una pequeña esperanza, un pequeño consuelo, como la mujer cananea. Sin embargo, ella no deja de creer que incluso una migaja del amor de Jesús puede salvar a su hija. Dios no espera personas llenas de santidad; espera a gente que, incluso con el corazón cansado, todavía siguen creyendo que no la rechazará. Y nos no nos da migajas: nos da el Pan de los hijos a manos llenas: el pan de la Palabra, el pan de la Eucaristía, el pan de la misericordia, el pan de la gracia….
Pidamos a Cristo que sostenga nuestra fe cuando nuestras súplicas no encuentran respuesta y la desolación sopla fuerte sobre la débil llama de nuestra esperanza.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 15, 21-28
Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: «Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: "Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros". Él les contestó: "Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel".
Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo: "¡Señor, ayúdame!" Él le respondió: "No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos". Pero ella replicó: "Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos". Entonces Jesús le respondió: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas". Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.
San Juan María Vianney
La belleza del corazón
El profeta Jeremías contempla la condición de Israel y su diagnóstico es devastador: "Tu quebranto es irremediable e incurables tus heridas. Estás desahuciado. Hay heridas que tienen curación, pero las tuyas no tienen remedio". El mal ha producido heridas profundas, incurables. El pueblo había sido abandonado por los aliados en los que había confiado, la ciudad estaba en ruinas y se había perdido toda seguridad humana. Pero precisamente cuando la herida aparece sin remedio, el Señor anuncia: "Yo cambiaré la suerte del pueblo de Israel".
Jesús retoma este ministerio de curación. Se manifiesta como médico experto, que no tiene miedo de sacar el bisturí, de poner el dedo en la llaga para curar. Dice de los escribas y fariseos que se aferran a sus tradiciones: "Son ciegos que guían a otros ciegos". Cristo desplaza la atención de lo exterior hacia el interior: "No es lo que entra por la boca lo que mancha al hombre; lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre". Con estas palabras, Jesús cuestiona la religiosidad formal. No es la forma la que hace bueno el fondo. Es el fondo, el que hace buena a la forma. No todas las tradiciones y costumbres que heredamos vienen de Dios. Si no hacemos un discernimiento, caeremos en una visión rígida y superficial de la religión.
Quizás pasamos mucho tiempo cuidando nuestra imagen exterior y poco tiempo poniendo atención a lo que hay dentro de nosotros. El Señor nos pide limpiar nuestro interior; porque cuando cambia el corazón, cambian también las palabras, las miradas, la manera de relacionarnos con los demás. Que la gracia de Dios nos limpie el corazón para poder ser bellos por dentro.
Hoy recordamos a san Juan María Vianney, notable por su limpieza de corazón. Puede parecer paradójico que sea el patrono de los párrocos una persona que tuvo serias dificultades con los estudios, en parte por sus limitadas habilidades para aprender de los libros, en parte también porque empezó tarde sus estudios. Afortunadamente encontró un tutor que le tuvo mucha paciencia. Se dio cuenta de que si en las ciencias humanas avanzaba con dificultad, en la ciencia del espíritu avanzaba con rapidez. Aunque su coeficiente intelectual era bajo, su inteligencia espiritual era notablemente alta porque estaba abierto al Espíritu. Sus palabras y su vida comunicaban el fuego del amor a Dios y al prójimo que inflamaba a los oyentes.
Cuando se discutió su admisión a la ordenación sacerdotal, Juan María pronunció una famosa frase: "Si Sansón pudo vencer y matar a mil filisteos con la quijada de un asno, ¿quién sabe qué podrá hacer el Señor con un burro entero como yo?".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 15, 1-2. 10-14
Se acercaron a Jesús unos escribas y unos fariseos venidos de Jerusalén y le preguntaron: «¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?»
Jesús llamó entonces a la gente y le dijo: «Escuchen y traten de comprender. No es lo que entra por la boca lo que mancha al hombre; lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre».
Se le acercaron entonces los discípulos y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se han escandalizado de tus palabras?» Jesús les respondió: «Las plantas que no haya plantado mi Padre celestial, serán arrancadas de raíz. Déjenlos; son ciegos que guían a otros ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en un hoyo».
XVIII Lunes Tiempo Ordinario
Caminando sobre aguas turbulentas
Los profetas leen la historia con los ojos de Dios y descubren cuál es su voluntad. En un tiempo difícil para Israel, cuando estaba sometido al yugo de Babilonia, el imperio de ese tiempo, el profeta Ananías cree conocer la voluntad de Dios. Promete que el Señor va a intervenir en favor del pueblo: "Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: 'Voy a romper el yugo del rey de Babilonia'". Sin embargo, al profeta Jeremías esta promesa le parece falsa. Y tenía razón. La falsa profecía de Ananías nos muestra que no es fácil, sobre todo en los momentos de crisis, leer la historia con los ojos de Dios. Por eso, hay que ser cautelosos para discernir los falsos profetas.
Algo semejante sucedió en el relato del evangelio de hoy. Jesús, después de haber orado en la soledad, se acerca caminando sobre las aguas a la barca de los discípulos que luchan en medio de una tormenta. Pero los discípulos se confunden. No reconocen al Señor. Piensan que es "un fantasma".
Cuando Pedro descubre la verdad —cuando se da cuenta de que es el Señor— baja de la barca y comienza a caminar sobre las aguas. Pero en algún momento deja de mirar a Jesús, deja que la violencia del viento atrape su atención y comienza a hundirse. Jesús no espera a que Pedro vuelva a la superficie. Le tiende la mano y lo sostiene. Es una dinámica que conocemos bien. No pocas veces los problemas, los miedos, las preocupaciones atrapan nuestra atención y nos impiden ver la presencia del Señor. Ciertamente no es fácil reconocer a Cristo cuando estamos en dificultades, pero el Evangelio invita a fijar la mirada en Cristo cuando todo a nuestro alrededor parece amenazar nuestra existencia.
Un alcohólico contaba que cuando asistió por primera vez a una reunión de alcohólicos anónimos, sintió que el grupo le tendía la mano. Entonces dejó de intentar salvarse a sí mismo, reconoció que necesitaba ayuda y comenzó a confiar en Dios y en el grupo. Agarró la mano que le tendían. A partir de ahí comenzó a cambiar poco a poco. El proceso no fue parejo. Tuvo recaídas; pero, una y otra vez, se dejó sostener por la mano del grupo y de Dios.
En este tiempo turbulento, en el que nos parece que el tiempo que tenemos nunca es suficiente, divididos entre familia, trabajo, amigos, compromisos, es urgente encontrar momentos para detenernos, reencontrar el sentido de lo que hacemos a partir de nuestra relación con el Señor. Mirándolo podemos encontrar nuestro centro de gravedad y mantener el equilibrio cuando el viento es contrario y caminamos sobre aguas turbulentas.
Mateo 14, 22-36
Inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: «¡Es un fantasma!» Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: «Tranquilícense y no teman. Soy yo».
Entonces le dijo Pedro: "Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua». Jesús le contestó: «Ven». Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: «¡Sálvame, Señor!» Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios».
Terminada la travesía, llegaron a Genesaret. Apenas lo reconocieron los habitantes de aquel lugar, pregonaron la noticia por toda la región y le trajeron a todos los enfermos. Le pedían que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, quedaron curados.
XVIII Domingo Tiempo Ordinario
"Lo poco con Dios es mucho"
Jesús buscaba un lugar apartado y solitario para asimilar la noticia de la muerte de Juan Bautista. Sin embargo, es arrastrado por el torbellino de una multitud de enfermos y hambrientos. Cristo siente dolor por el dolor de la multitud. Y cambia sus planes.
La gente lo busca y lo sigue. Tiene hambre, hambre de respuestas, hambre de sentido, hambre de una palabra que pueda orientar su vida. Sale de la ciudad para encontrar a Jesús en un lugar apartado y solitario, donde parece que no hay nada. Sin embargo, donde parece que no hay nada aparece lo esencial; cuando se silencian las muchas voces, se puede escuchar la Voz más importante; cuando ya no tenemos nada a que aferrarnos, podemos descubrir lo que nos sostiene. Por eso, la gente está con Jesús durante horas y horas. Me gustaría haber estado ahí. No por el pan, sino por la fascinación que los retiene allí, más fuerte que el hambre y que la noche que se avecina. Es aquí donde podemos empezar a sanar de nuestras enfermedades más profundas: el vacío, el cansancio existencial, el consumismo, la desesperanza, la falta de sentido.
Para calmar el hambre de la multitud Jesús involucra a sus discípulos: "Denles ustedes de comer". Primero los invita a tomar conciencia de lo que tienen. Tienen apenas cinco panes y dos pescados, en total siete elementos. El siete era un signo de plenitud. La plenitud está con ellos. Jesús estaba con ellos, pero no se daban cuenta. Hay un proverbio que repite la gente pobre de África: "Lo poco con Dios es mucho". A pesar de su pobreza, encuentran la manera de ayudar a los demás, poniendo a su disposición lo poco que tienen. Es justamente lo que sucedió en el milagro de la multiplicación: lo poco en las manos de Cristo se convirtió en mucho. Lo que parecía una limitación se convirtió en el escenario perfecto para el milagro de la multiplicación.
Se multiplicaron los panes y las manos. El pan pasa de mano en mano. De las manos de uno de ellos a las de Jesús, de las de Jesús a las de los Doce y luego a las de los cinco mil. Dios actúe en el mundo a través de nuestra pobreza.
Todos fueron alimentados. Buenos, menos buenos y malos. ¿Todos eran dignos? Es una pregunta equivocada. ¿Quién es digno delante de Dios? El profeta Isaías dice en la primera lectura: "Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua; y los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar".
Tenemos
hambre de muchas cosas, hambre de afecto, de alegría, de paz, de amor, de
amistad, de dinero, de buena comida, de vacaciones, de una vida normal, de luz….
Tenemos, sobre todo, hambre de Dios. Podemos gastar nuestras energías en lo que
no nos sacia. Nos damos cuenta de esto porque el hambre no se calma. A veces nos
alimentamos con cosas que envenenan. Por eso la pregunta de Isaías sigue siendo
actual: "¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan
y el salario, en lo que no alimenta?".
San Pablo preguntaba en la segunda lectura: "¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo?". Y hace una lista. Hoy hablaríamos de guerras, inseguridad, violencia, cambio climático confusión de valores… Pues bien, nada de esto puede separarnos del amor de Cristo, ni siquiera nuestras fragilidades, errores, pecados.
Alimentémonos de Cristo para dar pan a quien tiene hambre y poder encender el hambre de Dios en los que están hartos de sólo pan de la tierra.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 14, 13-21
Al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.
Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: "Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer". Pero Jesús les replicó: "No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer". Ellos le contestaron: "No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados". Él les dijo: "Tráiganmelos".
Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.
San Ignacio de Loyola
Las apariencias engañan
Cuando escuchamos o leemos un texto de la Biblia, a menudo nos impacta una frase o una idea. Esta frase o idea atrapa nuestra atención, impacta nuestra sensibilidad. Sin embargo, la primera lectura pone de manifiesto que nuestra sensibilidad no siempre es una ayuda en el proceso de escucha. Por el contrario, precisamente a causa de ella, puede suceder que retengamos sólo una parte del mensaje y perdamos de vista el conjunto.
Es lo que narra la primera lectura. Cuando el profeta Jeremías termina su discurso en el atrio del templo, es inmediatamente arrestado: "Cuando él terminó de decir cuanto el Señor le había mandado, los sacerdotes y los profetas lo apresaron, diciéndole al pueblo: Este hombre debe morir, porque ha profetizado en nombre del Señor que este templo será como el de Silò y que esta ciudad será destruida y quedará deshabitada'".
En realidad, el profeta no había anunciado sólo la desventura, sino, sobre todo, la conversión y el retorno a Dios. La hipótesis de la destrucción del templo no era más que una posibilidad para hacer comprender la gravedad y la urgencia de la situación.
Algo semejante sucedió en la sinagoga de Nazaret, donde el mensaje de Jesús no tuvo el efecto esperado: chocó con una incredulidad mal disimulada. Los paisanos de Jesús piensan que lo conocen y precisamente esta presunción les impide reconocer el misterio que tienen delante.
Vivir desde la amistad con Cristo implica una apertura que puede trascender todas las ideas construidas. Lleva implícita la sorpresa. Vivir la experiencia de Dios desde la amistad con Cristo —un Dios profundamente humano— nos invita a dejar esquemas mentales preconcebidos a los cuales son aferramos para encontrar seguridad. Jesús revela el amor infinito de Dios. Sólo cuando nos acercamos al amor de Dios podemos aproximarnos a la Verdad de los demás, de nosotros mismos y de Dios, podemos escuchar lo nuevo, lo que permite que nazca en nosotros algo diferente.
San Ignacio de Loyola, el santo que hoy recordamos, era un hombre fascinado por la gloria mundana. ¿Cómo es posible que este hombre haya llegado a ser uno gran maestro de discernimiento y vida espiritual? La respuesta es que la mirada y la gracia de Dios, a diferencia de la nuestra, que queda atrapada en las apariencias, puede hacer de una persona algo completamente nuevo.
Dejemos que la Palabra de Dios ilumine nuestra vida y nos cuestione para que nos animemos a correr el riesgo de andar por caminos que sólo el amor infinito de Dios puede suscitar.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 13, 54-58
Jesús llegó a su tierra y se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal forma, que todos estaban asombrados y se preguntaban: «¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿Acaso no es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Qué no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?» Y se negaban a creer en él.
Entonces, Jesús les dijo: «Un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa». Y no hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos.
XVII Jueves Tiempo Ordinario
En las manos del alfarero
La parábola de la red que recoge toda clase de peces es como una moneda que tiene dos lados. Por un lado, recoge nuestra necesidad de vislumbrar, en el escenario sufrido y caótico de la historia, una esperanza: al final triunfará el bien. Por otro lado, también despierta nuestro sentido de culpa, producido por un cierto temor al juicio que vendrá al final de nuestra vida.
La novedad de la enseñanza de Jesús no consiste en el hecho de que a Dios no le falta la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, sino en su capacidad de recoger toda la creación, obra de sus manos, en su red: "El Reino de los cielos se parece también a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces". El Señor quiere recuperar "toda clase de peces".
La imagen de los pescadores luego de la pesca dice también que existe un juicio, que Dios no es indiferente al mal, que nuestras elecciones tienen consecuencias: "Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos". Es una advertencia para una sociedad que a menudo piensa que todo es igual, que nada tiene consecuencias graves. Sin embargo, el hecho de que los pescadores no tengan prisa para juzgar infunde tranquilidad. Saben esperar el momento oportuno para evaluar cada pescado. No estamos ante el juicio arbitrario y caprichosa de un individuo: es el resultado de un trabajo sereno, de conjunto, compartido.
También el profeta Jeremías, después de haber dirigido palabras amenazadoras al pueblo, anunciándole la ruina en caso de petrificarse en la infidelidad a la Ley de Dios, es invitado por el Señor a madurar una adecuada comprensión de la palabra de Dios, a través de una experiencia sugestiva y consoladora. El Señor le pide ir a la casa del alfarero. Ahí ve que, cuando al alfarero se le estropeaba la vasija que estaba modelando, volvía a hacer otra con el mismo barro, como mejor le parecía. Jeremías entiende el mensaje: "Como está el barro en las manos del alfarero, así ustedes están en mis manos".
En la imagen del alfarero que, en caso de avería, inmediatamente se pone a trabajar y vuelve a intentar completar su obra, estamos invitados a contemplar la imagen de un Dios artista, más deseoso de crear algo bello, que preocupado por no poder llevar a cabo su trabajo.
La pregunta que el Señor hace resonar en el corazón del profeta debe resonar también en nosotros, quizás tan preocupados por el juicio y el futuro que olvidamos la buena noticia de estar como barro "en las manos del alfarero": "¿Acaso no puedo hacer yo con ustedes, casa de Israel, lo mismo que hace este alfarero?".
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 13, 47-53
Jesús dijo a la multitud: «El Reino de los cielos se parece también a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación.
¿Han entendido todo esto?» Ellos le contestaron: «Sí». Entonces él les dijo: «Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas».
Y cuando acabó de decir estas parábolas, Jesús se marchó de allí.
Santos Marta, María y Lázaro
Amigos
Recordamos a santa Marta, aunque desde el año 2021 la conmemoración se extiende a su hermana María y a su hermano Lázaro para destacar la relación de amistad y el espíritu familiar que Jesús experimentó en la casa.
El Evangelio habla varias veces de ellos. Su casa de Betania fue un refugio acogedor para Cristo. Era uno de los pocos lugares donde disfrutaba la belleza de la amistad. La amistad no sólo se manifiesta en la mesa cuando los visita en su casa, sino también en la dificultad, cuando la muerte de Lázaro sume a las hermanas en un profundo dolor.
La amistad con Cristo los trasformó. En los encuentros con él, Marta, María y Lázaro crecieron, cambiaron. El Señor amó a cada uno respetando su singularidad, pero al mismo tiempo los condujo a ser cada vez más ellos mismos. Corrige a Marta, acoge a María, saca a Lázaro de la muerte. Su amistad nunca es posesión, sino liberación.
Entre Marta y Jesús parece haber un entendimiento profundo. Precisamente este entendimiento les permite ser totalmente sinceros en la relación, sin temor alguno de decir lo que pensaban e incluso entrar en conflicto. Marta no teme quejarse: "¿No te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude". Jesús no se deja intimidar. Responde en el mismo tono: "Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará".
Delante de la tumba de Lázaro, Marta no tiene pelos en la lengua. Le reprocha a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano". "Si hubieras estado aquí..." son tal vez las palabras que expresan mejor lo que nos sucede cuando nos enfrentamos con acontecimientos que nos parecen superiores a nuestras fuerzas y sentimos la ausencia de Dios.
Jesús le abre los ojos a Marta. A pesar de estar conmovido hasta las lágrimas, la confronta: "¿Crees tú esto?", ¿crees que Yo soy la resurrección y la vida, que el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá para siempre? Marta reacciona: "Sí creo". Y entonces, Jesús hace salir a Lázaro del sepulcro. La presencia del Dios de la vida en la vida puede verse abriendo los ojos de la fe.
En el diálogo con Jesús, Marta madura su fe. La fe es un camino progresivo que pasa necesariamente por crisis. El diálogo, la confrontación son pasos obligados para que madure la fe y fructifique en amor fecundo. El itinerario de la fe es un continuo ejercicio de purificación de lo que no permite a la fe madurar y al amor engendrar. La primera lectura dice que Dios es amor. Cuando amamos, aunque nos cueste, estamos respirando al Dios de la Vida y la Vida de Dios.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Juan 11, 19-27
Muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano Lázaro. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas".
Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará". Marta respondió: "Ya sé que resucitará en la resurrección del último día". Jesús le dijo: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?" Ella le contestó: "Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo".
XVII Martes Tiempo Ordinario
Instrumentos de gracia
Una de las preguntas que se plantearon los primeros cristianos fue por qué, en el seno de la comunidad de los creyentes, está la presencia del mal. Es una pregunta razonable, ya que un campo sembrado con buena semilla no debería producir más que frutos buenos.
Dice Jesús que la cizaña no es plantada por Dios, sino por su "enemigo", por el diablo. Podemos ser instrumento de la gracia de Dios o del enemigo de Dios. Por ejemplo, una palabra puede levantar a una persona o derribarla, puede reconciliar o dividir. Muy a menudo no nos damos cuenta de que, a través de lo que decimos, prestamos nuestra voz a la gracia de Dios o al mal. Lo mismo se aplica a nuestras acciones. Nuestras palabras y acciones contribuyen, en cierta medida, a sembrar algo en el campo del mundo, cizaña o buena semilla.
No hay dos campos distintos: uno para el trigo y otro para la cizaña. Podemos pensar que nosotros somos los buenos y los demás son los malos. Pero, ¿no es verdad que el trigo y la cizaña crecen juntos en el campo de nuestro propio corazón. ¿Quién es capaz de decir que él es trigo puro sin mezcla de cizaña? Sólo aquel fariseo engreído que oraba de pie en el templo y decía una las oraciones más tontas y equivocadas de la Biblia: "Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano". Cristo nos dice que somos hermanas y hermanos, con nuestro trigo y nuestra cizaña; con nuestra capacidad de hacer el bien y también de hacer el mal; con nuestro realismo, pero también con nuestros sueños. Ciertamente el autor del mal está ahí, el Maligno. Pero lo más decisivo es que el autor del bien también está ahí, es Jesucristo. Y por mucha fuerza que tenga el Maligno para sembrar el mal, no se compara con la fuerza de Cristo para sembrar el bien. Escribe san Pablo: "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia".
Decía el Papa Francisco: "Dios mira el 'campo' de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren. Dios es paciente, sabe esperar".
Al final, la cizaña será quemada. Ese día se pinta muchas veces con colores negros, catastróficos, infundiendo miedo y terror. Sin embargo, si nos esforzamos en seguir la voluntad de Dios, a pesar de nuestras muchas deficiencias, errores y pecados, no podemos menos que esperar la infinita misericordia del Señor. Una vez que seamos purificados de la cizaña por Él, "los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre". Si pensamos con más frecuencia en el día de la cosecha, viviremos con más rectitud y más esperanza, incluso en las derrotas si van acompañadas de una sincera lucha y un sincero arrepentimiento.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 13, 36-43
Jesús despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo».
Jesús les contestó: «El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del demonio; el enemigo que la siembra es el demonio; el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.
Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».
XVII Lunes Tiempo Ordinario
El tiempo de Dios
Para decir cómo es el Reino de Dios, esta vez Jesús elige dos imágenes sorprendentes por su simplicidad: la semilla de mostaza y un poco de levadura. Son pequeñas, pero tienen una fuerza de trasformación enorme.
El Reino comienza por algo pequeño, casi insignificante. Una semilla que se puede perder entre los dedos, un puñado de levadura que desaparece en la masa de la harina. Sin embargo, lo que parece irrelevante es capaz de transformarlo todo. La pequeñez evangélica está atravesada por la confianza de quien no pretende controlarlo todo porque sabe que está en manos de Alguien que cuida de él. Un niño pequeño vive confiando en sus padres. En El Principito, Antoine de Saint-Exupèry escribe: "No subestimes el poder de las pequeñas cosas, a menudo son las que cambian todo".
La semilla de mostaza y la levadura nos recuerdan la solidez de los cambios lentos, aquellos que maduran con el tiempo. Sucede en la educación, el trabajo y el crecimiento personal, las relaciones humanas. El cambio se gesta en lo secreto. Es casi imperceptible. No llegamos a ver cómo la levadura provoca el crecimiento en la masa o los mecanismos interiores de la semilla que generan un árbol.
La semilla y la levadura nos enseñan a ser pacientes. Trabajan sin hacer ruido; una escondida debajo de la tierra y la otra dentro de la masa. No se nota inmediatamente el efecto, pero lentamente transforma desde el interior. Así actúa muy a menudo la gracia de Dios en nuestra vida. Dios trabaja a través de procesos que necesitan tiempo. Tener paciencia significa saber respetar los tiempos de Dios; significa creer que algo puede estar creciendo cuando todavía no podemos verlo.
El Reino necesita dos protagonistas. El campesino siembra la semilla y la mujer mezcla la levadura con la harina. Luego, sólo pueden esperar. No son ellos quienes dan el crecimiento. El crecimiento y el cambio lo produce el Espíritu.
Las dos imágenes hablan también de desproporción, la desproporción que hay entre la realidad inicial y el resultado final, entre la pequeñez de la semilla ("es la más pequeña") y "un arbusto en el que vienen los pájaros a anidar"); o entre una medida de levadura y las tres medidas de harina. Esa misma desproporción es la que hay entre nuestra vida, nuestra realidad, nuestras maneras de obrar cuando se cierran en sí mismas y lo que el Reino es capaz de provocar en ellas cuando se abren a él.
Con mi oración
Fr Benjamín Monroy ofm
Mateo 13, 31-35
Jesús propuso esta otra parábola a la muchedumbre: «El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en su huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas».
Les dijo también otra parábola: «El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar».
Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin parábolas nada les decía, para que se cumpliera lo que dijo el profeta: Abriré mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.